No. La dualidad de poderes se mantiene. La cuestión fundamental de toda revolución, la cuestión del poder en el Estado, sigue pendiente en un estado incierto, inestable, claramente transitorio.

Comparen los periódicos ministeriales, por ejemplo, «Rech», por un lado, «Izvestia», «Delo Naroda», «Rabóchaya Gazeta», por el otro. Repasen las escasas, por desgracia demasiado escasas, comunicaciones oficiales sobre lo que se hace en las sesiones del Gobierno Provisional, cómo «aplaza» la discusión de las cuestiones más esenciales, siendo impotente para adoptar un rumbo definido. Lean detenidamente la resolución del Comité Ejecutivo del Soviet de Diputados Obreros y Soldados del 16 de mayo sobre la cuestión más esencial, más importante, de las medidas para combatir la desorganización económica, con la catástrofe inevitablemente amenazante, y se convencerán de la más absoluta persistencia de la dualidad de poderes.

Todos reconocen que el país se acerca con enorme rapidez a la catástrofe, y se limitan a contestaciones vacías.

¿Acaso no es una contestación vacía una resolución sobre una cuestión como la catástrofe, en un momento como el que vivimos, que amontona comisiones sobre comisiones, secciones sobre secciones, subsecciones sobre subsecciones? Cuando, a propósito del escandaloso e inaudito caso de los industriales del carbón del Donets, desenmascarados por la desorganización consciente de la producción, ese mismo Comité Ejecutivo adopta una resolución en la que, una vez más, no hay nada más que buenos deseos? Fijar precios, regular beneficios, establecer un salario mínimo, proceder a la creación de trusts regulados por el Estado, ¿a través de quién? ¿Cómo? «¡A través de instituciones centrales y locales de la cuenca del Donets-Krivói Rog. Esas instituciones deben tener un carácter democrático y estar compuestas con la participación de representantes de los obreros, los empresarios, el gobierno y las organizaciones democráticas revolucionarias!»

Sería cómico si no se tratara de una tragedia.

Pues es bien sabido que instituciones «democráticas» semejantes, tanto en provincias como en Petrogrado (ese mismo Comité Ejecutivo del Soviet de Diputados Obreros y Soldados), existían y existen, siendo absolutamente incapaces de hacer nada. Desde fines de marzo –¡de marzo!– se vienen celebrando conferencias de los obreros y los industriales del Donets. Ha pasado más de un mes y medio. El resultado es que los obreros del Donets se han visto obligados a reconocer la desorganización consciente de la producción por los industriales.

¡Y al pueblo se lo agasaja de nuevo con promesas, comisiones, reuniones de representantes de obreros e industriales (¿no estarán en igual número?), para empezar otra y otra vez la misma canción!

La raíz del mal está en la dualidad de poderes. La raíz del error de los populistas y mencheviques está en la incomprensión de la lucha de clases, que quieren sustituir o encubrir, conciliar con frasecitas, promesas, contestaciones vacías, comisiones «con la participación» de representantes... ¡del mismo gobierno de la dualidad de poderes!

Los capitalistas se han enriquecido de modo inaudito y escandaloso durante la guerra. Tienen de su parte a la mayoría del gobierno. Quieren la omnipotencia, no pueden, desde el punto de vista de su situación de clase, dejar de aspirar a la omnipotencia, dejar de defenderla.

Las masas obreras, constituyendo la gigantesca mayoría de la población, teniendo en sus manos los Soviets, sintiendo su fuerza como mayoría, viendo por doquier las promesas de «democratización» de la vida, sabiendo que la democracia es el dominio de la mayoría sobre la minoría (y no al revés, como quieren los capitalistas), consiguiendo mejoras en su vida solo desde la revolución, y aun eso no en todas partes, y no desde el inicio de la guerra, las masas obreras no pueden dejar de aspirar a la omnipotencia del pueblo, es decir, de la mayoría de la población, es decir, a la decisión de los asuntos por la mayoría de los obreros contra la minoría de los capitalistas, y no por el «acuerdo» de la mayoría con la minoría.

La dualidad de poderes se mantiene. El gobierno de los capitalistas sigue siendo el gobierno de los capitalistas, a pesar del apéndice que representa la minoría de populistas y mencheviques. Los Soviets siguen siendo la organización de la mayoría. Los líderes populistas y mencheviques se agitan desamparados, queriendo sentarse entre dos sillas.

Y la crisis crece. Se ha llegado a crímenes increíblemente insolentes por parte de los capitalistas industriales del carbón, al sabotaje y a la paralización de la producción por su parte. Crece el paro. Se habla de lockouts. Los lockouts, en esencia, empiezan precisamente en la forma de la desorganización de la producción por los capitalistas (¡pues el carbón es el pan de la industria!), precisamente en la forma del paro creciente.

Toda la responsabilidad por esta crisis, por la catástrofe inminente, recae sobre los líderes populistas y mencheviques. Pues precisamente ellos, en el momento actual, son los líderes de los Soviets, es decir, de la mayoría. La renuencia de la minoría (los capitalistas) a someterse a la mayoría es inevitable. Quien no ha olvidado todo lo que enseñan tanto la ciencia como la experiencia de todos los países, quien no ha olvidado la lucha de clases, no aguardará crédulamente un «acuerdo» con los capitalistas en una cuestión tan fundamental y candente.

La mayoría de la población, es decir, los Soviets, es decir, los obreros y campesinos, tendrían plena posibilidad de salvar la situación, de impedir a los capitalistas desorganizar y paralizar la producción, de tomarla inmediatamente, de hecho, bajo su control, si no fuera por la política «conciliadora» de los líderes populistas y mencheviques. Ellos cargan con toda la responsabilidad por la crisis y por la catástrofe.

Pero no hay salida, salvo la decisión de la mayoría de los obreros y campesinos contra la minoría de los capitalistas. Ninguna dilación ayudará; sólo agravarán la enfermedad.

Desde el punto de vista del marxismo, el «conciliacionismo» de los líderes populistas y mencheviques es una manifestación de las vacilaciones de la pequeña burguesía, que teme confiar en los obreros, teme romper con los capitalistas. Esas vacilaciones son inevitables, así como es inevitable nuestra lucha, la lucha del partido proletario, por superar las vacilaciones, por esclarecer al pueblo la necesidad de restablecer, organizar, aumentar la producción contra los capitalistas.

No hay otra salida. O retroceder, hacia la omnipotencia de los capitalistas, o avanzar, hacia la democracia auténtica, hacia la decisión por la mayoría. La actual dualidad de poderes no puede durar mucho.

«Pravda» núm. 62, 2 de junio (20 de mayo) de 1917.  
Se publica según el texto del periódico «Pravda».