En el n.º 88 de las «Izvestia del Soviet Panruso de Diputados Campesinos»{57}, del 19 de agosto, se ha publicado un artículo sumamente interesante que debería ser uno de los documentos principales en manos de todo propagandista y agitador del partido que trate con el campesinado, en manos de todo obrero consciente que se dirija al campo o esté en contacto con él.

Este artículo es el «Mandato modelo, redactado sobre la base de 242 mandatos presentados por los diputados locales al I Congreso Panruso de Diputados Campesinos celebrado en Petrogrado en 1917».

Sería sumamente deseable que el Soviet de diputados campesinos publicase los datos más detallados posibles sobre todos estos mandatos (si ya es absolutamente imposible publicarlos todos íntegramente, lo que sería, por supuesto, lo mejor de todo). Por ejemplo, es especialmente necesaria una lista completa de las gubernias, uyezds, vólosts, indicando cuántos mandatos se han presentado de cada localidad, la fecha de redacción o de presentación de los mandatos, así como un análisis al menos de las exigencias principales, para que pueda verse si se observan diferencias por regiones en relación con tal o cual punto. Digamos, las regiones de posesión familiar y comunal de la tierra, las regiones de la Gran Rusia y las de otras nacionalidades, las regiones del centro y las regiones de la periferia, las regiones que no conocieron la servidumbre, etc.: ¿se distinguen por el planteamiento de la cuestión de la supresión del derecho de propiedad sobre todas las tierras campesinas, sobre las redistribuciones periódicas de la tierra, sobre la prohibición del trabajo asalariado, sobre la confiscación del inventario y del ganado de los terratenientes, etc., etc.? El estudio científico de este material excepcionalmente valioso de los mandatos campesinos es imposible sin estos datos detallados. Y nosotros, los marxistas, debemos esforzarnos con todas nuestras fuerzas por el estudio científico de los hechos que constituyen la base de nuestra política.

A falta de material mejor, la recopilación de mandatos (así denominamos al «mandato modelo»), mientras no se demuestre que contiene alguna inexactitud de hecho, es el único material en su género que, lo repetimos, debe estar obligatoriamente en manos de cada miembro de nuestro partido.

La primera parte de la recopilación de mandatos está dedicada a las tesis políticas generales, a las exigencias de la democracia política; la segunda, a la cuestión de la tierra. (Esperemos que el Soviet Panruso de Diputados Campesinos u otra entidad realice la recopilación de los mandatos y resoluciones campesinas sobre la cuestión de la guerra.) No nos detendremos ahora detalladamente en la primera parte y señalaremos sólo dos puntos. En el § 6 se exige la elegibilidad de todos los funcionarios; en el § 11, la supresión del ejército permanente una vez terminada la guerra. Estos puntos hacen que el programa político de los campesinos se sitúe más próximo que ningún otro al programa del partido bolchevique. Apoyándonos en estos puntos, debemos señalar y demostrar en toda nuestra propaganda y agitación que los jefes mencheviques y eseritas son traidores no sólo al socialismo, sino también a la democracia, pues han defendido, por ejemplo, en Kronstadt, en contra de la voluntad de la población, en contra de los principios de la democracia y en beneficio de los capitalistas, el cargo de comisario nombrado por el gobierno, es decir, no puramente electivo. Los jefes eseritas y mencheviques en las dumas de distrito de Petersburgo y en otras instituciones del gobierno autónomo local, en contra de los principios de la democracia, combaten la exigencia bolchevique de iniciar de inmediato la introducción de la milicia obrera y luego el paso a la milicia popular.

Las exigencias del campesinado en materia de tierra, según la recopilación de mandatos, consisten ante todo en la supresión sin indemnización de la propiedad privada sobre tierras de todo tipo, incluidas las campesinas; en la entrega al Estado o a las comunas de las parcelas con explotaciones altamente desarrolladas; en la confiscación de todo el inventario vivo y muerto de las tierras confiscadas (quedan excluidos los campesinos con poca tierra), con su entrega al Estado o a las comunas; en la prohibición del trabajo asalariado; en el reparto igualitario de la tierra entre los trabajadores, con redistribuciones periódicas, etc. Como medidas transitorias hasta la convocatoria de la Asamblea Constituyente, los campesinos exigen la publicación inmediata de leyes que prohíban la compraventa de tierras, la derogación de las leyes sobre separación de la comuna, sobre los otrubs, etc., sobre la protección de los bosques, las pesquerías y demás, sobre la anulación de los contratos de arrendamiento a largo plazo y la revisión de los de corto plazo, etc.

