Atemorizada por el hecho de que los mencheviques y los eseristas hayan renunciado a la coalición con los kadetes, de que la democracia, tal vez, pueda formar magníficamente un gobierno sin ellos y gobernar Rusia contra ellos, la burguesía se esfuerza con todas sus fuerzas en asustar a la democracia.

Asusta con el mayor celo posible: tal es la consigna de toda la prensa burguesa. ¡Asusta con todas tus fuerzas! ¡Miente, calumnia, pero asusta!

«Birzhevka» asusta con informaciones fabricadas sobre actos bolcheviques. Asustan con rumores sobre la dimisión de Alekséiev y la amenaza de una ruptura alemana hacia Petrogrado, como si los hechos no hubieran demostrado que son precisamente los generales kornilovistas (y a ellos pertenece sin duda también Alekséiev) los capaces de abrir el frente a los alemanes en Galitzia, ante Riga y ante Petrogrado, y que son precisamente los generales kornilovistas quienes provocan el mayor odio del ejército hacia el Cuartel General.

Se intenta dar la apariencia más «sólida» y convincente a este procedimiento de intimidación de la democracia mediante referencias al peligro de la «guerra civil». De todos los tipos de intimidación, el asustar con la guerra civil es, quizás, el más difundido. He aquí cómo formuló esta idea corriente, muy en boga en los círculos filisteos, el Comité en Rostov del Don del Partido de la Libertad Popular en una resolución del 1 de septiembre (n.º 210 de «Rech»):

«…El Comité está convencido de que la guerra civil puede barrer todas las conquistas de la revolución y sepultar en ríos de sangre nuestra joven y no consolidada libertad, por lo que considera que una enérgica protesta contra la profundización de la revolución, dictada por irrealizables utopías socialistas, es necesaria en aras de salvar las conquistas de la revolución…».

Aquí se expresa en su forma más clara, precisa, meditada y detallada la idea fundamental que aparece innumerables veces en los editoriales de «Rech», en los artículos de Plejánov y Potrésov, en los editoriales de los periódicos mencheviques, etc., etc. No es inútil, por tanto, detenerse más detalladamente en esta idea.

Intentemos analizar la cuestión de la guerra civil de manera más concreta, basándonos, entre otras cosas, en la experiencia ya vivida de medio año de nuestra revolución.

Esta experiencia, en plena correspondencia con la experiencia de todas las revoluciones europeas desde finales del siglo XVIII, nos muestra que la guerra civil es la forma más aguda de la lucha de clases, cuando una serie de choques y batallas económicas y políticas, al repetirse, acumularse, ampliarse y agudizarse, llega a transformar estos choques en una lucha con las armas en la mano de una clase contra otra clase. Con mayor frecuencia —se puede decir, incluso casi exclusivamente— se observa en los países más o menos libres y avanzados la guerra civil entre aquellas clases cuyo antagonismo es creado y profundizado por todo el desarrollo económico del capitalismo, por toda la historia de la sociedad moderna en el mundo entero, a saber: entre la burguesía y el proletariado.

Así también durante el medio año transcurrido de nuestra revolución hemos vivido, el 20-21 de abril y el 3-4 de julio, explosiones espontáneas muy fuertes que estuvieron a punto de desembocar en el inicio de la guerra civil por parte del proletariado. Y la insurrección kornilovista representó un complot militar, apoyado por los terratenientes y capitalistas, con el partido k.‑d. a la cabeza, que condujo ya al comienzo de hecho de la guerra civil por parte de la burguesía.

Tales son los hechos. Tal es la historia de nuestra propia revolución. Y es de esta historia de quien más hay que aprender, sobre cuyo curso y significado de clase más hay que reflexionar.

