Escrito el 10 (23) de abril de 1917; epílogo: 28 de mayo (10 de junio) de 1917.

Publicado en septiembre de 1917 en Petrogrado como folleto independiente por la editorial «Pribói». Firmado: N. Lenin.

Reproducido según el texto del folleto.

Portada del folleto de V. I. Lenin *Las tareas del proletariado en nuestra revolución*. – 1917 (Reducida)

El momento histórico que atraviesa Rusia se caracteriza por los siguientes rasgos fundamentales:

## **Carácter de clase de la revolución realizada**

1. El viejo poder zarista, que representaba tan solo a una pequeña capa de terratenientes feudales que comandaba toda la maquinaria estatal (ejército, policía, burocracia), ha sido derrotado y apartado, pero no rematado. La monarquía no ha sido formalmente destruida. La pandilla de los Románov continúa con sus intrigas monárquicas. La gigantesca propiedad latifundista de los terratenientes feudales no ha sido liquidada.

2. El poder estatal en Rusia ha pasado a manos de una nueva clase, a saber: la burguesía y los terratenientes aburguesados. En este sentido, la revolución democrático-burguesa en Rusia ha concluido.

La burguesía encaramada en el poder ha establecido un bloque (alianza) con elementos abiertamente monárquicos que se habían distinguido por su apoyo increíblemente celoso a Nicolás el Sanguinario y a Stolypin el Verdugo en 1906-1914 (Guchkov y otros políticos situados a la derecha de los kadetes). El nuevo gobierno burgués de Lvov y Cía. ha intentado y comenzado a negociar con los Románov sobre la restauración de la monarquía en Rusia. Este gobierno, al amparo de frases revolucionarias, nombra para los puestos de mando a partidarios del viejo orden. Este gobierno se esfuerza por reformar lo menos posible todo el aparato de la maquinaria estatal (ejército, policía, burocracia), entregándolo en manos de la burguesía. El nuevo gobierno ya ha empezado a obstaculizar por todos los medios la iniciativa revolucionaria de las acciones de masas y la toma del poder por el pueblo desde abajo, única garantía de los éxitos reales de la revolución.

Este gobierno ni siquiera ha fijado hasta ahora la fecha de convocatoria de la Asamblea Constituyente. No toca la propiedad agraria de los terratenientes, esa base material del zarismo feudal. Ni siquiera piensa en emprender la investigación y la revelación de las actividades, ni el control de las organizaciones financieras monopolistas, los grandes bancos, los sindicatos y cárteles capitalistas, etc.

Los puestos ministeriales más importantes y decisivos del nuevo gobierno (Ministerio del Interior, Ministerio de la Guerra, es decir, el mando del ejército, la policía, la burocracia, todo el aparato de opresión de las masas) pertenecen a monárquicos declarados y partidarios de la gran propiedad terrateniente. A los kadetes, republicanos de ayer, republicanos a la fuerza, se les han concedido puestos secundarios que no tienen relación directa con el mando sobre el pueblo ni con el aparato del poder estatal. A. Kerenski, representante de los trudoviques y "también socialista", no desempeña ningún papel salvo el de adormecer la vigilancia y la atención del pueblo con frases sonoras.

Por todas estas razones, incluso en el ámbito de la política interior, el nuevo gobierno burgués no merece ninguna confianza por parte del proletariado, y no es admisible ningún apoyo hacia él por su parte.

## **La política exterior del nuevo gobierno**

3. En el ámbito de la política exterior, que ahora, en virtud de las condiciones objetivas, ha pasado a primer plano, el nuevo gobierno es un gobierno de continuación de la guerra imperialista, una guerra en alianza con las potencias imperialistas, Inglaterra, Francia, etc., por el reparto del botín capitalista, por el estrangulamiento de los pueblos pequeños y débiles.

Subordinado a los intereses del capital ruso y de su poderoso protector y amo, el capital imperialista anglo-francés, el más rico del mundo, el nuevo gobierno, contrariando los deseos expresados de la manera más categórica en nombre de la indudable mayoría de los pueblos de Rusia a través del Soviet de Diputados de Obreros y Soldados, no ha dado ningún paso real para poner fin a la matanza de los pueblos por los intereses de los capitalistas. Ni siquiera ha publicado aquellos tratados secretos de contenido manifiestamente expoliador (sobre el reparto de Persia, el saqueo de China, el saqueo de Turquía, el reparto de Austria, la anexión de Prusia Oriental, la confiscación de las colonias alemanas, etc.), que ligan de modo patente a Rusia con el capital expoliador imperialista anglo-francés. Ha confirmado estos tratados, concertados por el zarismo, que durante siglos expolió y oprimió a más pueblos que otros tiranos y déspotas; un zarismo que no solo oprimió, sino que también deshonró y corrompió al pueblo granruso, transformándolo en verdugo de otros pueblos.

El nuevo gobierno, al confirmar estos vergonzosos y rapaces tratados, no ha propuesto a todos los pueblos beligerantes un armisticio inmediato, contrariando las demandas claramente expresadas por la mayoría de los pueblos de Rusia a través de los Soviets de Diputados de Obreros y Soldados. Se ha limitado a solemnes, sonoras, aparatosas, pero completamente vacuas declaraciones y frases, que siempre han servido y sirven en boca de los diplomáticos burgueses para engañar a las masas crédulas e ingenuas del pueblo oprimido.

4. Por lo tanto, no solo no merece el nuevo gobierno la menor confianza en el ámbito de la política exterior, sino que el hecho de seguir exigiéndole que proclame la voluntad de los pueblos de Rusia a favor de la paz, que renuncie a las anexiones, etc., etc., no es en realidad más que un engaño al pueblo, una sugestión de esperanzas irrealizables, una dilación en el esclarecimiento de su conciencia, una reconciliación indirecta con la continuación de la guerra, cuyo verdadero carácter social no viene determinado por los buenos deseos, sino por el carácter de clase del gobierno que conduce la guerra, por la ligazón de la clase representada por ese gobierno con el capital financiero imperialista de Rusia, Inglaterra, Francia, etc., por la política real y efectiva que esa clase practica.

## **La peculiar dualidad de poderes y su significado de clase**

5. La característica más importante de nuestra revolución, característica que exige de manera más imperiosa una actitud reflexiva hacia ella, es la dualidad de poderes que se ha creado en los primeros días tras la victoria de la revolución.

Esta dualidad de poderes se manifiesta en la existencia de dos gobiernos: el gobierno principal, auténtico, real de la burguesía, el "Gobierno Provisional" de Lvov y Cía., que posee en sus manos todos los órganos del poder, y un gobierno adicional, secundario, "controlador", en la persona del Soviet de Diputados de Obreros y Soldados de Petrogrado, que no posee en sus manos los órganos del poder estatal, pero que se apoya directamente en la indudable e incondicional mayoría del pueblo, en los obreros y soldados armados.

El origen de clase de esta dualidad de poderes y su significado de clase consisten en que la revolución rusa de marzo de 1917 no solo barrió toda la monarquía zarista, no solo entregó todo el poder a la burguesía, sino que llegó directamente hasta la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado. Precisamente tal dictadura (es decir, un poder que no se apoya en la ley, sino en la fuerza directa de las masas armadas de la población) y precisamente de las clases indicadas son el Soviet de Petrogrado y los demás Soviets locales de Diputados de Obreros y Soldados.

6. La siguiente característica, sumamente importante de la revolución rusa, es que el Soviet de Diputados de Obreros y Soldados de Petrogrado, que goza, a todas luces, de la confianza de la mayoría de los Soviets locales, entrega voluntariamente el poder estatal a la burguesía y a su Gobierno Provisional, le cede voluntariamente la primacía, concertando con él un acuerdo de apoyo, y se limita al papel de observador, de controlador de la convocatoria de la Asamblea Constituyente (cuya fecha de convocatoria el Gobierno Provisional ni siquiera ha publicado hasta ahora).

Esta circunstancia extraordinariamente peculiar, nunca vista en tal forma en la historia, ha creado un entrelazamiento, una fusión de dos dictaduras: la dictadura de la burguesía (pues el gobierno de Lvov y Cía. es una dictadura, es decir, un poder que no se apoya en la ley ni en la expresión previa de la voluntad popular, sino en la usurpación por la fuerza, y esta usurpación ha sido llevada a cabo por una clase determinada, a saber: la burguesía) y la dictadura del proletariado y el campesinado (el Soviet de Diputados de Obreros y Soldados).

No cabe la menor duda de que semejante «embrollo» no puede mantenerse por mucho tiempo. No puede haber dos poderes en el Estado. Uno de ellos debe desaparecer, y toda la burguesía rusa ya está trabajando con todas sus fuerzas, por todos los medios y en todas partes, para eliminar, debilitar y reducir a la nada a los Soviets de diputados soldados y obreros, para instaurar el poder único de la burguesía.

