¡Jóvenes amigos y camaradas!

Hoy es el duodécimo aniversario del “Domingo Sangriento”, que con pleno derecho se considera el comienzo de la revolución rusa.

Miles de obreros –y no socialdemócratas, sino creyentes, súbditos fieles– acuden bajo la dirección del pope Gapón desde todas las partes de la ciudad al centro de la capital, a la plaza frente al Palacio de Invierno, para entregar al zar su petición. Los obreros marchan con iconos, y su líder de entonces, Gapón, aseguraba por escrito al zar que le garantizaba su seguridad personal y le rogaba que saliera hacia el pueblo.

Se llama a las tropas. Ulanos y cosacos se lanzan sobre la multitud con armas blancas, disparan contra obreros desarmados que, de rodillas, suplicaban a los cosacos que les dejaran pasar hacia el zar. Según los informes policiales, hubo entonces más de mil muertos y más de dos mil heridos. La indignación de los obreros fue indescriptible.

Este es el cuadro más general del 22 de enero de 1905: el “Domingo Sangriento”.

Para hacerles más comprensible el significado histórico de este acontecimiento, les leeré algunos pasajes de la petición de los obreros. La petición comienza de la siguiente manera:

“Nosotros, los obreros, habitantes de Petersburgo, hemos venido a Ti. Somos desdichados, esclavos ultrajados, estamos abrumados por el despotismo y la arbitrariedad. Cuando la copa de la paciencia se colmó, dejamos el trabajo y pedimos a nuestros patronos que nos dieran solo aquello sin lo cual la vida es un tormento. Pero todo esto fue rechazado, todo les pareció ilegal a los fabricantes. Nosotros, aquí, muchos miles, como todo el pueblo ruso, no tenemos ningún derecho humano. Gracias a Tus funcionarios, nos hemos convertido en esclavos”.

La petición enumera las siguientes reivindicaciones: amnistía, libertades públicas, salario normal, entrega gradual de la tierra al pueblo, convocatoria de una Asamblea Constituyente sobre la base del sufragio universal e igual, y termina con las palabras:

“¡Soberano! ¡No niegues ayuda a Tu pueblo! ¡Derriba el muro entre Tú y Tu pueblo! Ordena y jura que se cumplan nuestras súplicas, y harás feliz a Rusia; si no, entonces estamos dispuestos a morir aquí mismo. Solo tenemos dos caminos: libertad y felicidad o la tumba”.

Se experimenta un sentimiento extraño al leer ahora esta petición de obreros sin instrucción, analfabetos, dirigidos por un pope patriarcal. Involuntariamente surge el paralelismo entre esta petición ingenua y las actuales resoluciones pacifistas de los socialpacifistas, es decir, de personas que quieren ser socialistas, pero que en realidad son solo charlatanes burgueses. Los obreros inconscientes de la Rusia prerrevolucionaria no sabían que el zar es el jefe de la clase dominante, precisamente de la clase de los grandes terratenientes, que ya están ligados por miles de hilos a la gran burguesía y están dispuestos a defender por todos los medios de violencia su monopolio, sus privilegios y sus ganancias. Los socialpacifistas actuales, que –¡sin bromas!– quieren parecer personas “altamente instruidas”, no saben que esperar una paz “democrática” de gobiernos burgueses que libran una guerra imperialista de rapiña es tan estúpido como lo es la idea de que al zar sangriento se le puede persuadir con peticiones pacíficas para que haga reformas democráticas.

Pero aun con todo, la gran diferencia entre ellos consiste en que los socialpacifistas actuales son en gran medida hipócritas, que con insinuaciones mansas se esfuerzan por apartar al pueblo de la lucha revolucionaria, mientras que los obreros rusos sin instrucción de la Rusia prerrevolucionaria demostraron con hechos que son personas rectas, despertadas por primera vez a la conciencia política.

Y precisamente en este despertar de colosales masas populares a la conciencia política y a la lucha revolucionaria radica el significado histórico del 22 de enero de 1905.

“En Rusia todavía no hay un pueblo revolucionario”, así escribía dos días antes del “Domingo Sangriento” el señor Piotr Struve, entonces líder de los liberales rusos, que publicaba por entonces un órgano ilegal, libre, en el extranjero. ¡Qué absurdo le parecía a este líder “altamente instruido”, arrogante y archiestúpido de los reformistas burgueses la idea de que un país campesino analfabeto pudiera engendrar un pueblo revolucionario! ¡Tan profunda era la convicción de los reformistas de entonces –al igual que los de ahora– sobre la imposibilidad de una verdadera revolución!

Hasta el 22 (9 según el viejo estilo) de enero de 1905, el partido revolucionario de Rusia estaba formado por un pequeño puñado de personas; los reformistas de entonces (exactamente igual que los de ahora), burlándose, nos llamaban “secta”. Unos cientos de organizadores revolucionarios, algunos miles de miembros de las organizaciones locales, media docena de hojitas revolucionarias que no aparecían más de una vez al mes, que se publicaban principalmente en el extranjero y se enviaban a Rusia por vía de contrabando, con dificultades increíbles, a costa de muchos sacrificios, así eran los partidos revolucionarios en Rusia y, en primer lugar, la socialdemocracia revolucionaria hasta el 22 de enero de 1905. Esta circunstancia daba formalmente a los reformistas limitados y arrogantes el derecho a afirmar que en Rusia todavía no había un pueblo revolucionario.

