Escrito a finales de julio; Epílogo – 6 (19) de septiembre de 1917.

Publicado el 12 y 13 de septiembre (30 y 31 de agosto) de 1917 en el periódico «Rabochi» núms. 8 y 9. Firmado: en el núm. 8 – N—kov, en el núm. 9 – N. Lenin

Epílogo – en 1917 en el folleto: N. Lenin. «Lecciones de la revolución», P., ed. «Pribói»

Se imprime según el texto del folleto

Toda revolución significa un viraje brusco en la vida de enormes masas del pueblo. Si tal viraje no ha madurado, no puede producirse una verdadera revolución. Y así como todo viraje en la vida de cualquier persona le enseña mucho, le hace vivir y sentir muchas cosas, así también la revolución proporciona a todo el pueblo, en poco tiempo, las lecciones más sustanciosas y valiosas.

Durante la revolución, millones y decenas de millones de personas aprenden cada semana más que en un año de vida ordinaria y adormecida. Pues en el viraje brusco de la vida de todo un pueblo se hace especialmente claro qué clases del pueblo persiguen tales o cuales objetivos, qué fuerza poseen, con qué medios actúan.

Todo obrero, soldado, campesino consciente debe reflexionar atentamente sobre las lecciones de la revolución rusa, especialmente ahora, a finales de julio, cuando se ha visto claramente que la primera etapa de nuestra revolución ha terminado en fracaso.

I

En efecto, veamos: ¿qué buscaban las masas de obreros y campesinos al hacer la revolución? ¿Qué esperaban de la revolución? Es sabido que esperaban libertad, paz, pan y tierra.

¿Y qué vemos ahora?

En lugar de libertad, empiezan a restaurar la antigua arbitrariedad. Se introduce la pena de muerte para los soldados en el frente{45}, se procesa a los campesinos por la toma espontánea de tierras de los terratenientes. Se asaltan las imprentas de los periódicos obreros. Se cierran sin juicio los periódicos obreros. Se arresta a los bolcheviques, a menudo sin presentar siquiera acusación alguna o presentando acusaciones evidentemente calumniosas.

Se objetará, quizás, que la persecución de los bolcheviques no constituye una violación de la libertad, porque solo se persigue a personas determinadas por acusaciones determinadas. Pero esta objeción es una falsedad notoria y evidente, pues ¿cómo se puede asaltar una imprenta y cerrar periódicos por delitos de individuos particulares, aunque esas acusaciones estuvieran probadas y reconocidas por un tribunal? Otra cosa sería si el gobierno hubiera declarado legalmente criminal a todo el partido bolchevique, a su propia orientación, a sus puntos de vista. Pero todo el mundo sabe que el gobierno de la Rusia libre no pudo ni hizo nada semejante.

La principal refutación del carácter calumnioso de las acusaciones contra los bolcheviques consiste en que los periódicos de los terratenientes y capitalistas injuriaban rabiosamente a los bolcheviques por su lucha contra la guerra, contra los terratenientes y contra los capitalistas, y exigían abiertamente el arresto y la persecución de los bolcheviques ya en el momento en que aún no se había inventado ninguna acusación contra ningún bolchevique.

El pueblo quiere la paz. Pero el gobierno revolucionario de la Rusia libre ha reanudado la guerra de conquista, sobre la base de los mismos tratados secretos que el ex zar Nicolás II concluyó con los capitalistas ingleses y franceses en interés del saqueo de otros pueblos por los capitalistas rusos. Estos tratados secretos han quedado sin publicarse. El gobierno de la Rusia libre se ha limitado a evasivas, sin haber propuesto una paz justa a todos los pueblos.

No hay pan. El hambre amenaza de nuevo. Todos ven que los capitalistas y los ricos estafan desvergonzadamente al erario en los suministros de guerra (la guerra cuesta ahora al pueblo 50 millones de rublos diarios), obtienen ganancias inauditas con los altos precios, y no se ha hecho absolutamente nada para un control serio de la producción y de la distribución de los productos por los obreros. Los capitalistas se envalentonan cada vez más, arrojando a los obreros a la calle, y esto en un momento en que el pueblo padece por la falta de mercancías.