La dualidad de poderes expresa únicamente un momento de transición en el desarrollo de la revolución, cuando ésta ha ido más allá de la habitual revolución democrático-burguesa, pero aún no ha llegado a la dictadura «pura» del proletariado y el campesinado.

El significado de clase (y la explicación de clase) de esta situación transitoria e inestable consiste en lo siguiente: como toda revolución, la nuestra exigió el mayor heroísmo y abnegación de las masas para luchar contra el zarismo, y además incorporó de inmediato al movimiento a una cantidad inusitadamente enorme de habitantes comunes.

Uno de los principales indicios científicos y práctico-políticos de toda revolución real consiste en el aumento extraordinariamente rápido, brusco y abrupto del número de «habitantes comunes» que pasan a participar activa, independiente y eficazmente en la vida política, en la organización del Estado.

Así ocurre en Rusia. Rusia hierve ahora. Millones y decenas de millones, políticamente dormidos durante diez años, políticamente aplastados por la terrible opresión del zarismo y el trabajo forzado para terratenientes y fabricantes, se han despertado y se han volcado a la política. ¿Y quiénes son esos millones y decenas de millones? En su mayoría, pequeños propietarios, pequeños burgueses, gente que se sitúa en un punto intermedio entre los capitalistas y los obreros asalariados. Rusia es el país más pequeñoburgués de todos los países europeos.

La gigantesca ola pequeñoburguesa lo ha inundado todo, ha sofocado al proletariado consciente no solo por su número, sino también ideológicamente, es decir, ha contagiado, ha arrastrado a círculos muy amplios de obreros con concepciones pequeñoburguesas sobre la política.

La pequeña burguesía depende en la vida de la burguesía, pues vive ella misma a la manera de los propietarios, no a la manera proletaria (en cuanto a su lugar en la producción social), y en su modo de pensar marcha tras la burguesía.

La actitud confiada e inconsciente hacia los capitalistas, los peores enemigos de la paz y del socialismo: he aquí lo que caracteriza la política actual de las masas en Rusia, he aquí lo que ha crecido con rapidez revolucionaria sobre el terreno socioeconómico del país más pequeñoburgués de todos los países europeos. He aquí la base de clase del «acuerdo» (subrayo que no me refiero tanto a un acuerdo formal como al apoyo de hecho, al acuerdo tácito, a la cesión confiada e inconsciente del poder) entre el Gobierno Provisional y el Soviet de diputados obreros y soldados, acuerdo que dio a los Guchkov un bocado suculento, el poder real, y al Soviet, promesas, honores (por un tiempo), adulación, frases, seguridades y reverencias de los Kerenski.

La escasez numérica del proletariado en Rusia, su insuficiente grado de conciencia y organización: he aquí la otra cara de la misma medalla.

Todos los partidos populistas, hasta los socialrevolucionarios, han sido siempre pequeñoburgueses; el partido OK (Chjeidze, Tsereteli y otros) también; los revolucionarios sin partido (Steklov y otros) se han dejado llevar por la ola igualmente, o no han podido, no han logrado vencer la ola.

## La peculiaridad de la táctica que se desprende de lo anterior

7. De la peculiaridad de la situación real señalada más arriba se desprende una peculiaridad táctica del momento actual, obligatoria para el marxista que debe tener en cuenta los hechos objetivos, las masas y las clases, y no las personas, etc.

Esta peculiaridad pone en primer plano «el vertido de vinagre y hiel en el agüita dulce de las frases revolucionario-democráticas» (como expresó, con notable acierto, mi camarada del Comité Central de nuestro partido, Teodoróvich, en la reunión de ayer del Congreso Panruso de Empleados y Obreros Ferroviarios en Petrogrado{87}). La labor de crítica, la explicación de los errores de los partidos pequeñoburgueses socialrevolucionarios y socialdemócratas, la preparación y cohesión de los elementos del partido comunista conscientemente proletario, la liberación del proletariado de la embriaguez pequeñoburguesa «general».

Esto parece «solo» un trabajo de propaganda. En realidad, es el trabajo revolucionario más práctico, porque no se puede hacer avanzar una revolución que se ha detenido, que se ha ahogado en la frase, que hace «paso en el lugar» no debido a obstáculos externos, no debido a la violencia por parte de la burguesía (Guchkov solo amenaza por ahora con aplicar la violencia contra las masas de soldados), sino debido a la confiada inconsciencia de las masas.

Solo combatiendo esta confiada inconsciencia (y combatirla se puede y se debe exclusivamente de modo ideológico, mediante la persuasión de camaradas, señalando la experiencia de la vida) podremos liberarnos del desenfreno imperante de la frase revolucionaria y empujar realmente hacia adelante tanto la conciencia proletaria como la conciencia de las masas, así como su audaz y decidida iniciativa en los lugares, la realización espontánea, el desarrollo y el fortalecimiento de las libertades, de la democracia, del principio de la posesión de toda la tierra por todo el pueblo.

8. La experiencia mundial de los gobiernos burgueses y de terratenientes ha elaborado dos métodos para mantener al pueblo oprimido. El primero es la violencia. Nikolái Románov I (Nikolái Palkin, el empalador) y Nikolái II (el Sanguinario) mostraron al pueblo ruso el máximo de lo posible y lo imposible en cuanto a este método verdugo. Pero existe otro método, mejor elaborado por la burguesía inglesa y francesa, «aleccionadas» por una serie de grandes revoluciones y movimientos revolucionarios de masas. Es el método del engaño, la adulación, la frase, el millón de promesas, las limosnas de centavo, las concesiones de lo no importante y la conservación de lo importante.

La peculiaridad del momento en Rusia es el paso vertiginosamente rápido del primer método al segundo, de la violencia contra el pueblo a la adulación al pueblo, a su engaño con promesas. El gato Vaska escucha y sigue comiendo. Miliukov y Guchkov detentan el poder, protegen las ganancias del capital, llevan adelante la guerra imperialista en interés del capital ruso y anglofrancés, y se zafan con promesas, declamaciones y declaraciones efectistas en respuesta a los discursos de tales «cocineros» como Chjeidze, Tsereteli, Steklov, que amenazan, exhortan, conjuran, suplican, exigen, proclaman… El gato Vaska escucha y sigue comiendo.

Y cada día la confiada inconsciencia y la confianza inconsciente irán desapareciendo, sobre todo por parte de los proletarios y los campesinos más pobres, a quienes la vida (su situación socioeconómica) enseña a no creer en los capitalistas.

Los líderes de la pequeña burguesía «deben» enseñar al pueblo la confianza en la burguesía. Los proletarios deben enseñarle la desconfianza.

## El defensismo revolucionario y su significado de clase

9. La manifestación más importante, la más patente de la ola pequeñoburguesa que ha inundado «casi todo», debe reconocerse en el defensismo revolucionario. Es precisamente él el más feroz enemigo del movimiento ulterior y del éxito de la revolución rusa.

Quien haya cedido en este punto y no haya sabido liberarse, ha perecido para la revolución. Pero las masas ceden de manera diferente a los líderes, y se liberan de manera diferente, con otro curso de desarrollo, con otro método.

El defensismo revolucionario es, por un lado, fruto del engaño de las masas por la burguesía, fruto de la confiada inconsciencia de los campesinos y de una parte de los obreros, y por otro lado, expresión de los intereses y del punto de vista del pequeño propietario, que está interesado hasta cierto punto en las anexiones y en las ganancias bancarias, y que «santamente» guarda las tradiciones del zarismo, que corrompía a los rusos grandes con el verdugueo de otros pueblos.

La burguesía engaña al pueblo, jugando con el noble orgullo por la revolución y presentando las cosas como si el carácter sociopolítico de la guerra por parte de Rusia hubiera cambiado a raíz de esta etapa de la revolución, de la sustitución de la monarquía zarista por la república casi-guchkoviana-miliukoviana. Y el pueblo creyó —por un tiempo— gracias, en gran medida, a los prejuicios de antaño, que hacen ver en los otros pueblos de Rusia, fuera del gran ruso, algo así como propiedad o patrimonio de los grandes rusos. La vil corrupción del pueblo gran ruso por el zarismo, que lo acostumbraba a ver en los otros pueblos algo inferior, algo que «por derecho» pertenece a la Gran Rusia, no podía disiparse de inmediato.

Se nos exige la capacidad de explicar a las masas que el carácter sociopolítico de la guerra no lo determina la «buena voluntad» de individuos o grupos, ni siquiera de pueblos, sino la posición de la clase que la dirige, la política de esa clase, de la cual la guerra es continuación, los vínculos del capital, como fuerza económica dominante en la sociedad moderna, el carácter imperialista del capital internacional, la dependencia —financiera, bancaria, diplomática— de Rusia respecto a Inglaterra y Francia, etc. Explicar esto con destreza y de manera comprensible para las masas no es fácil; ninguno de nosotros habría sabido hacerlo de inmediato y sin errores.

