La proximidad de las elecciones a las dumas distritales ha dado lugar a la aparición de plataformas grandilocuentes de ambos partidos democráticos pequeñoburgueses: los populistas y los mencheviques. Estas plataformas son exactamente del mismo género que las plataformas de los partidos burgueses europeos, dedicados a engatusar a la masa crédula y falta de desarrollo de los electores procedentes de los pequeños propietarios, etc., por ejemplo, del «Partido Radical y Radical-Socialista» francés{21}. Las mismas frases altisonantes, las mismas promesas pomposas, las mismas formulaciones vagas, el mismo silencio u olvido de lo principal, a saber: de las condiciones reales para la realización de estas promesas.

En el momento actual, estas condiciones reales son las siguientes: 1) la guerra imperialista; 2) la existencia de un gobierno de los capitalistas; 3) la imposibilidad de aplicar medidas serias para mejorar la situación de los obreros y de todas las masas trabajadoras sin atentar revolucionariamente contra la «sagrada propiedad privada de los capitalistas»; 4) la imposibilidad de llevar a la práctica el sistema de reformas prometidas por estos partidos con el viejo órgano y aparato de administración, con la existencia de la policía, que no puede menos de favorecer a los capitalistas, que no puede menos de poner mil y un obstáculos para la realización de estas reformas.

Pongamos un ejemplo: «… regular los precios de las viviendas durante la guerra»… «requisa de los stocks correspondientes» (a saber: stocks de artículos de primera necesidad, tanto en los locales comerciales como entre los particulares) «para las necesidades públicas»… «organizar tiendas públicas, panaderías, comedores y cocinas», escriben los mencheviques… «prestar la debida atención a la sanidad y la higiene», corean los populistas (socialistas-revolucionarios).

Magníficos deseos, desde luego, mas la cuestión estriba en que no pueden ser realizados sin romper con el apoyo a la guerra imperialista, con el apoyo al empréstito (beneficioso para los capitalistas), con el apoyo al gobierno de los capitalistas, que protege las ganancias del capital, y manteniendo la policía, la cual no dejará de atascar, frenar, reducir a la nada cualquier reforma de este género, incluso si el gobierno y los capitalistas no plantearan un ultimátum a los reformistas (y de seguro que lo plantearán, tan pronto como se toquen las ganancias del capital).

Ese es precisamente el quid: todas estas plataformas, todas estas listas de reformas grandilocuentes, si se olvidan las duras y crueles condiciones del dominio del capital, son palabras huecas, que en la práctica significan o bien candidos «piadosos deseos» o bien simple engaño de las masas por parte de vulgares politicastros burgueses.

Hay que mirar la verdad cara a cara. No hay que disimularla, sino decirla al pueblo directamente. No hay que encubrir la lucha de clases, sino aclarar su nexo con «radicales» reformas que suenan bien, que parecen plausibles, admirables.

¡Camaradas obreros y todos los ciudadanos de Petrogrado! Para llevar a la práctica las reformas necesarias para el pueblo, maduras e improrrogables, de las que hablan los populistas y los mencheviques, es necesario romper con el apoyo a la guerra imperialista y a los empréstitos, con el apoyo al gobierno de los capitalistas, con el principio de la inviolabilidad de las ganancias del capital. Para llevar a la práctica estas reformas, no hay que permitir que restauren la policía, lo que están haciendo ahora los cadetes, sino sustituirla por una milicia popular. He aquí lo que el partido del proletariado debe decir al pueblo en las elecciones, decirlo contra los partidos pequeñoburgueses de los populistas y los mencheviques. He aquí la esencia de la «plataforma municipal» proletaria, que ellos encubren.

Al frente de toda esta plataforma, al frente de la lista de reformas, como condición básica para su real realización, deben figurar tres puntos principales, cardinales:

1) Ningún apoyo a la guerra imperialista (ni en forma de apoyo al empréstito, ni en general en forma alguna).

2) Ningún apoyo al gobierno de los capitalistas.

3) No permitir la restauración de la policía. Sustituirla por la milicia popular.

Sin concentrar la atención principal en estas cuestiones cardinales, sin aclarar que todas las reformas municipales están condicionadas por ellas, el programa municipal se convierte inevitablemente (en el mejor de los casos) en un deseo inocuo.

Detengámonos en el tercer punto.

En todas las repúblicas burguesas, incluso en las más democráticas, la policía es el principal instrumento de opresión de las masas (al igual que el ejército permanente), la garantía de retrocesos siempre posibles hacia la monarquía. La policía apalea al «pueblo bajo» en comisarías, lo mismo en Nueva York que en Ginebra o en París, favoreciendo a los capitalistas ora mediante el soborno directo (Estados Unidos, etc.), ora mediante el sistema de «protecciones» y «gestiones» de la gente rica (Suiza), ora mediante ambos sistemas (Francia). Separada del pueblo, constituyendo una casta profesional, compuesta de hombres «adiestrados» para la violencia contra la población más pobre, de hombres que reciben una paga algo mayor y los privilegios del «poder» (por no hablar de los «ingresos inconfesables»), la policía, en cualesquiera repúblicas democráticas, bajo el dominio de la burguesía, sigue siendo inevitablemente su más fiel instrumento, su baluarte, su defensa. Reformas serias y radicales en beneficio de las masas trabajadoras no pueden ser aplicadas con ayuda de la policía. Esto es objetivamente imposible.

La milicia popular que sustituya a la policía y al ejército permanente es la condición para el éxito de las reformas municipales en favor de los trabajadores. En tiempo revolucionario, esta condición es realizable. Y es en ella en lo que más debe concentrarse toda la plataforma municipal, pues las otras dos condiciones cardinales atañen no solo a la esfera municipal, sino también a la nacional.

Cómo empezar exactamente a implantar la milicia popular es cuestión de la práctica. Para que los proletarios y semiproletarios puedan participar, hay que obligar a los patronos a pagarles el salario por todos los días y horas que pasen de servicio en la milicia. Esto es realizable. La cuestión ulterior – si organizar primero una milicia obrera, apoyándose en los obreros de las fábricas más grandes, es decir, en los obreros mejor organizados y capaces de desempeñar la función de milicianos, u organizar de inmediato un servicio obligatorio general de todos los hombres y mujeres adultos en la milicia, dedicando a este servicio una o dos semanas al año, etc.– carece de importancia de principio. Si los distintos distritos empiezan de manera diferente, no hay ningún mal en ello: la experiencia será más rica, la educación se desarrollará más suavemente y más en consonancia con las indicaciones de la práctica.

Milicia popular significa educación en la democracia, y en verdad, de las masas de la población.

Milicia popular significa administración de los pobres no solo a través de los ricos, no a través de su policía, sino por el propio pueblo, con predominio de los pobres.

Milicia popular significa que la inspección (de las fábricas, de las viviendas, de la distribución de productos, etc.) no quedará en el papel.

Milicia popular significa que la distribución del pan se hará sin «colas», sin privilegios de ninguna clase para los ricos.

Milicia popular significa que toda una serie de reformas serias y radicales, enumeradas también por los populistas y los mencheviques, no quedarán en inocentes deseos.

¡Camaradas obreros y obreras de Petrogrado! Acudid todos a las elecciones a las dumas distritales. Defended los intereses de la población pobre. Contra la guerra imperialista, contra el apoyo al gobierno de los capitalistas, contra la restauración de la policía, por la sustitución inmediata e incondicional de esta por la milicia popular.

«Pravda» n.º 49, 18 (5) de mayo de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Pravda».