Probemos a comparar los inicios de la guerra civil proletaria y de la guerra civil burguesa en Rusia desde el punto de vista de: 1) la espontaneidad del movimiento, 2) sus objetivos, 3) la conciencia de las masas que participaron en él, 4) la fuerza del movimiento, 5) su tenacidad. Consideramos que si todos los partidos que ahora lanzan a diestra y siniestra las palabras «guerra civil» plantearan la cuestión de este modo e hicieran un intento de estudio fáctico de los inicios de la guerra civil, la conciencia de toda la revolución rusa ganaría muchísimo.

Comencemos por la espontaneidad del movimiento. Sobre el 3-4 de julio tenemos los testimonios de testigos como el menchevique «Rabóchaya Gazeta» y el eserista «Delo Naroda», que reconocieron el hecho del crecimiento espontáneo del movimiento. Estos testimonios los cité en el artículo de «Proletárskoe Delo», que se publica como hoja suelta separada bajo el título «Respuesta a los calumniadores»[13]. Pero, por razones perfectamente comprensibles, defendiéndose a sí mismos y su participación en la persecución de los bolcheviques, los mencheviques y eseristas siguen negando oficialmente la espontaneidad de la explosión del 3-4 de julio.

Dejemos de momento lo discutible. Atengámonos a lo indiscutible. La espontaneidad del movimiento del 20-21 de abril no es discutida por nadie. A este movimiento espontáneo se sumó el partido bolchevique con la consigna: «todo el poder a los Soviets», se sumó, de manera completamente independiente, el difunto Linde, que sacó a la calle a 30.000 soldados armados dispuestos a arrestar al gobierno. (Dicho sea de paso, entre paréntesis, este hecho de la salida de las tropas no ha sido investigado ni estudiado. Y cuando se reflexiona sobre él, situando el 20 de abril en la conexión histórica de los acontecimientos, es decir, considerándolo como un eslabón de la cadena que va del 28 de febrero al 29 de agosto, resulta claro que la culpa y el error de los bolcheviques fue la insuficiente revolución de su táctica, y no en absoluto la excesiva revolución de la que nos acusan los filisteos.)

Así pues, la espontaneidad del movimiento que se acercaba al inicio de la guerra civil por el proletariado es indudable. No hay nada ni remotamente parecido a la espontaneidad en el kornilovismo: allí hubo solo un complot de generales que contaban con arrastrar a una parte de las tropas mediante el engaño y la fuerza de la orden.

Que la espontaneidad del movimiento es un indicio de su arraigo en las masas, de la solidez de sus raíces, de su carácter inevitable, es indudable. El arraigo de la revolución proletaria, el desarraigo de la contrarrevolución burguesa: he aquí lo que muestran los hechos desde el punto de vista de la espontaneidad del movimiento.

Veamos los objetivos del movimiento. El 20-21 de abril se acercó muchísimo a las consignas bolcheviques, y el 3-4 de julio creció directamente en conexión con ellas, bajo su influencia y dirección. De la dictadura del proletariado y del campesinado más pobre, de la paz y su propuesta inmediata, de la confiscación de las tierras de los terratenientes: de estos objetivos principales de la guerra civil proletaria habló el partido bolchevique de manera completamente abierta, definida, clara, precisa, a voz en grito, en sus periódicos y en la agitación oral.

En cuanto a los objetivos del kornilovismo, todos los conocemos y nadie en la democracia discute que consistían en la dictadura de los terratenientes y la burguesía, en la disolución de los Soviets, en la preparación de la restauración de la monarquía. El partido de los kadetes —ese partido kornilovista principal (por cierto, debería empezarse a llamarlo ya así: partido kornilovista)—, poseyendo mayor prensa y mayores fuerzas de agitación que los bolcheviques, ¡nunca se atrevió ni se atreve a hablar abiertamente al pueblo ni de la dictadura de la burguesía, ni de la disolución de los Soviets, ni de los objetivos kornilovistas en general!

Desde el punto de vista de los objetivos del movimiento, los hechos dicen que la guerra civil proletaria puede presentarse con la exposición abierta al pueblo de sus fines últimos, atrayendo con ello las simpatías de los trabajadores, mientras que la guerra civil burguesa solo puede intentar conducir a una parte de las masas ocultando sus objetivos; de ahí la enorme diferencia en la cuestión de la conciencia de las masas.

