En la calle de los pacifistas hay algo así como una fiesta. Se regocijan los virtuosos burgueses de los países neutrales: «Ya nos hemos calentado bastante las manos con las ganancias de guerra y la carestía; ¿no es suficiente? Es probable que de todos modos ya no obtengamos más ganancias, y el pueblo puede no aguantar hasta el final...»

¡Cómo no regocijarse, cuando el «mismísimo» Wilson «parafrasea» la declaración pacifista del partido socialista italiano, que acaba de aprobar en Kienthal una resolución oficial y solemne sobre la completa inconsistencia del socialpacifismo!

¿Acaso sorprende que Turati se regocije en el «Avanti!» a propósito de esta paráfrasis que Wilson hace de sus frases pacifistas, las de los «también-socialistas» italianos? ¿Acaso sorprende que los socialpacifistas franceses y los kautskianos en su «Le Populaire»{118} se «unan» amorosamente con Turati y con Kautsky, quien se presentó en la prensa socialdemócrata alemana con cinco artículos pacifistas particularmente estúpidos, que también, por supuesto, «parafrasean» la charlatanería, puesta a la orden del día por los acontecimientos, sobre el bondadoso mundo democrático.

Y esta charlatanería se distingue actualmente, en efecto, de la anterior precisamente por tener cierta base objetiva. Esta base la ha creado el viraje en la política mundial de la guerra imperialista, que ha obsequiado a los pueblos con las mayores calamidades y con la mayor traición al socialismo por parte de los señores Plejánov, Albert Thomas, Legien, Scheidemann y otros, hacia la paz imperialista, que ha de obsequiar a los pueblos con el mayor engaño de frases bondadosas, semirreformas, semiconcesiones, etc.

Este viraje ha llegado.

Es imposible saber en este momento –y los propios dirigentes de la política imperialista, los reyes de las finanzas y los bandidos coronados, son incapaces de determinarlo con exactitud– cuándo llegará exactamente esta paz imperialista, qué cambios ocurrirán mientras tanto en la guerra, cuáles serán los detalles de esta paz. Pero esto tampoco es importante. Lo importante es el hecho del viraje hacia la paz, lo importante es el carácter fundamental de esta paz, y ambas circunstancias han sido ya suficientemente esclarecidas por el desarrollo anterior de los acontecimientos.

En 29 meses de guerra, los recursos de ambas coaliciones imperialistas se han definido suficientemente, todos o casi todos los aliados posibles de entre los «vecinos» más cercanos que representan una magnitud seria han sido arrastrados a la carnicería, las fuerzas de los ejércitos y las flotas han sido probadas y reprobadas, medidas y remedidas. El capital financiero ha amasado miles de millones: la montaña de deudas de guerra muestra las dimensiones del tributo que el proletariado y las masas desposeídas «deben» ahora pagar durante décadas a la burguesía internacional por haberles permitido, en su infinita misericordia, matar a millones de sus hermanos en la esclavitud asalariada en la guerra por el reparto del botín imperialista.

Arrancar, mediante la guerra actual, aún más pieles a los bueyes del trabajo asalariado, quizás ya no sea posible: ésta es una de las profundas bases económicas del viraje que ahora se observa en la política mundial. No es posible porque los recursos en general se agotan. Los multimillonarios americanos y sus hermanos menores en Holanda, Suiza, Dinamarca y otros países neutrales empiezan a notar que el manantial de oro se empobrece; en esto reside el origen del crecimiento del pacifismo neutral, y no en nobles sentimientos humanitarios, como piensan los ingenuos, lamentables y ridículos Turati, Kautsky y Cía.

Y, además, crece el descontento y la indignación de las masas. En el número anterior citamos los testimonios de Guchkov y Helfferich{119}, que muestran que ambos temen la revolución. ¿No es hora ya de terminar la primera carnicería imperialista?

Las condiciones objetivas que imponen el cese de la guerra se complementan así con la influencia del instinto de clase y del cálculo de clase de la burguesía, ahíta de ganancias de guerra.

