Se denomina ilusiones constitucionales al error político consistente en que la gente toma por existente un orden normal, jurídico, regulado, sujeto a la ley, en pocas palabras: un orden «constitucional», cuando en realidad este no existe. A primera vista podría parecer que en la Rusia actual, en julio de 1917, cuando aún no ha sido elaborada ninguna constitución, no puede hablarse siquiera de la aparición de ilusiones constitucionales. Pero esto sería un profundo error. En realidad, la clave de toda la situación política actual en Rusia consiste en que masas extraordinariamente amplias de la población están impregnadas de ilusiones constitucionales. Es absolutamente imposible comprender nada de la situación política actual en Rusia sin entender esto. Es imposible dar un solo paso hacia el planteamiento correcto de las tareas tácticas en la Rusia actual sin poner en primer plano la denuncia sistemática y despiadada de las ilusiones constitucionales, el desvelamiento de todas sus raíces y el restablecimiento de una perspectiva política correcta.

Tomemos tres opiniones, las más típicas de las ilusiones constitucionales actuales, y analicémoslas con mayor atención.

Primera opinión: nuestro país vive la víspera de la Asamblea Constituyente{31}; por eso todo lo que ocurre ahora tiene un carácter temporal, transitorio, no muy esencial, no decisivo; todo será pronto revisado y definitivamente establecido por la Asamblea Constituyente. Segunda opinión: ciertos partidos –por ejemplo, los socialrevolucionarios o los mencheviques, o su alianza– tienen una mayoría evidente e indudable entre el pueblo o en las instituciones «más influyentes», como los Soviets; por eso la voluntad de estos partidos, de estas instituciones, así como en general la voluntad de la mayoría del pueblo, no puede ser eludida ni, menos aún, violada en la Rusia republicana, democrática y revolucionaria. Tercera opinión: cierta medida, por ejemplo, el cierre del periódico Pravda, no está legalizada ni por el Gobierno Provisional ni por los Soviets; por eso es solo un episodio, un fenómeno casual, que de ningún modo puede ser considerado como algo decisivo.

Pasemos al análisis de cada una de estas opiniones.

## I

La convocatoria de la Asamblea Constituyente fue prometida ya por el Gobierno Provisional de la primera composición. Este reconoció como su tarea principal llevar al país hasta la Asamblea Constituyente. El Gobierno Provisional de la segunda composición fijó la fecha de convocatoria de la Asamblea Constituyente para el 30 de septiembre. El Gobierno Provisional de la tercera composición, después del 4 de julio, confirmó esta fecha de la manera más solemne.

Sin embargo, 99 probabilidades de 100 hay de que la Asamblea Constituyente no sea convocada en esa fecha. Y en caso de ser convocada en esa fecha, hay de nuevo 99 probabilidades de 100 de que sea tan impotente e inútil como la primera Duma{32}, hasta que triunfe la segunda revolución en Rusia. Para convencerse de esto, basta con apartarse al menos por un momento de ese barullo de frases, promesas y minucias del día que ofusca los cerebros, y mirar lo fundamental, lo que todo lo determina en la vida social: la lucha de clases.

Que la burguesía en Rusia se ha fusionado del modo más estrecho con los terratenientes es evidente. Toda la prensa, todas las elecciones, toda la política del partido kadete y de los partidos más a su derecha, todas las intervenciones de los «congresos» de personas «interesadas» lo demuestran. La burguesía comprende perfectamente lo que no comprenden los charlatanes pequeñoburgueses de los socialrevolucionarios y de los mencheviques «de izquierda», a saber: que es imposible abolir la propiedad privada de la tierra en Rusia, y además sin indemnización, sin una gigantesca revolución económica, sin poner bajo control de todo el pueblo los bancos, sin la nacionalización de los sindicatos, sin una serie de las más despiadadas medidas revolucionarias contra el capital. La burguesía comprende esto perfectamente. Y al mismo tiempo, no puede dejar de saber, de ver, de palpar que la inmensa mayoría del campesinado en Rusia no solo se pronunciará ahora por la confiscación de las tierras de los terratenientes, sino que resultará significativamente más a la izquierda que Chernov. Pues la burguesía sabe mejor que nosotros tanto cuántas concesioncillas parciales le hizo Chernov, al menos desde el 6 de mayo hasta el 2 de julio, en cuestiones de aplazamiento y recorte de diversas reivindicaciones campesinas, como cuánto trabajo les costó a los socialrevolucionarios de derecha (¡pues Chernov es considerado el «centro» entre los socialrevolucionarios!) en el congreso campesino{33} y en el Comité Ejecutivo del Soviet de Diputados Campesinos de toda Rusia «calmar» a los campesinos y darles largas.