Sin embargo, en el curso de unos meses el cuadro cambió por completo. Cientos de socialdemócratas revolucionarios “de repente” se convirtieron en miles, los miles se convirtieron en líderes de dos a tres millones de proletarios. La lucha proletaria provocó una gran efervescencia, en parte también un movimiento revolucionario, en las profundidades de la masa campesina de cincuenta a cien millones; el movimiento campesino encontró eco en el ejército y condujo a insurrecciones de soldados, a choques armados de una parte del ejército con otra. De esta manera, un país colosal con 130 millones de habitantes entró en la revolución, de esta manera la Rusia adormecida se transformó en la Rusia del proletariado revolucionario y del pueblo revolucionario.

Es necesario estudiar esta transición, comprender su posibilidad, sus, por así decirlo, métodos y vías.

El medio principal de esta transición fue la huelga de masas. La peculiaridad de la revolución rusa consiste precisamente en que fue, por su contenido social, democrático-burguesa, pero por los medios de lucha fue proletaria. Fue democrático-burguesa, ya que el objetivo al que aspiraba directamente y que podía alcanzar directamente con sus propias fuerzas era la república democrática, la jornada laboral de 8 horas, la confiscación de la colosal gran propiedad territorial nobiliaria, todas medidas que la revolución burguesa en Francia en 1792 y 1793 llevó a cabo casi en su totalidad.

La revolución rusa fue al mismo tiempo proletaria, no solo en el sentido de que el proletariado fue la fuerza dirigente, la vanguardia del movimiento, sino también en el sentido de que el medio de lucha específicamente proletario, precisamente la huelga, representó el principal medio de sacudir a las masas y el fenómeno más característico en el crecimiento ondulatorio de los acontecimientos decisivos.

La revolución rusa es en la historia mundial la primera, pero será, sin duda, no la última, gran revolución en la que la huelga política de masas desempeñó un papel extraordinariamente grande. Incluso se puede afirmar que no se pueden comprender los acontecimientos de la revolución rusa y la sucesión de sus formas políticas si no se estudia, a través de las estadísticas de huelgas, la base de estos acontecimientos y de esta sucesión de formas.

Sé muy bien cuán inadecuadas son las secas cifras estadísticas para un informe oral, cuánto pueden ahuyentar al oyente. Pero, aun así, no puedo dejar de citar algunas cifras redondeadas para que tengan la posibilidad de valorar la verdadera base objetiva de todo el movimiento. La media anual de huelguistas en Rusia durante los 10 años anteriores a la revolución era igual a 43 mil. Por consiguiente, la cantidad total de huelguistas en toda la década anterior a la revolución fue de 430 mil. En enero de 1905, en el primer mes de la revolución, el número de huelguistas fue de 440 mil. ¡Es decir, solo en un mes, más que en toda la década anterior!

En ningún país capitalista del mundo, incluso en los países más avanzados como Inglaterra, los Estados Unidos de América, Alemania, el mundo ha visto un movimiento huelguístico tan grandioso como en Rusia en 1905. El número total de huelguistas ascendía a 2 millones 800 mil, ¡el doble del número total de obreros fabriles! Esto, por supuesto, no demuestra que los obreros fabriles urbanos en Rusia fueran más instruidos, o más fuertes, o más aptos para la lucha que sus hermanos en Europa Occidental. Ocurre exactamente lo contrario.

Pero esto muestra cuán grande puede ser la energía latente del proletariado. Esto dice que en la época revolucionaria –lo afirmo sin exageración alguna, basándome en los datos más exactos de la historia rusa– el proletariado puede desarrollar una energía de lucha cien veces mayor que en tiempos de calma habitual. ¡Esto dice que la humanidad, hasta 1905, aún no sabía cuán grande, cuán grandiosa puede ser y será la tensión de las fuerzas del proletariado, si se trata de luchar por objetivos verdaderamente grandes, de luchar realmente de manera revolucionaria!

La historia de la revolución rusa nos muestra que precisamente la vanguardia, los elementos selectos de los obreros asalariados, llevaron la lucha con la mayor tenacidad y la mayor abnegación. Cuanto más grandes eran las fábricas, con más tenacidad transcurrían las huelgas, con más frecuencia se repetían en un mismo año. Cuanto más grande era la ciudad, más significativo era el papel del proletariado en la lucha. Tres grandes ciudades, donde viven los obreros más conscientes y más numerosos, Petersburgo, Riga y Varsovia, dan una cantidad de huelguistas incomparablemente mayor con respecto al número total de obreros que todas las demás ciudades, por no hablar ya del campo[77].