Pero la orientación o, mejor dicho, el contenido de nuestra propaganda debe ser ese y solo ese. La más mínima concesión al defensismo revolucionario es una traición al socialismo, una renuncia total al internacionalismo, por muy bellas frases o consideraciones «prácticas» con que se pretenda justificar.

La consigna «abajo la guerra» es, por supuesto, correcta, pero no tiene en cuenta la especificidad de las tareas del momento ni la necesidad de abordar de otro modo a las amplias masas. Se parece, en mi opinión, a la consigna «abajo el zar», con la que un agitador torpe de los «buenos viejos tiempos» iba simple y directamente a la aldea… y recibía una paliza. Los representantes masivos del defensismo revolucionario son honestos, no en el sentido personal, sino en el de clase; es decir, pertenecen a clases (obreros y campesinos más pobres) que realmente no se benefician con las anexiones ni con la opresión de otros pueblos. No se trata de los burgueses ni de los señores «intelectuales», que saben perfectamente que no se puede renunciar a las anexiones sin renunciar a la dominación del capital, y engañan sin escrúpulos a las masas con frases bonitas, promesas desmedidas y ofrecimientos incontables.

El representante masivo del defensismo mira la cosa con sencillez, con mentalidad pequeño-burguesa: «yo no quiero anexiones, el alemán se me "echa encima", luego defiendo una causa justa, y no unos intereses imperialistas cualesquiera». A una persona así hay que explicarle y volverle a explicar que la cuestión no reside en sus deseos personales, sino en las relaciones y condiciones masivas, de clase, políticas, en la conexión de la guerra con los intereses del capital y con la red bancaria internacional, etc. Solo esta lucha contra el defensismo es seria y promete éxito, quizás no muy rápido, pero sí seguro y sólido.

## ¿Cómo se puede poner fin a la guerra?

10. La guerra no puede terminarse «por deseo». No puede terminarse por decisión de una sola parte. No puede terminarse «clavando la bayoneta en la tierra», por emplear la expresión de un soldado defensista.

La guerra no puede terminarse con un «acuerdo» de los socialistas de distintos países, con una «acción» del proletariado de todos los países, con la «voluntad» de los pueblos, etc.; todas las frases de este tipo, que llenan los artículos de los periódicos defensistas y semidefensistas, semiinternacionalistas, así como las innumerables resoluciones, llamamientos, manifiestos, resoluciones del Soviet de diputados obreros y soldados, todas estas frases no son otra cosa que huecas, inocentes y buenistas quimeras de los pequeño burgueses. Nada hay más pernicioso que semejantes frases sobre la «manifestación de la voluntad de los pueblos por la paz», sobre el turno de las acciones revolucionarias del proletariado (después de la rusa, «el turno» de la alemana), etc. Todo esto es luiblanquismo, dulces ensoñaciones, un juego de «campañas políticas», en la práctica, la repetición de la fábula del gato Vaska.

La guerra no ha sido engendrada por la mala voluntad de los capitalistas rapaces, aunque, sin duda, se libra solo en su interés y solo los enriquece. La guerra ha sido engendrada por medio siglo de desarrollo del capital mundial, por miles de millones de sus hilos y conexiones. No se puede saltar fuera de la guerra imperialista, no se puede alcanzar una paz democrática, no violenta, sin derrocar al poder del capital, sin que el poder estatal pase a otra clase, al proletariado.

La revolución rusa de febrero-marzo de 1917 fue el comienzo de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Esta revolución dio el primer paso para poner fin a la guerra. Solo un segundo paso puede garantizar su fin, a saber: el paso del poder estatal al proletariado. Este será el comienzo de una «ruptura del frente» mundial —del frente de los intereses del capital—, y solo tras romper ese frente podrá el proletariado librar a la humanidad de los horrores de la guerra y darle los beneficios de una paz duradera.

Y a esta «ruptura del frente» del capital, la revolución rusa ya ha acercado al proletariado de Rusia, creando los Soviets de diputados obreros.

## El nuevo tipo de Estado que emerge en nuestra revolución

11. Los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., no son comprendidos no solo en el sentido de que para la mayoría no está claro su significado de clase, su papel en la revolución rusa. Tampoco son comprendidos en el sentido de que representan una nueva forma o, más exactamente, un nuevo tipo de Estado.

El más perfecto y avanzado de los Estados burgueses es el tipo de la república democrática parlamentaria: el poder pertenece al parlamento; la máquina del Estado, el aparato y el órgano de administración son los habituales: ejército permanente, policía, funcionariado, de hecho inamovible, privilegiado, situado por encima del pueblo.

Pero las épocas revolucionarias, desde finales del siglo XIX, hacen surgir un tipo superior de Estado democrático, un Estado que, en ciertos aspectos, deja ya de ser, según la expresión de Engels, un Estado, «no es un Estado en el sentido propio de la palabra»{88}. Es el Estado de tipo de la Comuna de París, que sustituye el ejército y la policía separados del pueblo por el armamento directo e inmediato del propio pueblo. En esto consiste la esencia de la Comuna, calumniada y difamada por los escritores burgueses, a la que se atribuyó erróneamente, entre otras cosas, la intención de «introducir» de inmediato el socialismo.

Precisamente a este tipo de Estado comenzó a dar forma la revolución rusa en 1905 y 1917. La República de los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., unidos por una Asamblea Constituyente de representantes del pueblo de toda Rusia o por un Soviet de Soviets, etc.: he aquí lo que ya está entrando en la vida ahora entre nosotros, en el momento actual, por iniciativa de millones de personas, que crean espontáneamente la democracia a su modo, sin esperar ni a que los señores profesores kadetes redacten sus proyectos de ley para una república parlamentaria burguesa, ni a que los pedantes y rutinarios de la «socialdemocracia» pequeño-burguesa, como el señor Plejánov o Kautsky, dejen de tergiversar la doctrina del marxismo sobre el Estado.

El marxismo se diferencia del anarquismo en que reconoce la necesidad del Estado y del poder estatal en el período revolucionario en general, y en la época de transición del capitalismo al socialismo en particular.

El marxismo se diferencia del «socialdemocratismo» pequeño-burgués y oportunista del señor Plejánov, Kautsky y Cía. en que reconoce la necesidad, para dichos períodos, no de un Estado como la república parlamentaria burguesa habitual, sino de un Estado como la Comuna de París.

Las principales diferencias de este último tipo de Estado con respecto al viejo son las siguientes:

Desde la república parlamentaria burguesa, la vuelta a la monarquía es muy fácil (como lo ha demostrado la historia), pues queda intacta toda la máquina de opresión: ejército, policía, funcionariado. La Comuna y los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., destrozan y eliminan esta máquina.

La república parlamentaria burguesa coarta y asfixia la vida política independiente de las masas, su participación directa en la construcción democrática de toda la vida estatal de abajo arriba. Lo contrario son los Soviets de diputados obreros y soldados.

Estos últimos reproducen aquel tipo de Estado que fue elaborado por la Comuna de París y que Marx llamó «la forma política, por fin descubierta, bajo la cual puede realizarse la emancipación económica del trabajo»{89}.

Se objeta habitualmente: el pueblo ruso aún no está preparado para la «introducción» de la Comuna. Este es un argumento de los terratenientes feudales que hablaban de la falta de preparación del campesinado para la libertad. Ninguna transformación que no haya madurado absolutamente tanto en la realidad económica como en la conciencia de la abrumadora mayoría del pueblo, la Comuna, es decir, los Soviets de diputados obreros y campesinos, ni la «introduce», ni se propone «introducirla», ni debe introducirla. Cuanto más fuerte es el colapso económico y la crisis engendrada por la guerra, tanto más imperiosa se vuelve la necesidad de la forma política más perfecta que facilite la curación de las terribles heridas infligidas a la humanidad por la guerra. Cuanto menor es la experiencia organizativa del pueblo ruso, tanto más resueltamente hay que emprender la construcción organizativa del propio pueblo, y no solo de los políticos burgueses y los funcionarios con sus «cargos lucrativos».

