A principios de abril escribí, exponiendo la actitud de los bolcheviques ante el problema de si era necesario convocar la Asamblea Constituyente:

«Hay que convocarla y cuanto antes. Pero la única garantía de su éxito y de su convocatoria es: aumentar el número y fortalecer la fuerza de los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc.; la organización y el armamento de las masas obreras son la única garantía» («Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado». Biblioteca Barata de «Vida y Conocimiento», libro III, págs. 9 y 29)[11].

Desde entonces han pasado cinco meses y la justeza de estas palabras ha sido confirmada por una serie de aplazamientos y prórrogas de la convocatoria por culpa de los kadetes, y, finalmente, confirmada de modo notable por la *kornílovschina*.

Ahora, en relación con la convocatoria para el 12 de septiembre de la Conferencia Democrática, quisiera detenerme en otro aspecto de la cuestión.

Tanto el periódico menchevique *Rabóchaya Gazeta* como *Delo Naroda* expresaban su pesar por lo poco que se está haciendo en materia de agitación entre los campesinos, para ilustrar a esta verdadera masa del pueblo ruso, a su verdadera mayoría. Todos reconocen y admiten que del esclarecimiento de los campesinos depende el éxito de la Asamblea Constituyente, pero se hace para ello ridículamente poco. A los campesinos los engaña, los embauca, los amedrenta una prensa burguesa y «amarilla» de pies a cabeza embustera y contrarrevolucionaria, en comparación con la cual la prensa menchevique y eserista (por no hablar ya de la bolchevique) es muy, pero que muy débil.

¿Por qué sucede esto?

Precisamente porque los partidos gobernantes de los eseristas y mencheviques son débiles, irresolutos, inactivos, porque, al no aceptar la toma de todo el poder por los Soviets, dejan al campesinado en la oscuridad y el abandono, lo entregan para ser «devorado» por los capitalistas, por su prensa y su agitación.

Al tildar jactanciosamente de grande nuestra revolución, al lanzar a diestra y siniestra frases sonoras y enfáticas sobre la «democracia revolucionaria», mencheviques y eseristas dejan de hecho a Rusia en la situación de la más mediocre, de la más pequeño-burguesa de las revoluciones, la cual, tras derrocar al zar, deja todo lo demás como antes y no hace nada, absolutamente nada, por la instrucción política de los campesinos, por disipar las tinieblas del campo, ese último (y más fuerte) reducto de los explotadores y opresores del pueblo.

Justamente ahora es oportuno recordarlo. Justamente ahora, ante la Conferencia Democrática, a dos meses de la convocatoria «fijada» (para un nuevo aplazamiento) de la Asamblea Constituyente, es oportuno mostrar cuán fácil sería remediar la situación, cuánto podría hacerse por la instrucción política de los campesinos si… si nuestra «democracia revolucionaria» entre comillas fuese realmente revolucionaria, es decir, capaz de actuar revolucionariamente, y realmente democracia, es decir, que tuviera en cuenta la voluntad y los intereses de la mayoría del pueblo, no de la minoría de capitalistas que sigue detentando el poder (el gobierno de Kerenski) y con la cual –ya sea directamente, ya indirectamente, ya en forma vieja o nueva– los eseristas y mencheviques siguen queriendo «conciliar» de todos modos.

Los capitalistas (y detrás de ellos, por insensatez o por inercia, muchos eseristas y mencheviques) llaman «libertad de prensa» a una situación en la que la censura está abolida y todos los partidos editan libremente los periódicos que quieran.

En realidad, esto no es libertad de prensa, sino libertad de los ricos, de la burguesía, para engañar a las masas oprimidas y explotadas del pueblo.

En efecto. Tomemos, por ejemplo, los periódicos de Petersburgo y de Moscú. Veremos de inmediato que, por su tirada, predominan enormemente los periódicos burgueses: *Rech, Bírzhevka, Nóvoe Vremia, Rússkoe Slovo* {80}, etc., etc. (pues periódicos así hay muchísimos). ¿En qué se basa tal predominio? De ningún modo en la voluntad de la mayoría, ya que las elecciones muestran que en ambas capitales la mayoría (y una mayoría gigantesca) está del lado de la democracia, es decir, de los eseristas, mencheviques y bolcheviques. Estos tres partidos reúnen entre tres cuartas y cuatro quintas partes de los votos, mientras que la tirada de los periódicos por ellos editados equivale seguramente a menos de una cuarta parte o incluso una quinta parte de la tirada de toda la prensa burguesa (la cual, como ahora sabemos y vemos, defendía directa o indirectamente la *kornílovschina*).

¿Por qué sucede esto?

Todo el mundo sabe perfectamente el porqué. Porque editar un periódico es una empresa capitalista rentable y de gran envergadura, en la que los ricos invierten millones y millones de rublos. La «libertad de prensa» de la sociedad burguesa consiste en la libertad de los ricos para engañar, corromper y embaucar sistemática, tenaz y diariamente, en millones de ejemplares, a las masas explotadas y oprimidas del pueblo, a los pobres.

Esta es la verdad sencilla, archisabida, evidente, que todos observan, de la que todos son conscientes, pero que «casi todos» silencian «vergonzosamente», esquivan temerosamente.

Cabe preguntarse: ¿es posible luchar contra un mal tan flagrante y cómo hacerlo?

Ante todo, existe un medio sencillísimo, de la mayor importancia y de la más perfecta legalidad, que ya señalé hace tiempo en *Pravda* [12], que es particularmente oportuno recordar ahora, hacia el 12 de septiembre, y que los obreros siempre deben tener presente, pues difícilmente podrán prescindir de él cuando conquisten el poder político.