Sobre esta cuestión existen datos objetivos, al parecer, exclusivamente en relación con la afiliación partidista y con las elecciones. No parece haber otros hechos que permitan juzgar con precisión la conciencia de las masas. Que el movimiento proletario-revolucionario está encabezado por el partido bolchevique, y el movimiento contrarrevolucionario burgués por el partido kadete, esto está claro y difícilmente puede ser discutido después de la experiencia de medio año de revolución. Se pueden aducir tres comparaciones de carácter fáctico sobre la cuestión examinada. La confrontación de las elecciones de mayo a las Dumas de distrito en Petersburgo con las de agosto a la Duma central muestra una disminución de los votos kadetes y un aumento gigantesco de los bolcheviques. La prensa kadete reconoce que allí donde se concentran las masas de obreros o soldados, se observa, por regla general, también la fuerza del bolchevismo.

Luego, la conciencia de la participación de las masas en el partido, a falta de toda estadística sobre el movimiento del número de miembros del partido, la asistencia a reuniones, etc., se puede verificar en los hechos solo a través de los datos publicados sobre las colectas de dinero para el partido. Estos datos muestran el enorme y masivo heroísmo de los obreros bolcheviques en la recolección de dinero para «Pravda», para los periódicos clausurados, etc. Los informes de las colectas siempre se publicaban. En los kadetes no vemos nada semejante: su trabajo partidario es «alimentado», evidentemente, por las contribuciones de los ricos. No hay ni rastro de ayuda activa de las masas.

Finalmente, la comparación de los movimientos del 20-21 de abril y del 3-4 de julio, por un lado, y del kornilovismo, por otro, nos muestra que los bolcheviques señalan directamente a las masas a su enemigo en la guerra civil, a saber: la burguesía, los terratenientes y los capitalistas. El kornilovismo ya mostró el engaño directo de las tropas que siguieron a Kornílov, un engaño desvelado por el primer encuentro de la «división salvaje» y los escalones kornilovistas con los petersburgueses.

Sigamos. ¿Cuáles son los datos sobre la fuerza del proletariado y de la burguesía en la guerra civil? La fuerza de los bolcheviques reside solo en el número de proletarios, en su conciencia, en las simpatías de las «bases» eseristas y mencheviques (es decir, los obreros y los campesinos más pobres) hacia las consignas bolcheviques. Que, de hecho, estas consignas arrastraban tras de sí a la mayoría de las masas revolucionarias activas en Petersburgo el 20-21 de abril, el 18 de junio y el 3-4 de julio, es un hecho.

La comparación de los datos de las elecciones «parlamentarias» con los datos de los citados movimientos de masas confirma plenamente, respecto a Rusia, la observación hecha muchas veces en Occidente, a saber: la fuerza del proletariado revolucionario, desde el punto de vista de su influencia sobre las masas y de su arrastre a la lucha, es incomparablemente mayor en la lucha extraparlamentaria que en la lucha parlamentaria. Esta es una observación muy importante en lo relativo a la guerra civil.

Es comprensible por qué todas las condiciones y todo el ambiente de la lucha parlamentaria y de las elecciones subestiman la fuerza de las clases oprimidas en comparación con la fuerza que pueden desplegar efectivamente en la guerra civil.

La fuerza de los kadetes y del kornilovismo reside en la fuerza de la riqueza. Que el capital y el imperialismo anglo-franceses están del lado de los kadetes y del kornilovismo está demostrado por una larga serie de actos políticos y por la prensa. Es de todos sabido cómo toda la «derecha» de la Conferencia de Moscú del 12 de agosto apoyaba rabiosamente a Kornílov y Kaledín. Es de todos sabido cómo la prensa burguesa francesa e inglesa «ayudaban» a Kornílov. Hay indicios de la ayuda que le prestaron los bancos.

