«Ha llegado un momento de viraje en la revolución rusa», dijo Tsereteli al informar al Congreso de los Soviets sobre la ofensiva desencadenada{126}. Sí, ha llegado un momento de viraje no sólo para la revolución rusa, sino también para todo el curso de la guerra mundial. El gobierno ruso, después de tres meses de vacilaciones, ha adoptado en la práctica la decisión que le exigían los gobiernos de los «aliados».

La ofensiva se anuncia en nombre de la paz. Pero «en nombre de la paz» lanzan las tropas al combate los imperialistas de todos los países: en cada ofensiva, en cada uno de los países beligerantes, los generales intentan levantar el ánimo de los soldados con la viva esperanza de que dicha ofensiva conduzca al logro de la paz más rápidamente.

Este recurso habitual de todos los imperialistas lo han adornado los ministros «socialistas» rusos con las frases más rimbombantes, donde las palabras socialismo, democracia, revolución suenan como cascabeles en las manos de un hábil malabarista. Con ningún discurso altisonante se puede ocultar el hecho de que el ejército revolucionario de Rusia ha sido lanzado al combate en nombre de los objetivos de los imperialistas de Inglaterra, Francia, Italia, Japón y América. Ningún sofisma del ex zimmerwaldiano y actual socio de Lloyd George, Chernov, podrá ocultar que, aunque el ejército ruso y el proletariado ruso realmente no persigan objetivos de conquista, eso no cambia en lo más mínimo el carácter imperialista y rapaz de la lucha entre los dos trusts mundiales. Mientras no sean revisados los tratados secretos que vinculan a Rusia con los imperialistas de otros países, mientras Ribot, Lloyd George y Sonnino, como aliados de Rusia, sigan hablando de los objetivos de conquista de su política exterior, la ofensiva de las tropas rusas es y seguirá siendo un servicio a los imperialistas.

Pero nosotros hemos declarado en reiteradas ocasiones que renunciamos a toda conquista, objetan Tsereteli y los Chernov. Tanto peor, diremos nosotros: eso significa que sus palabras están en desacuerdo con sus actos, ya que en la práctica sirven al imperialismo tanto ruso como extranjero. Y cuando empiezan a contribuir activamente al imperialismo «aliado», están prestando magníficos servicios a la contrarrevolución rusa. La alegría de todos los centenaristas negros y de todos los contrarrevolucionarios ante el viraje decisivo de su política lo atestigua con meridiana claridad. Sí, la revolución rusa está viviendo un momento de viraje. El gobierno ruso, representado por los ministros «socialistas», ha hecho lo que no pudieron hacer los ministros imperialistas, Guchkov y Miliukov: ha puesto al ejército ruso a disposición de los estados mayores y de los diplomáticos, que actúan en nombre y sobre la base de los tratados secretos no abolidos, en nombre de los objetivos proclamados abiertamente por Ribot y Lloyd George. Pero el gobierno ha podido cumplir su tarea sólo porque el ejército le ha creído y le ha seguido. Ha ido a la muerte creyendo que sus sacrificios se realizaban en nombre de la libertad, en nombre de la revolución, en nombre de la paz más próxima.

Pero el ejército lo ha hecho porque es sólo una parte del pueblo, que en esta etapa de la revolución ha seguido a los partidos socialrevolucionario y menchevique. Este hecho general y fundamental —la confianza de la mayoría en la política pequeñoburguesa y dependiente del capital de los mencheviques y eseristas— determina la posición y la conducta de nuestro partido.

Con incesante energía seguiremos desenmascarando la política del gobierno, previniendo resueltamente, como antes, a los obreros y soldados contra las absurdas esperanzas de acciones aisladas y desorganizadas.

Se trata de la etapa de la revolución del conjunto del pueblo. Tsereteli y los Chernov, al quedar sujetos al imperialismo, transitan la etapa de las ilusiones pequeñoburguesas, de las frases pequeñoburguesas, que encubren el mismo y cínico imperialismo.

Esta etapa debe ser superada. Ayudemos a superarla más rápida y menos dolorosamente. Conducirá al pueblo a desembarazarse de las últimas ilusiones pequeñoburguesas, al paso del poder a manos de la clase revolucionaria.

«Pravda» № 87, 4 de julio (21 de junio) de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Pravda».