Los metalúrgicos representan en Rusia –probablemente, al igual que en otros países capitalistas– el destacamento de vanguardia del proletariado. Y aquí observamos el siguiente hecho instructivo: cada centenar de obreros fabriles de Rusia en general dio en 1905 160 huelguistas. Sin embargo, ¡cada centenar de metalúrgicos dio en ese mismo año 320 huelguistas! Según los cálculos, cada obrero fabril ruso en 1905 perdió a consecuencia de la huelga un promedio de 10 rublos –unos 26 francos al cambio de antes de la guerra–, por así decirlo, los sacrificó para la lucha. Pero si tomamos solo a los metalúrgicos, ¡obtenemos una suma tres veces mayor! Al frente marchaban los mejores elementos de la clase obrera, arrastrando consigo a los vacilantes, despertando a los dormidos y animando a los débiles.

Excepcionalmente singular fue el entrelazamiento de las huelgas económicas y políticas durante la revolución. No cabe duda de que solo la más estrecha vinculación de estas dos formas de huelga garantizó la gran fuerza del movimiento. A las amplias masas de explotados no se las habría podido involucrar de ningún modo en el movimiento revolucionario si estas masas no hubieran visto ante sí diariamente ejemplos de cómo los obreros asalariados de diversas ramas industriales obligaban a los capitalistas a una mejora inmediata y directa de su situación. Gracias a esta lucha, un nuevo espíritu se extendió por toda la masa del pueblo ruso. Solo ahora la Rusia de servidumbre, sumida en un sopor de hibernación, patriarcal, piadosa y sumisa se despojó del viejo Adán; solo ahora el pueblo ruso recibió una educación verdaderamente democrática, verdaderamente revolucionaria.

Si los señores burgueses y sus acríticos repetidores, los reformistas socialistas, hablan con tanta arrogancia de la «educación» de las masas, por educación entienden habitualmente algo escolar, pedante, que desmoraliza a las masas, que les inocula los prejuicios burgueses.

La verdadera educación de las masas nunca puede separarse de la lucha política independiente y, en particular, de la lucha revolucionaria de la propia masa. Solo la lucha educa a la clase explotada, solo la lucha le revela la medida de sus fuerzas, amplía su horizonte, eleva sus capacidades, aclara su mente, forja su voluntad. Y por eso incluso los reaccionarios tuvieron que reconocer que 1905, el año de la lucha, el «año loco», enterró definitivamente a la Rusia patriarcal.

Examinemos más de cerca la relación entre metalúrgicos y textiles en Rusia durante la lucha huelguística de 1905. Los metalúrgicos son los proletarios mejor pagados, más conscientes y más cultos. Los obreros textiles, cuyo número en Rusia en 1905 era más de dos veces y media superior al de los metalúrgicos, representan la masa más atrasada, peor pagada que todas las demás, que a menudo aún no ha roto definitivamente su vínculo con sus parientes campesinos en el campo. Y aquí nos encontramos con una circunstancia muy importante.

Las huelgas de los metalúrgicos a lo largo de todo 1905 muestran un predominio de la huelga política sobre la económica, aunque a principios de año este predominio aún está lejos de ser tan grande como a finales de año. Por el contrario, en los textiles observamos a principios de 1905 un predominio colosal de las huelgas económicas, que solo a finales de año es sustituido por el predominio de la huelga política. De aquí se desprende con total claridad que solo la lucha económica, solo la lucha por la mejora inmediata y directa de su situación es capaz de sacudir a las capas más atrasadas de la masa explotada, les da una verdadera educación y las transforma –en la época revolucionaria– en el transcurso de pocos meses en un ejército de luchadores políticos.

Por supuesto, para ello era necesario que el destacamento de vanguardia de los obreros no entendiera por lucha de clases la lucha por los intereses de una pequeña capa superior, como con demasiada frecuencia intentaban inculcar a los obreros los reformistas, sino que los proletarios actuaran realmente como vanguardia de la mayoría de los explotados, involucraran a esta mayoría en la lucha, como ocurrió en Rusia en 1905 y como debe ocurrir, y sin duda alguna ocurrirá, en la venidera revolución proletaria en Europa[78].

El comienzo de 1905 trajo la primera gran ola del movimiento huelguístico en todo el país. Ya en la primavera de ese año observamos el despertar del primer gran movimiento campesino en Rusia, no solo económico, sino también político. Cuán importante es este hecho, decisivo para la historia, solo puede comprenderlo quien recuerde que el campesinado en Rusia se liberó de la más penosa dependencia servil solo en 1861, que los campesinos en su mayoría son analfabetos, viven en una miseria indescriptible, oprimidos por los terratenientes, embrutecidos por los curas, aislados unos de otros por enormes distancias y una casi total falta de caminos.

En 1825, Rusia vio por primera vez un movimiento revolucionario contra el zarismo, y este movimiento estuvo representado casi exclusivamente por la nobleza. Desde ese momento y hasta 1881, cuando Alejandro II fue asesinado por terroristas, a la cabeza del movimiento estuvieron intelectuales del estamento medio. Ellos demostraron la mayor abnegación y con su heroico método terrorista de lucha provocaron la admiración del mundo entero. Sin duda, estos sacrificios no fueron en vano, sin duda, contribuyeron –directa o indirectamente– a la posterior educación revolucionaria del pueblo ruso. Pero su objetivo inmediato, el despertar de la revolución popular, no lo alcanzaron ni pudieron alcanzarlo.

