Escrito a finales de septiembre – 1 (14) de octubre de 1917.

Publicado en octubre de 1917 en la revista «Prosveschenie» № 1–2

Se imprime según el texto de la revista

El presente folleto fue escrito, como se desprende de su texto, a finales de septiembre y terminado el 1 de octubre de 1917.

La revolución del 25 de octubre trasladó la cuestión planteada en este folleto del ámbito de la teoría al ámbito de la práctica.

Ahora hay que responder a esta cuestión no con palabras, sino con hechos. Los argumentos teóricos contra el poder bolchevique son débiles hasta el extremo. Estos argumentos han sido derrotados.

La tarea ahora consiste en que la práctica de la clase avanzada –el proletariado– demuestre la viabilidad del gobierno obrero y campesino. Todos los obreros conscientes, todo lo que hay de vivo y honesto en el campesinado, todos los trabajadores y explotados, tensarán todas sus fuerzas para resolver en la práctica la más grandiosa cuestión histórica.

¡A trabajar, todos a trabajar, la causa de la revolución socialista mundial debe vencer y vencerá!

Petersburgo, 9 de noviembre de 1917.

Publicado en 1918 en el folleto: N. Lenin. «¿Conservarán los bolcheviques el poder estatal?», serie «Biblioteca del Soldado y del Campesino», Petersburgo

Se imprime según el texto del folleto

¿En qué están de acuerdo todas las tendencias, desde «Rech» hasta «Nóvaya Zhizn» inclusive, desde los kadetes-kornilovistas hasta los semibolcheviques, todos excepto los bolcheviques?

En que los bolcheviques solos, o bien nunca se atreverán a tomar todo el poder estatal en sus manos, o bien, si se atreven y lo toman, no podrán conservarlo ni siquiera durante el más breve lapso de tiempo.

Si alguien observara que la cuestión de la toma de todo el poder estatal únicamente por los bolcheviques es una cuestión política completamente irreal, que solo la más nefasta presunción de algún «fanático» puede considerarla real, refutaremos esta observación citando declaraciones precisas de los partidos y tendencias políticas más responsables e influyentes de distinto «color».

Pero primero, dos palabras sobre la primera de las cuestiones señaladas, a saber: ¿se atreverán los bolcheviques a tomar solos en sus manos todo el poder estatal? Ya tuve ocasión, en el Congreso Panruso de los Soviets, de responder con una afirmación categórica a esta pregunta en una observación que me tocó gritar desde mi lugar durante uno de los discursos ministeriales de Tsereteli. Y no he encontrado ni en la prensa ni en declaraciones orales por parte de los bolcheviques que no debiéramos tomar solos el poder. Sigo manteniendo el punto de vista de que un partido político en general –y un partido de la clase avanzada en particular– no tendría derecho a existir, sería indigno de considerarse un partido, sería un lamentable cero en todos los sentidos, si renunciara al poder cuando existe la posibilidad de obtenerlo.

Veamos ahora las declaraciones de los kadetes, de los eseritas y de los semibolcheviques (yo diría más gustosamente cuarto-de-bolcheviques) sobre la cuestión que nos interesa.

Editorial de «Rech» del 16 de septiembre:

«…La discordancia y la dispersión reinaban en la sala del Teatro Aleksandrinski, y la prensa socialista refleja el mismo cuadro. Solo el punto de vista de los bolcheviques se distingue por su determinación y rectitud. En la Conferencia, este es el punto de vista de una minoría. En los Soviets, es una corriente cada vez más fortalecida. Pero a pesar de todo el ardor verbal, de las frases jactanciosas, de la demostración de autoconfianza, los bolcheviques, con excepción de unos pocos fanáticos, son valientes solo de palabra. No intentarían tomar «todo el poder» por iniciativa propia. Desorganizadores y destructores par excellence, son en esencia unos cobardes, en el fondo de su alma perfectamente conscientes tanto de su ignorancia interna como de lo efímero de sus éxitos actuales. Tan bien como todos nosotros, comprenden que el primer día de su triunfo definitivo sería también el primer día de su caída vertiginosa. Irresponsables por su propia naturaleza, anarquistas por sus métodos y procedimientos, solo son concebibles como una de las tendencias del pensamiento político, o más exactamente, como una de sus aberraciones. El mejor modo de librarse del bolchevismo por largos años, de arrojarlo fuera, sería confiar a sus líderes los destinos del país. Y si no fuera por la conciencia de lo inadmisible y funesto de semejantes experimentos, se podría, por desesperación, decidirse incluso por un medio tan heroico. Por fortuna, repetimos, estos tristes héroes del día de ninguna manera aspiran en realidad a la toma de la plenitud del poder. Bajo ninguna condición les es accesible el trabajo constructivo. De tal modo, toda su determinación y rectitud se limitan a la esfera de la tribuna política, de la retórica de mitin. Prácticamente, su posición no puede ser tomada en cuenta desde ningún punto de vista. Sin embargo, en un aspecto tiene también una cierta consecuencia real: une a todos los demás matices del «pensamiento socialista» en una actitud negativa hacia ella…».

Así razonan los kadetes. Y he aquí el punto de vista del partido más grande, «dominante y gobernante» de Rusia, los «socialistas revolucionarios», en un editorial igualmente no firmado, es decir, de la redacción, de su órgano oficial «Delo Naroda» del 21 de septiembre:

«…Si la burguesía no quiere trabajar junto con la democracia hasta la Asamblea Constituyente sobre la base de la plataforma aprobada por la Conferencia, entonces la coalición deberá surgir en el seno mismo de la Conferencia. Es un pesado sacrificio por parte de los defensores de la coalición, pero deben aceptarlo también los propagandistas de la idea de la «línea pura» del poder. Pero tememos que aquí el acuerdo pueda no lograrse. Y entonces queda una tercera y última combinación: el poder está obligado a organizarlo aquella mitad de la Conferencia que defendió por principio la idea de su homogeneidad.

Digámoslo con claridad: los bolcheviques estarán obligados a formar gabinete. Ellos, con la mayor energía, inculcaron a la democracia revolucionaria el odio a la coalición, prometiéndole toda clase de bienes tras la abolición del «conciliacionismo» y explicando por este último todas las calamidades del país.

Si eran conscientes de su agitación, si no engañaban a las masas, están obligados a pagar los pagarés extendidos a diestra y siniestra.

La cuestión se plantea claramente.

Y que no hagan esfuerzos inútiles por esconderse tras teorías improvisadas sobre la imposibilidad de que tomen el poder.

La democracia no aceptará estas teorías.

Al mismo tiempo, los partidarios de la coalición deben garantizarles pleno apoyo. ¡He aquí las tres combinaciones, los tres caminos que se alzan ante nosotros, no hay otros!» (Las cursivas pertenecen al propio «Delo Naroda».)

Así razonan los eseritas. He aquí, finalmente, la «posición», si es que se puede llamar posición a los intentos de nadar entre dos aguas, de los «cuarto-de-bolcheviques» de Nóvaya Zhizn, tomada del editorial de «Nóvaya Zhizn» del 23 de septiembre:

«…Si la coalición con Konoválov y Kishkin se forma de nuevo, esto no significará otra cosa que una nueva capitulación de la democracia y la anulación de la resolución de la Conferencia sobre un poder responsable sobre la plataforma del 14 de agosto…

…Un ministerio homogéneo de mencheviques y eseritas tan poco podrá sentir su responsabilidad como la sintieron los ministros socialistas responsables en el gabinete de coalición… Tal gobierno no solo no podría aglutinar en torno suyo a las «fuerzas vivas» de la revolución, sino que no podría contar con un apoyo mínimamente activo de su vanguardia: el proletariado.

Sin embargo, no una salida mejor, sino aún peor de la situación, propiamente no una salida, sino simplemente un fracaso, sería la formación de otro tipo de gabinete homogéneo, un gobierno del «proletariado y del campesinado más pobre». Semejante consigna, a decir verdad, no es enarbolada por nadie –salvo en observaciones casuales, tímidas, y luego sistemáticamente «explicadas», de «Rabochi Put»». (Esta flagrante falsedad la escriben «audazmente» publicistas responsables, que olvidaron incluso el editorial de «Delo Naroda» del 21 de septiembre…)

«Formalmente, los bolcheviques han resucitado hoy la consigna: todo el poder a los Soviets. Fue derogada cuando, después de las jornadas de julio, los Soviets, en la persona del Comité Ejecutivo Central, se alinearon decididamente con una política activa antibolchevique. Ahora, sin embargo, no solo puede considerarse enderezada la 'línea del Soviet', sino que hay todos los fundamentos para contar con que el previsto Congreso de los Soviets dé una mayoría bolchevique. En tales condiciones, la consigna resucitada por los bolcheviques 'todo el poder a los Soviets' es una 'línea táctica' orientada precisamente a la dictadura del proletariado y del 'campesinado pobre'. Cierto es que bajo los Soviets se entienden también los Soviets de diputados campesinos, y de este modo la consigna bolchevique presupone un poder apoyado en la parte aplastante de toda la democracia de Rusia. Pero en tal caso la consigna 'todo el poder a los Soviets' pierde su significado independiente, ya que hace a los Soviets casi equivalentes, por su composición, al 'Preparlamento' formado por la Conferencia...» (La afirmación de Nóvaya Zhizn es una mentira desvergonzadísima, equiparable a la declaración de que la falsificación y adulteración de la democracia son 'casi equivalentes' a la democracia: el Preparlamento es una falsificación que hace pasar la voluntad de una minoría del pueblo, singularmente de Kuskova, Berkenheim, Chaikovski y Cía., por la voluntad de la mayoría. Esto, en primer lugar. En segundo lugar, incluso los Soviets campesinos falseados por Avkséntiev y Chaikovski dieron en la Conferencia un porcentaje tan alto de adversarios de la coalición que, junto con los Soviets de diputados obreros y soldados, se habría producido un fracaso incondicional de la coalición. Y en tercer lugar, 'el poder a los Soviets' significa que el poder de los Soviets campesinos se extendería predominantemente al campo, y en el campo está asegurada la preponderancia de los campesinos más pobres.) «...Si esto es lo mismo, entonces la consigna bolchevique debe ser retirada inmediatamente del orden del día. Si, en cambio, 'el poder a los Soviets' solo encubre la dictadura del proletariado, entonces tal poder significa precisamente el fracaso y el desmoronamiento de la revolución.

¿Acaso hace falta demostrar que el proletariado, aislado no solo de las demás clases del país, sino también de las auténticas fuerzas vivas de la democracia, no podrá ni dominar técnicamente el aparato estatal y ponerlo en movimiento en una situación excepcionalmente compleja, ni será capaz políticamente de resistir toda aquella presión de fuerzas hostiles que barrerá no solo la dictadura del proletariado, sino además toda la revolución?

El único poder que responde a las exigencias del momento es ahora una coalición realmente honesta dentro de la democracia».

Pedimos disculpas a los lectores por las largas citas, pero eran absolutamente necesarias. Era necesario exponer con precisión la posición de los distintos partidos hostiles a los bolcheviques. Era necesario demostrar con exactitud una circunstancia sumamente importante: que todos estos partidos han reconocido la cuestión de la toma de la plenitud del poder estatal exclusivamente por los bolcheviques no solo como una cuestión plenamente real, sino también como actual, candente.

Pasemos ahora al análisis de los argumentos en virtud de los cuales «todos», desde los kadetes hasta los novozhiznentsi, están convencidos de que los bolcheviques no lograrán retener el poder.