Basta una pequeña reflexión sobre estas exigencias para ver la total imposibilidad de realizarlas en alianza con los capitalistas, sin una ruptura completa con ellos, sin la lucha más resuelta y despiadada contra la clase de los capitalistas, sin derrocar su dominación.

Precisamente en eso radica el autoengaño de los socialistas-revolucionarios y el engaño que infligen al campesinado: en que admiten y difunden la idea de que tales transformaciones, de que semejantes transformaciones son posibles sin derrocar la dominación de los capitalistas, sin el paso de todo el poder estatal al proletariado, sin que el campesinado más pobre apoye las medidas más resueltas y revolucionarias del poder estatal proletario contra los capitalistas. En eso radica precisamente la importancia del ala izquierda de los «socialistas-revolucionarios» que se destaca, pues demuestra el crecimiento de la conciencia de este engaño dentro del propio partido.

En efecto, la confiscación de toda la tierra de propiedad privada significa la confiscación de centenares de millones de capital de los bancos, en los que esas tierras están en su mayor parte hipotecadas. ¿Acaso es concebible tal medida sin que la clase revolucionaria quiebre, con medidas revolucionarias, la resistencia de los capitalistas? Se trata además del capital más centralizado, del capital bancario, que está ligado por miles de millones de hilos con todos los centros más importantes de la economía capitalista de un país inmenso, y que sólo puede ser vencido por la fuerza no menos centralizada del proletariado urbano.

Además. La entrega al Estado de las explotaciones altamente desarrolladas. ¿No es evidente que el «Estado» capaz de tomarlas y administrarlas realmente en beneficio de los trabajadores, y no de los burócratas y de los mismos capitalistas, debe ser un Estado proletario revolucionario?

La confiscación de las ganaderías caballares y demás, y luego de todo el inventario vivo y muerto, son no sólo nuevos y gigantescos golpes a la propiedad privada sobre los medios de producción. Son pasos hacia el socialismo, pues el paso del inventario «al uso exclusivo del Estado o de la comuna» significa la necesidad de una agricultura grande, socialista, o por lo menos del control socialista sobre pequeñas explotaciones unidas, de la regulación socialista de su economía.

¿Y la «prohibición» del trabajo asalariado? Es una frase vacía, un deseo impotente, inconsciente e ingenuo de pequeños propietarios aplastados, que no ven que toda la industria capitalista se paralizaría sin el ejército de reserva del trabajo asalariado en el campo, que no se puede «no permitir» el trabajo asalariado en el campo permitiéndolo en la ciudad, que, en fin, la «prohibición» del trabajo asalariado no significa otra cosa que un paso hacia el socialismo.

Y aquí hemos llegado a la cuestión fundamental de la relación entre los obreros y los campesinos.

Hace más de 20 años que existe en Rusia el movimiento obrero socialdemócrata de masas (si se cuenta a partir de las grandes huelgas de 1896). Durante este largo período, a través de dos grandes revoluciones, como un hilo rojo recorre toda la historia política de Rusia la cuestión: ¿debe la clase obrera conducir a los campesinos hacia adelante, hacia el socialismo, o debe la burguesía liberal arrastrarlos hacia atrás, hacia la conciliación con el capitalismo?

El ala oportunista de la socialdemocracia razona todo el tiempo según la siguiente sabia fórmula: puesto que los socialistas-revolucionarios son pequeñoburgueses, «nosotros» rechazamos su visión pequeño-utópica del socialismo en nombre de la negación burguesa del socialismo. El marxismo se sustituye tranquilamente por el struvismo, y el menchevismo rueda hasta el papel de lacayo kadete, que «reconcilia» a los campesinos con la dominación de la burguesía. Tsereteli y Skóbelev, del brazo de Chernov y Avxéntiev, ocupados en firmar, en nombre de la «democracia revolucionaria», los reaccionarios decretos terratenientes de los kadetes: he ahí la última y más palmaria expresión de este papel.

La socialdemocracia revolucionaria, que jamás ha renunciado a la crítica de las ilusiones pequeñoburguesas de los eseritas, que jamás se ha bloqueado con ellos salvo contra los kadetes, lucha todo el tiempo por arrancar a los campesinos de la influencia de los kadetes y contrapone a la visión pequeño-utópica del socialismo no la conciliación liberal con el capitalismo, sino la vía revolucionaria proletaria hacia el socialismo.