Cuanto antes nos despojemos de los viejos prejuicios del falso marxismo tergiversado por el señor Plejánov, Kautsky y Cía., cuanto más celosamente nos pongamos a ayudar al pueblo a construir de inmediato y en todas partes los Soviets de diputados obreros y campesinos, a tomar en sus manos toda la vida, – cuanto más tiempo difieran los señores Lvov y Cía. la convocatoria de la Asamblea Constituyente, – tanto más fácil le será al pueblo hacer (por mediación de la Asamblea Constituyente, o al margen de ella, si Lvov no la convoca por mucho tiempo) la elección en favor de la República de los Soviets de diputados obreros y campesinos. Los errores en la nueva construcción organizativa del propio pueblo son inevitables al principio, pero es mejor equivocarse y avanzar, que esperar a que los señores profesores de derecho, convocados por el señor Lvov, escriban leyes sobre la convocatoria de la Asamblea Constituyente y sobre la perpetuación de la república parlamentaria burguesa, sobre la asfixia de los Soviets de diputados obreros y campesinos.

Si nos organizamos y llevamos hábilmente nuestra propaganda, no solo los proletarios, sino también nueve décimas partes del campesinado estarán contra la restauración de la policía, contra el funcionariado inamovible y privilegiado, contra el ejército separado del pueblo. Y en esto precisamente consiste el nuevo tipo de Estado.

12. La sustitución de la policía por la milicia popular es una transformación que ha surgido de todo el curso de la revolución y que se está llevando a cabo ahora en la práctica en la mayoría de las localidades de Rusia. Debemos explicar a las masas que en la mayoría de las revoluciones burguesas de tipo corriente tal transformación resultó ser sumamente efímera, y la burguesía, incluso la más democrática y republicana, restauraba la policía de viejo tipo zarista, separada del pueblo, bajo el mando de burgueses, capaz de oprimir al pueblo de todas las maneras.

Para impedir la restauración de la policía, hay un solo medio: la creación de una milicia popular universal, su fusión con el ejército (la sustitución del ejército permanente por el armamento universal del pueblo). En tal milicia deben participar sin excepción todos los ciudadanos y ciudadanas de 15 a 65 años, si es que con estas edades, tomadas aproximadamente, es permisible definir la participación de adolescentes y ancianos. Los capitalistas deben pagar a los obreros asalariados, a los criados, etc., por los días dedicados al servicio social en la milicia. Sin atraer a las mujeres a la participación independiente no solo en la vida política en general, sino también al servicio social permanente y universal, no hay nada que hablar no ya de socialismo, sino tampoco de una democracia plena y sólida. Y funciones de la «policía» como la asistencia a los enfermos, a los niños abandonados, la alimentación saludable, etc., no pueden ser realizadas satisfactoriamente sin la igualdad de derechos de la mujer en la práctica, y no solo en el papel.

Impedir la restauración de la policía; atraer las fuerzas organizativas de todo el pueblo a la creación de una milicia universal: estas son las tareas que el proletariado debe llevar a las masas en interés de la defensa, la consolidación y el desarrollo de la revolución.

## Programas agrario y nacional

13. No podemos saber con certeza en el momento actual si estallará en el futuro próximo una poderosa revolución agraria en la aldea rusa. No podemos saber con exactitud cuán profundamente se ha ahondado en el último tiempo la indudable división de clase del campesinado en peones, obreros asalariados y campesinos pobres («semiproletarios»), por un lado, y campesinos acomodados y medios (capitalistas y pequeños capitalistas), por otro. Tales cuestiones serán decididas y solo pueden ser decididas por la experiencia.

Pero estamos absolutamente obligados, como partido del proletariado, a presentarnos inmediatamente no solo con un programa agrario (de tierras), sino también con la prédica de medidas prácticas realizables de inmediato en interés de la revolución agraria campesina en Rusia.

Debemos exigir la nacionalización de todas las tierras, es decir, el paso de todas las tierras del Estado a propiedad del poder estatal central. Este poder debe determinar las dimensiones, etc., del fondo de colonización, determinar las leyes para la protección de los bosques, para la mejora de tierras, etc., prohibir absolutamente toda mediación entre el propietario de la tierra –el Estado– y el arrendatario de la misma –el agricultor– (prohibir todo subarriendo de la tierra). Pero toda la administración de la tierra, toda la determinación de las condiciones locales de posesión y uso debe estar total y exclusivamente no en manos burocráticas, de funcionarios, sino en manos de los Soviets regionales y locales de diputados campesinos.

En interés de elevar la técnica de producción de cereales y el volumen de la producción, así como en interés de desarrollar la gran explotación racional y el control social sobre ella, debemos lograr, dentro de los comités campesinos, la formación, a partir de cada hacienda terrateniente confiscada, de una gran explotación modelo bajo el control de los Soviets de diputados de peones.

Frente a la fraseología y la política pequeñoburguesas que predominan entre los socialistas revolucionarios, especialmente en sus vanas charlas sobre la norma «de consumo» o «laboral», sobre la «socialización de la tierra», etc., el partido del proletariado debe explicar que el sistema de pequeña explotación bajo la producción mercantil no es capaz de librar a la humanidad de la miseria de las masas y de su opresión.

Sin escindir inmediata y obligatoriamente los Soviets de diputados campesinos, el partido del proletariado debe explicar la necesidad de Soviets especiales de diputados de peones y Soviets especiales de diputados de los campesinos más pobres (semiproletarios) o, al menos, de conferencias especiales permanentes de diputados de tal posición de clase, como fracciones o partidos separados dentro de los Soviets generales de diputados campesinos. Sin esto, todas las dulzonas frases pequeñoburguesas de los populistas sobre el campesinado en general resultarán ser el encubrimiento del engaño de la masa desposeída por el campesinado acomodado, que representa solo una de las variedades de capitalistas.

Frente a la prédica liberal-burguesa o puramente burocrática que llevan a cabo muchos socialistas revolucionarios y los Soviets de diputados obreros y soldados, aconsejando a los campesinos que no tomen las tierras de los terratenientes y no inicien la transformación agraria hasta la convocatoria de la Asamblea Constituyente, el partido del proletariado debe llamar a los campesinos a la realización inmediata y por iniciativa propia de la transformación agraria y a la confiscación inmediata de las tierras de los terratenientes según las decisiones de los diputados campesinos en las localidades.

Es especialmente importante insistir en esto sobre la necesidad de aumentar la producción de comestibles para los soldados en el frente y para las ciudades, sobre la absoluta inadmisibilidad de cualquier tipo de daño o deterioro del ganado, los aperos, las máquinas, las construcciones, etc., etc.

14. En la cuestión nacional, el partido proletario debe defender, ante todo, la proclamación y la realización inmediata de la plena libertad de separación de Rusia de todas las naciones y nacionalidades oprimidas por el zarismo, anexionadas por la fuerza o retenidas por la fuerza dentro de las fronteras del Estado, es decir, anexionadas.

Todas las declaraciones, proclamas y manifiestos sobre la renuncia a las anexiones, que no vayan acompañados de la realización efectiva de la libertad de separación, se reducen a un engaño burgués del pueblo o a inocentes deseos pequeñoburgueses.

El partido proletario aspira a la creación del Estado más grande posible, pues esto es ventajoso para los trabajadores; aspira al acercamiento y la posterior fusión de las naciones, pero quiere alcanzar este objetivo no mediante la violencia, sino exclusivamente mediante la unión libre y fraternal de los obreros y las masas trabajadoras de todas las naciones.

Cuanto más democrática sea la república rusa, cuanto con más éxito se organice como república de los Soviets de diputados obreros y campesinos, tanto más poderosa será la fuerza de atracción voluntaria hacia tal república para las masas trabajadoras de todas las naciones.

La plena libertad de separación, la más amplia autonomía local (y nacional), garantías detalladamente elaboradas de los derechos de las minorías nacionales: tal es el programa del proletariado revolucionario.

## Nacionalización de los bancos y sindicatos de capitalistas

15. El partido del proletariado no puede en modo alguno plantearse el objetivo de «introducir» el socialismo en un país de pequeños campesinos, mientras la abrumadora mayoría de la población no haya adquirido conciencia de la necesidad de la revolución socialista.

Pero sólo los sofistas burgueses, que se escudan en frases «casi marxistas», pueden deducir de esta verdad la justificación de una política que aplace las medidas revolucionarias inmediatas, plenamente maduras en la práctica, aplicadas a menudo durante la guerra por una serie de Estados burgueses, y urgentemente necesarias para combatir la completa desorganización económica y el hambre que se avecinan.

Medidas tales como la nacionalización de la tierra, de todos los bancos y sindicatos de capitalistas o, por lo menos, el establecimiento del control inmediato sobre ellos por parte de los Soviets de diputados obreros, etc., sin ser en absoluto una «introducción» del socialismo, deben ser defendidas incondicionalmente y, en la medida de lo posible, realizadas por vía revolucionaria. Sin tales medidas, que son sólo pasos hacia el socialismo y que son plenamente realizables desde el punto de vista económico, es imposible curar las heridas causadas por la guerra y prevenir la catástrofe amenazante, y el partido del proletariado revolucionario no se detendrá jamás ante el atentado contra las ganancias inauditamente elevadas de los capitalistas y banqueros, que se enriquecen precisamente «con la guerra» de modo particularmente escandaloso.

