Escrito del 10 al 14 (23 al 27) de septiembre de 1917.

Publicado según el manuscrito.

Primera página del manuscrito de V. I. Lenin "La catástrofe que amenaza y cómo combatirla". – 10–14 (23–27) de septiembre de 1917. (Reducido)

## El hambre se avecina

Una catástrofe inevitable amenaza a Rusia. El transporte ferroviario está increíblemente desorganizado y se desorganiza cada vez más. Los ferrocarriles se detendrán. Cesará el suministro de materias primas y carbón a las fábricas. Cesará el suministro de pan. Los capitalistas sabotean (estropean, detienen, minan, frenan) deliberada y sistemáticamente la producción, esperando que una catástrofe inaudita sea el colapso de la república y el democratismo, de los Soviets y, en general, de las uniones proletarias y campesinas, facilitando el retorno a la monarquía y la restauración de la omnipotencia de la burguesía y los terratenientes.

Una catástrofe de dimensiones nunca vistas y el hambre amenazan inevitablemente. De esto se ha hablado ya en todos los periódicos innumerables veces. Una increíble cantidad de resoluciones han sido adoptadas tanto por los partidos como por los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, resoluciones en las que se reconoce que la catástrofe es inevitable, que se aproxima muy de cerca, que es necesaria una lucha desesperada contra ella, que son necesarios "esfuerzos heroicos" del pueblo para prevenir la muerte, etcétera.

Todo esto se dice. Todo esto se reconoce. Todo esto se ha decidido.

Y no se hace nada.

Ha transcurrido medio año de revolución. La catástrofe se ha aproximado aún más. Se ha llegado al desempleo masivo. ¡Piénsese tan solo: en un país donde hay escasez de mercancías, el país perece por la falta de productos, por la falta de manos trabajadoras, habiendo suficiente cantidad de pan y materias primas – y en tal país, en un momento tan crítico, ha crecido el desempleo masivo! ¿Qué otra prueba se necesita de que en medio año de revolución (que unos llaman grande, pero que, por ahora, sería quizás más justo llamar podrida), bajo una república democrática, con abundancia de uniones, órganos, instituciones, que orgullosamente se autodenominan "revolucionario-democráticas", en la práctica no se ha hecho absolutamente nada serio contra la catástrofe, contra el hambre? Nos acercamos al colapso cada vez más rápido, pues la guerra no espera, y la desorganización de todos los aspectos de la vida popular que ella crea se intensifica cada vez más.

Y mientras tanto, basta la más mínima atención y reflexión para convencerse de que existen modos de combatir la catástrofe y el hambre, de que las medidas de lucha son completamente claras, simples, plenamente realizables, plenamente accesibles a las fuerzas populares, y de que estas medidas no se adoptan únicamente porque, exclusivamente porque, su realización afectará las inauditas ganancias de un puñado de terratenientes y capitalistas.

En efecto. Se puede garantizar que no se encontrará un solo discurso, ni un solo artículo en un periódico de cualquier orientación, ni una sola resolución de cualquier asamblea o institución, donde no se reconozca de manera completamente clara y definida la medida principal y fundamental de lucha, la medida para prevenir la catástrofe y el hambre. Esta medida es: control, supervisión, registro, regulación por parte del Estado, establecimiento de una distribución correcta de las fuerzas de trabajo en la producción y distribución de productos, ahorro de las fuerzas populares, eliminación de todo gasto superfluo de fuerzas, su economía. Control, supervisión, registro: esta es la primera palabra en la lucha contra la catástrofe y el hambre. Esto es indiscutible y universalmente reconocido. Y esto es precisamente lo que no se hace por temor a atentar contra la omnipotencia de los terratenientes y capitalistas, contra sus ganancias desmedidas, inauditas, escandalosas, ganancias que se obtienen por la carestía, por los suministros de guerra (y para la guerra "trabajan" ahora, directa o indirectamente, casi todos), ganancias que todos conocen, todos observan, sobre las cuales todos se lamentan y exclaman.

Y no se hace absolutamente nada para un control, registro, supervisión siquiera medianamente serios por parte del Estado.

## La completa inacción del gobierno

Se produce en todas partes un sabotaje sistemático, constante, de todo control, supervisión y registro, de toda tentativa de organizarlo por parte del Estado. Y se necesita una ingenuidad increíble para no comprender, se necesita un hipocresía redoblada para fingir que no se comprende, de dónde proviene este sabotaje, con qué medios se realiza. Pues este sabotaje de los banqueros y capitalistas, esta ruptura por ellos de todo control, supervisión, registro se adapta a las formas estatales de la república democrática, se adapta a la existencia de las instituciones "revolucionario-democráticas". Los señores capitalistas han asimilado magníficamente aquella verdad que de palabra reconocen todos los partidarios del socialismo científico, pero que los mencheviques y eseristas se apresuraron a olvidar inmediatamente, después de que sus amigos ocuparon los puestecitos de ministros, viceministros, etc. Esta es precisamente la verdad de que la esencia económica de la explotación capitalista no se ve afectada en lo más mínimo por la sustitución de las formas monárquicas de gobierno por las republicano-democráticas, y que, en consecuencia, y viceversa: solo hay que cambiar la forma de lucha por la inviolabilidad y la sacralidad de la ganancia capitalista, para defenderla con tanto éxito bajo la república democrática como se la defendía bajo la monarquía autocrática.

El sabotaje moderno, novísimo, republicano-democrático de todo control, registro, supervisión consiste en que los capitalistas de palabra reconocen "ardientemente" el "principio" del control y su necesidad (como todos los mencheviques y eseristas, por supuesto), pero solo insisten en la introducción "gradual", planificada, "estatalmente ordenada" de este control. En la práctica, con estas palabrejas bienintencionadas se encubre la ruptura del control, su transformación en nada, en una ficción, un juego al control, dilaciones de todos los pasos prácticos y serios, la creación de instituciones de control extraordinariamente complejas, engorrosas, burocrático-desvitalizadas, que son completamente dependientes de los capitalistas y no hacen ni pueden hacer absolutamente nada.

Para no ser infundados, remitámonos a testigos de entre los mencheviques y eseristas, es decir, precisamente aquellos hombres que tuvieron la mayoría en los Soviets durante el primer semestre de la revolución, que participaron en el "gobierno de coalición" y que, por lo tanto, son políticamente responsables ante los obreros y campesinos rusos de la condescendencia con los capitalistas, del sabotaje de todo control por parte de estos.

En el órgano oficial del más alto de los llamados órganos "plenipotenciarios" (¡no es broma!) de la democracia "revolucionaria", en las "Izvestia del CEC" (es decir, del Comité Ejecutivo Central del Congreso de los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos de toda Rusia), en el número 164 del 7 de septiembre de 1917, se ha publicado una resolución de la institución especial creada por esos mismos mencheviques y eseristas y que se halla en sus manos, dedicada a las cuestiones del control. Esta institución especial es el "Departamento Económico" del Comité Ejecutivo Central. En su resolución se reconoce oficialmente, como un hecho, "la completa inacción de los órganos centrales de regulación de la vida económica formados junto al gobierno".

¿Acaso se puede imaginar un testimonio más elocuente del fracaso de la política menchevique y eserista, firmado por las manos de los propios mencheviques y eseristas?

Ya bajo el zarismo se reconoció la necesidad de regular la vida económica y se crearon algunas instituciones para ello. Pero bajo el zarismo la desorganización crecía y crecía, alcanzando proporciones monstruosas. Como tarea del gobierno republicano, revolucionario, se reconoció la adopción inmediata de medidas serias, decisivas, para eliminar la desorganización. Cuando se formó el gobierno "de coalición", con la participación de mencheviques y eseristas, en su declaración solemnísima, ante todo el pueblo, del 6 de mayo, se dio la promesa y el compromiso de establecer el control estatal y la regulación. Y los Tsereteli y Chernov, así como todos los líderes mencheviques y eseristas, juraban y perjuraban que ellos no solo eran responsables del gobierno, sino que los "órganos plenipotenciarios de la democracia revolucionaria" que estaban en sus manos vigilaban en la práctica el trabajo del gobierno y lo verificaban.

Transcurrieron cuatro meses desde el 6 de mayo, cuatro largos meses durante los cuales Rusia dejó tendidos a cientos de miles de soldados en una absurda «ofensiva» imperialista, cuando la desorganización y la catástrofe se aproximaban a pasos agigantados, cuando el verano ofrecía una posibilidad excepcional de hacer mucho tanto en el transporte fluvial como en la agricultura, en las prospecciones mineras, etc., etc., ¡y tras cuatro meses, mencheviques y eseristas se ven obligados a reconocer oficialmente la «completa inactividad» de las instituciones de control creadas junto al gobierno!

¡Y estos mencheviques y eseristas, con aire grave de estadistas, parlotean ahora (escribimos estas líneas precisamente la víspera de la Conferencia Democrática del 12 de septiembre{76}) diciendo que se puede remediar la situación sustituyendo la coalición con los kadetes por una coalición con los magnates del comercio y la industria, los KIT Kítychs, los Riabushinski, los Búblikov, los Teréshchenko y Cía.!

Cabe preguntarse, ¿cómo explicar esta sorprendente ceguera de mencheviques y eseristas? ¿Debe considerárseles infantes de Estado que, por extrema insensatez e ingenuidad, no saben lo que hacen y yerran de buena fe? ¿O acaso la abundancia de puestos ocupados de ministro, viceministro, gobernador general, comisario y similares tiene la propiedad de engendrar una especial ceguera «política»?

Notoriedad y facilidad de las medidas de control

Puede surgir la pregunta: ¿no será que los métodos y medidas de control representan algo extremadamente complejo, difícil, no ensayado, incluso desconocido? ¿No se explicará la demora porque los estadistas del partido kadete, de la clase comercial e industrial, de los partidos eserista y menchevique, con el sudor de su frente, llevan ya medio siglo esforzándose en la búsqueda, el estudio, el descubrimiento de medidas y métodos de control, pero la tarea resulta increíblemente difícil y aún no está resuelta?

¡Ay! A los oscuros mujiks, analfabetos y oprimidos, y a los habitantes comunes, que todo lo creen y nada profundizan, se esfuerzan en «vendar los ojos» y presentar el asunto en esa forma. En realidad, incluso el zarismo, incluso el «viejo régimen», al crear los comités militares industriales, conocía la medida fundamental, el principal método y vía de control: la unión de la población según las distintas profesiones, fines del trabajo, ramos de la actividad, etc. Pero el zarismo temía la unión de la población y por eso limitaba por todos los medios, coartaba artificialmente ese conocido, facilísimo y plenamente aplicable método y vía de control.

Todos los estados beligerantes, al experimentar las cargas y calamidades extremas de la guerra, al experimentar –en una u otra medida– la desorganización y el hambre, hace tiempo que han esbozado, definido, aplicado, puesto a prueba toda una serie de medidas de control, que casi siempre se reducen a la unión de la población, a la creación o fomento de asociaciones de diverso tipo, con la participación de representantes del Estado, bajo su supervisión, etc. Todas estas medidas de control son de sobra conocidas, se ha hablado y escrito mucho sobre ellas, las leyes referentes al control promulgadas por las potencias beligerantes avanzadas han sido traducidas al ruso o expuestas detalladamente en la prensa rusa.