La respetable Rech no aduce absolutamente ningún argumento. Se limita a rociar a los bolcheviques con torrentes del más selecto y encarnizado improperio. La cita que hemos dado muestra, entre otras cosas, cuán profundamente erróneo sería pensar que Rech «provoca» a los bolcheviques a tomar el poder, y que por tanto: «cuidaos, camaradas, pues lo que el enemigo aconseja es, seguramente, malo». Si en lugar de hacer un balance práctico de las consideraciones de carácter general y concreto nos dejamos «convencer» por el hecho de que la burguesía nos «provoca» a tomar el poder, resultaremos embaucados por la burguesía, pues ella, con toda seguridad, profetizará siempre con saña un millón de desgracias por la toma del poder por los bolcheviques, gritará siempre encarnizada: «sería mejor deshacerse de los bolcheviques de una vez y por "muchos años" si se les dejara llegar al poder para luego derrotarlos completamente». Tales gritos son también una «provocación», si se quiere, solo que por el lado opuesto. Los kadetes y la burguesía no nos «aconsejan» en absoluto, ni nunca nos lo han «aconsejado», tomar el poder; solo intentan amedrentarnos con las tareas presuntamente irresolubles del poder.

No. No debemos dejarnos amedrentar por los gritos de los burgueses amedrentados. Debemos recordar firmemente que nunca nos hemos planteado tareas sociales «irresolubles», y que tareas plenamente resolubles de pasos inmediatos hacia el socialismo, como única salida a una situación muy difícil, solo las resolverá la dictadura del proletariado y del campesinado pobre. La victoria, y una victoria duradera, está asegurada al proletariado en Rusia hoy más que nunca, más que en ningún otro lugar, si toma el poder.

Discutamos de manera puramente práctica las circunstancias concretas que hacen desfavorable uno u otro momento en particular, pero no nos dejemos amedrentar ni por un minuto por los gritos salvajes de la burguesía, ni olvidemos que la cuestión de la toma de todo el poder por los bolcheviques se está volviendo verdaderamente candente. Hoy, un peligro inconmensurablemente mayor amenaza a nuestro partido si olvidamos esto, que si reconocemos la toma del poder como «prematura». De «prematuro» en este sentido no puede hablarse ahora: a favor de ello hablan, de un millón de probabilidades, todas, excepto acaso una o dos.

A propósito de los improperios encarnizados de Rech, puede y debe repetirse:

Que la burguesía nos odie tan salvajemente es una de las más palmarias explicaciones de esa verdad de que indicamos correctamente al pueblo los caminos y los medios para derrocar la dominación de la burguesía.

Delo Naroda, esta vez, a modo de rara excepción, no se ha dignado honrarnos con sus improperios, pero tampoco ha aportado ni sombra de argumentos. Solo intenta, de forma indirecta, mediante insinuaciones, amedrentarnos con la perspectiva de que «los bolcheviques se verán obligados a formar gabinete». Admito plenamente que, al amedrentarnos, los eseristas mismos están sincerísimamente amedrentados, aterrorizados hasta la muerte por el fantasma del liberal amedrentado. Admito igualmente que a los eseristas les es posible, en algunas instituciones particularmente encumbradas y particularmente podridas, como el Comité Ejecutivo Central y comisiones «de contacto» similares a él (es decir, que están en contacto con los kadetes, que se juntan con los kadetes, lisa y llanamente), amedrentar a alguno que otro de los bolcheviques, pues, en primer lugar, la atmósfera en todos esos Comités Ejecutivos Centrales, en el «Preparlamento», etc., es abyectísima, viciada hasta la náusea, y respirarla largo tiempo es nocivo para cualquier persona, y, en segundo lugar, la sinceridad es contagiosa, y un filisteo sinceramente amedrentado es capaz incluso de convertir temporalmente en filisteo a un revolucionario aislado.

Pero, por comprensible que sea, «humanamente» hablando, este sincero amedrentamiento de un eserista que ha tenido la desgracia de ser ministro con los kadetes o de hallarse en una posición ministeriable ante los kadetes, dejarse amedrentar significa cometer un error político que con demasiada facilidad puede resultar rayano en la traición al proletariado. ¡Sus argumentos prácticos, señores! ¡No esperen que nos dejemos amedrentar por su amedrentamiento!

Argumentos prácticos, esta vez, los encontramos solo en Nóvaya Zhizn. Aparece esta vez en el papel, que más le cuadra, de abogado de la burguesía, más que en el papel, manifiestamente «chocante» para esta dama agradable en todos los aspectos, de defensor de los bolcheviques.

El abogado ha esgrimido seis argumentos:

1) el proletariado está «aislado de las demás clases del país»;

2) está «aislado de las auténticas fuerzas vivas de la democracia»;

3) «no podrá dominar técnicamente el aparato estatal»;

4) «no podrá poner en movimiento» este aparato;

5) «la situación es excepcionalmente compleja»;

6) «no será capaz de resistir toda aquella presión de fuerzas hostiles que barrerá no solo la dictadura del proletariado, sino además toda la revolución».

El primer argumento está expuesto por Nóvaya Zhizn de manera tan torpe que resulta risible, pues en la sociedad capitalista y semcapitalista conocemos solo tres clases: la burguesía, la pequeña burguesía (el campesinado, como su principal representante) y el proletariado. ¿Qué sentido tiene, entonces, hablar del aislamiento del proletariado respecto de las demás clases, cuando se trata de la lucha del proletariado contra la burguesía? ¿de la revolución contra la burguesía?

Probablemente, Nóvaya Zhizn quiso decir que el proletariado está aislado del campesinado, pues no podía referirse aquí a los terratenientes, en efecto. Pero decir de manera precisa y clara que el proletariado está aislado ahora del campesinado no era posible, pues la flagrante incorrección de tal afirmación salta a la vista.

Es difícil imaginarse que en un país capitalista el proletariado esté tan poco aislado de la pequeña burguesía —y nótese: en una revolución contra la burguesía— como lo está ahora el proletariado en Rusia. Entre los datos objetivos e indiscutibles, tenemos los más recientes sobre la votación a favor y en contra de la coalición con la burguesía por «curias» de la «Duma de Bulyguin» de Tsereteli, es decir, de la famosa Conferencia «Democrática». Tomemos las curias de los Soviets. Obtenemos:

Así pues, la mayoría en conjunto está a favor de la consigna proletaria: contra la coalición con la burguesía. Y hemos visto más arriba que incluso los kadetes se ven obligados a reconocer el aumento de la influencia de los bolcheviques en los Soviets. ¡Y se trata de una Conferencia convocada por los líderes de ayer en los Soviets, los eseristas y mencheviques, que tienen asegurada la mayoría en las instituciones centrales! Es evidente que aquí se ha subestimado el predominio real de los bolcheviques en los Soviets.

Y tanto en la cuestión de la coalición con la burguesía como en la de entregar inmediatamente las tierras de los terratenientes a los comités campesinos, los bolcheviques tienen ya ahora la mayoría en los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, la mayoría del pueblo, la mayoría de la pequeña burguesía. El número 19 de «Rabochi Put», del 24 de septiembre, reproduce del número 25 del órgano eserista «Znamia Truda»[1] los datos de la conferencia de los Soviets locales de diputados campesinos celebrada el 18 de septiembre en Petrogrado. En esta conferencia se pronunciaron a favor de la coalición ilimitada los comités ejecutivos de cuatro Soviets campesinos (de las gubernias de Kostromá, Moscú, Samara y Táurida). A favor de la coalición sin los kadetes se manifestaron los comités ejecutivos de tres gubernias y dos ejércitos (Vladímir, Riazán y la gubernia del Mar Negro). Contra la coalición se pronunciaron los comités ejecutivos de veintitrés gubernias y cuatro ejércitos.

¡Así pues, la mayoría de los campesinos está contra la coalición!

He ahí el «aislamiento del proletariado».

De paso, hay que señalar que se pronunciaron a favor de la coalición tres gubernias periféricas —Samara, Táurida y la del Mar Negro— donde hay comparativamente muchos campesinos ricos, grandes terratenientes que emplean obreros asalariados, así como cuatro gubernias industriales (Vladímir, Riazán, Kostromá y Moscú), en las que la burguesía campesina es también más fuerte que en la mayoría de las gubernias de Rusia. Sería interesante recoger datos más detallados sobre esta cuestión y examinar si no hay informaciones precisamente sobre los campesinos más pobres en las gubernias con un campesinado más «rico».

Es interesante asimismo que los «grupos nacionales» dieron un predominio muy considerable a los adversarios de la coalición, a saber: 40 votos contra 15. La política anexionista, brutal y coercitiva del bonapartista Kérenski y Cía. respecto a las naciones sin plenos derechos de Rusia ha dado sus frutos. La amplia masa de la población de las naciones oprimidas, es decir, la masa de la pequeña burguesía en ellas, confía más en el proletariado de Rusia que en la burguesía, pues la historia ha colocado aquí en el orden del día la lucha de las naciones oprimidas contra las opresoras por la liberación. La burguesía ha traicionado vilmente la causa de la libertad de las naciones oprimidas; el proletariado es fiel a la causa de la libertad.

Las cuestiones nacional y agraria son los problemas cardinales del día para las masas pequeñoburguesas de la población de Rusia en la actualidad. Esto es indiscutible. Y en ambas cuestiones, el proletariado «no está aislado», algo poco común. Tiene tras de sí a la mayoría del pueblo. Sólo él es capaz de llevar a cabo una política tan resuelta, verdaderamente «revolucionario-democrática» en ambas cuestiones, que garantizaría de inmediato al poder estatal proletario no sólo el apoyo de la mayoría de la población, sino también una verdadera explosión de entusiasmo revolucionario en las masas, pues, por primera vez, las masas no hallarían de parte del gobierno la opresión despiadada de los campesinos por los terratenientes, de los ucranianos por los rusos, como bajo el zarismo, ni tampoco el afán, encubierto con frases ampulosas, de continuar una política semejante bajo la república, ni vejaciones, ofensas, chicanas, dilaciones, zancadillas y evasivas (todo lo que Kérenski prodiga a los campesinos y a las naciones oprimidas), sino una cálida solidaridad, demostrada en la práctica, medidas inmediatas y revolucionarias contra los terratenientes, el restablecimiento inmediato de la plena libertad para Finlandia, Ucrania, Bielorrusia, para los musulmanes, etc.

Los señores eseristas y mencheviques lo saben perfectamente y por eso hacen pasar de contrabando a las cúpulas semicadetes de los cooperativistas en ayuda de su política reaccionario-democrática contra las masas. Por ello nunca se decidirán a consultar a la masa, a organizar un referéndum o por lo menos una votación en todos los Soviets locales, en todas las organizaciones locales, sobre puntos concretos de la política práctica, por ejemplo: si se deben entregar inmediatamente todas las tierras de los terratenientes a los comités campesinos, si deben cumplirse tales o cuales reivindicaciones de los finlandeses o de los ucranianos, etc.

Y la cuestión de la paz, esta cuestión cardinal de toda la vida contemporánea. El proletariado está «aislado de las demás clases»... El proletariado actúa aquí verdaderamente como representante de toda la nación, de todo lo vivo y honesto de todas las clases, de la gigantesca mayoría de la pequeña burguesía, porque sólo el proletariado, una vez conquistado el poder, propondrá de inmediato una paz justa a todos los pueblos beligerantes; sólo el proletariado adoptará medidas verdaderamente revolucionarias (la publicación de los tratados secretos, etc.) para alcanzar lo más rápidamente, la paz más justa posible.

No. Los señores de «Nóvaya Zhizn», que vociferan sobre el aislamiento del proletariado, no expresan con ello sino su propio amedrentamiento subjetivo ante la burguesía. La situación objetiva en Rusia es, indudablemente, tal que el proletariado precisamente ahora no está «aislado» de la mayoría de la pequeña burguesía. Precisamente ahora, tras la triste experiencia de la «coalición», el proletariado cuenta con la simpatía de la mayoría del pueblo. Esta condición para que los bolcheviques conserven el poder es un hecho.