## La situación en la Internacional socialista

16. Los deberes internacionales de la clase obrera de Rusia pasan precisamente ahora a primer plano con especial fuerza.

En nuestros días, sólo los perezosos no juran por el internacionalismo; hasta los chovinistas defensistas, hasta los señores Plejánov y Potrésov, hasta el propio Kérenski se llaman internacionalistas. Tanto más perentorio es el deber del partido proletario de contraponer con toda claridad, precisión y determinación el internacionalismo de hecho al internacionalismo de palabra.

Los meros llamamientos a los obreros de todos los países, las vanas declaraciones de fidelidad al internacionalismo, los intentos de establecer directa o indirectamente un «turno» de intervenciones del proletariado revolucionario en los distintos países beligerantes, los esfuerzos por concertar «acuerdos» entre los socialistas de los países en guerra sobre la lucha revolucionaria, el ajetreo con congresos socialistas para una campaña en favor de la paz, etc., etc., todo esto, por su significado objetivo, por muy sinceros que sean los autores de tales ideas, de tales intentos o de tales planes, no es más que fraseología, en el mejor de los casos deseos inocentes, bondadosos, que sólo sirven para encubrir el engaño de las masas por los chovinistas. Y los más hábiles, los más versados en las artes del fraude parlamentario, los socialchovinistas franceses, batieron hace mucho tiempo el récord en cuanto a frases pacifistas e internacionalistas inauditamente ruidosas y sonoras, unidas a una traición inauditamente descarada al socialismo y a la Internacional, entrando en ministerios que libran la guerra imperialista, votando los créditos o empréstitos (como Chjeidze, Skóbelev, Tsereteli, Steklov en los últimos días en Rusia), oponiéndose a la lucha revolucionaria en su propio país, etc., etc.

Las buenas personas olvidan a menudo la situación cruel y feroz de la guerra imperialista mundial. Esta situación no tolera frases, se burla de los deseos inocentes y dulzones.

El internacionalismo de hecho es uno y sólo uno: el trabajo abnegado por el desarrollo del movimiento revolucionario y de la lucha revolucionaria en el propio país, el apoyo (con propaganda, simpatía, ayuda material) a esa misma lucha, a esa misma línea, y sólo a ella, en todos los países sin excepción.

Todo lo demás es engaño y manilovismo.

Tres corrientes ha producido el movimiento socialista y obrero internacional en más de dos años de guerra en todos los países, y quien se aparte del terreno real de reconocer estas tres corrientes, de analizarlas y de luchar consecuentemente por la corriente internacionalista de hecho, se condena a la impotencia, al desamparo y a los errores.

Las tres corrientes son las siguientes:

1) Los socialchovinistas, es decir, socialistas de palabra, chovinistas de hecho: son quienes reconocen la «defensa de la patria» en la guerra imperialista (y, ante todo, en la presente guerra imperialista).

Estas personas son nuestros enemigos de clase. Se han pasado al lado de la burguesía.

Así son la mayoría de los líderes oficiales de la socialdemocracia oficial en todos los países. Los señores Plejánov y Cía. en Rusia, los Scheidemann en Alemania, Renaudel, Guesde, Sembat en Francia, Bissolati y Cía. en Italia, Hyndman, los fabianos y los «laboristas» (líderes del «partido obrero») en Inglaterra, Branting y Cía. en Suecia, Troelstra y su partido en Holanda, Stauning y su partido en Dinamarca, Victor Berger y demás «defensores de la patria» en América, etc.

2) La segunda corriente es el llamado «centro», personas que vacilan entre los socialchovinistas y los internacionalistas de hecho.

El «centro» jura y perjura que son marxistas, internacionalistas, que están por la paz, por toda clase de «presiones» sobre los gobiernos, por toda clase de «exigencias» a su propio gobierno para que «manifieste la voluntad del pueblo en favor de la paz», por toda suerte de campañas en pro de la paz, por la paz sin anexiones, etc., etc., y por la paz con los socialchovinistas. El «centro» está por la «unidad», el centro es adversario de la escisión.

El «centro» es el reino de la bondadosa frase pequeñoburguesa, del internacionalismo de palabra y del oportunismo cobarde y servilismo ante los socialchovinistas de hecho.

El meollo de la cuestión está en que el «centro» no está convencido de la necesidad de la revolución contra sus propios gobiernos, no la predica, no libra una lucha revolucionaria abnegada, y se inventa los pretextos más vulgares –y que suenan archi-«marxistas»– para eludirla.

Los socialchovinistas son nuestros enemigos de clase, burgueses dentro del movimiento obrero. Representan a una capa, grupos, estratos de obreros objetivamente sobornados por la burguesía (mejor paga, puestos honoríficos, etc.) y que ayudan a su burguesía a saquear y sojuzgar a los pueblos pequeños y débiles, a luchar por el reparto del botín capitalista.

El «centro» son hombres de rutina, corroídos por la podrida legalidad, echados a perder por el ambiente del parlamentarismo, etc., funcionarios acostumbrados a los puestos cómodos y al trabajo «tranquilo». Histórica y económicamente hablando, no representan una capa especial, sino sólo la transición de la etapa ya superada del movimiento obrero, de la etapa de 1871-1914, etapa que dio mucho de valioso, especialmente en el arte, necesario para el proletariado, del trabajo organizativo lento, perseverante, sistemático, en escala amplia y amplísima, a la etapa nueva, objetivamente necesaria desde la primera guerra imperialista mundial, que ha inaugurado la era de la revolución social.

El principal líder y representante del «centro» es Karl Kautsky, la más destacada autoridad de la II Internacional (1889-1914), ejemplo de la bancarrota total del marxismo, de una falta de carácter inaudita, de las vacilaciones y traiciones más lamentables desde agosto de 1914. La corriente del «centro»: Kautsky, Haase, Ledebour, la llamada «Comunidad de Trabajo Obrera o Laboral» en el Reichstag; en Francia, Longuet, Presseman y los llamados «minoritarios» (mencheviques) en general; en Inglaterra, Philip Snowden, Ramsay MacDonald y muchos otros líderes del «Partido Laborista Independiente» y en parte del Partido Socialista Británico; Morris Hillquit y muchos otros en América; Turati, Treves, Modigliani y otros en Italia; Robert Grimm y otros en Suiza; Victor Adler y Cía. en Austria; el partido del OK, Axelrod, Mártov, Chjeidze, Tsereteli y otros en Rusia, etc.

Es comprensible que algunas personas pasen a veces, sin darse cuenta, de la posición del socialchovinismo a la del «centro» y viceversa. Todo marxista sabe que las clases se diferencian entre sí, pese al libre tránsito de individuos de una clase a otra; así también las corrientes en la vida política se diferencian entre sí, pese al libre tránsito de individuos de una corriente a otra, pese a los intentos y esfuerzos por fusionar las corrientes.

3) La tercera corriente son los internacionalistas de hecho, expresados del modo más aproximado por la «izquierda de Zimmerwald» (reproducimos en el apéndice su manifiesto de septiembre de 1915 para que los lectores puedan conocer en el original el nacimiento de esta corriente).

El rasgo distintivo principal: ruptura total tanto con el socialchovinismo como con el «centro». Lucha revolucionaria abnegada contra el propio gobierno imperialista y la propia burguesía imperialista. Principio: «el enemigo principal está en el propio país». Lucha despiadada contra la melosa fraseología socialpacifista (socialpacifista: socialista de palabra, pacifista burgués de hecho; los pacifistas burgueses sueñan con una paz eterna sin derrocar el yugo ni la dominación del capital) y contra toda clase de evasivas dirigidas a negar la posibilidad, o la pertinencia, o la oportunidad de la lucha revolucionaria del proletariado y de la revolución proletaria, socialista, en relación con la guerra actual.

Los representantes más destacados de esta corriente: en Alemania, el «grupo Spartakus», o «grupo de la Internacional», del que Karl Liebknecht es miembro. Karl Liebknecht es el representante más célebre de esta corriente y de la nueva, auténtica Internacional proletaria.

Karl Liebknecht llamó a los obreros y soldados de Alemania a volver las armas contra su propio gobierno. Karl Liebknecht lo hizo abiertamente desde la tribuna del parlamento (Reichstag). Y después fue a la Potsdamer Platz, una de las plazas más grandes de Berlín, con proclamas impresas ilegalmente, a una manifestación con la consigna «abajo el gobierno». Lo arrestaron y lo condenaron a trabajos forzados. Ahora está en una prisión de trabajos forzados en Alemania, como en general cientos, si no miles, de verdaderos socialistas alemanes están en prisión por luchar contra la guerra.