Si realmente nuestro Estado hubiera querido ejercer el control de manera práctica y seria, si sus instituciones no se hubieran condenado a sí mismas, con su servilismo ante los capitalistas, a la «completa inactividad», al Estado no le habría quedado sino tomar a manos llenas del riquísimo acervo de medidas de control ya conocidas, ya aplicadas. El único obstáculo para ello –obstáculo que kadetes, eseristas y mencheviques ocultan a los ojos del pueblo– fue y sigue siendo que el control pondría al descubierto las rabiosas ganancias de los capitalistas y socavaría esas ganancias.

Para ilustrar con mayor claridad esta importantísima cuestión (equivalente, en esencia, a la cuestión del programa de todo gobierno verdaderamente revolucionario que quisiera salvar a Rusia de la guerra y el hambre), enumeremos estas principales medidas de control y examinemos cada una de ellas.

Veremos que a un gobierno que no se llamara revolucionario-democrático sólo por burla, le habría bastado, en la primera semana de su formación, decretar (disponer, ordenar) la aplicación de las principales medidas de control, establecer un castigo serio, no ficticio, a los capitalistas que fraudulentamente eludieran el control, y llamar a la propia población a supervisar a los capitalistas, a vigilar el cumplimiento honesto por parte de éstos de las disposiciones sobre el control, y el control se habría implantado en Rusia hace ya tiempo.

He aquí estas medidas principales:

1) Fusión de todos los bancos en uno solo y control estatal sobre sus operaciones, o nacionalización de los bancos.

2) Nacionalización de los sindicatos, es decir, de las mayores asociaciones monopolistas de capitalistas (sindicatos del azúcar, del petróleo, del carbón, metalúrgico, etc.).

3) Abolición del secreto comercial.

4) Sindicalización forzosa (es decir, asociación obligatoria en uniones) de industriales, comerciantes y patronos en general.

5) Asociación obligatoria de la población en sociedades de consumo, o fomento de tal asociación y control sobre la misma.

Examinemos qué importancia tendría cada una de estas medidas, bajo la condición de su aplicación revolucionario-democrática.

Nacionalización de los bancos

Los bancos, como se sabe, representan los centros de la vida económica moderna, los principales nudos nerviosos de todo el sistema capitalista de la economía nacional. Hablar de «regulación de la vida económica» y eludir la cuestión de la nacionalización de los bancos significa o bien revelar la más redonda ignorancia, o bien engañar al «pueblo sencillo» con palabras pomposas y promesas grandilocuentes, con la decisión premeditada de no cumplir esas promesas.

Controlar y regular el suministro de grano o, en general, la producción y distribución de productos, sin controlar, sin regular las operaciones bancarias, es un absurdo. Se asemeja a atrapar casualmente las «kopeikas» que vienen y cerrar los ojos ante los millones de rublos. Los bancos modernos han crecido tan estrecha e indisolublemente unidos al comercio (granero y de cualquier otro tipo) y a la industria, que sin «poner la mano» sobre los bancos, no se puede hacer absolutamente nada serio, nada «revolucionario-democrático».

Pero, ¿quizás este «poner la mano» del Estado sobre los bancos representa alguna operación muy difícil y embrollada? Precisamente con ese cuadro se intenta normalmente asustar a los filisteos –lo intentan, por supuesto, los capitalistas y sus defensores, pues a ellos les conviene.

En realidad, la nacionalización de los bancos, sin quitar decididamente ni una sola kopeika a ningún «propietario», no presenta absolutamente ninguna dificultad ni técnica ni cultural, y se retrasa exclusivamente por los intereses de la sórdida codicia de un ínfimo puñado de ricachones. Si la nacionalización de los bancos se confunde tan a menudo con la confiscación de los bienes privados, la culpa de la difusión de esta confusión de conceptos la tiene la prensa burguesa, cuyos intereses consisten en engañar al público.

La propiedad de los capitales que manejan los bancos y que se concentran en ellos, se certifica mediante documentos impresos y escritos que se denominan acciones, obligaciones, letras de cambio, pagarés, etc. Ni uno solo de estos documentos desaparece ni se modifica con la nacionalización de los bancos, es decir, con la fusión de todos los bancos en un solo banco estatal. Quien poseía 15 rublos según la libreta de ahorros, sigue siendo poseedor de 15 rublos después de la nacionalización de los bancos, y quien tenía 15 millones, también después de la nacionalización de los bancos conserva 15 millones en forma de acciones, obligaciones, letras de cambio, certificados de depósito de mercancías y similares.

¿Cuál es, pues, el significado de la nacionalización de los bancos?

Es imposible ningún control real sobre los bancos individuales y sus operaciones (incluso si se abole el secreto comercial, etc.), porque no se pueden vigilar los procedimientos complejísimos, embrolladísimos y artificiosísimos que se emplean al elaborar los balances, al fundar empresas ficticias y sucursales, al recurrir a testaferros, y así sucesivamente. Solo la unificación de todos los bancos en uno solo, aunque no signifique por sí misma el menor cambio en las relaciones de propiedad, sin quitar, repetimos, ni un solo kopek a ningún propietario, da la posibilidad de un control real, por supuesto, bajo la condición de aplicar todas las demás medidas señaladas anteriormente. Solo con la nacionalización de los bancos se puede lograr que el Estado sepa adónde y cómo, de dónde y en qué momento fluyen los millones y los miles de millones. Y solo el control sobre los bancos, sobre el centro, sobre el eje principal y el mecanismo básico de la circulación capitalista, permitiría implantar de hecho, y no de palabra, el control sobre toda la vida económica, sobre la producción y la distribución de los productos más importantes, implantar esa «regulación de la vida económica» que, de otro modo, está condenada inevitablemente a seguir siendo una frase ministerial para engañar al pueblo llano. Solo el control sobre las operaciones bancarias, bajo la condición de su unificación en un solo banco estatal, permite implantar, con ulteriores medidas fácilmente realizables, la recaudación real del impuesto sobre la renta, sin ocultación de bienes e ingresos, pues hoy el impuesto sobre la renta sigue siendo, en una medida enorme, una ficción.

La nacionalización de los bancos bastaría precisamente con decretarla, y los propios directores y empleados la llevarían a cabo. No se requiere aquí ningún aparato especial, ningún paso preparatorio especial por parte del Estado; esta medida es realizable precisamente con un solo decreto, «de un solo golpe». Porque la posibilidad económica de tal medida ha sido creada precisamente por el capitalismo, desde el momento en que este se ha desarrollado hasta las letras de cambio, las acciones, las obligaciones, etc. Aquí solo queda la unificación de la contabilidad, y si un Estado democrático-revolucionario decretara: inmediatamente, por telégrafo, se convocan en cada ciudad reuniones, y a nivel regional y en todo el país congresos de directores y empleados para la unificación inmediata de todos los bancos en un solo banco estatal, esta reforma se llevaría a cabo en unas pocas semanas, Por supuesto, precisamente los directores y los altos empleados ofrecerían resistencia, intentarían engañar al Estado, dilatar el asunto, etc., porque estos señores perderían sus puestos particularmente lucrativos, perderían la posibilidad de realizar operaciones fraudulentas particularmente ventajosas; en esto consiste toda la esencia. Pero no hay la menor dificultad técnica para la unificación de los bancos, y si el poder estatal no es revolucionario solo de palabra (es decir, no teme romper con la inercia y la rutina), no es democrático solo de palabra (es decir, actúa en interés de la mayoría del pueblo, y no de un puñado de ricachones), bastaría decretar la confiscación de bienes y la cárcel como castigo a los directores, miembros de los consejos de administración y grandes accionistas por la menor dilación del asunto y por intentos de ocultar documentos e informes, bastaría, por ejemplo, unir por separado a los empleados pobres y concederles una prima por descubrir el engaño y las dilaciones por parte de los ricos, y la nacionalización de los bancos se realizaría más suave que lo suave, más rápido que lo rápido.

Las ventajas para todo el pueblo, y especialmente no para los obreros (pues los obreros tienen poco que ver con los bancos), sino para la masa de campesinos y pequeños industriales, serían enormes con la nacionalización de los bancos. El ahorro de trabajo sería gigantesco, y si se supone que el Estado conservara el número anterior de empleados bancarios, ello significaría un paso adelante sumamente grande en dirección a la universalización (generalización) del uso de los bancos, al aumento del número de sus sucursales, la accesibilidad de sus operaciones, etc., etc. La accesibilidad y facilidad del crédito, precisamente para los pequeños propietarios, para el campesinado, aumentaría extraordinariamente. El Estado, por su parte, obtendría por primera vez la posibilidad de, primero, examinar todas las principales operaciones monetarias, sin ocultación alguna de estas, luego controlarlas, después regular la vida económica y, finalmente, obtener millones y miles de millones para grandes operaciones estatales, sin pagar «por el servicio» comisiones desenfrenadas a los señores capitalistas. He aquí por qué – y solo por esto – todos los capitalistas, todos los profesores burgueses, toda la burguesía, todos los Plejánov y Potrésov y Cía. que la sirven, están dispuestos, echando espumarajos por la boca, a guerrear contra la nacionalización de los bancos, a inventar miles de pretextos contra esta medida facilísima y urgentísima, aunque incluso desde el punto de vista de la «defensa» del país, es decir, desde el punto de vista militar, esta medida sería una ventaja gigantesca, elevaría el «poderío militar» del país en proporciones enormes.

Aquí se puede quizás objetar: ¿por qué Estados tan avanzados como Alemania y los Estados Unidos de América aplican en la práctica una magnífica «regulación de la vida económica» sin pensar siquiera en llevar a cabo la nacionalización de los bancos?

Porque – responderemos nosotros – estos Estados, aunque uno es una monarquía y el otro una república, son ambos no solo capitalistas, sino también imperialistas. Siéndolo, aplican en la práctica las transformaciones que necesitan por vía reaccionario-burocrática, mientras que nosotros hablamos aquí de la vía democrático-revolucionaria.

Esta «pequeña diferencia» tiene una importancia muy esencial. Sobre ella, en la mayoría de los casos, «no se acostumbra» pensar. La palabra «democracia revolucionaria» se ha convertido entre nosotros (especialmente entre los eseristas y mencheviques) casi en una frase convencional, semejante a la expresión «gracias a Dios», que es usada también por personas no tan ignorantes como para creer en Dios, o semejante a la expresión «honorable ciudadano», con la que a veces se dirigen incluso a los colaboradores de «Den» o «Yedinstvo», aunque casi todos adivinan que estos periódicos han sido fundados y son mantenidos por capitalistas en interés de los capitalistas y que, por ello, la participación en ellos de supuestos socialistas tiene muy poco de «honorable».

Si las palabras «democracia revolucionaria» no se emplean como una frase protocolaria y estereotipada, no como un apodo convencional, sino reflexionando sobre su significado, entonces ser demócrata significa contar en la práctica con los intereses de la mayoría del pueblo, y no de la minoría; ser revolucionario significa demoler todo lo nocivo, lo caduco, de la manera más decidida, más despiadada.

Ni en América ni en Alemania, ni los gobiernos ni las clases dominantes pretenden, por cuanto se sabe, ese título de «democracia revolucionaria» que pretenden (y que prostituyen) nuestros eseristas y mencheviques.

