Los ensayos que se ofrecen a la atención del lector en parte no han sido publicados aún, en parte son reimpresiones de artículos aparecidos antes de la guerra en diferentes publicaciones periódicas. La cuestión a la que están dedicados estos ensayos —el significado y el papel de los movimientos nacionales, la correlación entre lo nacional y lo internacional— suscita hoy, naturalmente, un interés especial. La deficiencia más frecuente y mayor en las reflexiones sobre esta cuestión es la falta de perspectiva histórica y de concreción. Es muy común el contrabando de todo tipo bajo el pabellón de frases generales. Por eso pensamos que un poco de estadística no resultará en absoluto superfluo. Confrontar lo dicho por nosotros antes de la guerra con las lecciones de ésta nos parece de utilidad. Los ensayos están vinculados por la unidad de la teoría y del punto de vista.

Enero de 1917.

El marco histórico de los movimientos nacionales

Los hechos son testarudos, dice un proverbio inglés. Este proverbio se recuerda con especial frecuencia cuando se ve cómo algún escritor se deshace en elogios sobre la grandeza del «principio de la nacionalidad» en sus diferentes significados y correlaciones, aplicando este «principio» la mayoría de las veces con tanto acierto como los gritos del conocido héroe del cuento popular: «no os cansaréis de acarrear» al ver una procesión fúnebre.

Los hechos exactos, los hechos indiscutibles, he ahí lo que resulta especialmente insoportable para esta clase de escritores y lo que es particularmente necesario si se quiere analizar seriamente una cuestión compleja y difícil, a menudo embrollada adrede. Pero, ¿cómo reunir los hechos? ¿cómo establecer su concatenación e interdependencia?

En el terreno de los fenómenos sociales no hay procedimiento más difundido ni más inconsistente que el de entresacar hechos aislados, el juego de los ejemplos. Escoger ejemplos, en general, no cuesta trabajo alguno, pero tampoco tiene ningún significado, o un significado puramente negativo, pues todo estriba en el marco histórico concreto de cada caso. Los hechos, si se toman en su conjunto, en su concatenación, no sólo son «testarudos», sino también absolutamente demostrativos. Los hechos menudos, cuando se toman fuera del conjunto, fuera de su concatenación, cuando son fragmentarios y arbitrarios, no son más que un juguete, o algo todavía peor. Por ejemplo, cuando un escritor que antes fue serio y que desea ser considerado como tal, toma el hecho del yugo mongol y lo presenta como ejemplo para explicar ciertos acontecimientos en la Europa del siglo XX, ¿puede considerarse esto sólo como un juego o sería más correcto calificarlo de charlatanería política? El yugo mongol es un hecho histórico indudablemente relacionado con la cuestión nacional, así como en la Europa del siglo XX se observa una serie de hechos indudablemente vinculados a esta cuestión. Sin embargo, pocas personas —del tipo de las que los franceses llaman «clowns nacionales»— serían capaces de pretender seriedad y operar con el «hecho» del yugo mongol para ilustrar lo que ocurre en la Europa del siglo XX.

La conclusión de aquí es clara: hay que tratar de establecer un fundamento de hechos exactos e indiscutibles en el que pueda uno apoyarse, con el que pueda confrontarse cualquiera de esos razonamientos «generales» o «ejemplificadores» de los que tan desmesuradamente se abusa en algunos países en nuestros días. Para que sea realmente un fundamento, hay que tomar no hechos aislados, sino todo el conjunto de hechos concernientes a la cuestión examinada, sin una sola excepción, pues de lo contrario surgirá inevitablemente la sospecha, y una sospecha plenamente legítima, de que los hechos han sido escogidos o seleccionados de manera arbitraria, de que en vez de la concatenación objetiva y la interdependencia de los fenómenos históricos en su conjunto, se nos presenta un «subjetivo» refrito para justificar, tal vez, un asunto sucio. Esto sucede... más a menudo de lo que parece.

Partiendo de estas consideraciones, hemos decidido comenzar por la estadística, siendo plenamente conscientes, por supuesto, de la profunda antipatía que la estadística despierta en algunos lectores que prefieren «el engaño que nos eleva» a las «bajas verdades», y en algunos escritores aficionados a pasar de contrabando político bajo el pabellón de razonamientos «generales» sobre el internacionalismo, el cosmopolitismo, el nacionalismo, el patriotismo, etc.

Capítulo 1. Un poco de estadística

I

Para abarcar realmente todo el conjunto de datos sobre los movimientos nacionales, hay que tomar toda la población del globo. Dos características deben ser establecidas con la mayor precisión posible y seguidas con la mayor exhaustividad: en primer lugar, la pureza o la heterogeneidad de la composición nacional de los distintos Estados; en segundo lugar, la división de los Estados (o de las formaciones seudoestatales en aquellos casos en que resulta dudoso si se puede hablar propiamente de un Estado) en políticamente independientes y políticamente dependientes.

Tomemos los datos más recientes, publicados en 1916, y apoyémonos en dos fuentes: una alemana, las «Tablas geográfico-estadísticas» de Otto Hübner, y otra inglesa, el «Anuario Político» («The Statesman's Year-Book»). Habremos de tomar la primera fuente como base, ya que es mucho más completa en lo que respecta a la cuestión que nos interesa, y nos serviremos de la segunda para verificación y para algunas correcciones, en su mayoría de detalle.

Comencemos nuestro examen por los Estados políticamente independientes y más «puros», en el sentido de la homogeneidad de su composición nacional. En primer lugar se destaca aquí, de inmediato, el grupo de Estados de Europa Occidental, es decir, situados al oeste de Rusia y Austria.

