La cuestión de la guerra y la revolución se plantea con tanta frecuencia últimamente, tanto en toda la prensa como en cada asamblea popular, que, con toda probabilidad, muchos de vosotros no sólo conocéis bien numerosos aspectos de esta cuestión, sino que incluso habéis llegado a estar hartos de ella. Yo no he tenido aún la posibilidad de intervenir ni una sola vez, ni siquiera de estar presente en las reuniones del partido o en las asambleas populares en general de esta circunscripción, y por eso corro el riesgo, quizá, de incurrir en repeticiones o de no detenerme con suficiente detalle en aquellos aspectos de esta cuestión que tanto os interesan.

Me parece que lo principal que se suele olvidar en la cuestión de la guerra, aquello a lo que no se presta suficiente atención, lo principal por lo que se producen tantas discusiones y, yo diría, discusiones vacías, sin esperanza, sin objeto, es el olvido de la cuestión fundamental acerca de qué carácter de clase tiene la guerra, por qué ha estallado esta guerra, qué clases la libran, qué condiciones históricas e histórico-económicas la han provocado. En la medida en que he podido seguir, en los mítines y en las reuniones del partido, el modo en que se plantea entre nosotros la cuestión de la guerra, he llegado al convencimiento de que la masa de malentendidos sobre este terreno surge precisamente porque a cada paso hablamos, al analizar la cuestión de la guerra, en lenguajes completamente distintos.

Desde el punto de vista del marxismo, es decir, del socialismo científico moderno, la cuestión fundamental cuando los socialistas discuten cómo se debe valorar la guerra y cómo se debe reaccionar ante ella, consiste en saber por qué se libra esta guerra, por qué clases fue preparada y dirigida. Nosotros, los marxistas, no pertenecemos al número de los adversarios incondicionales de toda guerra. Nosotros decimos: nuestro objetivo es alcanzar un régimen social socialista que, al eliminar la división de la humanidad en clases, al eliminar toda explotación del hombre por el hombre y de una nación por otras naciones, eliminará inevitablemente toda posibilidad de guerras en general. Pero en la guerra por este régimen social socialista tropezaremos inevitablemente con condiciones en las que la lucha de clases dentro de cada nación aislada puede chocar con la guerra entre distintas naciones, engendrada por esta misma lucha de clases, y no podemos, por tanto, negar la posibilidad de guerras revolucionarias, es decir, de guerras que han brotado de la lucha de clases, que son libradas por clases revolucionarias y que tienen un significado revolucionario directo e inmediato. Tanto menos podemos negarlo cuanto que en la historia de las revoluciones europeas del último siglo, de unos 125-135 años, junto a la mayoría de guerras reaccionarias, han tenido lugar también guerras revolucionarias, por ejemplo, la guerra de las masas populares revolucionarias francesas contra la Europa monárquica, atrasada, feudal y semifeudal unida. Y en la actualidad no hay engaño a las masas más difundido en Europa Occidental, y últimamente también entre nosotros, en Rusia, que el engañarlas mediante referencias al ejemplo de las guerras revolucionarias. Hay guerras y guerras. Hay que discernir de qué condiciones históricas ha brotado una guerra dada, qué clases la libran, en nombre de qué. Sin haber dilucidado esto, condenaremos todos nuestros razonamientos sobre la guerra al más completo vacío, a discusiones puramente verbales y estériles. He aquí por qué me permitiré, ya que habéis planteado como tema vuestro la cuestión de la correlación entre la guerra y la revolución, detenerme detalladamente en este aspecto del asunto.

Es conocida la máxima de uno de los más célebres escritores sobre filosofía de la guerra y sobre historia de las guerras, Clausewitz, que dice: «La guerra es la continuación de la política por otros medios». Esta máxima pertenece a un escritor que examinó la historia de las guerras y extrajo lecciones filosóficas de esta historia, poco después de la época de las guerras napoleónicas. Este escritor, cuyas ideas fundamentales se han convertido en la actualidad en patrimonio indiscutible de toda persona pensante, luchaba ya hace unos 80 años contra el prejuicio filisteo e ignorante de que la guerra pueda ser separada de la política de los gobiernos correspondientes, de las clases correspondientes, de que la guerra pueda ser considerada alguna vez como un simple ataque que perturba la paz, y luego el restablecimiento de esta paz perturbada. ¡Se pelearon e hicieron las paces! Esta es una concepción burda e ignorante, refutada hace decenas de años y refutada por todo análisis, por poco atento que sea, de cualquier época histórica de guerras.

La guerra es la continuación de la política por otros medios. Toda guerra está indisociablemente ligada al régimen político del que brota. La misma política que una potencia determinada, una clase determinada dentro de esa potencia, ha llevado durante un largo tiempo antes de la guerra, esa misma clase la continúa inevitable e ineludiblemente durante la guerra, cambiando sólo la forma de acción.

La guerra es la continuación de la política por otros medios. Si los ciudadanos revolucionarios y los campesinos revolucionarios franceses de finales del siglo XVIII, tras derrocar a su monarquía por la vía revolucionaria, instauraron una república democrática —ajustando cuentas con su monarca, ajustaron cuentas de manera revolucionaria también con sus terratenientes—, esta política de la clase revolucionaria no pudo dejar de sacudir hasta los cimientos a toda la restante Europa autocrática, zarista, real, semifeudal. Y la continuación inevitable de esta política de la clase revolucionaria vencedora en Francia fueron las guerras en las que todos los pueblos monárquicos de Europa se alzaron contra la Francia revolucionaria, formando su célebre coalición, y marcharon contra Francia en una guerra contrarrevolucionaria. Así como en el interior del país el pueblo revolucionario francés manifestó entonces por vez primera un máximo de energía revolucionaria jamás visto en siglos, así también en la guerra de finales del siglo XVIII manifestó una gigantesca creatividad revolucionaria semejante, recreando todo el sistema de la estrategia, rompiendo todas las viejas leyes y costumbres de la guerra y creando, en lugar de los viejos ejércitos, un ejército nuevo, revolucionario, popular, y un nuevo modo de conducción de la guerra. Este ejemplo, me parece, merece especialmente atención, porque nos muestra de manera patente lo que a cada paso olvidan ahora los publicistas de los periódicos burgueses, jugando con los prejuicios y con la ignorancia filistea de masas populares completamente subdesarrolladas, que no comprenden esta indisoluble ligazón económica e histórica de toda guerra con la política que la precedió de cada país, de cada clase que dominaba antes de la guerra y aseguraba la consecución de sus fines por medios llamados «pacíficos». Llamados así, pues las medidas de represión que, por ejemplo, suelen ser necesarias para la dominación «pacífica» sobre las colonias, difícilmente pueden llamarse pacíficas.