La burguesía se distingue de la pequeña burguesía en que de su experiencia económica y política ha extraído la comprensión de las condiciones para el mantenimiento del «orden» (es decir, del sojuzgamiento de las masas) bajo el régimen capitalista. Los burgueses son gente de negocios, gente de gran cálculo comercial, acostumbrados a abordar también las cuestiones políticas de modo estrictamente práctico, con desconfianza hacia las palabras, con habilidad para llevar al toro por las astas.

La Asamblea Constituyente en la Rusia actual dará la mayoría a campesinos más a la izquierda que los socialrevolucionarios. Esto la burguesía lo sabe. Sabiéndolo, no puede dejar de luchar del modo más decidido contra la pronta convocatoria de la Asamblea Constituyente. Conducir una guerra imperialista en el espíritu de los tratados secretos concluidos por Nikolái II, defender la propiedad terrateniente o la indemnización, todo esto es algo imposible o increíblemente difícil bajo una Asamblea Constituyente. La guerra no espera. La lucha de clases no espera. Incluso el breve intervalo del 28 de febrero al 21 de abril lo mostró de modo palmario.

Desde el comienzo mismo de la revolución se perfilaron dos puntos de vista sobre la Asamblea Constituyente. Los socialrevolucionarios y los mencheviques, impregnados hasta la médula de ilusiones constitucionales, contemplaban el asunto con la credulidad del pequeño burgués que no quiere saber de la lucha de clases: ¡La Asamblea Constituyente está proclamada, la Asamblea Constituyente se reunirá, y basta! ¡Lo que exceda de ahí, del maligno proviene! En cambio, los bolcheviques decían: solo en la medida en que se fortalezcan la fuerza y el poder de los Soviets estará asegurada la convocatoria de la Asamblea Constituyente y su éxito. En los mencheviques y socialrevolucionarios el centro de gravedad se desplazaba hacia el acto jurídico: la proclamación, la promesa, la declaración de la convocatoria de la Asamblea Constituyente. En los bolcheviques el centro de gravedad se desplazaba hacia la lucha de clases: si los Soviets vencen, la Asamblea Constituyente estará asegurada; si no, no lo estará.

Así ocurrió. La burguesía llevó todo el tiempo una lucha unas veces oculta, otras abierta, pero continua e incesante contra la convocatoria de la Asamblea Constituyente. Esta lucha se expresó en el deseo de aplazar su convocatoria hasta el fin de la guerra. Esta lucha se expresó en una serie de dilaciones en la fijación de la fecha de convocatoria de la Asamblea Constituyente. Cuando, por fin, después del 18 de junio, más de un mes después de la formación del ministerio de coalición, se fijó la fecha de convocatoria de la Asamblea Constituyente, el periódico burgués de Moscú declaró que esto se había hecho bajo la influencia de la agitación de los bolcheviques. En Pravda se citó la cita exacta de ese periódico.

Después del 4 de julio, cuando el servilismo y el amedrentamiento de los socialrevolucionarios y mencheviques dieron la «victoria» a la contrarrevolución, en *Rech* se deslizó una breve, pero en sumo grado notable expresión: ¡la convocatoria «imposible de pronta» de la Asamblea Constituyente! Y el 16 de julio, en *Volia Naroda*{34} y en *Rússkaya Volia*{35} aparece una nota de que los kadetes exigen el aplazamiento de la convocatoria de la Asamblea Constituyente bajo el pretexto de la «imposibilidad» de convocarla en un plazo tan «corto», y el menchevique Tsereteli, lacayo de la contrarrevolución, ya está de acuerdo, según esta nota, en aplazarla hasta el 20 de noviembre.