Toda la fuerza de la riqueza se alzó en favor de Kornílov, ¡pero qué fracaso tan lamentable y tan rápido! Fuerzas sociales, aparte de los ricos, solo se pueden vislumbrar en los kornilovistas de dos tipos: la «división salvaje» y los cosacos. En el primer caso, es solo la fuerza de la ignorancia y el engaño. Esta fuerza es tanto más temible cuanto más permanece la prensa en manos de la burguesía. El proletariado, al vencer en la guerra civil, socavaría de inmediato y radicalmente esta fuente de «fuerza».

En lo que respecta a los cosacos, tenemos aquí un estrato de la población compuesto por terratenientes ricos, pequeños o medios (con una propiedad media de unas 50 desiátinas) de una de las periferias de Rusia, que han conservado especialmente muchos rasgos medievales de vida, economía y costumbres. Aquí se puede vislumbrar la base socioeconómica para una Vendée rusa. Pero ¿qué mostraron los hechos relativos al movimiento kornilovista-kalediniano? ¡Incluso Kaledín, el «querido caudillo», apoyado por los Guchkov, Miliúkov, Riabushinski y Cía., no logró levantar un movimiento de masas! Kaledín marchaba hacia la guerra civil de un modo inconmensurablemente más «directo», más rectilíneo que los bolcheviques. Kaledín «iba directamente a levantar el Don», y aun así Kaledín no levantó ningún movimiento de masas en «su» territorio, ¡en la región cosaca, aislada de la democracia de toda Rusia! Por el contrario, por parte del proletariado observamos explosiones espontáneas del movimiento en el centro mismo de la influencia y la fuerza de la democracia antibolchevique de toda Rusia.

No existen datos objetivos sobre cómo se relacionan los diferentes estratos y grupos económicos de los cosacos con la democracia y con el kornilovismo. Solo hay indicios de que la mayoría de las capas pobres y medias del campesinado cosaco se inclina más hacia la democracia, y solo los oficiales con las cúpulas de los cosacos acomodados son plenamente kornilovistas.

Sea como fuere, después de la experiencia del 26-31 de agosto, ha quedado históricamente demostrada la extrema debilidad del movimiento cosaco de masas a favor de la contrarrevolución burguesa.

Queda la última cuestión: la tenacidad del movimiento. Respecto al movimiento bolchevique, proletario-revolucionario, tenemos el hecho demostrado de que la lucha contra el bolchevismo durante el medio año de república en Rusia se libró tanto como lucha ideológica —con una gigantesca preponderancia de los órganos de prensa y de las fuerzas de agitación del lado de los adversarios del bolchevismo (y contando muy «arriesgadamente» entre la lucha «ideológica» la campaña de calumnias)—, como mediante represalias: centenares de detenidos, destrucción de la imprenta principal, cierre del periódico principal y de varios periódicos. El resultado está demostrado por los hechos: enorme fortalecimiento del bolchevismo en las elecciones de agosto en Petersburgo, y fortalecimiento de las corrientes internacionalistas y de «izquierda» que se aproximan al bolchevismo, tanto en el partido eserista como en el menchevique. Por tanto, la tenacidad del movimiento proletario-revolucionario en la Rusia republicana es muy grande. Los hechos dicen que los esfuerzos conjuntos de los kadetes y de los eseristas con los mencheviques no lograron debilitar en absoluto este movimiento. Al contrario, fue precisamente la coalición de los kornilovistas con la «democracia» lo que fortaleció el bolchevismo. Aparte de la influencia ideológica y las represalias, no puede haber otros medios de lucha contra la corriente proletario-revolucionaria.