Este medio es: el monopolio estatal de los anuncios privados en los periódicos.

Miren ustedes *Rússkoe Slovo, Nóvoe Vremia, Bírzhevka, Rech*, etc.: verán una masa de anuncios privados, los cuales proporcionan una ganancia enorme e incluso la principal a los capitalistas que editan esos periódicos. Así explotan, así se enriquecen, así comercian con el veneno para el pueblo todos los periódicos burgueses del mundo entero.

En Europa hay periódicos cuya tirada alcanza la tercera parte de los habitantes de una ciudad (por ejemplo, 80.000 ejemplares con una población de 240.000) y que se reparten gratis en cada vivienda, proporcionando al mismo tiempo una buena ganancia a sus editores. Tales periódicos viven de los anuncios que pagan los particulares, y la distribución gratuita del periódico en cada vivienda garantiza la mejor difusión de los anuncios.

Cabe preguntarse: ¿por qué la democracia que se autotitula revolucionaria no podría implantar una medida como la de declarar monopolio estatal los anuncios privados en los periódicos? ¿Prohibir la inserción de anuncios en otra parte que no sean los periódicos editados por los Soviets en las provincias y en las ciudades, y por el Soviet central en Petersburgo para toda Rusia? ¿Por qué la democracia «revolucionaria» está obligada a tolerar el hecho de que los ricachones, partidarios de Kornílov, propagadores de mentiras y calumnias contra los Soviets, se enriquezcan con los anuncios privados?

Una medida semejante sería indiscutiblemente justa. Ofrecería enormes ventajas tanto a quienes insertan anuncios privados como a todo el pueblo y, en especial, al campesinado, el más oprimido y sumido en las tinieblas, que podría tener por un precio insignificante o incluso gratis periódicos soviéticos con suplementos para los campesinos.

¿Por qué no ponerlo en práctica? Sólo porque la propiedad privada y el derecho hereditario (sobre los ingresos de los anuncios) son sagrados para los señores capitalistas. ¡¿Y es posible reconocer como «sagrado» tal derecho, llamándose demócrata revolucionario del siglo XX, en la segunda revolución rusa?!

Se dirá: pero eso es una violación de la libertad de prensa.

No es verdad. Eso sería la ampliación y el restablecimiento de la libertad de prensa. Porque libertad de prensa significa: todas las opiniones de todos los ciudadanos pueden ser libremente divulgadas.

¿Y ahora? Ahora sólo los ricos tienen ese monopolio, y además los grandes partidos. En cambio, editando grandes periódicos soviéticos con todos los anuncios, sería perfectamente posible garantizar la expresión de sus opiniones a un número mucho más amplio de ciudadanos: digamos, a cada grupo que haya reunido un número determinado de firmas. La libertad de prensa se tornaría de hecho mucho más democrática, se haría incomparablemente más plena con una transformación así.

Pero se dirá: ¿de dónde sacar las imprentas y el papel?

¡He ahí la cuestión! ¡No se trata de la «libertad de prensa», sino de la propiedad sagrada de los explotadores sobre las imprentas y las reservas de papel acaparadas por ellos!

¿En nombre de qué debemos, nosotros, obreros y campesinos, reconocer este derecho sagrado? ¿En qué es ese «derecho» a publicar informaciones falsas mejor que el «derecho» a poseer campesinos siervos?

¿Por qué durante la guerra son admisibles y se producen en todas partes requisas de todo tipo –de casas, viviendas, coches, caballos, trigo, metales– y es inadmisible la requisa de las imprentas y el papel?

No, se puede engañar por un tiempo a los obreros y campesinos haciendo aparecer a sus ojos tales medidas como injustas o difíciles de aplicar, pero la verdad se abrirá camino.

El poder estatal, en forma de los Soviets, toma todas las imprentas y todo el papel y lo distribuye equitativamente: en primer lugar para el Estado, en interés de la mayoría del pueblo, de la mayoría de los pobres, en especial de la mayoría de los campesinos, a quienes durante siglos atormentaron, aplastaron y entontecieron los terratenientes y los capitalistas.

En segundo lugar para los grandes partidos que hayan reunido, digamos, en las dos capitales cien mil o doscientos mil votos.

En tercer lugar para los partidos más pequeños y, a continuación, para cualquier grupo de ciudadanos que haya alcanzado un número determinado de miembros o reunido tal o cual número de firmas.

Ésta sería una distribución equitativa del papel y las imprentas y, con el poder en manos de los Soviets, realizable sin la menor dificultad.

Entonces, a dos meses de la Asamblea Constituyente, sí podríamos ayudar realmente a los campesinos, asegurar la entrega en cada aldea de una decena de folletos (o números del periódico, o suplementos especiales) en millones de ejemplares por cada gran partido.

He ahí una preparación «revolucionario-democrática» de las elecciones a la Asamblea Constituyente; he ahí una ayuda al campo por parte de los obreros y soldados de vanguardia; he ahí un fomento estatal de la ilustración, y no del embrutecimiento ni del engaño del pueblo; he ahí una verdadera libertad de prensa para todos, no para los ricachones; he ahí una ruptura con ese maldito pasado servil que nos obliga a soportar que los ricos acaparen la gran obra de información y educación del campesinado.

*Rabochi Put*, núm. 11, 28 (15) de septiembre de 1917.  
Firmado: H. Lenin