No hay duda de que semejante nota solo pudo deslizarse contra la voluntad de la burguesía. A ella no le convienen tales «desvelamientos». Pero no se puede ocultar la verdad. La contrarrevolución, desatada después del 4 de julio, se va de la lengua. La primera toma del poder por la burguesía contrarrevolucionaria después del 4 de julio va acompañada inmediatamente de un paso (y un paso muy serio) contra la convocatoria de la Asamblea Constituyente.

Esto es un hecho. Y este hecho descubre toda la vacuidad de las ilusiones constitucionales. Sin una nueva revolución en Rusia, sin el derrocamiento del poder de la burguesía contrarrevolucionaria (de los kadetes en primer lugar), sin que el pueblo retire la confianza a los partidos socialrevolucionario y menchevique, a los partidos del conciliacionismo con la burguesía, la Asamblea Constituyente o bien no será convocada en absoluto, o bien será un «parloteo de Fráncfort»{36}, una asamblea impotente e inútil de pequeños burgueses, mortalmente atemorizados por la guerra y por la perspectiva del «boicot al poder» por parte de la burguesía, debatiéndose desamparadamente entre los intentos de gobernar sin la burguesía y el miedo a prescindir de la burguesía.

La cuestión de la Asamblea Constituyente está subordinada a la cuestión del curso y el desenlace de la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado. Según recuerdo, "Rábóchaya Gazeta" soltó una vez la fanfarronada de que la Asamblea Constituyente sería una Convención. Este es uno de los ejemplos de la vacua, lastimera y despreciable jactancia de nuestros lacayos mencheviques de la burguesía contrarrevolucionaria. Para no ser una "charlatanería de Fráncfort" o la primera Duma, para ser una Convención, es necesario atreverse, saber y tener la fuerza para asestar golpes despiadados a la contrarrevolución, y no transigir con ella. Para ello es necesario que el poder esté en manos de la clase más avanzada, más decidida, más revolucionaria para la época dada. Para ello es necesario que esta sea apoyada por toda la masa de pobres de la ciudad y el campo (los semiproletarios). Para ello se necesita una represión despiadada de la burguesía contrarrevolucionaria, es decir, de los kadetes y, ante todo, de las altas jerarquías de mando del ejército. Tales son las condiciones reales, de clase, materiales de una Convención. Basta enumerar estas condiciones de manera suficientemente precisa y clara para comprender cuán ridícula es la jactancia de "Rábóchaya Gazeta", cuán insondablemente estúpidas son las ilusiones constitucionales de eseristas y mencheviques respecto a la Asamblea Constituyente en la Rusia actual.

II

Al fustigar a los "socialdemócratas" pequeñoburgueses de 1848, Marx estigmatizaba con particular dureza su desenfrenada fraseología acerca del "pueblo" y de la mayoría del pueblo en general{37}. Es precisamente oportuno recordar esto al analizar la segunda opinión, al analizar las ilusiones constitucionales sobre la "mayoría".

Para que la mayoría decida realmente en el Estado, se necesitan determinadas condiciones reales. A saber: debe estar firmemente establecido un orden estatal tal, un poder estatal tal, que ofrezca la posibilidad de decidir los asuntos por mayoría y asegure la transformación de esta posibilidad en realidad. Esto por un lado. Por otro lado, es necesario que esta mayoría, por su composición de clase, por la correlación de unas u otras clases dentro de esa mayoría (y fuera de ella), pueda conducir la carroza estatal de manera cohesionada y exitosa. Para todo marxista está claro que estas dos condiciones reales desempeñan un papel decisivo en la cuestión de la mayoría del pueblo y del curso de los asuntos estatales conforme a la voluntad de esa mayoría. Y sin embargo, toda la literatura política de eseristas y mencheviques, y más aún toda su conducta política, revela una total incomprensión de estas condiciones.

