El marxismo exige de nosotros el balance más exacto, objetivamente verificable, de la correlación de clases y de las particularidades concretas de cada momento histórico. Los bolcheviques siempre hemos tratado de ser fieles a esta exigencia, incondicionalmente obligatoria desde el punto de vista de toda fundamentación científica de la política.

«Nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción»{80}, decían siempre Marx y Engels, que con razón se burlaban de la memorización y la simple repetición de «fórmulas», capaces en el mejor de los casos solo de trazar las tareas generales, necesariamente modificadas por la situación económica y política concreta de cada período particular del proceso histórico.

¿Por cuáles hechos objetivos, exactamente establecidos, debe guiarse ahora el partido del proletariado revolucionario para determinar las tareas y las formas de su acción?

Tanto en mi primera «Carta desde lejos» («La primera etapa de la primera revolución»), publicada en *Pravda*, núms. 14 y 15 del 21 y 22 de marzo de 1917, como en mis tesis, defino «la peculiaridad del momento actual en Rusia» como un período de transición de la primera etapa de la revolución a la segunda. Y, por eso, la consigna fundamental, la «tarea del día» en este momento, la consideraba: «obreros, habéis realizado milagros de heroísmo proletario y popular en la guerra civil contra el zarismo; debéis realizar milagros de organización proletaria y de todo el pueblo para preparar vuestra victoria en la segunda etapa de la revolución» (*Pravda*, núm. 15)[26].

¿En qué consiste, pues, la primera etapa?

En el paso del poder estatal a la burguesía.

Hasta la revolución de febrero-marzo de 1917, el poder estatal en Rusia estaba en manos de una sola clase vieja, a saber: la clase de los terratenientes feudales-nobiliarios, encabezada por Nicolás Románov.

Después de esta revolución, el poder está en manos de otra clase, nueva: la burguesía.

El paso del poder estatal de manos de una clase a manos de otra es el primer signo, el principal, el fundamental de la revolución, tanto en el sentido estrictamente científico como en el político-práctico de este concepto.

En este sentido, la revolución burguesa o democrático-burguesa en Rusia está terminada.

Aquí oímos el ruido de los objetantes, que con gusto se llaman a sí mismos «viejos bolcheviques»: ¿acaso no decíamos siempre que la revolución democrático-burguesa la concluye solo la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado»? ¿Acaso la revolución agraria, también democrático-burguesa, ha terminado? ¿Acaso no es un hecho, por el contrario, que aún no ha comenzado?

Respondo: las consignas y las ideas bolcheviques, en general, han sido plenamente confirmadas por la historia, pero concretamente las cosas han resultado de otro modo, distinto del que podía esperarse (y cualquiera podía esperar), más original, más peculiar, más variopinto.

Ignorar, olvidar este hecho equivaldría a asemejarse a esos «viejos bolcheviques» que más de una vez han desempeñado un triste papel en la historia de nuestro partido, repitiendo sin sentido una fórmula aprendida de memoria en lugar de estudiar la peculiaridad de la nueva realidad viva.

La «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado» ya se ha realizado[27] en la revolución rusa, pues esta «fórmula» solo prevé la correlación de clases, y no la institución política concreta que realice esta correlación, esta colaboración. El «Soviet de diputados obreros y soldados»: he ahí la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado», ya realizada por la vida.

Esta fórmula ya ha caducado. La vida la ha trasladado del reino de las fórmulas al reino de la realidad, la ha revestido de carne y sangre, la ha concretizado y, con ello, modificado.

En el orden del día hay ya otra tarea nueva: la escisión entre los elementos proletarios (antibelicistas, internacionalistas, «comunistas», partidarios del paso a la Comuna) en el seno de esta dictadura y los elementos pequeño-patronales o pequeñoburgueses (Chjeidze, Tsereteli, Steklov, los socialistas revolucionarios, etc., etc., los defensistas revolucionarios, adversarios del movimiento hacia la Comuna, partidarios del «apoyo» a la burguesía y al gobierno burgués).

