El camarada Lenin comenzó diciendo que nuestra conferencia se ha reunido en un momento especial, nada común: ahora en Rusia hay una revolución, un vuelco, y en el mundo entero una guerra sin precedentes.

Por consiguiente, para comprender las resoluciones de nuestra conferencia, es necesario ante todo entender qué guerra estamos librando y quién comenzó esta guerra, qué revolución hemos realizado y qué revolución nos espera en el futuro.

La guerra no la comenzaron los obreros ni los campesinos: ni los obreros y campesinos rusos, ni los alemanes, ni los franceses, ni los italianos, ni los belgas, ni los ingleses comenzaron esta guerra. Esta guerra la iniciaron y la prosiguen los capitalistas de todo el mundo: los capitalistas ingleses y sus amigos, los capitalistas franceses, rusos e italianos con los capitalistas alemanes y sus amigos, los capitalistas austriacos.

¿En aras de qué se libra esta guerra?

¿Acaso en aras de la liberación, en aras de los intereses de los obreros y los campesinos? No.

El saqueo: he ahí el objetivo de la guerra; el reparto de tierras ajenas: he ahí lo que obliga a los capitalistas a clamar por la guerra hasta el final victorioso.

El zar Nikolái, un saqueador igual que Guillermo, concertó tratados secretos de saqueo con los capitalistas ingleses y franceses; estos tratados no se publican, porque entonces todo el pueblo comprendería el engaño y la guerra terminaría rápidamente. He ahí por qué nosotros, en nuestra resolución sobre la guerra, la calificamos tan directamente de guerra de rapiña, de guerra imperialista.

¿Cómo terminar, entonces, esta matanza mundial? ¿Es posible terminarla retirándose de la guerra uno solo?

No, no es posible. No es posible, porque aquí no combaten dos Estados, sino muchos; porque el capitalista puede terminar la guerra solo temporalmente, para prepararse para una nueva guerra. Y de tal paz no quiere ni un solo obrero ni campesino, sea alemán, francés o ruso.

¿Quién, entonces, puede terminar la guerra?

La guerra solo pueden terminarla los obreros y campesinos, pero no los de una sola Rusia, sino los del mundo entero. Los obreros y campesinos del mundo entero tienen unos mismos intereses: la lucha contra el capitalista y el terrateniente. Por eso, solo uniéndose pueden los obreros y campesinos de todo el mundo poner fin a la guerra. He ahí por qué nosotros, los bolcheviques, estamos en contra de la paz separada, es decir, en contra de una paz solo entre Rusia y Alemania. La paz separada es una estupidez, porque no resuelve la cuestión cardinal, la cuestión de la lucha contra los capitalistas y los terratenientes.

¿Y cómo pueden unirse los obreros y campesinos del mundo entero? La guerra lo impide.

La revolución rusa ha derribado la autocracia y ha otorgado al pueblo ruso una libertad sin precedentes, la cual hoy no tiene ningún otro pueblo en el mundo. Pero, ¿resolvió ella la cuestión cardinal de la vida rusa: la cuestión de la tierra? No, porque la tierra sigue hasta ahora en manos de los terratenientes. ¿Y por qué es así? Porque el pueblo que derrocó al zar entregó el poder no solo en manos de sus elegidos –campesinos y obreros, los Soviets de diputados obreros y soldados–, sino también en manos del Gobierno Provisional.

Y el Gobierno Provisional son los capitalistas, los terratenientes y aquellos que, sincera o hipócritamente, dicen que solo junto a los terratenientes se puede salvar a Rusia.

Pero los terratenientes no quieren entregar la tierra a los campesinos; los capitalistas no quieren renunciar a sus beneficios procedentes de la guerra y del saqueo de tierras ajenas.

He ahí por qué nosotros, los bolcheviques, no apoyamos al Gobierno Provisional y no aconsejamos a los socialistas que entren como ministros.

Los ministros socialistas solo encubrirán con su nombre el saqueo y el despojo. Y ya lo están encubriendo. Entraron en el gobierno y, junto con los capitalistas, dijeron: la guerra no es solo defensiva, sino también ofensiva; y la tierra a los campesinos no se les dará ahora, sino después de la convocatoria de la Asamblea Constituyente.

He ahí por qué nosotros estamos en contra del Gobierno Provisional y reconocemos como gobierno solo a nuestro gobierno: el Soviet de diputados obreros y soldados. No hay un gobierno mejor; el pueblo aún no lo ha creado e inventarlo no se puede.

¿Y por qué nuestro gobierno decidió brindar apoyo al Gobierno Provisional, compuesto por capitalistas, terratenientes y socialistas que ahora no quieren dar la tierra al pueblo y predican la ofensiva? Porque ahora en el Soviet de diputados obreros y soldados la mayoría son soldados-campesinos que no entienden qué busca en realidad cada partido.

De aquí surge nuestra tarea: explicar pacientemente a los obreros y campesinos que todo: tanto el fin de la guerra como la tierra para los campesinos y la verdadera lucha –no de palabra, sino de hecho– contra los capitalistas existirán solo cuando todo el pueblo, a partir de su propia práctica, y no de los libros, comprenda que solo el poder total de los obreros y campesinos, solo el poder de los Soviets de diputados obreros, campesinos y soldados ayudará a emprender la lucha decidida por la paz, por la tierra y por el socialismo.

No se puede saltar por encima del pueblo. Solo los soñadores, los conspiradores, pensaban que una minoría puede imponer su voluntad a la mayoría. Así pensaba el revolucionario francés Blanqui, y no tenía razón. Cuando la mayoría del pueblo no quiere, porque aún no comprende, tomar el poder en sus manos, entonces la minoría, por revolucionaria e inteligente que sea, no puede imponer su deseo a la mayoría del pueblo.

De aquí se desprenden nuestras acciones.

Nosotros, los bolcheviques, debemos explicar paciente, pero insistentemente, a los obreros y campesinos nuestros puntos de vista. Cada uno de nosotros debe olvidar las viejas concepciones sobre nuestro trabajo; cada uno, sin esperar que llegue un agitador, un propagandista, un camarada más instruido y lo explique todo, cada uno debe convertirse en todo: en agitador, en propagandista y en organizador de nuestro partido.

Solo así lograremos que el pueblo comprenda nuestra doctrina, sepa reflexionar sobre su propia experiencia y tome realmente el poder en sus manos.

Publicado por primera vez en 1927 en las «Notas del Instituto de Lenin», tomo I. Se imprime según el texto de las «Notas».