(12 de abril de 1917)

Ayer, en el mitin de los izmáilovtsy, donde intervinimos el camarada Zinóviev y yo, después del agitador del Comité Central, dije lo siguiente:

¡Camaradas soldados! La cuestión de la estructura estatal figura ahora en el orden del día. Los capitalistas, en cuyas manos se halla actualmente el poder estatal, quieren una república burguesa parlamentaria, es decir, un régimen estatal en el que no haya zar, pero en el que la dominación quede en manos de los capitalistas, que gobernarán el país mediante las viejas instituciones, a saber: la policía, los funcionarios, el ejército permanente.

Nosotros queremos una república distinta, más acorde con los intereses del pueblo, más democrática. Los obreros y soldados revolucionarios de Petersburgo derrocaron al zarismo y limpiaron por completo la capital de policía. Los obreros del mundo entero contemplan con entusiasmo y esperanza a los obreros y soldados revolucionarios de Rusia como el destacamento de vanguardia del ejército mundial de liberación de la clase obrera. Una vez iniciada la revolución, hay que fortalecerla y continuarla. ¡No permitamos que se restablezca la policía! Todo el poder en el Estado, de arriba abajo, desde la aldea más remota hasta cada barrio de Petersburgo, debe pertenecer a los Soviets de diputados obreros, soldados, braceros, campesinos, etc. El poder estatal central debe ser una Asamblea Constituyente, o Asamblea Popular, o Soviet de Soviets que unifique estos Soviets locales —la cuestión no está en el nombre—.

No la policía, ni los funcionarios irresponsables ante el pueblo y situados por encima de él, ni el ejército permanente, separado del pueblo, sino el propio pueblo armado en su totalidad, unido por los Soviets: he ahí quién debe gobernar el Estado. He ahí quién establecerá el orden necesario, he ahí la autoridad a la que los obreros y campesinos no solo obedecerán, sino que respetarán.

Solo este poder, solo los propios Soviets de diputados soldados y campesinos pueden, sin atenerse a los intereses de los terratenientes y sin proceder a la manera burocrática, resolver la gran cuestión de la tierra. La tierra no debe pertenecer a los terratenientes. Los comités campesinos deben arrebatar de inmediato la tierra a los terratenientes, protegiendo con rigor toda clase de bienes contra el deterioro y preocupándose por aumentar la producción de trigo, para que los soldados del frente estén mejor abastecidos. Toda la tierra debe pertenecer a todo el pueblo, y su administración debe corresponder a los Soviets locales de diputados campesinos. Para que los campesinos ricos —que son también capitalistas— no puedan ofender ni engañar a los braceros y a los campesinos más pobres, es necesario que estos deliberen, se cohesionen, se unan por separado, u organicen sus propios Soviets de diputados de braceros.

No permitáis que se restablezca la policía, no entreguéis el poder estatal ni la administración del Estado a manos de funcionarios no electivos, inamovibles y retribuidos a la manera burguesa; uníos, cohesionáos, organizaos vosotros mismos, sin confiar en nadie, ateniéndoos solo a vuestra razón, a vuestra experiencia, y entonces Rusia podrá marchar con paso firme, mesurado y seguro hacia la liberación tanto de nuestro país como de toda la humanidad de los horrores de las guerras y de la opresión del capital.

Nuestro gobierno, el gobierno de los capitalistas, continúa la guerra en aras de los intereses capitalistas. Tanto los capitalistas alemanes, con su ladrón coronado, Guillermo, a la cabeza, como los capitalistas de todos los demás países, libran la guerra por el reparto de las ganancias capitalistas, por la dominación del mundo. Centenares de millones de personas, casi todos los países de la tierra, están arrastrados a esta guerra criminal; centenares de miles de millones de capital están invertidos en empresas «rentables» que traen a los pueblos muerte, hambre, ruina, embrutecimiento y, a los capitalistas, ganancias exorbitantes, escandalosamente elevadas. Para zafarse de esta guerra horrible y concertar una paz verdaderamente democrática, no violenta, solo existe un camino: el traspaso de todo el poder estatal a manos de los Soviets de diputados obreros y soldados. Los obreros y los campesinos más pobres, que no tienen interés en salvaguardar las ganancias del capital ni en la expoliación de los pueblos débiles, podrán realizar de verdad lo que los capitalistas se limitan a prometer, a saber: poner fin a la guerra con una paz duradera que garantice la libertad a todos los pueblos sin excepción.

«Pravda» núm. 30, 12 de abril de 1917. Firmado: N. Lenin

Se publica según el texto del periódico «Pravda».