Quien habla ahora solamente de la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado», ese se ha rezagado de la vida, ese, en virtud de ello, se ha pasado de hecho a la pequeña burguesía contra la lucha de clases proletaria, a ese hay que archivarlo en el archivo de las rarezas «bolcheviques» prerrevolucionarias (se le puede llamar: el archivo de los «viejos bolcheviques»).

La dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado ya se ha realizado, pero de un modo sumamente original, con una serie de modificaciones de la mayor importancia. De ellas hablaré especialmente en una de las próximas cartas. Ahora es necesario asimilar la verdad indiscutible de que un marxista debe tener en cuenta la vida viva, los hechos exactos de la realidad, y no seguir aferrándose a la teoría del día de ayer, la cual, como toda teoría, en el mejor de los casos solo traza lo fundamental, lo general, solo se aproxima a abarcar la complejidad de la vida.

«Teoría, amigo mío, es gris, pero el eterno árbol de la vida es verde»{81}.

Quien plantea la cuestión del «carácter terminado» de la revolución burguesa a la vieja manera, sacrifica el marxismo vivo a la letra muerta.

A la vieja manera resulta: al dominio de la burguesía puede y debe seguir el dominio del proletariado y del campesinado, su dictadura.

Y en la vida viva ya ha resultado de otro modo: se ha producido un entrelazamiento sumamente original, nuevo, nunca visto, de lo uno y de lo otro. Existen al mismo tiempo, juntos, simultáneamente, tanto el dominio de la burguesía (el gobierno de Lvov y Guchkov) como la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado, que cede voluntariamente el poder a la burguesía y se convierte voluntariamente en un apéndice suyo.

Pues no hay que olvidar que, de hecho, en Petrogrado el poder está en manos de los obreros y los soldados; el nuevo gobierno no ejerce ni puede ejercer violencia sobre ellos, porque no hay ni policía, ni un ejército separado del pueblo, ni una burocracia situada omnipotentemente por encima del pueblo. Esto es un hecho. Es precisamente un hecho característico del Estado del tipo de la Comuna de París. Este hecho no encaja en los viejos esquemas. Hay que saber adaptar los esquemas a la vida, y no repetir palabras que han perdido sentido sobre la «dictadura del proletariado y del campesinado» en general.

Abordemos la cuestión desde otro lado para iluminarla mejor.

Un marxista no debe apartarse del terreno exacto del análisis de las relaciones de clase. En el poder está la burguesía. ¿Acaso la masa de los campesinos no constituye también una burguesía de otra capa, de otro género, de otro carácter? ¿De dónde se deduce que esta capa no pueda llegar al poder, «concluyendo» la revolución democrático-burguesa? ¿Por qué es imposible?

Así razonan a menudo los viejos bolcheviques.

Respondo: es perfectamente posible. Pero un marxista, al hacer el balance del momento, debe partir no de lo posible, sino de lo real.

La realidad, en cambio, nos muestra el hecho de que los diputados soldados y campesinos libremente elegidos entran libremente en el segundo gobierno, accesorio, y libremente lo complementan, desarrollan y rematan. E igualmente libremente entregan el poder a la burguesía: fenómeno que no «infringe» en absoluto la teoría del marxismo, pues siempre supimos y señalamos repetidamente que la burguesía se sostiene no solo por la violencia, sino también por la falta de conciencia, la rutina, el embrutecimiento, la desorganización de las masas.

Y he aquí que, ante esta realidad del día de hoy, es sencillamente ridículo apartarse del hecho y hablar de «posibilidades».

Es posible que el campesinado tome toda la tierra y todo el poder. No solo no olvido esta posibilidad, no limito mi horizonte al día de hoy solamente, sino que formulo directa y exactamente el programa agrario teniendo en cuenta un nuevo fenómeno: la escisión más profunda entre los braceros y los campesinos más pobres, por un lado, y los campesinos patronos, por otro.