En Europa reinaba la paz, pero ésta se mantenía porque la dominación de los pueblos europeos sobre centenares de millones de habitantes de las colonias se realizaba únicamente mediante guerras constantes, continuas, que nunca cesaban, guerras que nosotros, los europeos, no consideramos guerras, porque demasiado a menudo no se parecían a guerras, sino a la más brutal de las carnicerías, al exterminio de pueblos desarmados. Y la cuestión es precisamente que, para comprender la guerra moderna, debemos ante todo echar una mirada de conjunto a la política de las potencias europeas en su totalidad. No hay que tomar ejemplos aislados, casos aislados, que siempre es fácil desgajar de la concatenación de los fenómenos sociales y que no tienen ningún valor, porque es igualmente fácil aducir un ejemplo contrario. No, hay que tomar toda la política de todo el sistema de los estados europeos en su interrelación económica y política, para comprender de qué modo de este sistema ha brotado, de manera constante e inevitable, la guerra presente.

Observamos constantes intentos, sobre todo por parte de los periódicos capitalistas —da igual que sean monárquicos o republicanos— de atribuir a la guerra actual un contenido histórico que le es ajeno. Por ejemplo, no hay recurso más habitual en la república francesa que los intentos de presentar esta guerra, por parte de Francia, como la continuación y semejanza de las guerras de la gran revolución francesa de 1792. No hay recurso más extendido para engañar a las masas populares francesas, a los obreros franceses y a los obreros de todos los países, que trasladar a nuestra época la «jerga» de aquella época, algunas de sus consignas, y el intento de presentar las cosas como si también ahora la Francia republicana defendiera su libertad contra la monarquía. Olvidan la «pequeña» circunstancia de que entonces, en 1792, la guerra en Francia la libraba una clase revolucionaria que había realizado una revolución sin precedentes, que con un heroísmo inaudito de las masas destruyó hasta los cimientos la monarquía francesa y se alzó contra la Europa monárquica unificada sin otro objetivo que el de continuar su lucha revolucionaria.

La guerra en Francia fue la continuación de la política de aquella clase revolucionaria que hizo la revolución, conquistó la república, ajustó cuentas con los capitalistas y terratenientes franceses con una energía nunca vista hasta entonces, y en nombre de esta política, de su continuación, emprendió una guerra revolucionaria contra la Europa monárquica unificada.

Ahora, en cambio, tenemos ante nosotros, ante todo, una alianza de dos grupos de potencias capitalistas. Tenemos ante nosotros a todas las más grandes potencias capitalistas mundiales —Inglaterra, Francia, América, Alemania—, cuya política a lo largo de toda una serie de decenios ha consistido en una rivalidad económica incesante por dominar el mundo entero, por sojuzgar a las pequeñas nacionalidades, por asegurarse beneficios triples y décuples del capital bancario, que ha envuelto al mundo entero en la red de su influencia. Esta es la política real de Inglaterra y Alemania. Lo subrayo. Nunca es demasiado insistir en subrayarlo, porque, si olvidamos esto, no podremos comprender nada en la guerra actual y nos hallaremos entonces impotentes, a merced de cualquier publicista burgués que nos endilgue frases engañosas.

La política real de ambos grupos de los más grandes gigantes capitalistas —Inglaterra y Alemania, que se han lanzado uno contra otro junto con sus aliados—, esta política a lo largo de toda una serie de decenios antes de la guerra, debe ser estudiada y comprendida en su conjunto. Si no lo hiciéramos, no solo olvidaríamos la exigencia fundamental del socialismo científico y de toda ciencia social en general, sino que nos privaríamos de la posibilidad de comprender nada en la guerra moderna. Nos entregaríamos en manos de Miliukov, ese embaucador que atiza el chovinismo y el odio de un pueblo hacia otro con los procedimientos que se aplican, sin excepción alguna, en todas partes, procedimientos sobre los cuales escribió hace ochenta años el mencionado por mí al principio, Clausewitz, quien ya entonces ridiculizaba la idea de que los pueblos vivían en paz y luego, ¡de repente, se peleaban! ¡Como si eso fuera cierto! ¿Acaso se puede explicar la guerra sin relacionarla con la política precedente del Estado en cuestión, del sistema de Estados en cuestión, de las clases en cuestión? Repito una vez más: esta es la cuestión fundamental que se olvida constantemente, por cuya incomprensión 9/10 de las conversaciones sobre la guerra se convierten en vanas riñas y en intercambio de palabrería. Nosotros decimos: si no han estudiado la política de ambos grupos de potencias beligerantes a lo largo de decenios —para que no haya casualidades, para que no se saquen ejemplos aislados—, si no han mostrado la conexión de esta guerra con la política precedente, ¡no han comprendido nada de esta guerra!

Y esta política nos muestra una sola cosa: la incesante rivalidad económica de los dos más grandes gigantes mundiales, de las economías capitalistas. Por un lado, Inglaterra, un Estado que posee la mayor parte del globo terrestre, un Estado que ocupa el primer lugar por su riqueza, que ha creado esta riqueza no tanto con el trabajo de sus obreros, sino, principalmente, con la explotación de una cantidad inmensa de colonias, con la fuerza inmensa de los bancos ingleses, que se constituyeron, a la cabeza de todos los demás bancos, en un ínfimo grupo —unos tres, cuatro, cinco— de bancos gigantes que disponen de cientos de miles de millones de rublos y disponen de ellos de tal manera que se puede decir sin exageración alguna: no hay un pedazo de tierra en todo el globo terrestre sobre el cual este capital no haya puesto su pesada mano, no hay un pedazo de tierra que no esté envuelto por miles de hilos del capital inglés. Este capital creció a fines del siglo XIX y comienzos del XX hasta tales dimensiones, que extendió su actividad mucho más allá de las fronteras de los Estados particulares, formando un grupo de bancos gigantes con una riqueza inaudita. Destacando a este ínfimo número de bancos, envolvió al mundo entero mediante esta red de cientos de miles de millones de rublos. Esto es lo fundamental en la política económica de Inglaterra y en la política económica de Francia, sobre la cual los propios escritores franceses, colaboradores, por ejemplo, de «L'Humanité», periódico dirigido hoy por ex socialistas (como el conocido escritor sobre cuestiones financieras Lysis, y no otro), escribían ya varios años antes de la guerra: «Francia es una monarquía financiera, Francia es una oligarquía financiera, Francia es el usurero de todo el mundo».