El viraje político sobre la base de este viraje económico discurre por dos líneas principales: la Alemania victoriosa desgaja de su principal enemigo, Inglaterra, a sus aliados, por un lado, precisamente porque los golpes más duros no los ha recibido Inglaterra, sino esos aliados (y aún pueden recibirlos), y por otro lado, porque el imperialismo alemán, que ha saqueado muchísimo, está en condiciones de hacer concesiones parciales a los aliados de Inglaterra.

Es posible que la paz por separado de Alemania con Rusia esté, de todos modos, concertada. Sólo ha cambiado la forma del trato político entre estos dos bandidos. El zar podía decir a Guillermo: «Si firmo abiertamente una paz por separado, mañana tú, oh mi augusto contraparte, tendrás que habértelas, quizá, con un gobierno de Miliukov y Guchkov, si no de Miliukov y Kerenski. Porque la revolución crece, y yo no respondo del ejército, con cuyos generales se cartea Guchkov, y cuyos oficiales son ahora en su mayoría los bachilleres de ayer. ¿Nos conviene arriesgarnos a que yo pueda perder el trono, y tú puedas perder un buen contraparte?».

«Por supuesto que no conviene», debió responder Guillermo, si se le dijo tal cosa directa o indirectamente. «Y además, ¿para qué una paz por separado abierta o, en general, escrita en un papel? ¿Acaso no se puede conseguir lo mismo por otro camino, más sutil? Me dirigiré abiertamente a toda la humanidad con la propuesta de hacerla feliz con las bondades de la paz. De tapadillo, guiñaré el ojo a los franceses diciendo que estoy dispuesto a devolver toda o casi toda Francia y Bélgica a cambio de concesiones «divinas» de sus colonias en África; y a los italianos, que pueden contar con un «pedacito» de tierras italianas de Austria, más pedacitos en los Balcanes. Tengo poder para lograr que mis propuestas y planes lleguen a ser conocidos por los pueblos: ¿podrán entonces los ingleses retener más tiempo a sus aliados de Europa occidental? Y tú y yo nos repartiremos Rumania, Galitzia, Armenia; en cuanto a Constantinopla, tú, oh mi augusto hermano, ¡de todos modos no la verás, como no verás tus orejas! ¡Y Polonia, oh mi augusto hermano, de todos modos no la verás, como no verás tus orejas!»

Si hubo tal conversación, no se puede saber. Y esto tampoco es esencial. Lo esencial es que las cosas han ido precisamente así. Si el zar no consintió en los argumentos de los diplomáticos alemanes, los «argumentos» del ejército de Mackensen en Rumania debieron de ser más convincentes.

¡Y del plan de reparto de Rumania entre Rusia y la «Cuádruple Alianza» (es decir, los aliados de Alemania, con Austria y Bulgaria) ya se habla abiertamente en la prensa imperialista alemana! Y el charlatán de Hervé ya se va de la lengua: no podremos obligar al pueblo a luchar, si se entera de que ahora mismo podemos recuperar Bélgica y Francia. ¡Y los tontos pacifistas de la burguesía neutral ya han sido puestos «en acción»: Guillermo les ha soltado la lengua! Y los... sabios pacifistas de entre los socialistas, Turati en Italia, Kautsky en Alemania, etc., etc., ¡se desviven aplicando su humanidad, su filantropía, su virtud celestial (y su elevado intelecto) a embellecer la futura paz imperialista!

¡Qué bien está dispuesto todo, en general, en este, el mejor de los mundos! Nosotros, los reyes de las finanzas y los bandidos coronados, nos enredamos en la política del saqueo imperialista, tuvimos que guerrear... pues, ¿y qué? ¡Nos enriqueceremos con la guerra no peor que con la paz, e incluso mucho mejor! Y para proclamar nuestra guerra «liberadora», lacayos de toda laya, todos esos Plejánov, Albert Thomas, Legien, Scheidemann y Cía., ¡tenemos cuantos queramos! ¿Llega la hora de concertar la paz imperialista? Pues, ¿y qué? Las deudas de guerra, ¿no son acaso obligaciones que garantizan nuestro sagrado derecho a cobrar un tributo centuplicado a los pueblos? Y para embellecer esta paz imperialista, para engañar a los pueblos con discursitos melosos, tenemos cuantos incautos queramos, ¡tomad si no a Turati, a Kautsky y a otros «jefes» del socialismo mundial!

