Con demasiada frecuencia ha ocurrido que, cuando la historia da un viraje brusco, incluso los partidos de vanguardia no pueden, durante un tiempo más o menos largo, adaptarse a la nueva situación, y repiten consignas que ayer eran justas, pero que hoy han perdido todo sentido, han perdido su sentido tan “súbitamente” como “súbito” ha sido el brusco viraje de la historia.

Algo parecido puede repetirse, al parecer, con la consigna de que todo el poder del Estado pase a los Soviets. Esta consigna fue justa durante el período, ya irrevocablemente pasado, de nuestra revolución, digamos, del 27 de febrero al 4 de julio. Esta consigna ha dejado de ser justa, evidentemente, en la actualidad. Sin comprenderlo, es imposible entender nada de las cuestiones candentes del momento. Cada consigna concreta debe ser deducida del conjunto de las peculiaridades de una situación política determinada. Y la situación política en Rusia ahora, después del 4 de julio, se diferencia radicalmente de la situación del 27 de febrero al 4 de julio.

Entonces, en aquel período ya pasado de la revolución, dominaba en el Estado la llamada “dualidad de poderes”, que expresaba material y formalmente un estado indefinido, de transición, del poder estatal. No olvidemos que la cuestión del poder es la cuestión fundamental de toda revolución.

Entonces el poder se hallaba en un estado de vacilación. El Gobierno Provisional y los Soviets se lo repartían por un acuerdo voluntario entre ellos. Los Soviets representaban delegaciones de la masa de obreros y soldados libres, es decir, no sometidos a ninguna violencia externa, y armados. Las armas en manos del pueblo, la ausencia de violencia externa sobre el pueblo: he aquí la esencia del asunto. He aquí lo que abría y aseguraba la vía pacífica de desarrollo de toda la revolución. La consigna: “todo el poder a los Soviets” era la consigna del paso inmediato, directamente realizable en esta vía pacífica de desarrollo. Era la consigna del desarrollo pacífico de la revolución, que fue posible del 27 de febrero al 4 de julio y, por supuesto, lo más deseable, y que ahora es absolutamente imposible.

Por lo visto, no todos los partidarios de la consigna: “todo el poder a los Soviets” han meditado lo suficiente sobre que ésta era una consigna de desarrollo pacífico de la revolución. Pacífico no sólo en el sentido de que nadie, ninguna clase, ninguna fuerza seria habría podido entonces (del 27 de febrero al 4 de julio) oponerse e impedir el paso del poder a los Soviets. Esto no es todo. El desarrollo pacífico habría sido posible entonces, incluso en el sentido de que la lucha de clases y de partidos dentro de los Soviets habría podido entonces, a condición del paso oportuno a ellos de toda la plenitud del poder estatal, coexistir de la manera más pacífica y menos dolorosa.

A este último aspecto del asunto tampoco se le ha prestado aún suficiente atención. Los Soviets, por su composición de clase, eran órganos del movimiento de los obreros y campesinos, la forma ya dispuesta de su dictadura. Si hubieran tenido la plenitud del poder, el principal defecto de las capas pequeñoburguesas, su principal pecado, la confianza en los capitalistas, se habría superado en la práctica, se habría criticado con la experiencia de sus propias medidas. La sucesión de clases y partidos que detentan el poder habría podido, dentro de los Soviets, sobre la base de su poder único y omnímodo, desarrollarse pacíficamente; el vínculo de todos los partidos soviéticos con las masas habría podido mantenerse firme e inalterable. No se puede perder de vista ni un minuto que sólo este estrechísimo vínculo, que crecía libremente a lo ancho y a lo hondo, de los partidos soviéticos con las masas habría podido ayudar a superar pacíficamente las ilusiones del pactismo pequeñoburgués con la burguesía. El paso del poder a los Soviets no habría cambiado por sí mismo, ni habría podido cambiar, la correlación de clases; no habría cambiado nada en el carácter pequeñoburgués del campesinado. Pero habría dado oportunamente un gran paso hacia la separación de los campesinos de la burguesía, hacia el acercamiento y luego la unión de aquéllos con los obreros.