El segundo argumento consiste en que, supuestamente, el proletariado está «aislado de las verdaderas fuerzas vivas de la democracia». Es imposible comprender lo que esto significa. Debe de ser «en griego», como dicen los franceses en estos casos.

Los escritores de «Nóvaya Zhizn» son gente ministerial. Serían perfectamente aptos para ministros en un gobierno kadete. Porque de tales ministros se exige precisamente la habilidad de pronunciar frases decorosas y bien peinadas, que no tienen absolutamente ningún sentido, con las que se puede encubrir cualquier porquería y a las que, por lo tanto, están asegurados los aplausos de los imperialistas y socialimperialistas. Los aplausos de los kadetes, de Breshkóvskaia, de Plejánov y Cía. están asegurados para los de «Nóvaya Zhizn» por afirmar que el proletariado está aislado de las verdaderas fuerzas vivas de la democracia, pues de forma indirecta se dice aquí —o esta afirmación será entendida como si se hubiera dicho— que los kadetes, Breshkóvskaia, Plejánov, Kérenski y Cía. son «las fuerzas vivas de la democracia».

Esto es falso. Son fuerzas muertas. Así lo ha demostrado la historia de la coalición.

Amedrentados por la burguesía y por el ambiente intelectual burgués, los de «Nóvaya Zhizn» consideran «vivo» al ala derecha de los eseristas y mencheviques, que en nada esencial se diferencia de los kadetes, como «Volia Naroda», «Edinstvo», etc. Nosotros, en cambio, consideramos vivo sólo aquello que está vinculado a las masas y no a los kulaks, sólo aquello que las lecciones de la coalición han apartado de ella. Las «fuerzas vivas y activas» de la democracia pequeñoburguesa están representadas por el ala izquierda de los eseristas y mencheviques. El fortalecimiento de esta ala izquierda, en especial después de la contrarrevolución de julio, es uno de los indicios objetivos más seguros de que el proletariado no está aislado.

De modo aún más patente lo demuestran en los últimos tiempos los virajes a la izquierda de los centristas eseristas, probados por la declaración de Chernov del 24 de septiembre de que su grupo no puede apoyar la nueva coalición con Kishkin y Cía. Estos virajes a la izquierda del centro eserista, que hasta ahora proporcionaba la inmensa mayoría de los representantes del partido eserista, partido preponderante y dominante por el número de votos recogidos en la ciudad y sobre todo en el campo, demuestran que las declaraciones de «Delo Naroda», antes citadas, acerca de la necesidad para la democracia, en ciertas condiciones, de «garantizar el pleno apoyo» a un gobierno puramente bolchevique, que esas declaraciones, en todo caso, no son sólo frases.

Hechos tales como la negativa del centro socialrevolucionario a apoyar una nueva coalición con Kishkin, o el predominio de los adversarios de la coalición entre los mencheviques defensistas de provincias (Yordania en el Cáucaso, etc.), constituyen una prueba objetiva de que una parte considerable de las masas que hasta ahora han seguido a mencheviques y socialrevolucionarios apoyará un gobierno puramente bolchevique.

Precisamente de las fuerzas vivas de la democracia no está aislado hoy el proletariado de Rusia.

Tercer argumento: el proletariado «no podrá dominar técnicamente el aparato estatal». Este es quizá el argumento más común y más corriente. Merece la mayor atención tanto por esta razón como porque señala una de las tareas más serias y más difíciles que se alzan ante el proletariado victorioso. No cabe duda de que estas tareas son muy difíciles, pero si nosotros, llamándonos socialistas, señalamos esta dificultad solo para eludir el cumplimiento de dichas tareas, en la práctica nuestra diferencia con los servidores de la burguesía se reducirá a cero. La dificultad de las tareas de la revolución proletaria debe impulsar a los partidarios del proletariado a estudiar de modo más atento y concreto los métodos para cumplirlas.

Por aparato estatal se entiende ante todo el ejército permanente, la policía y la burocracia. Al decir que el proletariado no podrá dominar técnicamente este aparato, los escritores de Nóvaya Zhizn ponen de manifiesto la más extrema ignorancia y la falta de voluntad de tener en cuenta tanto los hechos de la vida como las consideraciones señaladas desde hace tiempo en la literatura bolchevique.

Todos los escritores de Nóvaya Zhizn se consideran, si no marxistas, al menos conocedores del marxismo, socialistas cultos. Pero Marx enseñó, basándose en la experiencia de la Comuna de París, que el proletariado no puede simplemente apoderarse de la máquina estatal ya hecha y ponerla en marcha para sus propios fines, que el proletariado debe romper esa máquina y sustituirla por una nueva (de esto hablo con más detalle en un folleto cuyo primer fascículo está terminado y aparecerá pronto con el título: El Estado y la revolución. La doctrina marxista del Estado y las tareas del proletariado en la revolución[22]). Esta nueva máquina estatal fue creada por la Comuna de París, y los Soviets rusos de diputados obreros, soldados y campesinos constituyen un «aparato estatal» del mismo tipo. Sobre esta circunstancia he llamado la atención muchas veces, desde el 4 de abril de 1917; de ello se habla en las resoluciones de las conferencias bolcheviques, así como en la literatura bolchevique. Nóvaya Zhizn, naturalmente, podría declarar su total desacuerdo tanto con Marx como con los bolcheviques; pero soslayar por completo el problema por parte de un periódico que tan a menudo y con tanta arrogancia censura a los bolcheviques por su actitud supuestamente poco seria hacia las cuestiones difíciles, equivale a extenderse a sí mismo un certificado de indigencia.

«Apoderarse» del «aparato estatal» y «ponerlo en movimiento» el proletariado no puede. Pero puede romper todo lo que hay de opresor, rutinario, incorregiblemente burgués en el viejo aparato estatal, colocando en su lugar su propio y nuevo aparato. Este aparato son precisamente los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos.

No se puede dejar de calificar de monstruoso que Nóvaya Zhizn se haya olvidado por completo de este «aparato estatal». Al proceder así en sus razonamientos teóricos, los novozhiznentsi, en el fondo, hacen en la esfera de la teoría política lo que los kadetes hacen en la práctica política. Pues si en realidad el proletariado y la democracia revolucionaria no necesitan ningún nuevo aparato estatal, entonces los Soviets pierden su raison d'être y pierden el derecho a existir; ¡entonces tienen razón los kadetes kornilovistas en sus afanes por reducir los Soviets a la nada!

Este monstruoso error teórico y ceguera política de Nóvaya Zhizn es tanto más monstruoso cuanto que incluso los mencheviques internacionalistas (con los cuales Nóvaya Zhizn formó bloque en las últimas elecciones a la Duma Municipal de Petrogrado) han mostrado en esta cuestión una cierta aproximación a los bolcheviques. Así, leemos en aquella declaración de la mayoría soviética que el camarada Mártov leyó en la Conferencia Democrática:

«…Los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, creados en los primeros días de la revolución por el poderoso impulso de la auténtica creación popular, han formado ese nuevo tejido de la estatalidad revolucionaria que ha sustituido el tejido caduco de la estatalidad del viejo régimen…».

Esto está dicho de un modo un poco demasiado hermoso; es decir, la afectación de las expresiones encubre aquí la falta de claridad del pensamiento político. Los Soviets aún no han sustituido el viejo «tejido», y ese viejo «tejido» no es la estatalidad del viejo régimen, sino la estatalidad tanto del zarismo como de la república burguesa. Pero, en todo caso, Mártov está aquí dos cabezas por encima de los novozhiznentsi.

Los Soviets son un nuevo aparato estatal que proporciona, en primer lugar, la fuerza armada de los obreros y campesinos, fuerza que no está separada del pueblo, como la del viejo ejército permanente, sino ligada a él del modo más estrecho; en el aspecto militar, esta fuerza es incomparablemente más poderosa que las anteriores; en el aspecto revolucionario, es insustituible por ninguna otra cosa. En segundo lugar, este aparato proporciona un vínculo con las masas, con la mayoría del pueblo, tan estrecho, indisoluble, fácilmente verificable y renovable, que nada semejante existe ni remotamente en el anterior aparato estatal. En tercer lugar, este aparato, en virtud del carácter electivo y la revocabilidad de su composición por voluntad del pueblo, sin formalidades burocráticas, es mucho más democrático que los aparatos anteriores. En cuarto lugar, proporciona un vínculo firme con las más diversas profesiones, facilitando con ello las más variadas reformas del carácter más profundo sin burocracia. En quinto lugar, ofrece una forma de organización de la vanguardia, es decir, de la parte más consciente, más enérgica, más avanzada de las clases oprimidas, obreros y campesinos, constituyendo así un aparato mediante el cual la vanguardia de las clases oprimidas puede elevar, educar, instruir y conducir tras sí a toda la gigantesca masa de esas clases, que hasta ahora ha permanecido completamente al margen de la vida política, al margen de la historia. En sexto lugar, da la posibilidad de combinar las ventajas del parlamentarismo con las ventajas de la democracia inmediata y directa, es decir, de reunir en la persona de los representantes electos del pueblo tanto la función legislativa como la ejecución de las leyes. Comparado con el parlamentarismo burgués, esto es un paso adelante en el desarrollo de la democracia que tiene una importancia histórico-mundial.

Nuestros Soviets en 1905 fueron solo, por así decirlo, un embrión uterino, pues existieron apenas unas pocas semanas. Es evidente que, en las condiciones de entonces, no podía hablarse de su desarrollo integral. Y en la revolución de 1917 todavía no puede hablarse de ello, porque el plazo de unos pocos meses es sumamente corto, y lo principal: los líderes socialrevolucionarios y mencheviques han prostituido a los Soviets, reduciéndolos al papel de habladurías, al papel de apéndice de la política conciliadora de los líderes. Los Soviets se pudrían y descomponían en vida bajo la dirección de los Liber, Dan, Tsereteli, Chernov. Desarrollarse de verdad, desplegar plenamente sus aptitudes y capacidades, los Soviets solo pueden haciéndolo tomando todo el poder estatal, pues de otro modo no tienen nada que hacer; de otro modo son o simples embriones (y no se puede ser embrión demasiado tiempo) o juguetes. El «poder dual» es la parálisis de los Soviets.

Si la creación popular de las clases revolucionarias no hubiera creado los Soviets, la revolución proletaria sería en Rusia una empresa sin esperanza, pues con el viejo aparato el proletariado, indudablemente, no habría podido retener el poder, y un nuevo aparato no se puede crear de golpe. La triste historia de la prostitución de los Soviets al estilo Tsereteli-Chernov, la historia de la «coalición» es al mismo tiempo la historia de la liberación de los Soviets de las ilusiones pequeñoburguesas, de su paso a través del «purgatorio» del estudio práctico por ellos de toda la vileza y suciedad de todas y cada una de las coaliciones burguesas. Esperemos que este «purgatorio» no haya quebrantado a los Soviets, sino que los haya templado.

La principal dificultad de la revolución proletaria es la realización, a escala de todo el pueblo, de la más exacta y escrupulosa contabilidad y control, el control obrero sobre la producción y la distribución de los productos.

Cuando los escritores de Nóvaya Zhizn nos objetaban que caíamos en el sindicalismo al enarbolar la consigna del «control obrero», esa objeción era un ejemplo de aplicación escolar y tontuela del «marxismo», no meditado, sino aprendido de memoria a la manera struvista. El sindicalismo o niega la dictadura revolucionaria del proletariado o la relega, como en general todo poder político, a un noveno lugar. Nosotros la colocamos en el primer lugar. Si simplemente se dice, en el espíritu de los novozhiznenses: no control obrero, sino control estatal, resulta una frase reformista burguesa, resulta, en esencia, una fórmula puramente kadete, pues los kadetes no tienen nada en contra de la participación de los obreros en el control «estatal». Los kadetes-kornilovistas saben perfectamente que esa participación es el mejor medio de engañar a los obreros por la burguesía, el mejor medio de soborno refinado en el sentido político de todo tipo de Gvozdev, Nikitin, Prokopóvich, Tsereteli y toda esa banda.

