«Finánsovaya Gazeta»{67} en su editorial del 17 de mayo escribe:

«El vuelco político, tan deseado y esperado por todos, está adoptando una forma nunca vista en ningún lugar, la de una revolución social. La “lucha de clases”, legítima y natural en un país libre, ha cobrado entre nosotros el carácter de una guerra de clases. Se avecina la bancarrota financiera. Es inevitable el colapso de la industria…

Para la revolución política bastaba con obtener la abdicación de Nicolás II y arrestar a una decena de sus ministros. Eso podía lograrse fácilmente en un solo día. Pero para una revolución social es necesario obtener la abdicación de todas sus propiedades de decenas de millones de ciudadanos y arrestar a todos los no socialistas. Eso no se conseguirá ni en decenas de años.»

¡No es cierto, estimados conciudadanos, es una absoluta falsedad! Les place llamar «revolución social» al paso del control de la industria a manos de los obreros. Pero al hacerlo cometen tres monstruosos errores:

En primer lugar, también la revolución del 27 de febrero fue una revolución social. Todo vuelco político, si no es un simple cambio de camarillas, es una revolución social; la única cuestión es de qué clase es esa revolución social. La revolución del 27 de febrero de 1917 transfirió el poder de manos de los terratenientes feudales, encabezados por Nicolás II, a manos de la burguesía. Fue una revolución social de la burguesía.

Mediante una terminología torpe y científicamente incorrecta, confundiendo revolución «social» y «socialista», «Finánsovaya Gazeta» pretende ocultar al pueblo el hecho evidente de que los obreros y los campesinos no pueden contentarse con la mera conquista del poder por la burguesía.

Los señores capitalistas silencian este hecho simple y claro, engañándose a sí mismos y al pueblo.

En segundo lugar, «nunca vista en ningún lugar» debe calificarse también la gran guerra imperialista de 1914–1917. En ningún lugar se ha visto una devastación semejante, semejantes horrores sangrientos, semejantes calamidades, semejante derrumbe de toda la cultura. No es la impaciencia de nadie, ni la propaganda de nadie, sino las condiciones objetivas, lo inédito de esta quiebra de toda la cultura, lo que impone el tránsito al control de la producción y la distribución, de los bancos, de las fábricas, etc.

De lo contrario, sin exageración alguna, sería inevitable la muerte de decenas de millones de personas.

Y, con la libertad creada por el «vuelco político» del 27 de febrero, con la existencia de los Soviets de diputados obreros, campesinos y de otros tipos, semejante control solo es posible bajo la preponderancia de los obreros y campesinos, con la subordinación de la minoría de la población a la mayoría. Por mucho que se indignen, esto no lo pueden cambiar.

En tercer lugar —y esto es lo más importante—, ni siquiera para la revolución socialista se necesita en modo alguno «la abdicación de todas sus propiedades de decenas de millones de ciudadanos». Ni siquiera para el socialismo (y el control de los bancos y las fábricas aún no es socialismo) es necesario nada por el estilo.

Es la mayor calumnia contra el socialismo. Ningún socialista ha propuesto jamás despojar de la propiedad (= «obtener la abdicación de todas sus propiedades») a «decenas de millones», es decir, a los campesinos pequeños y medios.

¡Nada de eso!

Todos los socialistas siempre han refutado semejante despropósito.

Los socialistas quieren obtener la «abdicación» solo de los terratenientes y de los capitalistas. Para asestar un golpe decisivo a esa burla sangrante contra el pueblo que practican, por ejemplo, los magnates del carbón, desorganizando y saboteando la producción, basta con obtener la «abdicación» de unos pocos centenares, a lo sumo de mil o dos mil millonarios, de los magnates de la banca, el comercio y la industria.

Esto es plenamente suficiente para quebrantar la resistencia del capital. Incluso a ese puñado de ricachones no es necesario privarlos de «todos» sus derechos de propiedad; se les puede dejar tanto la propiedad de muchos bienes de consumo como la de una determinada renta modesta.

Quebrantar la resistencia de unos pocos centenares de millonarios: en eso, y solo en eso, consiste la tarea. Bajo esta, y solo bajo esta condición, se puede evitar el colapso.

«Pravda» núm. 61, 1 de junio (19 de mayo) de 1917.

Impreso según el texto del periódico «Pravda»