Pero también es posible otra cosa: es posible que los campesinos escuchen los consejos del partido pequeñoburgués socialista revolucionario (SR), que ha caído bajo la influencia de la burguesía, que se ha pasado al defensismo y aconseja esperar a la Asamblea Constituyente, ¡aunque hasta ahora ni siquiera se ha fijado la fecha de su convocatoria! [28]

Es posible que los campesinos mantengan, continúen su componenda con la burguesía, la componenda concertada por ellos ahora por mediación de los Soviets de diputados obreros y soldados, no solo formal sino también de hecho.

Es posible lo uno y lo otro. Sería un error profundísimo olvidar el movimiento agrario y el programa agrario. Pero sería un error igual olvidar la realidad, que nos muestra el hecho del acuerdo –o, empleando una expresión más exacta, menos jurídica, más económica y de clase–, el hecho de la colaboración de clase entre la burguesía y el campesinado.

Cuando este hecho deje de ser un hecho, cuando el campesinado se separe de la burguesía, tome la tierra contra ella, tome el poder contra ella, entonces será una nueva etapa de la revolución democrático-burguesa, y se hablará de ello en particular.

Un marxista que, a causa de la posibilidad de esa futura etapa, olvide sus deberes ahora, cuando el campesinado se entiende con la burguesía, se convertiría en un pequeñoburgués. Pues de hecho predicaría al proletariado confianza en la pequeña burguesía («esa pequeña burguesía, ese campesinado, debe separarse de la burguesía todavía en el marco de la revolución democrático-burguesa»). Él, a causa de la «posibilidad» de un futuro agradable y dulce, cuando el campesinado no sea la cola de la burguesía, cuando los socialistas revolucionarios Chjeidze, Tsereteli y los Steklov no sean un apéndice del gobierno burgués, olvidaría el desagradable presente, cuando el campesinado por ahora sigue siendo la cola de la burguesía, cuando los socialistas revolucionarios y los socialdemócratas por ahora no salen del papel de apéndice del gobierno burgués, de la oposición «de Su Majestad»{82} Lvov.

La persona que hemos tomado como supuesto se parecería al dulzón Louis Blanc, al empalagoso kautskiano, pero de ningún modo a un marxista revolucionario.

Pero ¿acaso no nos amenaza el peligro de caer en el subjetivismo, en el deseo de «saltar» por encima de la revolución de carácter democrático-burgués –que aún no ha agotado el movimiento campesino– hacia la revolución socialista?

Si yo hubiera dicho: «sin zar, y gobierno obrero»{83}, ese peligro me amenazaría. Pero no he dicho eso, he dicho otra cosa. He dicho que en Rusia no puede haber otro gobierno (prescindiendo del burgués) fuera de los Soviets de diputados obreros, braceros, soldados y campesinos. He dicho que el poder puede pasar en Rusia ahora, de Guchkov y Lvov, solo a estos Soviets, y en ellos precisamente predomina el campesinado, predominan los soldados, predomina la pequeña burguesía, hablando en término científico, marxista, empleando una caracterización de clase y no una caracterización casera, burguesa o profesional.

En mis tesis me he asegurado absolutamente contra todo salto por encima del movimiento campesino o pequeñoburgués en general que aún no se ha agotado, contra toda aventura de «toma del poder» por un gobierno obrero, contra cualquier aventurerismo blanquista, pues señalé directamente la experiencia de la Comuna de París. Y esta experiencia, como se sabe y como mostraron detalladamente Marx en 1871 y Engels en 1891{84}, excluyó por completo el blanquismo, aseguró por completo el dominio directo, inmediato e incondicional de la mayoría y la actividad de las masas solo en la medida de la acción consciente de la propia mayoría.

He reducido la cuestión en las tesis, con la mayor precisión, a la lucha por la influencia en el seno de los Soviets de diputados obreros, braceros, campesinos y soldados. Para no permitir ni sombra de dudas al respecto, subrayé dos veces en las tesis la necesidad de una labor paciente, perseverante, «que se adapte a las necesidades prácticas de las masas», de «explicación».