Sobre la tenacidad del movimiento kadete-kornilovista no hay aún datos. Los kadetes no han sufrido persecución alguna. Liberaron incluso a Guchkov, no detuvieron siquiera a Maklákov y Miliúkov. Ni siquiera cerraron «Rech». A los kadetes se les trata con indulgencia. El gobierno de Kérenski corteja a los kadetes-kornilovistas. ¿Y qué pasaría si se planteara la cuestión así: supongamos que los Riabushinski anglo-franceses y rusos desembolsan otros millones y millones para los kadetes, «Yedinstvo», «Den», etc., para una nueva campaña electoral en Petersburgo; es probable que su número de votos aumentara ahora, después del kornilovismo? A juzgar por las reuniones, etc., difícilmente se podría responder afirmativamente a esta pregunta…

Resumiendo los resultados de nuestra comparación de los datos de la historia de la revolución rusa, llegamos a la conclusión de que el inicio de la guerra civil por parte del proletariado reveló fuerza, conciencia, arraigo, crecimiento y tenacidad del movimiento. El inicio de la guerra civil por parte de la burguesía no reveló fuerza alguna, ni conciencia de masas, ni arraigo alguno, ni ninguna posibilidad de victoria.

La alianza de los kadetes con los eseristas y mencheviques contra los bolcheviques, es decir, contra el proletariado revolucionario, ha sido puesta a prueba en la práctica durante varios meses, y esta alianza de los kornilovistas temporalmente agazapados con la «democracia» condujo de hecho no al debilitamiento, sino al fortalecimiento de los bolcheviques, al fracaso de la «coalición», al fortalecimiento de la oposición de «izquierda» también entre los mencheviques.

La alianza de los bolcheviques con los eseristas y mencheviques contra los kadetes, contra la burguesía, no ha sido aún puesta a prueba. O, para ser más precisos, dicha alianza fue probada solo en un frente, solo durante cinco días, del 26 al 31 de agosto, durante el kornilovismo, y esa alianza proporcionó en ese tiempo la victoria más completa, lograda con una facilidad nunca vista en ninguna revolución, sobre la contrarrevolución; proporcionó una represión tan aplastante de la contrarrevolución burguesa, terrateniente y capitalista, aliado-imperialista y kadete, que la guerra civil desde ese lado se desmoronó en polvo, se convirtió en nada desde el principio, se deshizo antes de cualquier «combate».

Y ante este hecho histórico, toda la prensa burguesa con todos sus altavoces (los Plejánov, los Potrésov, los Breshko-Breshkóvskaia, etc.) grita con todas sus fuerzas que es precisamente la alianza de los bolcheviques con los mencheviques y eseristas la que «amenaza» con los horrores de la guerra civil...

Esto sería risible si no fuera tan triste. Es triste que semejante absurdo manifiesto, evidente, clamoroso, burla de los hechos, de toda la historia de nuestra revolución, pueda encontrar oyentes... Esto demuestra la todavía enorme difusión de la mentira burguesa interesada (una difusión inevitable mientras la prensa esté monopolizada por la burguesía), mentira que anega, acalla las lecciones más indudables y palpablemente indiscutibles de la revolución.

Si hay una lección absolutamente indiscutible, absolutamente probada por los hechos de la revolución, es precisamente que solo la alianza de los bolcheviques con los eseristas y mencheviques, solo el paso inmediato de todo el poder a los Soviets haría imposible la guerra civil en Rusia. Pues contra dicha alianza, contra los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, ninguna guerra civil iniciada por la burguesía es concebible; semejante «guerra» no llegaría siquiera a una sola batalla, ¡la burguesía, por segunda vez, después del kornilovismo, no encontraría siquiera una «división salvaje», ni siquiera el anterior número de escalones de cosacos para marchar contra el gobierno soviético!

El desarrollo pacífico de cualquier revolución en general es cosa extremadamente rara y difícil, pues la revolución es la mayor agudización de las más agudas contradicciones de clase, pero en un país campesino, cuando la alianza del proletariado y el campesinado puede dar la paz a las masas extenuadas por la más injusta y criminal de las guerras, y toda la tierra al campesinado; en un país así, en un momento histórico tan excepcional, el desarrollo pacífico de la revolución, con el paso de todo el poder a los Soviets, es posible y probable. Dentro de los Soviets, la lucha de los partidos por el poder puede transcurrir pacíficamente, con un pleno democratismo de los Soviets, si estos renuncian a tales «pequeños robos», a tal «hurto» de los principios democráticos como conceder a los soldados un representante por cada 500 electores, y a los obreros uno por cada mil. En una república democrática, estos pequeños robos están condenados a desaparecer.

