El 4 de abril de 1917 me vi obligado a presentar en Petrogrado un informe sobre el tema indicado en el título, primero en una reunión de bolcheviques. Eran delegados de la Conferencia Panrusa de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados, delegados que debían partir y por tanto no podían concederme ningún aplazamiento. Al finalizar la reunión, su presidente, el camarada G. Zinóviev, me propuso, en nombre de toda la reunión, repetir mi informe inmediatamente en una reunión conjunta de delegados bolcheviques y mencheviques que deseaban discutir la cuestión de la unificación del POSDR{79}.

Por difícil que me resultara repetir de inmediato mi informe, no me consideré con derecho a negarme, ya que así lo exigían tanto mis correligionarios como los mencheviques, quienes a causa de su partida realmente no podían concederme aplazamiento.

En el informe leí mis tesis, publicadas en el número 26 de *Pravda* del 7 de abril de 1917[25].

Tanto las tesis como mi informe suscitaron discrepancias en el seno de los propios bolcheviques y de la redacción de *Pravda*. Después de una serie de reuniones, llegamos unánimemente a la conclusión de que lo más conveniente era discutir abiertamente estas divergencias, proporcionando así material para la conferencia panrusa de nuestro partido (el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, unificado por el Comité Central), que se reuniría el 20 de abril de 1917 en Petrogrado.

En cumplimiento de esta decisión de discusión, publico a continuación las siguientes cartas, sin pretender en ellas un estudio exhaustivo de la cuestión, sino deseando únicamente esbozar los principales argumentos, especialmente esenciales para las tareas prácticas del movimiento de la clase obrera.

Carta I. Valoración del momento

El marxismo exige de nosotros el más exacto y objetivamente verificable balance de la correlación de clases y de las peculiaridades concretas de cada momento histórico. Nosotros, los bolcheviques, siempre hemos tratado de ser fieles a esta exigencia, incondicionalmente obligatoria desde el punto de vista de toda fundamentación científica de la política.

«Nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción»{80}, decían siempre Marx y Engels, burlándose con razón del aprendizaje memorístico y la mera repetición de «fórmulas», capaces en el mejor de los casos sólo de esbozar las tareas generales, necesariamente modificadas por la situación concreta, económica y política, de cada período particular del proceso histórico.

¿Por qué hechos exactamente establecidos, objetivos, debe guiarse ahora el partido del proletariado revolucionario para determinar las tareas y las formas de su acción?

Tanto en mi primera «Carta desde lejos» («La primera etapa de la primera revolución»), publicada en *Pravda* núms. 14 y 15 del 21 y 22 de marzo de 1917, como en mis tesis, defino la «peculiaridad del momento actual en Rusia» como el período de transición de la primera etapa de la revolución a la segunda. Por eso, consideraba que la consigna fundamental, la «tarea del día» en ese momento era: «obreros, habéis manifestado prodigios de heroísmo proletario y popular en la guerra civil contra el zarismo, debéis manifestar prodigios de organización proletaria y popular para preparar vuestra victoria en la segunda etapa de la revolución» (*Pravda* núm. 15)[26].

¿En qué consiste la primera etapa?

En el paso del poder estatal a la burguesía.

Hasta la revolución de febrero-marzo de 1917, el poder estatal en Rusia estaba en manos de una vieja clase, a saber: la nobleza terrateniente de carácter feudal, encabezada por Nicolás Románov.

Después de esta revolución, el poder está en manos de otra clase, nueva, a saber: la burguesía.

El traspaso del poder estatal de manos de una clase a las de otra es el primer, principal y fundamental rasgo de la revolución, tanto en el sentido estrictamente científico como en el práctico-político de este concepto.

En esa medida, la revolución burguesa o democrático-burguesa en Rusia está terminada.

Aquí oímos el ruido de objetores que gustosamente se llaman a sí mismos «viejos bolcheviques»: ¿acaso no hemos dicho siempre que la revolución democrático-burguesa sólo la culmina la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado»? ¿Acaso la revolución agraria, también democrático-burguesa, ha terminado? ¿No es un hecho, por el contrario, que aún no ha comenzado?

Respondo: las consignas e ideas bolcheviques en general han sido plenamente confirmadas por la historia, pero concretamente las cosas han resultado de otro modo, más original, más peculiar, más abigarrado de lo que podría (y cualquiera) haber esperado.

