Viernes, 22 de septiembre de 1917.

Cuanto más se reflexiona sobre el significado de la llamada Conferencia Democrática, cuanto más atentamente se la observa desde fuera – y desde fuera, como suele decirse, se ve mejor –, tanto más firme se vuelve la convicción de que nuestro partido cometió un error al participar en ella. Había que boicotearla. Quizá se diga: ¿de qué sirve analizar una cuestión así? Lo pasado, pasado está. Pero esta objeción contra la táctica del día de ayer sería manifiestamente insostenible. Siempre hemos condenado y, como marxistas, estamos obligados a condenar la táctica de quien vive «al día». No nos bastan los éxitos momentáneos. No nos bastan, en general, los cálculos para un minuto o para un día. Debemos verificarnos constantemente, estudiando la cadena de los acontecimientos políticos en su conjunto, en su conexión causal, en sus resultados. Analizando los errores del día de ayer, aprendemos con ello a evitar los errores de hoy y de mañana.

En el país está madurando de modo evidente una nueva revolución, una revolución de clases distintas (en comparación con las que realizaron la revolución contra el zarismo). Entonces fue una revolución del proletariado, del campesinado y de la burguesía, en alianza con el capital financiero anglo-francés, contra el zarismo.

Ahora crece la revolución del proletariado y de la mayoría del campesinado, precisamente: del campesinado más pobre, contra la burguesía, contra su aliado, el capital financiero anglo-francés, contra su aparato gubernamental, encabezado por el bonapartista Kerenski.

De momento no nos detendremos en los hechos que testimonian la maduración de la nueva revolución, pues, a juzgar por los artículos de nuestro órgano central «Rabochi Put», el partido ya ha esclarecido sus puntos de vista sobre este particular. La maduración de la nueva revolución es un fenómeno, al parecer, universalmente reconocido por el partido. Por supuesto, aún harán falta resúmenes de datos sobre esta maduración, pero deben constituir el tema de otros artículos.

En el momento actual es más importante prestar la mayor atención a las diferencias de clase entre la vieja y la nueva revolución, a la valoración del momento político y de nuestras tareas desde el punto de vista de este fenómeno fundamental: la correlación de clases. Entonces, en la primera revolución, la vanguardia fueron los obreros y los soldados, es decir, el proletariado y las capas avanzadas del campesinado.

Esta vanguardia arrastró tras de sí no solo a muchos de los peores y vacilantes elementos de la pequeña burguesía (recordemos las vacilaciones de los mencheviques y trudovikí respecto a la república), sino también al partido monárquico de los kadetes, a la burguesía liberal, transformándola en republicana. ¿Por qué fue posible tal transformación?

Porque para la burguesía la dominación económica lo es todo, y la forma de dominación política es algo secundario; la burguesía puede dominar también bajo la república; más aún, su dominación es incluso más segura bajo la república en el sentido de que este régimen político no afecta a la burguesía por ningún cambio en la composición del gobierno, en la composición y agrupación de los partidos gobernantes.

Por supuesto, la burguesía estuvo y estará a favor de la monarquía, porque la defensa militar, más tosca, del capital por las instituciones monárquicas es más visible y más «cercana» a todos los capitalistas y terratenientes. Pero, ante una fuerte presión «desde abajo», la burguesía siempre y en todas partes se ha «resignado» a la república, con tal de defender su dominación económica.

Ahora el proletariado y el campesinado más pobre, es decir, la mayoría del pueblo, se han situado en una relación tal respecto a la burguesía y al imperialismo «aliado» (así como al mundial), que ya no se puede «arrastrar» tras de sí a la burguesía. Es más: las capas superiores de la pequeña burguesía y los sectores más pudientes de la pequeña burguesía democrática están manifiestamente en contra de la nueva revolución. Este hecho es tan evidente que no hay necesidad de detenerse ahora en él. Los señores Liberdanes, Tsereteli y los Chernov lo ilustran de la manera más palmaria.

Ha cambiado la correlación de clases. Esta es la esencia.

No son las mismas clases las que están «a uno y otro lado de la barricada».

Esto es lo principal.

En esto, y solo en esto, reside la base científica para hablar de una nueva revolución que, razonando de un modo puramente teórico, considerando la cuestión en abstracto, podría producirse legalmente si, por ejemplo, la Asamblea Constituyente, convocada por la burguesía, diese una mayoría en su contra, diese la mayoría a los partidos de los obreros y del campesinado más pobre.