En cambio, contra los Soviets que den toda la tierra sin rescate a los campesinos y propongan una paz justa a todos los pueblos, contra tales Soviets, ninguna alianza entre la burguesía anglo-francesa y rusa, entre los Kornílov, los Buchanan y los Riabushinski, los Miliúkov con los Plejánov y los Potrésov es en absoluto temible, es completamente impotente.

La resistencia de la burguesía contra la entrega gratuita de la tierra a los campesinos, contra transformaciones similares en otros ámbitos de la vida, contra una paz justa y la ruptura con el imperialismo, tal resistencia es, por supuesto, inevitable. Pero para que la resistencia llegue a la guerra civil, se necesitan al menos algunas masas capaces de guerrear y vencer a los Soviets. Y la burguesía no tiene tales masas ni tiene de dónde sacarlas. Cuanto más rápida y decididamente tomen los Soviets todo el poder, más pronto se escindirán tanto la «división salvaje» como los cosacos, dividiéndose en una ínfima minoría de kornilovistas conscientes y una inmensa mayoría partidaria de la alianza democrática y socialista (pues entonces se tratará precisamente del socialismo) de los obreros y los campesinos.

La resistencia de la burguesía, cuando el poder pase a los Soviets, llevará a que cada capitalista sea «vigilado», supervisado, controlado y contabilizado por decenas y cientos de obreros y campesinos, cuyo interés exigirá la lucha contra el engaño del pueblo por los capitalistas. Las formas y los métodos de esta contabilidad y control han sido elaborados y simplificados precisamente por el capitalismo, precisamente por creaciones del capitalismo como los bancos, las grandes fábricas, los sindicatos, los ferrocarriles, el correo, las sociedades de consumo y los sindicatos obreros. A los Soviets les bastará con castigar a los capitalistas que eludan la contabilidad más detallada o que engañen al pueblo con la confiscación de todos sus bienes y un corto arresto, para quebrantar por esta vía incruenta toda resistencia de la burguesía. Pues precisamente a través de los bancos, una vez nacionalizados, precisamente a través de los sindicatos de empleados, a través del correo, a través de las sociedades de consumo, a través de los sindicatos obreros, el control y la contabilidad se volverán universales, omnipotentes, omnipresentes, insuperables.

Y los Soviets rusos, la alianza de los obreros y los campesinos más pobres de Rusia, no están solos en sus pasos hacia el socialismo. Si estuviéramos solos, no podríamos culminar esta tarea hasta el final y de manera pacífica, pues es una tarea, en esencia, internacional. Pero tenemos una reserva grandiosa, los ejércitos de los obreros más avanzados de otros países, en los cuales la ruptura de Rusia con el imperialismo y con la guerra imperialista acelerará inevitablemente la revolución obrera, socialista, que está madurando en ellos.

Se habla de «ríos de sangre» en la guerra civil. Lo dice la resolución de los kadetes-kornilovistas citada más arriba. Esta frase la repiten de mil maneras todos los burgueses y todos los oportunistas. De ella se ríen, se reirán y no pueden dejar de reírse después del kornilovismo todos los obreros conscientes.

Pero la cuestión de los «ríos de sangre» en el tiempo de guerra que estamos viviendo puede y debe ser planteada sobre la base de una evaluación aproximada de fuerzas, del cálculo de las consecuencias y los resultados, tomándola en serio, y no como una frase hueca y corriente, ni como mera hipocresía de los kadetes, que por su parte han hecho todo lo posible para que Kornílov lograra inundar Rusia con «ríos de sangre» con el fin de restaurar la dictadura de la burguesía, el poder de los terratenientes y la monarquía.