La inmensa mayoría de los campesinos ha declarado en voz alta y clara, en una larga serie de congresos, que consideran la propiedad terrateniente sobre la tierra como una injusticia y un robo. Y el gobierno, que se autodenomina revolucionario y democrático, continúa durante meses engañando a los campesinos, dándoles largas con promesas y dilaciones. Durante meses, los capitalistas impidieron al ministro Chernov dictar leyes sobre la prohibición de la compraventa de tierras. Y cuando, por fin, se dictó esta ley, los capitalistas desataron una vil y calumniosa campaña de persecución contra Chernov, que continúa hasta hoy. El gobierno ha llegado a tal descaro en la defensa de los terratenientes, que empieza a procesar a los campesinos por las tomas «espontáneas».

A los campesinos se les engaña, convenciéndoles de que esperen hasta la Asamblea Constituyente. Pero los capitalistas no dejan de aplazar la convocatoria de esta asamblea. Ahora, cuando esta convocatoria, bajo la influencia de la exigencia de los bolcheviques, ha sido fijada para el 30 de septiembre, los capitalistas gritan abiertamente que este plazo es «imposible» por ser demasiado corto y exigen aplazar la convocatoria de la Asamblea Constituyente... Los miembros más influyentes del partido de los capitalistas y terratenientes, el partido de los «cadetes» o partido de la «libertad del pueblo», como Panin, predican abiertamente el aplazamiento de la convocatoria de la Asamblea Constituyente hasta el final de la guerra.

Con la tierra, espera a la Asamblea Constituyente. Con la Asamblea Constituyente, espera al fin de la guerra. Con el fin de la guerra, espera a la victoria completa. Esto es lo que resulta. Los capitalistas y terratenientes, que tienen su mayoría en el gobierno, se burlan directamente de los campesinos.

II

Pero, ¿cómo pudo suceder esto en un país libre, después del derrocamiento del poder zarista?

En un país no libre, gobiernan al pueblo el zar y un puñado de terratenientes, capitalistas y funcionarios, no elegidos por nadie.

En un país libre, gobiernan al pueblo solo aquellos que han sido elegidos por él mismo para ello. En las elecciones, el pueblo se divide en partidos, y por lo general cada clase de la población forma su propio partido separado; por ejemplo, los terratenientes, los capitalistas, los campesinos, los obreros forman partidos separados. Por eso, el gobierno del pueblo en los países libres se realiza mediante la lucha abierta de los partidos y su libre acuerdo entre sí.

Después del derrocamiento del poder zarista el 27 de febrero de 1917, Rusia fue gobernada durante aproximadamente 4 meses como un país libre, precisamente mediante la lucha abierta de partidos libremente formados y el libre acuerdo entre ellos. Por consiguiente, para comprender el desarrollo de la revolución rusa, es de lo más necesario estudiar cuáles eran los principales partidos, qué intereses de clase defendían, cuáles eran las relaciones mutuas de todos estos partidos.

III

Después del derrocamiento del poder zarista, el poder estatal pasó a manos del primer Gobierno Provisional. Este estaba compuesto por representantes de la burguesía, es decir, de los capitalistas, a los que se unieron también los terratenientes. El partido de los «cadetes», el principal partido de los capitalistas, ocupaba el primer lugar, como partido gobernante y gubernamental de la burguesía.

El poder no cayó en manos de este partido por casualidad, aunque quienes lucharon contra las tropas zaristas, quienes derramaron su sangre por la libertad, no fueron los capitalistas, por supuesto, sino los obreros y campesinos, los marineros y soldados. El poder cayó en manos del partido de los capitalistas porque esta clase tenía en sus manos la fuerza de la riqueza, de la organización y del conocimiento. En el período posterior a 1905, y especialmente durante la guerra, la clase de los capitalistas y de los terratenientes vinculados a ellos en Rusia hizo los mayores progresos en su organización.

