Indudablemente, la cuestión más importante de toda revolución es la cuestión del poder estatal. En manos de qué clase se halla el poder: eso lo decide todo. Y si el periódico del principal partido gubernamental de Rusia, *Delo Naroda*, se quejaba hace poco (núm. 147) de que, a causa de las disputas sobre el poder, se olvidan tanto la cuestión de la Asamblea Constituyente como la cuestión del pan, a los socialrevolucionarios habría que responderles: quejaos de vosotros mismos. Pues precisamente las vacilaciones y la indecisión de vuestro partido son las mayores culpables del alargamiento del «carrusel ministerial», de los interminables aplazamientos de la Asamblea Constituyente y de que los capitalistas socaven las medidas adoptadas y previstas del monopolio cerealista y del abastecimiento de pan al país.

No es posible eludir ni relegar la cuestión del poder, porque es precisamente el problema fundamental que lo determina todo en el desarrollo de la revolución, en su política exterior e interior. El hecho de que nuestra revolución haya «perdido en vano» medio año en vacilaciones sobre la organización del poder, es un hecho indiscutible, un hecho determinado por la política vacilante de los socialrevolucionarios y mencheviques. Y la política de estos partidos ha sido determinada, en última instancia, por la posición de clase de la pequeña burguesía, por su inestabilidad económica en la lucha entre el capital y el trabajo.

Ahora toda la cuestión reside en si la democracia pequeñoburguesa ha aprendido algo durante estos grandes seis meses, extraordinariamente ricos en contenido, o no. Si no, la revolución habrá perecido y solo la insurrección victoriosa del proletariado podrá salvarla. Si es que sí, hay que empezar por la creación inmediata de un poder estable, firme. Durante una revolución popular, un poder estable, es decir, un poder que haya elevado a la vida a las masas, a la mayoría de los obreros y campesinos, solo puede serlo aquel que se apoye de modo manifiesto e incondicional en la mayoría de la población. Hasta ahora, el poder estatal en Rusia sigue estando de hecho en manos de la burguesía, que se ve obligada tan solo a hacer concesiones parciales (para empezar a retractarse de ellas al día siguiente), a repartir promesas (para no cumplirlas), a buscar todo tipo de coberturas de su dominación (para engañar al pueblo con la apariencia de una «coalición honrada»), etc., etc. De palabra, un gobierno popular, democrático, revolucionario; de hecho, un gobierno antipopular, antidemocrático, contrarrevolucionario, burgués: he aquí la contradicción que ha existido hasta ahora y ha sido la fuente de la completa inestabilidad y vacilación del poder, de todo ese «carrusel ministerial» al que los señores socialrevolucionarios y mencheviques se han dedicado con tan triste (para el pueblo) celo.

O la disolución de los Soviets y su muerte ignominiosa, o todo el poder a los Soviets: eso fue lo que dije ante el Congreso Panruso de los Soviets a principios de junio de 1917{79}, y la historia de julio y agosto ha confirmado la justeza de estas palabras con exhaustiva fuerza de convicción. Únicamente el poder de los Soviets puede ser estable y apoyarse de manera manifiesta en la mayoría del pueblo, por más que mientan los lacayos de la burguesía, como Potrésov, Plejánov y otros, llamando «ampliación de la base» del poder a la transferencia efectiva del mismo a una ínfima minoría del pueblo, a la burguesía, a los explotadores.

Solo el poder soviético podría ser estable, solo a él no podría derribársele ni en los momentos más tempestuosos de la más tempestuosa revolución, solo tal poder podría asegurar el desarrollo constante, amplio, de la revolución, la lucha pacífica de los partidos en el seno de los Soviets. Mientras no se haya creado tal poder, son inevitables la indecisión, la inestabilidad, las vacilaciones, las interminables «crisis de poder», la comedia sin salida del carrusel ministerial, las explosiones tanto por la derecha como por la izquierda.

Pero la consigna «el poder a los Soviets» se entiende con mucha frecuencia, si no en la mayoría de los casos, de manera totalmente errónea, en el sentido de «un ministerio de los partidos de la mayoría soviética», y sobre esta opinión profundamente equivocada quisiéramos detenernos con más detalle.

«Un ministerio de los partidos de la mayoría soviética» significa un cambio personal en la composición de los ministros, conservando intacto todo el viejo aparato del poder gubernamental, un aparato enteramente funcionarial, enteramente antidemocrático, incapaz de llevar a cabo las reformas serias que figuran incluso en los programas de los socialrevolucionarios y mencheviques.

«El poder a los Soviets» significa la remodelación radical de todo el viejo aparato estatal, de ese aparato funcionarial que frena todo lo democrático, la eliminación de ese aparato y su sustitución por un aparato nuevo, popular, es decir, auténticamente democrático, el aparato de los Soviets, esto es, de la mayoría organizada y armada del pueblo, de los obreros, soldados, campesinos, otorgando la iniciativa y la independencia a la mayoría del pueblo no solo en la elección de diputados, sino también en la administración del Estado, en la realización de las reformas y transformaciones.

Para hacer más clara y patente esta diferencia, recordemos una valiosa confesión hecha hace algún tiempo por el periódico del partido gubernamental, el partido socialrevolucionario, *Delo Naroda*. Incluso en aquellos ministerios —escribía ese periódico— que han sido entregados a ministros socialistas (esto se escribía en tiempos de la proverbial coalición con los kadetes, cuando los mencheviques y socialrevolucionarios eran ministros), incluso en esos ministerios todo el aparato administrativo seguía siendo el viejo, y él entorpece todo el trabajo.

Es natural. Toda la historia de los países de parlamentarismo burgués, y en considerable medida también de los países constitucionales burgueses, demuestra que el cambio de ministros significa muy poco, pues la labor real de administración descansa en manos de un gigantesco ejército de funcionarios. Y este ejército está enteramente imbuido de un espíritu antidemocrático, está ligado por miles y millones de hilos con los terratenientes y la burguesía, depende de ellos de todas las maneras. Ese ejército está rodeado de una atmósfera de relaciones burguesas, no respira más que ella, está anquilosado, endurecido, osificado, es incapaz de salir de esa atmósfera, no puede pensar, sentir, actuar de otro modo que a la antigua. Ese ejército está vinculado por relaciones de veneración jerárquica, de ciertos privilegios del servicio «estatal», y las capas superiores de ese ejército están esclavizadas por completo al capital financiero a través de acciones y bancos, representando en cierto grado, por sí mismas, a sus agentes, a los conductores de sus intereses e influencia.

Intentar llevar a cabo, a través de este aparato estatal, transformaciones tales como la abolición de la propiedad terrateniente sobre la tierra sin indemnización, o el monopolio cerealista, etc., es la mayor de las ilusiones, el mayor autoengaño y engaño al pueblo. Este aparato puede servir a la burguesía republicana, creando una república bajo la forma de «monarquía sin monarca», como la Tercera República en Francia, pero para llevar a cabo reformas que, no ya supriman, sino que al menos recorten seriamente o limiten los derechos del capital, los derechos de la «sagrada propiedad privada», tal aparato estatal es absolutamente incapaz. Por eso ocurre siempre tal cosa, en toda clase de ministerios «de coalición» con participación de «socialistas», que estos socialistas, incluso en condiciones de la más plena honestidad de cada una de las personas entre ellos, resultan ser en la práctica un adorno vacío o un biombo del gobierno burgués, un pararrayos de la indignación popular contra ese gobierno, un instrumento de engaño de las masas por parte de ese gobierno. Así sucedió con Louis Blanc en 1848, así ha sucedido desde entonces decenas de veces en Inglaterra y Francia con la participación de socialistas en el ministerio, así sucedió también con los Chernov y Tsereteli en 1917, así fue y así será mientras se mantenga el régimen burgués y se conserve intacto el viejo aparato estatal burgués y funcionarial.

Los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos son especialmente valiosos por el hecho de que representan un tipo de aparato estatal nuevo, inconmensurablemente más elevado, incomparablemente más democrático. Los socialrevolucionarios y mencheviques hicieron todo, lo posible y lo imposible, para convertir a los Soviets (especialmente al de Petrogrado y al de toda Rusia, es decir, al CEC) en puros lugares de palabrería, dedicados, bajo la apariencia de «control», a aprobar resoluciones y deseos impotentes que el gobierno, con la más educada y amable sonrisa, guardaba en el cajón. Pero bastó el «soplo fresco» del kornilovismo, que prometía una buena tormenta, para que todo lo viciado en los Soviets volara por algún tiempo y la iniciativa de las masas revolucionarias comenzara a manifestarse como algo grandioso, potente, incontenible.

Que aprendan de este ejemplo histórico todos los desconfiados. Que se avergüencen aquellos que dicen: «no tenemos un aparato para sustituir al viejo, que inevitablemente tiende a defender a la burguesía». Porque ese aparato existe. Y son los Soviets. No temáis la iniciativa y la independencia de las masas, confiad en las organizaciones revolucionarias de las masas, y veréis en todas las esferas de la vida estatal la misma fuerza, grandeza, invencibilidad de los obreros y campesinos que ellos demostraron en su unión y arrebato contra el kornilovismo.

La desconfianza hacia las masas, el miedo a su iniciativa, el miedo a su independencia, el temblor ante su energía revolucionaria, en lugar de un apoyo ilimitado y abnegado a la misma, he ahí en lo que más han pecado los líderes socialrevolucionarios y mencheviques. He ahí una de las raíces más profundas de su indecisión, de sus vacilaciones, de sus interminables e infinitamente estériles intentos de verter vino nuevo en los odres viejos del viejo aparato estatal burocrático.

Tomad la historia de la democratización del ejército en la revolución rusa de 1917, la historia del ministerio de Chernov, la historia del «reinado» de Palchinski, la historia de la salida de Peshejónov —y veréis a cada paso las más patentes confirmaciones de lo dicho más arriba—. Sin una plena confianza en las organizaciones electas de los soldados, sin la aplicación absoluta del principio de elegibilidad de los mandos por los soldados, resultó que los Kornílov, los Kaledin y los oficiales contrarrevolucionarios quedaron al frente del ejército. Es un hecho. Y quien no quiera cerrar los ojos deliberadamente, no podrá dejar de ver que después del kornilovismo, el gobierno de Kérenski lo deja todo como antes, que de hecho restaura el kornilovismo. El nombramiento de Alekséiev, la «paz» con los Klembovski, los Gagarin, los Bagratión y demás kornilovistas, la lenidad en el trato con el propio Kornílov y con Kaledin: todo esto muestra más claro que claro que Kérenski está restaurando de hecho el kornilovismo.

No hay término medio. La experiencia ha demostrado que no hay término medio. O todo el poder a los Soviets y plena democratización del ejército, o kornilovismo.

¿Y la historia del ministerio de Chernov? ¿Acaso no demostró que todo paso mínimamente serio para satisfacer realmente las necesidades del campesinado, todo paso que testimoniara confianza hacia ellos, hacia sus propias organizaciones masivas y acciones, suscitaba el mayor entusiasmo en todo el campesinado? Y Chernov se vio obligado a «regatear» y «regatear» con los kadetes y los funcionarios durante casi cuatro meses, quienes, mediante interminables aplazamientos y zancadillas, acabaron por forzarlo a irse sin haber hecho nada. Los terratenientes y capitalistas durante esos cuatro meses y en esos cuatro meses «ganaron la partida», defendieron la propiedad agraria terrateniente, aplazaron la Asamblea Constituyente, e incluso iniciaron una serie de represalias contra los comités agrarios.

No hay término medio. La experiencia ha demostrado que no hay término medio. O todo el poder a los Soviets, tanto en el centro como en las localidades, y toda la tierra para los campesinos de inmediato, en espera de la decisión de la Asamblea Constituyente, o bien los terratenientes y capitalistas lo frenan todo, restauran el poder terrateniente, llevan a los campesinos al encono y conducen el asunto a un levantamiento campesino infinitamente encarnizado.

Exactamente la misma historia con el sabotaje por los capitalistas (con ayuda de Palchinski) de cualquier control mínimamente serio sobre la producción, con el sabotaje por los comerciantes del monopolio cerealista y del inicio de una distribución democrática regulada del pan y los productos por Peshejónov.