Esto solo lo logró la lucha revolucionaria del proletariado. Únicamente las oleadas de la huelga de masas que recorrieron todo el país, unidas a las duras lecciones de la guerra imperialista ruso-japonesa, despertaron a las amplias masas del campesinado de su letargo. La palabra "huelguista" adquirió entre los campesinos un significado completamente nuevo: designaba algo así como un amotinado, un revolucionario, lo que antes expresaba la palabra "estudiante". Pero como el "estudiante" pertenecía al estamento medio, a los "instruidos", a los "señores", le resultaba ajeno al pueblo. En cambio, el "huelguista" había salido del propio pueblo, pertenecía él mismo a los explotados; expulsado de Petersburgo, muy a menudo regresaba a la aldea y contaba a sus camaradas rurales acerca del incendio que envolvía las ciudades y que debía aniquilar tanto a los capitalistas como a los terratenientes nobles. En la aldea rusa apareció un nuevo tipo: el joven campesino consciente. Se relacionaba con los "huelguistas", leía periódicos, contaba a los campesinos los acontecimientos de las ciudades, explicaba a sus camaradas rurales el significado de las reivindicaciones políticas y los llamaba a la lucha contra los grandes terratenientes nobles, contra los curas y los funcionarios.

Los campesinos se reunían en grupos, discutían su situación y, poco a poco, se involucraban en la lucha; en tropel marchaban contra los grandes terratenientes, incendiaban sus palacios y mansiones o confiscaban sus reservas, se apoderaban del grano y otros víveres, mataban a los policías, exigían la entrega al pueblo de la tierra de las enormes fincas señoriales.

En la primavera de 1905, el movimiento campesino estaba solo en su fase inicial, abarcaba únicamente a una minoría de distritos, aproximadamente una séptima parte de ellos.

Pero la unión de la huelga de masas proletaria en las ciudades con el movimiento campesino en el campo fue suficiente para hacer tambalear el más "firme" y último sostén del zarismo. Me refiero al ejército.

Comienza un período de levantamientos militares en la flota y en el ejército. Cada auge de la ola del movimiento huelguístico y campesino durante la revolución va acompañado de levantamientos de soldados en todos los confines de Rusia. El más conocido de ellos es el levantamiento en el acorazado del Mar Negro "Príncipe Potemkin", el cual, al caer en manos de los sublevados, participó en la revolución en Odesa y, tras la derrota de la revolución y los intentos fallidos de tomar otros puertos (por ejemplo, Feodosia en Crimea), se entregó a las autoridades rumanas en Constanza.

Permítanme contarles en detalle un pequeño episodio de este levantamiento de la Flota del Mar Negro, para que se formen una imagen concreta de los acontecimientos en el punto culminante de su desarrollo:

"Se organizaban reuniones de obreros y marineros revolucionarios; se celebraban cada vez con más frecuencia. Como a los militares no se les permitía asistir a los mítines obreros, los obreros comenzaron a acudir en masa a los mítines militares. Se congregaban por miles. La idea de una acción conjunta encontró una viva respuesta. En las compañías más conscientes se elegían delegados.

Entonces las autoridades militares decidieron tomar medidas. Los intentos de algunos oficiales de pronunciar discursos 'patrióticos' en los mítines dieron los resultados más lamentables: los marineros, habituados a las discusiones, obligaron a sus superiores a una fuga vergonzosa. En vista de tales fracasos, se decidió prohibir los mítines por completo. En la mañana del 24 de noviembre de 1905, una compañía de combate con equipo de combate completo fue apostada a las puertas de los cuarteles de la flota. El contralmirante Pisarevski dio públicamente la orden: '¡No dejar salir a nadie de los cuarteles! ¡En caso de desobediencia, disparar!'. De la compañía a la que se le dio esta orden, salió el marinero Petrov, cargó su fusil a la vista de todos, mató de un disparo al capitán de estado mayor Shtein, del regimiento de Belostok, y con un segundo disparo hirió al contralmirante Pisarevski. Se oyó la orden de un oficial: '¡Arréstenlo!'. Nadie se movió de su sitio. Petrov arrojó su fusil al suelo. '¿Qué esperan? ¡Deténganme!'. Fue arrestado. Los marineros que acudían de todas partes exigían tumultuosamente su liberación, declarando que respondían por él. La excitación alcanzó su clímax.

– Petrov, ¿no es cierto que el disparo fue accidental? – preguntó un oficial, para buscar una salida a la situación creada.

– ¡Cómo va a ser accidental! Salí al frente, cargué y apunté, ¿acaso es eso accidental?

– Exigen tu liberación...

Y Petrov fue liberado. Pero los marineros no se conformaron con esto; todos los oficiales de guardia fueron arrestados, desarmados y conducidos a la oficina... Los delegados de los marineros, alrededor de 40, deliberaron toda la noche. Decidieron liberar a los oficiales, pero no dejarlos entrar más en los cuarteles..."