Cuando decimos: «control obrero», colocando esta consigna siempre junto a la dictadura del proletariado, siempre después de ella, aclaramos con esto de qué Estado se trata. El Estado es un órgano de dominación de una clase. ¿De cuál? Si de la burguesía, esa es la estatalidad kadete-kornilovista-«kerenskiana», de la cual el pueblo trabajador en Rusia «se korniliza y se kerenskiza» desde hace ya más de medio año. Si del proletariado, si se trata del Estado proletario, es decir, de la dictadura del proletariado, el control obrero puede convertirse en un control nacional, omnicomprensivo, omnipresente, exactísimo y concienzudísimo de la producción y distribución de los productos.

En esto consiste la principal dificultad, en esto consiste la principal tarea de la revolución proletaria, es decir, socialista. Sin los Soviets, esta tarea, al menos para Rusia, sería irresoluble. Los Soviets esbozan ese trabajo organizativo del proletariado que puede resolver la tarea de importancia histórico-mundial.

Aquí hemos llegado a otra faceta de la cuestión del aparato estatal. Además del aparato preferentemente «opresor» del ejército permanente, la policía, la burocracia, existe en el Estado moderno un aparato vinculado especialmente de manera estrecha a los bancos y los sindicatos, un aparato que realiza una masa de trabajo de contabilidad y registro, si se permite expresarse así. Este aparato no se puede ni se debe destrozar. Hay que arrancarlo de la subordinación a los capitalistas, hay que cortar, cercenar, amputar a los capitalistas con sus hilos de influencia, hay que subordinarlo a los Soviets proletarios, hay que hacerlo más amplio, más omnicomprensivo, más nacional. Y esto se puede hacer apoyándose en las conquistas ya realizadas por el gran capitalismo (como en general la revolución proletaria, solo apoyándose en estas conquistas, es capaz de alcanzar su objetivo).

El capitalismo ha creado aparatos de contabilidad como los bancos, los sindicatos, el correo, las cooperativas de consumo, las uniones de empleados. Sin los grandes bancos, el socialismo sería irrealizable.

Los grandes bancos son ese «aparato estatal» que necesitamos para realizar el socialismo y que tomamos ya listo del capitalismo, consistiendo aquí nuestra tarea únicamente en cercenar lo que desfigura capitalísticamente este excelente aparato, hacerlo aún más grande, aún más democrático, aún más omnicomprensivo. La cantidad se transformará en calidad. Un único banco estatal, el más grande de los más grandes, con sucursales en cada volost, en cada fábrica, es ya nueve décimas partes del aparato socialista. Esto es la contabilidad estatal general, el registro estatal general de la producción y distribución de los productos, esto es, por así decirlo, algo así como el esqueleto de la sociedad socialista.

Este «aparato estatal» (que no es del todo estatal bajo el capitalismo, pero que será plenamente estatal entre nosotros, bajo el socialismo) podemos «tomarlo» y «ponerlo en movimiento» de un solo golpe, con un solo decreto, pues el trabajo efectivo de contabilidad, control, registro, cuenta y cálculo lo realizan aquí los empleados, la mayoría de los cuales se encuentran en situación proletaria o semiproletaria.

Mediante un solo decreto del gobierno proletario, estos empleados pueden y deben ser transferidos a la situación de empleados estatales, de manera similar a como los perros guardianes del capitalismo, como Briand y otros ministros burgueses, mediante un solo decreto transfieren a los ferroviarios en huelga a la situación de empleados estatales. Necesitaremos muchos más empleados estatales de este tipo, y podemos obtenerlos en mayor número, pues el capitalismo ha simplificado las funciones de contabilidad y control, las ha reducido a registros relativamente simples, accesibles a cualquier persona alfabetizada.

La «estatalización» de la masa de empleados de bancos, sindicatos, comercio, etc., etc., es algo plenamente realizable tanto técnica (gracias al trabajo preparatorio realizado para nosotros por el capitalismo y el capital financiero) como políticamente, bajo la condición del control y la vigilancia de los Soviets.

Y con los altos empleados, que son muy pocos pero que tiran hacia los capitalistas, habrá que proceder como con los capitalistas, «con severidad». Ellos, al igual que los capitalistas, opondrán resistencia. Esta resistencia habrá que quebrarla, y si el inmortalmente ingenuo Peshejónov todavía en junio de 1917 balbucía, como un verdadero «infante estatal», que «la resistencia de los capitalistas está quebrada», el proletariado realizará en serio esa frase infantil, esa jactancia pueril, esa salida de muchacho.

Esto podemos hacerlo, pues se trata de quebrar la resistencia de una ínfima minoría de la población, literalmente un puñado de personas, tras cada una de las cuales los sindicatos de empleados, los sindicatos profesionales, las cooperativas de consumo y los Soviets instaurarán una vigilancia tal que cualquier Tit Titich quedará rodeado como un francés en Sedán. Conocemos por su nombre a esos Tit Titich: basta tomar las listas de directores, miembros de consejos de administración, grandes accionistas, etc. Son unos cuantos centenares, a lo sumo unos cuantos millares en toda Rusia; junto a cada uno de ellos, el Estado proletario, con el aparato de los Soviets, sindicatos de empleados, etc., puede poner diez o cien controladores, de modo que incluso en lugar de «quebrar la resistencia», quizá se logre, por medio del control obrero (sobre los capitalistas), hacer imposible cualquier resistencia.

Ni siquiera la confiscación de la propiedad de los capitalistas será el «quid» del asunto, sino precisamente el control obrero nacional y omnicomprensivo sobre los capitalistas y sus posibles partidarios. Con la confiscación sola no se hará nada, porque en ella no hay elemento de organización, de contabilidad de una distribución correcta. La confiscación la sustituiremos fácilmente con la recaudación de un impuesto justo (aunque sea en las tasas «shingariovskas»), con tal solo de excluir la posibilidad de cualquier evasión de la rendición de cuentas, de ocultación de la verdad, de elusión de la ley. Y esa posibilidad solo la eliminará el control obrero del Estado obrero.

La sindicación forzosa, es decir, la unión forzosa en asociaciones bajo control del Estado, he aquí lo que el capitalismo ha preparado, lo que en Alemania realizó el Estado de los junkers, lo que será plenamente realizable en Rusia para los Soviets, para la dictadura del proletariado, he aquí lo que nos dará un «aparato estatal» universal y novísimo, y no burocrático[24].

Cuarto argumento de los abogados de la burguesía: el proletariado no podrá «poner en movimiento» el aparato estatal. Este argumento no representa nada nuevo en comparación con el argumento anterior. Con el viejo aparato, por supuesto, no habríamos podido ni dominarlo ni ponerlo en movimiento. El nuevo aparato, los Soviets, ya ha sido puesto en movimiento por «el poderoso impulso de la auténtica creación popular». De este aparato solo hay que quitar las trabas que le ha impuesto la preponderancia de los dirigentes eseristas y mencheviques. Este aparato ya está en marcha, solo hay que arrojar fuera esos apéndices pequeñoburgueses deformes que le impiden avanzar, y avanzar a toda marcha.

Dos circunstancias hay que considerar aquí para complementar lo dicho arriba: en primer lugar, los nuevos medios de control creados no por nosotros, sino por el capitalismo en su estadio imperialista-militar; en segundo lugar, la importancia de la profundización del democratismo en la gestión del Estado de tipo proletario.

El monopolio del pan y las cartillas de pan no han sido creados por nosotros, sino por el Estado capitalista beligerante. Este ya ha creado la obligación laboral universal en el marco del capitalismo, lo cual es una prisión militar de trabajos forzados para los obreros. Pero también aquí, como en toda su creación histórica, el proletariado toma su arma del capitalismo, y no la "inventa", no la "crea de la nada".

El monopolio del pan, la cartilla de pan, la obligación laboral universal son, en manos del Estado proletario, en manos de los Soviets omnipotentes, el medio más poderoso de registro y control, un medio que, extendido a los capitalistas y, en general, a los ricos, aplicado a ellos por los obreros, dará una fuerza nunca antes vista en la historia para "poner en movimiento" el aparato estatal, para vencer la resistencia de los capitalistas, para someterlos al Estado proletario. Este medio de control y coerción al trabajo es más fuerte que las leyes de la Convención y su guillotina. La guillotina solo atemorizaba, solo quebraba la resistencia activa. Esto no nos basta.

Esto no nos basta. No solo necesitamos "amedrentar" a los capitalistas en el sentido de que sientan la omnipotencia del Estado proletario y olviden pensar en la resistencia activa contra él. Necesitamos quebrar también la resistencia pasiva, indudablemente aún más peligrosa y nociva. Necesitamos no solo quebrar cualquier tipo de resistencia. Necesitamos obligarlos a trabajar en los nuevos marcos organizativo-estatales. No basta con "quitar de en medio" a los capitalistas, hay que (quitando de en medio a los "resistentes" inservibles e incorregibles) ponerlos al nuevo servicio estatal. Esto se aplica tanto a los capitalistas como a cierta capa superior de la intelectualidad burguesa, empleados, etc.

Y tenemos un medio para ello. Nos lo ha proporcionado, nos ha puesto el arma en las manos, el propio Estado capitalista beligerante. Este medio es el monopolio del pan, la cartilla de pan, la obligación laboral universal. "Quien no trabaja, no debe comer": esta es la regla fundamental, primera y principal que los Soviets de diputados obreros pueden introducir en la vida e introducirán cuando sean el poder.

Todo obrero posee una cartilla de trabajo. Este documento no lo humilla, aunque hoy, indudablemente, es un documento de la esclavitud asalariada capitalista, un certificado de la pertenencia del hombre trabajador a tal o cual parásito.

Los Soviets introducirán la cartilla de trabajo para los ricos y luego, gradualmente, para toda la población (en un país campesino, probablemente la cartilla de trabajo no será necesaria durante mucho tiempo para la abrumadora mayoría del campesinado). La cartilla de trabajo dejará de ser una señal de "hueso negro", dejará de ser un documento de las castas "inferiores", un certificado de esclavitud asalariada. Se convertirá en un certificado de que en la nueva sociedad ya no hay más "obreros", pero, en cambio, tampoco hay nadie que no sea trabajador.

Los ricos deberán obtener del sindicato de obreros o empleados al que más cercana esté la esfera de su actividad una cartilla de trabajo, deberán obtener semanalmente, o en cualquier otro plazo determinado, un certificado de ese sindicato de que cumplen concienzudamente su trabajo; sin esto no podrán recibir la cartilla de pan ni productos alimenticios en general. Necesitamos buenos organizadores del negocio bancario y de la unificación de empresas (en esta cuestión los capitalistas tienen más experiencia, y con personas experimentadas el trabajo marcha más fácilmente), necesitamos, en un número cada vez mayor que antes, ingenieros, agrónomos, técnicos, especialistas con formación científica de todo tipo, dirá el Estado proletario. A todos esos trabajadores les daremos un trabajo acorde a sus fuerzas y habitual para ellos; probablemente, solo de manera gradual introduciremos la igualdad salarial en toda su plenitud, dejando por un tiempo de transición un salario más alto para dichos especialistas, pero los pondremos bajo un amplio control obrero, lograremos la aplicación plena e incondicional de la regla: "quien no trabaja, no debe comer". Y la forma organizativa del trabajo no la inventamos, sino que la tomamos ya hecha del capitalismo: bancos, sindicatos, las mejores fábricas, estaciones experimentales, academias, etc.; tan solo tendremos que tomar prestados los mejores modelos de la experiencia de los países avanzados.

