Las noticias que se tienen en este momento, 17 de marzo de 1917, en Zúrich, procedentes de Rusia son tan escasas, y los acontecimientos se desarrollan ahora tan rápidamente en nuestro país, que sólo cabe juzgar la situación con gran prudencia.

Ayer los telegramas presentaban las cosas como si el zar ya hubiera abdicado y el nuevo gobierno octubrista-kadete{2} hubiera ya concertado un acuerdo con otros representantes de la dinastía de los Románov. ¡Hoy llega la noticia de Inglaterra de que el zar todavía no ha abdicado y se desconoce su paradero! Esto significa que el zar intenta oponer resistencia, organizar un partido y, tal vez, un ejército para la restauración; es posible que, para engañar al pueblo, si logra huir de Rusia o atraer a su lado una parte de las fuerzas militares, el zar se presente con un manifiesto proclamando la paz por separado inmediata, ¡firmada por él con Alemania!

En esta situación, la tarea del proletariado es bastante compleja. No cabe duda de que debe organizarse lo mejor posible, reunir sus fuerzas, armarse, fortalecer y desarrollar su alianza con todas las capas de la masa trabajadora de la ciudad y el campo, a fin de ofrecer una resistencia implacable a la reacción zarista y aplastar definidamente la monarquía zarista.

Por otra parte, el nuevo gobierno, que ha tomado el poder en Petrogrado o, más exactamente, lo ha arrebatado de las manos del proletariado victorioso en la heroica lucha sangrienta, está compuesto por burgueses liberales y terratenientes, a cuya zaga marcha el representante del campesinado democrático y, posiblemente, de una parte de los obreros arrastrados por la vía burguesa y olvidados del internacionalismo, Kerenski. El nuevo gobierno está formado por notorios partidarios y defensores de la guerra imperialista contra Alemania, es decir, de la guerra en alianza con los gobiernos imperialistas de Inglaterra y Francia, de la guerra en aras del saqueo y la conquista de países ajenos: Armenia, Galitzia, Constantinopla, etc.

El nuevo gobierno no puede dar a los pueblos de Rusia (ni a las naciones con las que la guerra nos ha ligado) ni paz, ni pan, ni plena libertad, por lo cual la clase obrera debe proseguir su lucha por el socialismo y por la paz, debe utilizar para ello la nueva situación y explicarla a las más amplias masas populares.

El nuevo gobierno no puede dar la paz, tanto porque es representante de los capitalistas y terratenientes, como porque está ligado por tratados y obligaciones pecuniarias con los capitalistas de Inglaterra y Francia. La socialdemocracia de Rusia, manteniéndose fiel al internacionalismo, debe por lo tanto, ante todo y en primer lugar, explicar a las masas del pueblo, que ansían la paz, la imposibilidad de lograrla bajo el gobierno actual. En su primer llamamiento al pueblo (17 de marzo), este gobierno no dijo ni una palabra sobre la cuestión principal y fundamental del momento actual: la paz. Mantiene en secreto los tratados de rapiña concertados por el zarismo con Inglaterra, Francia, Italia, Japón, etc. Quiere ocultar al pueblo la verdad sobre su programa militar, sobre el hecho de que está a favor de la guerra, de la victoria sobre Alemania. Es incapaz de hacer lo que ahora es necesario a los pueblos: proponer de inmediato y abiertamente a todos los países beligerantes que concierten sin demora un armisticio y a continuación firmen la paz sobre la base de la liberación completa de las colonias y de todas las naciones dependientes y privadas de derechos. Para llevar esto a cabo se necesita un gobierno obrero en alianza, en primer lugar, con la masa más pobre de la población rural; en segundo lugar, con los obreros revolucionarios de todos los países beligerantes.

Primera página del manuscrito de V. I. Lenin «Borrador de las tesis. 4 (17) de marzo de 1917» (Reducido)

El nuevo gobierno no puede dar pan al pueblo. Y ninguna libertad satisfará a las masas que sufren hambre por la escasez de víveres, por su mala distribución y, sobre todo, por el acaparamiento de los mismos por terratenientes y capitalistas. Para dar pan a los pueblos son necesarias medidas revolucionarias contra los terratenientes y capitalistas, y estas medidas sólo puede aplicarlas un gobierno obrero.