El partido de los cadetes siempre fue monárquico, tanto en 1905 como desde 1905 hasta 1917. Después de la victoria del pueblo sobre la tiranía zarista, este partido se declaró republicano. La experiencia de la historia muestra que los partidos de los capitalistas, cuando el pueblo vencía a la monarquía, siempre aceptaban ser republicanos, con tal de defender los privilegios de los capitalistas y su omnipotencia sobre el pueblo.

De palabra, el partido de los cadetes defiende la «libertad del pueblo». De hecho, defiende a los capitalistas, y de su lado se pusieron inmediatamente todos los terratenientes, todos los monárquicos, todos los centurias negras. Prueba de ello son la prensa y las elecciones. Todos los periódicos burgueses y toda la prensa de los centurias negras cantaron al unísono con los cadetes después de la revolución. Todos los partidos monárquicos, sin atreverse a actuar abiertamente, apoyaron en las elecciones, por ejemplo en Petrogrado, al partido de los cadetes.

Una vez obtenido el poder gubernamental, los cadetes dirigieron todos sus esfuerzos a continuar la guerra de conquista y rapiña que había iniciado el zar Nicolás II al concluir tratados secretos de saqueo con los capitalistas ingleses y franceses. Según estos tratados, a los capitalistas rusos se les prometió, en caso de victoria, la conquista de Constantinopla, Galitzia, Armenia, etc. Al pueblo, el gobierno de los cadetes lo contentaba con vanas evasivas y promesas, aplazando todas las decisiones de los asuntos importantes y necesarios para los obreros y campesinos hasta la Asamblea Constituyente, sin fijar siquiera la fecha de su convocatoria.

Aprovechando la libertad, el pueblo comenzó a organizarse por sí mismo. La principal organización de los obreros y campesinos, que constituyen la aplastante mayoría de la población de Rusia, fueron los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos. Estos Soviets comenzaron a formarse ya durante la revolución de febrero, y unas semanas después de ella, en la mayoría de las grandes ciudades de Rusia y en muchos distritos, todas las personas conscientes y avanzadas de la clase obrera y del campesinado estaban unidas en los Soviets.

Los Soviets eran elegidos con plena libertad. Los Soviets eran verdaderas organizaciones de las masas del pueblo, de los obreros y campesinos. Los Soviets eran verdaderas organizaciones de la inmensa mayoría del pueblo. Los obreros y campesinos, vestidos con uniforme militar, estaban armados.

Es evidente por sí mismo que los Soviets podían y debían tomar en sus manos todo el poder estatal. No debía existir en el Estado, hasta la convocatoria de la Asamblea Constituyente, ningún otro poder que el de los Soviets. Solo entonces nuestra revolución se habría convertido en una revolución verdaderamente popular, verdaderamente democrática. Solo entonces las masas trabajadoras, que realmente aspiran a la paz, que realmente no están interesadas en la guerra de conquista, podrían haber comenzado a aplicar de manera decidida y firme una política que pusiera fin a la guerra de conquista y condujera a la paz. Solo entonces los obreros y campesinos podrían haber frenado a los capitalistas, que obtienen ganancias exorbitantes «con la guerra» y han llevado al país a la ruina y al hambre. Pero en los Soviets, una parte menor de los diputados estaba del lado del partido de los obreros revolucionarios, los socialdemócratas bolcheviques, que exigían la entrega de todo el poder estatal a los Soviets. La mayor parte de los diputados en los Soviets estaba del lado de los partidos socialdemócratas mencheviques y eseristas, que estaban en contra de la entrega del poder a los Soviets. En lugar de eliminar al gobierno de la burguesía y sustituirlo por el gobierno de los Soviets, estos partidos defendían el apoyo al gobierno de la burguesía y el acuerdo con él, la formación de un gobierno conjunto con él. En esta política de acuerdos con la burguesía de los partidos en los que confiaba la mayoría del pueblo, los eseristas y mencheviques, reside el contenido principal de todo el curso del desarrollo de la revolución durante los 5 meses transcurridos desde su inicio.

