La previsión de aquellos socialistas que permanecieron fieles al socialismo y no sucumbieron a la embriaguez del estado de ánimo bélico, salvaje y bestial, se ha visto confirmada. Ha estallado la primera revolución engendrada por la guerra mundial de rapiña entre los capitalistas de los distintos países. La guerra imperialista, es decir, la guerra por el reparto del botín saqueado entre los capitalistas, la guerra por el sojuzgamiento de los pueblos débiles, ha comenzado a transformarse en guerra civil, es decir, en guerra de los obreros contra los capitalistas, guerra de los trabajadores y los oprimidos contra sus opresores, contra zares y reyes, contra terratenientes y capitalistas, ¡guerra por la liberación completa de la humanidad de las guerras, de la miseria de las masas, de la opresión del hombre por el hombre!

A los obreros rusos les ha cabido el honor y la dicha de ser los primeros en iniciar la revolución, es decir, la gran guerra de los oprimidos contra los opresores, la única legítima y justa.

Los obreros de Petersburgo vencieron a la monarquía zarista. En heroica lucha contra la policía y las tropas del zar, iniciando una insurrección desarmada contra las ametralladoras, los obreros conquistaron para su causa a la mayor parte de los soldados de la guarnición de Petersburgo. Lo mismo ocurrió en Moscú y otras ciudades. Abandonado por sus tropas, el zar tuvo que rendirse: firmó la abdicación del trono, por sí y por su hijo. Propuso traspasar el trono a su hermano Miguel.

Gracias a la enorme rapidez del golpe, gracias a la ayuda directa de los capitalistas anglo-franceses, gracias a la insuficiente conciencia de toda la masa obrera y popular en Petersburgo, gracias a la organización y preparación de los terratenientes y capitalistas rusos, éstos capturaron el poder estatal en sus manos. En el nuevo gobierno ruso, el «Gobierno Provisional», los puestos más importantes, la presidencia, el ministerio del interior y el de guerra, recayeron en Lvov y Guchkov, octubristas, quienes con todas sus fuerzas ayudaron a Nicolás el Sanguinario y a Stolypin el Verdugo a ahogar la revolución de 1905, a fusilar y ahorcar a los obreros y campesinos que luchaban por la tierra y la libertad. Los ministerios menos importantes recayeron en los kadetes: el de asuntos exteriores, en Miliukov; el de instrucción pública, en Manuílov; el de agricultura, en Shingariov. Y un puestecillo de nula importancia, el ministerio de justicia, se lo dieron al trudovik Kerenski, un charlatán que los capitalistas necesitan para tranquilizar al pueblo con vanas promesas, para embaucarlo con frases sonoras, para «reconciliarlo» con el gobierno de terratenientes y capitalistas, que desea proseguir la guerra de rapiña en alianza con los capitalistas de Inglaterra y Francia, la guerra por la conquista de Armenia, Constantinopla, Galitzia, la guerra para que los capitalistas anglo-franceses conserven en sus manos el botín que arrebataron a los capitalistas alemanes (todas las colonias de los alemanes en África), y al mismo tiempo arrebaten a los capitalistas alemanes el botín conquistado por esos bandidos (parte de Francia, Bélgica, Serbia, Rumania, etc.).

Es natural que los obreros no pudieran confiar en semejante gobierno. Los obreros derribaban la monarquía zarista luchando por la paz, por el pan y por la libertad. Los obreros sintieron de inmediato por qué Guchkov, Miliukov y Cía. consiguieron arrebatar la victoria al pueblo trabajador. Porque los terratenientes y capitalistas rusos estaban bien preparados y organizados; porque de su lado está la fuerza del capital, la riqueza tanto de los capitalistas rusos como de los capitalistas más ricos del mundo: los ingleses y los franceses. Los obreros comprendieron de inmediato que para luchar por la paz, por el pan y por la libertad, las clases trabajadoras, los obreros, los soldados y los campesinos, deben organizarse, cohesionarse, unirse separadamente de los capitalistas y contra ellos.

Y los obreros de Petersburgo, tras vencer a la monarquía zarista, crearon en el acto su organización, el Soviet de diputados obreros, y de inmediato se pusieron a fortalecerla y ampliarla, a crear Soviets independientes de diputados soldados y campesinos. A los pocos días de la revolución, el Soviet de diputados obreros y soldados de Petersburgo contaba ya con más de 1.500 diputados de los obreros y de los campesinos vestidos con uniforme de soldado. Este Soviet gozaba de tal confianza entre los empleados ferroviarios y toda la masa de la población trabajadora, que comenzó a transformarse en un verdadero gobierno popular.