La correlación objetiva de clases, su papel (económico y político) fuera de las instituciones representativas de un tipo dado y dentro de ellas; la maduración o el declive de la revolución; la correlación entre los medios de lucha extraparlamentarios y los parlamentarios: he aquí los datos principales, fundamentales, objetivos, que hay que tener en cuenta para deducir la táctica del boicot o de la participación no de manera arbitraria, no según las propias «simpatías», sino de un modo marxista.

La experiencia de nuestra revolución explica de manera gráfica cómo hay que abordar de un modo marxista la cuestión del boicot.

¿Por qué el boicot a la Duma de Bulyguin resultó una táctica acertada?

Porque correspondía a la correlación objetiva de las fuerzas sociales en su desarrollo. Daba la consigna a la revolución en ascenso para el derrocamiento del viejo poder, el cual, para apartar al pueblo de la revolución, convocaba una institución conciliadora, toscamente falseada, que por tanto no abría perspectivas de un «enganche» serio al parlamentarismo (la Duma de Bulyguin). Los medios extraparlamentarios de lucha en el proletariado y en el campesinado eran más fuertes. He aquí los elementos que conformaron la táctica acertada, que tuvo en cuenta la situación objetiva, del boicot a la Duma de Bulyguin.

¿Por qué la táctica del boicot a la III Duma resultó incorrecta?

Porque se apoyaba solo en la «brillantez» de la consigna de boicot y en la repugnancia hacia la tosquísima reacción del «chiquero» del 3 de junio. Pero la situación objetiva era tal que, por un lado, la revolución se hallaba en un fortísimo declive y seguía cayendo. Para su ascenso, el apoyo parlamentario (incluso desde dentro del «chiquero») adquiría una enorme importancia política, pues casi no había medios extraparlamentarios de propaganda, agitación u organización, o eran sumamente débiles. Por otro lado, el carácter toscamente reaccionario de la III Duma no le impedía ser un órgano de la correlación real de clases, a saber: la unión stolypiniana de la monarquía con la burguesía. El país tenía que superar mediante la experiencia esta nueva correlación de clases.

He aquí los elementos que conformaron la táctica acertada, que tuvo en cuenta la situación objetiva, de participación en la III Duma.

Basta reflexionar sobre estas lecciones de la experiencia, sobre las condiciones del enfoque marxista de la cuestión del boicot o la participación, para convencerse de la total incorrección de la táctica de participación en la «Conferencia Democrática», el «Consejo Democrático» o el preparlamento.

Por un lado, madura una nueva revolución. La guerra sigue en auge. Los medios extraparlamentarios de propaganda, agitación y organización son enormes. La importancia de la tribuna «parlamentaria» en este preparlamento es insignificante. Por otro lado, este preparlamento no expresa ni «atiende» ninguna nueva correlación de clases; el campesinado, por ejemplo, está representado aquí peor que en los órganos ya existentes (el Soviet de diputados campesinos). Toda la esencia del preparlamento es una falsificación bonapartista, no solo en el sentido de que la sucia banda de los Liberdanes, Tsereteli y los Chernov, junto con Kerenski y Cía., han amañado y falseado la composición de esta Duma a lo Tsereteli-Bulyguin, sino también en el sentido más profundo de que la única finalidad del preparlamento es engañar a las masas, embaucar a los obreros y campesinos, apartarlos de la nueva revolución en ascenso, cegar a las clases oprimidas con un nuevo atavío para la vieja, ya probada, desgastada y raída «coalición» con la burguesía (es decir, la transformación, por la burguesía, de los señores Tsereteli y Cía. en bufones que ayudan a subordinar al pueblo al imperialismo y a la guerra imperialista).

«Ahora somos débiles», dice el zar en agosto de 1905 a sus terratenientes partidarios del régimen de servidumbre. «Nuestro poder vacila. La ola de la revolución obrera y campesina asciende. Hay que engañar al “mugriento”, darle algo con que se unte los labios…»

«Ahora somos débiles», dice el actual «zar», el bonapartista Kerenski, a los kadetes, a los Tit Títychi sin partido, a los Plejánov, a los Breshkovski y Cía. «Nuestro poder vacila. La ola de la revolución obrera y campesina contra la burguesía asciende. Hay que engañar a la democracia, repintando para ello con otros colores el disfraz de bufones con el que desfilan desde el 6 de mayo de 1917, para embaucar al pueblo, los “líderes de la democracia revolucionaria” eseristas y mencheviques, nuestros queridos amigos Tsereteli y Chernov. No es difícil untarles los labios con el “preparlamento”.»