Por otro lado, frente a este grupo, principalmente anglo-francés, se irguió otro grupo de capitalistas, aún más rapaz, aún más bandidesco: el grupo de los que llegaron a la mesa de los manjares capitalistas cuando los puestos ya estaban ocupados, pero que introdujeron en la lucha nuevos métodos de desarrollo de la producción capitalista, una técnica mejor, una organización sin parangón que transforma el viejo capitalismo, el capitalismo de la época de la libre competencia, en capitalismo de trusts gigantes, sindicatos, cárteles. Este grupo introdujo los principios de la estatalización de la producción capitalista, de la unión de la fuerza gigantesca del capitalismo con la fuerza gigantesca del Estado en un solo mecanismo, que coloca a decenas de millones de personas en una sola organización de capitalismo de Estado. Esta es la historia económica, esta es la historia diplomática a lo largo de una serie de decenios, de la que nadie puede escapar. Solo ella les proporciona el camino hacia la solución correcta de la cuestión de la guerra y les lleva a la conclusión de que esta guerra es también producto de la política de las clases que en esta guerra se han enzarzado, de los dos más grandes gigantes, que mucho antes de la guerra arrojaron sobre el mundo entero, sobre todos los países, las redes de su explotación financiera y se repartieron económicamente todo el mundo antes de la guerra. Debían chocar necesariamente porque, desde el punto de vista del capitalismo, se había vuelto inevitable un nuevo reparto de este dominio.

El antiguo reparto se basaba en que Inglaterra, durante varios cientos de años, arruinó a sus anteriores competidores. Su anterior competidora fue Holanda, que dominaba sobre todo el mundo; su anterior competidora fue Francia, que libró guerras por el dominio durante cerca de cien años. Mediante largas guerras, Inglaterra consolidó, sobre la base de su fuerza económica, de la fuerza de su capital comercial, su dominio indiscutido en todo el mundo sobre el mundo. Apareció un nuevo depredador, se creó en 1871 una nueva potencia capitalista, que se desarrollaba con una rapidez inconmensurablemente mayor que Inglaterra. Este es el hecho fundamental. No encontrarán un solo libro de historia económica que no reconozca este hecho indiscutible: el desarrollo más rápido de Alemania. Este rápido desarrollo del capitalismo de Alemania fue el desarrollo de un depredador joven y fuerte, que apareció en la unión de potencias europeas y dijo: «Ustedes arruinaron a Holanda, ustedes destrozaron a Francia, ustedes tomaron medio mundo en sus manos, tengan a bien darnos una parte correspondiente». ¿Y qué significa «parte correspondiente»? ¿Cómo definirla en el mundo capitalista, en el mundo de los bancos? Allí la fuerza se define por la cantidad de bancos, allí la fuerza se define como la definía un órgano de los multimillonarios estadounidenses con una franqueza puramente estadounidense y un cinismo puramente estadounidense. Ellos declararon: «En Europa se libra una guerra por el dominio sobre el mundo. Para dominar el mundo, se necesitan dos cosas: dólares y bancos. Dólares tenemos, los bancos los crearemos y dominaremos el mundo». Esta es la declaración del periódico rector de los multimillonarios estadounidenses. Debo decir que en esta cínica frase estadounidense del multimillonario ensoberbecido e insolente hay mil veces más verdad que en miles de artículos de embusteros burgueses que presentan esta guerra como una guerra por unos supuestos intereses nacionales, cuestiones nacionales y otras mentiras similares, evidentes hasta la obviedad, que arrojan por la borda toda la historia en su conjunto y toman un ejemplo aislado, como aquel caso en que el depredador alemán se abalanzó sobre Bélgica. Este caso, sin duda, es verdadero. Sí, este grupo de depredadores se abalanzó sobre Bélgica con una ferocidad inaudita{54}, pero hizo lo mismo que otro grupo de ellos hacía ayer por otros métodos y hace hoy sobre otros pueblos.

Cuando discutimos sobre la cuestión de las anexiones —pues esta cuestión entra en lo que yo intentaba exponerles brevemente como la historia de las relaciones económicas y diplomáticas que provocaron la guerra actual—, cuando discutimos sobre las anexiones, siempre olvidamos que habitualmente esto es precisamente aquello por lo que se libra esta guerra: por el reparto de las presas o, dicho de modo más popular, por el reparto del botín saqueado por dos bandas de salteadores. Y cuando discutimos sobre las anexiones, nos topamos constantemente con métodos que, desde el punto de vista científico, no resisten ninguna crítica, y desde el punto de vista público-periodístico, no pueden calificarse más que de grosero engaño. Pregunten a un chovinista ruso o a un socialchovinista, y él les explicará perfectamente qué es la anexión por parte de Alemania: lo comprende de maravilla. Pero nunca les responderá si le piden que dé una definición general de anexión tal que se aplique tanto a Alemania como a Inglaterra y a Rusia. ¡Jamás la dará! Y cuando el periódico «Rech» (para pasar de la teoría a la práctica), burlándose de nuestro periódico «Pravda», decía: «¡Esos pravdistas consideran a Curlandia una anexión! ¿Cómo se puede hablar con esa gente?». Y cuando respondemos: «Tengan la bondad de dar una definición de anexión tal que se aplique tanto a los alemanes como a los ingleses y a los rusos, y añadimos que o bien ustedes se zafarán de esto, o bien los desenmascararemos de inmediato»[5], «Rech» guardó silencio. Nosotros afirmamos que ni un solo periódico, ni de esos chovinistas en general que simple y llanamente dicen que hay que defender la patria, ni de los socialchovinistas, jamás ha dado tal definición de anexión que se refiriera tanto a Alemania como a Rusia, que se pudiera aplicar a cualquier lado. Y no puede darla, porque toda esta guerra es la continuación de la política de anexiones, es decir, de presas, de rapiña capitalista por ambas partes, por parte de los dos grupos que libran la guerra. Y por eso es comprensible que la cuestión de cuál de estos dos depredadores sacó primero el cuchillo no tenga para nosotros significado alguno. Tomen la historia de los gastos navales y militares en ambos grupos a lo largo de decenios, tomen la historia de esas pequeñas guerras que libraron antes de la grande —«pequeñas» porque en ellas perecían pocos europeos, pero en cambio perecían centenares de miles de aquellos pueblos a los que estrangulaban, a los que desde su punto de vista ni siquiera consideran pueblos (unos asiáticos, africanos, ¿acaso son pueblos?); con estos pueblos libraban guerras de este tipo: ellos estaban desarmados, y los ametrallaban con fusiles ametralladores. ¿Acaso son guerras? En rigor, ni siquiera son guerras, se pueden olvidar. Así es como abordan este engaño continuo de las masas populares.

