En la sesión del CEC de los Soviets del 4 de agosto, L. Martov dijo (citamos según el informe de “Nóvaya Zhizn”) que “la crítica de Tsereteli es demasiado blanda”, que “el gobierno no rechaza las intentonas contrarrevolucionarias en el medio militar” y que “no entra en nuestros objetivos derrocar al actual gobierno ni minar la confianza en él…”. “La correlación real de fuerzas –continuó Martov– no da hoy motivo para exigir el paso del poder a los Soviets. Esto sólo podría producirse en el proceso de una guerra civil, hoy inadmisible.” “No pretendemos derrocar al gobierno –concluye Martov–, pero debemos señalarle que en el país existen fuerzas, además de los kadetes y los militares. Son las fuerzas de la democracia revolucionaria y en ellas debe apoyarse el Gobierno Provisional.”

Estas son unas reflexiones notables de Martov, en las que vale la pena detenerse con toda atención. Son notables porque reproducen con extraordinario relieve los errores políticos más difundidos, más nocivos, más peligrosos de la masa pequeñoburguesa, sus prejuicios más típicos. De todos los representantes de esta masa, Martov, como publicista, es seguramente uno de los más “izquierdistas”, de los más revolucionarios, de los más conscientes y hábiles. Por eso precisamente resulta más útil analizar sus razonamientos que los de un Chernov que coquetea con un vacío fárrago de palabras, o los de un torpe como Tsereteli, etc. Al analizar a Martov, analizaremos lo que hay hoy de más razonable en las ideas de la pequeña burguesía.

Son sumamente características, ante todo, las vacilaciones de Martov sobre la cuestión del paso del poder a los Soviets. Hasta el 4 de julio, Martov estaba en contra de esta consigna. Después del 4 de julio, está a favor. A principios de agosto, de nuevo en contra, y obsérvese cuán monstruosamente ilógica, cuán ridícula es, desde el punto de vista del marxismo, su argumentación. Está en contra, porque “la correlación real de fuerzas no da hoy motivo para exigir el paso del poder a los Soviets. Esto sólo podría producirse en el proceso de una guerra civil, hoy inadmisible”.

He aquí una confusión. ¡Resulta que antes del 4 de julio ese paso del poder era posible sin guerra civil (¡santa verdad!), pero justamente entonces Martov se oponía al paso…! Resulta, en segundo lugar, que después del 4 de julio, cuando Martov estaba a favor del paso del poder a los Soviets, ese paso era posible sin guerra civil: esto es una evidente, flagrante falsedad fáctica, porque precisamente en la noche del 4 al 5 de julio los bonapartistas, con el apoyo de los kadetes y el servilismo lacayuno de los Chernov y Tsereteli, llevan a Petrogrado tropas contrarrevolucionarias. Tomar el poder por la vía pacífica en esas condiciones habría sido absolutamente imposible.

Por último, en tercer lugar, de Martov se desprende que un marxista, o aunque sólo sea un demócrata revolucionario, tendría derecho a renunciar a una consigna que expresa correctamente los intereses del pueblo y los intereses de la revolución, basándose en que esa consigna podría realizarse “sólo en el proceso de una guerra civil”… Pero eso es un evidente absurdo, una evidente renuncia a toda lucha de clases, a toda revolución. Pues ¿quién ignora que la historia mundial de todas las revoluciones nos muestra la transformación no casual, sino inevitable, de la lucha de clases en guerra civil? ¿Quién ignora que precisamente después del 4 de julio vemos en Rusia el comienzo de la guerra civil por parte de la burguesía contrarrevolucionaria, el desarme de los regimientos, los fusilamientos en el frente, los asesinatos de bolcheviques? La guerra civil, dígnense ver, es “inadmisible” para la democracia revolucionaria justo cuando el curso del desarrollo de los acontecimientos, con férrea necesidad, ha llevado a que la emprendiera la burguesía contrarrevolucionaria.

Martov se ha enredado de la manera más inverosímil, ridícula y desamparada.

Desenredando la confusión que ha sembrado, hay que decir:

Justamente hasta el 4 de julio la consigna del paso de todo el poder a los Soviets de entonces era la única correcta. Entonces esto era posible de manera pacífica, sin guerra civil, porque entonces aún no había las violencias sistemáticas contra la masa, contra el pueblo, introducidas después del 4 de julio. Entonces eso aseguraba el desarrollo pacífico hacia adelante de toda la revolución y, en particular, la posibilidad de una superación pacífica de la lucha de clases y de partidos dentro de los Soviets.