«Ríos de sangre», nos dicen. Analicemos también este aspecto de la cuestión.

Supongamos que continúan las vacilaciones de los mencheviques y eseristas, que no entregan el poder a los Soviets, que no derrocan a Kérenski, que restauran el viejo y podrido compromiso con la burguesía bajo una forma ligeramente distinta (en lugar de los kadetes, por ejemplo, kornilovistas «sin partido»), que no reemplazan el aparato del poder estatal por el aparato soviético, que no proponen la paz, que no rompen con el imperialismo, que no confiscan las tierras de los terratenientes. Supongamos este desenlace de las actuales vacilaciones de los eseristas y mencheviques, este desenlace del «12 de septiembre».

La experiencia de nuestra propia revolución dice más claro que claro que la consecuencia de esto sería el ulterior debilitamiento de los eseristas y mencheviques, su ulterior ruptura con las masas, un increíble aumento de la indignación y el rencor en las masas, un enorme crecimiento de la simpatía hacia el proletariado revolucionario, hacia los bolcheviques.

El proletariado de la capital se acercará entonces aún más que ahora a la Comuna, a la insurrección obrera, a la conquista del poder en sus manos, a la guerra civil en su forma más elevada y más decisiva: después de la experiencia del 20-21 de abril y del 3-4 de julio, tal desenlace debe ser reconocido como históricamente inevitable.

«Ríos de sangre», gritan los kadetes. Pero semejantes ríos de sangre darían la victoria al proletariado y a los campesinos más pobres, y esta victoria, con una probabilidad de noventa y nueve posibilidades sobre cien, daría la paz en lugar de la guerra imperialista, es decir, salvaría la vida de cientos de miles de personas que ahora derraman su sangre por el reparto de las ganancias y las conquistas (anexiones) de los capitalistas. Si el 20-21 de abril hubiera terminado con el paso de todo el poder a los Soviets, y dentro de ellos con la victoria de los bolcheviques en alianza con el campesinado más pobre, aunque esto hubiera costado incluso «ríos de sangre», habría salvado la vida de medio millón de soldados rusos, con toda seguridad perecidos en los combates del 18 de junio.

Así calcula y así calculará cada obrero y soldado ruso consciente, si sopesa y tiene en cuenta la cuestión de la guerra civil que se plantea en todas partes, y, por supuesto, a tal obrero y soldado, que algo ha vivido y meditado, no lo asustarán los alaridos sobre «ríos de sangre» lanzados por personas, partidos y grupos que desean segar la vida de otros millones de soldados rusos por Constantinopla, por Lvov, por Varsovia, por la «victoria sobre Alemania».

Ningún «río de sangre» en la guerra civil interna se puede comparar ni remotamente con los mares de sangre que los imperialistas rusos derramaron después del 19 de junio (pese a las altísimas probabilidades de haberlo evitado mediante la entrega del poder a los Soviets).

En tiempo de guerra, señores Miliúkov, Potrésov, Plejánov, argumenten con más cuidado contra los «ríos de sangre» de la guerra civil, pues los soldados conocen y han visto mares de sangre.

La situación internacional de la revolución rusa ahora, en 1917, en el cuarto año de una guerra inauditamente penosa, que ha extenuado a los pueblos y es la más criminal, es tal que la propuesta de una paz justa por parte del proletariado ruso vencedor en la guerra civil significaría noventa y nueve posibilidades sobre cien de lograr el armisticio y la paz sin derramar todavía mares de sangre.

Pues la unión de los imperialismos anglo-francés y alemán, enfrentados entre sí, contra una república proletaria socialista rusa es imposible en la práctica, mientras que la unión de los imperialismos inglés, japonés y americano contra nosotros es extremadamente difícil de realizar y no nos asusta en absoluto, ya por la propia situación geográfica de Rusia. Y, entretanto, la existencia de masas proletarias revolucionarias y socialistas dentro de todos los estados europeos es un hecho, la maduración y la inevitabilidad de la revolución socialista mundial no están sujetas a duda, y se puede ayudar seriamente a esta revolución, por supuesto, no mediante delegaciones, ni jugando a las conferencias de Estocolmo con los Plejánov o Tsereteli extranjeros, sino únicamente haciendo avanzar la revolución rusa.