Esta guerra es la continuación de aquella política de presas, de fusilamientos de nacionalidades enteras, de ferocidades inauditas que practicaban los alemanes y los ingleses en África, los ingleses y los rusos en Persia —no sé quién de ellos más—, por las cuales los capitalistas alemanes los miraban como a enemigos. ¡Ah, ustedes son fuertes por ser ricos! Pero nosotros somos más fuertes que ustedes, por tanto tenemos el mismo «sagrado» derecho a saquear. He aquí a lo que se reduce la historia real del capital financiero inglés y alemán durante toda una serie de decenios que precedieron a la guerra. He aquí a lo que se reduce la historia de las relaciones ruso-alemanas, ruso-inglesas y germano-inglesas. He aquí la clave para comprender por qué se libra la guerra. He aquí por qué es charlatanería y engaño la historia difundida acerca de la causa por la cual se encendió la guerra. Olvidando la historia del capital financiero, la historia de cómo maduraba esta guerra por un nuevo reparto, se presenta el asunto así: vivían en paz dos pueblos, luego unos atacaron, los otros se pusieron a defenderse. Se ha olvidado toda la ciencia, se olvidan los bancos, se invita a los pueblos a tomar las armas, se invita a tomar las armas al campesino, que no sabe lo que es la política. ¡Hay que defender, y eso es todo! Si se razonara así, entonces habría que ser consecuente y cerrar todos los periódicos, quemar todos los libritos y prohibir en la prensa las conversaciones sobre las anexiones; por este camino se puede llegar a justificar ese punto de vista sobre las anexiones. Ellos no pueden decir la verdad sobre las anexiones, porque toda la historia tanto de Rusia, como de Inglaterra y de Alemania es una guerra continua, despiadada, sangrienta por las anexiones. En Persia, en África, libraron guerras despiadadas los liberales, quienes azotaban a los delincuentes políticos en la India por haberse atrevido a plantear esas reivindicaciones por las que se luchaba en nuestra Rusia. Las tropas coloniales francesas también oprimían a los pueblos. ¡He aquí la historia precedente, he aquí la historia real de un saqueo sin precedentes! He aquí la política que esta guerra continúa. He aquí por qué en la cuestión de las anexiones ellos no pueden dar la respuesta que damos nosotros, cuando decimos: todo pueblo que ha sido anexionado a otro pueblo no por el deseo voluntario de su mayoría, sino por decisión del zar o del gobierno, es un pueblo anexionado, un pueblo presa. La renuncia a las anexiones es la concesión a cada pueblo del derecho a formar un Estado separado o a vivir en unión con quien quiera. Tal respuesta es completamente clara para todo obrero medianamente consciente.

En cualquier resolución, de las que se aprueban por decenas, de las que se publican, al menos, en el periódico Zemliá i Volia{55}, se encontrará una respuesta mal expresada: no queremos la guerra por el dominio sobre otros pueblos, luchamos por nuestra libertad, – así dicen todos los obreros y campesinos, y con ello expresan la visión del obrero, la visión del hombre trabajador sobre cómo entienden la guerra. Con esto dicen: si la guerra se hiciera en interés de los trabajadores contra los explotadores, estaríamos a favor de la guerra. Y entonces estaríamos a favor de la guerra, y no hay partido revolucionario que pudiera estar en contra de una guerra así. Se equivocan estos autores de numerosas resoluciones, porque se imaginan la cosa como si la guerra la hicieran ellos. Nosotros, los soldados, nosotros, los obreros, nosotros, los campesinos, luchamos por nuestra libertad. Nunca olvidaré la pregunta que, después de un mitin, me hizo uno de ellos: «¿Qué hace usted parloteando todo el tiempo contra los capitalistas? ¿Acaso yo soy un capitalista? Somos obreros, defendemos nuestra libertad». No es verdad: luchan porque obedecen a su gobierno de capitalistas, la guerra no la hacen los pueblos, sino los gobiernos. No me sorprende que un obrero o un campesino que no ha estudiado política, que no ha tenido la suerte o la desgracia de conocer los secretos de la diplomacia, el cuadro de este saqueo financiero (de esta opresión de Persia por parte de Rusia e Inglaterra, por ejemplo), no me sorprende que olvide esta historia, que pregunte ingenuamente: ¿qué me importan a mí los capitalistas, si soy yo quien lucha? Él no comprende el vínculo de la guerra con el gobierno, no comprende que la guerra la hace el gobierno, y él es el instrumento que maneja el gobierno. Puede llamarse a sí mismo pueblo revolucionario, escribir elocuentes resoluciones, – para los rusos esto es mucho, porque es algo que entró en la vida solo recientemente. Hace poco apareció la declaración «revolucionaria» del Gobierno Provisional. Pero las cosas no cambian por eso, y otros pueblos, más experimentados que nosotros en el arte de engañar a las masas por parte de los capitalistas en lo que se refiere a la redacción de manifiestos «revolucionarios», hace tiempo que batieron todos los récords mundiales en este campo. Si toman la historia parlamentaria de la república francesa desde que se convirtió en una república que apoya al zarismo, tenemos decenas de ejemplos a lo largo de décadas de historia parlamentaria francesa continua, en los que manifiestos llenos de las palabras más elocuentes encubrían la política del más sucio saqueo colonial y financiero. Toda la historia de la tercera república francesa{56} es la historia de este saqueo. De estas fuentes surgió la guerra actual. No es resultado de la mala voluntad de los capitalistas, ni de alguna política errónea de los monarcas. Sería incorrecto verlo así. No, esta guerra fue provocada inevitablemente por el desarrollo del capitalismo gigantesco, sobre todo del bancario, que llevó a que apenas cuatro bancos en Berlín y cinco o seis en Londres dominen el mundo entero, se apropien de todos los medios, refuercen su política financiera con toda la fuerza armada y, por fin, choquen en una lucha inauditamente feroz porque ya no tienen adónde seguir avanzando a través de la pura y simple confiscación. O uno debe renunciar a la posesión de sus colonias, o el otro. Tales cuestiones en este mundo de capitalistas no se resuelven voluntariamente. Sólo pueden resolverse mediante la guerra. Por eso es ridículo culpar a uno u otro ladrón coronado. Todos son iguales, estos ladrones coronados. Por eso también es absurdo culpar a los capitalistas de uno u otro país. Son culpables sólo de haber impuesto semejante sistema. Pero se hace según todas las leyes, custodiadas por todas las fuerzas del Estado civilizado. «Estoy en mi pleno derecho, compro acciones. Todos los tribunales, toda la policía, todo el ejército permanente y todas las flotas del mundo protegen este mi sagrado derecho a las acciones». Si se crean bancos que manejan cientos de millones de rublos, si extienden por todo el mundo las redes del saqueo bancario, si estos bancos chocan en un combate mortal, ¿quién tiene la culpa? ¡Busca al culpable! De esto tiene la culpa todo el desarrollo del capitalismo durante medio siglo, y no hay salida de esta situación, salvo el derrocamiento del dominio de los capitalistas y la revolución obrera. Esa es la respuesta a la que llegó nuestro partido a través del análisis de la guerra; por eso decimos: la más simple cuestión sobre las anexiones está tan embrollada, los representantes de los partidos de la burguesía han mentido de tal modo, que pueden presentar la cosa como si Curlandia no fuera una anexión de Rusia. Curlandia y Polonia se las repartieron juntos esos tres ladrones coronados. Se las repartieron durante cien años, arrancaron carne viva, y el ladrón ruso obtuvo más, porque entonces era más fuerte. Y cuando del joven depredador, que entonces participó en el reparto, creció una fuerte potencia capitalista – Alemania, dice: ¡vamos, repartamos de nuevo! ¿Quieren conservar lo viejo? ¿Creen que son más fuertes? ¡Midamos nuestras fuerzas!

