Camaradas, en cuanto a la cuestión del cambio de nombre del partido, como sabéis, desde abril de 1917 se ha desarrollado en el partido una discusión bastante exhaustiva, y por ello en el Comité Central se ha conseguido de inmediato llegar a una decisión que no suscita, al parecer, grandes controversias, e incluso quizá casi ninguna: concretamente, el Comité Central os propone cambiar el nombre de nuestro partido, denominándolo Partido Comunista Ruso, entre paréntesis, bolchevique. Todos reconocemos que este añadido es necesario, porque la palabra «bolchevique» ha adquirido carta de ciudadanía no solo en la vida política de Rusia, sino también en toda la prensa extranjera que sigue, a grandes rasgos, el desarrollo de los acontecimientos en Rusia. Que el nombre de «partido socialdemócrata» es científicamente incorrecto, ya ha sido explicado también en nuestra prensa. Cuando los obreros crearon su propio Estado, llegaron al punto en que el viejo concepto de democracia —la democracia burguesa— resultó superado en el proceso de desarrollo de nuestra revolución. Hemos llegado a ese tipo de democracia que en Europa Occidental no ha existido en ninguna parte. Su prototipo solo se dio en la Comuna de París, y de la Comuna de París Engels decía que la Comuna no era un Estado en el sentido propio de la palabra{26}. En una palabra, en la medida en que las propias masas trabajadoras se encargan de la tarea de administrar el Estado y de crear la fuerza armada que sostiene el orden estatal vigente, desaparece un aparato especial de administración, desaparece un aparato especial para una determinada violencia estatal, y en esa medida, por consiguiente, tampoco podemos defender la democracia en su vieja forma.

Por otra parte, al iniciar las transformaciones socialistas, debemos plantear con claridad ante nosotros el fin hacia el que, en última instancia, se orientan esas transformaciones, a saber, el fin de crear la sociedad comunista, que no se limite solo a la expropiación de las fábricas, las tierras y los medios de producción, que no se limite solo al riguroso control y contabilidad de la producción y la distribución de los productos, sino que vaya más lejos, hacia la realización del principio: de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. He aquí por qué el nombre de partido comunista es el único científicamente correcto. La objeción de que puede dar pie a que se nos confunda con los anarquistas, fue rechazada de inmediato en el Comité Central, porque los anarquistas nunca se llaman a sí mismos simplemente comunistas, sino con ciertos añadidos. A este respecto existen toda clase de variedades del socialismo, pero ellas no llevan a que se confunda a los socialdemócratas con los socialreformistas, ni con los socialistas nacionales y demás partidos similares.

Por otra parte, el argumento más importante a favor del cambio de nombre del partido es que hasta ahora los viejos partidos socialistas oficiales de todos los países avanzados de Europa no se han librado de la fiebre del socialchovinismo y del socialpatriotismo que condujo a la quiebra total del socialismo europeo oficial durante la presente guerra, de modo que, hasta ahora, casi todos los partidos socialistas oficiales han sido un verdadero freno para el movimiento obrero socialista revolucionario, un verdadero obstáculo para él. Y nuestro partido, por el cual las simpatías entre las masas trabajadoras de todos los países son actualmente, sin duda alguna, extraordinariamente grandes, nuestro partido tiene el deber de presentarse con una declaración lo más decidida, tajante, clara e inequívoca, de que rompe su vinculación con ese viejo socialismo oficial, y para ello el cambio de nombre del partido será el medio más idóneo para alcanzar el objetivo.