Y, por supuesto, no caeremos ni un ápice en el utopismo, no abandonaremos el terreno del más sobrio cálculo práctico, si decimos: toda la clase de los capitalistas opondrá la más encarnizada resistencia, pero mediante la organización de toda la población en los Soviets esta resistencia será quebrada, y a los capitalistas especialmente obstinados e insumisos habrá, por supuesto, que castigarlos con la confiscación de todos los bienes y la prisión, pero, en cambio, la victoria del proletariado aumentará el número de casos como el que, por ejemplo, leo en el periódico "Izvestia" de hoy:

"El 26 de septiembre se presentaron en el Consejo Central de los Comités de Fábrica dos ingenieros con la declaración de que un grupo de ingenieros había decidido formar una unión de ingenieros socialistas. Considerando que el momento actual es, en esencia, el comienzo de la revolución social, la unión se ofrece a disposición de las masas obreras y desea, defendiendo los intereses de los obreros, actuar en plena unidad con las organizaciones obreras. Los representantes del Consejo Central de los Comités de Fábrica respondieron que el Consejo acogería con agrado en su organización una sección de ingenieros que incluyera en su programa las tesis fundamentales de la primera conferencia de los Comités de Fábrica sobre el control obrero de la producción. En los próximos días tendrá lugar una reunión conjunta de delegados del Consejo Central de los Comités de Fábrica y del grupo de iniciativa de los ingenieros socialistas" ("Izvestia del CEC" del 27 de septiembre de 1917).

El proletariado, nos dicen, no podrá poner en movimiento el aparato estatal.

Después de la revolución de 1905, Rusia fue gobernada por 130.000 terratenientes, gobernada mediante inacabables violencias contra 150 millones de personas, mediante burlas ilimitadas hacia ellas, forzando a la enorme mayoría a un trabajo de presidio y a una existencia de semihambre.

Y, supuestamente, Rusia no podrá ser gobernada por 240.000 miembros del partido bolchevique, gobernada en interés de los pobres y contra los ricos. Estos 240.000 hombres tienen ya ahora tras de sí no menos de un millón de votos de la población adulta, pues precisamente esa relación entre el número de miembros del partido y el número de votos emitidos a su favor ha sido establecida por la experiencia de Europa y por la experiencia de Rusia, aunque solo sea, por ejemplo, por las elecciones de agosto a la Duma de Petersburgo. He aquí que ya tenemos un "aparato estatal" de un millón de personas, entregadas al Estado socialista por convicción ideológica, y no para recibir un gran bocado el día 20 de cada mes.

Más aún, disponemos de un "medio milagroso" para multiplicar por diez, de inmediato, de un solo golpe, nuestro aparato estatal, un medio que ningún Estado capitalista ha poseído jamás ni puede poseer. Esta tarea milagrosa es atraer a los trabajadores, atraer a los pobres a la labor cotidiana de la administración del Estado.

Para explicar cuán fácilmente es aplicable este medio milagroso, cuán infalible es su acción, tomemos un ejemplo lo más simple y evidente posible.

El Estado necesita desalojar forzosamente de una vivienda a una determinada familia e instalar a otra. Esto lo hace a cada paso el Estado capitalista, y lo hará también el nuestro, el Estado proletario o socialista.

El Estado capitalista desaloja a una familia obrera que ha perdido a su sostén y no ha pagado el alquiler. Comparece un alguacil, un policía o un miliciano, todo un pelotón de ellos. En el barrio obrero, para efectuar el desalojo, se necesita un destacamento de cosacos. ¿Por qué? Porque el alguacil y el "miliciano" se niegan a ir sin una protección militar de una fuerza muy grande. Saben que la escena del desalojo provoca una ira tan furibunda en toda la población circundante, en miles y miles de personas llevadas casi a la desesperación, un odio tal hacia los capitalistas y hacia el Estado capitalista, que al alguacil y al pelotón de milicianos pueden hacerlos pedazos en cualquier momento. Se necesitan grandes fuerzas militares, hay que traer a la gran ciudad varios regimientos de alguna remota periferia, para que a los soldados les sea ajena la vida de los pobres urbanos, para que los soldados no puedan ser "contagiados" por el socialismo.

El Estado proletario debe, coactivamente, instalar a una familia en extrema necesidad en la vivienda de una persona rica. Nuestro destacamento de milicia obrera consta, supongamos, de 15 personas: dos marineros, dos soldados, dos obreros conscientes (de los cuales supongamos que solo uno es miembro de nuestro partido o simpatiza con él), luego 1 intelectual y 8 personas de la población pobre trabajadora, entre ellos obligatoriamente no menos de 5 mujeres, sirvientas, peones, etc. El destacamento se presenta en la vivienda del rico, la inspecciona, encuentra 5 habitaciones para dos hombres y dos mujeres. «Ustedes se apretarán, ciudadanos, en dos habitaciones durante este invierno, y prepararán otras dos habitaciones para alojar en ellas a dos familias del sótano. Mientras nosotros, con ayuda de ingenieros (usted, parece, es ingeniero), no construyamos buenas viviendas para todos, ustedes tendrán obligatoriamente que apretarse. Su teléfono servirá para 10 familias. Esto ahorrará unas 100 horas de trabajo, de carreras por las tienduchas, etc. Además, en su familia hay dos personas semicapaces de trabajo, no ocupadas: una ciudadana de 55 años y un ciudadano de 14 años. Ellos harán guardia diaria de 3 horas para vigilar el correcto reparto de los productos para 10 familias y llevar los registros necesarios para ello. El ciudadano estudiante que se encuentra en nuestro destacamento escribirá ahora en dos ejemplares el texto de esta disposición estatal, y usted tendrá la bondad de darnos un recibo, comprometiéndose a cumplirla exactamente.»

Así podría ser, a mi juicio, la relación entre el viejo aparato estatal burgués y el nuevo socialista, y la gestión estatal, expuesta mediante ejemplos claros.

No somos utopistas. Sabemos que cualquier peón y cualquier cocinera no están en condiciones de incorporarse inmediatamente a la administración del Estado. En esto coincidimos con los kadetes, con Bréshkovskaya y con Tserteli. Pero nos distinguimos de esos ciudadanos en que exigimos la ruptura inmediata con el prejuicio de que administrar el Estado, realizar el trabajo cotidiano y diario de la administración, solo pueden los funcionarios ricos o provenientes de familias ricas. Exigimos que la enseñanza del arte de la administración estatal la lleven a cabo obreros y soldados conscientes, y que se inicie de inmediato, es decir, que de inmediato se empiece a atraer a todos los trabajadores, a toda la población pobre, a este aprendizaje.

Sabemos que los kadetes también están de acuerdo en enseñar al pueblo el democratismo. Las damas kadetes están dispuestas a leer, según las mejores fuentes inglesas y francesas, conferencias para las sirvientas sobre la igualdad de derechos de la mujer. Y también en el próximo concierto-mitin, ante miles de personas, se organizará un beso en el estrado: la dama kadete conferenciante besará a Bréshkovskaya, Bréshkovskaya al exministro Tserteli, y el pueblo agradecido aprenderá así, de manera evidente, cómo son la igualdad, la libertad y la fraternidad republicanas…

Sí, estamos de acuerdo en que los kadetes, Bréshkovskaya y Tserteli, a su modo, son fieles al democratismo y hacen su propaganda en el pueblo. Pero ¿qué hacer si nosotros tenemos una idea algo distinta del democratismo?

Según nosotros, para aliviar las inauditas penurias y calamidades de la guerra, así como para curar las espantosísimas heridas que la guerra ha infligido al pueblo, se necesita un democratismo revolucionario, se necesitan medidas revolucionarias precisamente del tipo de la distribución de viviendas que hemos descrito como ejemplo en interés de la población pobre. De igual manera hay que actuar, tanto en la ciudad como en el campo, con los víveres, la ropa, el calzado, etc., y en el campo con la tierra y demás. Para administrar el Estado con este espíritu podemos atraer inmediatamente a un aparato estatal de diez millones, si no de veinte, un aparato nunca visto en ningún Estado capitalista. Solo nosotros podemos crear ese aparato, porque tenemos asegurada la simpatía plena y abnegada de la gigantesca mayoría de la población. Solo nosotros podemos crear ese aparato, porque tenemos obreros conscientes, disciplinados por el largo «aprendizaje» capitalista (con razón hemos estado aprendiendo del capitalismo), que están en situación de crear la milicia obrera y ampliarla gradualmente (empezando a ampliarla de inmediato) hasta convertirla en una milicia de todo el pueblo. Los obreros conscientes deben dirigir, pero son capaces de atraer a la tarea de la administración a las auténticas masas de trabajadores y oprimidos.

Por supuesto, son inevitables los errores en los primeros pasos de este nuevo aparato. Pero ¿acaso no hubo errores entre el campesinado cuando salió libre de la servidumbre y empezó a gestionar sus propios asuntos? ¿Acaso puede haber otro camino para enseñar al pueblo a gobernarse a sí mismo, para librarse de errores, que el camino de la práctica, que el comienzo inmediato del auténtico autogobierno popular? Ahora lo más importante es despedirse de ese prejuicio intelectual burgués de que administrar el Estado solo pueden determinados funcionarios, por entero dependientes del capital en toda su situación social. Lo más importante es poner fin a una situación en que tratan de administrar a la vieja usanza los burgueses, los funcionarios y los ministros «socialistas», pero no pueden administrar, ¡y al cabo de siete meses obtienen en un país campesino una insurrección campesina! Lo más importante es inspirar a los oprimidos y a los trabajadores confianza en sus propias fuerzas, mostrarles en la práctica que ellos mismos pueden y deben ocuparse del reparto correcto, más rigurosamente ordenado y organizado de pan, de todo alimento, leche, ropa, viviendas, etc., en interés de la población pobre. Sin esto no hay salvación posible para Rusia del derrumbe ni de la perdición, y un comienzo honrado, audaz y extendido por doquiera de la transferencia de la administración a manos de los proletarios y semiproletarios dará un entusiasmo revolucionario de las masas sin precedentes en la historia, multiplicará tantas veces las fuerzas del pueblo para luchar contra las calamidades que mucho de lo que parece imposible para nuestras reducidas, viejas fuerzas burocráticas se convertirá en realizable para las fuerzas de la masa de millones cuando empieza a trabajar para sí, no para el capitalista, no para el señorito, no para el funcionario, no bajo el látigo.

Al problema del aparato estatal pertenece también la cuestión del centralismo, planteada con particular energía y de modo particularmente desafortunado por el camarada Bazárov en el número 138 de «Nóvaya Zhizn», del 27 de septiembre, en el artículo: «Los bolcheviques y el problema del poder».

El camarada Bazárov razona así: «Los Soviets no son un aparato adaptado a todas las esferas de la vida estatal», porque, según dice la experiencia de siete meses, «decenas y centenares de datos documentales que obran en la Sección Económica del Comité Ejecutivo de Petersburgo» confirmaron que los Soviets, aunque en muchos lugares disfrutaban de hecho de «toda la plenitud del poder», «no habían podido alcanzar, en el terreno de la lucha contra la ruina económica, resultados medianamente satisfactorios». Es necesario un aparato «ramificado por sectores de producción, estrictamente centralizado dentro de cada sector y subordinado a un centro estatal único». «No se trata, véase usted –dice–, de sustituir el viejo aparato, sino solo de reformarlo… por más que los bolcheviques se burlen de las personas con un plan…»

¡Todos estos razonamientos del camarada Bazárov son, sencillamente, de una impotencia sorprendente, como un calco de los razonamientos de la burguesía, un reflejo de su punto de vista de clase!

En efecto. Decir que los Soviets en algún lugar de Rusia, en algún momento, hayan disfrutado de «toda la plenitud del poder», es simplemente ridículo (si no es una repetición de la mentira egoísta de clase de los capitalistas). La plenitud del poder exige el poder sobre toda la tierra, sobre todos los bancos, sobre todas las fábricas; una persona medianamente familiarizada con la experiencia de la historia y con los datos de la ciencia acerca del vínculo entre la política y la economía no podría «olvidar» esta «pequeña» circunstancia.