Si el poder político en el Estado se halla en manos de una clase cuyos intereses coinciden con los intereses de la mayoría, entonces es posible gobernar el Estado realmente de acuerdo con la voluntad de la mayoría. Pero si el poder político está en manos de una clase cuyos intereses divergen de los intereses de la mayoría, entonces todo gobierno según la mayoría se convierte inevitablemente en un engaño o en la represión de esa mayoría. Toda república burguesa nos muestra centenares y miles de ejemplos de ello. En Rusia, la burguesía domina tanto económica como políticamente. Sus intereses, especialmente durante la guerra imperialista, divergen del modo más tajante de los intereses de la mayoría. Por eso, todo el quid de la cuestión, bajo un planteamiento materialista, marxista, y no formal-jurídico, consiste en desenmascarar esta divergencia, en luchar contra el engaño de las masas por parte de la burguesía.

Nuestros eseristas y mencheviques, por el contrario, han demostrado y evidenciado plenamente su verdadero papel como instrumentos del engaño de las masas (la "mayoría") por la burguesía, como conductores y cómplices de tal engaño. Por muy sinceros que puedan ser algunos individuos eseristas y mencheviques, sus ideas políticas fundamentales —que es posible librarse de la guerra imperialista hacia una "paz sin anexiones ni contribuciones", sin la dictadura del proletariado y la victoria del socialismo; que es posible la entrega de la tierra al pueblo sin rescate y el "control" sobre la producción en interés del pueblo, sin esa misma condición—, estas ideas políticas (y económicas, por supuesto) fundamentales de eseristas y mencheviques constituyen, objetivamente, precisamente un autoengaño pequeñoburgués o, lo que es lo mismo, un engaño de las masas (la "mayoría") por la burguesía.

He aquí nuestra primera y principal "corrección" al planteamiento de la cuestión de la mayoría por parte de los demócratas pequeñoburgueses, los socialistas de tipo luisblanquista, eseristas y mencheviques: ¿qué valor tiene en la práctica la "mayoría", cuando la mayoría en sí misma es solo un momento formal, y materialmente, en la realidad, esta mayoría es la mayoría de los partidos que llevan a la práctica el engaño de esa mayoría por la burguesía?

Y, por supuesto —y aquí llegamos a la segunda "corrección", a la segunda de las circunstancias fundamentales señaladas más arriba—, este engaño solo se puede comprender correctamente esclareciendo sus raíces de clase y su significado de clase. No es un engaño personal, no es una "estafa" (por decirlo rudamente), es una idea engañosa que brota de la situación económica de la clase. El pequeñoburgués se encuentra en una situación económica tal, sus condiciones de vida son tales, que no puede dejar de engañarse; gravita de manera involuntaria e inevitable, ora hacia la burguesía, ora hacia el proletariado. Económicamente, no puede tener una "línea" independiente.

Su pasado lo arrastra hacia la burguesía, su futuro hacia el proletariado. Su razón gravita hacia este último, su prejuicio (según la conocida expresión de Marx) hacia la primera{38}. Para que la mayoría del pueblo pueda convertirse en una mayoría real en la gestión del Estado, en un servicio real a los intereses de la mayoría, en una salvaguardia real de sus derechos, etc., se necesita una determinada condición de clase. Esta condición es: la adhesión de la mayoría de la pequeña burguesía, al menos en el momento decisivo y en el lugar decisivo, al proletariado revolucionario.

Sin esto, la mayoría es una ficción que puede mantenerse durante algún tiempo, brillar, resplandecer, hacer ruido, cosechar laureles, pero que, de todos modos, con absoluta inevitabilidad, está condenada al fracaso. Tal fue precisamente, dicho sea de paso, el fracaso de la mayoría que tenían los eseristas y mencheviques, manifestado en la revolución rusa en julio de 1917.