Después del 4 de julio, el paso del poder a los Soviets se hizo imposible sin una guerra civil, porque el poder pasó, desde el 4–5 de julio, a una camarilla militar, bonapartista, apoyada por los kadetes y las centurias negras. De aquí se desprende que todos los marxistas, todos los partidarios del proletariado revolucionario, todos los demócratas revolucionarios honestos deben ahora explicar a los obreros y campesinos el cambio radical de la situación, que condiciona una vía distinta para el paso del poder a los proletarios y semiproletarios.

Martov no adujo argumentos en defensa de su “idea” sobre la inadmisibilidad “ahora” de la guerra civil, en defensa de la declaración de que “no entra en sus objetivos derrocar al actual gobierno”. Sin motivación, su opinión, expresada además en una reunión defensista, inevitablemente tira al argumento defensista: que no es admisible la guerra civil en el interior, cuando amenaza un enemigo exterior.

No sabemos si Martov se decidiría a esgrimir abiertamente semejante argumento. Entre la masa de la pequeña burguesía, este argumento es de los más corrientes. Y es, por supuesto, de los más vulgares. La burguesía no temió a la revolución y a la guerra civil en momentos en que amenazaba un enemigo exterior, ni en septiembre de 1870 en Francia, ni en febrero de 1917 en Rusia. La burguesía no temió, a costa de una guerra civil, tomar el poder en sus manos en momentos en que amenazaba un enemigo exterior. Igual de poco va a tener en cuenta este “argumento” de los mentirosos y lacayos de la burguesía el proletariado revolucionario.

Uno de los errores teóricos más clamorosos que comete Martov, y que también es sumamente típico de todo el círculo de ideas políticas de la pequeña burguesía, consiste en la confusión de la contrarrevolución zarista, y monárquica en general, con la contrarrevolución burguesa. Ésta es precisamente la estrechez específica o la ceguera específica del demócrata pequeñoburgués, que no puede zafarse de su dependencia económica, política e ideológica de la burguesía, le cede la primacía, ve en ella el “ideal”, confía en sus gritos sobre el peligro de la “contrarrevolución de derechas”.

Martov expresó este círculo de ideas o, más bien, esta falta de pensamiento de la pequeña burguesía, al decir en su discurso: “Debemos, como contrapeso a la presión ejercida sobre él (sobre el gobierno) desde la derecha, crear una contrapresión”.

He aquí un modelo de credulidad filistea y de olvido de la lucha de clases. El gobierno resulta algo así como por encima de las clases y de los partidos, sobre él sólo “presionan” demasiado fuerte desde la derecha, hay que presionar más fuerte desde la izquierda. ¡Oh, sabiduría, digna de Louis Blanc, Chernov, Tsereteli y toda esa despreciable hermandad! Y cuán infinitamente ventajosa es esta sabiduría filistea para los bonapartistas, cómo quieren ellos presentar a los “pobres mujiks” el asunto precisamente en este aspecto: que el actual gobierno combate tanto a la derecha como a la izquierda, sólo contra los extremismos, realizando la auténtica estatalidad, llevando a la práctica el auténtico democratismo, cuando en realidad es precisamente este gobierno bonapartista el que es el gobierno de la burguesía contrarrevolucionaria.

A la burguesía le conviene (y para perpetuar su dominación le es necesario) engañar al pueblo, presentando las cosas como si ella representara la “revolución en general, mientras que por la derecha, desde el zar, amenaza la contrarrevolución”. Sólo la infinita ceguera de los Dan y Tsereteli, el infinito enamoramiento de sí mismos de los Chernov y Avxéntiev, alimentados por las condiciones de vida de la pequeña burguesía, sostienen esta idea en el seno de la “democracia revolucionaria” en general.

Pero todo aquel que haya aprendido algo de la historia o de la doctrina marxista, deberá reconocer que a la cabeza del análisis político hay que poner la cuestión de las clases: ¿de la revolución de qué clase se trata? ¿Y de la contrarrevolución de qué clase?

La historia de Francia nos muestra que la contrarrevolución bonapartista creció a finales del siglo XVIII (y después, por segunda vez, hacia 1848–1852) sobre el terreno de la burguesía contrarrevolucionaria, abriendo a su vez el camino hacia la restauración de la monarquía legítima. El bonapartismo es una forma de gobierno que brota de la condición contrarrevolucionaria de la burguesía en el marco de transformaciones democráticas y de una revolución democrática.

