5. El rasgo principal de nuestra revolución, el rasgo que con mayor insistencia exige una actitud reflexiva hacia ella, es la dualidad de poderes surgida ya en los primeros días después de la victoria de la revolución.

Esta dualidad de poderes se manifiesta en la existencia de dos gobiernos: el gobierno principal, verdadero, real, de la burguesía, el «Gobierno Provisional» de Lvov y Cía., que tiene en sus manos todos los órganos del poder, y un gobierno adicional, secundario, «controlador», en la persona del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado, que no tiene en sus manos los órganos del poder estatal, pero se apoya directamente en la indudable e incondicional mayoría del pueblo, en los obreros y soldados armados.

La fuente de clase de esta dualidad de poderes y su significado de clase consisten en que la revolución rusa de marzo de 1917 no solo barrió toda la monarquía zarista, no solo entregó todo el poder a la burguesía, sino que llegó hasta el umbral mismo de la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado. Precisamente esa dictadura (es decir, un poder que no se apoya en la ley, sino en la fuerza directa de las masas armadas de la población) y precisamente de las clases indicadas, son el Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado y los demás Soviets locales.

6. El siguiente rasgo, en sumo grado importante, de la revolución rusa es que el Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado, que goza, a todas luces, de la confianza de la mayoría de los Soviets locales, entrega voluntariamente el poder estatal a la burguesía y a su Gobierno Provisional, le cede voluntariamente la primacía, habiendo concertado con él un acuerdo de apoyo al mismo, y se limita al papel de observador y controlador de la convocatoria de la Asamblea Constituyente (cuya fecha de convocatoria el Gobierno Provisional ni siquiera ha publicado hasta ahora).

Esta circunstancia extraordinariamente singular, sin precedentes en la historia bajo esta forma, ha creado un entrelazamiento de dos dictaduras, fundidas en una: la dictadura de la burguesía (pues el gobierno de Lvov y Cía. es una dictadura, es decir, un poder que no se apoya en la ley ni en la expresión previa de la voluntad popular, sino en la usurpación por la fuerza, usurpación realizada por una clase determinada, a saber: la burguesía) y la dictadura del proletariado y el campesinado (el Soviet de diputados obreros y soldados).

No está sujeto a la menor duda que semejante «entrelazamiento» no puede mantenerse mucho tiempo. No puede haber dos poderes en el Estado. Uno de ellos debe quedar reducido a la nada, y toda la burguesía rusa trabaja ya con todas sus fuerzas, por todos los medios y en todas partes, para eliminar, debilitar y reducir a la nada a los Soviets de diputados obreros y soldados, para crear el poder único de la burguesía.

La dualidad de poderes expresa tan solo un momento de transición en el desarrollo de la revolución, cuando esta ha ido más allá de la habitual revolución democrático-burguesa, pero no ha llegado aún a la dictadura «pura» del proletariado y el campesinado.

El significado de clase (y la explicación de clase) de esta situación transitoria e inestable consiste en lo siguiente: como toda revolución, la nuestra exigió el mayor heroísmo y abnegación de las masas en la lucha contra el zarismo, e incorporó de inmediato al movimiento a una cantidad inauditamente enorme de gente común y corriente.

Uno de los principales indicios científicos y práctico-políticos de toda revolución verdadera consiste en el aumento extraordinariamente rápido, brusco y abrupto del número de «personas comunes» que pasan a participar de manera activa, independiente y eficaz en la vida política y en la organización del Estado.

Así ocurre en Rusia. Rusia hierve ahora. Millones y decenas de millones que han dormido políticamente diez años, políticamente aplastados por la terrible opresión del zarismo y el trabajo forzado para los terratenientes y fabricantes, han despertado y se han volcado a la política. ¿Y quiénes son esos millones y decenas de millones? En su mayoría, pequeños patronos, pequeños burgueses, gentes que se hallan a medio camino entre los capitalistas y los obreros asalariados. Rusia es el país más pequeñoburgués de todos los países europeos.

Una gigantesca ola pequeñoburguesa lo ha anegado todo, ha sojuzgado al proletariado consciente no solo por su número, sino también ideológicamente, es decir, ha contagiado, ha ganado a círculos muy amplios de obreros con el modo pequeñoburgués de ver la política.

La pequeña burguesía depende en la vida de la burguesía, viviendo ella misma a lo patronal y no a lo proletario (en el sentido de su lugar en la producción social), y en su modo de pensar sigue a la burguesía.

La actitud confiada e inconsciente hacia los capitalistas, los peores enemigos de la paz y del socialismo, he aquí lo que caracteriza la política actual de las masas en Rusia, he aquí lo que ha brotado con rapidez revolucionaria sobre la base socioeconómica del país más pequeñoburgués de todos los países europeos. Esta es la base de clase del «acuerdo» (subrayo que me refiero no tanto al acuerdo formal como al apoyo de hecho, al acuerdo tácito, a la cesión confiada e inconsciente del poder) entre el Gobierno Provisional y el Soviet de diputados obreros y soldados, acuerdo que ha dado a los Guchkov un suculento bocado, el poder real, y al Soviet: promesas, honores (por ahora, temporalmente), adulaciones, frases, seguridades y zalemas de los Kerenski.

La insuficiente cantidad numérica del proletariado en Rusia, su insuficiente conciencia y organización: he aquí la otra cara de la misma medalla.

Todos los partidos populistas, hasta los socialistas revolucionarios, fueron siempre pequeñoburgueses; el partido del OK (Chjeidze, Tsereteli y otros) también lo es; los revolucionarios sin partido (Steklov y otros) sucumbieron igualmente a la ola o no pudieron, no tuvieron tiempo de dominarla.