Ignorar, olvidar este hecho equivaldría a asemejarse a esos «viejos bolcheviques» que más de una vez han desempeñado un triste papel en la historia de nuestro partido, repitiendo sin sentido una fórmula aprendida de memoria en lugar de estudiar la peculiaridad de la nueva, viva realidad.

La «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado» ya se ha realizado[27] en la revolución rusa, pues esta «fórmula» preveía sólo la correlación de clases, y no la institución política concreta que realiza esa correlación, esa colaboración. El «Soviet de diputados obreros y soldados» es, precisamente, la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado» ya realizada por la vida.

Esta fórmula ya ha caducado. La vida la ha sacado del reino de las fórmulas al reino de la realidad, la ha revestido de carne y sangre, la ha concretizado y con ello la ha modificado.

En el orden del día se halla ya otra tarea, nueva: la escisión de los elementos proletarios (antidefensistas, internacionalistas, «comunistas», partidarios del paso a la Comuna) dentro de esta dictadura y de los elementos de la pequeña economía o pequeñoburgueses (Chjeidze, Tsereteli, Steklov, los socialistas revolucionarios y demás y demás defensistas revolucionarios, adversarios del movimiento hacia la Comuna, partidarios del «apoyo» a la burguesía y al gobierno burgués).

Quien habla ahora sólo de la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado», se ha quedado rezagado de la vida, por eso mismo ha pasado de hecho al lado de la pequeña burguesía contra la lucha de clase proletaria, y hay que archivarlo en el museo de las rarezas «bolcheviques» prerrevolucionarias (podría llamarse: el archivo de los «viejos bolcheviques»).

La dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado ya se ha realizado, pero de un modo sumamente original, con una serie de modificaciones de la mayor importancia. De ellas hablaré expresamente, en una de las próximas cartas. Ahora es necesario asimilarse esa verdad indiscutible de que el marxista debe tener en cuenta la vida viva, los hechos precisos de la realidad, y no continuar aferrándose a la teoría del día de ayer, la cual, como toda teoría, en el mejor de los casos sólo esboza lo fundamental, lo general, sólo se aproxima a abarcar la complejidad de la vida.

«La teoría, amigo mío, es gris, pero es verde el eterno árbol de la vida»{81}.

Quien plantea la cuestión de si la revolución burguesa está «terminada» al viejo modo, sacrifica el marxismo vivo a la letra muerta.

Al viejo modo resulta: a la dominación de la burguesía puede y debe seguir la dominación del proletariado y el campesinado, su dictadura.

Pero en la vida viva ha resultado de otro modo: ha surgido un entrelazamiento sumamente original, nuevo, jamás visto, de lo uno y lo otro. Existen lado a lado, juntos, al mismo tiempo, tanto la dominación de la burguesía (el gobierno de Lvov y Guchkov) como la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado, que entrega voluntariamente el poder a la burguesía, convirtiéndose voluntariamente en su apéndice.

Pues no se puede olvidar que de hecho en Petrogrado el poder está en manos de los obreros y soldados; el nuevo gobierno no ejerce ni puede ejercer violencia sobre ellos, pues no hay ni policía, ni ejército separado del pueblo, ni una burocracia que se alce omnipotente por encima del pueblo. Eso es un hecho. Es precisamente un hecho que caracteriza al Estado del tipo de la Comuna de París. Este hecho no encaja en los viejos esquemas. Hay que saber adaptar los esquemas a la vida, y no repetir las palabras, ya carentes de sentido, sobre la «dictadura del proletariado y el campesinado» en general.

Abordemos la cuestión desde otro ángulo para iluminarla mejor.

El marxista no debe apartarse del terreno exacto del análisis de las relaciones de clase. En el poder está la burguesía. Pero la masa campesina, ¿acaso no constituye también burguesía de otra capa, de otro género, de otro carácter? ¿De dónde se deduce que esta capa no puede llegar al poder, «culminando» la revolución democrático-burguesa? ¿Por qué es imposible?

Así razonan a menudo los viejos bolcheviques.

Respondo: eso es plenamente posible. Pero el marxista, al valorar el momento, debe partir no de lo posible, sino de lo real.