IV

Veamos ante todo cómo se desarrolló este colaboracionismo de los eseristas y mencheviques con la burguesía, y luego busquemos una explicación a la circunstancia de que la mayoría del pueblo confiara en ellos.

V

El colaboracionismo de los mencheviques y eseristas con los capitalistas se produjo durante todos los períodos de la revolución rusa, ya en una, ya en otra forma.

A finales de febrero de 1917, tan pronto como el pueblo venció y el poder zarista fue derrocado, el Gobierno Provisional de los capitalistas incluyó en su seno a Kerenski, como «socialista». En realidad, Kerenski nunca fue socialista, solo era trudovique, y empezó a figurar entre los «socialistas-revolucionarios» solo a partir de marzo de 1917, cuando esto ya era seguro y no exento de ventajas. A través de Kerenski, como vicepresidente del Soviet de Petrogrado, el Gobierno Provisional de los capitalistas trató inmediatamente de atar y domesticar al Soviet. El Soviet, es decir, los eseristas y mencheviques que predominaban en él, se dejó domesticar, aceptando inmediatamente después de la formación del Gobierno Provisional de los capitalistas «apoyarlo» «en la medida» en que cumpliera sus promesas.

El Soviet se consideraba a sí mismo como un órgano que verificaba y controlaba las acciones del Gobierno Provisional. Los líderes del Soviet instituyeron la llamada «comisión de contacto», es decir, una comisión para el contacto, para la relación con el gobierno{46}. En esta comisión de contacto, los líderes eseristas y mencheviques del Soviet mantenían constantes negociaciones con el gobierno de los capitalistas, hallándose, en rigor, en la situación de ministros sin cartera o ministros oficiosos.

Durante todo marzo y casi todo abril continuó este estado de cosas. Los capitalistas actuaban con dilaciones y evasivas, tratando de ganar tiempo. El gobierno de los capitalistas no dio ni un solo paso medianamente serio para el desarrollo de la revolución durante este tiempo. Incluso para su tarea directa e inmediata, la convocatoria de la Asamblea Constituyente, el gobierno no hizo absolutamente nada, no transmitió el asunto a las localidades, ni siquiera creó una comisión central para preparar la cuestión. El gobierno se preocupaba de una sola cosa: renovar a escondidas los tratados internacionales de saqueo que el zar había concluido con los capitalistas de Inglaterra y Francia, frenar la revolución de la manera más cautelosa e imperceptible posible, prometerlo todo sin cumplir nada. Los eseristas y mencheviques desempeñaban en la «comisión de contacto» el papel de tontos alimentados con frases pomposas, promesas y buenas palabras. Los eseristas y mencheviques, como el cuervo de la conocida fábula, se dejaban seducir por los halagos, escuchaban con placer las afirmaciones de los capitalistas de que apreciaban mucho a los Soviets y no daban un paso sin ellos.

En realidad, sin embargo, el tiempo pasaba y el gobierno de los capitalistas no hacía absolutamente nada por la revolución. En cambio, contra la revolución logró durante este tiempo renovar los tratados secretos de saqueo, o más bien confirmarlos y «reavivarlos» con negociaciones adicionales igualmente secretas con los diplomáticos del imperialismo anglo-francés. Contra la revolución logró durante este tiempo sentar las bases de la organización contrarrevolucionaria (o al menos del acercamiento) de los generales y oficiales del ejército en activo. Contra la revolución logró iniciar la organización de los industriales, fabricantes y dueños de fábricas, quienes se vieron obligados a hacer concesión tras concesión bajo la presión de los obreros, pero al mismo tiempo comenzaban a sabotear la producción y a preparar su paralización, esperando para ello el momento oportuno.