Los ignorantes o renegados del marxismo, como el señor Plejánov y otros, pueden gritar sobre el anarquismo, el blanquismo, etc. Quien quiera pensar y aprender, no puede dejar de comprender que el blanquismo es la toma del poder por una minoría, mientras que los Soviets de diputados obreros, etc., son notoriamente la organización directa e inmediata de la mayoría del pueblo. Una labor reducida a la lucha por la influencia en el seno de tales Soviets no puede, sencillamente no puede, desviarse al pantano del blanquismo. Y no puede desviarse al pantano del anarquismo, porque el anarquismo es la negación de la necesidad del Estado y del poder estatal para la época de transición del dominio de la burguesía al dominio del proletariado. Y yo, con una claridad que excluye toda posibilidad de malentendidos, defiendo la necesidad del Estado para esta época, pero, de acuerdo con Marx y la experiencia de la Comuna de París, no del Estado parlamentario-burgués habitual, sino de un Estado sin ejército permanente, sin policía contrapuesta al pueblo, sin burocracia colocada por encima del pueblo.

Si el señor Plejánov grita a voz en cuello en su *Yedinstvo* sobre el anarquismo, con ello demuestra una vez más su ruptura con el marxismo. A mi reto en *Pravda* (núm. 26) de contar qué enseñaron Marx y Engels sobre el Estado en 1871, 1872, 1875[29], el señor Plejánov se ve y se verá obligado a responder con silencio sobre el fondo de la cuestión y con gritos en el espíritu de la burguesía exasperada.

El ex marxista señor Plejánov no ha comprendido en absoluto la doctrina del marxismo sobre el Estado. Entre otras cosas, los gérmenes de esta incomprensión se notan también en su folleto alemán sobre el anarquismo{85}.

Veamos ahora cómo el camarada Y. Kámenev, en su nota del núm. 27 de *Pravda*, formula sus «divergencias» con mis tesis y con las concepciones arriba expuestas. Esto nos ayudará a esclarecerlas con más precisión.

«En cuanto al esquema general del camarada Lenin —escribe el camarada Kámenev—, nos parece inaceptable, en la medida en que parte del reconocimiento de la revolución democrático-burguesa como terminada y está calculado para la transformación inmediata de esta revolución en revolución socialista…»

Aquí hay dos grandes errores.

Primero. La cuestión del «carácter terminado» de la revolución democrático-burguesa está planteada incorrectamente. A esta cuestión se le ha dado un planteamiento abstracto, simple, monocromático, si se puede decir así, que no corresponde a la realidad objetiva. Quien plantea así la cuestión, quien pregunta ahora: «¿está terminada la revolución democrático-burguesa?» y nada más, se priva de la posibilidad de comprender una realidad sumamente compleja, como mínimo «bicromática». Esto en teoría. Y en la práctica, se rinde sin fuerzas a la revolución pequeñoburguesa.

En efecto. La realidad nos muestra tanto el paso del poder a la burguesía (una revolución democrático-burguesa «terminada» del tipo habitual) como la existencia, al lado del gobierno real, de un gobierno accesorio que representa la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado». Este último «también-gobierno» ha cedido él mismo el poder a la burguesía, se ha vinculado él mismo al gobierno burgués.

¿Abarca esta realidad la vieja fórmula bolchevique del camarada Kámenev: «la revolución democrático-burguesa no está terminada»?

No, la fórmula ha caducado. No sirve para nada. Está muerta. Serán vanos los esfuerzos por resucitarla.

Segundo. La cuestión práctica. No se sabe si todavía puede haber ahora en Rusia una «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado» especial, desgajada del gobierno burgués. No se puede basar la táctica marxista en algo desconocido.

Pero si ello todavía puede ocurrir, el camino hacia ello es uno y solo uno: la separación inmediata, decidida e irrevocable de los elementos proletarios, comunistas, del movimiento, de los pequeñoburgueses.

¿Por qué?

Porque toda la pequeña burguesía, no casualmente, sino de modo necesario, ha girado hacia el chovinismo (= defensismo), hacia el «apoyo» a la burguesía, hacia la dependencia de ella, hacia el miedo a pasarse sin ella, etc., etc.