A esto se reduce esta guerra. Por supuesto, esta llamada – «¡midamos nuestras fuerzas!» – no es más que la expresión de una política de saqueo de décadas, de la política de los grandes bancos. Por eso, la verdad sobre las anexiones, una verdad simple y comprensible para cualquier obrero y campesino, nadie puede decirla como nosotros. Por eso, la cuestión de los tratados, tan simple, tan desvergonzadamente embrollada por toda la prensa. Ustedes dicen que tenemos un gobierno revolucionario, que en ese gobierno revolucionario han entrado ministros casi totalmente socialistas, populistas y mencheviques. Pero cuando declaran la paz sin anexiones, solo con la condición de no definir qué es la paz sin anexiones (esto significa: quita las anexiones alemanas, pero conserva las tuyas), nosotros decimos: ¿qué vale su ministerio «revolucionario», sus declaraciones, sus afirmaciones de que no quieren una guerra de conquista, si al mismo tiempo invitan al ejército a la ofensiva? ¿Acaso no saben que tienen tratados, que los firmó Nicolás el Sanguinario de la manera más bandidesca? ¿No lo saben? Esto es perdonable que no lo sepan los obreros y campesinos, que no robaron, que no leyeron libros inteligentes, pero cuando lo predican doctos demócratas constitucionalistas, saben perfectamente lo que contienen esos tratados. Estos tratados son «secretos», pero toda la prensa diplomática de todos los países habla de ellos: «Tú recibirás los estrechos, tú – Armenia, tú – Galicia, tú – Alsacia-Lorena, tú – Trieste, y nosotros repartiremos definitivamente Persia». Y el capitalista alemán dice: «Y yo me apoderaré de Egipto, y yo ahogaré a los pueblos europeos, si no me devuelven mis colonias con intereses». La acción es una cosa tal que sin intereses no se puede. Por eso la cuestión de los tratados, tan simple y tan clara, provocó una masa tal de mentira clamorosa, inaudita y desvergonzada, que se vierte desde las páginas de todos los periódicos capitalistas.

Tomen el periódico de hoy, Den. Allí Vodovózov, un hombre de ningún modo culpable de bolchevismo, pero un demócrata honesto, declara: soy adversario de los tratados secretos, permítanme hablar del tratado con Rumania. Hay un tratado secreto con Rumania, y consiste en que Rumania recibirá toda una serie de pueblos ajenos, si lucha del lado de los aliados. Todos los tratados de los demás aliados son así. Sin tratado, no se habrían lanzado a ahogar a todos. Para conocer el contenido de estos tratados, no hace falta hurgar en revistas especializadas. Basta recordar los hechos fundamentales de la historia económica y diplomática para conocerlos. Pues Austria avanzó durante décadas sobre los Balcanes para ahogar allí… Y si chocaron en la guerra, no pudieron no haber chocado. Y por eso, a todos los llamados de las masas populares a publicar los tratados, llamados que se vuelven cada vez más insistentes, los ministros, el ex – Miliukov y el actual – Teréschenko (uno – en un gobierno sin ministros socialistas, el otro – con toda una serie de ministros casi socialistas), declaran: la publicación de los tratados significa la ruptura con los aliados.

Sí, los tratados no pueden publicarse porque todos ustedes son partícipes de una misma banda de ladrones. Estamos de acuerdo con Miliukov y Teréshchenko en que los tratados no pueden publicarse. De esto pueden extraerse dos conclusiones distintas. Si coincidimos con Miliukov y Teréshchenko en que los tratados no pueden publicarse, ¿qué se deduce de ello? Si los tratados no pueden publicarse, hay que ayudar a los ministros capitalistas a continuar la guerra. Y la otra conclusión es la siguiente: ya que los propios capitalistas no pueden publicar los tratados, hay que derrocar a los capitalistas. Cuál de estas conclusiones consideran ustedes más correcta, les propongo que lo decidan por sí mismos, pero les insto a sopesar obligatoriamente las consecuencias. Si se razona como lo hacen los ministros populistas y mencheviques, resulta lo siguiente: ya que el gobierno dice que los tratados no pueden publicarse, hay que emitir un nuevo manifiesto. El papel aún no es tan caro como para no poder escribir nuevos manifiestos. Redactaremos un nuevo manifiesto y lanzaremos una ofensiva. ¿Para qué? ¿Con qué fines? ¿Quién dispondrá esos fines? Se llama a los soldados a llevar a la práctica los tratados de rapiña con Rumania y Francia. Envíen este artículo de Vodovózov al frente y luego laméntense: todo esto es obra de los bolcheviques, seguramente fueron los bolcheviques quienes idearon este tratado con Rumania. Pero entonces no solo habrá que eliminar de la faz de la tierra al periódico Pravda, habrá que desterrar incluso a Vodovózov por haber estudiado historia, y entonces habrá que quemar todos los libros de Miliukov, libros de una peligrosidad inaudita. Intenten abrir cualquier libro del líder del partido de la «libertad popular», exministro de Asuntos Exteriores. Son libros buenos. ¿De qué hablan? De que Rusia tiene «derechos» sobre los estrechos, sobre Armenia, sobre Galitzia, sobre Prusia Oriental. Él ya lo repartió todo, incluso adjuntó un mapa. Habrá que enviar a Siberia no solo a los bolcheviques y a Vodovózov por escribir artículos tan revolucionarios, sino que habrá que quemar los libros de Miliukov, porque si se recopilaran ahora simples citas de esos libritos de Miliukov y se enviaran al frente, no se encontraría ni una sola proclama incendiaria que produjera un efecto igual de incendiario.

Ahora, según el breve plan que he esbozado para la charla de hoy, me queda abordar la cuestión del «defensismo revolucionario». Creo que, después de lo que he tenido el honor de exponerles, puedo ser ya breve al hablar de esta cuestión.