La tragicomedia de las intervenciones de Turati y Kautsky consiste precisamente en que no comprenden el papel real, objetivo y político que desempeñan: el papel de curitas que consuelan a los pueblos en lugar de levantarlos a la revolución, el papel de abogados burgueses que con frases grandilocuentes sobre toda suerte de cosas buenas en general, y sobre la paz democrática en particular, disimulan, encubren, embellecen y revisten la repugnante desnudez de la paz imperialista, que comercia con los pueblos y descuartiza países.

La unidad de principio de los socialchovinistas (los Plejánov y los Scheidemann) y los socialpacifistas (los Turati y los Kautsky) consiste precisamente en que unos y otros representan objetivamente a servidores del imperialismo: unos le «sirven» embelleciendo la guerra imperialista aplicándole el concepto de «defensa de la patria»; otros sirven al mismo imperialismo embelleciendo con frases sobre la paz democrática la paz imperialista que madura y se prepara.

La burguesía imperialista necesita lacayos de ambos tipos o matices: los Plejánov, para alentar la continuación de la carnicería con gritos de «¡abajo los conquistadores!»; los Kautsky, para consolar y calmar a las masas demasiado exasperadas con el dulce canto de la paz.

Por eso, también la unión general de los socialchovinistas de todos los países con los socialpacifistas –la «conspiración general contra el socialismo» de que habla un llamamiento de la Comisión Socialista Internacional en Berna{120}, la «amnistía general» de la que hemos hablado más de una vez– no será una casualidad, sino sólo una manifestación de la unidad de principio de ambas corrientes del también-«socialismo» mundial. No es casual que Plejánov, al mismo tiempo, grite con furia sobre la «traición» de los Scheidemann e insinúe la paz y la unidad con estos señores para cuando llegue el momento.

Pero –objetará quizá el lector– ¿acaso se puede olvidar que la paz imperialista es «de todos modos mejor» que la guerra imperialista? ¿Que, si no todo, «en lo posible», «por partes», el programa de la paz democrática puede ser realizado? ¿Que una Polonia independiente es mejor que la Polonia rusa? ¿Que la anexión de las tierras italianas de Austria a Italia es un paso adelante?

Con semejantes consideraciones se escudan los defensores de Turati y Kautsky, sin advertir que de marxistas revolucionarios se convierten con ello en vulgares reformistas burgueses.

¿Acaso se puede, sin volverse loco, negar que la Alemania de Bismarck y sus leyes sociales son «mejores» que la Alemania anterior a 1848? ¿Que las reformas de Stolypin son «mejores» que la Rusia anterior a 1905? ¿Acaso por eso los socialdemócratas alemanes (entonces eran todavía socialdemócratas) votaron a favor de las reformas bismarckianas? ¿Acaso las reformas de Stolypin fueron embellecidas o siquiera apoyadas por los socialdemócratas rusos, excepto, naturalmente, los señores Potrésov, Máslov y Cía., de quienes ahora se aparta con desprecio incluso un miembro de su propio partido como Mártov?