Karl Liebknecht libró una lucha despiadada, en discursos y escritos, no solo contra sus propios Plejánov, Potrésov (Scheidemann, Legien, David y Cía.), sino también contra sus hombres de centro, contra sus propias Chjeídze, Tsereteli (contra Kautsky, Haase, Ledebour y Cía.).

Karl Liebknecht y su amigo Otto Rühle, solo dos de ciento diez diputados, rompieron la disciplina, destruyeron la «unidad» con el «centro» y los chovinistas, se alzaron contra todos. Solo Liebknecht representa el socialismo, la causa proletaria, la revolución proletaria. Toda la restante socialdemocracia alemana, según la acertada expresión de Rosa Luxemburg (también miembro y una de los dirigentes del «grupo Spartakus»), es un cadáver pestilente.

Otro grupo de internacionalistas de hecho en Alemania es el periódico de Bremen «Arbeiterpolitik».

En Francia, los más cercanos a los internacionalistas de hecho son Loriot y sus amigos (Bourderon y Merrheim se deslizaron hacia el socialpacifismo), así como el francés Henri Guilbeaux, que publica en Ginebra la revista «Demain»{94}; en Inglaterra, el periódico «Trade Unionist» y una parte de los miembros del Partido Socialista Británico y del Partido Laborista Independiente (por ejemplo, Williams Russell, que llamó abiertamente a la escisión con los dirigentes que traicionaron al socialismo), el maestro de escuela popular escocés, el socialista Maclean, condenado a trabajos forzados por el gobierno burgués de Inglaterra por su lucha revolucionaria contra la guerra; cientos de socialistas en Inglaterra están en prisión por los mismos delitos. Ellos, y solo ellos, son internacionalistas de hecho. En América, el «Partido Socialista del Trabajo» y aquellos elementos dentro del oportunista «Partido Socialista» que comenzaron a publicar, desde enero de 1917, el periódico «The Internationalist»; en Holanda, el partido de los «tribunistas», que publican el periódico «De Tribune» (Pannekoek, Herman Gorter, Wijnkoop, Henriette Roland Holst, que era de centro en Zimmerwald y ahora se ha pasado a nosotros); en Suecia, el partido de los jóvenes o de izquierda, con dirigentes como Lindhagen, Ture Nerman, Karlsson, Ström, Z. Höglund, quien participó personalmente en Zimmerwald en la fundación de la «Izquierda de Zimmerwald» y ahora ha sido condenado a prisión por la lucha revolucionaria contra la guerra; en Dinamarca, Trier y sus amigos, que abandonaron el partido «socialdemócrata» danés, ya plenamente burgués, con el ministro Stauning a la cabeza; en Bulgaria, los «tesniakí»; en Italia, los más cercanos son el secretario del partido, Constantino Lazzari, y el redactor del órgano central «Avanti!», Serrati; en Polonia, Radek, Ganetski y otros dirigentes de la socialdemocracia unificada por la «Dirección Regional»; Rosa Luxemburg, Tyszka y otros dirigentes de la socialdemocracia unificada por la «Dirección Principal»; en Suiza, aquellos izquierdistas que redactaron la fundamentación del «referéndum» (enero de 1917) para luchar contra los socialchovinistas y el «centro» de su país, y que en el congreso socialista cantonal de Zúrich, en Töss, el 11 de febrero de 1917, presentaron una resolución de principios revolucionaria contra la guerra; en Austria, los jóvenes amigos de Friedrich Adler por la izquierda, que actuaron en parte en el club «Karl Marx» de Viena, club clausurado ahora por el reaccionarísimo gobierno austríaco, que está aniquilando a Fr. Adler por su heroico, aunque poco meditado, disparo contra el ministro, etc., etc.

No se trata de los matices, que también existen entre los izquierdistas. Se trata de la corriente. Toda la esencia está en que no es fácil ser internacionalista de hecho en la época de una horrible guerra imperialista. Tales personas son pocas, pero solo en ellas reside todo el porvenir del socialismo, solo ellas son dirigentes de las masas, y no corruptores de las masas.

La diferencia entre reformistas y revolucionarios, entre los socialdemócratas, entre los socialistas en general, debía experimentar, con objetiva inevitabilidad, un cambio en la coyuntura de la guerra imperialista. Quien se limita a «exigir» a los gobiernos burgueses la conclusión de la paz o la «manifestación de la voluntad de los pueblos por la paz», etc., de hecho se desliza hacia las reformas. Porque la cuestión de la guerra, objetivamente, se plantea solo de modo revolucionario.

No hay salida de la guerra hacia una paz democrática, no violenta, hacia la liberación de los pueblos de la servidumbre de los milmillonarios intereses a los señores capitalistas que se han enriquecido con la «guerra»: no hay salida fuera de la revolución del proletariado.

De los gobiernos burgueses se puede y se debe exigir las más diversas reformas, pero no se puede, sin caer en manilovismo, en reformismo, exigir de estas gentes y clases, enredadas por miles de hilos del capital imperialista, que rompan esos hilos; y sin esa ruptura, todas las conversaciones sobre la guerra contra la guerra son frases vacías, engañosas.

Los «kautskianos», el «centro», son revolucionarios de palabra, reformistas de hecho; son internacionalistas de palabra, cómplices del socialchovinismo de hecho.

La quiebra de la Internacional de Zimmerwald. — Es necesario fundar la Tercera Internacional

17. La Internacional de Zimmerwald adoptó desde el principio una posición vacilante, «kautskiana», «centrista», lo que obligó a la Izquierda de Zimmerwald a deslindarse de inmediato, a aislarse, a presentar su propio manifiesto (publicado en Suiza en ruso, alemán y francés).

El defecto principal de la Internacional de Zimmerwald —la causa de su quiebra (pues ya ha sufrido una quiebra ideológico-política)— son las vacilaciones, la indecisión en la cuestión más importante, la que prácticamente lo determina todo: la cuestión de la ruptura total con el socialchovinismo y con la vieja Internacional socialchovinista, encabezada por Vandervelde, Huysmans en La Haya (Holanda), etc.

Entre nosotros aún no se sabe que la mayoría de Zimmerwald es precisamente kautskiana. Y sin embargo, este es un hecho fundamental que no se puede dejar de tener en cuenta y que ahora es de dominio público en Europa Occidental. Incluso un chovinista, el extremista chovinista alemán Heilmann, redactor del archichovinista «Chemnitzer Zeitung» y colaborador de la archichovinista «Die Glocke» de Párvus —(por supuesto, «socialdemócrata» y ferviente partidario de la «unidad» de la socialdemocracia)— tuvo que reconocer en la prensa que el centro, o «kautskianismo», y la mayoría de Zimmerwald son una y la misma cosa.

Y finales de 1916 y comienzos de 1917 confirmaron definitivamente este hecho. A pesar de la condena del socialpacifismo por el Manifiesto de Kienthal, toda la derecha de Zimmerwald, toda la mayoría de Zimmerwald se deslizó hacia el socialpacifismo: Kautsky y Cía. en una serie de intervenciones en enero y febrero de 1917; Bourderon y Merrheim en Francia, votando unánimemente con los socialchovinistas a favor de resoluciones pacifistas del partido socialista (diciembre de 1916) y de la «Confederación General del Trabajo» (es decir, la organización nacional de los sindicatos franceses, también en diciembre de 1916); Turati y Cía. en Italia, donde todo el partido adoptó una posición socialpacifista, y Turati personalmente «resbaló» (y no por casualidad, por supuesto) hacia frases nacionalistas, que embellecían la guerra imperialista, en un discurso del 17 de diciembre de 1916.

El presidente de Zimmerwald y Kienthal, Robert Grimm, ya en enero de 1917 entró en alianza con los socialchovinistas de su partido (Greulich, Pflüger, Gustav Müller y otros) contra los internacionalistas de hecho.

En dos reuniones de zimmerwaldianos de distintos países, en enero y febrero de 1917, esta conducta ambivalente y de doblez de la mayoría zimmerwaldiana fue formalmente estigmatizada por los internacionalistas de izquierda de varios países: Münzenberg, secretario de la organización internacional de la juventud y redactor del excelente periódico internacionalista *La Internacional de la Juventud*{105}; Zinóviev, representante del Comité Central de nuestro partido; K. Radek, del partido socialdemócrata polaco (Dirección Territorial); Hartstein, socialdemócrata alemán, miembro del «grupo Espartaco».

Mucho se le ha dado al proletariado ruso; en ninguna parte del mundo ha logrado todavía la clase obrera desplegar una energía revolucionaria como en Rusia. Pero a quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá.

No se puede seguir tolerando el pantano zimmerwaldiano. No se puede, por culpa de los «kautskyanos» de Zimmerwald, permanecer en una semiligazón con la Internacional chovinista de los Plejánov y los Scheidemann. Hay que romper con esa Internacional de inmediato. En Zimmerwald hay que permanecer solo para informarse.