Más adelante, camaradas, una cuestión mucho más difícil ha sido la de la parte teórica del programa, la de su parte práctica y política. En lo que respecta a la parte teórica del programa, contamos con algunos materiales, a saber: se han publicado las recopilaciones de Moscú y de Petersburgo sobre la revisión del programa del partido{27}; en los dos principales órganos teóricos de nuestro partido: «Prosvieshchenie»{28}, que se editaba en Petersburgo, y «Spartak»{29}, que se editaba en Moscú, aparecieron artículos que fundamentaban una u otra orientación en la modificación de la parte teórica del programa de nuestro partido. A este respecto existe cierto material. Se perfilaron dos puntos de vista fundamentales que, a mi juicio, no divergen, al menos de manera radical y de principio; un punto de vista, que yo he defendido, consiste en que no tenemos motivos para desechar la vieja parte teórica de nuestro programa, e incluso sería erróneo hacerlo. Solo es necesario completarla con una caracterización del imperialismo como fase superior del desarrollo del capitalismo, y luego con una caracterización de la era de la revolución socialista, partiendo de que esa era de la revolución socialista ha comenzado. Sean cuales fueren los destinos de nuestra revolución, de nuestro destacamento del ejército proletario internacional, sean cuales fueren las ulteriores peripecias de la revolución, en todo caso, la situación objetiva de los países imperialistas, enredados en esta guerra, que han conducido al hambre, la ruina y el embrutecimiento a los países más avanzados, es una situación objetivamente sin salida. Y aquí hay que decir lo que hace treinta años, en 1887, decía Friedrich Engels al valorar la perspectiva probable de la guerra europea. Él hablaba de cómo las coronas rodarían por el suelo en Europa a docenas y nadie querría recogerlas; hablaba de la descomunal devastación que sería el destino de los países europeos, y de cómo el resultado final de los horrores de la guerra europea solo podía ser uno: lo expresó así: «o la victoria de la clase obrera, o la creación de condiciones que hagan posible y necesaria esa victoria»{30}. Al respecto, Engels se expresaba de manera extremadamente precisa y cauta. A diferencia de quienes tergiversan el marxismo y presentan sus tardías lucubraciones falsas de que sobre el terreno de la devastación no puede surgir el socialismo, Engels comprendía perfectamente que toda guerra, incluso en toda sociedad avanzada, no solo crea devastación, embrutecimiento, tormentos y calamidades entre las masas, que se ahogarán en sangre; no se puede asegurar que esto conduzca a la victoria del socialismo; él decía que será: «o la victoria de la clase obrera, o la creación de condiciones que hagan posible y necesaria esa victoria»; es decir, por consiguiente, aquí es posible aún una serie de duras etapas de transición, con una enorme destrucción de la cultura y de las fuerzas productivas, pero el resultado solo puede ser el auge de la vanguardia de las masas trabajadoras, de la clase obrera, y el paso a que esta tome el poder en sus manos para crear la sociedad socialista. Pues, sean cuales fueren las destrucciones de la cultura, no se la puede borrar de la vida histórica; será difícil restaurarla, pero jamás ninguna destrucción llevará a que esa cultura desaparezca por entero. En una u otra de sus partes, en uno u otro de sus restos materiales, esa cultura es ineliminable; las dificultades estarán solo en su restauración. Así pues, he aquí un punto de vista: que debemos dejar el viejo programa, completándolo con una caracterización del imperialismo y del comienzo de la revolución social.

