Toda revolución, si es una verdadera revolución, se reduce a un desplazamiento de clases. Y por eso, el mejor medio para esclarecer la conciencia de las masas –y también para combatir el engaño de las masas mediante el juramento por la revolución– consiste en analizar qué desplazamiento de clases se ha producido y se está produciendo en la revolución dada.

En los años 1904–1916 se perfiló con particular relieve la correlación de clases en Rusia durante los últimos años del zarismo. Un puñado de terratenientes feudales, encabezados por Nicolás II, se hallaba en el poder, en estrechísima alianza con los magnates del capital financiero, que obtenían ganancias inauditas en Europa y en beneficio de los cuales se concertaban tratados de rapiña en política exterior.

La burguesía liberal, con los kadetes a la cabeza, estaba en la oposición. Temiendo al pueblo más que a la reacción, se iba acercando al poder mediante la conciliación con la monarquía.

El pueblo, es decir, los obreros y el campesinado, con dirigentes empujados a la clandestinidad, era revolucionario, constituía la «democracia revolucionaria», proletaria y pequeñoburguesa.

La revolución del 27 de febrero de 1917 barrió la monarquía y colocó en el poder a la burguesía liberal. Esta última, actuando en acuerdo directo con los imperialistas anglofranceses, quería un pequeño golpe palaciego. En ningún caso quería ir más allá de una monarquía constitucional censitaria. Y cuando la revolución fue de hecho más lejos, hacia la completa destrucción de la monarquía y la creación de los Soviets (de diputados obreros, soldados y campesinos), la burguesía liberal se volvió enteramente contrarrevolucionaria.

Ahora, cuatro meses después del golpe, el carácter contrarrevolucionario de los kadetes, ese partido principal de la burguesía liberal, es claro como el día. Todos lo ven. Todos se ven obligados a reconocerlo. Pero no todos están de acuerdo en mirar de frente esta verdad y meditar su significado.

En Rusia hay ahora una república democrática, gobernada por el libre acuerdo de partidos políticos que hacen libre agitación entre el pueblo. Los cuatro meses transcurridos desde el 27 de febrero han cohesionado y perfilado completamente a todos los partidos de alguna importancia, los han puesto a prueba en las elecciones (a los Soviets y a las instituciones locales), han revelado su vinculación con las distintas clases.

En Rusia está actualmente en el poder la burguesía contrarrevolucionaria, frente a la cual la «oposición de Su Majestad» la constituye la democracia pequeñoburguesa, es decir, los partidos eserista y menchevique. La esencia de la política de estos partidos consiste en la conciliación con la burguesía contrarrevolucionaria. La democracia pequeñoburguesa asciende al poder, llenando primero las instituciones locales (así como los liberales bajo el zarismo conquistaron primero los zemstvos). Esta democracia pequeñoburguesa quiere compartir el poder con la burguesía, no derrocarla, exactamente igual que los kadetes querían compartir el poder con la monarquía y no derrocar la monarquía. Y la conciliación de la democracia pequeñoburguesa (eseristas y mencheviques) con los kadetes está provocada por la profunda afinidad de clase entre los pequeños y los grandes burgueses, del mismo modo que la afinidad de clase entre el capitalista y el terrateniente que vive en las condiciones del siglo XX los obligaba a abrazarse en torno al monarca «adorado».

Ha cambiado la forma de la conciliación: bajo la monarquía era tosca, el zar solo dejaba entrar al kadete en los patios traseros de la Duma de Estado. Bajo la república democrática la conciliación se ha vuelto refinada a la europea: a los pequeñoburgueses se les deja entrar en minoría inofensiva y para papeles inofensivos (para el capital) en el ministerio.

Los kadetes ocuparon el lugar de la monarquía. Los Tsereteli y Chernov ocuparon el lugar de los kadetes. La democracia proletaria ocupó el lugar de la democracia verdaderamente revolucionaria.

La guerra imperialista ha acelerado de modo extraordinario todo el desarrollo. Sin ella, los eseristas y mencheviques hubieran podido suspirar durante decenios por los puestecillos ministeriales. Pero esta misma guerra acelera también el desarrollo ulterior. Porque plantea las cuestiones no de manera reformista, sino revolucionaria.

Los partidos eserista y menchevique podrían dar a Rusia no pocas reformas mediante un acuerdo con la burguesía. Pero la situación objetiva en la política mundial es revolucionaria, y de ella no se sale con reformas.

La guerra imperialista oprime y aplastará a los pueblos. La democracia pequeñoburguesa quizás pueda aplazar la catástrofe por poco tiempo. Sólo el proletariado revolucionario está en condiciones de salvar de la catástrofe.

«Pravda» núm. 92, 10 de julio (27 de junio) de 1917.  
Se publica según el texto del periódico «Pravda».