Precisamente nosotros, precisamente ahora, debemos fundar sin demora una nueva Internacional, revolucionaria, proletaria o, mejor dicho, no tener miedo de reconocer públicamente que ya está fundada y actúa.

Es la Internacional de esos «internacionalistas de hecho» que he enumerado con precisión más arriba. Ellos, y solo ellos, son los representantes de las masas revolucionario-internacionalistas, y no los corruptores de las masas.

Si son pocos esos socialistas, que cada obrero ruso se pregunte: ¿acaso eran muchos los revolucionarios conscientes en Rusia en vísperas de la revolución de febrero y marzo de 1917?

La cuestión no está en el número, sino en la expresión correcta de las ideas y la política del proletariado verdaderamente revolucionario. La esencia no está en «proclamar» el internacionalismo, sino en saber ser, incluso en los tiempos más difíciles, un internacionalista de hecho.

No nos engañemos con la esperanza de acuerdos y congresos internacionales. Mientras dura la guerra imperialista, las relaciones internacionales están comprimidas por las tenazas de hierro de la dictadura militar imperialista-burguesa. Si incluso el «republicano» Miliukov, obligado a tolerar al gobierno accesorio del Soviet de diputados obreros, no dejó entrar en Rusia, en abril de 1917, al socialista suizo, secretario del partido, internacionalista, participante en Zimmerwald y Kienthal, Fritz Platten, a pesar de que estaba casado con una rusa, viajaba a casa de los parientes de su esposa, había participado en la revolución de 1905 en Riga, por ello había estado preso en una cárcel rusa, había pagado una fianza al gobierno zarista para su liberación y quería recuperar esa fianza, —si el «republicano» Miliukov pudo hacer esto en Rusia en abril de 1917, se puede juzgar lo que valen las promesas y los ofrecimientos, las frases y las declaraciones sobre la paz sin anexiones, etc., por parte de la burguesía.

¿Y la detención de Trotski por el gobierno inglés? ¿Y la no salida de Mártov de Suiza, y las esperanzas de atraer a Mártov a Inglaterra, donde le espera la suerte de Trotski?

No nos hagamos ilusiones. No incurramos en autoengaños.

«Esperar» congresos o conferencias internacionales significa ser un traidor al internacionalismo, desde el momento en que está demostrado que incluso desde Estocolmo no dejan venir a nosotros ni a los socialistas fieles al internacionalismo, ni siquiera a sus cartas, a pesar de la plena posibilidad —y la plena ferocidad— de la censura militar.

Nuestro partido no debe «esperar», sino fundar inmediatamente la III Internacional: cientos de socialistas en las cárceles de Alemania e Inglaterra respirarán con alivio; miles y miles de obreros alemanes, que hoy organizan huelgas y manifestaciones que atemorizan al canalla y bandido de Guillermo, leerán en hojas ilegales sobre nuestra decisión, sobre nuestra confianza fraternal en Karl Liebknecht y solo en él, sobre nuestra decisión de luchar también ahora contra el «defensismo revolucionario»; leerán esto y se fortalecerán en su internacionalismo revolucionario.

A quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá. No hay país en el mundo donde exista ahora una libertad como en Rusia. Aprovechemos esta libertad no para predicar el apoyo a la burguesía o al «defensismo revolucionario» burgués, sino para la fundación audaz y honesta, proletaria y liebknechtiana, de la III Internacional, una Internacional enemistada de manera irrevocable tanto con los traidores —los socialchovinistas— como con las gentes vacilantes del «centro».

18. Sobre que no puede hablarse de la unificación de los socialdemócratas en Rusia no vale la pena gastar muchas palabras después de lo dicho anteriormente.

Es mejor quedarnos los dos solos, como Liebknecht —y esto significa quedarse con el proletariado revolucionario—, que admitir siquiera por un minuto la idea de unificarse con el partido del Comité de Organización, con Chjeidze y Tsereteli, que toleran el bloque con Potrésov en *Rabóchaya Gazeta*, que votan por el empréstito en el Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros{106}, que se han deslizado hacia el «defensismo».

Que los muertos entierren a sus muertos.

Quien quiera ayudar a los vacilantes debe empezar por dejar de vacilar él mismo.

## ¿Cuál debe ser el nombre de nuestro partido, científicamente correcto y políticamente útil para esclarecer la conciencia del proletariado?

19. Paso a lo último, al nombre de nuestro partido. Debemos llamarnos Partido Comunista, como se llamaron Marx y Engels.

Debemos repetir que somos marxistas y tomamos como base el *Manifiesto Comunista*, falseado y traicionado por la socialdemocracia en dos puntos principales: 1) los obreros no tienen patria: la «defensa de la patria» en la guerra imperialista es una traición al socialismo; 2) la doctrina marxista sobre el Estado ha sido falseada por la II Internacional.

El nombre de «socialdemocracia» es científicamente incorrecto, como mostró Marx en repetidas ocasiones, entre otras, en la *Crítica del Programa de Gotha* de 1875, y Engels lo repitió de forma más divulgativa en 1894{107}. Desde el capitalismo, la humanidad puede pasar directamente solo al socialismo, es decir, a la posesión común de los medios de producción y a la distribución de los productos según la medida del trabajo de cada cual. Nuestro partido mira más lejos: el socialismo debe inevitablemente transformarse gradualmente en comunismo, en cuya bandera está inscrito: «De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades».

Este es mi primer argumento.

Segundo: también es científicamente incorrecta la segunda parte del nombre de nuestro partido (social-*demócratas*). La democracia es una de las formas del Estado. Mientras tanto, nosotros, los marxistas, somos adversarios de todo Estado.

Los líderes de la II Internacional (1889-1914), el señor Plejánov, Kautsky y sus semejantes, vulgarizaron y falsearon el marxismo.

El marxismo se diferencia del anarquismo en que reconoce la necesidad del Estado para la transición al socialismo, pero (y en esto reside la diferencia con Kautsky y compañía) no un Estado como la habitual república democrática parlamentaria burguesa, sino un Estado como la Comuna de París de 1871, como los Soviets de diputados obreros de 1905 y 1917.

Mi tercer argumento: la vida ha creado, la revolución ha creado ya de hecho entre nosotros, aunque en una forma débil, embrionaria, precisamente ese nuevo «Estado», que no es un Estado en el sentido propio de la palabra.

Esto es ya una cuestión de práctica de las masas, y no solo de teoría de los líderes.

El Estado en el sentido propio es el mando sobre las masas por parte de destacamentos de hombres armados, separados del pueblo.

Nuestro naciente, nuevo Estado, es también un Estado, pues necesitamos destacamentos de hombres armados, necesitamos un orden rigurosísimo, necesitamos la represión implacable mediante la violencia de todo intento contrarrevolucionario, tanto zarista como de la burguesía de los Guchkov.

Pero nuestro naciente, nuevo Estado no es ya un Estado en el sentido propio de la palabra, pues en muchos lugares de Rusia esos destacamentos de hombres armados son la propia masa, todo el pueblo, y no alguien situado por encima de él, separado de él, privilegiado, prácticamente inamovible.

No hay que mirar hacia atrás, sino hacia adelante; no hacia esa democracia del tipo burgués habitual, que consolidaba la dominación de la burguesía mediante los viejos órganos monárquicos de administración, la policía, el ejército, la burocracia.

Hay que mirar hacia adelante, hacia la nueva democracia que está naciendo, que ya deja de ser democracia, pues la democracia es la dominación del pueblo, y el propio pueblo armado no puede dominarse a sí mismo.

La palabra democracia no solo es científicamente incorrecta en su aplicación al partido comunista. Ahora, después de marzo de 1917, es una venda que se pone sobre los ojos del pueblo revolucionario y le impide construir con libertad, audacia y por iniciativa propia lo nuevo: los Soviets de diputados obreros, campesinos y de todo tipo, como único poder en el "Estado", como precursor de la "extinción" de todo Estado.

Mi cuarto argumento: hay que tener en cuenta la situación objetiva mundial del socialismo.

No es la misma que en 1871-1914, cuando Marx y Engels se resignaron conscientemente al término inexacto y oportunista de "socialdemocracia". Porque entonces, después de la derrota de la Comuna de París, la historia puso a la orden del día una labor lenta de organización y educación. No había otra. Los anarquistas no solo estaban (y siguen estando) teóricamente equivocados de raíz, sino también económica y políticamente. Los anarquistas valoraron erróneamente el momento, no comprendieron la situación mundial: el obrero inglés corrompido por las ganancias imperialistas, la Comuna derrotada en París, el movimiento burgués-nacional en Alemania que acababa de triunfar (en 1871), la Rusia semifeudal sumida en un sueño secular.