Se denomina «defensismo revolucionario» a aquel encubrimiento de la guerra que se realiza mediante la apelación a que nosotros hemos hecho la revolución, que somos un pueblo revolucionario, que somos una democracia revolucionaria. Pero a esta cuestión, ¿qué respuesta damos? ¿Qué revolución hemos hecho? Derrocamos a Nikolái. La revolución no fue muy difícil en comparación con una revolución que hubiera derrocado a toda la clase de los terratenientes y capitalistas. ¿Quiénes resultaron estar en el poder después de nuestra revolución? Los terratenientes y capitalistas, los mismos que en Europa están en el poder desde hace tiempo. Allí ocurrieron tales revoluciones hace cien años, allí hace tiempo que en el poder están los Teréshchenko, los Miliukov y los Konoválov, y no desempeña papel alguno si pagan una lista civil{57} a su zarzuelo o prescinden de este objeto de lujo. El banco sigue siendo banco igualmente, depositen o no cientos de capitales en concesiones, la ganancia sigue siendo ganancia, tanto en una república como en una monarquía. Si algún país salvaje se atreve a no hacer caso a nuestro capital civilizado, que organiza bancos tan magníficos en las colonias, en África, en Persia, si algunos pueblos salvajes no obedecen a nuestro banco civilizado, entonces enviamos tropas, y ellas imponen la cultura, el orden y la civilización, como lo hacía Liajov en Persia, como lo hacían las tropas «republicanas» francesas, que con igual bestialidad exterminaban a los pueblos en África. ¿Acaso no es todo igual? Es el mismo «defensismo revolucionario», manifestado solo por las amplias masas populares inconscientes, que no ven la conexión de la guerra con el gobierno, que no saben que esta política está consolidada mediante tratados. Los tratados quedaron, los bancos quedaron, las concesiones quedaron. En Rusia, en el gobierno están sentados los mejores hombres de su clase, pero esto no ha cambiado absolutamente nada en el carácter de la guerra mundial. El nuevo «defensismo revolucionario» no es más que el encubrimiento, mediante el gran concepto de revolución, de una guerra sucia y sangrienta por sucios y repugnantes tratados.

La revolución rusa no cambió la guerra, pero creó organizaciones que no existen ni han existido en ningún país en la mayoría de las revoluciones de Occidente. La mayoría de las revoluciones se limitaban a que surgía un nuevo gobierno como el de nuestros Teréshchenko y Konoválov, mientras el país permanecía en la pasividad y la desorganización. La revolución rusa fue más lejos. En este hecho reside el germen de que ella pueda vencer la guerra. Este hecho consiste en que, además del gobierno de ministros «casi socialistas», del gobierno de la guerra imperialista, del gobierno de la ofensiva, del gobierno vinculado al capital anglo-francés, además de este, e independientemente de él, tenemos por toda Rusia una red de Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos. He ahí la revolución que aún no ha dicho su última palabra. He ahí una revolución que en Europa Occidental, en tales condiciones, no se ha dado. He ahí las organizaciones de aquellas clases que verdaderamente no necesitan anexiones, que no han depositado millones en los bancos, que quizás no están interesadas en si el coronel ruso Liajov y el embajador liberal inglés se repartieron correctamente Persia. He ahí la garantía de que esta revolución puede ir más lejos. En que las clases realmente no interesadas en las anexiones, a pesar de toda su excesiva confianza en el gobierno de los capitalistas, a pesar de esta terrible confusión, del terrible engaño que encierra el propio concepto de «defensismo revolucionario», a pesar de que apoyan el empréstito, apoyan al gobierno de la guerra imperialista, a pesar de todo esto, supieron crear organizaciones en las que están representadas las masas de las clases oprimidas. Estos son los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, que en muchísimas localidades de Rusia han ido en su trabajo revolucionario mucho más lejos que en Petrogrado. Es del todo natural, porque en Petrogrado tenemos el órgano central de los capitalistas.

Y si Skobelev ayer dijo en su discurso: tomaremos toda la ganancia, tomaremos el 100 %, eso fue un exabrupto, un exabrupto ministerial. Si toman hoy el periódico Rech, verán cómo recibieron este pasaje del discurso de Skobelev. Allí escriben: «Pero si eso es el hambre, la muerte, el 100 % ¡significa todo!». El ministro Skobelev va más lejos que el bolchevique más extremista. Es una calumnia que los bolcheviques sean los más izquierdistas. El ministro Skobelev es mucho más «izquierdista». A mí me han cubierto con los insultos más viles: se decía que yo proponía casi desnudar a los capitalistas. Por lo menos Shulguín decía: «¡Que nos desnuden!». Imagínense a un bolchevique que se acerca al ciudadano Shulguín y se dispone a desnudarlo. Con mucho mayor éxito podría acusar de ello al ministro Skobelev. Nosotros nunca hemos ido tan lejos. Jamás propusimos tomar el 100 % de la ganancia. Sin embargo, esta promesa es valiosa. Si toman la resolución de nuestro partido, verán que proponemos en ella, de forma más fundamentada, lo mismo que yo proponía. Debe establecerse el control sobre los bancos, y después un impuesto sobre la renta justo{58}. ¡Y nada más! Skobelev propone tomar cien kopeks de cada rublo. Nosotros no hemos propuesto ni proponemos nada semejante. Por lo demás, Skobelev simplemente se excedió. No tiene la intención seria de llevarlo a cabo, y si la tiene, no podrá, por la sencilla razón de que prometer todo esto, codeándose con Teréshchenko y Konoválov, resulta un tanto ridículo. A los millonarios se les puede tomar el 80 o 90 por ciento de la renta, pero no yendo del brazo de tales ministros. Si el poder estuviera en manos de los Soviets de diputados obreros y soldados, ellos realmente lo tomarían, pero aún así no todo: no lo necesitan. Tomarían la mayor parte de la renta. Otro poder estatal no puede hacerlo. Y de parte del ministro Skobelev puede haber los mejores deseos. Durante varias décadas he visto a estos partidos, llevo ya 30 años en el movimiento revolucionario. Por eso, soy el menos inclinado a dudar de sus buenas intenciones. Pero no se trata de eso, no se trata de buenas intenciones. De buenas intenciones está empedrado el infierno. Y de papeles firmados por los ciudadanos ministros están llenas todas las cancillerías, y el asunto no ha cambiado por ello. ¡Empiecen, si quieren introducir el control, empiecen! Nuestro programa es tal que, al leer el discurso de Skobelev, podemos decir: no exigimos más. Somos mucho más moderados que el ministro Skobelev. Él propone tanto el control como el 100 %. Nosotros no queremos tomar el 100 %, sino que decimos: «Mientras ustedes no hayan empezado a hacer nada, no les creemos». He ahí la diferencia entre nosotros: en que no creemos en palabras ni promesas y no aconsejamos a otros que crean. La experiencia de las repúblicas parlamentarias nos enseña que no se puede creer en las declaraciones de papel. Si quieren el control, hay que empezarlo. Basta un solo día para promulgar una ley sobre tal control. El consejo de empleados de cada banco, el consejo obrero de cada fábrica, cada partido obtienen el derecho de control. Esto no se puede, nos dirán, ¡es secreto comercial, es la sagrada propiedad privada! Bueno, como quieran, elijan una de dos. Si quieren proteger todos esos libros, y cuentas, y todas las operaciones de los trusts, no hay que parlotear sobre el control, no hay que decir que el país perece.