Esta pequeña escena les muestra gráficamente cómo se desarrollaban los acontecimientos en la mayoría de los levantamientos militares. La efervescencia revolucionaria en el pueblo no podía dejar de extenderse al ejército. Es característico que los líderes del movimiento surgieran de aquellos elementos de la flota y el ejército que eran reclutados principalmente entre los obreros industriales y para los cuales se requería la mayor preparación técnica, por ejemplo, los zapadores. Pero las amplias masas eran aún demasiado ingenuas, demasiado pacíficas, demasiado bonachonas, tenían una actitud demasiado cristiana. Se enardecían con bastante facilidad; cualquier caso de injusticia, un trato demasiado brusco de los oficiales, la mala alimentación, etc., podía provocar una indignación. Pero faltaba resistencia, no había una clara conciencia de la tarea; faltaba una comprensión suficiente de que solo la más enérgica continuación de la lucha armada, solo la victoria sobre todas las autoridades militares y civiles, solo el derrocamiento del gobierno y la toma del poder en todo el Estado es la única garantía del éxito de la revolución.

Las amplias masas de marineros y soldados se amotinaban con facilidad. Pero con igual facilidad cometían la ingenua estupidez de liberar a los oficiales arrestados; se dejaban calmar con promesas y persuasiones de los superiores; de este modo, las autoridades ganaban un tiempo precioso, recibían refuerzos, destrozaban las fuerzas de los sublevados, y luego venían la más cruel represión y las ejecuciones de los líderes.

Resulta especialmente interesante comparar los levantamientos militares en Rusia en 1905 con el levantamiento militar de los decembristas en 1825. Entonces, la dirección del movimiento político pertenecía casi exclusivamente a los oficiales, y precisamente a oficiales nobles; estaban contagiados por el contacto con las ideas democráticas de Europa durante las guerras napoleónicas. La masa de soldados, compuesta entonces aún por campesinos siervos, se mantuvo pasiva.

La historia de 1905 nos ofrece un cuadro completamente opuesto. Los oficiales, salvo pocas excepciones, estaban entonces orientados o bien hacia un liberalismo burgués reformista, o bien directamente hacia la contrarrevolución. Los obreros y campesinos vestidos de uniforme militar eran el alma de los levantamientos; el movimiento se hizo popular. Por primera vez en la historia de Rusia, abarcó a la mayoría de los explotados. Lo que le faltaba era, por un lado, la perseverancia, la decisión de las masas, que padecían demasiado la enfermedad de la credulidad; por otro lado, faltaba la organización de los obreros socialdemócratas revolucionarios en uniforme militar: carecían de la capacidad de tomar la dirección en sus manos, de ponerse al frente del ejército revolucionario y pasar a la ofensiva contra el poder gubernamental.

Dicho sea de paso, – quizás más lentamente de lo que quisiéramos, pero de manera segura –, estas dos carencias serán eliminadas no solo por el desarrollo general del capitalismo, sino también por la guerra actual[79]...

En todo caso, la historia de la revolución rusa, al igual que la historia de la Comuna de París de 1871, nos da la lección irrefutable de que el militarismo nunca y bajo ninguna circunstancia puede ser vencido y destruido de otro modo que no sea mediante la lucha victoriosa de una parte del ejército popular contra otra parte de este. No basta con fustigar, maldecir, "negar" el militarismo, criticar y demostrar su carácter nocivo, negarse pacíficamente al servicio militar; la tarea consiste en mantener en tensión la conciencia revolucionaria del proletariado y, además, no solo en general, sino en preparar concretamente a sus mejores elementos para que, en el momento de más profunda efervescencia en el pueblo, se pongan al frente del ejército revolucionario.

Esto mismo nos lo enseña la experiencia cotidiana de cualquier Estado capitalista. Cada «pequeña» crisis por la que atraviesa un Estado semejante nos muestra en miniatura los elementos y los gérmenes de las luchas que, en el período de una gran crisis, inevitablemente habrán de repetirse a gran escala. Y, por ejemplo, ¿qué es una huelga cualquiera sino una pequeña crisis de la sociedad capitalista? ¿Acaso no tenía razón el ministro prusiano del Interior, el señor von Puttkamer, al pronunciar su célebre sentencia: «En cada huelga se oculta la hidra de la revolución»? ¿No nos muestran las llamadas a filas de los soldados durante las huelgas en todos los países capitalistas, incluso —con perdón— en los más pacíficos, en los más «democráticos», cómo se desarrollarán las cosas durante las crisis realmente grandes?

Pero vuelvo de nuevo a la historia de la revolución rusa.

He intentado describiros cómo las huelgas obreras sacudieron a todo el país y a las capas más amplias, más atrasadas de los explotados, cómo se inició el movimiento campesino, cómo fue acompañado por insurrecciones militares.

En el otoño de 1905, todo el movimiento alcanzó su apogeo. El 19 (6) de agosto apareció el manifiesto del zar sobre la creación de una institución representativa. La llamada Duma de Bulyguin debía crearse sobre la base de una ley electoral que suponía un número curiosamente reducido de electores y no concedía a este singular «parlamento» ningún derecho legislativo, ¡sino solo derechos consultivos, de asesoramiento!

La burguesía, los liberales, los oportunistas estaban dispuestos a aceptar con ambas manos este «don» del zar asustado. Como todos los reformistas, nuestros reformistas de 1905 no podían comprender que existen situaciones históricas en las que las reformas, y en especial las promesas de reformas, persiguen exclusivamente un objetivo: detener la efervescencia del pueblo, obligar a la clase revolucionaria a cesar o, al menos, a debilitar la lucha.

La socialdemocracia revolucionaria rusa comprendió bien el verdadero carácter de esta octroi, de esta concesión de una constitución ilusoria en agosto de 1905. Y por eso, sin vacilar un instante, lanzó la consigna: ¡Abajo la Duma consultiva! ¡Boicot a la Duma! ¡Abajo el gobierno zarista! ¡Continuar la lucha revolucionaria con el objetivo de derrocar a ese gobierno! ¡No el zar, sino un gobierno revolucionario provisional debe convocar la primera verdadera representación popular en Rusia!

La historia demostró la razón de los socialdemócratas revolucionarios con el hecho de que la Duma de Bulyguin jamás fue convocada. La barrió el torbellino revolucionario antes de que fuera convocada; este torbellino obligó al zar a promulgar una nueva ley electoral, que aumentaba considerablemente el número de electores, y a reconocer el carácter legislativo de la Duma[80].

Octubre y diciembre de 1905 marcan el punto culminante de la línea ascendente de la revolución rusa. Todas las fuentes de la fuerza revolucionaria del pueblo se abrieron aún mucho más que antes. El número de huelguistas, que en enero de 1905, como ya os he comunicado, era de 440 mil, en octubre de 1905 superó el medio millón (¡nótese, en un solo mes!). Pero a esta cantidad, que abarca solo a los obreros fabriles, hay que añadir todavía varios cientos de miles de obreros ferroviarios, empleados de correos y telégrafos, etc.

La huelga general ferroviaria rusa paralizó el tráfico ferroviario y neutralizó de la manera más categórica la fuerza del gobierno. Se abrieron las puertas de las universidades, y las aulas, que en tiempos de paz estaban destinadas exclusivamente a atontar a las mentes juveniles con la sabiduría de la cátedra profesoral y a convertirlas en dóciles servidores de la burguesía y del zarismo, servían ahora como locales de reunión para miles y miles de obreros, artesanos, empleados, que abierta y libremente discutían cuestiones políticas.

Fue conquistada la libertad de prensa. La censura fue simplemente eliminada. Ningún editor se atrevía a presentar a las autoridades el ejemplar obligatorio, y las autoridades no se atrevían a tomar medida alguna contra esto. Por primera vez en la historia rusa aparecieron libremente en Petersburgo y otras ciudades periódicos revolucionarios. Solo en Petersburgo salían tres diarios socialdemócratas con una tirada de 50 a 100 mil ejemplares.

El proletariado marchaba a la cabeza del movimiento. Se planteó como tarea la conquista de la jornada laboral de 8 horas por la vía revolucionaria. La consigna de combate del proletariado petersburgués era entonces: «¡Jornada de 8 horas y armas!». Para la masa cada vez más creciente de obreros se hacía evidente que los destinos de la revolución los puede decidir y los decidirá solo la lucha armada.

En el fuego de la lucha se formó una peculiar organización de masas: los famosos Soviets de diputados obreros, asambleas de delegados de todas las fábricas. Estos Soviets de diputados obreros empezaron a desempeñar, cada vez más, en varias ciudades de Rusia, el papel de gobierno revolucionario provisional, el papel de órganos y dirigentes de las insurrecciones. Se hicieron intentos de organizar Soviets de diputados de soldados y marineros y unirlos con los Soviets de diputados obreros.

Algunas ciudades de Rusia vivieron en aquellos días un período de diversas pequeñas «repúblicas» locales, en las que el poder gubernamental fue desplazado y el Soviet de diputados obreros efectivamente funcionaba como nuevo poder estatal. Por desgracia, estos períodos fueron demasiado breves, las «victorias» demasiado débiles, demasiado aisladas.

El movimiento campesino en el otoño de 1905 adquirió dimensiones aún mayores. Más de una tercera parte de los distritos (uyezdy) de todo el país se vieron entonces envueltos en los llamados «desórdenes campesinos» y en verdaderas insurrecciones campesinas. Los campesinos quemaron hasta 2 mil casas solariegas y se repartieron entre ellos los medios de vida robados al pueblo por los latifundistas-nobles.

Por desgracia, ¡ese trabajo fue demasiado poco profundo! Por desgracia, los campesinos destruyeron entonces solo una quinceava parte del total de fincas nobiliarias, solo la quinceava parte de lo que debían haber destruido para borrar hasta el final de la faz de la tierra rusa la vergüenza de la gran propiedad agraria feudal. Por desgracia, los campesinos actuaron demasiado dispersos, desorganizados, de modo insuficientemente ofensivo, y en ello reside una de las causas fundamentales de la derrota de la revolución.

Entre los pueblos oprimidos de Rusia estalló el movimiento de liberación nacional. En Rusia, más de la mitad, casi tres quintas partes (exactamente: el 57 por ciento) de la población sufre la opresión nacional, no gozan ni siquiera de la libertad de su lengua materna, son rusificados a la fuerza. Por ejemplo, los musulmanes, que constituyen decenas de millones de la población de Rusia, organizaron entonces con asombrosa rapidez —aquella fue, en general, una época de colosal crecimiento de las diversas organizaciones— la Unión Musulmana.

Para dar a la audiencia, en especial a la juventud, un ejemplo de cómo en la Rusia de entonces el movimiento de liberación nacional se alzaba en conexión con el movimiento obrero, os contaré un pequeño ejemplo.

En diciembre de 1905, en cientos de escuelas, los escolares polacos quemaron todos los libros rusos, cuadros y retratos del zar, golpearon y expulsaron de las escuelas a los maestros rusos y a los camaradas rusos al grito de: «¡Fuera, a Rusia!». Las reivindicaciones de los estudiantes polacos de enseñanza media eran, entre otras, las siguientes: «1) todas las escuelas medias deben subordinarse al Soviet de diputados obreros; 2) convocación de asambleas conjuntas de estudiantes y obreros en los locales escolares; 3) permiso para usar blusas rojas en los gimnasios como signo de pertenencia a la futura república proletaria», etc.

Cuanto más altas se elevaban las olas del movimiento, con tanta mayor energía y decisión se armaba la reacción para luchar contra la revolución. En la revolución rusa de 1905 se confirmó lo que escribía K. Kautsky en 1902 en su libro «La revolución social» (entonces, dicho sea de paso, él era aún un marxista revolucionario, y no un defensor de los socialpatriotas y oportunistas, como en la actualidad). Escribía lo siguiente:

«...La futura revolución... se parecerá menos a un repentino levantamiento contra el gobierno y más a una prolongada guerra civil».

¡Así ocurrió! ¡Sin duda, así ocurrirá también en la futura revolución europea!

El odio del zarismo se dirigió en particular contra los judíos. Por un lado, los judíos aportaban un porcentaje especialmente elevado (en comparación con la población judía total) de dirigentes del movimiento revolucionario. Y también ahora, dicho sea de paso, los judíos tienen el mérito de proporcionar un porcentaje relativamente alto de representantes de la corriente internacionalista en comparación con otros pueblos. Por otro lado, el zarismo supo aprovecharse excelentemente de los prejuicios más viles de las capas más ignorantes de la población contra los judíos. Así surgieron los pogromos, en la mayoría de los casos apoyados por la policía, si no dirigidos directamente por ella —en 100 ciudades se cuentan durante este tiempo más de 4.000 muertos, más de 10.000 mutilados—, esas monstruosas masacres de judíos pacíficos, de sus mujeres y niños, que provocaron tal repugnancia en todo el mundo civilizado. Me refiero, por supuesto, a la repugnancia de los elementos verdaderamente democráticos del mundo civilizado, y tales son exclusivamente los obreros socialistas, los proletarios.

La burguesía, incluso la de los países más libres, incluso republicanos, de Europa Occidental, sabe combinar magníficamente sus frases hipócritas sobre las «atrocidades rusas» con los negocios monetarios más desvergonzados, especialmente con el apoyo financiero al zarismo y la explotación imperialista de Rusia mediante la exportación de capital, etc.

La revolución de 1905 alcanzó su punto culminante en el levantamiento de diciembre en Moscú. Un pequeño número de sublevados, obreros organizados y armados —no eran más de ocho mil— ofrecieron resistencia durante 9 días al gobierno zarista, el cual no podía fiarse de la guarnición de Moscú, sino que, por el contrario, debía mantenerla encerrada, y solo gracias a la llegada del regimiento Semiónovski de Petersburgo pudo sofocar el levantamiento.

A la burguesía le gusta calificar el levantamiento de Moscú de algo artificial y burlarse de él. Por ejemplo, en la llamada literatura «científica» alemana, el señor profesor Max Weber, en su extenso trabajo sobre el desarrollo político de Rusia, calificó el levantamiento de Moscú de «putsch». «El grupo de Lenin —escribe este “doctísimo” señor profesor— y una parte de los eseristas preparaban desde hacía tiempo este levantamiento insensato».

Para valorar en su justa medida esta sabiduría profesoral de la burguesía cobarde, basta con refrescar en la memoria las áridas cifras de la estadística de huelgas. ¡En enero de 1905, en Rusia había solo 123.000 huelguistas puramente políticos, en octubre 330.000, y en diciembre se alcanzó el máximo, a saber, 370.000 huelguistas puramente políticos en un solo mes! Recordemos la intensificación de la revolución, los levantamientos del campesinado y de los soldados, y llegaremos enseguida al convencimiento: el juicio de la «ciencia» burguesa sobre el levantamiento de diciembre no solo es absurdo, sino que es un subterfugio verbal de los representantes de la burguesía cobarde, que ve en el proletariado a su más peligroso enemigo de clase.

En realidad, todo el desarrollo de la revolución rusa empujaba con inevitabilidad hacia un combate armado decisivo entre el gobierno zarista y la vanguardia del proletariado consciente de clase.

En mis consideraciones anteriores ya he indicado en qué consistía la debilidad de la revolución rusa, que la condujo a su derrota temporal.

Con la represión del levantamiento de diciembre comienza la línea descendente de la revolución. Y en este período hay momentos sumamente interesantes; baste recordar el doble intento de los elementos más combativos de la clase obrera de detener el retroceso de la revolución y preparar una nueva ofensiva.

Pero mi tiempo casi ha expirado y no quiero abusar de la paciencia de mis oyentes. Y lo más importante para comprender la revolución rusa: su carácter de clase y sus fuerzas motrices, sus medios de lucha, creo haberlo esbozado ya, en la medida en que es posible agotar un tema tan gigantesco en un breve informe[81].

Solo unas pocas observaciones breves sobre la significación mundial de la revolución rusa.

Rusia pertenece geográfica, económica e históricamente no solo a Europa, sino también a Asia. Y por eso vemos que la revolución rusa no solo logró despertar definitivamente del sueño al país más grande y más atrasado de Europa y crear un pueblo revolucionario dirigido por el proletariado revolucionario.

No logró solo esto. La revolución rusa provocó un movimiento en toda Asia. Las revoluciones en Turquía, Persia, China demuestran que el poderoso levantamiento de 1905 dejó profundas huellas y que su influencia, que se manifiesta en el movimiento ascendente de cientos y cientos de millones de personas, es inextirpable.

De manera indirecta, la revolución rusa también ejerció su influencia sobre los países situados al oeste. No hay que olvidar que, tan pronto como el 30 de octubre de 1905 llegó a Viena el telegrama sobre el manifiesto constitucional del zar, esta noticia desempeñó un papel decisivo en la victoria definitiva del sufragio universal en Austria.

Durante una sesión del congreso de la socialdemocracia austríaca, cuando el camarada Ellenbogen —entonces aún no era socialpatriota, entonces aún era camarada— presentaba su informe sobre la huelga política, le pusieron este telegrama sobre la mesa. Los debates se suspendieron inmediatamente. ¡Nuestro puesto está en la calle! —tal fue el grito que recorrió la sala de sesiones de los delegados de la socialdemocracia austríaca. Y los días siguientes presenciaron las mayores manifestaciones callejeras en Viena y barricadas en Praga. La victoria del sufragio universal en Austria quedó decidida.

Es muy frecuente encontrarse con europeos occidentales que razonan sobre la revolución rusa como si los acontecimientos, las relaciones y los medios de lucha en este país atrasado tuvieran muy poco parecido con las relaciones de Europa Occidental y, por tanto, difícilmente pudieran tener alguna significación práctica.

No hay nada más erróneo que tal opinión.

Indudablemente, las formas y los motivos de los futuros combates en la venidera revolución europea se diferenciarán en muchos aspectos de las formas de la revolución rusa.

Pero, a pesar de ello, la revolución rusa —precisamente gracias a su carácter proletario en ese significado particular de esta palabra del que ya he hablado— sigue siendo el prólogo de la venidera revolución europea. Es indudable que esta futura revolución no puede ser más que una revolución proletaria, y además en un sentido aún más profundo de esta palabra: proletaria, socialista también por su contenido. Esta futura revolución mostrará en una medida aún mayor, por un lado, que solo combates severos, precisamente guerras civiles, pueden liberar a la humanidad del yugo del capital, y, por otro lado, que solo los proletarios conscientes de clase pueden y podrán actuar como dirigentes de la inmensa mayoría de los explotados.

No debe engañarnos el silencio sepulcral actual en Europa. Europa está preñada de revolución. Los monstruosos horrores de la guerra imperialista, los sufrimientos de la carestía engendran por doquier un estado de ánimo revolucionario, y las clases dominantes —la burguesía— y sus servidores —los gobiernos— van cayendo cada vez más en un callejón sin salida del que, sin las más grandes conmociones, no pueden encontrar escapatoria en absoluto.

Así como en Rusia en 1905 estalló, bajo la dirección del proletariado, una insurrección popular contra el gobierno zarista con el objetivo de conquistar la república democrática, así los próximos años, precisamente en relación con esta guerra rapaz, conducirán en Europa a insurrecciones populares bajo la dirección del proletariado contra el poder del capital financiero, contra los grandes bancos, contra los capitalistas, y estas conmociones no pueden terminar de otro modo que con la expropiación de la burguesía, con la victoria del socialismo.

Nosotros, los viejos, quizá no vivamos para ver las batallas decisivas de esta revolución venidera. Pero creo poder expresar con gran seguridad la esperanza de que la juventud, que trabaja tan magníficamente en el movimiento socialista de Suiza y del mundo entero, tendrá la dicha no solo de luchar, sino también de vencer en la futura revolución proletaria.

Escrito en alemán antes del 9 (22) de enero de 1917.

Publicado por primera vez el 22 de enero de 1925 en el periódico «Pravda» n.º 18. Firmado: N. Lenin.

Se publica según el manuscrito. Traducción del alemán.