La realidad, por el contrario, nos muestra el hecho de que los diputados de los soldados y campesinos, libremente elegidos, entran libremente en el segundo gobierno, el gobierno paralelo, lo completan, lo desarrollan y lo rematan libremente. Y con igual libertad entregan el poder a la burguesía, fenómeno que no «viola» en absoluto la teoría del marxismo, pues siempre hemos sabido y señalado reiteradamente que la burguesía no se sostiene solo mediante la violencia, sino también mediante la falta de conciencia, la rutina, el embrutecimiento y la desorganización de las masas.

Y ante esta realidad del día de hoy, resulta sencillamente ridículo apartarse del hecho y hablar de «posibilidades».

Es posible que el campesinado tome toda la tierra y todo el poder. No solo no olvido esta posibilidad, no limito mi horizonte al día de hoy, sino que formulo directa y precisamente el programa agrario teniendo en cuenta un fenómeno nuevo: una escisión más profunda entre los jornaleros agrícolas y los campesinos más pobres, por un lado, y los campesinos propietarios, por otro.

Pero también es posible otra cosa: es posible que los campesinos sigan los consejos del partido pequeñoburgués de los socialistas revolucionarios (SR), que ha cedido a la influencia burguesa, que ha pasado al defensismo y aconseja esperar a la Asamblea Constituyente, ¡aunque hasta ahora ni siquiera se ha fijado la fecha de su convocatoria![28]

Es posible que los campesinos mantengan, continúen su pacto con la burguesía, el pacto que han concertado ahora a través de los Soviets de diputados obreros y soldados, no solo formalmente, sino también de hecho.

Son posibles diversas cosas. Sería un profundísimo error olvidar el movimiento agrario y el programa agrario. Pero sería un error igualmente grande olvidar la realidad, que nos muestra el hecho del acuerdo —o, empleando una expresión más precisa, menos jurídica, más clasista-económica—, el hecho de la colaboración de clase entre la burguesía y el campesinado.

Cuando este hecho deje de ser un hecho, cuando el campesinado se separe de la burguesía, tome la tierra contra ella, tome el poder contra ella, entonces se tratará de una nueva etapa de la revolución democrático-burguesa, y será considerada por separado.

Un marxista que, con motivo de la posibilidad de esa etapa futura, olvide sus deberes ahora, cuando el campesinado se pone de acuerdo con la burguesía, se convertiría en un pequeñoburgués. Porque, de hecho, predicaría al proletariado la confianza en la pequeña burguesía («ella, esta pequeña burguesía, este campesinado, debe separarse de la burguesía aún dentro de los límites de la revolución democrático-burguesa»). Con motivo de la «posibilidad» de un futuro agradable y dulce, cuando el campesinado ya no sea la cola de la burguesía, cuando los socialistas revolucionarios, los Chjeídze, Tsereteli, los Steklov ya no sean un apéndice del gobierno burgués, este marxista, con motivo de la «posibilidad» de ese futuro agradable, se olvidaría del presente desagradable, cuando el campesinado todavía sigue siendo la cola de la burguesía, cuando los socialistas revolucionarios y los socialdemócratas todavía no salen del papel de apéndice del gobierno burgués, de oposición de «Su Majestad» Lvov{82}.

La persona que hemos tomado como supuesto se parecería al empalagoso Louis Blanc, al meloso kautskiano, pero de ningún modo a un marxista revolucionario.

Pero ¿no nos amenaza el peligro de caer en el subjetivismo, en el deseo de «saltarnos» la revolución de carácter democrático-burgués, no culminada —que aún no ha agotado el movimiento campesino—, hacia la revolución socialista?

Si yo hubiera dicho: «sin zar, y gobierno obrero»{83}, ese peligro me amenazaría. Pero no he dicho eso, he dicho otra cosa. He dicho que en Rusia no puede haber otro gobierno (aparte del burgués) que los Soviets de diputados obreros, jornaleros agrícolas, soldados y campesinos. He dicho que el poder ahora en Rusia puede pasar de Guchkov y Lvov únicamente a estos Soviets, y en ellos precisamente predomina el campesinado, predominan los soldados, predomina la pequeña burguesía, para expresarlo en términos científicos, marxistas, empleando una caracterización de clase y no una cotidiana, filistea o profesional.