Expuse este punto de vista en el proyecto de programa que publiqué[5]. Otro proyecto fue publicado por el camarada Sokólnikov en la recopilación de Moscú. Otro punto de vista fue expresado en nuestras conversaciones, en particular por el camarada Bujarin, y en la prensa por el camarada V. Smirnov en la recopilación de Moscú. Este punto de vista consistía en que era necesario bien suprimir por completo, bien eliminar casi totalmente la vieja parte teórica del programa y sustituirla por una nueva que no caracterizara la historia del desarrollo de la producción mercantil y del capitalismo, como lo hacía nuestro programa, sino la etapa contemporánea del desarrollo superior del capitalismo —el imperialismo— y el tránsito inmediato a la era de la revolución social. No me parece que estos dos puntos de vista diverjan de modo radical y por principio, pero defenderé mi punto de vista. Me parece que es teóricamente incorrecto suprimir el viejo programa, que caracteriza el desarrollo desde la producción mercantil hasta el capitalismo. Nada incorrecto hay en él. Así marcharon las cosas, así marchan, pues la producción mercantil engendró el capitalismo, y éste condujo al imperialismo. Es la perspectiva histórico-mundial general, y los fundamentos del socialismo no deben olvidarse. Sean cuales fueren los futuros avatares de la lucha, por muchos zigzags particulares que hayamos de superar (y serán muchísimos —vemos en la experiencia qué gigantescos quiebres hace la historia de la revolución, y esto solo entre nosotros; la cosa marchará de modo mucho más complejo y rápido, el ritmo del desarrollo será más furioso y los virajes más complicados cuando la revolución se convierta en europea—), para no extraviarnos en esos zigzags y quiebres de la historia y conservar la perspectiva general, para ver el hilo rojo que une todo el desarrollo del capitalismo y todo el camino hacia el socialismo —el cual, naturalmente, se nos presenta como recto, y debemos representárnoslo recto para ver el comienzo, la continuación y el fin (aunque en la vida nunca será recto, será increíblemente complejo)—, para no extraviarnos en esos quiebres, para no extraviarnos en los períodos de pasos atrás, de retiradas, de derrotas temporales o cuando la historia o el enemigo nos haga retroceder, lo importante, a mi juicio, y lo único teóricamente correcto, será no eliminar nuestro viejo programa fundamental. Porque ahora nos encontramos tan solo en la primera etapa de transición del capitalismo al socialismo entre nosotros, en Rusia. La historia no nos ha dado la situación pacífica que en teoría se concebía por un cierto tiempo y que es para nosotros deseable, la cual habría permitido superar rápidamente esas etapas de transición. Vemos de inmediato cómo la guerra civil ha dificultado muchas cosas en Rusia y cómo esa guerra civil se entrelaza con toda una serie de guerras. Los marxistas nunca han olvidado que la violencia será inevitablemente acompañante del derrumbe del capitalismo en toda su escala y del nacimiento de la sociedad socialista. Y esta violencia será un período histórico-mundial, toda una era de las más diversas guerras: guerras imperialistas, guerras civiles dentro del país, entrelazamiento de unas y otras, guerras nacionales, de liberación de las nacionalidades aplastadas por los imperialistas, con diversas combinaciones de las potencias imperialistas que inevitablemente forman unas u otras alianzas en la época de los gigantescos trusts y sindicatos estatales-capitalistas y militares. Esta época, época de gigantescos derrumbes, de soluciones violentas masivas y militares, de crisis, ha comenzado; la vemos claramente: esto es solo el comienzo. Por eso no tenemos fundamento para eliminar todo lo que se refiere a la caracterización de la producción mercantil en general, del capitalismo en general. Hemos dado apenas los primeros pasos para sacudirnos por completo el capitalismo y comenzar la transición al socialismo. Cuántas etapas de transición habrá aún hacia el socialismo, no lo sabemos ni podemos saberlo. Depende de cuándo comience en verdadera escala la revolución socialista europea, de con cuánta facilidad, rapidez o lentitud se las arreglará con sus enemigos y saldrá al camino abierto del desarrollo socialista. Esto no lo sabemos, y el programa del partido marxista debe partir de hechos absolutamente establecidos con exactitud. Sólo en esto reside la fuerza de nuestro programa, que se ha confirmado a través de todos los avatares de la revolución. Sólo sobre esta base deben construir su programa los marxistas. Debemos partir de hechos absolutamente establecidos con exactitud, que consisten en que el desarrollo del intercambio y de la producción mercantil en todo el mundo se ha convertido en el fenómeno histórico predominante, ha conducido al capitalismo y el capitalismo ha desembocado en el imperialismo: éste es un hecho absolutamente incontrovertible, y esto debe establecerse ante todo en el programa. Que este imperialismo inicia la era de la revolución social, es también un hecho evidente para nosotros, del cual debemos hablar claramente. A la vista del mundo entero, al constatar este hecho en nuestro programa, levantamos la antorcha de la revolución social no solo en el sentido de un discurso de agitación: la levantamos como nuevo programa, diciendo a todos los pueblos de Europa Occidental: «He aquí lo que nosotros y vosotros hemos extraído de la experiencia del desarrollo capitalista. He aquí cómo fue el capitalismo, he aquí cómo desembocó en el imperialismo, y he aquí la era de la revolución social que comienza y en la cual el primer papel, en el tiempo, nos ha correspondido a nosotros». Compareceremos ante todos los países civilizados con este manifiesto, que no será solo un ardiente llamamiento, que estará absolutamente fundamentado con exactitud, derivado de hechos que todas las partes socialistas reconocen. Tanto más clara será la contradicción entre la táctica de esos partidos, que ahora han traicionado al socialismo, y las premisas teóricas que compartimos todos, que han pasado a ser carne y sangre de cada obrero consciente: el desarrollo del capitalismo y su paso al imperialismo. En vísperas de las guerras imperialistas, los congresos de Chemnitz y Basilea dieron en sus resoluciones tal caracterización del imperialismo, que la contradicción entre ella y la táctica actual de los socialtraidores es flagrante.{31} Debemos, por eso, repetir esto fundamental, para mostrar con tanta mayor claridad a las masas trabajadoras de Europa Occidental de qué se acusa a sus dirigentes.