Prosigamos. La revolución se distingue precisamente de la situación "ordinaria" de los asuntos en el Estado en que las cuestiones controvertidas de la vida estatal las resuelve directamente la lucha de clases y la lucha de masas, incluida su lucha armada. No puede ser de otro modo, una vez que las masas son libres y están armadas. De este hecho fundamental se desprende que, en tiempos de revolución, no basta con manifestar la "voluntad de la mayoría"; no, es necesario resultar más fuerte en el momento decisivo y en el lugar decisivo, es necesario vencer. Desde la "guerra campesina" medieval en Alemania, y continuando con todos los grandes movimientos y épocas revolucionarias, hasta 1848 y 1871, hasta 1905, vemos innumerables ejemplos de cómo una minoría más organizada, más consciente, mejor armada, imponía su voluntad a la mayoría y la vencía.

F. Engels subrayó en particular la lección de la experiencia que unifica en cierto grado la insurrección campesina del siglo XVI y la revolución de 1848 en Alemania, a saber: la dispersión de las acciones, la falta de centralización de las masas oprimidas, vinculada a su situación vital pequeñoburguesa{39}. Abordando el asunto también desde este ángulo, llegamos a la misma conclusión: la simple mayoría de las masas pequeñoburguesas aún no decide nada ni puede decidir, pues la organización, la conciencia política de las acciones, su centralización (necesaria para la victoria), todo esto solo pueden darlo a los dispersos millones de pequeños propietarios rurales su dirección, ya sea por parte de la burguesía, ya sea por parte del proletariado.

En última instancia, como es sabido, las cuestiones de la vida social las resuelve la lucha de clases en su forma más aguda, más enconada, es decir, en forma de guerra civil. Y en esta guerra, como en toda guerra, lo que decide –y es un hecho también sabido y que nadie discute en principio– es la economía. Es sumamente característico y significativo que ni los socialrevolucionarios ni los mencheviques, pese a no negarlo «en principio» y pese a comprender perfectamente el carácter capitalista de la Rusia actual, no se decidan a mirar cara a cara la verdad. Tienen miedo a reconocer la verdad, a saber: la división fundamental de todo país capitalista, incluida Rusia, en tres fuerzas básicas, principales: la burguesía, la pequeña burguesía y el proletariado. De la primera y de la tercera hablan todos, todos las reconocen. ¡Pero a la segunda –es decir, justamente a la mayoría numérica!– no quieren valorarla con sobriedad, ni desde el punto de vista económico, ni desde el político, ni desde el militar.

La verdad hiere los ojos: en eso se resume el miedo de los socialrevolucionarios y los mencheviques al autoconocimiento.

III

El cierre de «Pravda», cuando empezábamos este pequeño artículo, era sólo un hecho «casual», que aún no había sido ratificado por el poder estatal. Ahora, después del 16 de julio, ese poder ha cerrado formalmente «Pravda».

Este cierre, si lo examinamos históricamente, en su conjunto, en todo el proceso de preparación y ejecución de esta medida, arroja una luz singularmente clara sobre la «esencia de la constitución» en Rusia y sobre el peligro de las ilusiones constitucionales.

Es sabido que el partido kadete, encabezado por Miliukov y el periódico «Rech», viene exigiendo ya desde el mes de abril represalias contra los bolcheviques. En las formas más diversas, desde los artículos «estatistas» de «Rech» hasta las reiteradas exclamaciones de Miliukov de «¡detenedlos!» (a Lenin y a otros bolcheviques), esta exigencia de represalias constituía una de las partes principales, si no la principal, del programa político de los kadetes en la revolución.