La historia no se detiene, ni siquiera en tiempos de contrarrevolución. La historia avanzó también durante la carnicería imperialista de 1914-1916, que fue la continuación de la política imperialista de las décadas anteriores. El capitalismo mundial, que en los años 60-70 del siglo pasado era la fuerza avanzada y progresista de la libre concurrencia, y que a principios del siglo XX se transformó en capitalismo monopolista, es decir, en imperialismo, dio durante la guerra un considerable paso adelante, no sólo hacia una concentración aún mayor del capital financiero, sino también hacia su transformación en capitalismo de Estado. La fuerza de la cohesión nacional, la importancia de las simpatías nacionales, fue puesta de manifiesto en esta guerra por la conducta, por ejemplo, de los irlandeses en una coalición imperialista, y de los checos en la otra. Los jefes conscientes del imperialismo se dicen: nosotros no podemos, por supuesto, realizar nuestros objetivos sin estrangular a los pueblos pequeños, pero hay dos maneras de estrangular. Hay casos en que es más seguro –y más ventajoso– obtener sinceros y concienzudos «defensores de la patria» en la guerra imperialista mediante la creación de Estados políticamente independientes, ¡de cuya dependencia financiera «nosotros» ya nos encargaremos! ¡Es más ventajoso ser aliado (en una guerra seria de las potencias imperialistas) de una Bulgaria independiente que amo de una Irlanda dependiente! La culminación de lo inconcluso en el terreno de las reformas nacionales puede a veces fortalecer internamente la coalición imperialista: así lo calcula acertadamente, por ejemplo, uno de los lacayos especialmente viles del imperialismo alemán, K. Renner, quien, como es natural, defiende a capa y espada la «unidad» de los partidos socialdemócratas en general y la unidad con Scheidemann y Kautsky en particular.

La marcha objetiva de las cosas se impone, y así como los verdugos de las revoluciones de 1848 y 1905 fueron, en cierto sentido, sus albaceas testamentarios, así los directores de la carnicería imperialista se ven obligados a llevar a cabo ciertas reformas nacionales propias del capitalismo de Estado. Y, además, hay que calmar con concesiones parciales a las masas exasperadas por la guerra y la carestía: ¿por qué no prometer (y llevar a cabo parcialmente, ¡esto a nada obliga!) la «reducción de armamentos»? De todos modos, la guerra es una «rama de la industria» tal que se parece a la silvicultura: se necesitan décadas para que crezcan árboles suficientemente grandes..., es decir, una «carne de cañón» suficientemente abundante y adulta. Y dentro de unas décadas, esperamos que en el seno de la socialdemocracia internacional «única» crezcan nuevos Plejánov, nuevos Scheidemann, nuevos dulces conciliadores Kautsky...

Los reformistas burgueses y los pacifistas son personas a quienes, por regla general, en una u otra forma, se les paga para que consoliden la dominación del capitalismo mediante sus remiendos, para que adormezcan a las masas populares y las aparten de la lucha revolucionaria. Cuando tales «jefes» del socialismo como Turati y Kautsky, ya sea mediante declaraciones directas (una de ellas se le «escapó» a Turati en su tristemente célebre discurso del 17 de diciembre de 1916{121}), ya sea mediante silencios (en los que Kautsky es un maestro), insinúan a las masas la idea de la posibilidad de una paz democrática que brote de la actual guerra imperialista, con la conservación de los gobiernos burgueses, sin una insurrección revolucionaria contra toda la red de las relaciones imperialistas mundiales, entonces estamos obligados a declarar que semejante prédica es un engaño al pueblo, que no tiene nada en común con el socialismo, que se reduce a maquillar la paz imperialista.

Nosotros estamos por la paz democrática. Y precisamente por eso no queremos mentir a los pueblos, como mienten –¡por supuesto, con las mejores intenciones y los más virtuosos motivos!– Turati y Kautsky. Diremos la verdad: que la paz democrática es imposible si el proletariado revolucionario de Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia no derroca a los gobiernos burgueses. Consideramos el mayor de los disparates que los socialdemócratas revolucionarios renieguen de la lucha por las reformas en general, inclusive por la «construcción estatal». Pero precisamente ahora Europa vive un momento en que, más de lo habitual, se debe recordar la verdad de que las reformas son un resultado colateral de la lucha de clases revolucionaria. Pues en el orden del día –no por nuestra voluntad, no en virtud de plan alguno, sino en virtud de la marcha objetiva de las cosas– está planteada la solución de las grandes cuestiones históricas por la violencia directa de las masas, que crea nuevas bases, y no mediante transacciones sobre la base de lo viejo, podrido y moribundo.