En Alemania hay solo cuatro bancos privados grandísimos de importancia nacional, en América solo dos: a los reyes financieros de estos bancos les resulta más fácil, más cómodo, más ventajoso unirse privadamente, en secreto, de modo reaccionario y no revolucionario, burocrático y no democrático, sobornando a los funcionarios estatales (esto es la regla general tanto en América como en Alemania), conservando el carácter privado de los bancos precisamente para mantener el secreto de las operaciones, precisamente para percibir millones y millones de «superganancias» del mismo Estado, precisamente para asegurar sus maquinaciones financieras fraudulentas.

Tanto América como Alemania «regulan la vida económica» de tal manera que crean para los obreros (y en parte para los campesinos) una penitenciaría militar, y para los banqueros y capitalistas un paraíso. Su regulación consiste en que a los obreros se les «aprieta las clavijas» hasta el hambre, y a los capitalistas se les aseguran (en secreto, de modo reaccionario-burocrático) ganancias superiores a las que obtenían antes de la guerra.

Tal vía es completamente posible también para la Rusia republicano-imperialista; y es realizada no solo por los Miliukov y los Shingariov, sino también por Kérenski conjuntamente con Teréshchenko, Nekrásov, Bernatski, Prokopóvich y Cía., que también encubren de modo reaccionario-burocrático la «inviolabilidad» de los bancos, sus sagrados derechos a obtener ganancias desenfrenadas. Digamos, pues, mejor la verdad: en la Rusia republicana se quiere regular la vida económica de manera reaccionario-burocrática, pero «a menudo» encuentran difícil llevarlo a la práctica mientras existan los Soviets, que no logró disolver Kornílov número uno, pero que se esforzará por disolver Kornílov número dos…

Esta será la verdad. Y esta verdad simple, aunque amarga, es más útil para la ilustración del pueblo que la dulce mentira sobre “nuestra”, “gran”, “revolucionaria” democracia…

La nacionalización de los bancos facilitaría enormemente la nacionalización simultánea del negocio de seguros, es decir, la unificación de todas las compañías de seguros en una sola, la centralización de sus actividades y el control estatal sobre ellas. Los congresos de empleados de las sociedades de seguros también aquí realizarían esta unificación de inmediato y sin ningún esfuerzo, si el Estado revolucionario-democrático lo decretara y ordenara a los directores de las juntas, a los grandes accionistas, bajo estricta responsabilidad de cada uno, llevar a cabo la unificación sin la menor demora. Los capitalistas han invertido cientos de millones en el negocio de seguros, y todo el trabajo es realizado por los empleados. La unificación de este negocio reduciría la prima del seguro, proporcionaría una masa de comodidades y alivios a todos los asegurados, permitiría ampliar su círculo con el mismo gasto anterior de fuerzas y medios. Absolutamente ninguna otra circunstancia, excepto la inercia, la rutina y la codicia de un puñado de detentadores de puestos lucrativos, frena esta reforma, que, una vez más, elevaría también la “capacidad de defensa” del país, permitiendo un ahorro del trabajo del pueblo y abriendo una serie de posibilidades muy serias de “regular la vida económica” de hecho y no de palabra.

Nacionalización de los sindicatos

El capitalismo se diferencia de los viejos sistemas económicos precapitalistas en que creó la más estrecha conexión e interdependencia de sus diversas ramas. Si no fuera así, cualquier paso hacia el socialismo – dicho sea de paso – sería técnicamente imposible. El capitalismo moderno, con el dominio de los bancos sobre la producción, ha llevado esta interdependencia de las diversas ramas de la economía nacional al más alto grado. Los bancos y las grandes ramas de la industria y el comercio se han fusionado indisolublemente. Por un lado, esto significa que no se puede nacionalizar solo los bancos sin dar pasos hacia la creación del monopolio estatal de los sindicatos comerciales e industriales (azucarero, carbonífero, siderúrgico, petrolero, etc.), sin nacionalizar esos sindicatos. Por otro lado, significa que la regulación de la vida económica, si se la toma en serio, exige simultáneamente la nacionalización tanto de los bancos como de los sindicatos.

Tomemos como ejemplo el sindicato azucarero. Se formó ya bajo el zarismo y entonces condujo a la mayor agrupación capitalista de fábricas y plantas magníficamente equipadas, estando esta agrupación, por supuesto, impregnada de un espíritu reaccionario y burocrático, asegurando ganancias escandalosamente altas a los capitalistas, colocando a empleados y obreros en una situación absolutamente carente de derechos, humillante, oprimida, esclava. El Estado ya entonces controlaba y regulaba la producción, en beneficio de los magnates y los ricos.

Aquí lo único que queda por hacer es transformar la regulación reaccionaria-burocrática en revolucionario-democrática mediante simples decretos sobre la convocatoria de un congreso de empleados, ingenieros, directores, accionistas, sobre la introducción de una contabilidad uniforme, sobre el control de los sindicatos obreros, etc. ¡Ésta es la cosa más simple, y precisamente ella sigue sin hacerse! Bajo la república democrática subsiste de hecho una regulación reaccionaria-burocrática de la industria azucarera, todo sigue como antes, el robo del trabajo del pueblo, la rutina y el estancamiento, el enriquecimiento de los Bobrinski y los Teréshchenko. Apelar a la iniciativa independiente de la democracia, y no de la burocracia, de los obreros y empleados, y no de los “reyes del azúcar”, he aquí lo que se puede y se debería hacer en unos pocos días, de un solo golpe; si los eseristas y mencheviques no oscurecieran la conciencia del pueblo con los planes de “coalición” precisamente con esos reyes del azúcar, precisamente esa coalición con los ricos, de la cual, a consecuencia de la cual, la “total inactividad” del gobierno en la regulación de la vida económica dimana de manera completamente inevitable[7].

Tomemos el negocio del petróleo. Ya está “socializado” por el desarrollo precedente del capitalismo en proporciones gigantescas. Un par de reyes del petróleo: he aquí quienes manejan millones y cientos de millones, ocupándose en cortar cupones, en recoger beneficios fabulosos de un “negocio” ya organizado de hecho, técnicamente, socialmente a escala nacional, ya dirigido por cientos y miles de empleados, ingenieros, etc. La nacionalización de la industria petrolera es posible de inmediato y obligatoria para un Estado revolucionario-democrático, especialmente cuando atraviesa una crisis colosal, cuando hay que ahorrar a toda costa el trabajo del pueblo y aumentar la producción de combustible. Es comprensible que el control burocrático aquí no dará nada, no cambiará nada, porque tanto con los Teréshchenko, como con los Kérenski, como con los Avkséntiev, como con los Skóbelev, los “reyes del petróleo” se las arreglarán tan fácilmente como se las arreglaban con los ministros zaristas; se las arreglarán mediante dilaciones, evasivas, promesas, y luego el soborno directo e indirecto de la prensa burguesa (esto se llama “opinión pública” y con esto los Kérenski y los Avkséntiev “cuentan”), el soborno de los funcionarios (dejados por los Kérenski y los Avkséntiev en sus viejos puestos en el viejo e intocable aparato estatal).

Para hacer algo serio, hay que pasar de la burocracia, y pasar de manera realmente revolucionaria, a la democracia, es decir, declarar la guerra a los reyes del petróleo y a los accionistas, decretar la confiscación de sus bienes y la pena de prisión por la demora en la nacionalización del negocio petrolero, por la ocultación de ingresos o informes, por el sabotaje de la producción, por no tomar medidas para aumentar la producción. Hay que apelar a la iniciativa de los obreros y empleados, convocarlos de inmediato a asambleas y congresos, entregar en sus manos una parte determinada de las ganancias, bajo la condición de crear un control integral y aumentar la producción. Si estos pasos revolucionario-democráticos se hubieran dado en seguida, de golpe, en abril de 1917, entonces Rusia, uno de los países más ricos del mundo en reservas de combustible líquido, podría haber hecho durante el verano, aprovechando el transporte fluvial, muchísimo en el abastecimiento al pueblo de las cantidades necesarias de combustible.

Ni el gobierno burgués, ni el coalicionista eserista-menchevique-kadete hicieron absolutamente nada, se limitaron a un juego burocrático de reformas. No se atrevieron a emprender ni un solo paso revolucionario-democrático. Los mismos reyes del petróleo, el mismo estancamiento, el mismo odio de obreros y empleados hacia los explotadores, la misma descomposición sobre esta base, el mismo robo del trabajo del pueblo, todo como era bajo el zarismo, ¡solo cambiaron los encabezados de los documentos de entrada y salida en las oficinas “republicanas”!

En cuanto a la industria carbonífera, no menos “madura” técnica y culturalmente para la nacionalización, no menos desvergonzadamente manejada por los saqueadores del pueblo, los reyes del carbón, tenemos una serie de hechos palmarios de sabotaje directo, de deterioro directo y paro de la producción por los industriales. Incluso el periódico ministerial menchevique “Rabóchaya Gazeta” ha reconocido estos hechos. ¿Y entonces? No se ha hecho absolutamente nada, excepto las viejas reuniones reaccionario-burocráticas “a medias”, mitad de obreros y mitad de los bandidos del sindicato carbonero. ¡Ni un solo paso revolucionario-democrático, ni sombra de intento de establecer el único control real desde abajo, a través del sindicato de empleados, a través de los obreros, mediante el terror hacia los industriales carboneros que están arruinando el país y paralizando la producción! ¡Cómo va a ser posible, si “todos” estamos por la “coalición”, si no con los kadetes, entonces con los círculos comerciales e industriales, y la coalición significa precisamente dejar el poder en manos de los capitalistas, dejarlos impunes, permitirles obstaculizar la causa, echar toda la culpa a los obreros, agravar la desorganización y preparar así una nueva kornilovshchina!

Abolición del secreto comercial

Sin abolir el secreto comercial, el control sobre la producción y la distribución se reduce a una promesa vacía, útil solo para que los cadetes engañen a los eseristas y mencheviques, y para que los eseristas y mencheviques engañen a las clases trabajadoras, o bien el control solo puede ser ejercido mediante métodos y medidas reaccionarios y burocráticos.

Por evidente que sea esto para cualquier persona sin prejuicios, y por insistentemente que «Pravda»[8] (clausurada en gran parte precisamente por esto por el gobierno de Kerensky, servidor del capital) haya reclamado la abolición del secreto comercial, ni nuestro gobierno republicano ni los «órganos autorizados de la democracia revolucionaria» han siquiera pensado en este primer paso hacia un control real.

Aquí está precisamente la clave de todo control. Aquí está el punto más sensible del capital, que saquea al pueblo y sabotea la producción. Precisamente por eso los eseristas y los mencheviques temen tocar este punto.

El argumento habitual de los capitalistas, repetido irreflexivamente por la pequeña burguesía, es que la economía capitalista no admite en absoluto la abolición del secreto comercial, ya que la propiedad privada de los medios de producción y la dependencia de las diversas unidades económicas respecto al mercado hacen necesaria la «inviolabilidad sagrada» de los libros de comercio y de las operaciones comerciales, incluyendo por supuesto las bancarias.

