¡Querido amigo!

Le escribo en respuesta a las cartas recibidas hoy de usted y a propósito de la conversación telefónica.

No puedo ocultarle que estoy muy decepcionado. En mi opinión, ahora todo el mundo debe tener un solo pensamiento: galopar. ¡¡Y la gente está «esperando» algo!!..

Estoy seguro de que me detendrán o simplemente me arrestarán en Inglaterra si viajo con mi propio nombre, ya que precisamente Inglaterra no sólo confiscó varias de mis cartas a América, sino que también preguntó (su policía) a Papasha en 1915 si mantenía correspondencia conmigo y si se comunicaba a través de mí con los socialistas alemanes.

¡Un hecho! Por lo tanto, no puedo moverme personalmente sin medidas muy «especiales».

¿Y los demás? Estaba seguro de que usted galoparía inmediatamente hacia Inglaterra, porque sólo allí se puede saber cómo viajar y cuán grande es el riesgo (dicen que a través de Holanda: Londres — Holanda — Escandinavia, el riesgo es pequeño), etc.

Ayer le escribí una postal por el camino, pensando que usted sin duda ya estaría pensando y habría decidido ir a Berna a ver al cónsul. Y usted me responde: vacilo, lo pensaré...

Quant à moi je n'y comprends rien, mais absolument rien...

En momentos como éste, hay que saber ser ingenioso y aventurero. Hay que correr a los consulados alemanes, inventarse asuntos personales y conseguir un pase a Copenhague, pagar a los abogados de Zúrich: daré 300 francos si consigues un pase de los alemanes...

Por supuesto, tengo los nervios especialmente sobreexcitados. ¡Y cómo no! Aguantar, estar aquí sentado...

Probablemente, usted tenga razones especiales, tal vez la salud no esté bien, etc.

Intentaré convencer a Valia para que viaje (¡ella vino a vernos el sábado después de no haber venido en un año!). Pero a ella la revolución le interesa poco.

Ah, casi lo olvido. Esto es lo que se puede y se debe hacer de inmediato en Clarens: ponerse a buscar pasaportes (a) entre rusos que acepten dar el suyo (sin decir que es para mí) para que otro viaje ahora; (b) entre suizas o suizos que puedan dárselo a un ruso.

A Anna Evguénievna y a Abram hay que obligarlos a ir de inmediato a la embajada, a obtener el pase (si no lo dan, quejarse por telégrafo a Miliukov y a Kerenski) y viajar o, si no viajan, darnos una respuesta basada en los hechos (y no en palabras): cómo dan y obtienen el pase.

Le estrecho la mano.

Suyo, Lenin.

En Clarens (y sus alrededores) hay muchos tontos rusos ricos y no ricos, social-patriotas, etc. (Troianovski, Rubakin y compañía), que deben pedir a los alemanes un pase — un vagón hasta Copenhague para diversos revolucionarios.

¿Por qué no?

Yo no puedo hacerlo. Yo soy «derrotista».

Pero Troianovski y Rubakin + Cía pueden.

¡Oh, si yo pudiera enseñar a esta gentuza y a esos imbéciles a ser inteligentes!..

Usted dirá, tal vez, que los alemanes no darán el vagón. ¡Apuesto a que sí!

Claro, si se enteran de que esta idea proviene de mí o de usted, el asunto se echará a perder...

¿No habrá en Ginebra tontos para este fin?..