¿Cómo se puede «empujar» a la pequeña burguesía al poder, si esta pequeña burguesía ahora ya puede, pero no quiere tomarlo?

Solo mediante la separación del partido proletario, comunista, mediante la lucha de clases proletaria, libre de la timidez de esos pequeños burgueses. Solo la cohesión de los proletarios, libres de hecho, no de palabra, de la influencia de la pequeña burguesía, es capaz de poner tan «caliente» el suelo bajo los pies de la pequeña burguesía, que esta, en determinadas condiciones, tenga que tomar el poder; no se excluye incluso que Guchkov y Miliukov sean –también bajo determinadas circunstancias– partidarios del poder total, del poder único de Chjeidze, Tsereteli, los SR y Steklov, ¡pues estos también son «defensistas»!

Quien separa ahora mismo, inmediata e irrevocablemente, los elementos proletarios de los Soviets (es decir, el partido proletario, comunista) de los pequeñoburgueses, ese expresa correctamente los intereses del movimiento para ambos casos posibles: tanto para el caso de que Rusia pase todavía por una «dictadura del proletariado y del campesinado» especial, independiente, no subordinada a la burguesía, como para el caso de que la pequeña burguesía no sea capaz de desgarrarse de la burguesía y oscile eternamente (es decir, hasta el socialismo) entre esta y nosotros.

Quien se guía en su actividad solo por la simple fórmula «la revolución democrático-burguesa no está terminada», asume con ello algo así como garantizar que la pequeña burguesía es con seguridad capaz de independizarse de la burguesía. Y con ello se rinde sin fuerzas, en el momento actual, a merced de la pequeña burguesía.

A propósito. Acerca de la «fórmula» de la dictadura del proletariado y del campesinado, no está de más recordar que en *Dos tácticas* (julio de 1905) subrayé especialmente (pág. 435 de *En 12 años*):

«La dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado tiene, como todo en el mundo, un pasado y un futuro. Su pasado es la autocracia, el feudalismo, la monarquía, los privilegios… Su futuro es la lucha contra la propiedad privada, la lucha del obrero asalariado contra el patrono, la lucha por el socialismo…» [30]

El error del camarada Kámenev consiste en que también en 1917 mira solo al pasado de la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado. Pero para ella, de hecho, ya ha comenzado el futuro, pues los intereses y la política del obrero asalariado y del pequeño patrono ya se han separado de hecho, y además en una cuestión tan importante como el «defensismo», como la actitud hacia la guerra imperialista.

Y aquí he llegado al segundo error en el razonamiento citado del camarada Kámenev. Me reprocha que mi esquema está «calculado» para la «transformación inmediata de esta revolución (democrático-burguesa) en revolución socialista».

Esto no es cierto. No solo no «calculo» la «transformación inmediata» de nuestra revolución en socialista, sino que directamente prevengo contra ello, declaro directamente en la tesis núm. 8: «… No es la “implantación” del socialismo como nuestra tarea inmediata…» [31]

¿Acaso no está claro que una persona que calcule la transformación inmediata de nuestra revolución en socialista no podría alzarse contra la tarea inmediata de la implantación del socialismo?

Es más. Incluso el «Estado-Comuna» (es decir, un Estado organizado según el tipo de la Comuna de París) no se puede implantar en Rusia «inmediatamente», pues para ello es necesario que la mayoría de los diputados en todos (o en la mayoría) de los Soviets tome clara conciencia de todo el error y de todo el daño de la táctica y la política de los SR, Chjeidze, Tsereteli, Steklov, etc. ¡Y yo declaré con absoluta exactitud que en este terreno «calculo» solo con una «paciente» (¿acaso hay que ser paciente para obtener un cambio que se puede realizar «inmediatamente»?) explicación!

El camarada Kámenev se ha apresurado un poquito, «impacientemente», y ha repetido el prejuicio burgués acerca de la Comuna de París, según el cual esta quería «inmediatamente» implantar el socialismo. Esto no es así. La Comuna, desgraciadamente, tardó demasiado en implantar el socialismo. La verdadera esencia de la Comuna no está donde la buscan de ordinario los burgueses, sino en la creación de un tipo especial de Estado. ¡Y ese Estado en Rusia ya ha nacido, son los Soviets de diputados obreros y soldados!