Quienes repiten de una u otra forma este argumento u otros similares se dejan engañar y engañan al pueblo, cerrando los ojos a dos hechos fundamentales, enormes y de todos conocidos de la vida económica moderna. Primer hecho: el gran capitalismo, es decir, las particularidades de la economía de los bancos, los sindicatos, las grandes fábricas, etc. Segundo hecho: la guerra.

Precisamente el moderno gran capitalismo, que se está convirtiendo en todas partes en capitalismo monopolista, elimina toda sombra de razonabilidad del secreto comercial, lo convierte en hipocresía y en un mero instrumento para ocultar fraudes financieros y las ganancias increíbles del gran capital.

La gran economía capitalista, por su propia naturaleza técnica, es una economía socializada; es decir, trabaja para millones de personas y vincula con sus operaciones, directa e indirectamente, a cientos, miles y decenas de miles de familias.

No es como la economía del pequeño artesano o del campesino medio, que no llevan ningún libro de comercio y a los cuales, por tanto, no afecta la abolición del secreto comercial.

En una gran empresa, las operaciones son conocidas de todos modos por cientos y hasta miles de personas. La ley que protege el secreto comercial no sirve aquí a las necesidades de la producción o del intercambio, sino a la especulación y al lucro en su forma más cruda, al fraude directo, que, como es sabido, se difunde particularmente en las sociedades anónimas y se oculta con particular habilidad mediante informes y balances confeccionados de manera que engañen al público.

Si el secreto comercial es inevitable en la pequeña producción mercantil, es decir, entre los pequeños campesinos y artesanos, donde la producción misma no está socializada, está dispersa y fragmentada, en la gran economía capitalista la protección de este secreto es la protección de los privilegios y ganancias de un puñado de personas contra todo el pueblo.

Esto ya ha sido reconocido hasta cierto punto por la ley, al introducir la publicación de informes de las sociedades anónimas, pero este control – ya implantado en todos los países avanzados y también en Rusia – es precisamente un control reaccionario y burocrático, que no abre los ojos al pueblo, que no permite conocer toda la verdad sobre las operaciones de las sociedades anónimas.

Para actuar de modo revolucionario y democrático, habría que promulgar inmediatamente otra ley que aboliera el secreto comercial, que exigiera a los grandes establecimientos y a los ricos los informes más completos, y que concediera a cualquier grupo de ciudadanos que alcance una cifra democrática sólida (por ejemplo, 1.000 o 10.000 electores) el derecho de examinar todos los documentos de cualquier gran empresa.

Esta medida es total y fácilmente realizable mediante un simple decreto; solo ella desplegaría la iniciativa popular de control a través de los sindicatos de empleados, de los sindicatos obreros, de todos los partidos políticos; solo ella haría el control serio y democrático.

Añádase a esto la guerra. La aplastante mayoría de las empresas comerciales e industriales trabajan hoy no para el «mercado libre», sino para el Estado, para la guerra. Por eso ya he dicho en «Pravda» que quienes nos objetan con argumentos sobre la imposibilidad de introducir el socialismo mienten y mienten tres veces, pues no se trata de introducir el socialismo ahora, de hoy a mañana, sino de destapar la malversación de los fondos públicos[9].

La economía capitalista «de guerra» (es decir, la relacionada directa o indirectamente con los suministros militares) es un robo al Estado sistemático y legalizado; y los señores cadetes, junto con los mencheviques y los eseristas que se oponen a la abolición del secreto comercial, no son otra cosa que cómplices y encubridores de ese robo.

La guerra le cuesta hoy a Rusia 50 millones de rublos al día. Esos 50 millones diarios van, en su mayor parte, a los proveedores de guerra. De esos 50 millones, por lo menos 5 millones cada día, y más probablemente 10 millones o más, constituyen las «ganancias sin pecado» de los capitalistas y de los funcionarios que están en colusión con ellos de una u otra forma.

En particular, las grandes firmas y los bancos que prestan dinero para operaciones de suministros militares obtienen aquí ganancias inauditas, se enriquecen precisamente mediante el robo al erario, porque no hay otro nombre para esta estafa y despojo del pueblo «con motivo» de las calamidades de la guerra, «con motivo» de la muerte de cientos de miles y millones de personas.

De estas escandalosas ganancias con los suministros, de las «cartas de garantía» ocultadas por los bancos, de quiénes se están enriqueciendo con el encarecimiento creciente, «todos» lo saben, se comenta con sonrisitas en la «sociedad», hay no pocos datos precisos y dispersos incluso en la prensa burguesa, que por regla general silencia los hechos «desagradables» y elude las cuestiones «delicadas».

Todos lo saben, y todos callan, todos lo toleran, todos se resignan a un gobierno que habla elocuentemente de «control» y «regulación».

Los demócratas revolucionarios, si fueran realmente revolucionarios y demócratas, promulgarían inmediatamente una ley que aboliera el secreto comercial, que obligara a los proveedores y comerciantes a rendir cuentas, que les prohibiera abandonar su ramo de actividad sin autorización del poder, que introdujera la confiscación de bienes y el fusilamiento[10] por ocultamiento y engaño al pueblo, y que organizara la inspección y el control desde abajo, democráticamente, por parte del propio pueblo, de los sindicatos de empleados, de obreros, de consumidores, etc.

Nuestros eseristas y mencheviques merecen plenamente el nombre de demócratas amedrentados, pues en esta cuestión repiten lo que dicen todos los pequeño-burgueses amedrentados: que los capitalistas «huirán» si se aplican medidas «demasiado severas», que sin los capitalistas «nosotros» no podremos arreglárnoslas, que quizás «se ofendan» también los millonarios anglo-franceses, que nos «apoyan», y cosas por el estilo. Se diría que los bolcheviques proponen algo nunca visto en la historia de la humanidad, nunca ensayado, «utópico», cuando en realidad ya hace 125 años en Francia hubo hombres verdaderamente «demócratas revolucionarios», verdaderamente convencidos del carácter justo y defensivo de su guerra, verdaderamente apoyados en las masas populares y sinceramente convencidos de lo mismo, que supieron establecer un control revolucionario sobre los ricos y alcanzar resultados que todo el mundo admiró.

Y en estos últimos cinco cuartos de siglo, el desarrollo del capitalismo, al crear los bancos, los sindicatos, los ferrocarriles y tantas otras cosas, ha facilitado y simplificado por cien las medidas de un control realmente democrático de los obreros y campesinos sobre los explotadores, los terratenientes y los capitalistas.

En esencia, toda la cuestión del control se reduce a quién controla a quién, es decir, qué clase es la controladora y cuál es la controlada. Entre nosotros, hasta ahora, en la Rusia republicana, con la participación de los «órganos competentes» de la seudodemocracia revolucionaria, se reconoce y se mantiene a los terratenientes y capitalistas en el papel de controladores. Como resultado, son inevitables el saqueo por parte de los capitalistas, que provoca la indignación universal del pueblo, y la desorganización que los capitalistas sostienen artificialmente. Hay que pasar de modo decidido, irrevocable, sin temer romper con lo viejo, sin temer construir audazmente lo nuevo, al control sobre los terratenientes y capitalistas por parte de los obreros y campesinos. Y a esto nuestros socialrevolucionarios y mencheviques le tienen más miedo que al fuego.

La sindicación forzosa

La sindicación forzosa, es decir, la unión obligatoria en asociaciones, por ejemplo, de los industriales, ya ha sido aplicada en la práctica por Alemania. Y en esto no hay nada nuevo. También aquí, por culpa de los socialrevolucionarios y mencheviques, vemos un completo estancamiento de la Rusia republicana, a la que estos partidos poco respetables «ocupan» con la cuadrilla que bailan con los cadetes, o con los Búblikov, o con Teréshchenko y Kerenski.

La sindicación forzosa es, por un lado, una especie de impulso dado por el Estado al desarrollo capitalista, que en todas partes conduce a la organización de la lucha de clases, al aumento del número, la diversidad y la importancia de los sindicatos. Y por otro lado, la «sindicación» obligatoria es una condición previa necesaria para todo control medianamente serio y para todo ahorro del trabajo del pueblo.

La ley alemana obliga, por ejemplo, a los fabricantes de curtidos de una localidad determinada o de todo el Estado a unirse en una asociación, en cuyo consejo de administración participa un representante del Estado para el control. Una ley semejante, de modo directo, es decir, por sí misma, no afecta en lo más mínimo las relaciones de propiedad, no quita ni una sola kopek a ningún propietario y no prejuzga aún si el control se ejercerá en formas, dirección y espíritu reaccionario-burocráticos o revolucionario-democráticos.

Semejantes leyes se pueden y se deben promulgar entre nosotros de inmediato, sin perder una sola semana de un tiempo precioso, dejando que sea la propia situación social la que determine las formas más concretas de aplicación de la ley, la rapidez de su realización, los modos de supervisar su cumplimiento, etc. Para promulgar tal ley, el Estado no necesita aquí ni un aparato especial, ni investigaciones especiales, ni ningún tipo de estudio previo; solo necesita la decisión de romper con ciertos intereses particulares de los capitalistas, «no habituados» a semejante intervención, que no desean perder las superganancias que les garantiza, junto con la falta de control, el manejo de los negocios al viejo estilo.

Ningún aparato y ninguna «estadística» (con la que Chernov quería sustituir la iniciativa revolucionaria del campesinado) son necesarios para promulgar tal ley, pues su cumplimiento debe ser encomendado a los propios fabricantes o industriales, a las fuerzas sociales existentes, bajo el control también de fuerzas sociales existentes (es decir, no gubernamentales, no burocráticas), solo que obligatoriamente procedentes de los llamados «estamentos inferiores», es decir, de las clases oprimidas y explotadas, que siempre en la historia han resultado ser inconmensurablemente superiores a los explotadores en capacidad de heroísmo, de abnegación, de disciplina de compañeros.

Supongamos que tenemos un gobierno verdaderamente revolucionario-democrático y que decreta: todos los fabricantes e industriales de cada rama de la producción, si ocupan, digamos, no menos de dos obreros, están obligados a unirse de inmediato en asociaciones de distrito y de provincia. La responsabilidad del cumplimiento inexorable de la ley recae, en primer término, sobre los fabricantes, directores, miembros de los consejos de administración, grandes accionistas (pues todos estos son los verdaderos dirigentes de la industria moderna, sus verdaderos dueños). Serán considerados como desertores del servicio militar y castigados como tales por eludir el trabajo de aplicación inmediata de la ley, respondiendo con responsabilidad solidaria, todos por uno y uno por todos, con todos sus bienes. Luego, la responsabilidad recae también sobre todos los empleados, obligados asimismo a constituir un sindicato único, y sobre todos los obreros con su sindicato profesional. El objetivo de la «sindicación» es el establecimiento de una rendición de cuentas completísima, rigurosísima y detalladísima y, principalmente, la unión de las operaciones de compra de materias primas, de venta de productos, de ahorro de los medios y fuerzas del pueblo. Este ahorro, al unirse empresas dispersas en un solo sindicato, alcanza proporciones gigantescas, como enseña la ciencia económica, como muestran los ejemplos de todos los sindicatos, carteles, trusts. Además, hay que repetir una vez más que, por sí misma, esta sindicación en un sindicato no modifica en un ápice las relaciones de propiedad, no quita ni una kopek a ningún propietario. Esta circunstancia hay que subrayarla con fuerza, porque la prensa burguesa «atemoriza» constantemente a los pequeños y medianos propietarios, diciendo que los socialistas en general, y los bolcheviques en particular, quieren «expropiarlos»: afirmación a sabiendas mentirosa, puesto que los socialistas, incluso en el caso de una revolución socialista completa, no quieren, no pueden ni podrán expropiar a los pequeños campesinos. Y nosotros hablamos todo el tiempo solo de aquellas medidas inmediatas y perentorias que ya han sido realizadas en Europa Occidental y que cualquier democracia consecuente debería aplicar de inmediato entre nosotros para luchar contra la catástrofe que amenaza y es inevitable.