Así habría podido ser si el poder hubiera pasado a tiempo a los Soviets. Así habría sido lo más fácil, lo más ventajoso para el pueblo. Este camino habría sido el menos doloroso, y por eso era necesario luchar con la mayor energía por él. Pero ahora esta lucha, la lucha por el paso oportuno del poder a los Soviets, ha terminado. La vía pacífica de desarrollo se ha hecho imposible. Ha comenzado una vía no pacífica, la más dolorosa.

El viraje del 4 de julio consiste precisamente en que, después de él, la situación objetiva cambió bruscamente. El estado vacilante del poder cesó, el poder pasó, en el lugar decisivo, a manos de la contrarrevolución. El desarrollo de los partidos sobre la base del pactismo de los partidos pequeñoburgueses eseristas y mencheviques con los kadetes contrarrevolucionarios condujo a que estos dos partidos pequeñoburgueses resultaran ser participantes de hecho y cómplices de la carnicería contrarrevolucionaria. La confianza inconsciente de la pequeña burguesía en los capitalistas llevó a aquélla, por el curso del desarrollo de la lucha de partidos, hasta la consciente apoyo a los contrarrevolucionarios. El ciclo de desarrollo de las relaciones partidarias ha concluido. El 27 de febrero todas las clases estaban juntas contra la monarquía. Después del 4 de julio, la burguesía contrarrevolucionaria, de la mano con los monárquicos y las centurias negras, atrajo a los pequeñoburgueses eseristas y mencheviques, en parte atemorizándolos, y entregó el poder estatal efectivo en manos de los Cavaignac, en manos de la camarilla militar que fusila a los insubordinados en el frente, que aplasta a los bolcheviques en Petrogrado.

La consigna del paso del poder a los Soviets sonaría ahora como quijotismo o como una burla. Esta consigna, objetivamente, sería un engaño al pueblo, sugiriéndole la ilusión de que a los Soviets les basta ahora con desear tomar el poder o decretarlo para obtenerlo, de que en los Soviets hay aún partidos que no se han manchado con la complicidad con los verdugos, de que es posible hacer que lo ocurrido no haya ocurrido.

Sería un error profundísimo pensar que el proletariado revolucionario es capaz, por “venganza”, por así decirlo, contra los eseristas y mencheviques por su apoyo al aplastamiento de los bolcheviques, a los fusilamientos en el frente y al desarme de los obreros, de “negarse” a apoyarlos contra la contrarrevolución. Semejante planteamiento de la cuestión sería, en primer lugar, trasladar al proletariado conceptos pequeño burgueses sobre la moral (pues por el bien de la causa el proletariado apoyará siempre no sólo a la pequeña burguesía vacilante, sino también a la gran burguesía); sería, en segundo lugar –y esto es lo principal– un intento pequeñoburgués de velar, por medio del “moralizar”, la esencia política del asunto.

Esta esencia del asunto consiste en que el poder no se puede ya tomar ahora pacíficamente. Sólo se puede obtener venciendo en una lucha decisiva a los detentadores reales del poder en el momento actual, precisamente a la camarilla militar, a los Cavaignac, que se apoyan en las tropas reaccionarias traídas a Petrogrado, en los kadetes y en los monárquicos.

La esencia del asunto consiste en que vencer a estos nuevos detentadores del poder estatal sólo pueden las masas revolucionarias del pueblo, para cuyo movimiento la condición no es únicamente que sean dirigidas por el proletariado, sino también que se aparten de los partidos eserista y menchevique, que han traicionado la causa de la revolución.

Quien introduce en la política la moral pequeñoburguesa, razona así: supongamos que los eseristas y mencheviques cometieron un “error” al apoyar a los Cavaignac, que desarman al proletariado y a los regimientos revolucionarios; pero hay que darles la posibilidad de “corregir” el error, “no dificultarles” la rectificación del “error”; facilitar la oscilación de la pequeña burguesía hacia los obreros. Semejante razonamiento sería una ingenuidad infantil o simplemente una estupidez, si no es un nuevo engaño a los obreros. Pues la oscilación de las masas pequeñoburguesas hacia los obreros consistiría sólo, y precisamente, en que esas masas se apartaran de los eseristas y mencheviques. La corrección del “error” por los partidos eserista y menchevique sólo podría consistir ahora en que estos partidos declararan cómplices de los verdugos a Tsereteli y Chernov, a Dan y Rakitnikov. Estamos plena e incondicionalmente a favor de tal “corrección del error”…

La cuestión fundamental de la revolución es la cuestión del poder, hemos dicho. Hay que añadir: precisamente las revoluciones nos muestran a cada paso cómo se vela la cuestión de dónde está el verdadero poder, nos muestran la divergencia entre el poder formal y el real. Justamente en esto consiste una de las principales peculiaridades de todo período revolucionario. En marzo y abril de 1917 se ignoraba si el poder real estaba en manos del gobierno o en manos del Soviet.