En mis tesis me he garantizado absolutamente contra todo salto por encima del movimiento campesino —o, en general, pequeñoburgués— aún no agotado, contra todo juego de «toma del poder» por un gobierno obrero, contra cualquier tipo de aventura blanquista, pues he señalado directamente la experiencia de la Comuna de París. Y esta experiencia, como es sabido y como mostraron detalladamente Marx en 1871 y Engels en 1891{84}, excluyó por completo el blanquismo, aseguró por completo el dominio directo, inmediato e incondicional de la mayoría y la actividad de las masas solo en la medida de una acción consciente de la propia mayoría.

En mis tesis he reducido la cuestión, con la mayor determinación, a la lucha por la influencia en el seno de los Soviets de diputados obreros, jornaleros agrícolas, campesinos y soldados. Para no permitir ni sombra de duda al respecto, he subrayado dos veces en las tesis la necesidad de una labor paciente, perseverante y «adaptada a las necesidades prácticas de las masas» de «explicación».

Las personas ignorantes o los renegados del marxismo, como el señor Plejánov y otros por el estilo, podrán gritar acerca del anarquismo, el blanquismo, etc. Quien quiera pensar y aprender no podrá por menos de comprender que el blanquismo es la toma del poder por una minoría, mientras que los Soviets de diputados obreros, etc., son a todas luces la organización directa e inmediata de la mayoría del pueblo. La labor reducida a la lucha por la influencia en el seno de tales Soviets no puede, sencillamente no puede, deslizarse al pantano del blanquismo. Y tampoco puede deslizarse al pantano del anarquismo, porque el anarquismo es la negación de la necesidad del Estado y del poder estatal para la época de transición de la dominación de la burguesía a la dominación del proletariado. Y yo, con una claridad que excluye toda posibilidad de malentendidos, defiendo la necesidad del Estado para esta época, pero, de acuerdo con Marx y la experiencia de la Comuna de París, no el Estado parlamentario-burgués habitual, sino un Estado sin ejército permanente, sin policía enfrentada al pueblo, sin burocracia colocada por encima del pueblo.

Si el señor Plejánov grita a voz en cuello en su «Yedinstvo» acerca del anarquismo, con ello solo demuestra una vez más su ruptura con el marxismo. A mi desafío en «Pravda» (núm. 26) de que expusiera qué enseñaban Marx y Engels sobre el Estado en 1871, 1872, 1875[29], el señor Plejánov se ve y se verá obligado a responder con el silencio en cuanto al fondo de la cuestión y con gritos propios de la burguesía enfurecida.

El ex marxista señor Plejánov no ha comprendido en absoluto la doctrina del marxismo sobre el Estado. Entre otras cosas, los gérmenes de esta incomprensión son perceptibles ya en su folleto en alemán sobre el anarquismo{85}.

Veamos ahora cómo el camarada Y. Kámenev, en la nota núm. 27 de «Pravda», formula sus «divergencias» con mis tesis y con los puntos de vista arriba expuestos. Esto nos ayudará a comprenderlos con mayor precisión.

«En cuanto al esquema general del camarada Lenin —escribe el camarada Kámenev—, nos parece inaceptable, puesto que parte del reconocimiento de que la revolución democrático-burguesa está terminada y está calculado para la transformación inmediata de esta revolución en socialista…»

Aquí hay dos grandes errores.

Primer error. La cuestión del «carácter terminado» de la revolución democrático-burguesa está planteada incorrectamente. A esta cuestión se le ha dado un planteamiento abstracto, simple, monocromo, por así decirlo, que no corresponde a la realidad objetiva. Quien plantea así la cuestión, quien ahora pregunta: «¿está terminada la revolución democrático-burguesa?», y nada más, se priva de la posibilidad de comprender la realidad sumamente compleja, por lo menos «bicolor». Esto en teoría. Y en la práctica, ese se entrega impotente a la revolucionaridad pequeñoburguesa.

En efecto. La realidad nos muestra tanto el paso del poder a la burguesía (la revolución democrático-burguesa «terminada» del tipo habitual) como la existencia, junto al gobierno real, de un gobierno paralelo que representa la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado». Este último, este «también-gobierno», ha cedido por sí mismo el poder a la burguesía, se ha atado por sí mismo al gobierno burgués.

¿Abarca esta realidad la vieja fórmula bolchevique del camarada Kámenev: «la revolución democrático-burguesa no está terminada»?

No, la fórmula ha quedado anticuada. No sirve para nada. Está muerta. Serían vanos los esfuerzos por resucitarla.

Segundo. Cuestión práctica. Se ignora si en Rusia puede existir aún una «dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado» particular, desgajada del gobierno burgués. No se puede basar la táctica marxista en lo desconocido.