La unión en sindicatos de los propietarios más pequeños y de los pequeños encontraría serias dificultades, tanto técnicas como culturales, debido a la extrema dispersión de sus empresas, al primitivismo técnico, al analfabetismo o la falta de instrucción de los dueños. Pero precisamente estas empresas podrían ser exceptuadas de la ley (como ya se ha señalado en nuestro ejemplo hipotético anterior), y el hecho de que no se unieran, por no hablar ya del retraso en su unión, no podría crear un obstáculo serio, pues el papel del enorme número de pequeñas empresas es insignificante en la suma total de la producción y en su significado para la economía nacional en su conjunto, y además, a menudo dependen de una u otra forma de las grandes empresas.

Solo las grandes empresas tienen una importancia decisiva, y aquí los medios y las fuerzas técnicas y culturales para la «sindicación» existen, solo falta una iniciativa firme, resuelta, implacablemente severa con los explotadores por parte del poder revolucionario, para que estas fuerzas y medios sean puestos en marcha.

Cuanto más pobre es un país en fuerzas técnicamente instruidas y, en general, en fuerzas intelectuales, tanto más perentoria es la necesidad de decretar lo más rápido y del modo más resuelto posible la unión obligatoria y comenzar a aplicarla empezando por las empresas más grandes y grandes, pues precisamente la unión ahorrará las fuerzas intelectuales, dará la posibilidad de utilizarlas plenamente y de distribuirlas más correctamente. Si incluso el campesinado ruso, en sus lugares más apartados, bajo el gobierno zarista, trabajando contra miles de trabas creadas por él, supo después de 1905 dar un enorme paso adelante en la creación de todo tipo de asociaciones, resulta evidente que la sindicación de la gran y mediana industria y del comercio podría llevarse a cabo en unos pocos meses, si no más rápido, a condición de que sea obligada a ello por un gobierno verdaderamente revolucionario-democrático, que se apoye en el apoyo, la participación, el interés, las ventajas de los «de abajo», de la democracia, de los empleados, de los obreros, llamándolos al control.

La regulación del consumo

La guerra obligó a todos los Estados beligerantes y a muchos neutrales a pasar a la regulación del consumo. La cartilla de pan apareció en el mundo, se convirtió en un fenómeno habitual y arrastró tras de sí otras cartillas. Rusia no se quedó al margen y también introdujo las cartillas de pan.

Pero precisamente con este ejemplo podemos comparar, quizás, del modo más gráfico, los métodos reaccionario-burocráticos de lucha contra la catástrofe, que intentan limitarse a un mínimo de transformaciones, con los revolucionario-democráticos, que, para merecer su nombre, deben fijarse como tarea directa la ruptura violenta con lo viejo caduco y la mayor aceleración posible del movimiento hacia adelante.

La cartilla del pan, ese típico ejemplo de regulación del consumo en los modernos Estados capitalistas, se plantea como objetivo y realiza (en el mejor de los casos, realiza) una sola cosa: distribuir la cantidad disponible de pan para que alcance a todos. Se introduce un máximo de consumo no para todos los productos, sino solo para los principales productos «populares». Y eso es todo. No se preocupan de nada más. Burocráticamente calculan las existencias disponibles de pan, las dividen por cabeza, establecen una norma, la introducen y se limitan a ello. Los artículos de lujo no los tocan, porque «de todos modos» son escasos y «de todos modos» son tan caros que el «pueblo» no puede acceder a ellos. Por eso, en todos los países beligerantes, sin excepción alguna, incluso en Alemania, a la que, al parecer, sin lugar a discusión, se puede considerar modelo de la regulación del consumo más ordenada, más pedante y más estricta, incluso en Alemania vemos cómo los ricos eluden constantemente cualesquiera «normas» de consumo. Esto también lo saben «todos», de esto también hablan «todos» con una sonrisita, y en la prensa socialista alemana –y a veces incluso en la burguesa–, a pesar de las ferocidades de la censura alemana, cuartelera y estricta, aparecen constantemente notas e informaciones sobre el «menú» de los ricachones, sobre cómo los ricos obtienen pan blanco en cualquier cantidad en tal o cual balneario (bajo la apariencia de enfermos, los visitan todos… los que tienen mucho dinero), sobre la sustitución por parte de los ricos de los productos populares por artículos de lujo exquisitos y raros.

El Estado capitalista reaccionario, que teme socavar los fundamentos del capitalismo, los fundamentos de la esclavitud asalariada, los fundamentos del dominio económico de los ricos, teme desarrollar la iniciativa propia de los obreros y de los trabajadores en general, teme «avivar» su espíritu de exigencia; a semejante Estado no le hace falta nada más que la cartilla del pan. Semejante Estado no pierde de vista ni por un minuto, ni en uno solo de sus pasos, el objetivo reaccionario: fortalecer el capitalismo, impedir que lo socaven, limitar la «regulación de la vida económica» en general, y la regulación del consumo en particular, solo a aquellas medidas que son absolutamente necesarias para alimentar al pueblo, sin atentar en absoluto contra una regulación real del consumo en el sentido de controlar a los ricos, en el sentido de imponerles a ellos, mejor situados, privilegiados, saciados y sobrealimentados en tiempos de paz, mayores cargas en tiempos de guerra.

La solución reaccionario-burocrática de la tarea planteada a los pueblos por la guerra se limita a la cartilla del pan, a la distribución equitativa de los productos «populares» absolutamente necesarios para la alimentación, sin apartarse ni un ápice del burocratismo y del espíritu reaccionario, es decir, del objetivo: no elevar la iniciativa propia de los pobres, del proletariado, de la masa del pueblo («demos»), no permitir el control por su parte sobre los ricos, dejar el mayor número posible de resquicios para que los ricos se resarzan con artículos de lujo. Y en todos los países, repetimos, incluso en Alemania –de Rusia no hay ni que hablar–, se han dejado muchísimos resquicios, el «pueblo llano» pasa hambre, mientras los ricos viajan a los balnearios, complementan la exigua norma estatal con toda clase de «suplementos» externos y no permiten que se les controle.

En Rusia, que acaba de realizar una revolución contra el zarismo en nombre de la libertad y la igualdad, en Rusia, que de inmediato se ha convertido en una república democrática por sus instituciones políticas reales, salta particularmente a los ojos del pueblo, provoca particularmente descontento, irritación, encono e indignación de las masas, el hecho de que todos ven la facilidad con que los ricos eluden las «cartillas del pan». Esta facilidad es especialmente grande. «Por debajo de la mesa» y por un precio especialmente alto, especialmente «con contactos» (que solo tienen los ricos), consiguen todo y en grandes cantidades. El pueblo pasa hambre. La regulación del consumo se limita a los marcos más estrechos, burocrático-reaccionarios. Por parte del gobierno no hay ni sombra de intención, ni sombra de preocupación por situar esta regulación sobre bases verdaderamente democrático-revolucionarias.

De las colas sufren «todos», pero… ¡pero los ricos envían a sus criados a hacer cola e incluso contratan criados especiales para ello! ¡Ahí tienen su «democratismo»!

Una política democrático-revolucionaria, en tiempos de las calamidades inauditas que vive el país, para luchar contra la catástrofe que se avecina, no se limitaría a las cartillas del pan, sino que añadiría a ellas: primero, la sindicación obligatoria de toda la población en sociedades de consumo, porque sin tal sindicación es imposible llevar a cabo plenamente el control del consumo; segundo, el servicio laboral obligatorio para los ricos, de manera que sirvieran gratuitamente a estas sociedades de consumo con trabajo de secretaría y otros similares; tercero, el reparto equitativo entre la población de realmente todos los productos de consumo, para que las cargas de la guerra se distribuyeran de manera realmente uniforme; cuarto, la organización del control de manera que el consumo de los ricos fuera controlado precisamente por las clases pobres de la población.

La creación de un verdadero democratismo en esta esfera, la manifestación de un verdadero espíritu revolucionario en la organización del control precisamente por las clases más necesitadas del pueblo, sería el mayor impulso para la tensión de cada fuerza intelectual disponible, para el desarrollo de una energía verdaderamente revolucionaria de todo el pueblo. Pero ahora los ministros de la Rusia republicana y democrático-revolucionaria, exactamente igual que sus colegas en todos los demás países imperialistas, pronuncian palabras grandilocuentes sobre el «trabajo común en beneficio del pueblo», sobre la «tensión de todas las fuerzas», pero precisamente el pueblo ve, siente y palpa la hipocresía de estas palabras.

Resulta un marcar el paso sin avanzar y un crecimiento incontenible de la descomposición, la aproximación de la catástrofe, porque a la manera de Kornílov, a la manera de Hindenburg, según el modelo imperialista general, introducir la servidumbre penal militar para los obreros, nuestro gobierno no puede –todavía están demasiado vivas en el pueblo las tradiciones, los recuerdos, las huellas, los hábitos, las instituciones de la revolución–; y dar pasos realmente serios por la vía democrático-revolucionaria, nuestro gobierno no quiere, porque está impregnado de arriba abajo y envuelto completamente en relaciones de dependencia respecto de la burguesía, de «coalición» con ella, en el miedo a tocar sus privilegios reales.

Destrucción por el gobierno del trabajo de las organizaciones democráticas

Hemos examinado diversos procedimientos y métodos de lucha contra la catástrofe y el hambre. Hemos visto en todas partes la inconciliabilidad de la contradicción entre la democracia, por un lado, y el gobierno, así como el bloque de eseristas y mencheviques que lo apoya, por el otro. Para demostrar que estas contradicciones existen en la realidad, y no solo en nuestra exposición, y que su inconciliabilidad se demuestra de hecho mediante conflictos de importancia nacional, basta recordar dos «balances» y lecciones particularmente típicas de la historia semestral de nuestra revolución.

La historia del «reinado» de Pálchinski es una lección. La historia del «reinado» y caída de Peshejónov es otra.

En esencia, las medidas de lucha contra la catástrofe y el hambre descritas más arriba se reducen al fomento multilateral (incluso hasta la coacción) de la «sindicación» de la población y, en primer término, de la democracia, es decir, de la mayoría de la población –o sea, ante todo de las clases oprimidas, de los obreros y de los campesinos, especialmente de los más pobres–. Y por este camino empezó espontáneamente a encaminarse la propia población para luchar contra las inauditas dificultades, cargas y calamidades de la guerra.