Pero ahora es especialmente importante que los obreros conscientes miren con serenidad la cuestión fundamental de la revolución: en manos de quién está, en el momento actual, el poder estatal. Pensad cuáles son sus manifestaciones materiales, no toméis las frases por hechos, y no os será difícil la respuesta.

El Estado es, ante todo, destacamentos de hombres armados con apéndices materiales como las cárceles –escribió Friedrich Engels{15}. Ahora éstos son los junkers, los cosacos reaccionarios especialmente concentrados en Petrogrado; son quienes mantienen en la cárcel a Kamenev y a otros; quienes cerraron el periódico “Pravda”; quienes desarmaron a los obreros y a cierta parte de los soldados; quienes fusilan a una parte igualmente determinada de los soldados; quienes fusilan a una parte igualmente determinada de las tropas en el ejército. He ahí a estos verdugos, éste es el poder real. Tsereteli y Chernov son ministros sin poder, ministros-títeres, jefes de partidos que apoyan la carnicería. Esto es un hecho. Y este hecho no cambia porque ni Tsereteli ni Chernov personalmente, seguramente, “no aprueben” la carnicería, que sus periódicos se desentiendan tímidamente de ella: semejante modificación del ropaje político no cambia la esencia del asunto.

El cierre del órgano de 150.000 electores de Petrogrado, el asesinato del obrero Voinov (6 de julio) por los junkers al sacar de la imprenta la “Hoja de Pravda”{16}, ¿acaso no es carnicería? ¿Acaso no es obra de los Cavaignac? Ni el gobierno ni los Soviets “son culpables” de esto, se nos dirá.

Tanto peor para el gobierno y para los Soviets, responderemos, pues entonces son ceros; son marionetas, el poder real no está en sus manos.

El pueblo debe, ante todo y sobre todo, saber la verdad: saber en manos de quién está realmente el poder estatal. Hay que decir al pueblo toda la verdad: el poder está en manos de la camarilla militar de los Cavaignac (Kerenski, ciertos generales, oficiales, etc.), a los que apoya la burguesía como clase, con el partido k. d. a la cabeza, y con todos los monárquicos, actuando a través de todos los periódicos de las centurias negras, a través de “Nóvoe Vremia”, “Zhivoe Slovo”, etc., etc.

Este poder hay que derrocarlo. Sin esto, todas las frases sobre la lucha contra la contrarrevolución son frases vacías, “autoengaño y engaño al pueblo”.

A este poder lo apoyan ahora los ministros Tsereteli y Chernov y sus partidos: hay que explicar al pueblo su papel de verdugos y la inevitabilidad de semejante “final” de estos partidos después de sus “errores” del 21 de abril, 5 de mayo{17}, 9 de junio{18}, 4 de julio, después de su aprobación de la política de ofensiva, política que en sus nueve décimas partes predeterminó la victoria de los Cavaignac en julio.

Toda la agitación entre el pueblo debe ser reestructurada de modo que tenga en cuenta la experiencia concreta de la revolución actual y, en particular, de las jornadas de julio, es decir, que señale claramente al verdadero enemigo del pueblo, la camarilla militar, los kadetes y los de las centurias negras, y que desenmascare de manera precisa a esos partidos pequeñoburgueses, los partidos eserista y menchevique, que han desempeñado y desempeñan el papel de cómplices de los verdugos.

Toda la agitación entre el pueblo debe ser reestructurada de modo que esclarezca la total desesperanza de obtener la tierra para los campesinos mientras no sea derrocado el poder de la camarilla militar, mientras no sean desenmascarados y privados de la confianza popular los partidos eserista y menchevique. Esto sería un proceso muy largo y muy difícil en condiciones “normales” de desarrollo capitalista, pero la guerra y la ruina económica acelerarán el asunto en proporciones inmensas. Son “aceleradores” tales que un mes e incluso una semana pueden equivaler a un año.