En Rusia, la cuestión ahora no consiste en modo alguno en inventar «nuevas reformas», en plantearse «planes» de transformaciones «omnicomprensivas» de cualquier tipo. Nada de eso. Así presentan el asunto –conscientemente de manera mentirosa– los capitalistas, los Potrésov, los Plejánov, que claman contra la «implantación del socialismo», contra la «dictadura del proletariado». En realidad, la situación en Rusia es tal que las cargas y calamidades inauditas de la guerra, el peligro inusitado y más amenazante de ruina y de hambre, por sí mismos han sugerido la salida, por sí mismos han perfilado, y no solo perfilado, sino que ya han puesto de relieve como reformas y transformaciones absolutamente inaplazables: el monopolio cerealista, el control sobre la producción y la distribución, la limitación de la emisión de papel moneda, el intercambio regular de pan por mercancías, etc.

Medidas de este tipo, en esta misma dirección, son reconocidas por todos como inevitables, han sido iniciadas en muchos lugares y desde los más diversos lados. Ya han sido iniciadas, pero en todas partes las frena y las ha frenado la resistencia de los terratenientes y capitalistas, resistencia aplicada tanto a través del gobierno de Kérenski (de hecho, un gobierno plenamente burgués y bonapartista), como a través del aparato funcionarial del viejo Estado, así como mediante la presión directa e indirecta del capital financiero ruso y «aliado».

No hace mucho, I. Priliezháiev escribía en *Delo Naroda* (núm. 147), lamentando la salida de Peshejónov y el fracaso de los precios fijos, el fracaso del monopolio cerealista:

«Audacia y decisión: he ahí lo que le ha faltado a nuestros gobiernos de todas las composiciones... La democracia revolucionaria no debe esperar, debe manifestar por sí misma la iniciativa e intervenir planificadamente en el caos económico... Si en algún lugar, es precisamente aquí donde hacen falta un rumbo firme y un poder decidido».

Lo que es verdad, es verdad. Palabras de oro. Lo único que no ha pensado el autor es que la cuestión del rumbo firme, de la audacia y la decisión, no es una cuestión personal, sino que es la cuestión de qué clase es capaz de manifestar audacia y decisión. La única clase así es el proletariado. La audacia y la decisión del poder, su rumbo firme, no son otra cosa que la dictadura del proletariado y de los campesinos más pobres. I. Priliezháiev, sin ser consciente de ello, suspira por esa dictadura.

Pues ¿qué significaría en la práctica semejante dictadura? Nada más que el hecho de que la resistencia de los kornilovistas sería aplastada y la plena democratización del ejército sería restaurada y completada. El noventa y nueve por ciento del ejército sería entusiasta partidario de tal dictadura a los dos días de su instauración. Esa dictadura daría la tierra a los campesinos y la omnipotencia a los comités campesinos en las localidades; ¿cómo, sin haber perdido el juicio, se puede dudar de que los campesinos apoyarían esa dictadura? Aquello que Peshejónov no hizo más que prometer («la resistencia de los capitalistas será aplastada» –palabras textuales de Peshejónov en su famoso discurso ante el Congreso de los Soviets–), esa dictadura lo implantaría en la vida, lo convertiría en realidad, sin eliminar en absoluto las organizaciones democráticas de abastecimiento, de control, etc., que ya han comenzado a formarse, sino al contrario, apoyándolas, desarrollándolas, eliminando todas las trabas a su trabajo.

Solo la dictadura de los proletarios y de los campesinos más pobres es capaz de aplastar la resistencia de los capitalistas, de manifestar una audacia y decisión del poder verdaderamente grandiosas, de asegurarse el apoyo entusiasta, abnegado, auténticamente heroico de las masas tanto en el ejército como en el campesinado.

El poder a los Soviets es lo único que podría hacer que el desarrollo ulterior fuese gradual, pacífico, tranquilo, acompasado plenamente al nivel de conciencia y decisión de la mayoría de las masas populares, al nivel de su propia experiencia. El poder a los Soviets significa la entrega total de la administración del país y del control de su economía a los obreros y campesinos, a los cuales nadie se atrevería a oponer resistencia y quienes rápidamente aprenderían por experiencia, en su propia práctica, a distribuir correctamente la tierra, los productos y el pan.

*Rabochi Put*, núm. 10, 27 (14) de septiembre de 1917. Firmado: N. Lenin

Se publica según el texto del periódico *Rabochi Put*.