El zarismo obstaculizó por todos los medios la sindicación independiente y libre de la población. Pero después de la caída de la monarquía zarista, las organizaciones democráticas empezaron a surgir y a crecer rápidamente por toda Rusia. La lucha contra la catástrofe fue emprendida por organizaciones democráticas espontáneas, por toda clase de comités de abastecimiento, comités de víveres, conferencias sobre el combustible, etc., etc.

Y he aquí que lo más notable en toda la historia semestral de nuestra revolución en lo que respecta a la cuestión examinada consiste en que el gobierno, que se autodenomina republicano y revolucionario, el gobierno apoyado por los mencheviques y los eseristas en nombre de los «órganos plenipotenciarios de la democracia revolucionaria», este gobierno luchó contra las organizaciones democráticas y ¡las venció!

Palchinski adquirió con esta lucha la más triste y la más amplia notoriedad en toda Rusia. Actuaba a espaldas del gobierno, sin presentarse abiertamente ante el pueblo (exactamente igual que preferían actuar los kadetes en general, quienes con gusto ponían por delante «para el pueblo» a Tsereteli, mientras ellos mismos tramaban en secreto todos los asuntos importantes). Palchinski obstaculizaba y saboteaba cualquier medida seria de las organizaciones democráticas surgidas espontáneamente, pues ninguna medida seria podía llevarse a cabo sin «perjuicio» de las desmesuradas ganancias y la arbitrariedad de los Kit Kítych. Y Palchinski era precisamente un fiel defensor y servidor de los Kit Kítych. Se llegó al extremo —y este hecho fue publicado en los periódicos— ¡¡de que Palchinski anulaba directamente las disposiciones de las organizaciones democráticas espontáneas!!

Toda la historia del «reinado» de Palchinski —y «reinó» durante muchos meses, justo cuando Tsereteli, Skóbelev y Chernov eran «ministros»— es un solo escándalo continuo y vergonzoso, un sabotaje de la voluntad del pueblo, de las decisiones de la democracia, para complacer a los capitalistas, en aras de su sucia codicia. En los periódicos solo pudo aparecer, por supuesto, una ínfima parte de las «hazañas» de Palchinski, y la investigación completa de cómo obstaculizó la lucha contra el hambre sólo podrá llevarla a cabo un gobierno verdaderamente democrático del proletariado, cuando éste conquiste el poder y entregue al tribunal del pueblo, sin ocultar nada, los asuntos de Palchinski y otros como él.

Se objetará, quizás, que Palchinski era una excepción y que precisamente por eso fue destituido… Pero el quid de la cuestión es que Palchinski no es una excepción, sino la regla; que con la destitución de Palchinski las cosas no mejoraron en absoluto; que su lugar fue ocupado por otros idénticos a Palchinski pero con distinto apellido; que toda la «influencia» de los capitalistas, toda la política de sabotear la lucha contra el hambre para complacerlos, permaneció intangible. Pues Kérenski y Cía. son solo una pantalla para la defensa de los intereses de los capitalistas.

La prueba más evidente de ello es la dimisión del ministerio de Peshejónov, ministro de Abastecimientos. Como se sabe, Peshejónov es el más moderado de los populistas. Pero en la organización del abastecimiento quiso trabajar concienzudamente, en contacto con las organizaciones democráticas, apoyándose en ellas. Tanto más interesante es la experiencia laboral de Peshejónov y su dimisión, cuanto que este populista moderadísimo, miembro del partido «socialista popular», dispuesto a cualquier tipo de compromiso con la burguesía, ¡se vio sin embargo obligado a dimitir! ¡Porque el gobierno de Kérenski, para complacer a los capitalistas, terratenientes y kuláks, elevó los precios fijos del trigo!!

He aquí cómo describe M. Smith en el periódico «Svobódnaya Zhizn»{77} nº 1, del 2 de septiembre, este «paso» y su significado:

«Unos días antes de que el gobierno adoptara la elevación de los precios fijos, tuvo lugar la siguiente escena en el Comité Estatal de Abastecimientos: el representante de la derecha, Rolóvich, defensor tenaz de los intereses del comercio privado y enemigo implacable del monopolio del trigo y de la intervención estatal en la vida económica, declaró públicamente, con una sonrisa de satisfacción, que según sus informaciones los precios fijos del trigo serían elevados en breve plazo.

El representante del Soviet de Diputados Obreros y Soldados declaró en respuesta que no tenía conocimiento de nada semejante, que mientras durara la revolución en Rusia tal acto no podía tener lugar, y que, en cualquier caso, el gobierno no podía dar ese paso sin consultar con los órganos competentes de la democracia: el Consejo Económico y el Comité Estatal de Abastecimientos. A esta declaración se sumó también el representante del Soviet de Diputados Campesinos.

Pero, ¡ay!, la realidad introdujo en esta controversia una enmienda muy cruel: quienes tenían razón no eran los representantes de la democracia, sino el representante de los elementos censitarios. Resultó que estaba perfectamente informado sobre el inminente atentado contra los derechos de la democracia, aunque sus representantes rechazaron con indignación la mera posibilidad de tal atentado».

Así pues, tanto el representante de los obreros como el del campesinado expresan claramente su opinión en nombre de la gigantesca mayoría del pueblo, ¡y el gobierno de Kérenski actúa en sentido contrario, en interés de los capitalistas!

Rolóvich, representante de los capitalistas, resultó estar perfectamente informado a espaldas de la democracia, exactamente igual que hemos observado siempre, y observamos ahora, la óptima información de los periódicos burgueses, «Rech» y «Bírzhevka», sobre lo que ocurre en el gobierno de Kérenski.

¿Qué indica esta notable información? Claramente: que los capitalistas tienen sus propios «conductos» y tienen el poder de facto en sus manos. Kérenski es una figura decorativa que ellos utilizan cuando y como les conviene. Los intereses de decenas de millones de obreros y campesinos resultan sacrificados a las ganancias de un puñado de ricos.

¿Qué responden a esta indignante burla contra el pueblo nuestros eseristas y mencheviques? ¿Acaso se dirigieron a los obreros y campesinos con un llamamiento diciendo que, después de esto, Kérenski y sus colegas sólo merecen estar en la cárcel?

¡Dios nos libre! ¡Los eseristas y mencheviques, en la persona de su «Sección Económica», se limitaron a adoptar la amenazadora resolución que ya hemos mencionado! ¡En esta resolución declaran que la elevación de los precios del trigo por el gobierno de Kérenski es una «medida funesta, que asesta un duro golpe tanto al abastecimiento como a toda la vida económica del país» y que estas medidas funestas se han llevado a cabo con una «violación» directa de la ley!!

¡Tales son los resultados de la política de conciliación, de la política de coqueteo con Kérenski y del deseo de «tener contemplaciones» con él!

El gobierno viola la ley, adoptando, para complacer a los ricos, terratenientes y capitalistas, una medida que arruina toda la labor de control, el abastecimiento y el saneamiento de las finanzas, que están completamente desquiciadas, ¡y los eseristas y mencheviques siguen hablando de un acuerdo con los círculos comerciales e industriales, siguen asistiendo a reuniones con Teréshchenko, tienen contemplaciones con Kérenski y se limitan a una resolución de protesta en papel, que el gobierno archiva muy tranquilamente!!

¡Aquí es donde se revela con especial claridad la verdad de que los eseristas y mencheviques han traicionado al pueblo y a la revolución, y que los bolcheviques se están convirtiendo en los auténticos dirigentes de las masas, incluso de las eseristas y mencheviques!

Pues precisamente la conquista del poder por el proletariado, encabezado por el partido bolchevique, sería lo único capaz de poner fin a las tropelías perpetradas por Kérenski y Cía., y de restablecer la labor de las organizaciones democráticas de abastecimiento, suministro, etc., que Kérenski y su gobierno sabotean.

Los bolcheviques actúan —en el ejemplo citado se ve con total claridad— como representantes de los intereses de todo el pueblo, de los intereses de asegurar el abastecimiento y el suministro, de los intereses de satisfacer las necesidades más perentorias de los obreros y campesinos, en contraposición a esa política vacilante, irresoluta y verdaderamente traicionera de los eseristas y mencheviques, ¡que ha llevado al país a la vergüenza de esta elevación de los precios del trigo!

El colapso financiero y las medidas contra él

La cuestión de la elevación de los precios fijos del trigo tiene también otra faceta. Este aumento significa un nuevo y caótico incremento de la emisión de papel moneda, un nuevo paso adelante en el proceso de agudización de la carestía, la agravación del desorden financiero y la aproximación del colapso financiero. Todos reconocen que la emisión de papel moneda es la peor forma de préstamo forzoso, que empeora la situación con mayor fuerza precisamente para los obreros, la parte más pobre de la población, y que es el principal mal del desbarajuste financiero.

¡Y es precisamente a esta medida a la que recurre el gobierno de Kérenski, apoyado por los eseristas y mencheviques!

Para luchar seriamente contra el desorden financiero y el inevitable colapso financiero no hay otro camino que la ruptura revolucionaria con los intereses del capital y la organización de un control verdaderamente democrático, es decir, «desde abajo», el control de los obreros y de los campesinos más pobres sobre los capitalistas, el camino del que habla toda nuestra exposición anterior.

La descomunal emisión de papel moneda fomenta la especulación, permite a los capitalistas ganar millones con ella y crea enormes dificultades para la tan necesaria expansión de la producción, pues la carestía de materiales, máquinas, etc., se intensifica y avanza a saltos. ¿Cómo remediar la situación, cuando las riquezas adquiridas por los ricos mediante la especulación se ocultan?

Se puede introducir un impuesto sobre la renta con tasas progresivas y muy elevadas para los ingresos grandes y muy grandes. Nuestro gobierno, siguiendo a otros gobiernos imperialistas, lo introdujo. Pero sigue siendo en gran medida una ficción, una letra muerta, porque, en primer lugar, el valor del dinero cae cada vez más rápido y, en segundo lugar, la ocultación de ingresos es tanto mayor cuanto más provienen de la especulación y cuanto más fiablemente está protegido el secreto comercial.

Para que el impuesto sea real y no ficticio, se necesita un control real, no solo sobre el papel. Y el control sobre los capitalistas es imposible si sigue siendo burocrático, pues la burocracia está ligada y entrelazada por miles de hilos con la burguesía. Por eso, en los Estados imperialistas de Europa occidental, tanto en las monarquías como en las repúblicas, el saneamiento financiero se logra solo al precio de introducir tal "servicio laboral obligatorio" que crea para los obreros trabajos forzados militares o esclavitud militar.

El control reaccionario-burocrático es el único medio que conocen los Estados imperialistas, sin excluir las repúblicas democráticas, Francia y América, para cargar el peso de la guerra sobre el proletariado y las masas trabajadoras.

La principal contradicción de la política de nuestro gobierno consiste precisamente en que tiene que aplicar —para no pelearse con la burguesía, para no romper la "coalición" con ella— un control reaccionario-burocrático, llamándolo "revolucionario-democrático", engañando al pueblo a cada paso, irritando y amargando a las masas que acababan de derrocar al zarismo.

En cambio, precisamente las medidas revolucionario-democráticas, uniendo en sindicatos a las clases oprimidas, a los obreros y al campesinado, a las masas, darían la posibilidad de establecer el control más real sobre los ricos y la lucha más exitosa contra la ocultación de ingresos.