Probablemente, contra lo dicho más arriba se esgrimirían dos objeciones: primera, que hablar ahora de lucha decisiva significa alentar acciones dispersas, que precisamente ayudarían a la contrarrevolución; segunda, que su derrocamiento significaría de todos modos el paso del poder a los Soviets.

En respuesta a la primera objeción diremos: los obreros de Rusia son ya bastante conscientes para no caer en la provocación en un momento notoriamente desventajoso para ellos. Que ahora alzarse y resistir significaría ayudar a la contrarrevolución, es indiscutible. Que la lucha decisiva sólo es posible con un nuevo ascenso de la revolución en las masas más profundas, también es indiscutible. Pero no basta hablar del ascenso de la revolución, de su flujo, de la ayuda de los obreros occidentales, etc., en general; hay que sacar una conclusión determinada de nuestro pasado, hay que tener en cuenta precisamente nuestras lecciones. Y este balance da precisamente la consigna de la lucha decisiva contra la contrarrevolución que ha tomado el poder.

La segunda objeción también se reduce a sustituir las verdades concretas por razonamientos demasiado generales. El derrocamiento de la contrarrevolución burguesa no puede darlo nada ni ninguna fuerza, excepto el proletariado revolucionario. Precisamente el proletariado revolucionario, después de la experiencia de julio de 1917, debe tomar por sí mismo en sus manos el poder estatal; fuera de esto, no puede haber victoria de la revolución. El poder en manos del proletariado, su apoyo por el campesinado más pobre o los semiproletarios: he aquí la única salida, y ya hemos respondido cuáles son las circunstancias concretas que pueden acelerarla extraordinariamente.

Los Soviets pueden y deberán aparecer en esta nueva revolución, pero no los Soviets actuales, no los órganos de pactismo con la burguesía, sino órganos de lucha revolucionaria contra ella. Que también entonces estaremos por la construcción de todo el Estado según el tipo de los Soviets, es cierto. No es ésta una cuestión sobre los Soviets en general, sino una cuestión sobre la lucha contra la contrarrevolución dada y contra la traición de los Soviets dados.

Sustituir lo concreto por lo abstracto es uno de los principales pecados, de los más peligrosos, en la revolución. Los Soviets dados han fracasado, han sufrido un completo descalabro debido al predominio en ellos de los partidos eserista y menchevique. En este momento, estos Soviets se parecen a carneros llevados al matadero, puestos bajo el hacha y que mugen lastimeramente. Los Soviets ahora son impotentes e indefensos ante la contrarrevolución que ha vencido y sigue venciendo. La consigna de entregar el poder a los Soviets puede ser interpretada como un “simple” llamamiento a que el poder pase precisamente a los Soviets dados, y decir esto, llamar a esto, significaría ahora engañar al pueblo. Nada hay más peligroso que el engaño.

El ciclo de desarrollo de la lucha de clases y de partidos en Rusia del 27 de febrero al 4 de julio ha terminado. Comienza un nuevo ciclo, en el que no entran las viejas clases, ni los viejos partidos, ni los viejos Soviets, sino clases, partidos y Soviets renovados por el fuego de la lucha, templados, instruidos, recreados por el curso de la lucha. Hay que mirar no hacia atrás, sino hacia adelante. Hay que operar no con las viejas, sino con las nuevas categorías de clase y de partido, posteriores a julio. Hay que partir, al comenzar el nuevo ciclo, de la contrarrevolución burguesa victoriosa, victoriosa gracias al pactismo con ella de los eseristas y mencheviques, y que sólo puede ser vencida por el proletariado revolucionario. En este nuevo ciclo habrá, por supuesto, todavía variadas etapas hasta la victoria definitiva de la contrarrevolución y hasta la derrota definitiva (sin lucha) de los eseristas y mencheviques y hasta un nuevo ascenso de la nueva revolución. De esto, sin embargo, sólo se podrá hablar más tarde, cuando se perfilen estas etapas por separado…

Escrito a mediados de julio de 1917.

Publicado en 1917 en un folleto aparte editado por el Comité de Kronstadt del POSDR(b).

Se imprime según el texto del folleto.