Esto es lo fundamental por lo que considero que tal construcción del programa es la única teóricamente correcta. Desechar, como si fuera vieja chatarra, la caracterización de la producción mercantil y del capitalismo, no se desprende del carácter histórico de lo que está ocurriendo, pues no hemos ido más allá de los primeros peldaños de la transición del capitalismo al socialismo, y nuestra transición se complica con particularidades de Rusia que no existen en la mayoría de los países civilizados. Por consiguiente, no solo es posible, sino inevitable, que en Europa esas etapas de transición sean diferentes; y por eso centrar toda la atención en aquellos escalones transitorios específicamente nacionales que para nosotros son necesarios, pero que en Europa pueden no serlo, sería teóricamente incorrecto. Debemos empezar por la base general del desarrollo de la producción mercantil, del paso al capitalismo y de la degeneración del capitalismo en imperialismo. Con ello ocupamos y consolidamos teóricamente una posición de la que nadie que no haya traicionado al socialismo podrá derribarnos. De esto se deriva una conclusión igualmente inevitable: comienza la era de la revolución social. Hacemos esto manteniéndonos en el terreno de hechos incontrovertiblemente establecidos.

A continuación, nuestra tarea es caracterizar el tipo soviético de Estado. He tratado de exponer las concepciones teóricas sobre esta cuestión en el libro El Estado y la revolución[6]. Me parece que la concepción marxista del Estado fue en sumo grado tergiversada por el socialismo oficial dominante en Europa Occidental, lo cual se confirmó de manera sorprendentemente clara con la experiencia de la revolución soviética y la creación de los Soviets en Rusia. En nuestros Soviets hay aún mucho de tosco, de inacabado, sobre esto no cabe duda, es claro para cualquiera que haya observado su trabajo, pero lo que en ellos es importante, lo que es históricamente valioso, lo que representa un paso adelante en el desarrollo mundial del socialismo, es que aquí se ha creado un nuevo tipo de Estado. En la Comuna de París esto duró unas pocas semanas, en una sola ciudad, sin conciencia de lo que hacían. La Comuna no fue comprendida por quienes la crearon, la crearon con el instinto genial de las masas que despertaban, y ni una sola fracción de los socialistas franceses tenía conciencia de lo que hacía. Nosotros nos encontramos en condiciones en que, gracias a que estamos sobre los hombros de la Comuna de París y de muchos años de desarrollo de la socialdemocracia alemana, podemos ver claramente lo que hacemos al crear el poder soviético. Las masas populares, pese a toda la rudeza, la indisciplina que hay en los Soviets, que es una supervivencia del carácter pequeñoburgués de nuestro país, a pesar de todo esto, han creado un nuevo tipo de Estado. Se aplica no durante semanas, sino meses, no en una sola ciudad, sino en un enorme país, en varias naciones. Este tipo de poder soviético ha demostrado su vitalidad, al extenderse a un país tan distinto en todos los aspectos como Finlandia, donde no hay Soviets, pero el tipo de poder es de nuevo uno nuevo, proletario{32}. Esto es una prueba de que lo que teóricamente es indiscutible: el poder soviético es un nuevo tipo de Estado sin burocracia, sin policía, sin ejército permanente, con la sustitución del democratismo burgués por una nueva democracia, una democracia que coloca en primer plano a la vanguardia de las masas trabajadoras, convirtiéndolas en legisladores, ejecutores y guardia militar, y crea un aparato capaz de reeducar a las masas.