«Ahora somos fuertes», dice el zar a sus terratenientes partidarios del régimen de servidumbre en junio de 1907. «La ola de la revolución obrera y campesina desciende. Pero no podremos mantenernos a la manera antigua, y el engaño solo no basta. Hace falta una nueva política en el campo, hace falta un nuevo bloque económico y político con los Guchkov y Miliukov, con la burguesía.»

Así se pueden representar tres situaciones – agosto de 1905, septiembre de 1917, junio de 1907 – para explicar de modo más gráfico las bases objetivas de la táctica del boicot, su vínculo con la correlación de clases. El engaño a las clases oprimidas por los opresores existe siempre, pero la importancia de este engaño es distinta en diferentes momentos históricos. La táctica no puede basarse únicamente en que los opresores engañan al pueblo; hay que determinarla analizando en su conjunto la correlación de clases y el desarrollo tanto de la lucha extraparlamentaria como de la parlamentaria.

La táctica de participación en el preparlamento es incorrecta, no corresponde a la correlación objetiva de clases, a las condiciones objetivas del momento.

Había que boicotear la Conferencia Democrática; todos cometimos un error al no hacerlo, y el error no se convierte en falsedad. Rectificaremos el error, con tal de que haya un deseo sincero de ponerse del lado de la lucha revolucionaria de las masas, con tal de que haya una reflexión seria sobre las bases objetivas de la táctica.

Hay que boicotear el preparlamento. Hay que ir al Soviet de diputados obreros, soldados y campesinos, ir a los sindicatos, ir en general a las masas. Hay que llamarlas a la lucha. Hay que darles una consigna correcta y clara: dispersar a la banda bonapartista de Kerenski con su falso preparlamento, con esta Duma a lo Tsereteli-Bulyguin. Los mencheviques y los eseristas no aceptaron, incluso después de la intentona de Kornílov, nuestro compromiso, la entrega pacífica del poder a los Soviets (en los cuales entonces aún no teníamos mayoría), y rodaron de nuevo al pantano de los sucios y viles componendas con los kadetes. ¡Abajo los mencheviques y los eseristas! ¡Lucha implacable contra ellos! ¡Expulsión implacable de todas las organizaciones revolucionarias, ni una sola negociación, ni un solo contacto con estos amigos de los Kishkin, amigos de los terratenientes y capitalistas kornilovistas!

Sábado, 23 de septiembre.

Trotski estaba a favor del boicot. ¡Bravo, camarada Trotski!

El boicotismo fue derrotado en la fracción de los bolcheviques que se reunió para la Conferencia Democrática.

¡Viva el boicot!

En ningún caso podemos ni debemos resignarnos a la participación. La fracción de una de las Conferencias no es el órgano supremo del partido, y además las decisiones de los órganos supremos están sujetas a revisión sobre la base de la experiencia de la vida.

Hay que conseguir, cueste lo que cueste, que la cuestión del boicot sea resuelta tanto por el pleno del Comité Ejecutivo como por un congreso extraordinario del partido. Hay que tomar ahora la cuestión del boicot como plataforma para las elecciones al congreso y para todas las elecciones dentro del partido. Hay que arrastrar a las masas a la discusión de la cuestión. Hay que conseguir que los obreros conscientes tomen el asunto en sus manos, conduciendo esta discusión y presionando sobre las «alturas».

No caben dudas de que en las «alturas» de nuestro partido se observan vacilaciones que pueden llegar a ser funestas, pues la lucha se desarrolla y, en determinadas condiciones, las vacilaciones, en un momento dado, son capaces de arruinar la causa. Mientras no sea tarde, hay que lanzarse con todas las fuerzas a la lucha, defender la línea correcta del partido del proletariado revolucionario.

No todo marcha bien en las alturas «parlamentarias» del partido; más atención hacia ellas, más supervisión de los obreros sobre ellas; la competencia de las fracciones parlamentarias debe ser definida con mayor rigor.

El error de nuestro partido es evidente. Un partido en lucha de la clase avanzada no teme los errores. Lo temible sería la obstinación en el error, la falsa vergüenza de reconocerlo y corregirlo.

Domingo, 24 de septiembre.

El Congreso de los Soviets ha sido aplazado hasta el 20 de octubre. Esto equivale casi a una prórroga hasta las calendas griegas, dado el ritmo con que vive Rusia. Se repite por segunda vez la comedia representada por los eseristas y mencheviques después del 20-21 de abril.

Publicado por primera vez en 1924 en la revista «Proletárskaia Revoliútsia» № 3. Se reproduce según la copia mecanografiada.