Precisamente ahora, cuando la burguesía gobernante se prepara para desarmar pacíficamente a millones de proletarios y trasladarlos sin peligro –¡bajo el manto de una ideología plausible y después de rociarlos infaliblemente con el agua bendita de dulces frases pacifistas!– de las sucias, hediondas y pestilentes trincheras, donde se dedicaban a la carnicería, a los presidios de las fábricas capitalistas, donde deben resarcir con «trabajo honrado» los cientos de miles de millones de la deuda pública, precisamente ahora adquiere una importancia aún mayor que al comienzo de la guerra aquella consigna con la que nuestro partido se dirigió a los pueblos en el otoño de 1914: ¡transformación de la guerra imperialista en guerra civil por el socialismo![83] Karl Liebknecht, condenado a trabajos forzados, se adhirió a esta consigna cuando dijo desde la tribuna del Reichstag: ¡volved las armas contra vuestros enemigos de clase dentro del país! Hasta qué punto está madura la sociedad moderna para la transición al socialismo, lo ha demostrado precisamente la guerra, cuando la tensión de las fuerzas del pueblo obligó a pasar a la regulación de toda la vida económica de más de cincuenta millones de personas desde un solo centro. Si esto es posible bajo la dirección de un puñado de junkers, de noblezuelos, en interés de un puñado de magnates financieros, seguramente es no menos posible bajo la dirección de los obreros conscientes en interés de las nueve décimas partes de la población, extenuada por el hambre y la guerra.

Pero para dirigir a las masas, los obreros conscientes deben comprender la completa podredumbre de jefes del socialismo como Turati, Kautsky y Cía. Estos señores se imaginan ser socialdemócratas revolucionarios y se indignan profundamente cuando se les dice que su lugar está en el partido de los señores Bissolati, Scheidemann, Legien y Cía. Pero en Turati y Kautsky no hay ninguna comprensión de que sólo la revolución de las masas es capaz de resolver las grandes cuestiones planteadas en el orden del día; no tienen ni una gota de fe en la revolución, ni una gota de atención y de interés hacia cómo ésta madura en la conciencia y el estado de ánimo de las masas, precisamente en relación con la guerra. Su atención está totalmente absorta en las reformas, en las transacciones entre sectores de las clases dominantes; a ellos se dirigen, los «persuaden», a ellos quieren adaptar el movimiento obrero.

Y toda la cuestión ahora consiste precisamente en que la vanguardia consciente del proletariado dirija sus pensamientos y concentre sus fuerzas para la lucha revolucionaria por el derrocamiento de sus gobiernos. No existen revoluciones como las que Turati y Kautsky están «dispuestos» a reconocer, es decir, revoluciones de las que se pueda decir de antemano cuándo estallarán exactamente y cuán grandes son exactamente las probabilidades de su victoria. La situación revolucionaria en Europa es un hecho. Es un hecho el enorme descontento, la efervescencia y la exasperación de las masas. Los socialdemócratas revolucionarios deben dirigir todas sus fuerzas a intensificar esta corriente. De la fuerza del movimiento revolucionario, en caso de que su éxito sea escaso, dependerá qué parte de las reformas «prometidas» se realice en la práctica y reporte al menos algún provecho a la lucha ulterior de la clase obrera. De la fuerza del movimiento revolucionario, en caso de que tenga éxito, dependerá la victoria del socialismo en Europa y la realización, no de una tregua imperialista entre la lucha de Alemania contra Rusia e Inglaterra y la lucha de Rusia con Alemania contra Inglaterra, o la lucha de los Estados Unidos contra Alemania e Inglaterra, etc., sino de una paz realmente duradera y realmente democrática.

«Sotsial-Demokrat» nº 58, 31 de enero de 1917

Se publica según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat»