¡Querida amiga!

He recibido la traducción¹. Muchas gracias. La he enviado más lejos.

---------------

Por lo visto, su falta de respuesta a varias de mis últimas cartas² indica —en relación con algunas otras cosas— un cierto cambio de humor, de decisión o de situación por su parte. Su última carta³ contenía al final una palabra repetida dos veces: la entendí, me informé. No es nada. Ya no sé qué pensar, si se ha ofendido usted por algo, o estuvo demasiado distraída por la mudanza, o alguna otra cosa... Temo preguntar, pues quizá las preguntas le sean desagradables y por eso convengo en que su silencio sobre este punto lo tomo precisamente en el sentido de que las preguntas le son desagradables, y basta. Entonces me disculpo por ellas y, por supuesto, no las repetiré.

--------------

Y en cuanto a la censura a la que usted sometió mi artículo francés⁴, estoy asombrado, de veras. Como usted no me envió el original y, en general, yo difícilmente me habría puesto a traducir yo mismo al francés, lo envié, por supuesto, según su indicación, omitiendo el pasaje sobre Engels.

«Ante la sola idea de que yo defiendo el punto de vista de Engels sobre la guerra y sobre la posición de los alemanes de entonces, le hierve a usted la sangre y no puede traducirlo...»

¡Ah, no me lo esperaba! Pues nosotros, tanto yo como Grigori, nos hemos referido muchas veces a este pasaje —más que pasaje: declaración, intervención, manifiesto— de Engels⁵, directa e indirectamente, en 1914 y 1915.

Pues esto fue escrito por Engels primeramente para los socialistas franceses y publicado en su «Almanach du Parti Ouvrier»⁶. Y entonces los franceses no protestaron, sintiendo —si no comprendiendo claramente— que la guerra de Boulanger + Alejandro III contra la Alemania de entonces habría sido antidemocrática solo por parte de ellos, mientras que por parte de Alemania (¡¡de cuyo imperialismo entonces no podía ni hablarse!!) habría sido realmente solo «defensa», realmente una guerra por la existencia nacional...

Y he aquí que lo que los propios franceses reconocieron como justo en 1891, usted de repente lo tacha, ¡y de qué manera! Y la víspera, en una reunión de los izquierdistas suizos, ellos (semipacifistas, no hay nada que hacer con ellos) con una ligereza increíble, propia solo de ellos, desecharon mi referencia a esa declaración de Engels.

Y sobre mi artículo en respuesta a Kievski⁷ usted tampoco dijo nada.

El trabajo con los izquierdistas suizos, al igual que la reflexión sobre los absurdos a los que ha llegado Radek, me convencen cada vez más de que en la importantísima cuestión de los motivos del rechazo de la defensa de la patria solo nuestra posición es correcta. ¿Ha visto usted el n.º 6 de «Jugend-Internationale», sobre el cual escribí en la «Recopilación» n.º 2 (¿la recibió?) y «Arbeiterpolitik» n.º 25⁸?

De Kámenev tengo una tarjeta postal⁹. Se la enviaré.

Olga escribe que los asuntos de los izquierdistas mejoran, que se ha fundado una organización de franceses + italianos (¡¡esto me alegra especialmente!!) + rusos — de los izquierdistas de Zimmerwald, y que Guilbeaux me escribirá sobre ella (se la reenviaré si quiere).

Trato de seguir «Avanti!»¹⁰ y me convenzo de que Souvarine tiene razón: Turati es un completo kautskiano y pone a toda la fracción socialista de la cámara italiana sobre esos rieles. Su último discurso (17.I) es hábil: un hábil representante del pacifismo burgués, en absoluto un socialista.

Le estrecho fuerte, fuertemente la mano.

Suyo³*,  
V. I. Lenin