Pero la organización de los obreros y campesinos avanzados en los Soviets seguía adelante sin cesar. Los mejores hombres de las clases oprimidas sentían que el gobierno, a pesar de su acuerdo con el Soviet de Petrogrado, a pesar de la grandilocuencia de Kerenski, a pesar de la «comisión de contacto», seguía siendo enemigo del pueblo, enemigo de la revolución. Las masas sentían que, si no se quebraba la resistencia de los capitalistas, la causa de la paz, la causa de la libertad, la causa de la revolución estaría inevitablemente perdida. En las masas crecían la impaciencia y la exasperación.

VI

Esta estalló el 20 y 21 de abril. El movimiento surgió espontáneamente, sin que nadie lo hubiera preparado. El movimiento estaba tan marcadamente dirigido contra el gobierno, que un regimiento salió incluso armado y se presentó ante el Palacio Mariinski para arrestar a los ministros. Se hizo evidente para todos que el gobierno no podía sostenerse. Los Soviets podían (y debían) tomar el poder en sus manos sin la menor resistencia por parte de nadie. En lugar de ello, los eseristas y mencheviques apoyaron al gobierno tambaleante de los capitalistas, se enredaron aún más en el colaboracionismo con él, dieron pasos aún más fatales, que conducían a la perdición de la revolución.

La revolución enseña a todas las clases con una rapidez y profundidad inauditas en tiempos ordinarios y pacíficos. Los capitalistas, los mejor organizados, los más experimentados en los asuntos de la lucha de clases y de la política, aprendieron más rápido que otros. Viendo que la situación del gobierno era insostenible, recurrieron a un procedimiento que, durante toda una serie de décadas después de 1848, fue practicado por los capitalistas de otros países para embrutecer, dividir y debilitar a los obreros. Este procedimiento es el llamado ministerio de «coalición», es decir, conjunto, compuesto por la burguesía y tránsfugas del socialismo, un ministerio común.

En aquellos países donde más tiempo han existido la libertad y la democracia junto con el movimiento obrero revolucionario, en Inglaterra y en Francia, los capitalistas han empleado muchas veces y con gran éxito este procedimiento. Los líderes «socialistas», al entrar en el ministerio de la burguesía, resultaban infaliblemente ser figuras decorativas, muñecos, pantallas para los capitalistas, instrumentos de engaño a los obreros. Los capitalistas «democráticos y republicanos» de Rusia pusieron en práctica este mismo procedimiento. Los eseristas y mencheviques se dejaron engañar de inmediato, y el 6 de mayo el ministerio de «coalición» con la participación de Chernov, Tsereteli y Cía. se convirtió en un hecho.

Los tontos de los partidos eserista y menchevique se regocijaban, bañándose narcisistamente en los rayos de la gloria ministerial de sus líderes. Los capitalistas se frotaban las manos de placer, habiendo conseguido ayudantes contra el pueblo en la persona de los «líderes de los Soviets», habiendo obtenido de ellos la promesa de apoyar «las acciones ofensivas en el frente», es decir, la reanudación de la guerra imperialista de saqueo que se había detenido temporalmente. Los capitalistas conocían toda la hueca impotencia de estos líderes, sabían que las promesas de la burguesía respecto al control e incluso a la organización de la producción, respecto a la política de paz, etc., jamás serían cumplidas.

Así resultó. La segunda etapa en el desarrollo de la revolución, del 6 de mayo al 9 o al 18 de junio, confirmó plenamente el cálculo de los capitalistas sobre la facilidad de engañar a los eseristas y mencheviques.

Mientras Peshejónov y Skóbelev se engañaban a sí mismos y al pueblo con frases pomposas de que arrebatarían a los capitalistas el 100% de sus ganancias, de que su «resistencia estaba quebrada», etc., los capitalistas continuaban fortaleciéndose. Nada, absolutamente nada se emprendió en la práctica durante este tiempo para frenar a los capitalistas. Los ministros tránsfugas del socialismo resultaban ser máquinas parlantes para desviar la atención de las clases oprimidas, mientras todo el aparato de la administración estatal permanecía de hecho en manos de la burocracia (funcionariado) y de la burguesía. El famoso Palchinski, viceministro de Industria, era un típico representante de este aparato que obstaculizaba cualquier tipo de medidas contra los capitalistas. Los ministros charlaban; todo seguía igual.