Mucho antes de la abominable y calumniosa acusación, inventada y fraguada por Aleksinski y Cía. en junio y julio, de espionaje alemán o de haber recibido dinero alemán; mucho antes de la acusación, no menos calumniosa y contradictoria con hechos notorios y documentos publicados, de «insurrección armada» o de «revuelta»; mucho antes de todo eso, el partido kadete exige sistemática, incesante e inflexiblemente represalias contra los bolcheviques. Si ahora esa exigencia se ha llevado a la práctica, ¿qué opinión merecen la honradez o la perspicacia de quienes olvidan, o aparentan olvidar, la verdadera fuente clasista y partidista de esa exigencia? ¿Cómo no calificar de burda falsificación o de estupidez increíble en política el empeño de los socialrevolucionarios y los mencheviques por presentar ahora las cosas como si ellos creyesen en un «pretexto» «casual» o «singular», surgido el 4 de julio, para las represalias contra los bolcheviques? ¡Hay, en efecto, límites a la tergiversación de verdades históricas incontestables!

Basta comparar el movimiento del 20–21 de abril con el del 3–4 de julio para convencerse inmediatamente de su carácter homogéneo: explosión espontánea de descontento, de impaciencia y de indignación de las masas; disparos provocadores desde la derecha y muertos en la avenida Nevski; clamores calumniosos de la burguesía y en especial de los kadetes, según los cuales «los leninistas dispararon en la Nevski»; encono extremo y exacerbación de la lucha entre la masa proletaria y la burguesía; completa confusión de los partidos pequeñoburgueses, socialrevolucionarios y mencheviques; gigantesca envergadura de las vacilaciones en su política y en la cuestión del poder estatal en general. Todos estos hechos objetivos caracterizan a ambos movimientos. Y el 9–10 y el 18 de junio nos muestran, de otra forma, un cuadro de clase absolutamente igual.

El curso de los acontecimientos es más claro que la luz del día: crecimiento cada vez mayor del descontento, de la impaciencia y de la indignación de las masas; exacerbación cada vez mayor de la lucha entre el proletariado y la burguesía, en particular por la influencia sobre las masas pequeñoburguesas; y, en relación con ello, dos grandes acontecimientos históricos que prepararon la dependencia de los socialrevolucionarios y mencheviques respecto a los kadetes contrarrevolucionarios. Esos acontecimientos son: el ministerio de coalición del 6 de mayo, en el que los socialrevolucionarios y los mencheviques resultaron ser servidores de la burguesía, enredándose cada vez más en tratos y acuerdos con ella, en miles de «servicios» prestados, en aplazamientos de las medidas revolucionarias más urgentes; y, a continuación, la ofensiva en el frente. La ofensiva significaba inevitablemente la reanudación de la guerra imperialista, un gigantesco reforzamiento de la influencia, del peso y del papel de la burguesía imperialista, una difusión vastísima del chovinismo entre las masas y, por último –last but not least (último en orden, pero no en importancia)–, el traspaso del poder, primero militar y luego estatal en general, a manos de las altas jerarquías militares contrarrevolucionarias.

Tal es el curso de los acontecimientos históricos que profundizó y exacerbó las contradicciones de clase desde el 20–21 de abril hasta el 3–4 de julio, y que permitió a la burguesía contrarrevolucionaria llevar a la práctica, después del 4 de julio, lo que ya el 20–21 de abril se perfilaba con total claridad como su programa y su táctica, su objetivo inmediato y sus «limpios» medios que debían conducir a esa meta.

Nada hay más vacuo desde el punto de vista histórico, nada más lamentable en teoría y más ridículo en la práctica, que los lloriqueos pequeñoburgueses a propósito del 4 de julio (repetidos, dicho sea de paso, también por L. Mártov) acerca de que los bolcheviques «se las ingeniaron» para infligirse una derrota, de que su «aventurerismo» la provocó, etc., etc. Todos esos lloriqueos, todos esos razonamientos de que «no habría que haber» participado (¡en el intento de dar un carácter «pacífico y organizado» al descontento y la indignación archilegítimos de las masas!) se reducen o bien a renegadismo, si proceden de bolcheviques, o bien son la manifestación habitual en el pequeño burgués de su habitual amedrentamiento y confusión. En realidad, el movimiento del 3–4 de julio surgió del movimiento del 20–21 de abril y después de él con la misma inevitabilidad con que el verano sigue a la primavera. Deber indiscutible del partido del proletariado era permanecer junto a las masas, esforzarse por dar el carácter más pacífico y organizado posible a sus acciones justas, no apartarse a un lado, no lavarse las manos a lo Pilatos sobre la base pedantesca de que la masa no está organizada hasta el último hombre y de que en su movimiento se producen excesos (¡como si el 20–21 de abril no hubiera habido excesos! ¡como si hubiera existido en la historia un solo movimiento serio de masas sin excesos!).