Ahora, cuando la guerra ha acelerado de manera extraordinaria el desarrollo, ha agudizado increíblemente la crisis del capitalismo, ha colocado a los pueblos ante la elección inmediata: la ruina o pasos inmediatos y resueltos hacia el socialismo, ahora todo el abismo de divergencia entre el menchevismo semiliberal y el bolchevismo revolucionario-proletario se presenta de modo evidente, práctico, como cuestión de acción de decenas de millones de campesinos.

Conciliaos con la dominación del capital, pues «nosotros» aún no hemos madurado para el socialismo: eso es lo que dicen a los campesinos los mencheviques, sustituyendo, entre otras cosas, la cuestión concreta de si se pueden curar las heridas infligidas por la guerra sin dar pasos resueltos hacia el socialismo por la cuestión abstracta del «socialismo» en general.

Conciliaos con el capitalismo, pues los socialistas-revolucionarios son utopistas pequeñoburgueses: eso es lo que dicen a los campesinos los mencheviques y, junto con los eseritas, van a apoyar al gobierno kadete…

Y los eseritas, golpeándose el pecho, aseguran a los campesinos que ellos están en contra de toda paz con los capitalistas, que nunca han considerado la revolución rusa como burguesa, y por eso entran en bloque precisamente con los oportunistas de la socialdemocracia, van a apoyar precisamente al gobierno burgués… Los eseritas firman cualquier programa, incluso el más revolucionario, del campesinado, para no cumplirlo, para dejarlo en el olvido, para engañar a los campesinos con promesas vacías, ocupándose de hecho durante meses en el «conciliacionismo» con los kadetes en el ministerio de coalición.

Esta clamorosa, práctica, inmediata, palpable traición de los eseritas a los intereses del campesinado modifica en extremo la situación. Hay que tomar en cuenta este cambio. No se puede agitar contra los eseritas sólo a la vieja usanza, sólo como lo hacíamos en 1902–1903 y en 1905–1907. No se puede limitarse a las desmitificaciones teóricas de las ilusiones pequeñoburguesas de la «socialización de la tierra», el «uso igualitario de la tierra», la «prohibición del trabajo asalariado», etc.

Entonces era la víspera de la revolución burguesa o la revolución burguesa inconclusa, y toda la tarea consistía en llevarla hasta el derrocamiento de la monarquía, ante todo.

Ahora la monarquía está derrocada. La revolución burguesa está acabada en la medida en que Rusia ha resultado ser una república democrática con un gobierno de kadetes, mencheviques y eseritas. Y la guerra, en tres años, nos ha arrastrado hacia adelante unos treinta años, ha creado en Europa el servicio general de trabajo y la sindicación forzosa de las empresas, ha llevado a los países más avanzados al hambre y a una ruina sin precedentes, obligando a dar pasos hacia el socialismo.

Sólo el proletariado y el campesinado pueden derrocar la monarquía: tal era la definición fundamental, para aquel entonces, de nuestra política de clase. Y esta definición era correcta. Febrero y marzo de 1917 lo confirmaron una vez más.

Sólo el proletariado, guiando al campesinado más pobre (a los semiproletarios, como dice nuestro programa), puede terminar la guerra con una paz democrática, curar sus heridas, iniciar los pasos hacia el socialismo que se han vuelto absolutamente necesarios e impostergables: tal es la definición de nuestra política de clase ahora.

De aquí la conclusión: el centro de gravedad en la propaganda y agitación contra los eseritas hay que desplazarlo hacia el hecho de que han traicionado a los campesinos. Ellos no representan a la masa del campesinado pobre, sino a una minoría de propietarios acomodados. Conducen al campesinado no a la alianza con los obreros, sino a la alianza con los capitalistas, es decir, a la sumisión a ellos. Han vendido los intereses de la masa trabajadora y explotada por poltronas ministeriales, por el bloque con los mencheviques y los kadetes.

La historia, acelerada por la guerra, ha avanzado tanto que las viejas fórmulas se han llenado de nuevo contenido. «Prohibición del trabajo asalariado» antes significaba sólo: frase vacía de intelectual pequeñoburgués. Ahora significa en la vida algo distinto: millones de campesinos pobres, en los 242 mandatos, dicen que quieren ir hacia la supresión del trabajo asalariado, pero no saben cómo hacerlo. Nosotros sabemos cómo hacerlo. Sabemos que eso puede hacerse sólo en alianza con los obreros, bajo su dirección, contra los capitalistas, y no «conciliando» con los capitalistas.