El ministro Tsereteli fue utilizado especialmente por la burguesía para luchar contra la revolución. Se le enviaba a «apaciguar» Kronstadt, cuando los revolucionarios de allí llegaron a tal atrevimiento que se atrevieron a destituir al comisario designado. La burguesía abrió en sus periódicos una campaña increíblemente ruidosa, maliciosa y furiosa de mentiras, calumnias y persecución contra Kronstadt, acusándolo de querer «separarse de Rusia», repitiendo éste y otros disparates por mil modos, atemorizando a la pequeña burguesía y a los filisteos. Tsereteli, el más típico representante del torpe y atemorizado filisteísmo, picaba «con la mayor buena fe» en el anzuelo de la persecución burguesa, era el que con más celo «fulminaba y apaciguaba» a Kronstadt, sin comprender su papel de lacayo de la burguesía contrarrevolucionaria. Resultaba así que él era el instrumento para llevar a cabo tal «acuerdo» con el revolucionario Kronstadt, que el comisario en Kronstadt no era nombrado simplemente por el gobierno, sino elegido localmente y confirmado por el gobierno. En semejantes compromisos lamentables malgastaban su tiempo los ministros que se habían pasado del socialismo a la burguesía.

Allí donde no podía aparecer un ministro burgués en defensa del gobierno, ante los obreros revolucionarios o en los Soviets, allí aparecía (mejor dicho: era enviado por la burguesía) el ministro «socialista» Skóbelev, Tsereteli, Chernov y otros por el estilo, y cumplía a conciencia la tarea burguesa, se desvivía defendiendo al ministerio, blanqueaba a los capitalistas, embrutecía al pueblo con la repetición de promesas, promesas y más promesas, con consejos de esperar, esperar y esperar.

El ministro Chernov estaba ocupado especialmente en el comercio con sus colegas burgueses: hasta el mismo mes de julio, hasta la nueva «crisis de poder» abierta entonces tras el movimiento del 3 y 4 de julio, hasta la salida de los cadetes del ministerio, el ministro Chernov estuvo ocupado todo el tiempo en la útil, interesante y profundamente popular tarea de «persuadir» a sus colegas burgueses, de convencerlos para que aceptaran al menos la prohibición de las transacciones de compraventa de tierras. Esta prohibición había sido prometida de la manera más solemne a los campesinos en el Congreso (Soviet) Panruso de diputados campesinos en Petrogrado. Pero la promesa quedó en promesa. Chernov no pudo cumplirla ni en mayo ni en junio, hasta que la ola revolucionaria del estallido espontáneo del 3 y 4 de julio, coincidiendo con la salida de los cadetes del ministerio, dio la posibilidad de llevar a cabo esta medida. Pero incluso entonces, esta medida resultó aislada, impotente para introducir mejoras serias en la lucha del campesinado contra los terratenientes por la tierra.

En el frente, durante este tiempo, la tarea contrarrevolucionaria e imperialista de reanudar la guerra imperialista de saqueo, aquella tarea que no podía cumplir el odiado Guchkov, la cumplía con éxito y brillantez el «demócrata revolucionario» Kerenski, flamante miembro del partido de los socialistas-revolucionarios. Se embriagaba con su propia elocuencia, los imperialistas le incensaban, jugando con él como con un peón, le adulaban, le idolatraban, todo porque servía fiel y lealmente a los capitalistas, convenciendo a las «tropas revolucionarias» de aceptar la reanudación de la guerra, librada en cumplimiento de los tratados del zar Nicolás II con los capitalistas de Inglaterra y Francia, guerra para que los capitalistas rusos obtuvieran Constantinopla y Lvov, Erzurum y Trebisonda.