En Alemania la situación es aún peor. En Rusia se puede conseguir pan, en Alemania no se puede conseguir. En Rusia se puede hacer mucho con organización. En Alemania ya no se puede hacer nada. No hay más pan, y la muerte de todo el pueblo es inevitable. Ahora escriben que Rusia está al borde de la perdición. Si es así, proteger la «sagrada» propiedad privada es un crimen. Y por eso, ¿qué significan las palabras sobre el control? ¿Acaso han olvidado que Nikolái Románov también escribió mucho sobre el control? En sus textos encontrarán mil veces las palabras: control estatal, control social, nombramiento de senadores. Los industriales han saqueado a toda Rusia en dos meses después de la revolución. El capital ha obtenido cientos de por ciento de ganancia, cada informe lo dice. Y cuando los obreros, en dos meses de revolución, tuvieron la «osadía» de decir que quieren vivir como seres humanos, toda la prensa capitalista del país lanzó un aullido. Cada número de Rech es un aullido salvaje diciendo que los obreros saquean el país, ¡y eso que nosotros solo prometemos el control contra los capitalistas! ¿No se podría con menos promesas, no se podría con más acción? Si quieren un control burocrático, un control a través de los mismos órganos de antes, nuestro partido declara su profunda convicción de que no podemos prestarles apoyo en esto, aunque allí, en el gobierno, en lugar de media docena hubiera una docena de ministros populistas y mencheviques. El control solo puede ejercerlo el propio pueblo. Deben organizar el control: consejos de empleados bancarios, consejos de ingenieros, consejos obreros, y comenzar ese control mañana mismo. Hacer responsable a todo funcionario bajo amenaza de sanción penal si en cualquiera de estas instituciones da informaciones falsas. Se trata de la perdición del país. Queremos saber cuánto pan, cuánta materia prima, cuántos brazos obreros hay, dónde emplearlos.

Aquí paso a la última cuestión. Es la cuestión de cómo terminar la guerra. Se nos atribuye la opinión absurda de que queremos la paz por separado. Los capitalistas-bandidos alemanes dan pasos hacia la paz, diciendo: te daré un pedacito de Turquía y Armenia, si tú me das tierras mineralíferas. ¡De eso hablan los diplomáticos en cada ciudad neutral! Todo el mundo lo sabe. Esto solo se encubre con la frase diplomática convencional. Para eso son diplomáticos, para hablar en lenguaje diplomático. ¡Qué absurdo que estemos por terminar la guerra mediante una paz por separado! Terminar la guerra que libran los capitalistas de todas las potencias más ricas, una guerra provocada por una historia de diez años de desarrollo económico, mediante la negativa de las acciones militares de una sola parte: eso es una estupidez tal que nos resulta hasta ridículo refutarla. Si escribimos una resolución especial para refutarlo, es porque tratamos con las amplias masas, sobre las que lanzan calumnias contra nosotros. Pero no se puede ni hablar seriamente de esto. La guerra que libran los capitalistas de todos los países no se puede terminar sin la revolución obrera contra estos capitalistas. Mientras el control no pase del terreno de la frase al terreno de la acción, mientras en lugar del gobierno de los capitalistas no esté el gobierno del proletariado revolucionario, el gobierno estará condenado a solo decir: perecemos, perecemos y perecemos. Ahora, en la «libre» Inglaterra, encarcelan a los socialistas por decir lo mismo que yo. En Alemania está preso Liebknecht, que dijo lo mismo que digo yo; en Austria está preso Friedrich Adler, que dijo lo mismo por medio de un revólver (quizás ya lo hayan ejecutado). La simpatía de las masas obreras en todos los países está del lado de tales socialistas, y no de quienes se pasaron al lado de sus capitalistas. La revolución obrera crece en todo el mundo. Por supuesto, en otros países es más difícil. Allí no hay locos como Nikolái con Rasputin. Allí los mejores hombres de su clase están al frente de la administración. Allí no hay condiciones para una revolución contra la autocracia, allí ya existe un gobierno de la clase capitalista. Los representantes más talentosos de esta clase gobiernan allí desde hace tiempo. He ahí por qué la revolución allí, aunque aún no ha llegado, es inevitable, por muchos revolucionarios que perezcan, como perece Friedrich Adler, como perece Karl Liebknecht. El futuro está con ellos, y los obreros en todos los países están con ellos. Y los obreros en todos los países deben vencer.

En cuanto a la entrada de Estados Unidos en la guerra, diré lo siguiente. Se remiten al hecho de que en Estados Unidos hay democracia, de que allí está la Casa Blanca. Yo digo: la abolición de la esclavitud ocurrió hace medio siglo. La guerra por la esclavitud terminó en 1865. Y desde entonces, allí han surgido multimillonarios. Tienen a toda América en su puño financiero, preparan el estrangulamiento de México e inevitablemente llegarán a una guerra con Japón por el reparto del Océano Pacífico. Esta guerra se viene preparando desde hace varias décadas. Toda la literatura habla de ella. Y el verdadero objetivo de la entrada de Estados Unidos en la guerra es la preparación para la futura guerra con Japón. El pueblo americano, no obstante, goza de una libertad considerable, y es difícil suponer que soporte el servicio militar obligatorio, la creación de un ejército para fines de conquista, para la lucha contra Japón, por ejemplo. Los americanos ven en el ejemplo de Europa a qué conduce esto. Y he aquí que los capitalistas americanos necesitaron intervenir en esta guerra para tener un pretexto, escudándose tras los elevados ideales de la lucha por los derechos de las pequeñas nacionalidades, para crear un fuerte ejército permanente.

Los campesinos se niegan a entregar el grano por dinero y exigen herramientas, calzado y ropa. En esta decisión reside una enorme dosis de una verdad extraordinariamente profunda. En efecto, el país ha llegado a tal grado de ruina que en Rusia se observa, aunque en menor medida, lo que en otros países existe desde hace tiempo: el dinero ha perdido su fuerza. El dominio del capitalismo está siendo socavado de tal modo por todo el curso de los acontecimientos, que los campesinos, por ejemplo, no aceptan el dinero. Dicen: «¿Para qué queremos el dinero?». Y tienen razón. El dominio del capitalismo se socava no porque alguien quiera tomar el poder. La «toma» del poder sería un absurdo. Sería imposible acabar con el dominio del capitalismo si a ello no condujera todo el desarrollo económico de los países capitalistas. La guerra ha acelerado este proceso, y esto ha hecho imposible el capitalismo. Ninguna fuerza habría destruido el capitalismo si la historia no lo hubiera minado y socavado.

He aquí un ejemplo clarísimo. Este campesino transmite lo que todos observan: el poder del dinero está socavado. Aquí la única salida es el acuerdo de los Soviets de diputados obreros y campesinos para entregar a cambio del grano herramientas, calzado y ropa. He aquí a dónde van las cosas, he aquí la respuesta que la vida sugiere. He aquí aquello sin lo cual decenas de millones de personas se quedarán hambrientas, descalzas y desnudas. Decenas de millones de personas se hallan directamente al borde de la muerte, y ya no es momento de proteger los intereses de los capitalistas. La salida está solo en que todo el poder pase a manos de los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, que representan a la mayoría de la población. Es posible que en esto se cometan errores. Nadie afirma que una tarea tan difícil pueda realizarse de inmediato. No decimos nada semejante. Se nos dice: queremos que el poder esté en manos de los Soviets, pero ellos no quieren. Nosotros decimos que la experiencia de la vida se lo sugerirá, y todo el pueblo verá que no hay otra salida. No queremos la «toma» del poder, pues toda la experiencia de las revoluciones enseña que solo es sólido el poder que se apoya en la mayoría de la población. Por eso la «toma» del poder sería una aventura, y nuestro partido no lo haría. Si el gobierno es un gobierno de la mayoría, quizás lleve a cabo una política que al principio resulte errónea, pero no hay otra salida. Entonces se producirá un cambio pacífico de orientación política dentro de las mismas organizaciones. Es imposible inventar otras organizaciones. He aquí por qué decimos que no se puede concebir otra solución para el problema.