¡La artera maniobra de la burguesía consiste en que, sin ceder a los Soviets el poder, saboteando cualquier paso serio suyo, manteniendo el gobierno en sus manos, conservando el poder sobre la tierra y sobre los bancos, etc., echa la culpa de la ruina económica a los Soviets! En esto consiste precisamente toda la triste experiencia de la coalición.

Nunca tuvieron los Soviets la plenitud del poder, y sus medidas no pudieron dar nada más que paliativos y un aumento de la confusión.

Demostrarles a los bolcheviques, centralistas por convicción, por programa y por táctica de todo su partido, la necesidad del centralismo significa, en verdad, forzar una puerta abierta. Si los escritores de Nóvaya Zhizn se ocupan de esta tarea vacía, es únicamente porque no han comprendido en absoluto el sentido y significado de nuestras burlas sobre su punto de vista "estatal general". Y los de Nóvaya Zhizn no lo han comprendido porque la doctrina de la lucha de clases solo la reconocen con los labios, no con la mente. Repitiendo palabras aprendidas sobre la lucha de clases, a cada momento caen en el divertido en teoría, reaccionario en la práctica, "punto de vista supraclasista", llamando a este servilismo a la burguesía el plan "estatal general".

El Estado, queridos señores, es un concepto de clase. El Estado es un órgano o máquina de violencia de una clase sobre otra. Mientras sea una máquina para la violencia de la burguesía sobre el proletariado, la consigna proletaria solo puede ser una: la destrucción de ese Estado. Y cuando el Estado sea proletario, cuando sea una máquina de violencia del proletariado sobre la burguesía, entonces estaremos plena e incondicionalmente por un poder firme y por el centralismo.

Dicho de modo más popular: no nos burlamos de los "planes", sino de que Bazárov y compañía no comprendan que, al negar el "control obrero", al negar la "dictadura del proletariado", están a favor de la dictadura de la burguesía. No hay término medio, el término medio es un sueño hueco del demócrata pequeñoburgués.

Contra el centralismo de los Soviets, contra su unificación, jamás ha discutido ningún centro, ningún bolchevique. Contra los comités fabriles por ramas de producción y su centralización, ninguno de nosotros objeta. Bazárov dispara al aire.

Nos burlamos, nos hemos burlado y seguiremos burlándonos no del "centralismo" ni de los "planes", sino del reformismo. Porque vuestro reformismo es especialmente ridículo después de la experiencia de la coalición. Y decir: "no la sustitución del aparato, sino su reforma", significa ser reformista, significa volverse no un demócrata revolucionario, sino un demócrata reformista. El reformismo no es otra cosa que concesiones de la clase gobernante, no su derrocamiento, concesiones que ella otorga manteniendo el poder en sus manos.

Eso es precisamente lo que se probó con la coalición de medio año.

De esto nos burlamos. Bazárov, sin haber reflexionado sobre la doctrina de la lucha de clases, se deja atrapar por la burguesía, que a coro canta: "Eso, eso precisamente, justamente no estamos contra la reforma, estamos a favor de la participación obrera en el control estatal general, estamos plenamente de acuerdo", y el buen Bazárov desempeña objetivamente el papel de eco de los capitalistas.

Así ha sucedido siempre, así sucederá siempre con quienes, en un entorno de aguda lucha de clases, intentan ocupar una posición "intermedia". Y precisamente porque los escritores de Nóvaya Zhizn son incapaces de comprender la lucha de clases, su política es ese vaivén ridículo y perpetuo entre la burguesía y el proletariado.

Ocúpense de los "planes", estimados ciudadanos, eso no es política, eso no es asunto de la lucha de clases, ahí pueden aportar utilidad al pueblo. En su periódico hay una masa de economistas. Unánse con aquellos ingenieros, etc., que estén dispuestos a trabajar en las cuestiones de regulación de la producción y la distribución, dediquen una hoja anexa de su gran "aparato" (el periódico) a la elaboración práctica de datos precisos sobre la producción y distribución de productos en Rusia, sobre los bancos y sindicatos, etc., etc.: ahí sí aportarán utilidad al pueblo, ahí su sentarse entre dos sillas no se reflejará de modo particularmente perjudicial, ahí una labor en materia de "planes" suscitará no la burla, sino el agradecimiento de los obreros.

El proletariado lo hará así cuando venza: sentará a economistas, ingenieros, agrónomos, etc., bajo el control de las organizaciones obreras para elaborar el "plan", para verificarlo, para buscar los medios de ahorrar trabajo mediante la centralización, para hallar medidas y procedimientos de control del tipo más sencillo, barato, cómodo y universal. Pagaremos por ello a los economistas, estadísticos, técnicos un buen dinero, pero... pero no les daremos de comer si no cumplen este trabajo de manera concienzuda y completa en interés de los trabajadores.

Estamos por el centralismo y por el "plan", pero por el centralismo y por el plan del Estado proletario, de la regulación proletaria de la producción y la distribución en interés de los pobres, los trabajadores y los explotados, contra los explotadores. Bajo "estatal general" solo consentimos entender aquello que quiebra la resistencia de los capitalistas, que otorga la plenitud del poder a la mayoría del pueblo, es decir, a los proletarios y semiproletarios, los obreros y los campesinos más pobres.

El quinto argumento consiste en que los bolcheviques no retendrán el poder, pues "la situación es excepcionalmente compleja...".

¡Oh, sabios! Estarían dispuestos, quizás, a transigir con la revolución, solo que sin una "situación excepcionalmente compleja".

Tales revoluciones no existen, y en los suspiros por semejante revolución no hay nada salvo lamentos reaccionarios de intelectual burgués. Incluso si la revolución empezó en una situación que no parece muy compleja, la propia revolución, en su desarrollo, siempre crea una situación excepcionalmente compleja. Porque la revolución, una verdadera, profunda, "popular", según la expresión de Marx{104}, la revolución es un proceso increíblemente complejo y doloroso de agonía de lo viejo y nacimiento de un nuevo régimen social, del modo de vida de decenas de millones de personas. La revolución es la más aguda, furiosa y desesperada lucha de clases y guerra civil. Ni una sola gran revolución en la historia ha transcurrido sin guerra civil. Y pensar que la guerra civil es concebible sin una "situación excepcionalmente compleja" solo pueden hacerlo los hombres en su caja de protección.

Si no hubiera una situación excepcionalmente compleja, no habría revolución. Quien teme a los lobos, que no vaya al bosque.

En el quinto argumento no hay nada que analizar, porque en él no hay ni idea económica, ni política, ni de ninguna otra clase. Solo contiene los suspiros de gentes entristecidas y asustadas por la revolución. Me permitiré, para caracterizar este suspiro, dos pequeñas evocaciones personales.

Una conversación con un ingeniero adinerado poco antes de las jornadas de julio. El ingeniero había sido en otro tiempo revolucionario, fue miembro del partido socialdemócrata e incluso bolchevique. Ahora todo él es un espanto, una cólera contra los obreros turbulentos e indomables. Si por lo menos fueran obreros como los alemanes –dice (hombre instruido, que ha estado en el extranjero)–, yo, por supuesto, entiendo en general la inevitabilidad de la revolución social, pero entre nosotros, con la disminución del nivel de los obreros que ha traído la guerra... esto no es una revolución, es un abismo.

Estaría dispuesto a admitir la revolución social si la historia la condujera a ella de modo tan pacífico, tranquilo, suave y pulcro como un expreso alemán se aproxima a la estación. Un conductor formal abre las portezuelas del vagón y proclama: "¡Estación revolución social. Alle aussteigen (¡todos a bajar)!". Entonces, ¿por qué no pasar de la posición de ingeniero con los Tit Títychi a la de ingeniero en las organizaciones obreras?

Este hombre ha visto huelgas. Sabe qué tempestad de pasiones despierta siempre, incluso en los tiempos más pacíficos, la huelga más común. Comprende, por supuesto, cuántos millones de veces más fuerte debe ser esta tempestad cuando la lucha de clases ha levantado a todo el pueblo trabajador de un enorme país, cuando la guerra y la explotación llevaron casi a la desesperación a millones de personas a las que durante siglos atormentaron los terratenientes, a las que durante décadas robaron y aplastaron los capitalistas y los funcionarios zaristas. Comprende todo esto "teóricamente", lo reconoce todo solo con los labios, está simplemente aterrorizado por la "situación excepcionalmente compleja".

Después de las jornadas de julio, debido a la atención particularmente solícita con que me honró el gobierno de Kérenski, tuve que pasar a la clandestinidad. A gente de nuestra condición la ocultaba, por supuesto, un obrero. En un lejano barrio obrero de Petersburgo, en una pequeña vivienda proletaria, sirven la comida. La dueña de casa trae el pan. El dueño dice: "Mira, qué excelente pan. "Ellos" no se atreven ahora, seguramente, a dar pan malo. Habíamos llegado a olvidarnos incluso de pensar que en Petersburgo pudieran dar pan bueno".

Me impresionó esa valoración de clase de las jornadas de julio. Mi pensamiento giraba en torno al significado político del acontecimiento, sopesaba su papel en el curso general de los eventos, analizaba de qué situación había surgido ese zigzag de la historia y qué situación crearía, cómo debíamos modificar nuestras consignas y nuestro aparato partidario para adaptarlo a la situación cambiada. En el pan, yo, una persona que no había conocido la necesidad, no pensaba. El pan aparecía para mí de algún modo por sí mismo, como una especie de producto secundario del trabajo de escritor. Hacia la base de todo, hacia la lucha de clases por el pan, el pensamiento se aproxima a través del análisis político por un camino extraordinariamente complejo y enredado.

En cambio, un representante de la clase oprimida, aunque de los obreros bien pagados y plenamente intelectuales, toma directamente al toro por los cuernos, con esa asombrosa sencillez y rectitud, con esa firme decisión, con esa sorprendente claridad de visión, de la cual a nosotros, los intelectuales, nos separa una distancia como hasta las estrellas del cielo. El mundo entero se divide en dos campos: "nosotros", los trabajadores, y "ellos", los explotadores. Ni sombra de turbación por lo ocurrido: una de las batallas en la larga lucha del trabajo contra el capital. Cuando se corta leña, saltan astillas.

"Qué cosa tan atormentadora, esta 'situación excepcionalmente compleja' de la revolución": así piensa y siente el intelectual burgués.

"Nosotros les 'hemos apretado' a 'ellos', 'ellos' ya no se atreven a ser insolentes como antes. Apretemos más: los echaremos del todo": así piensa y siente el obrero.

Sexto y último argumento: el proletariado "no será capaz de resistir todo el embate de las fuerzas hostiles, que barrerá no solo la dictadura del proletariado, sino además toda la revolución".

No asusten, señores, no nos asustarán. Hemos visto esas fuerzas hostiles y su embate en el kornilovismo (del cual no se distingue en nada el kerenshchina). Cómo el proletariado y el campesinado más pobre barrieron el kornilovismo, en qué situación lamentable e impotente se encontraron los partidarios de la burguesía y los poco numerosos representantes de las capas locales especialmente acomodadas y especialmente "hostiles" a la revolución de pequeños terratenientes, eso todos lo vieron, el pueblo lo recuerda. "Delo Naroda", del 30 de septiembre, persuadiendo a los obreros de "soportar" el kerenshchina (es decir, el kornilovismo) y la falsa duma de Bulyguin al estilo Tsereteli hasta la Asamblea Constituyente (¡convocada bajo la protección de "medidas militares" contra el campesinado que se subleva!), "Delo Naroda" repite, atragantándose, precisamente el sexto argumento de "Nóvaya Zhizn" y grita hasta la ronquera: "el gobierno de Kérenski en ningún caso se someterá" (al poder de los Soviets, al poder de los obreros y campesinos, que "Delo Naroda", para no quedarse a la zaga de los pogromistas y antisemitas, de los monárquicos y kadetes, llama el poder de "Trotski y Lenin": ¡¡a qué procedimientos llegan los socialistas revolucionarios!!).