Así transcurrió la segunda etapa de la revolución rusa, del 6 de mayo al 9 de junio. La burguesía contrarrevolucionaria se fortaleció, se consolidó bajo el amparo y la protección de los ministros «socialistas», preparando la ofensiva tanto contra el enemigo exterior como contra el interior, es decir, contra los obreros revolucionarios.

VII

El 9 de junio, el partido de los obreros revolucionarios, los bolcheviques, preparaba una manifestación en Petrogrado para dar una expresión organizada al descontento y la indignación de las masas, que crecían inconteniblemente. Enredados en los acuerdos con la burguesía, atados por la política imperialista de la ofensiva, los líderes eseristas y mencheviques se horrorizaron, sintiendo la pérdida de su influencia en las masas. Se levantó un aullido general contra la manifestación, un aullido que unió esta vez a los cadetes contrarrevolucionarios con los eseristas y mencheviques. Bajo su dirección, como resultado de su política de colaboracionismo con los capitalistas, el viraje de las masas pequeñoburguesas hacia la alianza con la burguesía contrarrevolucionaria se definió plenamente, se perfiló con una claridad asombrosa. En esto reside el significado histórico, en esto reside el sentido de clase de la crisis del 9 de junio.

Los bolcheviques suspendieron la manifestación, no queriendo en absoluto llevar a los obreros a un combate desesperado, en ese momento, contra los cadetes, eseristas y mencheviques unidos. Pero estos últimos, para conservar al menos un mínimo resto de confianza de las masas, se vieron obligados a convocar una manifestación general para el 18 de junio. La burguesía estaba fuera de sí de furor, viendo con razón en esto una oscilación de la democracia pequeñoburguesa hacia el lado del proletariado, y decidiendo paralizar la acción de la democracia mediante la ofensiva en el frente.

En efecto, el 18 de junio dio una victoria notablemente impresionante a las consignas del proletariado revolucionario, a las consignas del bolchevismo, entre las masas de Petersburgo, y el 19 de junio la burguesía y el bonapartista[3] Kerenski anunciaron solemnemente que la ofensiva en el frente, iniciada precisamente el 18 de junio, estaba en marcha.

La ofensiva significaba de hecho la reanudación de la guerra de saqueo en interés de los capitalistas, contra la voluntad de la inmensa mayoría de los trabajadores. Por lo tanto, la ofensiva estaba inevitablemente ligada, por un lado, a un gigantesco reforzamiento del chovinismo y al paso del poder militar (y, en consecuencia, del poder estatal) a la camarilla militar de los bonapartistas, y, por otro lado, al paso a la violencia contra las masas, a la persecución de los internacionalistas, a la supresión de la libertad de agitación, a los arrestos y fusilamientos de quienes estaban contra la guerra.

Si el 6 de mayo ató a los eseristas y mencheviques al carro triunfal de la burguesía con un cable, el 19 de junio los encadenó, como sirvientes de los capitalistas, con una cadena.

VIII

La exasperación de las masas, a causa de la guerra de saqueo reanudada, creció naturalmente aún más rápido y con más fuerza. El 3 y 4 de julio se produjo el estallido de su indignación, un estallido que los bolcheviques intentaron contener y al cual, por supuesto, debieron esforzarse por dar la forma más organizada posible.

Los eseristas y mencheviques, como esclavos de la burguesía encadenados por el amo, accedieron a todo: a la llegada de tropas reaccionarias a Petrogrado, a la restauración de la pena de muerte, al desarme de los obreros y de las tropas revolucionarias, a los arrestos, persecuciones, cierre de periódicos sin juicio. El poder, que la burguesía no podía tomar enteramente en el gobierno, que los Soviets no querían tomar, se deslizó a manos de la camarilla militar, de los bonapartistas, totalmente apoyados, por supuesto, por los cadetes y los centurias negras, por los terratenientes y los capitalistas.

