Los acontecimientos en Petrogrado durante los últimos días, especialmente ayer, muestran de manera patente cuánta razón teníamos al hablar del defensismo "de buena fe" de las masas, en contraposición al defensismo de los dirigentes y los partidos.

La masa de la población está compuesta por proletarios, semiproletarios y campesinos más pobres. Es la inmensa mayoría del pueblo. Estas clases no tienen realmente interés alguno en las anexiones; en la política imperialista, en las ganancias del capital bancario, en los ingresos de los ferrocarriles en Persia, en los puestos lucrativos en Galitzia o Armenia, en la restricción de la libertad en Finlandia, en todo esto (las clases mencionadas) no tienen interés.

Y todo esto, en conjunto, constituye precisamente lo que en la ciencia y en la prensa se acostumbra llamar política imperialista, de conquista y de rapiña.

La esencia del asunto reside en que los Guchkov, los Miliukov, los Lvov –incluso si todos ellos fueran personalmente ángeles de virtud, desinterés y amor al prójimo– son representantes, dirigentes, personas elegidas por la clase de los capitalistas, y esta clase está interesada en una política de conquista y rapiña. Esta clase ha invertido miles de millones «en la guerra» y obtiene cientos de millones de ganancia «con la guerra» y las anexiones (es decir, con el sometimiento forzoso o la anexión forzosa de pueblos extranjeros).

Esperar que la clase de los capitalistas pueda «corregirse», dejar de ser una clase capitalista, renunciar a sus ganancias, es una esperanza engañosa, un sueño vano que en la práctica se convierte en un engaño al pueblo. Sólo los políticos pequeñoburgueses, que oscilan entre la política capitalista y la proletaria, pueden alimentar o apoyar tales esperanzas engañosas. En esto consiste precisamente el error de los actuales dirigentes de los partidos populistas y de los mencheviques, de Chjeidze, Tsereteli, Chernov y demás.

Los representantes masivos del defensismo no están familiarizados en absoluto con la política: no han podido aprender política ni de los libros, ni de la participación en la Duma de Estado, ni de la observación cercana de las personas que hacen política.

Los representantes masivos del defensismo aún no saben que las guerras las hacen los gobiernos, que los gobiernos expresan los intereses de unas u otras clases, que la guerra actual la libran, por parte de ambos grupos de potencias beligerantes, los capitalistas, en aras de los intereses y objetivos de rapiña de los capitalistas.

Sin saberlo, los representantes masivos del defensismo razonan con sencillez: no queremos anexiones, exigimos una paz democrática, no queremos combatir por Constantinopla, por el sometimiento de Persia, por el saqueo de Turquía, etc., "exigimos" que el Gobierno Provisional renuncie a las anexiones.

Los representantes masivos del defensismo quieren esto sinceramente, no en un sentido personal, sino de clase, porque representan a clases que no tienen interés en las anexiones. Pero estos representantes masivos no saben que los capitalistas y el gobierno de los capitalistas pueden renunciar de palabra a las anexiones, pueden "librarse" con promesas y frases bonitas, pero de hecho no pueden renunciar a las anexiones.

He aquí por qué los representantes masivos del defensismo se indignaron tan fuerte y tan legítimamente con la nota del Gobierno Provisional del 18 de abril.

Las personas versadas en política no podían sorprenderse de esa nota, pues sabían perfectamente que todas las "renuncias a las anexiones" de parte de los capitalistas son un formalismo vacío, nada más que una argucia y una frase corrientes de los diplomáticos.

Pero los representantes masivos, "de buena fe", del defensismo se sorprendieron, se indignaron, estuvieron llenos de cólera. Sintieron –aún no lo han comprendido del todo con claridad, pero sintieron– que habían sido engañados.

Ésta es la esencia de la crisis, que hay que distinguir rigurosamente de las opiniones, expectativas y suposiciones de personas y partidos aislados.

«Taponar» esta crisis por un breve plazo con una nueva declaración, una nueva nota, una nueva evasiva formal (a esto se reduce el consejo del señor Plejánov en "Yedinstvo" y los afanes de los Miliukov y Cía., por un lado, y de Chjeidze, Tsereteli y demás, por otro) –«taponar» la grieta abierta con una "evasiva formal"–, por supuesto, se puede, pero no reportará sino perjuicio. Pues con una nueva evasiva formal las masas serán inevitablemente engañadas; será inevitable una nueva explosión de indignación, y si esta explosión no es consciente, fácilmente puede resultar muy perjudicial.

Hay que decir a las masas toda la verdad. El gobierno de los capitalistas no puede renunciar a las anexiones; se ha enredado, no tiene salida. Siente, se da cuenta, ve que sin medidas revolucionarias (de las que sólo es capaz la clase revolucionaria) no hay salvación, y por eso se agita, se enfurece, promete una cosa, hace otra, ora amenaza con la violencia a las masas (Guchkov y Shingariov), ora propone que se le quite el poder de las manos.

La descomposición, la crisis, los horrores de la guerra, la falta de salida de la situación: he ahí adónde han llevado a todos los pueblos los capitalistas.

Realmente no hay salida, excepto el paso del poder a la clase revolucionaria, al proletariado revolucionario, el único que, con la condición de ser apoyado por la mayoría de la población, es capaz de ayudar al triunfo de la revolución en todos los países beligerantes y de conducir a la humanidad hacia una paz duradera, hacia la liberación del yugo del capital.

*«Pravda»* № 38, 5 de mayo (22 de abril) de 1917.

Se publica según el texto del periódico *«Pravda»*.