Pero ni "Nóvaya Zhizn" ni "Delo Naroda" asustarán a los obreros conscientes. "El gobierno de Kérenski —dicen ustedes— en ningún caso se someterá", es decir, repetirá el kornilovismo, hablando de manera más simple, directa y clara. ¡Y los señores de "Delo Naroda" se atreven a decir que esto será una "guerra civil", que estas son "perspectivas terribles"!

No, señores, no engañarán a los obreros. No será una guerra civil, sino la rebelión más desesperada de un puñado de kornilovistas: o desean "no someterse" al pueblo y, a toda costa, provocarlo a que repita a gran escala lo que en Výborg se hizo con los kornilovistas. Si los socialistas revolucionarios desean esto, si el miembro del partido socialista revolucionario Kérenski desea esto, él puede llevar al pueblo al paroxismo. Pero a los obreros y soldados con eso, señores, no los asustarán.

Qué desmesurado descaro: falsificaron una nueva Duma al estilo Bulyguin, mediante fraudes reclutaron para ayudarse a cooperativistas reaccionarios, a los kuláks rurales, les añadieron a los capitalistas y terratenientes (llamados elementos censitarios) y quieren, con esta banda de kornilovistas, frustrar la voluntad del pueblo, la voluntad de los obreros y campesinos.

¡En un país campesino han llevado las cosas al punto de que por doquier se desborda como un ancho río la insurrección campesina! Piénsenlo nada más: en una república democrática con el 80 por ciento de la población compuesta por campesinos, los han llevado a la insurrección campesina... Ese mismo "Delo Naroda", periódico de Chernov, órgano del partido de los "socialistas revolucionarios", que el 30 de septiembre tiene el descaro de aconsejar a los obreros y campesinos que "soporten", se vio obligado a confesar en el editorial del 29 de septiembre:

"Casi nada se ha hecho hasta el presente para eliminar aquellas relaciones de servidumbre que todavía imperan en la aldea, precisamente en la Rusia central".

Ese mismo "Delo Naroda" en el mismo editorial del 29 de septiembre dice que "el estilo stolypiniano aún se deja sentir con fuerza" en los procederes de los "ministros revolucionarios", es decir, en otras palabras, hablando más clara y simplemente, llama stolypinianos a Kérenski, Nikitin, Kishkin y Cía.

Los "stolypinianos" Kérenski y Cía han llevado a los campesinos a la insurrección, introducen ahora "medidas militares" contra los campesinos, consuelan al pueblo con la convocatoria de la Asamblea Constituyente (aunque Kérenski y Tsereteli ya engañaron una vez al pueblo, declarando solemnemente el 8 de julio que la Asamblea Constituyente sería convocada en el plazo previsto, el 17 de septiembre, y luego faltaron a su palabra y aplazaron la Asamblea Constituyente, contrariando los consejos incluso del menchevique Dan, aplazaron la Asamblea Constituyente no a finales de octubre, como quería el entonces Comité Ejecutivo Central menchevique, sino a finales de noviembre). Los "stolypinianos" Kérenski y Cía consuelan al pueblo con la pronta convocatoria de la Asamblea Constituyente, como si el pueblo pudiera creer a quienes mintieron una vez en un asunto semejante, como si el pueblo pudiera creer en una convocatoria correcta de la Asamblea Constituyente por un gobierno que introduce medidas militares en las aldeas más remotas, es decir, que claramente encubre detenciones arbitrarias de campesinos conscientes y la falsificación de las elecciones.

¡Llevar a los campesinos a la insurrección y tener el descaro de decirles: "hay que 'soportar', hay que esperar, confiar en ese gobierno que con 'medidas militares' aplaca a los campesinos sublevados!".

Llevar las cosas a la perdición de cientos de miles de soldados rusos en la ofensiva después del 19 de junio, a la prolongación de la guerra, a la sublevación de los marineros alemanes que arrojan al agua a sus superiores, llevar las cosas a esto, mientras todo el tiempo se frasifica sobre la paz y no se propone una paz justa a todos los beligerantes, y tener el descaro de decir a los obreros y campesinos, decir a los soldados que perecen: "es necesario soportar", confíen al gobierno del "stolypiniano" Kérenski, confíen un mes más a los generales kornilovistas, tal vez en un mes entreguen al matadero a varias decenas de miles de soldados más... "Es necesario soportar".

¿No es esto el colmo del descaro?

¡No, señores socialistas revolucionarios, colegas de partido de Kérenski, no engañarán a los soldados!

Ni un solo día, ni una sola hora de más soportarán el gobierno de Kérenski los obreros y soldados, que saben que el gobierno soviético hará una propuesta inmediata de paz justa a todos los beligerantes, y por consiguiente dará con toda probabilidad un armisticio inmediato y una paz pronta.

Ni un solo día, ni una sola hora de más soportarán los soldados de nuestro ejército campesino que, contra la voluntad de los Soviets, se mantenga el gobierno de Kérenski, que con medidas militares aplaca la insurrección campesina.

No, señores socialistas revolucionarios, colegas de partido de Kérenski, ya no engañarán más a los obreros y campesinos.

En el asunto del embate de las fuerzas hostiles que, según la afirmación de "Nóvaya Zhizn", muerta de miedo, barrerá la dictadura del proletariado, hay aún un monstruoso error lógico y político, que solo pueden no ver las personas que se han dejado asustar casi hasta la enajenación.

"El embate de las fuerzas hostiles barrerá la dictadura del proletariado", dicen ustedes. Bien. Pero si son todos economistas y gente instruida, apreciables conciudadanos. Todos saben que contraponer la democracia a la burguesía es un absurdo y una ignorancia, que es lo mismo que contraponer poods a arshins. Pues hay burguesía democrática y capas no democráticas (capaces de una Vandea) de la pequeña burguesía.

"Fuerzas hostiles" es una frase. El concepto de clase es la burguesía (a la que también apoyan los terratenientes).

La burguesía con los terratenientes, el proletariado, la pequeña burguesía, los pequeños propietarios, en primer lugar el campesinado, he aquí las tres «fuerzas» principales en que se divide Rusia, como todo país capitalista. He aquí las tres «fuerzas» principales que han sido señaladas desde hace tiempo en cada país capitalista (y en Rusia) no solo por el análisis económico científico, sino también por la experiencia política de toda la historia moderna de todos los países, por la experiencia de todas las revoluciones europeas desde el siglo XVIII, por la experiencia de las dos revoluciones rusas de 1905 y 1917.

Así pues, ¿ustedes amenazan a los proletarios con que su poder será barrido por la embestida de la burguesía? A esto y solo a esto se reduce su amenaza, no tiene ningún otro contenido.

Bien. Si, por ejemplo, la burguesía puede barrer el poder de los obreros y de los campesinos más pobres, entonces no queda otra cosa que la «coalición», es decir, la unión o el acuerdo de los pequeños burgueses con la burguesía. ¡¡No se puede ni pensar en otra cosa!!

Pero si la coalición fue probada durante medio año, condujo al desastre, y ustedes mismos, amables pero incapaces de pensar ciudadanos de «Nóvaya Zhizn», renunciaron a la coalición.

¿Qué resulta entonces?

Ustedes se han enredado de tal manera, ciudadanos de «Nóvaya Zhizn», se han dejado amedrentar hasta tal punto, que en el razonamiento más simple, en una cuenta que no llega ni a cinco, sino solo a tres, no son capaces de atar cabos.

O bien todo el poder a la burguesía – esto hace tiempo que ustedes no lo defienden, y la propia burguesía ni siquiera se atreve a insinuarlo, sabiendo que ya el 20-21 de abril el pueblo, con un simple movimiento de hombros, derribó ese poder y lo derribará ahora tres veces más decidida y despiadadamente. O bien el poder de la pequeña burguesía, es decir, la coalición (unión, acuerdo) de esta con la burguesía, porque la pequeña burguesía no quiere ni puede tomar el poder de manera independiente y autónoma, como lo ha demostrado la experiencia de todas las revoluciones, como lo demuestra también la ciencia económica, que explica que en un país capitalista se puede estar a favor del capital, se puede estar a favor del trabajo, pero no se puede permanecer en el medio. Esta coalición en Rusia fue probada durante medio año de decenas de maneras y fracasó.

O bien, finalmente, todo el poder a los proletarios y a los campesinos más pobres, contra la burguesía, para quebrar su resistencia. Esto aún no ha sido probado, y esto es lo que ustedes, señores de «Nóvaya Zhizn», desaconsejan al pueblo, amedrentándolo con su propio miedo a la burguesía.

No se puede inventar una cuarta cosa.

Por consiguiente, si «Nóvaya Zhizn» teme a la dictadura del proletariado y renuncia a ella por la supuesta posibilidad de que el poder proletario sea derrotado por la burguesía, ¡¡¡eso equivale a retornar a escondidas a la posición de conciliación con los capitalistas!!! Está más claro que el agua que quien teme la resistencia, quien no cree en la posibilidad de quebrar esa resistencia, quien enseña al pueblo: «teman la resistencia de los capitalistas, no podrán con ella», con ello mismo está llamando de nuevo a la conciliación con los capitalistas.

«Nóvaya Zhizn» se ha enredado de manera impotente y lamentable, como se han enredado ahora todos los demócratas pequeñoburgueses, que ven el desastre de la coalición, no se atreven a defenderla abiertamente y al mismo tiempo son defendidos por la burguesía, temiendo la omnipotencia de los proletarios y del campesinado más pobre.

¡Temer la resistencia de los capitalistas y al mismo tiempo llamarse revolucionario, querer figurar entre los socialistas, qué vergüenza! ¡Qué decadencia ideológica del socialismo mundial, corrompido por el oportunismo, fue necesaria para que pudieran aparecer semejantes voces!

La fuerza de resistencia de los capitalistas ya la hemos visto, todo el pueblo la ha visto, porque los capitalistas son más conscientes que otras clases y comprendieron de inmediato la importancia de los Soviets, de inmediato tensaron todas sus fuerzas hasta el último grado, pusieron en juego todo y a todos, recurrieron a todos los medios, llegaron hasta procedimientos inauditos de mentira y calumnia, hasta conspiraciones militares, para sabotear los Soviets, reducirlos a la nada, prostituirlos (con la ayuda de mencheviques y socialrevolucionarios), convertirlos en lugares de charlatanería, agotar a los campesinos y obreros con meses y meses de palabrería vacía y de juego a la revolución.

Pero la fuerza de resistencia de los proletarios y de los campesinos más pobres todavía no la hemos visto, porque esta fuerza se erguirá en toda su estatura solo cuando el poder esté en manos del proletariado, cuando decenas de millones de personas, aplastadas por la miseria y la esclavitud capitalista, vean por experiencia, sientan que el poder en el Estado ha pasado a las clases oprimidas, que el poder ayuda a los pobres a luchar contra los terratenientes y capitalistas, quiebra su resistencia. Solo entonces podremos ver qué fuerzas de rechazo a los capitalistas, aún intactas, se ocultan en el pueblo; solo entonces se manifestará lo que Engels llama «socialismo oculto»{105}; solo entonces, por cada diez mil enemigos del poder de la clase obrera, abiertos o encubiertos, que se manifiestan con acciones o con pasiva obstinación, se levantarán un millón de nuevos luchadores, hasta ahora políticamente dormidos, vegetando en los tormentos de la miseria y en la desesperación, que habían perdido la fe en que ellos también son personas, en que también tienen derecho a la vida, en que también a ellos puede servirles todo el poder del Estado centralizado moderno, en que también a ellos los destacamentos de la milicia proletaria los llaman con plena confianza a una participación directa, inmediata y cotidiana en la gestión del Estado.