De escalón en escalón. Una vez pisado el plano inclinado del colaboracionismo con la burguesía, los eseristas y mencheviques rodaron inconteniblemente hacia abajo y llegaron hasta el fondo. El 28 de febrero prometieron en el Soviet de Petrogrado un apoyo condicional al gobierno burgués. El 6 de mayo lo salvaron del derrumbe y se dejaron convertir en sus sirvientes y defensores, aceptando la ofensiva. El 9 de junio se unieron a la burguesía contrarrevolucionaria en una campaña de furiosa saña, mentiras y calumnias contra el proletariado revolucionario. El 19 de junio aprobaron la reanudación iniciada de la guerra de saqueo. El 3 de julio aceptaron la llamada de tropas reaccionarias: el comienzo de la entrega definitiva del poder a los bonapartistas. De escalón en escalón.

Este vergonzoso final de los partidos eserista y menchevique no es una casualidad, sino el resultado, confirmado muchas veces por la experiencia de Europa, de la situación económica de los pequeños propietarios, de la pequeña burguesía.

IX

Todo el mundo ha observado, por supuesto, cómo los pequeños propietarios se desviven por «salir adelante», por convertirse en verdaderos patrones, por elevarse a la posición de propietario «fuerte», a la posición de la burguesía. Mientras domine el capitalismo, no hay otra salida para los pequeños propietarios: o pasar ellos mismos a la posición de capitalistas (y esto es posible, en el mejor de los casos, para uno de cada cien pequeños propietarios), o pasar a la situación de propietario arruinado, de semiproletario y luego de proletario. Lo mismo ocurre en la política: la democracia pequeñoburguesa, especialmente en la persona de sus líderes, se arrastra tras la burguesía. Los líderes de la democracia pequeñoburguesa consuelan a sus masas con promesas y afirmaciones sobre la posibilidad de un acuerdo con los grandes capitalistas; en el mejor de los casos, obtienen de los capitalistas, por muy poco tiempo, pequeñas concesiones para una delgada capa superior de las masas trabajadoras, pero en todo lo decisivo, en todo lo importante, la democracia pequeñoburguesa siempre ha resultado ser la cola de la burguesía, un apéndice impotente de ella, un instrumento dócil en manos de los reyes de las finanzas. La experiencia de Inglaterra y Francia lo ha confirmado muchas veces.

La experiencia de la revolución rusa, en la que los acontecimientos, especialmente bajo la influencia de la guerra imperialista y de la profundísima crisis creada por ella, se desarrollaron con inusitada rapidez, esta experiencia de febrero a julio de 1917 ha confirmado la vieja verdad marxista sobre la inestabilidad de la posición de la pequeña burguesía de una manera notablemente brillante y evidente.

La lección de la revolución rusa es que para las masas trabajadoras no hay salvación de los férreos grilletes de la guerra, del hambre, de la esclavización por terratenientes y capitalistas, sino en la ruptura completa con los partidos eserista y menchevique, en la clara conciencia de su papel traidor, en el rechazo de todo tipo de colaboracionismo con la burguesía, en el paso decidido al lado de los obreros revolucionarios. Los obreros revolucionarios, si los campesinos más pobres los apoyan, son los únicos capaces de quebrar la resistencia de los capitalistas, de conducir al pueblo a la conquista de la tierra sin rescate, a la libertad plena, a la victoria sobre el hambre, a la victoria sobre la guerra, a una paz justa y duradera.

Epílogo

Este artículo, como se desprende del texto, fue escrito a finales de julio.

La historia de la revolución durante agosto confirmó plenamente lo dicho en el artículo. Luego, a finales de agosto, la insurrección de Kornílov{47} creó un nuevo viraje en la revolución, mostrando claramente a todo el pueblo que los cadetes, en alianza con los generales contrarrevolucionarios, aspiran a disolver los Soviets y a restaurar la monarquía. Hasta qué punto es fuerte este nuevo viraje de la revolución, si logrará poner fin a la ruinosa política de colaboracionismo con la burguesía, lo mostrará el futuro cercano...

6 de septiembre de 1917.