Hay que cerrar los ojos adrede para no ver cómo ante nuestros ojos crece el bonapartismo en Rusia en condiciones muy similares. La contrarrevolución zarista es ahora insignificante, no tiene ni sombra de importancia política, no desempeña ningún papel político. El espantajo de la contrarrevolución zarista es deliberadamente exhibido e inflado por charlatanes, para asustar a los tontos, para obsequiar con sensaciones políticas a los filisteos, para desviar la atención del pueblo de la verdadera y seria contrarrevolución. No se puede leer sin risa el razonamiento de algún Zarudni, que se esfuerza por sopesar el papel contrarrevolucionario de un aliado de traspatio “Santa Rusia” y que “no advierte” el papel contrarrevolucionario de la alianza de toda la burguesía de Rusia, llamada partido kadete.

El partido kadete es la principal fuerza política de la contrarrevolución burguesa en Rusia. Esta fuerza ha cohesionado magníficamente en torno a sí a todos los centurias negras, tanto en las elecciones como (lo que es aún más importante) en el aparato de la administración militar y civil, y en la campaña de mentiras periodísticas, calumnias y hostigamiento, dirigidas primero contra los bolcheviques, es decir, el partido del proletariado revolucionario, y después contra los Soviets.

El actual gobierno lleva a cabo gradual, pero inexorablemente, precisamente la política que el partido kadete ha predicado y preparado sistemáticamente desde marzo de 1917. La reanudación y prolongación de la guerra imperialista, el cese de la “charla” sobre la paz, el otorgamiento a los ministros del derecho a cerrar periódicos, luego congresos, luego a efectuar detenciones y deportaciones, el restablecimiento de la pena de muerte, los fusilamientos en el frente, el desarme de los obreros y de los regimientos revolucionarios, la inundación de la capital con tropas contrarrevolucionarias, el comienzo de las detenciones y persecuciones de los campesinos por las “incautaciones” por decisión propia, el cierre de fábricas y los lockouts, he aquí una lista aún lejos de ser completa de medidas que dibujan más claramente que claro el cuadro de la contrarrevolución burguesa del bonapartismo.

¿Y el aplazamiento de la convocatoria de la Asamblea Constituyente y la “coronación” de la política bonapartista con el “Sobor de la Tierra” en Moscú, ese paso transitorio hacia el aplazamiento de la Asamblea Constituyente hasta el fin de la guerra? ¿Acaso no es eso una perla de la política bonapartista? Y Martov no ve dónde está el estado mayor de la contrarrevolución burguesa… En verdad, los árboles no les dejan ver el bosque.

¡Qué papel infinitamente sucio y lacayuno desempeñó el CEC de los Soviets, es decir, los eseristas y mencheviques que dominan en él, en el asunto del aplazamiento de la convocatoria de la Asamblea Constituyente! Los kadetes dieron la pauta, lanzaron la idea del aplazamiento, iniciaron la campaña en la prensa, sacaron adelante el congreso cosaco con la exigencia del aplazamiento. (¡El congreso cosaco! ¡Cómo no ser lacayos de Liber, Avxéntiev, Chernov y Tsereteli!) Los mencheviques y eseristas corrieron como gallitos detrás de los kadetes, se arrastraron como perros al silbido del amo, bajo la amenaza del látigo patronal.

En lugar de dar al pueblo un simple resumen de datos fácticos, mostrando cuán descaradamente, cuán desvergonzadamente los kadetes dilataban y obstaculizaban desde marzo la convocatoria de la Asamblea Constituyente; en lugar de desenmascarar las mentirosas evasivas y las seguridades de que la convocatoria de la Asamblea Constituyente a su debido plazo era imposible; en vez de eso, la Mesa del CEC desechó rápidamente las “dudas”, incluso las planteadas por Dan (¡incluso por Dan!), y envió a dos lacayos de este colegio lacayuno, Bramson y Brónzov, al Gobierno Provisional con un informe sobre “la necesidad de aplazar las elecciones a la Asamblea Constituyente hasta el 28–29 de octubre…”. Un magnífico preámbulo a la coronación de los bonapartistas por el Sobor de la Tierra en Moscú. Quien no haya llegado a la completa abyección, debe agruparse en torno al partido del proletariado revolucionario. Sin su victoria no se conseguirá ni la paz para el pueblo, ni la tierra para los campesinos, ni el pan para los obreros y todos los trabajadores.

“Proletari” núm. 6, 1 de septiembre (19 de agosto) de 1917. Firmado: N. Kárpov

Se imprime según el texto del periódico “Proletari”