Así terminó la llamada Conferencia Democrática. Gracias a Dios, una comedia más ha quedado atrás. A pesar de todo, avanzamos, si en el libro de los destinos de nuestra revolución está prescrito pasar por un número no mayor de comedias determinado.

Para valorar correctamente los resultados políticos de la Conferencia, hay que esforzarse por definir su significado de clase exacto, que se desprende de los hechos objetivos.

La descomposición ulterior de los partidos gubernamentales eseristas y mencheviques, la pérdida de la mayoría en la democracia revolucionaria, evidente para todos, un paso adelante en la unificación y la desnudez del bonapartismo tanto del señor Kérenski como de los señores Tsereteli, Chernov y Cía.: tal es el significado de clase de la Conferencia.

En los Soviets, los eseristas y mencheviques han perdido la mayoría. Por eso se vieron obligados a recurrir a la falsificación: violar su obligación de convocar en tres meses un nuevo congreso de los Soviets, esconderse de la rendición de cuentas ante quienes eligieron al CEC de los Soviets, amañar una conferencia «democrática». Los bolcheviques hablaron de este amaño antes de la Conferencia, y los resultados de esta lo confirmaron plenamente. Los Liberdanes[85] y los señores Tsereteli, Chernov y Cía. veían que su mayoría en los Soviets se desvanecía, y por eso recurrieron a la falsificación.

Argumentos como que las cooperativas «tienen ya una gran importancia entre las organizaciones democráticas», así como los representantes municipales y de los zemstvos «correctamente» elegidos, son argumentos cosidos con hilo tan blanco que solo un hipócrita redomado puede esgrimirlos en serio. En primer lugar, el CEC fue elegido por los Soviets y su evasión a la hora de rendir cuentas y entregar el cargo es un fraude bonapartista. En segundo lugar, los Soviets representan a la democracia revolucionaria en la medida en que a ellos acuden quienes quieren luchar revolucionariamente. Las puertas no están cerradas a los cooperativistas ni a los munícipes. Los amos de los Soviets eran los mismos eseristas y mencheviques.

Quien permanecía solo en las cooperativas, solo dentro de los límites del trabajo municipal (urbano y de los zemstvos), con ello se autoexcluía voluntariamente de las filas de la democracia revolucionaria, con ello se integraba en la democracia reaccionaria o en la neutral. Todo el mundo sabe que al trabajo cooperativo y municipal se incorporan no solo revolucionarios, lo hacen también reaccionarios; todo el mundo sabe que en las cooperativas y en los municipios se elige preferentemente para un trabajo que no tiene ni el alcance ni la significación de la política general.

Introducir subrepticiamente un refuerzo proveniente de los partidarios de «Yedinstvo» y de los reaccionarios «sin partido»: tal era el objetivo de los Liberdanes, Tsereteli, Chernov y Cía. al amañar la Conferencia. En eso consiste su falsificación. En eso consiste su bonapartismo, que los une al bonapartista Kérenski. El escamoteo del democratismo guardando hipócritamente las apariencias del democratismo: tal es su esencia.

Nicolás II escamoteaba el democratismo a gran escala, por así decirlo: convocaba instituciones representativas, pero concedía a los terratenientes una representación cientos de veces mayor que a los campesinos. Los Liberdanes y Tsereteli junto con Chernov se dedican a los pequeños hurtos del democratismo: convocan una «conferencia democrática» en la que tanto los obreros como los campesinos señalan con todo derecho la reducción de su representación, la desproporción, la injusticia en favor de los elementos más próximos a la burguesía (y a la democracia reaccionaria), los de las cooperativas y los municipios.

Con las masas de la gente pobre obrera y campesina, los señores Liberdanes, Tsereteli y Chernov han roto, de ellas se han apartado. Su salvación está en la falsificación, en la que se sostiene también «su» Kérenski.

La delimitación de clases avanza. Desde dentro de los partidos eserista y menchevique se fortalece la protesta, crece una escisión directa a causa de la traición de los «líderes» a los intereses de la mayoría de la población. Los líderes se apoyan en la minoría, contraviniendo los fundamentos del democratismo. De ahí la inevitabilidad para ellos de las falsificaciones.

Kérenski como bonapartista se desenmascara cada vez más. Se le tenía por «eserista». Ahora sabemos que no es solo un eserista «de marzo», que saltó hasta aquí desde los trudoviques «para hacer publicidad». Es un partidario de Breshko-Breshkóvskaya, esa «señora Plejánova» entre los eseristas o «señora Potrésova» en el «Den» eserista. La llamada ala «derecha» de los llamados partidos «socialistas», los Plejánov, Breshkóvskaya, Potrésov, he ahí a quién pertenece Kérenski, y esta ala no se diferencia en nada serio de los kadetes.

Los kadetes elogian a Kérenski por sus actos. Él aplica la política de ellos, él, a espaldas del pueblo, consulta con ellos y con Rodzianko; él ha sido desenmascarado por Chernov y otros en su connivencia con Savinkov, amigo de Kornílov. Kérenski es un kornilovista que se peleó con Kornílov por casualidad y que sigue en la alianza más íntima con otros kornilovistas. Esto es un hecho, probado tanto por las revelaciones de Savinkov y de «Dielo Naroda», como por el continuado juego político, el «baile de ministros» de Kérenski con los kornilovistas bajo el nombre de «clase comercial e industrial».

Acuerdos secretos con los kornilovistas, compadreo secreto (a través de Teréshchenko y Cía.) con los imperialistas «aliados», aplazamientos y sabotaje secretos de la Asamblea Constituyente, engaños secretos a los campesinos para servir a Rodzianko, es decir, a los terratenientes (duplicación de los precios del trigo): he ahí a qué se dedica Kérenski de hecho. He ahí su política de clase. He ahí en qué consiste su bonapartismo.

Para encubrir esto en la Conferencia, los Liberdanes y Tsereteli con Chernov tuvieron que amañarla.

Y la participación de los bolcheviques en esta vil falsificación, en esta comedia, tuvo exclusivamente la misma justificación que nuestra participación en la III Duma: tanto en el «estercolero» hay que defender nuestra causa, como desde el «estercolero» hay que proporcionar material desenmascarador para instrucción del pueblo.

La diferencia aquí, sin embargo, es que la III Duma se convocaba en un período de conocida decadencia de la revolución, mientras que ahora va en ascenso, por lo visto, una nueva revolución; sabemos muy poco, por desgracia, acerca de la amplitud y la rapidez de este ascenso.

Considero el episodio más característico de la Conferencia la intervención de Zarudny. Cuenta que a Kérenski le «bastó solo con insinuar» la reorganización del gobierno, y todos los ministros empezaron a presentar sus dimisiones. «Al día siguiente —continúa el ingenuo, infantilmente ingenuo (y menos mal si solo es ingenuo) Zarudny—, al día siguiente, a pesar de nuestra dimisión, nos llamaban, consultaban con nosotros, nos dejaron al fin y al cabo».

«Risas en la sala», consignan en este punto las oficiales «Izvestia».

¡Qué gente más alegre, estos partícipes del engaño bonapartista al pueblo por parte de los republicanos! ¡Todos nosotros somos demócratas revolucionarios, no es broma!

«Desde el principio —decía Zarudny— oímos dos cosas: tender hacia la capacidad combativa del ejército y hacia la aceleración de la paz sobre bases democráticas. Y he aquí que, en lo tocante a la paz, durante el mes y medio que fui miembro del Gobierno Provisional, no sé si el Gobierno Provisional hizo algo en este sentido. Yo no lo he visto. (Aplausos y una voz que dice: "No ha hecho nada", señalan las "Izvestia".) Cuando yo, como miembro del Gobierno Provisional, me informaba sobre esto, no recibía respuesta…»

Así habló Zarudny, según el relato de las oficiales «Izvestia». ¡Y la Conferencia escucha en silencio, tolera tales cosas, no interrumpe al orador, no suspende la sesión, no salta para echar a Kérenski y al gobierno! ¡Qué va! ¡Estos «demócratas revolucionarios» apoyan incondicionalmente a Kérenski!

Muy bien, señores, pero ¿en qué se diferencia entonces el concepto de «demócrata revolucionario» del concepto de lacayo y canalla?

Que los canallas sean capaces de reír alegremente cuando «su» ministro, distinguido por una rara ingenuidad o una rara estupidez, les informa de cómo Kérenski hace desfilar a los ministros (para ponerse de acuerdo con los kornilovistas a espaldas del pueblo y «sin miradas indiscretas»), es natural. Que los lacayos callen cuando «su» ministro, que al parecer se tomó en serio las frases archisabidas sobre la paz, sin entender su hipocresía, confiesa que ni siquiera le respondieron a la pregunta sobre los pasos reales hacia la paz, no es sorprendente. Pues a los lacayos así les corresponde: dejarse engañar por el gobierno. Pero, ¿a qué viene aquí lo de revolucionario, a qué viene aquí lo de demócrata?

¿Sería acaso sorprendente que a los soldados y obreros revolucionarios se les ocurriera la idea: «Sería bueno que el techo de la Aleksandrinka se derrumbara y aplastara a toda esa banda de almas miserables que pueden callar cuando se les explica con toda claridad cómo Kérenski y Cía. los engañan con su charlatanería sobre la paz; que pueden reírse alegremente cuando sus propios ministros les dicen con la mayor claridad que el salto de rana ministerial es una comedia (que encubre el trato de Kérenski con los kornilovistas). ¡Líbranos, Dios, de los amigos, que de los enemigos nos libraremos nosotros mismos! ¡Líbranos, Dios, de tales pretendientes a la dirección democrático-revolucionaria, que de los Kérenski, los kadetes y los kornilovistas nos libraremos nosotros mismos!».

Y aquí es donde abordo los errores de los bolcheviques. Limitarse a aplausos irónicos y exclamaciones en semejante momento es un error manifiesto.

El pueblo está agotado por las vacilaciones y las dilaciones. El descontento crece ostensiblemente. Se aproxima una nueva revolución. Todo el interés de los demócratas reaccionarios, de los Líberdan, Tsereteli, etc., es desviar la atención del pueblo hacia la cómica «Conferencia», «entretener» al pueblo con esta comedia, aislar a los bolcheviques de las masas, reteniendo a los delegados bolcheviques en una ocupación tan indigna como estar sentados escuchando a los Zarudni. ¡Y los Zarudni son aún más sinceros que los demás!

Los bolcheviques debieron retirarse en señal de protesta y para no caer en la trampa de desviar con la Conferencia la atención del pueblo de los problemas graves. De los 136 diputados bolcheviques, debieron dejar a uno o tres para el «servicio de enlace», para las comunicaciones telefónicas sobre el momento de interrumpir la infame charlatanería y pasar a la votación. Pero los bolcheviques no debieron dejarse ocupar con meras bagatelas, con un evidente engaño del pueblo, con el claro objetivo de sofocar la creciente revolución mediante un juego de entretenimiento.

Los bolcheviques debieron, con 99/100 de su delegación, ir a las fábricas y a los cuarteles; ese era el verdadero lugar de los delegados que habían llegado de todos los rincones de Rusia y que, tras el discurso de Zarudni, vieron todo el abismo de la podredumbre eserista y menchevique. Allí, en las fábricas y los cuarteles, más cerca de las masas, se debió discutir en cientos y miles de reuniones y conversaciones las lecciones de esta conferencia cómica, que a las claras solo concedía una prórroga al kornilovista Kérenski, que a las claras solo le facilitaba nuevas variantes del «salto de rana ministerial».

En los bolcheviques se produjo una actitud incorrecta hacia el parlamentarismo en momentos de crisis revolucionarias (no «constitucionales»), una actitud incorrecta hacia los eseristas y mencheviques.

Es comprensible cómo sucedió: la historia, con la kornilovada, dio un giro muy brusco. El partido se quedó atrás del ritmo increíblemente rápido de la historia en ese giro. El partido se dejó atrapar, por un momento, en la trampa de la despreciable habladuría.

Había que dedicar a esa habladuría una centésima parte de las fuerzas, y entregar las 99/100 a las masas.

Si el giro prescribía ofrecer un compromiso a los eseristas y mencheviques (a mí personalmente me parece que así lo prescribía), era preciso hacerlo con claridad, abiertamente, con rapidez, a fin de tener en cuenta sin demora el posible y probable rechazo de los amigos del bonapartista Kérenski a llegar a un compromiso con los bolcheviques.

El rechazo ya era evidente en los artículos de «Delo Naroda» y «Rabochaya Gazeta» en la víspera de la conferencia. Había que decir, con la mayor oficialidad, abiertamente, con claridad, sin perder un solo minuto, a las masas: ¡los señores eseristas y mencheviques han rechazado nuestro compromiso, abajo los eseristas y mencheviques! La conferencia, con el acompañamiento de tal consigna en las fábricas y cuarteles, podría «reírse» de las ingenuidades de Zarudni.

La atmósfera de cierta fascinación por la «Conferencia» y su marco, al parecer, se estaba formando desde distintos sectores. Un error por parte del camarada Zinóviev fue escribir sobre la Comuna de manera tan equívoca (por lo menos equívoca) que daba a entender que, tras vencer en Petersburgo, la Comuna podría sufrir una derrota, como en Francia en 1871. Eso es absolutamente falso. Venciendo en Petersburgo, la Comuna vencería también en Rusia.

También fue un error escribir que los bolcheviques hicieron bien al proponer una composición proporcional del presídium en el Soviet de Petrogrado. El proletariado revolucionario en el Soviet nunca hará nada sensato admitiendo así a los señores Tsereteli en forma proporcional: admitirlos significa quitarse la posibilidad de trabajar, significa arruinar la labor soviética.

Un error por parte del camarada Kámenev fue pronunciar el primer discurso en la Conferencia con un espíritu puramente «constitucional», planteando la ridícula cuestión de la confianza o «desconfianza» hacia el gobierno. Si en esa asamblea no era posible decir aquella verdad sobre el kornilovista Kérenski que ya se ha dicho tanto en «El Camino Obrero»{86} como en el «Socialdemócrata» de Moscú{87}, ¿por qué no remitirse a ellos y dejar sentado ante las masas que la Conferencia no quiere escuchar la verdad sobre el kornilovista Kérenski?

Fue un error por parte de las delegaciones de los obreros de Petersburgo enviar oradores a tal conferencia, después del discurso de Zarudni, tras haberse esclarecido la situación. ¿Para qué echar perlas ante los amigos de Kérenski? ¿Para qué desviar las fuerzas proletarias hacia una conferencia cómica? ¿Por qué no enviar esas mismas delegaciones, tan pacífica y legalmente, por los cuarteles y las fábricas más atrasadas? Eso habría sido un millón de veces más útil, más perentorio, más serio, más práctico que la visita a la Aleksandrinka y las conversaciones con los cooperativistas que simpatizan con «Yedinstvo» y con Kérenski.

Diez soldados u obreros convencidos de una fábrica atrasada valen mil veces más que un centenar de delegados amañados por los Líberdan procedentes de distintas delegaciones. La utilización del parlamentarismo —especialmente en épocas revolucionarias— no consiste en absoluto en perder un tiempo precioso con los representantes de la podredumbre, sino en enseñar a las masas con el ejemplo de la podredumbre.

¿Por qué esas mismas delegaciones proletarias no «utilizaron» la Conferencia de modo que editaran y mostraran en los cuarteles y las fábricas, digamos, dos carteles para explicar que la Conferencia es una comedia? En un cartel se podría representar a Zarudni con un gorro de bufón, bailando en el escenario y cantando una cancioncilla: «Kérenski nos ha destituido, Kérenski nos ha abandonado». Y alrededor, Tsereteli, Chernov, Skóbelev, un cooperativista del brazo de Líber y Dan, todos desternillándose de risa. Leyenda: «ellos se divierten».

Cartel segundo. El mismo Zarudni, ante el mismo público, dice: «He preguntado durante mes y medio sobre la paz. No he recibido respuesta». El público calla, los rostros muestran «solemnidad estatal». Especialmente solemne está Tsereteli, que escribe disimuladamente en su libreta de notas: «¡Menudo imbécil este Zarudni! ¡A semejante bobo habría que ponerlo a transportar estiércol, en vez de ser ministro! ¡Defensor de la coalición, y la hunde peor que un centenar de bolcheviques! ¡Ha sido ministro, y no ha aprendido a hablar como ministro: que durante mes y medio he seguido de manera inquebrantable el crecimiento de la campaña por la paz y que estoy convencido del éxito definitivo de esa campaña precisamente con la coalición en relación con la gran idea de Estocolmo, etcétera, etcétera. Pues entonces hasta la misma «Rússkaya Volia» ensalzaría a Zarudni como caballero de la revolución rusa». Leyenda: conferencia «democrático-revolucionaria» de hombres públicos.

Escrito antes de que terminara la Conferencia: corregir la primera frase, por ejemplo, «en esencia, ha terminado», etc.

Escrito en septiembre, a más tardar el 22 (5 de octubre) de 1917.

Publicado en forma incompleta el 7 de octubre (24 de septiembre) de 1917 en el periódico «El Camino Obrero» n.° 19. Firmado: N. Lenin.

Publicado por primera vez completo en 1949, en la 4.ª edición de las Obras de V. I. Lenin, tomo 26.

Se imprime según el manuscrito.