He aquí cómo debe cambiar ahora la línea fundamental de nuestra propaganda y agitación contra los eseritas, la línea fundamental de nuestros discursos al campesinado.

El partido eserita os ha traicionado, camaradas campesinos. Ha traicionado las chozas y se ha puesto del lado de los palacios, si no de los palacios del monarca, sí de esos palacios donde los kadetes, los peores enemigos de la revolución y sobre todo de la revolución campesina, ocupan cargos en el mismo gobierno con los Chernov, Peshejonov, Avxéntiev.

Sólo el proletariado revolucionario, sólo la vanguardia que lo une, el partido bolchevique, puede cumplir de hecho el programa del campesinado pobre expuesto en los 242 mandatos. Pues el proletariado revolucionario realmente va hacia la supresión del trabajo asalariado por la única vía justa, por el derrocamiento del capital, y no mediante la prohibición de contratar a un trabajador, no mediante la «prohibición» de eso. El proletariado revolucionario realmente va hacia la confiscación de las tierras, del inventario, de las empresas agrícolas técnicas, hacia lo que los campesinos quieren y lo que los eseritas no pueden darles.

He aquí cómo debe cambiar ahora la línea fundamental de los discursos del obrero al campesino. Nosotros, los obreros, podemos dar y os daremos lo que el campesinado pobre quiere y busca, sin saber siempre dónde y cómo buscar. Nosotros, los obreros, defendemos contra los capitalistas nuestros intereses y al mismo tiempo los intereses de la gigantesca mayoría de los campesinos, mientras que los eseritas, al aliarse con los capitalistas, traicionan estos intereses.

Recordemos al lector lo que decía Engels poco antes de su muerte sobre la cuestión campesina. Engels subrayaba que los socialistas no piensan en absoluto en expropiar a los pequeños campesinos, que sólo por la fuerza del ejemplo se les harán evidentes las ventajas de la agricultura socialista mecanizada{58}.

La guerra ha planteado ahora prácticamente ante Rusia una cuestión precisamente de este tipo. Hay poco inventario. Confiscarlo y «no repartir» las explotaciones altamente desarrolladas.

Esto los campesinos han empezado a comprenderlo. La necesidad obligó a comprenderlo. La guerra obligó, pues no hay de dónde tomar inventario. Hay que cuidarlo. Y la gran explotación significa precisamente economía de trabajo en el inventario, como en muchas otras cosas.

Los campesinos quieren conservar su pequeña explotación, normalizarla de manera igualitaria, volver a igualarla periódicamente… Que así sea. Por ello ningún socialista sensato reñirá con el campesinado pobre. Si las tierras son confiscadas, eso significa que la dominación de los bancos está minada; si el inventario es confiscado, eso significa que la dominación del capital está minada; entonces, bajo la dominación del proletariado en el centro, con el paso del poder político al proletariado, lo demás vendrá por sí mismo, aparecerá como resultado de la «fuerza del ejemplo», será sugerido por la propia práctica.

El paso del poder político al proletariado: he ahí la esencia. Y entonces todo lo sustancial, fundamental, medular del programa de los 242 mandatos se vuelve realizable. Y la vida mostrará con qué modificaciones se realizará. Eso es secundario. No somos doctrinarios. Nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción.

No pretendemos que Marx o los marxistas conozcan el camino hacia el socialismo en toda su concreción. Eso es un disparate. Conocemos la dirección de ese camino, sabemos qué fuerzas de clase conducen por él, pero concretamente, prácticamente, eso lo mostrará únicamente la experiencia de millones cuando emprendan la obra.

Confiad en los obreros, camaradas campesinos, ¡romped la alianza con los capitalistas! Sólo en estrecha alianza con los obreros podréis empezar a realizar de hecho el programa de los 242 mandatos. En alianza con los capitalistas, bajo la dirección de los eseritas, jamás obtendréis un solo paso resuelto e irrevocable en el espíritu de ese programa.

Y cuando en alianza con los obreros urbanos, en lucha despiadada contra el capital, empecéis a realizar el programa de los 242 mandatos, entonces el mundo entero acudirá en vuestra ayuda y en la nuestra, entonces el éxito de este programa – no en su formulación dada, sino en su esencia – estará asegurado. Entonces llegará el fin de la dominación del capital y de la esclavitud asalariada. Entonces comenzará el reino del socialismo, el reino de la paz, el reino de los trabajadores.

«Rabochi» n.º 6, 11 de septiembre (29 de agosto) de 1917. Firmado: N. Lenin

Se publica según el texto del periódico «Rabochi».