Pero si esto aún pudiera ocurrir, el único camino hacia ello es uno: la separación inmediata, decidida e irrevocable de los elementos proletarios, comunistas del movimiento, respecto de los pequeñoburgueses.

¿Por qué?

Porque toda la pequeña burguesía, no de manera casual, sino necesaria, ha virado hacia el chovinismo (= defensismo), hacia el «apoyo» a la burguesía, hacia la dependencia de ella, hacia el temor de prescindir de ella, etc., etc.

¿Cómo se puede «empujar» a la pequeña burguesía al poder, si ésta ya ahora puede, pero no quiere tomarlo?

Solo mediante la separación del partido proletario, comunista, mediante la lucha de clase proletaria, libre de la pusilanimidad de esos pequeñoburgueses. Solo la cohesión de los proletarios, libres de hecho, y no de palabra, de la influencia de la pequeña burguesía, es capaz de caldear de tal modo el terreno bajo los pies de la pequeña burguesía que, en determinadas condiciones, ésta tendrá que tomar el poder; no se excluye incluso que Guchkov y Miliukov sean —de nuevo, en determinadas circunstancias— partidarios del poder absoluto, del poder unipersonal de Chjeidze, Tsereteli, los eseristas, Steklov, ¡pues todos ellos son, al fin y al cabo, «defensistas»!

Quien separa de inmediato, ahora mismo y de modo irrevocable, los elementos proletarios de los Soviets (es decir, al partido proletario, comunista) de los pequeñoburgueses, expresa correctamente los intereses del movimiento para ambos casos posibles: tanto para el caso de que Rusia viva aún una «dictadura del proletariado y del campesinado» particular, independiente, no subordinada a la burguesía, como para el caso de que la pequeña burguesía no logre desgajarse de la burguesía y oscile eternamente (es decir, hasta el socialismo) entre ella y nosotros.

Quien se guía en su actividad únicamente por la simple fórmula de que «la revolución democrático-burguesa no está concluida», asume con ello algo así como una garantía de que la pequeña burguesía es ciertamente capaz de independizarse de la burguesía. Con ello se rinde, en el momento actual, inerme, a merced de la pequeña burguesía.

A propósito de la «fórmula» de la dictadura del proletariado y del campesinado, no está de más recordar que en «Dos tácticas» (julio de 1905) subrayé especialmente (pág. 435 de «En 12 años»):

«La dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado tiene, como todo en el mundo, un pasado y un futuro. Su pasado es la autocracia, el régimen feudal, la monarquía, los privilegios... Su futuro es la lucha contra la propiedad privada, la lucha del obrero asalariado contra el patrono, la lucha por el socialismo...»[30].

El error del camarada Kámenev consiste en que también en 1917 mira solo al pasado de la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado. Pero para ésta, de hecho, ya ha comenzado el futuro, pues los intereses y la política del obrero asalariado y del pequeño patrono ya han divergido, y además en una cuestión tan importantísima como el «defensismo», como la actitud ante la guerra imperialista.

Y aquí he llegado al segundo error en el razonamiento citado del camarada Kámenev. Él me reprocha que mi esquema «apueste» por «la transformación inmediata de esta revolución (democrático-burguesa) en socialista».

Eso no es cierto. Yo no solo no «apuesto» por la «transformación inmediata» de nuestra revolución en socialista, sino que prevengo directamente contra ello, lo afirmo directamente en la tesis núm. 8: «... No la “implantación” del socialismo como nuestra tarea inmediata...»[31].

¿No está claro que quien apostara por la transformación inmediata de nuestra revolución en socialista no podría alzarse contra la tarea inmediata de implantar el socialismo?

Más aún. Ni siquiera se puede implantar «de inmediato» en Rusia un «Estado-Comuna» (es decir, un Estado organizado según el tipo de la Comuna de París), pues para ello es necesario que la mayoría de los diputados en todos (o en la mayoría) de los Soviets tome clara conciencia de todo el error y de todo el perjuicio de la táctica y la política de los eseristas, Chjeidze, Tsereteli, Steklov y demás. ¡Y yo declaré con absoluta precisión que en este terreno «apuesto» solo por una explicación «paciente» (¿acaso hace falta ser paciente para obtener un cambio que puede realizarse «de inmediato»?).