En Rusia esto apenas acaba de empezar, y ha empezado mal. Si tenemos conciencia de lo malo que hay en lo que hemos empezado, lo superaremos, si la historia nos da la posibilidad de trabajar sobre este poder soviético durante un tiempo medianamente decente. Por eso me parece que la caracterización del nuevo tipo de Estado debe ocupar un lugar destacado en nuestro programa. Lamentablemente, hemos tenido que trabajar ahora en el programa en condiciones de trabajo gubernamental, en medio de una prisa tan increíble que ni siquiera pudimos convocar nuestra comisión para elaborar un proyecto oficial de programa. Lo que se ha distribuido a los camaradas delegados no es más que un esbozo preliminar[7], y cualquiera lo verá claramente. En él se dedica un espacio bastante amplio a la cuestión del poder soviético, y me parece que aquí debe manifestarse la significación internacional de nuestro programa. Sería sumamente erróneo, en mi opinión, si limitáramos la significación internacional de nuestra revolución a llamamientos, consignas, manifestaciones, proclamas, etc. Eso no basta. Debemos mostrar concretamente a los obreros europeos qué hemos emprendido, cómo lo hemos emprendido, cómo entenderlo; esto los empujará concretamente a la cuestión de cómo alcanzar el socialismo. Aquí deben ver: los rusos emprenden una buena tarea, y si la emprenden mal, nosotros la haremos mejor. Para ello es necesario dar el máximo de material concreto y decir qué es lo nuevo que hemos intentado crear. En el poder soviético tenemos un nuevo tipo de Estado; tratemos de esbozar sus tareas, su construcción, tratemos de explicar por qué este nuevo tipo de democracia, en el que hay tanto de caótico, de desmañado, tiene como alma viva el paso del poder a los trabajadores, la eliminación de la explotación, del aparato de represión. El Estado es un aparato de represión. Hay que reprimir a los explotadores, pero no se les puede reprimir con la policía, solo puede reprimirlos la masa misma, el aparato debe estar vinculado a las masas, debe representarlas, como los Soviets. Ellos están mucho más cerca de las masas, dan la posibilidad de estar más cerca de ellas, brindan más posibilidades de educar a esta masa. Sabemos perfectamente que el campesino ruso aspira a instruirse, pero queremos que se instruya no por los libros, sino por su propia experiencia. El poder soviético es un aparato, un aparato para que la masa empiece inmediatamente a aprender a gobernar el Estado y a organizar la producción a escala nacional. Esta es una tarea gigantescamente difícil. Pero lo históricamente importante es que emprendemos su solución, y la solución no solo desde el punto de vista de nuestro único país, sino apelando a la ayuda de los obreros europeos. Debemos hacer una explicación concreta de nuestro programa precisamente desde este punto de vista general. He ahí por qué consideramos que esto es la continuación del camino de la Comuna de París. He ahí por qué estamos seguros de que, al emprender este camino, los obreros europeos sabrán ayudarnos. Ellos podrán hacer mejor lo que nosotros estamos haciendo, desplazándose el centro de gravedad, desde el punto de vista formal, a las condiciones concretas. Si en los viejos tiempos era particularmente importante una exigencia como la garantía del derecho de reunión, nuestro punto de vista sobre el derecho de reunión consiste en que ahora nadie puede impedir las reuniones, y el poder soviético debe proporcionar solamente salas para las reuniones. Para la burguesía es importante la proclamación general de principios grandilocuentes: "Todos los ciudadanos tienen derecho a reunirse, pero a reunirse al aire libre; locales no les daremos". Y nosotros decimos: "Menos frases y más sustancia". Es necesario confiscar los palacios, y no solo el de Táuride, sino muchos otros, y del derecho de reunión callamos. Y esto hay que extenderlo a todos los demás puntos del programa democrático. Nosotros mismos debemos juzgar. Los ciudadanos deben participar sin excepción en los tribunales y en la administración del país. Y para nosotros es importante atraer a la administración del Estado a todos los trabajadores sin excepción. Esta es una tarea gigantescamente difícil. Pero el socialismo no puede ser instaurado por una minoría: el partido. Pueden instaurarlo decenas de millones cuando aprendan a hacerlo por sí mismos. Nuestro mérito lo vemos en que nos esforzamos por ayudar a la masa a emprender esto por sí misma de inmediato, y no a aprenderlo de los libros, de las conferencias. He ahí por qué, si expresamos estas nuestras tareas de manera concreta y clara, empujaremos a todas las masas europeas a discutir esta cuestión y a su planteamiento práctico. Quizá hagamos mal lo que es necesario hacer, pero empujamos a las masas a lo que deben hacer. Si lo que hace nuestra revolución no es una casualidad —y estamos profundamente convencidos de ello—, no es un producto de la decisión de nuestro partido, sino un producto inevitable de toda revolución que Marx llamó popular, es decir, una revolución que las masas populares hacen ellas mismas con sus consignas, con sus aspiraciones, y no repitiendo el programa de la vieja república burguesa; si planteamos esto así, alcanzaremos lo más esencial. Y aquí nos acercamos a la cuestión de si deben suprimirse las diferencias entre los programas máximo y mínimo. Sí y no. No temo esta supresión, porque el punto de vista que existía todavía en verano ya no debe tener lugar. Dije "es temprano" cuando aún no habíamos tomado el poder; ahora, cuando hemos tomado ese poder y lo hemos probado, ya no es temprano[8]. Debemos ahora, en lugar del viejo programa, escribir un nuevo programa del poder soviético, sin renunciar en absoluto a la utilización del parlamentarismo burgués. Pensar que no nos harán retroceder es una utopía.