E incluso los más fieles amigos y protectores de Guchkov-Miliukov, los más fieles perros guardianes del capital rapaz anglo-francés, Robert Wilton, colaborador del periódico más rico de los capitalistas ingleses «The Times», y Charles Rivet, colaborador del periódico más rico de los capitalistas franceses «Le Temps», incluso ellos, pese a cubrir de furiosos insultos al Soviet de diputados obreros, se vieron obligados a reconocer que en Rusia había dos gobiernos. Uno: el gobierno «reconocido por todos» (es decir, en realidad reconocido por todos los ricos) de los terratenientes y capitalistas, los Guchkov y los Miliukov. El otro: el gobierno «no reconocido por nadie» (de las clases ricas), el gobierno de los obreros y los campesinos: el Soviet de diputados obreros y soldados de Petersburgo, que aspira a instituir en toda Rusia Soviets de diputados obreros y Soviets de diputados campesinos.

Veamos, pues, qué dicen y qué hacen estos dos gobiernos.

1\. ¿Qué hace el gobierno de los terratenientes y capitalistas, el gobierno de Lvov-Guchkov-Miliukov?

Este gobierno prodiga las promesas más ampulosas a diestro y siniestro. Promete al pueblo ruso la más completa libertad. Promete convocar una Asamblea Constituyente nacional que establezca la forma de gobierno en Rusia. Kerenski y los jefes kadetes se declaran partidarios de la república democrática. En lo tocante a teatralidad revolucionaria, los Guchkov y los Miliukov son inalcanzables. La propaganda funciona a todo vapor. Mas ¿cuáles son los hechos?

Al tiempo que prometen libertades, el nuevo gobierno entabló de hecho negociaciones con la familia del zar, con la dinastía, sobre la restauración de la monarquía. Propusieron a Mijaíl Románov que fuese regente, es decir, zar temporal. Ya se hubiera restaurado la monarquía en Rusia si a Guchkov y a Miliukov no se lo hubieran impedido los obreros, que organizaban manifestaciones en Piter y escribían en sus banderas: «¡Tierra y libertad! ¡Muerte a los tiranos!», que junto con las tropas de caballería se congregaban en la plaza ante la Duma y desplegaban estandartes con la inscripción: «¡Viva la república socialista en todos los países!». El aliado de Guchkov y Miliukov, Mijaíl Románov, comprendió que en tal situación era más prudente renunciar, a la espera de que la Asamblea Constituyente lo elija para el trono, y Rusia quedó — temporalmente — como república.

El gobierno dejó en libertad al ex zar. Los obreros obligaron a arrestarlo. El gobierno quería entregar todo el mando del ejército a Nikolái Nikoláievich Románov. Los obreros forzaron su destitución. Está claro que los terratenientes Lvov y Guchkov se habrían concertado al día siguiente con Románov o con otro terrateniente, de no existir el Soviet de diputados obreros y soldados.

El gobierno declaró, tanto en su manifiesto al pueblo como en el telegrama de Miliukov a todos los representantes de Rusia en el extranjero, que sigue fiel a todos los tratados internacionales suscritos por Rusia. Estos tratados fueron suscritos por el zar derrocado. El gobierno no se atreve a publicar estos tratados, en primer lugar, porque está atado de pies y manos por el capital ruso, inglés y francés; en segundo lugar, porque teme al pueblo, que despedazaría a los Guchkov y a los Miliukov si supiera que los capitalistas quieren que otros 5, otros 10 millones de obreros y campesinos rusos se dejen matar en la guerra por la conquista de Constantinopla, por el sojuzgamiento de Galitzia, etcétera.

¿Qué valen las promesas de libertad, si el pueblo no puede conocer la verdad sobre los tratados del terrateniente-zar por los cuales los capitalistas quieren derramar más y más sangre de soldados?

¿Qué valen las promesas de toda clase de libertades, e incluso de república democrática, para un pueblo amenazado por el hambre y a quien quieren conducir con los ojos vendados al matadero para que los capitalistas rusos, ingleses y franceses despojen a los capitalistas alemanes?

Y al mismo tiempo, el gobierno de Guchkov y Miliukov reprime por medio de la violencia directa toda tentativa de los obreros rusos de entenderse con sus hermanos, los obreros de otros países: ¡ni el periódico «Pravda», que volvió a salir en Petersburgo después de la revolución, ni el Manifiesto del Comité Central de nuestro partido, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, editado en Piter, ni las proclamas del diputado Chjeídze y su grupo, el gobierno deja que salgan de Rusia!

¡Obreros y campesinos! Podéis estar tranquilos: os han prometido libertad, ¡libertad para los muertos, para los que perezcan de hambre y sean aniquilados en la guerra!

Sobre la tierra para los campesinos, sobre el aumento del salario para los obreros, el nuevo gobierno no ha dicho ni una palabra en sus programas. Hasta ahora no se ha fijado plazo alguno para la convocatoria de la Asamblea Constituyente. No se han convocado elecciones a la Duma municipal de Petersburgo. La milicia popular se pone bajo la dirección de los zemstvos y de los autogobiernos municipales, elegidos según la ley de Stolypin solo por los capitalistas y los terratenientes más ricos. Los gobernadores se designan entre los terratenientes — ¡ahí tenéis su «libertad»!

2\. ¿Qué hace y qué debe hacer el gobierno obrero y campesino?... [8]

Escrito el 12 (25) de marzo de 1917.

Publicado por primera vez en 1924 en la Recopilación Leninista II

Se publica según el manuscrito