Y la derrota de los bolcheviques tras el 4 de julio se derivó con necesidad histórica de todo el curso anterior de los acontecimientos, precisamente porque la masa pequeñoburguesa y sus líderes, los socialrevolucionarios y los mencheviques, el 20–21 de abril aún no estaban atados por la ofensiva, aún no se habían enredado en el «ministerio de coalición» mediante componendas con la burguesía, mientras que hacia el 4 de julio se habían atado y enredado hasta tal punto que no pudieron dejar de precipitarse hacia la colaboración (en las represalias, en las calumnias, en el verduguismo) con los kadetes contrarrevolucionarios. Los socialrevolucionarios y los mencheviques se precipitaron definitivamente el 4 de julio en la cloaca de la contrarrevolución, porque ya se venían precipitando hacia esa cloaca sin cesar en mayo y en junio, en el ministerio de coalición y aprobando la política de ofensiva.

Nos hemos apartado un tanto, aparentemente, de nuestro tema, de la cuestión del cierre de «Pravda» hacia la cuestión de la apreciación histórica del 4 de julio. Pero eso es sólo en apariencia. Pues no se puede entender una cosa sin la otra. Hemos visto que el cierre de «Pravda», las detenciones de bolcheviques y otras persecuciones contra ellos no son –si se mira la esencia del asunto y la concatenación de los acontecimientos– sino la ejecución del viejo programa de la contrarrevolución, y en particular de los kadetes.

Resulta sumamente instructivo examinar ahora quiénes y con qué procedimientos llevaron a la práctica ese programa.

Veamos los hechos. El 2 y el 3 de julio el movimiento crece; las masas hierven, indignadas por la inacción del gobierno, la carestía, la ruina y la ofensiva. Los kadetes se retiran, jugando a «hacer concesiones» y planteando un ultimátum a los socialrevolucionarios y los mencheviques, dejándoles a ellos, atados al poder pero sin tener poder, pagar por la derrota y por la indignación de las masas.

Los bolcheviques del 2 y el 3 contienen a la gente para que no se manifieste. Esto lo reconoció incluso un testigo de Delo Naroda, al relatar lo ocurrido el 2 de julio en el regimiento de granaderos. En la noche del 3, el movimiento se desborda y los bolcheviques redactan un llamamiento sobre la necesidad de dar al movimiento un carácter "pacífico y organizado". El 4 de julio, los disparos provocadores desde la derecha aumentan el número de víctimas de los tiroteos de ambos bandos: ¡es necesario subrayar que la promesa del Comité Ejecutivo de investigar los acontecimientos, de publicar boletines dos veces al día, etc., etc., quedó en una promesa vacía! ¡Los eseristas y mencheviques no hicieron absolutamente nada, ni siquiera han publicado la lista completa de los muertos de ambos bandos!

En la noche del 4, los bolcheviques redactaron un llamamiento sobre el cese de las manifestaciones, y esa misma noche fue impreso en Pravda. Pero esa misma noche comienza, en primer lugar, la llegada de tropas contrarrevolucionarias a Petrogrado (al parecer, por llamamiento o con el consentimiento de los eseristas y mencheviques, de sus Soviets, ¡guardando, por supuesto, el más estricto silencio sobre este punto "delicado" hasta ahora, cuando ya ha pasado la más mínima necesidad de secreto!). En segundo lugar, esa misma noche comienzan los pogromos contra los bolcheviques por destacamentos de cadetes, etc., que actúan claramente por encargo del comandante de las tropas, Polóvtsev, y del Estado Mayor. En la noche del 4 al 5 destrozan Pravda, el 5 y el 6 destrozan su imprenta "Trud", matan al obrero Vóinov en pleno día por sacar de la imprenta la Hoja de Pravda, realizan registros y detenciones de bolcheviques, desarman a los regimientos revolucionarios.

