El dieciocho de junio, de una forma u otra, pasará a la historia de la revolución rusa como uno de los días de viraje.

La posición recíproca de las clases, su correlación en la lucha entre sí, su fuerza, en particular comparada con la fuerza de los partidos: todo esto quedó de manifiesto en la manifestación del domingo de manera tan nítida, tan clara, tan impresionante, que cualquiera que sea el curso y el ritmo del desarrollo ulterior, la ganancia en conciencia y claridad sigue siendo gigantesca.

La manifestación disipó en unas horas, como un puñado de polvo, las vanas habladurías sobre los bolcheviques conspiradores y mostró con indiscutible evidencia que la vanguardia de las masas trabajadoras de Rusia, el proletariado industrial de la capital y sus tropas, apoyan en su aplastante mayoría las consignas que siempre ha defendido nuestro partido.

El paso acompasado de los batallones obreros y soldados. Cerca de medio millón de manifestantes. La unidad de una ofensiva compacta. La unidad en torno a las consignas, entre las cuales predominaban de modo gigantesco: «todo el poder a los Soviets», «abajo los 10 ministros capitalistas», «ni paz por separado con los alemanes, ni tratados secretos con los capitalistas anglo-franceses», etc. A ninguno de los que vieron la manifestación le quedó duda de la victoria de estas consignas entre la vanguardia organizada de las masas obreras y soldados de Rusia.

La manifestación del 18 de junio se convirtió en una manifestación de las fuerzas y la política del proletariado revolucionario, que señala la dirección de la revolución, que indica la salida del callejón sin salida. En esto reside el gigantesco significado histórico de la manifestación del domingo, en esto reside su diferencia de principio con las manifestaciones del día de los funerales de las víctimas de la revolución y del 1.º de Mayo. Aquéllas fueron una conmemoración general de la primera victoria de la revolución y de sus héroes, una mirada del pueblo hacia atrás, hacia la primera etapa hacia la libertad, recorrida por él con la mayor rapidez y el mayor éxito. El Primero de Mayo fue una fiesta de anhelos y esperanzas, ligada a la historia del movimiento obrero mundial, a su ideal de paz y socialismo.

Ni una ni otra manifestación se proponían indicar la dirección del movimiento ulterior de la revolución, ni podían indicarlo. Ni una ni otra planteaban ante las masas y en nombre de las masas las cuestiones concretas, definidas y candentes sobre hacia dónde y cómo debe marchar la revolución.

En este sentido, el 18 de junio fue la primera manifestación política de acción, una explicación —no en un libro o en un periódico, sino en la calle, no a través de los dirigentes, sino a través de las masas—, una explicación de cómo actúan, quieren y actuarán las diferentes clases para llevar la revolución adelante.

La burguesía se escondió. En una manifestación pacífica, organizada por la manifiesta mayoría del pueblo, con libertad de consignas partidarias, cuyo objetivo principal era la acción contra la contrarrevolución, en una manifestación así, la burguesía se negó a participar. Y es comprensible. La burguesía es precisamente la contrarrevolución. Se esconde del pueblo, organiza verdaderas conspiraciones contrarrevolucionarias contra el pueblo. Los partidos que gobiernan hoy en Rusia, los partidos de los socialistas revolucionarios y de los mencheviques, se mostraron de manera patente en el día histórico del 18 de junio como partidos de vacilaciones. Sus consignas expresaban vacilación, y tras sus consignas resultó estar —de forma clara, evidente para todos— la minoría. Quedarse quietos, dejarlo todo por ahora como antes: eso es lo que aconsejaban al pueblo con sus consignas, con sus vacilaciones. Y el pueblo sentía, y ellos sentían, que eso es imposible.

¡Basta de vacilaciones! —decía la vanguardia del proletariado, la vanguardia de las masas obreras y soldados de Rusia—. ¡Basta de vacilaciones! La política de confianza a los capitalistas, a su gobierno, a sus intentos reformistas, a su guerra, a su política ofensiva: esta política es desesperada. Su quiebra no está lejos. Su quiebra es inevitable. Será también la quiebra de los partidos gobernantes de los socialistas revolucionarios y de los mencheviques. La devastación se avecina cada vez más. De ella no se puede escapar más que con medidas revolucionarias de la clase revolucionaria que esté en el poder.

¡Que el pueblo rompa con la política de confianza a los capitalistas, que otorgue su confianza a la clase revolucionaria, al proletariado! ¡En él, y solo en él, está la fuente de la fuerza. En él, y solo en él, está la garantía de servir a los intereses de la mayoría, a los intereses de los trabajadores y explotados, oprimidos por la guerra y el capital, capaces de vencer la guerra y el capital!

Una crisis de proporciones inauditas se ha cernido sobre Rusia y sobre toda la humanidad. La salida solo está en la confianza al destacamento de vanguardia más organizado de los trabajadores y explotados, en el apoyo a su política.

Si el pueblo comprenderá pronto esta lección y cómo la llevará a la práctica, no lo sabemos. Pero sabemos firmemente que fuera de esta lección no hay salida del callejón sin salida, que las posibles vacilaciones o las atrocidades de la contrarrevolución no darán nada.

Fuera de la plena confianza de las masas populares en su dirigente, el proletariado, no hay salida.

«Pravda» n.º 86, 3 de julio (20 de junio) de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Pravda»