Los capitalistas con los terratenientes, con la benévola participación de los señores Plejánov, Bréshkovskaya, Tsereteli, Chernov y Cía., han hecho todo para envilecer la república democrática, envilecerla con su servilismo ante la riqueza, hasta tal punto que del pueblo se apodera la apatía, la indiferencia, todo le da igual, porque un hambriento no puede distinguir la república de la monarquía, un soldado aterido, descalzo, agotado, que perece por intereses ajenos, no es capaz de amar la república.

Pero cuando el último peón, cualquier desempleado, cada cocinera, cualquier campesino arruinado vea —no por los periódicos, sino con sus propios ojos— que el poder proletario no se arrodilla servilmente ante la riqueza, sino que ayuda a los pobres, que este poder no se detiene ante medidas revolucionarias, que toma los productos sobrantes de los haraganes y los da a los hambrientos, que aloja forzosamente a los sin techo en los apartamentos de los ricos, que obliga a los ricos a pagar por la leche, pero no les da ni una gota de leche hasta que los niños de todas las familias pobres estén abastecidos en cantidades suficientes, que la tierra pasa a los trabajadores, las fábricas y los bancos quedan bajo control obrero, que por la ocultación de la riqueza de los millonarios aguarda un castigo inmediato y severo; cuando los pobres vean y sientan esto, entonces ninguna fuerza de los capitalistas y de los kuláks, ninguna fuerza del capital financiero mundial que maneja centenares de miles de millones, podrá vencer a la revolución popular; al contrario, ella vencerá al mundo entero, porque en todos los países madura la revolución socialista.

Nuestra revolución es invencible si no tiene miedo de sí misma, si entrega la plenitud del poder al proletariado, porque detrás de nosotros se encuentran fuerzas proletarias mundiales aún inconmensurablemente mayores, más desarrolladas, más organizadas, temporalmente aplastadas por la guerra, pero no destruidas, sino, al contrario, multiplicadas por ella.

¡Temer que el poder de los bolcheviques, es decir, el poder del proletariado, al que está asegurado el apoyo abnegado del campesinado más pobre, sea «barrido» por los señores capitalistas! ¡Qué miopía, qué vergonzoso miedo al pueblo, qué hipocresía! Las personas que manifiestan este miedo pertenecen a esa «alta» (según el rasero capitalista, pero en realidad podrida) «sociedad» que pronuncia la palabra «justicia» sin creer ella misma en ella, por costumbre, como una frase, sin poner ningún contenido en ella.

He aquí un ejemplo:

El señor Peshejónov es un conocido semicadete. No se puede encontrar un trudovique más moderado, más afín a Bréshkovskaya y Plejánov. No hubo ministro más servil ante la burguesía. ¡El mundo no ha visto un partidario más ardiente de la «coalición», del acuerdo con los capitalistas!

Y he aquí las confesiones que se vio obligado a hacer este señor en su discurso en la Conferencia «Democrática» (léase: buliguinskaya), según la transmisión de las «Izvestia» defencistas:

Hay dos programas. Uno es el programa de las pretensiones de grupo, de las pretensiones de clase y nacionales. Los bolcheviques defienden este programa del modo más franco. Pero tampoco a las otras partes de la democracia les resulta nada fácil renunciar a este programa. Se trata, en efecto, de las pretensiones de las masas trabajadoras, de las pretensiones de las nacionalidades postergadas y oprimidas. Y por eso no es tan fácil para la democracia romper con los bolcheviques, renunciar a estas reivindicaciones de clase, en primer lugar a lo que hay en ellas de esencialmente justo. Pero este programa, por el que luchamos antes de la revolución, en aras del cual hicimos la revolución y que en otras condiciones todos apoyaríamos muy unidos, representa, en las condiciones actuales, un peligro enorme. Ahora el peligro es aún mayor porque estas reivindicaciones deben plantearse en un momento en que satisfacerlas es imposible para el Estado. Es necesario defender primero el todo: el Estado, salvarlo de la ruina, y para ello solo hay un camino: no la satisfacción de las reivindicaciones, por justas y fuertes que parezcan, sino, al contrario, restricciones, sacrificios que es necesario aportar de todos lados» («Izvestia del CEC», del 17 de septiembre).

El señor Peshejónov no comprende que, mientras los capitalistas estén en el poder, él no defiende el todo, sino los intereses egoístas del capital imperialista ruso y «aliado». El señor Peshejónov no comprende que la guerra habría dejado de ser de rapiña, imperialista, de saqueo, solo después de la ruptura con los capitalistas, con sus tratados secretos, con sus anexiones (conquistas de tierras ajenas), con sus estafas financieras bancarias. El señor Peshejónov no comprende que solo después de esto la guerra se habría convertido, en caso de que el adversario rechazara la paz justa que se le hubiese propuesto formalmente, en una guerra defensiva, justa. El señor Peshejónov no comprende que la capacidad defensiva del país que hubiera derrocado el yugo del capital, entregado la tierra a los campesinos, puesto los bancos y las fábricas bajo control obrero, sería muchas veces superior a la capacidad defensiva de un país capitalista.

Y, lo principal, el señor Peshejónov no comprende que, al verse obligado a reconocer la justicia del bolchevismo, a reconocer que sus reivindicaciones son las reivindicaciones de las «masas trabajadoras», es decir, de la mayoría de la población, con ello entrega toda su posición, toda la posición de toda la democracia pequeñoburguesa.

Ahí está nuestra fuerza. He ahí por qué nuestro gobierno será invencible: porque incluso los adversarios se ven obligados a reconocer que el programa bolchevique es el programa de las «masas trabajadoras» y de las «nacionalidades oprimidas».

Pues el señor Peshejónov es un amigo político de los kadetes, del público de «Yedinstvo» y de «Delo Naroda», de los Breshkóvskaya y los Plejánov, es un representante de los kulaks y de esos señores cuyas esposas y hermanas vendrían mañana a sacar los ojos con sus sombrillas a los bolcheviques no rematados, si llegara el caso de su derrota por las tropas de Kornílov o (lo que es exactamente lo mismo) por las tropas de Kérenski.

Y un señor así se ve obligado a reconocer la «justicia» de las reivindicaciones de los bolcheviques.

Para él, la «justicia» es solo una frase. Pero para las masas de semiproletarios, para la mayoría de la pequeña burguesía de la ciudad y del campo, arruinadas, desgarradas, extenuadas por la guerra, esto no es una frase, sino la cuestión más aguda, más candente, más grande: la cuestión de la muerte por hambre, de un pedazo de pan. He ahí por qué no se puede fundamentar ninguna política sobre la «coalición», sobre la «conciliación» de los intereses de los hambrientos y arruinados con los intereses de los explotadores. He ahí por qué está asegurado el apoyo de estas masas, en su aplastante mayoría, al gobierno bolchevique.

La justicia es una palabra vacía, dicen los intelectuales y esos bribones que se inclinan por declararse marxistas, basándose en la elevada razón de que «han contemplado el trasero» del materialismo económico.

Las ideas se convierten en fuerza cuando prenden en las masas. Y precisamente ahora los bolcheviques, es decir, los representantes del internacionalismo proletario revolucionario, han encarnado con su política aquella idea que mueve en todo el mundo a las inmensas masas trabajadoras.

Solo la justicia, solo el sentimiento de las masas indignadas por la explotación, no las habría conducido jamás al camino correcto hacia el socialismo. Pero cuando ha crecido, gracias al capitalismo, el aparato material de los grandes bancos, sindicatos, ferrocarriles, etc.; cuando la riquísima experiencia de los países avanzados ha acumulado reservas de maravillas de la técnica, cuya aplicación frena el capitalismo; cuando los obreros conscientes han cohesionado un partido de un cuarto de millón para tomar en sus manos de manera planificada este aparato y ponerlo en marcha, con el apoyo de todos los trabajadores y explotados, — cuando estas condiciones están dadas, entonces no habrá fuerza en la tierra que pueda impedir a los bolcheviques, si no se dejan amedrentar y saben tomar el poder, retenerlo hasta la victoria de la revolución socialista mundial.

## Epílogo

Las líneas precedentes estaban escritas cuando el editorial de «Nóvaya Zhizn» del 1 de octubre trajo una nueva perla de estupidez, tanto más peligrosa cuanto que se oculta bajo la bandera de la simpatía hacia los bolcheviques y al amparo de un razonamiento archisabio y filisteo: «no dejarse provocar» (no dejarse atrapar en la trampa de los gritos sobre la provocación, que pretenden amedrentar a los bolcheviques y disuadirlos de tomar el poder).

He aquí esta perla:

«Las lecciones de movimientos como el del 3 al 5 de julio, por un lado, y los días de Kornílov, por otro, han mostrado con total claridad que la democracia, que dispone de los órganos más influyentes entre la población, es invencible cuando en la guerra civil ocupa una posición defensiva, y sufre la derrota, perdiendo todos los elementos intermedios, vacilantes, cuando toma en sus manos la iniciativa ofensiva».

Si los bolcheviques mostraran, en cualquier forma, la más mínima condescendencia hacia tal estupidez filistea, como la expresada en este razonamiento, arruinarían tanto a su partido como a la revolución.

Pues el autor de este razonamiento, al ponerse a hablar de la guerra civil (tema justo a la medida de una dama agradable en todos los sentidos), ha tergiversado las lecciones de la historia sobre esta cuestión hasta un ridículo increíble.

Así es como razonaba sobre estas lecciones, sobre las lecciones de la historia en esta cuestión, el representante y fundador de la táctica proletaria revolucionaria, Karl Marx:

«La insurrección es un arte, exactamente igual que la guerra, igual que otros tipos de arte. Está subordinada a ciertas reglas, cuyo olvido conduce a la ruina del partido que resulte culpable de su inobservancia. Estas reglas, siendo una consecuencia lógica de la esencia de los partidos, de la esencia de las condiciones con las que en semejante caso hay que vérselas, son tan claras y simples que la corta experiencia de 1848 familiarizó suficientemente con ellas a los alemanes. En primer lugar, jamás se debe jugar con la insurrección si no hay decisión de ir hasta el final (literalmente: contar con todas las consecuencias de este juego). La insurrección es una ecuación con magnitudes altamente indeterminadas, cuyo valor puede cambiar cada día. Las fuerzas combatientes contra las que hay que actuar tienen enteramente de su lado la ventaja de la organización, la disciplina y la autoridad tradicional» (Marx tiene en cuenta el caso más «difícil» de insurrección: contra un viejo poder «sólido», contra un ejército no descompuesto bajo la influencia de la revolución y de las vacilaciones del gobierno); «si los insurrectos no pueden reunir grandes fuerzas contra su adversario, serán derrotados y aniquilados. En segundo lugar, una vez comenzada la insurrección, hay que actuar con la mayor decisión y pasar a la ofensiva. La defensa es la muerte de toda insurrección armada; en la defensa perece, antes aún de haberse medido en fuerzas con el enemigo. Hay que sorprender al adversario, mientras sus tropas aún están dispersas, hay que obtener cada día nuevos éxitos, aunque sean pequeños; hay que mantener la superioridad moral que te ha dado el primer movimiento exitoso de los insurrectos; hay que atraer hacia sí a esos elementos vacilantes que siempre siguen al más fuerte y siempre se ponen del lado más seguro; hay que obligar al enemigo a la retirada, antes de que haya podido reunir sus tropas contra ti; en una palabra, obra según las palabras del más grande de los maestros de la táctica revolucionaria conocidos hasta ahora, Danton: audacia, audacia y una vez más audacia» («Revolución y contrarrevolución en Alemania», ed. alemana de 1907, pág. 118){106}.