El camarada Kámenev no ha reflexionado sobre el hecho, sobre la importancia de los Soviets existentes, sobre su identidad en tipo, en carácter sociopolítico, con el Estado de la Comuna y, en lugar de estudiar el hecho, se ha puesto a hablar de aquello con lo que yo supuestamente «calculo» como futuro «inmediato». Ha resultado, por desgracia, la repetición del proceder de muchos burgueses: de la cuestión de qué son los Soviets de diputados obreros y soldados, de si son superiores en tipo a la república parlamentaria, de si son más útiles para el pueblo, más democráticos, más cómodos para la lucha, por ejemplo, contra la escasez de pan, etc., de esta cuestión viva, real, planteada por la vida en el orden del día, se desvía la atención hacia el vacío, supuestamente científico, de hecho carente de contenido, muerto-profesoral problema del «cálculo de la transformación inmediata».

Una cuestión vacía, falsamente planteada. Yo «calculo» solo, exclusivamente, con que los obreros, los soldados y los campesinos sabrán enfrentarse mejor que los funcionarios, mejor que los policías, a los difíciles problemas prácticos del aumento de la producción de pan, de su mejor distribución, del mejor abastecimiento de los soldados, etc., etc.

Estoy profundamente convencido de que los Soviets de diputados obreros y soldados llevarán a la vida la independencia de la masa del pueblo más rápida y mejor que la república parlamentaria (sobre la comparación de ambos tipos de Estado, más detalladamente en otra carta). Ellos resolverán mejor, más prácticamente, con más certeza, cómo se pueden hacer y qué pasos precisamente se pueden dar hacia el socialismo. El control sobre el banco, la fusión de todos los bancos en uno solo, no es aún socialismo, pero es un paso hacia el socialismo. Esos pasos los dan hoy los junkers y los burgueses en Alemania contra el pueblo. El Soviet de diputados soldados y obreros sabrá darlos mucho mejor mañana en favor del pueblo, si toda la autoridad estatal está en sus manos.

¿Y qué obliga a dar esos pasos?

El hambre. La desorganización de la economía. La catástrofe amenazante. Los horrores de la guerra. Los horrores de las heridas infligidas a la humanidad por la guerra.

El camarada Kámenev termina su nota declarando que «en una amplia discusión espera defender su punto de vista como el único posible para la socialdemocracia revolucionaria, en la medida en que esta quiere y debe seguir siendo hasta el fin el partido de las masas revolucionarias del proletariado, y no convertirse en un grupo de propagandistas-comunistas».

A mí me parece que en estas palabras se ve una apreciación profundamente errónea del momento. El camarada Kámenev contrapone el «partido de masas» al «grupo de propagandistas». Pero es que las «masas» justamente ahora han caído en la embriaguez del defensismo «revolucionario». ¿No sería más decoroso para los internacionalistas, en un momento así, saber resistir a la embriaguez «de masas», en lugar de «querer seguir» con las masas, es decir, sucumbir a la epidemia general? ¿Acaso no hemos visto en todos los países europeos beligerantes cómo los chovinistas se justificaban con el deseo de «seguir con las masas»? ¿No es obligatorio saber estar, por un tiempo determinado, en minoría frente a la embriaguez «de masas»? ¿No es precisamente la labor de los propagandistas, cabalmente en el momento actual, el punto central para rescatar la línea proletaria de la embriaguez defensista y pequeñoburguesa de «masas»? Justamente la amalgama de las masas, tanto proletarias como no proletarias, sin distinguir las diferencias de clase dentro de las masas, ha sido una de las condiciones de la epidemia defensista. Hablar con desprecio de un «grupo de propagandistas» de la línea proletaria quizá no sea muy apropiado.

Escrito entre el 8 y el 13 (21 y 26) de abril de 1917.

Publicado según el texto del folleto.