El nuevo gobierno, por último, tampoco está en condiciones de dar al pueblo la plena libertad, aunque en su manifiesto del 17 de marzo de 1917 habla exclusivamente de la libertad política, silenciando otras cuestiones no menos importantes. El nuevo gobierno ya ha intentado llegar a un acuerdo con la dinastía de los Románov, pues propuso reconocerla, sin tener en cuenta la voluntad del pueblo, sobre la base de la abdicación de Nicolás II y el nombramiento de uno de los Románov como regente de su hijo. El nuevo gobierno promete en su manifiesto toda clase de libertades, pero no cumple con su deber directo e incondicional de implantar inmediatamente las libertades, de que los soldados elijan a los oficiales, etc., de convocar elecciones a las dumas municipales de Petrogrado, Moscú, etc., sobre la base del sufragio verdaderamente universal, y no sólo masculino, de abrir todos los edificios públicos y estatales para asambleas populares, de convocar elecciones a todas las instituciones locales y a los zemstvos sobre la base de ese mismo sufragio verdaderamente universal, de abolir todas las restricciones a los derechos de la autonomía local, de suprimir a todos los funcionarios nombrados desde arriba para supervisar la autonomía local, de implantar no sólo la libertad de religión, sino también la libertad de no tener religión, de separar de inmediato la escuela de la Iglesia y liberarla de la tutela burocrática, etc.

Todo el manifiesto del nuevo gobierno del 17 de marzo inspira la más completa desconfianza, pues se compone sólo de promesas y no pone inmediatamente en práctica ni una sola de las medidas más urgentes que perfectamente se puede y se debe aplicar ahora mismo.

El nuevo gobierno no dice en su programa ni una palabra ni sobre la jornada laboral de 8 horas y otras mejoras económicas de la situación de los obreros, ni sobre la tierra para los campesinos, sobre la entrega a los campesinos sin rescate de todas las tierras de los terratenientes, revelando con su silencio acerca de estas cuestiones candentes su naturaleza capitalista y terrateniente.

Sólo un gobierno obrero, basado, en primer lugar, en la inmensa mayoría de la población campesina, en los obreros agrícolas y los campesinos más pobres; en segundo lugar, en la alianza con los obreros revolucionarios de todos los países beligerantes, puede dar al pueblo paz, pan y plena libertad.

El proletariado revolucionario, por tanto, no puede considerar la revolución del 1 (14) de marzo más que como su primera victoria, aún muy lejos de ser completa, en su gran camino, y no puede sino plantearse la tarea de proseguir la lucha por la conquista de la república democrática y del socialismo.

Para cumplir esta tarea, el proletariado y el POSDR deben aprovechar en primer lugar la libertad relativa e incompleta que introduce el nuevo gobierno y que sólo una lucha revolucionaria ulterior más firme y tenaz podrá garantizar y ampliar.

Es necesario que todas las masas trabajadoras del campo y la ciudad, así como el ejército, conozcan la verdad sobre el gobierno actual y su actitud real hacia las cuestiones candentes. Es necesaria la organización de los Soviets de diputados obreros y el armamento de los obreros; es necesario extender las organizaciones proletarias al ejército (al que el nuevo gobierno también promete derechos políticos) y al campo; es necesaria, en particular, una organización clasista separada de los obreros agrícolas asalariados.

Sólo con la información de las masas más amplias de la población y su organización se garantiza la victoria completa de la próxima etapa de la revolución y la conquista del poder por el gobierno obrero.

Para el cumplimiento de esta tarea, que en tiempos revolucionarios y bajo la influencia de las duras lecciones de la guerra puede ser asimilada por el pueblo en un tiempo incomparablemente más breve que en condiciones ordinarias, es necesaria la independencia ideológica y organizativa del partido del proletariado revolucionario, que se ha mantenido fiel al internacionalismo y no ha sucumbido a la mentira de las frases burguesas que engañan al pueblo con discursos sobre «la defensa de la patria» en la actual guerra imperialista y de rapiña.

No sólo el gobierno actual, sino incluso un gobierno republicano democrático-burgués, aunque estuviera formado únicamente por Kerenski y otros socialpatriotas populistas y «marxistas», no sería capaz de librar al pueblo de la guerra imperialista ni de garantizar la paz.

Por eso no podemos entrar en ningún bloque, ni alianza, ni siquiera acuerdo con los obreros defensistas, ni con la tendencia de Gvózdev-Potrésov-Chjenkeli-Kerenski y similares, ni con personas que, como Cheidze y otros, adoptan una posición vacilante e indefinida respecto a esta cuestión fundamental. Tales acuerdos no solo sembrarían la mentira en la conciencia de las masas y las harían dependientes de la burguesía imperialista de Rusia, sino que también debilitarían y socavarían el papel dirigente del proletariado en la liberación de los pueblos de las guerras imperialistas y en la garantía de una paz realmente duradera entre los gobiernos obreros de todos los países.