Históricamente no se puede negar que Rusia ha creado la república soviética. Nosotros decimos que, en caso de cualquier retroceso, sin renunciar a la utilización del parlamentarismo burgués, si las fuerzas de clase hostiles nos empujan a esa vieja posición, marcharemos hacia lo conquistado por la experiencia: hacia el poder soviético, hacia el tipo soviético de Estado, el Estado del tipo de la Comuna de París. Esto debe expresarse en el programa. En lugar del programa mínimo, introduciremos el programa del poder soviético. La caracterización del nuevo tipo de Estado debe ocupar un lugar destacado en nuestro programa.

Está claro que en este momento no podemos elaborar un programa. Debemos elaborar sus disposiciones fundamentales y entregarlas a una comisión o al Comité Central para la formulación de las tesis básicas. Incluso más sencillo: la elaboración es posible sobre la base de aquella resolución sobre la Conferencia de Brest-Litovsk que ya proporcionó las tesis[9]*. A partir de la experiencia de la revolución rusa debe hacerse una caracterización del Poder Soviético y, a continuación, una propuesta de transformaciones prácticas. Aquí, me parece, en la parte histórica es necesario señalar que ahora se ha iniciado la expropiación de la tierra y de la producción. Planteamos aquí la tarea concreta de organizar el consumo, universalizar los bancos, convertirlos en una red de instituciones estatales que abarque todo el país y nos proporcione una contabilidad social, un registro y un control ejercidos por la propia población, lo cual constituirá la base de los pasos ulteriores del socialismo. Considero que esta parte, la más difícil, debe formularse como exigencias concretas de nuestro Poder Soviético: lo que queremos hacer de inmediato, qué reformas nos proponemos llevar a cabo en la esfera de la política bancaria, en la organización de la producción de productos, la organización del intercambio, el registro y el control, la introducción del servicio laboral obligatorio, etc. Cuando sea posible, complementaremos con qué pasos, pasitos y medios pasos hemos dado en este sentido. Aquí debe definirse de manera absolutamente precisa y clara lo que hemos iniciado, lo que no está terminado. Todos sabemos perfectamente que una enorme parte de lo iniciado no está terminada. Sin exagerar en absoluto, de manera totalmente objetiva, sin apartarnos de los hechos, debemos decir en el programa lo que existe y lo que nos proponemos hacer. Mostraremos esta verdad al proletariado europeo y le diremos: esto es lo que hay que hacer, para que ellos digan: tal y tal cosa los rusos la hacen mal, pero nosotros la haremos mejor. Y cuando esta aspiración arrastre a las masas, entonces la revolución socialista será invencible. Ante los ojos de todos se desarrolla la guerra imperialista, una guerra de rapiña de cabo a rabo. Cuando ante los ojos de todos la guerra imperialista se desenmascara, se convierte en guerra de todos los imperialistas contra el Poder Soviético, contra el socialismo, esto dará un nuevo impulso al proletariado de Occidente. Es necesario desenmascarar esto, describir la guerra como la unión de los imperialistas contra el movimiento socialista. Estas son las consideraciones generales que considero necesario compartir con ustedes y sobre la base de las cuales hago la propuesta práctica de intercambiar ahora opiniones fundamentales sobre esta cuestión y luego elaborar, tal vez, algunas tesis básicas aquí mismo; y si en este momento se considerara difícil, renunciar a ello y encomendar la cuestión del programa al Comité Central o a una comisión especial a la que se encargue, basándose en los materiales disponibles y en los informes taquigráficos o secretariales detallados del congreso, redactar el programa del partido, el cual debe cambiar de inmediato su nombre. Me parece que podemos llevar esto a cabo en la actualidad, y creo que todos estarán de acuerdo en que, dada la falta de preparación de nuestro programa en el aspecto de redacción con que nos sorprendieron los acontecimientos, ahora no se puede hacer otra cosa. Estoy seguro de que en unas semanas podemos lograrlo. Tenemos suficientes fuerzas teóricas en todas las corrientes de nuestro partido para obtener un programa en pocas semanas. Por supuesto, puede contener muchos errores, sin hablar ya de las imprecisiones de redacción y estilo, porque no disponemos de meses para emprender este trabajo con la calma necesaria para la labor de redacción.