¿Cómo terminar la guerra? Si el Soviet de diputados obreros y soldados tomara el poder y los alemanes continuaran la guerra, ¿qué haríamos? Aquellos que se interesen por las opiniones de nuestro partido, podrían haber leído en nuestro periódico «Pravda» hace unos días, donde citamos una cita exacta de lo que ya decíamos en el extranjero en 1915: si la clase revolucionaria de Rusia, la clase obrera, se encontrara en el poder, debería proponer la paz. Y si los capitalistas alemanes, o los de cualquier otro país, rechazan nuestras condiciones, entonces estará toda ella por la guerra[6]. No proponemos terminar la guerra de un solo golpe. No lo prometemos. No predicamos algo tan imposible e irrealizable como el fin de la guerra por la voluntad de una sola parte. Tales promesas son fáciles de hacer, pero imposibles de cumplir. Salir fácilmente de esta guerra terrible no se puede. Hace tres años que combaten. Combatirán diez años, o bien emprendan una revolución difícil y dura. No hay otra salida. Nosotros decimos: la guerra iniciada por los gobiernos de los capitalistas solo puede ser terminada mediante la revolución obrera. Quien se interese por el movimiento socialista, que lea el Manifiesto de Basilea de 1912{59}, aprobado unánimemente por todos los partidos socialistas del mundo entero, manifiesto que publicamos en nuestra «Pravda», manifiesto que ahora no se puede publicar en ningún país beligerante, ni en la «libre» Inglaterra, ni en la Francia republicana, porque allí se dijo la verdad sobre la guerra antes incluso de que esta estallara. Allí se dice: la guerra entre Inglaterra y Alemania será por la rivalidad de los capitalistas. Allí se dice: se ha acumulado tanta pólvora que los fusiles dispararán solos. Allí se escribió por qué será la guerra, y se dijo que la guerra conducirá a la revolución proletaria. Por eso decimos a aquellos socialistas que, habiendo firmado este manifiesto, se pasaron al lado de sus gobiernos capitalistas, que han traicionado al socialismo. En todo el mundo los socialistas se han escindido. Unos están en los ministerios, otros en las cárceles. En todo el mundo una parte de los socialistas predica la preparación para la guerra, y otra, como el Bebel americano —Eug. Debs, que goza de un enorme respeto entre los obreros americanos—, dice: «Que me fusilen cuanto antes, pero no daré ni un centavo para esta guerra. Estoy dispuesto a luchar solo por la guerra del proletariado contra los capitalistas de todo el mundo». Así se han escindido los socialistas en el mundo entero. Los socialpatriotas de todo el mundo piensan que defienden la patria. Se equivocan: defienden los intereses de un pequeño grupo de capitalistas contra otro. Nosotros predicamos la revolución proletaria, la única causa justa, por la cual decenas han subido al cadalso, cientos y miles están en las cárceles. Estos socialistas en las cárceles son una minoría, pero con ellos está la clase obrera, con ellos está todo el desarrollo económico. Todo esto nos dice que no hay otra salida. Esta guerra solo puede terminarse mediante la revolución obrera en varios países. Mientras tanto, debemos preparar esa revolución, ayudarla. El pueblo ruso, con todo su odio a la guerra y con toda su voluntad de alcanzar la paz, no pudo hacer nada contra la guerra mientras el zar la dirigía, excepto preparar la revolución contra el zar y derribarlo. Así fue. Esto os lo confirmó la historia ayer, y os lo confirmará mañana. Dijimos hace tiempo: hay que ayudar a la creciente revolución rusa. Lo dijimos a finales de 1914. Por esto nuestros diputados de la Duma fueron deportados a Siberia, y a nosotros se nos decía: «No dais una respuesta. ¡Os remitís a la revolución cuando las huelgas han cesado, cuando los diputados están en trabajos forzados, cuando no hay ni un solo periódico!». Y se nos acusaba de eludir la respuesta. Estas acusaciones, camaradas, las hemos oído durante toda una serie de años. Respondíamos: podéis indignaros, pero mientras el zar no sea derrocado, no se puede hacer nada contra la guerra. Y nuestra predicción se ha confirmado. Aún no se ha confirmado plenamente, pero ya ha empezado a confirmarse. La revolución comienza a cambiar la guerra por parte de Rusia. Los capitalistas aún continúan la guerra, y nosotros decimos: mientras no estalle la revolución obrera en varios países, la guerra no puede cesar, porque permanecen en el poder personas que quieren esta guerra. Se nos dice: «Todo parece dormido en una serie de países. En Alemania todos los socialistas están por la guerra, solo Liebknecht está en contra». A esto respondo: ese único Liebknecht representa a la clase obrera, solo en él, en sus partidarios, en el proletariado alemán, están las esperanzas de todos. ¿No lo creéis? ¡Continuad la guerra! No hay otro camino. Si no creéis en Liebknecht, si no creéis en la revolución de los obreros, en la revolución que está madurando, si no creéis en esto, ¡creed a los capitalistas!

Nadie vencerá en esta guerra, excepto la revolución obrera en varios países. La guerra no es un juguete, la guerra es una cosa inaudita, la guerra cuesta millones de víctimas, y no es tan fácil terminarla.

Los soldados en el frente no pueden separar el frente del Estado y resolverlo a su manera. Los soldados en el frente son una parte del país. Mientras el Estado combate, también sufrirá el frente. No hay nada que hacer al respecto. La guerra es provocada por las clases dominantes, solo la revolución de la clase obrera la terminará. Que obtengan ustedes una paz rápida depende únicamente de cómo se desarrolle la revolución. Por muy emotivas que sean las cosas que se digan, por más que les digan: pongamos fin a la guerra inmediatamente, no se puede lograr sin el desarrollo de la revolución. Cuando el poder pase a manos de los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, los capitalistas se pronunciarán contra nosotros: Japón, en contra; Francia, en contra; Inglaterra, en contra; se pronunciarán en contra los gobiernos de todos los países. Contra nosotros estarán los capitalistas, con nosotros estarán los obreros. Entonces será el fin de la guerra que iniciaron los capitalistas. He aquí la respuesta a la pregunta de cómo terminar la guerra.

Publicado por primera vez el 23 de abril de 1929 en el periódico «Pravda» nº 93

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