¿Quién comenzó a ejecutar todo esto? No el gobierno ni el Soviet, sino una banda militar contrarrevolucionaria, concentrada en torno al Estado Mayor, actuando en nombre de la "contrainteligencia", poniendo en marcha el panfleto fabricado por Perevérzev y Alexinski para "encender la furia" de las tropas, y demás.

El gobierno está ausente. Los Soviets están ausentes; tiemblan por su propia suerte, reciben una serie de comunicados de que los cosacos pueden venir y aplastarlos. La prensa centurionegrista y kadete, que había desencadenado el hostigamiento contra los bolcheviques, inicia el hostigamiento contra los Soviets.

Los eseristas y mencheviques se han atado de pies y manos con toda su política. Como personas atadas, llamaron (o toleraron el llamado) a las tropas contrarrevolucionarias a Petrogrado. Y esto los ató aún más. Han rodado hasta el fondo mismo del repugnante pozo de la contrarrevolución. Cobardemente, disuelven su propia comisión nombrada para investigar el "caso" de los bolcheviques. Con vileza, entregan a los bolcheviques a la contrarrevolución. Humillados, participan en la manifestación del funeral de los cosacos muertos, besando así la mano a los contrarrevolucionarios.

Son personas atadas. Están en el fondo del pozo.

Se agitan, entregándole la cartera a Kérenski, yendo a Canossa{40} ante los kadetes, organizando el "Zemski Sobor" o "coronación" del gobierno contrarrevolucionario en Moscú{41}. Kérenski destituye a Polóvtsev.

Pero esas agitaciones no dejan de ser agitaciones sin cambiar en absoluto la esencia del asunto. Kérenski destituye a Polóvtsev y al mismo tiempo formaliza, legaliza las medidas de Polóvtsev, su política, cierra Pravda, introduce la pena de muerte para los soldados, prohíbe los mítines en el frente, continúa las detenciones de bolcheviques (¡incluso de Kollontái!) según el programa de Alexinski.

La "esencia de la constitución" en Rusia se define con una claridad asombrosa: la ofensiva en el frente y la coalición con los kadetes en la retaguardia arrojan a los eseristas y mencheviques al pozo de la contrarrevolución. De hecho, el poder estatal pasa a sus manos, a las manos de la banda militar. Kérenski y el gobierno de Tsereteli y Chérnov son solo una pantalla para ella, se ven obligados a legalizar a posteriori sus medidas, sus pasos, su política.

El regateo de Kérenski, Tsereteli, Chérnov con los kadetes tiene una importancia de segundo, si no de décimo, orden. Que los kadetes ganen en ese regateo, que Tsereteli y Chérnov se mantengan todavía "solos", la esencia del asunto no cambiará; el giro de los eseristas y mencheviques hacia la contrarrevolución (giro forzado por toda su política desde el 6 de mayo) sigue siendo el hecho fundamental, principal, decisivo.

El ciclo del desarrollo de los partidos se ha completado. Los eseristas y mencheviques han ido rodando de escalón en escalón, desde la "confianza" a Kérenski del 28 de febrero hasta el 6 de mayo, que los ató a la contrarrevolución, hasta el 5 de julio, cuando han rodado hasta lo más bajo hacia ella.

Comienza un nuevo período. La victoria de la contrarrevolución provoca el desengaño de las masas respecto a los partidos eserista y menchevique y abre el camino para su tránsito a la política de apoyo al proletariado revolucionario.

Escrito el 26 de julio (8 de agosto) de 1917.

Publicado el 4 y 5 de agosto de 1917 en el periódico "Rabochi i Soldat", núms. 11 y 12.

Se imprime según el manuscrito.