Todos estos errores los corregiremos en el proceso de nuestro trabajo, con la plena seguridad de que damos al Poder Soviético la posibilidad de realizar este programa. Si al menos formulamos con precisión, sin apartarnos de la realidad, que el Poder Soviético es un nuevo tipo de Estado, una forma de dictadura del proletariado, que a la democracia le hemos planteado tareas diferentes, que hemos traducido las tareas del socialismo de la fórmula abstracta general de la “expropiación de los expropiadores” a fórmulas concretas como la nacionalización de los bancos y de la tierra, esto constituirá la parte esencial del programa.

La cuestión agraria habrá que transformarla en el sentido de que vemos aquí los primeros pasos de cómo el pequeño campesinado, que desea ponerse al lado del proletariado, que desea ayudarlo en la revolución socialista, a pesar de todos sus prejuicios, de todas sus viejas concepciones, se ha planteado la tarea práctica de transitar al socialismo. No imponemos esto a otros países, pero es un hecho. El campesinado ha demostrado no con palabras, sino con hechos, que desea ayudar y ayuda al proletariado que ha conquistado el poder a realizar el socialismo. En vano se nos atribuye el querer introducir el socialismo por la fuerza. Repartiremos la tierra equitativamente, desde el punto de vista preferentemente de la pequeña economía. Al mismo tiempo, damos preferencia a las comunas y a las grandes cooperativas de trabajo. Apoyamos la monopolización del comercio de cereales. Apoyamos —así lo ha dicho el campesinado— la expropiación de los bancos y las fábricas. Estamos dispuestos a ayudar a los obreros en la realización del socialismo. Creo que es necesario publicar la ley fundamental sobre la socialización de la tierra en todos los idiomas. Esta publicación se llevará a cabo, si es que no se ha llevado ya a cabo. Expresemos esta idea concretamente en el programa: hay que expresarla teóricamente, sin apartarnos un solo paso de los hechos concretamente constatados. En Occidente esto se plasmará de manera diferente. Quizás cometamos errores, pero esperamos que el proletariado de Occidente los corrija. Y nos dirigimos al proletariado europeo solicitándole que nos ayude en nuestra labor.

De este modo, podemos elaborar nuestro programa en unas pocas semanas, y los errores que cometamos —la vida los corregirá— nosotros mismos los corregiremos. Todos resultarán ligeros como una pluma en comparación con los resultados positivos que se alcanzarán.

Resumen publicado el 20 (7) de marzo de 1918 en el periódico “Hoja Obrero-Campesina de Nizhni Nóvgorod” nº 55.