Se trata de fomentar la circulación de cheques para luchar contra la emisión excesiva de papel moneda. Para los pobres esta medida no tiene importancia, pues la gente pobre vive al día y en una semana completa su "ciclo económico", devolviendo a los capitalistas las exiguas monedas que logra ganar. Para los ricos, la circulación de cheques podría tener una enorme importancia, permitiría al Estado, especialmente en combinación con medidas como la nacionalización de los bancos y la abolición del secreto comercial, controlar realmente los ingresos de los capitalistas, gravarlos realmente con impuestos, "democratizar" (y al mismo tiempo sanear) realmente el sistema financiero.

Pero el obstáculo aquí es precisamente el miedo a violar los privilegios de la burguesía, a romper la "coalición" con ella. Pues sin medidas verdaderamente revolucionarias, sin la más seria coerción, los capitalistas no se someterán a ningún control, no abrirán sus presupuestos, no entregarán "bajo rendición de cuentas" al Estado democrático sus reservas de billetes.

Los obreros y los campesinos, unidos en sindicatos, nacionalizando los bancos, introduciendo la circulación de cheques como obligatoria por ley para todos los ricos, aboliendo el secreto comercial, estableciendo la confiscación de bienes por ocultación de ingresos, etc., podrían con extraordinaria facilidad hacer el control real y universal, un control precisamente sobre los ricos, un control que devolviera al erario el papel moneda que emite, desde aquellos que lo tienen, desde aquellos que lo esconden.

Para ello se necesita la dictadura revolucionaria de la democracia, encabezada por el proletariado revolucionario, es decir, la democracia debe volverse revolucionaria de hecho. Este es el quid. Esto es lo que no quieren nuestros eseristas y mencheviques, que engañan al pueblo con la bandera de la "democracia revolucionaria" y apoyan de hecho la política reaccionario-burocrática de la burguesía, la cual, como siempre, se guía por la regla: "après nous le déluge", ¡después de nosotros el diluvio!

Ni siquiera solemos notar hasta qué grado nos han calado los hábitos y prejuicios antidemocráticos respecto a la "sacralidad" de la propiedad burguesa. Cuando un ingeniero o un banquero publica los ingresos y gastos del obrero, los datos sobre sus salarios y la productividad de su trabajo, esto se considera muy legal y justo. A nadie se le ocurre ver en esto un atentado contra la "vida privada" del obrero, una "investigación o denuncia" del ingeniero. El trabajo y el salario de los obreros asalariados son considerados por la sociedad burguesa como un libro abierto, donde cualquier burgués tiene derecho a mirar siempre, a desenmascarar tal o cual "lujo" del obrero, tal o cual supuesta "pereza" suya, etc.

¿Y el control inverso? ¿Qué pasaría si los sindicatos de empleados, oficinistas, sirvientes fueran invitados por el Estado democrático a verificar los ingresos y gastos de los capitalistas, a publicar los datos al respecto, a ayudar al gobierno en la lucha contra la ocultación de ingresos?

¡Qué salvaje aullido levantaría la burguesía contra la "investigación", contra las "denuncias"! Cuando los "señores" controlan a los sirvientes, los capitalistas a los obreros, se considera en el orden de las cosas, la vida privada del trabajador y explotado no se considera inviolable, la burguesía tiene derecho a pedir cuentas a cada "esclavo asalariado", a exponer siempre en público sus ingresos y gastos. ¡Pero la tentativa de los oprimidos de controlar al opresor, de sacar a la luz sus ingresos y gastos, de revelar su lujo, aunque sea durante la guerra, cuando ese lujo provoca hambre directa y la muerte de los ejércitos en el frente —oh, no, la burguesía no permitirá la "investigación" ni las "denuncias"!

La cuestión se reduce siempre a lo mismo: el dominio de la burguesía es irreconciliable con el democratismo verdaderamente revolucionario. En el siglo XX, en un país capitalista, no se puede ser demócrata revolucionario si se teme ir hacia el socialismo.

¿Se puede avanzar temiendo ir hacia el socialismo?

La exposición anterior puede fácilmente suscitar en el lector, educado en las ideas oportunistas vulgares de los eseristas y mencheviques, la siguiente objeción: la mayoría de las medidas descritas aquí no son, en esencia, medidas democráticas, ¡sino ya socialistas!

Esta objeción vulgar, habitual (en una u otra forma) en la prensa burguesa, eserista y menchevique, es una defensa reaccionaria del capitalismo atrasado, una defensa disfrazada al estilo de Struve. Se dice que no estamos maduros para el socialismo, que es temprano para "introducir" el socialismo, que nuestra revolución es burguesa, —por tanto, debemos ser lacayos de la burguesía (¡aunque los grandes revolucionarios burgueses de Francia, hace 125 años, hicieron grande su revolución mediante el terror contra todos los opresores, tanto terratenientes como capitalistas!).

Los pseudomarxistas que sirven a la burguesía, a los que se han pasado también los eseristas y que razonan así, no comprenden (si se examinan las bases teóricas de su opinión) qué es el imperialismo, qué son los monopolios capitalistas, qué es el Estado, qué es la democracia revolucionaria. Pues, comprendiendo esto, es imposible no reconocer que no se puede avanzar sin ir hacia el socialismo.

Todos hablan del imperialismo. Pero el imperialismo no es otra cosa que el capitalismo monopolista.

Que también en Rusia el capitalismo se ha vuelto monopolista, lo atestiguan de manera suficientemente evidente el "Produgol", el "Prodamet", el sindicato azucarero, etc. Ese mismo sindicato azucarero nos muestra de manera palpable la transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado.

¿Y qué es el Estado? Es la organización de la clase dominante, por ejemplo, en Alemania, de los junkers y los capitalistas. Por eso, lo que los Plejánov alemanes (Scheidemann, Lensch y otros) llaman "socialismo de guerra", es de hecho capitalismo monopolista de Estado de guerra, o, dicho de manera más simple y clara, trabajos forzados militares para los obreros, protección militar de las ganancias de los capitalistas.

Ahora bien, intente sustituir el Estado junker-capitalista, el Estado terrateniente-capitalista, por un Estado revolucionario-democrático, es decir, que destruya revolucionariamente todos los privilegios, que no tema realizar revolucionariamente la democracia más completa. Verá usted que el capitalismo monopolista de Estado, en un Estado verdaderamente revolucionario-democrático, significa inevitable e indefectiblemente un paso, y pasos, ¡hacia el socialismo!

Puesto que si la mayor empresa capitalista se convierte en monopolio, significa que sirve a todo el pueblo. Si se ha convertido en monopolio estatal, significa que el Estado (es decir, la organización armada de la población, de los obreros y campesinos, en primer lugar, bajo la condición del democratismo revolucionario) — el Estado dirige toda la empresa — ¿en interés de quién?

— o bien en interés de los terratenientes y capitalistas; entonces obtenemos no un Estado revolucionario-democrático, sino un Estado reaccionario-burocrático, una república imperialista,

— o bien en interés de la democracia revolucionaria; entonces esto es ya un paso hacia el socialismo.

Pues el socialismo no es otra cosa que el paso inmediato hacia adelante desde el monopolio capitalista de Estado. O dicho de otro modo: el socialismo no es otra cosa que el monopolio capitalista de Estado, puesto al servicio de todo el pueblo y, en esa medida, habiendo dejado de ser monopolio capitalista.

Aquí no hay término medio. El curso objetivo del desarrollo es tal que, desde los monopolios (y la guerra ha decuplicado su número, papel e importancia), no se puede avanzar sin ir hacia el socialismo.

O bien ser un demócrata revolucionario de hecho. Entonces no se puede temer los pasos hacia el socialismo.

O bien temer los pasos hacia el socialismo, condenarlos al modo de Plejánov, de Dan, de Chernov, con argumentos de que nuestra revolución es burguesa, de que no se puede "introducir" el socialismo, etc., — y entonces inevitablemente se resbala hacia Kérenski, Miliukov y Kornílov, es decir, a aplastar reaccionario-burocráticamente las aspiraciones "revolucionario-democráticas" de las masas obreras y campesinas.

No hay término medio.

Y en esto consiste la contradicción fundamental de nuestra revolución.

No se puede permanecer en el mismo sitio — en la historia en general, durante la guerra en particular. Hay que ir o bien hacia adelante, o bien hacia atrás. Ir hacia adelante, en la Rusia del siglo XX, que ha conquistado la república y el democratismo por vía revolucionaria, no se puede sin ir hacia el socialismo, sin dar pasos hacia él (pasos condicionados y determinados por el nivel de la técnica y la cultura: la gran economía maquinizada no se puede "introducir" en la agricultura del campesinado, y no se puede abolir en la producción azucarera).

Y si se teme ir hacia adelante, esto significa ir hacia atrás, que es precisamente lo que hacen los señores Kérenski, para regocijo de los Miliukov y los Plejánov, con la estúpida complicidad de Tsereteli y Chernov.

La dialéctica de la historia es exactamente tal, que la guerra, al acelerar de modo extraordinario la transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado, ha acercado con ello extraordinariamente a la humanidad al socialismo.

La guerra imperialista es la víspera de la revolución socialista. Y esto no sólo porque la guerra, con sus horrores, engendra la insurrección proletaria, — ninguna insurrección creará el socialismo si éste no ha madurado económicamente, — sino porque el capitalismo monopolista de Estado es la preparación material más completa del socialismo, es su antesala, es ese peldaño de la escalera histórica entre el cual (peldaño) y el peldaño llamado socialismo no hay ningún peldaño intermedio.

Nuestros socialrevolucionarios y mencheviques abordan la cuestión del socialismo de un modo doctrinario, desde el punto de vista de una doctrina que han aprendido de memoria y comprendido mal. Ellos se representan el socialismo como algo lejano, desconocido, un futuro oscuro.

Pero el socialismo nos mira ahora a través de todas las ventanas del capitalismo moderno, el socialismo se perfila directamente, prácticamente, desde cada gran medida que constituye un paso adelante sobre la base de este capitalismo novísimo.

¿Qué es el servicio universal obligatorio del trabajo?

Es un paso adelante sobre la base del novísimo capitalismo monopolista, un paso hacia la regulación de la vida económica en su conjunto, según un plan general conocido, un paso hacia el ahorro del trabajo del pueblo, hacia la prevención del despilfarro insensato del mismo por el capitalismo.

En Alemania, los junkers (terratenientes) y los capitalistas introducen el servicio universal del trabajo, y entonces se convierte inevitablemente en trabajos forzados militares para los obreros.

Pero tomemos la misma institución y reflexionemos sobre su significado bajo un Estado revolucionario-democrático. El servicio universal obligatorio del trabajo, introducido, regulado, dirigido por los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, no es todavía socialismo, pero ya no es capitalismo. Es — un paso gigantesco hacia el socialismo, un paso tal que, bajo la condición de la conservación de la democracia plena, de tal paso no se podría ya retroceder, hacia el capitalismo, sin violencias inauditas sobre las masas.

La lucha contra la devastación y la guerra

La cuestión de las medidas de lucha contra la catástrofe inminente nos conduce a esclarecer otra importantísima cuestión: la de la conexión entre la política interior y la exterior, o dicho de otro modo: la de la correlación entre la guerra de conquista, imperialista, y la guerra revolucionaria, proletaria, entre la guerra criminal de rapiña y la guerra justa democrática.