El camarada Kámenev, con un poco de «impaciencia», arremetió repitiendo el prejuicio burgués acerca de la Comuna de París, como si ésta hubiera querido implantar «de inmediato» el socialismo. Eso no es así. La Comuna, lamentablemente, se demoró demasiado en implantar el socialismo. La verdadera esencia de la Comuna no reside en lo que habitualmente buscan los burgueses, sino en la creación de un tipo particular de Estado. ¡Y ese Estado ya ha nacido en Rusia: son precisamente los Soviets de diputados obreros y soldados!

El camarada Kámenev no ha meditado sobre el hecho, sobre la importancia de los Soviets existentes, sobre su identidad de tipo, de carácter sociopolítico, con el Estado de la Comuna, y en lugar de estudiar el hecho se puso a hablar de aquello por lo que yo supuestamente «apuesto» como futuro «inmediato». Se ha producido, lamentablemente, la repetición del proceder de muchos burgueses: de la cuestión de qué son los Soviets de diputados obreros y soldados, de si son superiores por su tipo a la república parlamentaria, de si son más útiles para el pueblo, más democráticos, más convenientes para la lucha, por ejemplo, contra la carestía de pan, etc., de esta cuestión candente, real, planteada en el orden del día por la vida, se desvía la atención hacia una cuestión vacía, pretendidamente científica, pero de hecho carente de contenido y profesorilmente muerta, sobre «la apuesta por la transformación inmediata».

Una cuestión planteada de manera vacía y falsa. Yo «apuesto» solo, y exclusivamente, por que los obreros, los soldados y los campesinos se desenvuelvan mejor que los funcionarios, mejor que los policías, en las difíciles cuestiones prácticas del incremento de la producción de pan, de su mejor distribución, del mejor abastecimiento de los soldados, etc., etc.

Estoy profundamente convencido de que los Soviets de diputados obreros y soldados llevarán a la práctica la independencia de la masa del pueblo con mayor rapidez y mejor que la república parlamentaria (sobre la comparación de ambos tipos de Estado, con más detalle en otra carta). Ellos decidirán mejor, de modo más práctico y más acertado, cómo se puede y qué pasos precisamente se pueden dar hacia el socialismo. El control sobre los bancos, la fusión de todos los bancos en uno solo, eso no es todavía socialismo, pero es un paso hacia el socialismo. Esos pasos los dan hoy el junker y el burgués en Alemania contra el pueblo. Mañana sabrá darlos mucho mejor en favor del pueblo el Soviet de diputados obreros y soldados, si todo el poder estatal estuviera en sus manos.

¿Y qué obliga a dar esos pasos?

El hambre. La desorganización de la economía. La catástrofe amenazante. Los horrores de la guerra. Los horrores de las heridas infligidas por la guerra a la humanidad.

El camarada Kámenev concluye su artículo con la declaración de que «en una amplia discusión espera defender su punto de vista como el único posible para la socialdemocracia revolucionaria, en tanto ésta quiera y deba seguir siendo hasta el fin un partido de las masas revolucionarias del proletariado, y no convertirse en un grupo de propagandistas comunistas».

Me parece que en estas palabras se trasluce una valoración profundamente errónea del momento. El camarada Kámenev contrapone el «partido de masas» al «grupo de propagandistas». Pero justamente ahora las «masas» han sucumbido a la embriaguez del defensismo «revolucionario». ¿Acaso no es más decoroso para los internacionalistas, en semejante momento, saber resistir la embriaguez «de masas» en lugar de «querer permanecer» con las masas, es decir, sucumbir al contagio general? ¿No hemos visto en todos los países europeos beligerantes cómo los chovinistas se justificaban con el deseo de «permanecer con las masas»? ¿No es obligatorio saber estar, por un tiempo, en minoría frente a la embriaguez «de masas»? ¿Acaso no constituye la labor de los propagandistas, precisamente en el momento actual, el punto central para liberar la línea proletaria de la embriaguez «de masas» defensista y pequeñoburguesa? Justamente la amalgama de las masas, tanto proletarias como no proletarias, sin distinguir las diferencias de clase dentro de las masas, ha sido una de las condiciones del contagio defensista. Tal vez no sea muy apropiado hablar con desdén de un «grupo de propagandistas» de la línea proletaria.

Escrito entre el 8 y el 13 (21 y 26) de abril de 1917.

Se imprime según el texto del folleto.