Los burgueses gritan sobre la inevitable derrota de la Comuna en Rusia, es decir, la derrota del proletariado si conquistara el poder.

Son gritos mentirosos, clasistas e interesados.

Conquistando el poder, el proletariado de Rusia tiene todas las posibilidades de conservarlo y conducir a Rusia hasta la revolución victoriosa en Occidente.

Pues, en primer lugar, hemos aprendido mucho desde los tiempos de la Comuna y no repetiríamos sus errores fatales, no dejaríamos el banco en manos de la burguesía, no nos limitaríamos a la defensiva contra nuestros versalleses (es decir, los kornilovistas), sino que pasaríamos a la ofensiva contra ellos y los aplastaríamos.

En segundo lugar, el proletariado vencedor dará la paz a Rusia. Y ninguna fuerza podrá derrocar a un gobierno de paz, a un gobierno de una paz honesta, sincera, justa, después de todos los horrores de más de tres años de carnicería de los pueblos.

En tercer lugar, el proletariado vencedor dará inmediatamente la tierra al campesinado sin rescate. Y la gigantesca mayoría del campesinado, extenuada y exasperada por el «juego con los terratenientes» que lleva a cabo nuestro gobierno, especialmente el «de coalición», especialmente el gobierno de Kérenski, apoyará al proletariado vencedor por completo, con todas sus fuerzas, abnegadamente.

Ustedes, señores mencheviques y eseristas, hablan constantemente de los «esfuerzos heroicos» del pueblo. Hace unos días me encontré una vez más con esta frase en el editorial de sus «Izvestia del CEC». En ustedes esto es solo una frase. Pero los obreros y campesinos que la leen reflexionan sobre ella, y cada reflexión, reforzada por la experiencia del kornilovismo, la «experiencia» del ministerio de Peshejónov, las «experiencias» del ministerio de Chernov, etc., cada reflexión conduce inevitablemente a la conclusión: pero este «esfuerzo heroico» no es otra cosa que la confianza del campesinado más pobre en los obreros de la ciudad como sus aliados y guías más fieles. Este esfuerzo heroico no es otra cosa que la victoria del proletariado ruso en la guerra civil sobre la burguesía, pues solo esta victoria puede salvar de las vacilaciones torturantes, solo ella puede dar una salida, dar la tierra, dar la paz.

Si se puede realizar la alianza de los obreros de la ciudad con el campesinado más pobre mediante la entrega inmediata del poder a los Soviets, tanto mejor. Los bolcheviques harán todo para que quede asegurada esta vía pacífica de desarrollo de la revolución. Sin esto, ni siquiera la Asamblea Constituyente, por sí sola, salvará la situación, pues en ella los eseristas también pueden continuar el «juego» de los acuerdos con los kadetes, con Breshko-Breshkóvskaia y Kérenski (¿en qué son mejores que los kadetes?), etc., etc.

Si ni siquiera la experiencia del kornilovismo ha enseñado a la «democracia», y esta continúa la funesta política de vacilaciones y conciliación, entonces diremos: nada destruye tanto la revolución proletaria como estas vacilaciones. No nos asusten, pues, señores, con la guerra civil: es inevitable si no quieren ajustar cuentas con el kornilovismo y con la «coalición» ahora mismo, hasta el final; entonces esta guerra dará la victoria sobre los explotadores, dará la tierra a los campesinos, dará la paz a los pueblos, abrirá el camino seguro hacia la revolución victoriosa del proletariado socialista mundial.

Escrito en la primera quincena de septiembre de 1917.

Publicado el 29 (16) de septiembre de 1917 en el periódico «Rabochi Put» n.º 12. Firmado: N. Lenin.

Se publica según el texto del periódico.