Todas las medidas de lucha contra la catástrofe que hemos descrito reforzarían extraordinariamente, como ya hemos señalado, la capacidad defensiva o, dicho de otra manera, la potencia militar del país. Esto por un lado. Y por otro lado, estas medidas no pueden llevarse a la práctica sin transformar la guerra de conquista en una guerra justa, la guerra llevada por los capitalistas en interés de los capitalistas, en una guerra llevada por el proletariado en interés de todos los trabajadores y explotados.

En efecto. La nacionalización de los bancos y los sindicatos, en conexión con la abolición del secreto comercial y el control obrero sobre los capitalistas, significaría no sólo un gigantesco ahorro del trabajo del pueblo, la posibilidad de economizar fuerzas y medios, significaría también una mejora de la situación de las masas trabajadoras de la población, de su mayoría. En la guerra moderna, como todos saben, la organización económica tiene una importancia decisiva. En Rusia hay pan, carbón, petróleo, hierro suficientes — en este sentido nuestra situación es mejor que la de cualquiera de los países europeos beligerantes. Y al luchar contra la devastación con los medios indicados, atrayendo a esta lucha la iniciativa propia de las masas, mejorando su situación, introduciendo la nacionalización de los bancos y los sindicatos, Rusia utilizaría su revolución y su democratismo para elevar a todo el país a un nivel inconmensurablemente más alto de organización económica.

Si en lugar de la "coalición" con la burguesía, que frena todas las medidas de control y sabotea la producción, los socialrevolucionarios y mencheviques hubieran llevado a cabo en abril el paso del poder a los Soviets y hubieran dirigido sus fuerzas no al juego del "carrusel ministerial", no al bureo burocrático, junto a los kadetes, de los puestos de ministros, viceministros, etc., etc., sino a dirigir a los obreros y campesinos en su control sobre los capitalistas, en su guerra contra los capitalistas, — entonces Rusia sería ahora un país en plena transformación económica, con la tierra en manos de los campesinos, con la nacionalización de los bancos, es decir, sería en esa medida (y éstas son bases económicas sumamente importantes de la vida moderna) superior a todos los demás países capitalistas.

La capacidad defensiva, la potencia militar de un país con la nacionalización de los bancos es mayor que la de un país con los bancos en manos privadas. La potencia militar de un país campesino, con la tierra en manos de los comités campesinos, es mayor que la de un país con latifundismo terrateniente.

Se hace referencia constantemente al heroico patriotismo y a los milagros de valor militar de los franceses en 1792-1793. Pero se olvidan de las condiciones materiales, histórico-económicas, que fueron las únicas que hicieron posibles esos milagros. Un ajusticiamiento verdaderamente revolucionario del feudalismo caduco, el paso de todo el país, y además con una rapidez, decisión, energía y abnegación verdaderamente revolucionario-democráticas, a un modo de producción más elevado, a la libre propiedad campesina de la tierra — he aquí las condiciones materiales, económicas, que con "milagrosa" rapidez salvaron a Francia, regenerando, renovando su base económica.

El ejemplo de Francia nos dice una cosa, y sólo una: para hacer a Rusia capaz de defenderse, para lograr también en ella los "milagros" de heroísmo de masas, hay que barrer todo lo viejo con la implacabilidad "jacobina" y renovar, regenerar a Rusia económicamente. Y esto no se puede hacer en el siglo XX con sólo barrer el zarismo (Francia, 125 años atrás, no se limitó a esto). No se puede hacer esto incluso con la sola abolición revolucionaria de la propiedad terrateniente de la tierra (¡y ni siquiera hemos hecho esto, pues los socialrevolucionarios y mencheviques traicionaron al campesinado!), con la sola entrega de la tierra al campesinado. Pues vivimos en el siglo XX, el dominio sobre la tierra sin el dominio sobre los bancos no es capaz de traer la regeneración, la renovación a la vida del pueblo.

La renovación material, productiva, de Francia a fines del siglo XVIII estuvo vinculada a lo político y lo espiritual, a la dictadura de la democracia revolucionaria y del proletariado revolucionario (del cual la democracia no se deslindaba y con el que estaba aún casi fusionada), a una guerra despiadada declarada a todo lo reaccionario. Todo el pueblo, y en especial las masas, es decir, las clases oprimidas, estaban poseídas de un entusiasmo revolucionario ilimitado; todos consideraban justa, defensiva, la guerra, y de hecho lo era. La Francia revolucionaria se defendía de la Europa reaccionaria y monárquica. No en 1792-1793, sino muchos años después, tras la victoria de la reacción dentro del país, fue cuando la dictadura contrarrevolucionaria de Napoleón transformó las guerras, de defensivas en guerras de conquista por parte de Francia.

¿Y en Rusia? Nosotros seguimos librando una guerra imperialista, en interés de los capitalistas, en alianza con los imperialistas, de acuerdo con los tratados secretos que el zar concertó con los capitalistas de Inglaterra, etc., prometiendo en esos tratados a los capitalistas rusos el saqueo de países ajenos, Constantinopla, Lvov, Armenia, etc.

La guerra sigue siendo injusta, reaccionaria, de rapiña por parte de Rusia, mientras ésta no haya propuesto una paz justa y no haya roto con el imperialismo. El carácter social de la guerra, su verdadero significado, no lo determina el lugar donde se hallan las tropas enemigas (como piensan los eseristas y mencheviques, rebajándose a la vulgaridad del campesino ignorante). Este carácter lo determina la política que la guerra continúa ("la guerra es la continuación de la política"), la clase que la hace y los fines que persigue.

No se puede llevar a las masas a una guerra de rapiña en virtud de tratados secretos y esperar su entusiasmo. La clase de vanguardia de la Rusia revolucionaria, el proletariado, tiene una conciencia cada vez más clara del carácter criminal de la guerra, y la burguesía, no sólo no ha podido disuadir de ello a las masas, sino que, por el contrario, la conciencia del carácter criminal de la guerra va en aumento. ¡El proletariado de ambas capitales se ha vuelto en Rusia definitivamente internacionalista!

¿Cómo hablar aquí de entusiasmo de las masas por la guerra?

Una cosa está indisolublemente ligada a la otra, la política interior a la exterior. No se puede hacer defendible al país sin el máximo heroísmo del pueblo, que realice con audacia y decisión grandes transformaciones económicas. Y no se puede suscitar el heroísmo en las masas sin romper con el imperialismo, sin proponer a todos los pueblos una paz democrática, sin convertir de este modo la guerra, de guerra de rapiña, de saqueo, criminal, en una guerra justa, defensiva, revolucionaria.

Sólo una ruptura abnegada y consecuente con los capitalistas, tanto en la política interior como en la exterior, está en condiciones de salvar nuestra revolución y nuestro país, apresado en las tenazas de hierro del imperialismo.

La democracia revolucionaria y el proletariado revolucionario

Para ser verdaderamente revolucionaria, la democracia de la Rusia contemporánea debe marchar en la más estrecha alianza con el proletariado, apoyando su lucha como la única clase consecuentemente revolucionaria.

Tal es el resultado al que conduce el examen de la cuestión de los medios para luchar contra la catástrofe inevitable de proporciones inauditas.

La guerra ha creado una crisis tan inmensa, ha tensado de tal modo las fuerzas materiales y morales del pueblo, ha asestado tales golpes a toda la organización social contemporánea, que la humanidad se ha visto ante la disyuntiva: perecer o entregar su destino a la clase más revolucionaria para que efectúe el tránsito más rápido y radical a un modo de producción superior.

En virtud de una serie de causas históricas —el mayor atraso de Rusia, las dificultades especiales de la guerra para ella, la máxima podredumbre del zarismo, la extraordinaria vitalidad de las tradiciones de 1905—, en Rusia estalló la revolución antes que en otros países. La revolución hizo que, en unos cuantos meses, Rusia, por su régimen político, alcanzara a los países avanzados.

Pero esto no es bastante. La guerra es inexorable, plantea la cuestión con implacable crudeza: o perecer o alcanzar a los países avanzados y sobrepasarlos también en el aspecto económico.

Esto es posible, pues tenemos ante nosotros la experiencia ya hecha de un gran número de países avanzados, los resultados ya logrados de su técnica y de su cultura. Nos brinda apoyo moral la creciente protesta contra la guerra en Europa, la atmósfera de la revolución obrera mundial que se avecina. Nos impulsa y nos espolea la libertad democrático-revolucionaria, excepcionalmente rara en una guerra imperialista.

Perecer o lanzarse hacia adelante a todo vapor. Así plantea la historia el problema.

Y la actitud del proletariado hacia el campesinado en semejante coyuntura confirma —al mismo tiempo que la modifica en correspondencia— la vieja tesis bolchevique de arrancar al campesinado de la influencia de la burguesía. Sólo en esto reside la garantía de la salvación de la revolución.

Y el campesinado es el representante más numeroso de toda la masa pequeñoburguesa.

Nuestros eseristas y mencheviques han asumido un papel reaccionario: mantener al campesinado bajo la influencia de la burguesía, llevar al campesinado a la coalición con la burguesía, no con el proletariado.

La experiencia de la revolución enseña rápidamente a las masas. Y la política reaccionaria de los eseristas y mencheviques se descalabra: han sido derrotados en los Soviets de ambas capitales{78}. En ambos partidos democráticos pequeñoburgueses crece la oposición "de izquierda". En Petrogrado, el 10 de septiembre de 1917, la conferencia urbana de los eseristas dio una mayoría de dos tercios a los eseristas de izquierda, que gravitan hacia la alianza con el proletariado y rechazan la alianza (coalición) con la burguesía.

Los eseristas y mencheviques repiten la antítesis preferida de la burguesía: burguesía y democracia. Pero tal antítesis es tan absurda, en el fondo, como comparar puds con arshins.

Existe una burguesía democrática, existe una democracia burguesa: sólo la ignorancia más profunda tanto en historia como en economía política puede negarlo.

La falsa antítesis les ha hecho falta a los eseristas y mencheviques para encubrir un hecho indiscutible: entre la burguesía y el proletariado se encuentra la pequeña burguesía. Esta, inevitablemente, en virtud de su posición económica de clase, vacila entre la burguesía y el proletariado.

Los eseristas y mencheviques arrastran a la pequeña burguesía hacia la alianza con la burguesía. Tal es la esencia de toda su "coalición", de todo el ministerio de coalición, de toda la política de Kérenski, típico semicadete. En medio año de revolución, esta política ha sufrido un completo fracaso.

Los cadetes se regodean: la revolución ha fracasado, la revolución no ha sabido hacer frente ni a la guerra ni a la desorganización.

Mentira. Quienes han fracasado son los cadetes y los eseristas con los mencheviques, pues este bloque (alianza) ha gobernado Rusia durante medio año, ha agravado la desorganización en medio año, ha enredado y dificultado la situación bélica.

Cuanto más completo sea el fracaso de la alianza de la burguesía con los eseristas y mencheviques, tanto más rápidamente aprenderá el pueblo. Tanto más fácilmente encontrará la verdadera salida: la alianza del campesinado más pobre, es decir, de la mayoría de los campesinos, con el proletariado.

10-14 de septiembre de 1917.