Marx y Engels tuvieron en cuenta correctamente el momento, comprendieron la situación internacional, comprendieron las tareas de un lento acercamiento al inicio de la revolución social.

Pues bien, comprendamos también nosotros las tareas y las peculiaridades de la nueva época. No imitemos a esos desdichados marxistas de los que hablaba Marx: "Yo sembré dragones y coseché pulgas" {108}.

La necesidad objetiva del capitalismo, que se ha transformado en imperialismo, engendró la guerra imperialista. La guerra ha llevado a toda la humanidad al borde del abismo, de la destrucción de toda cultura, del embrutecimiento y de la muerte de millones y millones más de personas, millones sin número.

No hay salida fuera de la revolución del proletariado.

Y en un momento así, cuando esta revolución comienza, cuando da sus primeros pasos, tímidos, inseguros, inconscientes, demasiado confiados hacia la burguesía, en un momento así la mayoría (es verdad, es un hecho) de los líderes "socialdemócratas", de los parlamentarios "socialdemócratas", de los periódicos "socialdemócratas" —pues éstos son precisamente los órganos de influencia sobre las masas—, la mayoría de ellos ha traicionado al socialismo, ha cambiado de bando, pasándose al lado de "su" burguesía nacional.

Las masas están confundidas, desorientadas, engañadas por estos líderes.

¡Y nosotros vamos a alentar este engaño, a facilitarlo, aferrándonos a esa vieja y anticuada denominación, que está tan podrida como el II Internacional!

Que "muchos" obreros entiendan la socialdemocracia con honestidad. Ya es hora de aprender a distinguir lo subjetivo de lo objetivo.

Subjetivamente, estos obreros socialdemócratas son líderes fidelísimos de las masas proletarias.

Pero la situación objetiva mundial es tal que la vieja denominación de nuestro partido facilita el engaño de las masas, frena el avance, pues a cada paso, en cada periódico, en cada fracción parlamentaria, la masa ve a líderes, es decir, a personas cuyas palabras se oyen más fuerte y cuyos actos se ven más lejos; y todos ellos son "también socialdemócratas", todos ellos están "por la unidad" con los traidores al socialismo, con los socialchovinistas, todos ellos exigen el pago de los viejos pagarés emitidos por la "socialdemocracia"...

¿Y los argumentos en contra? "...Nos confundirán con los anarco-comunistas..."

¿Por qué no tememos que nos confundan con los social-nacionales y los social-liberales, con los radicales-socialistas, el partido burgués más avanzado y más hábil en el engaño burgués de las masas en la república francesa? "...Las masas están acostumbradas, los obreros 'han tomado cariño' a su partido socialdemócrata..."

Éste es el único argumento, pero es un argumento que arroja por la borda la ciencia del marxismo, las tareas del mañana en la revolución, la situación objetiva del socialismo mundial, la bancarrota vergonzosa del II Internacional y la corrupción de la causa práctica por las manadas de "también-socialdemócratas" que rodean a los proletarios.

Es el argumento de la rutina, el argumento del letargo, el argumento de la inercia.

Y nosotros queremos reconstruir el mundo. Queremos poner fin a la guerra imperialista mundial, en la que están arrastrados centenares de millones de hombres y enmarañados los intereses de centenares y centenares de miles de millones de capital, guerra que no puede terminar con una paz verdaderamente democrática sin la más grande revolución proletaria de la historia de la humanidad.

Y tenemos miedo de nosotros mismos. Nos aferramos a la camisa "habitual", "querida" y sucia...

Es hora de quitarse la camisa sucia, es hora de ponerse ropa limpia.

Petrogrado, 10 de abril de 1917.

## Epílogo

Mi folleto ha quedado anticuado debido a la ruina económica y a la incapacidad de trabajo de las imprentas en Petersburgo. El folleto fue escrito el 10 de abril de 1917, y hoy, 28 de mayo, ¡todavía no ha salido!

El folleto fue escrito como proyecto de plataforma para la propaganda de mis puntos de vista ante la Conferencia de toda Rusia de nuestro partido, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (bolchevique). Copiado a máquina y distribuido entre los miembros del partido en varios ejemplares antes de la conferencia y durante ella, el folleto cumplió, de todos modos, una parte de su cometido. Pero ahora la Conferencia del 24 al 29 de abril de 1917 ya se ha celebrado, sus resoluciones se publicaron hace tiempo (véase el apéndice al número 13 de "Sóldatskaya Pravda" {109}), y el lector atento notará fácilmente que mi folleto es a menudo el proyecto inicial de estas resoluciones.

Solo me queda expresar la esperanza de que, en relación con dichas resoluciones y para su explicación, el folleto preste, de todos modos, cierta utilidad, y luego detenerme en dos puntos.

Propongo, en la página 27, permanecer en Zimmerwald solo para información [32]. La Conferencia no estuvo de acuerdo conmigo en este punto, y tuve que votar contra la resolución sobre la Internacional. Ya ahora se ve claramente que la Conferencia cometió un error y que el curso de los acontecimientos lo corregirá rápidamente. Permaneciendo en Zimmerwald, nosotros (aunque sea contra nuestra voluntad) participamos en el aplazamiento de la creación de la III Internacional; indirectamente frenamos su creación, al estar atados por el peso muerto del Zimmerwald, ya muerto en lo ideológico y político.

La situación de nuestro partido —ante todos los partidos obreros del mundo entero— es hoy precisamente tal que estamos obligados a fundar inmediatamente la III Internacional. Fuera de nosotros, ahora no hay nadie que pueda hacerlo, y las demoras son perjudiciales. Permanecer en Zimmerwald solo para información nos habría desatado inmediatamente las manos para dicha creación (pudiendo al mismo tiempo utilizar Zimmerwald, si las circunstancias hicieran posible tal utilización).

Ahora, debido al error cometido por la Conferencia, nos vemos obligados a esperar pasivamente como mínimo hasta el 5 de julio de 1917 (fecha de convocatoria de la Conferencia de Zimmerwald; ¡y menos mal si no la aplazan otra vez! Ya fue aplazada una vez...) {110}

Pero la decisión, adoptada por unanimidad por el CC de nuestro partido después de la Conferencia y publicada en el número 55 de "Pravda" del 12 de mayo, corrigió a medias el error: se decidió que nos vamos de Zimmerwald si éste va a deliberar con los ministros [33]. Me permito expresar la esperanza de que la segunda mitad del error sea corregida en breve, tan pronto como convoquemos la primera reunión internacional de los "izquierdistas" ("tercera corriente", "internacionalistas de hecho", véase más arriba, páginas 23-25 [34]).

El segundo punto en el que hay que detenerse es la formación del "ministerio de coalición" el 6 de mayo de 1917 {111}. El folleto parece particularmente anticuado en este punto.

En realidad, es precisamente en este punto donde no ha quedado anticuado en absoluto. Está construido enteramente sobre el análisis de clase, al que los mencheviques y los populistas, que dieron a 6 ministros como rehenes de 10 ministros capitalistas, temen como al fuego. Y precisamente porque el folleto está construido enteramente sobre el análisis de clase, no ha quedado anticuado, pues la entrada de Tsereteli, Chernov y Cía. en el ministerio solo modificó, en grado ínfimo, la forma del acuerdo del Soviet de Petrogrado con el gobierno de los capitalistas, y yo subrayé intencionadamente en el folleto, en la página 8, que "no me refiero tanto al acuerdo formal como al apoyo de hecho" [35].

Cada día resulta más claro que Tsereteli, Chernov y Cía. son precisamente solo rehenes de los capitalistas, que el gobierno «renovado» no quiere ni puede cumplir absolutamente nada de sus pomposas promesas, ni en política exterior ni en la interior. Chernov, Tsereteli y Cía. se han matado políticamente, han resultado ser ayudantes de los capitalistas, que de hecho sofocan la revolución; Kerenski ha llegado hasta el empleo de la violencia contra las masas (comp. pág. 9 del folleto: «Guchkov solo todavía amenaza con emplear la violencia contra las masas»[36], y Kerenski ha tenido que llevar a cabo estas amenazas…){112}. Chernov, Tsereteli y Cía. han matado políticamente a sí mismos y a sus partidos, los mencheviques y socialistas-revolucionarios. Cada día el pueblo lo verá con mayor claridad.

El ministerio de coalición es solo un momento de transición en el desarrollo de las contradicciones de clase fundamentales de nuestra revolución, analizadas brevemente en mi folleto. Esto no puede durar mucho. O hacia atrás — hacia la contrarrevolución en toda la línea, o hacia adelante — hacia el paso del poder a manos de otras clases. En un tiempo revolucionario, en el ambiente de la guerra imperialista mundial, no es posible quedarse quieto.

Petrogrado. 28 de mayo de 1917.