Tenemos aquí un total de 17 Estados, de los cuales, sin embargo, cinco, siendo muy puros por su composición nacional, resultan directamente insignificantes por su tamaño minúsculo. Se trata de Luxemburgo, Mónaco, San Marino, Liechtenstein y Andorra, cuya población conjunta suma apenas 310.000 habitantes. Sin duda, será mucho más correcto no incluirlos en absoluto en el número de Estados. De los 12 Estados restantes, siete son de composición nacional completamente pura: en Italia, Holanda, Portugal, Suecia y Noruega, el 99% de la población de cada Estado pertenece a una misma nacionalidad; en España y Dinamarca, el 96% de la población. Luego, tres Estados de composición nacional casi pura: Francia, Inglaterra y Alemania. En Francia, sólo el 1,3% de la población son italianos, anexionados por Napoleón III con violación y falseamiento de la voluntad de la población. En Inglaterra, una anexión es Irlanda, cuya población, 4,4 millones, representa menos de una décima parte de la población total (46,8 millones). En Alemania, de 64,9 millones de habitantes, el elemento nacionalmente extraño y casi por completo tan oprimido nacionalmente como los irlandeses en Inglaterra son los polacos (5,47%), los daneses (0,25%) y los alsaciano-loreneses (1,87 millones), aunque de estos últimos una parte (no se sabe exactamente cuál) gravita indudablemente hacia Alemania no sólo por la lengua, sino también por sus intereses económicos y simpatías. En total, unos 5 millones de habitantes de Alemania pertenecen a naciones extrañas, privadas de plenos derechos e incluso oprimidas.

Sólo dos pequeños Estados de Europa occidental presentan una composición nacional mixta: Suiza, cuya población, que no llega a los cuatro millones, está compuesta en un 69 % por alemanes, un 21 % por franceses y un 8 % por italianos, y Bélgica (población inferior a 8 millones; aproximadamente un 53 %, probablemente, de flamencos y cerca de un 47 % de franceses). Es necesario señalar, sin embargo, que por muy abigarrada que sea la composición nacional de estos Estados, no cabe hablar aquí de opresión de las naciones. Según las constituciones de ambos Estados, todas las naciones tienen igualdad de derechos; en Suiza esta igualdad de derechos se ha llevado a la práctica de manera plena; en Bélgica existe desigualdad de derechos en relación con los flamencos, aunque éstos constituyen la mayoría de la población, pero esta desigualdad es insignificante en comparación, por ejemplo, con lo que padecieron los polacos en Alemania o los irlandeses en Inglaterra, por no hablar ya de lo que suele observarse en los países que no pertenecen al grupo de Estados que examinamos. Por eso, entre otras cosas, el término «Estado de las nacionalidades», que se ha difundido especialmente por iniciativa ligera de los oportunistas en la cuestión nacional, los escritores austríacos K. Renner y O. Bauer, es correcto sólo en un sentido muy limitado, a saber: si, por un lado, no se olvida el lugar histórico particular de la mayoría de los Estados de este tipo (de esto tendremos que hablar aún más abajo) y, por otro lado, no se permite encubrir con este término la diferencia radical entre una igualdad de derechos real de las naciones y la opresión de ellas.

Agrupando los países examinados, obtenemos un grupo de 12 Estados de Europa occidental con una población total de 242 millones de personas. De estos 242 millones, sólo alrededor de 9 millones y medio, es decir, un 4 % en total, representan naciones oprimidas (en Inglaterra y Alemania). Si se suma toda la parte de la población en todos estos Estados que no pertenece a la nacionalidad estatal principal, se obtienen unos 15 millones, es decir, el 6 %.

En conjunto, por consiguiente, este grupo de Estados se caracteriza por los siguientes rasgos: son los países capitalistas más avanzados, los más desarrollados tanto en lo económico como en lo político. El nivel cultural es igualmente el más elevado. En el aspecto nacional, la mayoría de estos Estados tienen una composición nacional completamente pura o casi completamente pura. La desigualdad nacional, como fenómeno político particular, desempeña un papel completamente insignificante. Tenemos ante nosotros el tipo del «Estado nacional», del que tan a menudo se habla, olvidando en la mayoría de los casos el carácter históricamente condicionado y transitorio de este tipo en el desarrollo capitalista general de la humanidad. Pero de esto hablaremos más detalladamente cuando corresponda.

Preguntémonos: ¿se limita este tipo a los Estados de Europa occidental? Evidentemente, no. Todos los rasgos fundamentales de este tipo —económicos (elevado y, en particular, rápido desarrollo del capitalismo), políticos (régimen representativo), culturales, nacionales— se observan también en los Estados avanzados de América y Asia: en los Estados Unidos y en el Japón. La composición nacional de este último está establecida desde hace tiempo y es completamente pura; la población se compone en más de un 99 % de japoneses. En los Estados Unidos, sólo un 11,1 % de la población son negros (así como mulatos e indios), que deben ser considerados una nación oprimida, ya que la igualdad conquistada por la guerra civil de 1861-1865 y garantizada por la constitución de la República fue siendo limitada cada vez más en los hechos, en las principales zonas de residencia de los negros (en el Sur) y en muchos aspectos, en relación con el paso del capitalismo progresista, premonopolista de los años 1860-1870 al capitalismo reaccionario, monopolista (imperialismo) de la época más reciente, que en América está delimitada con especial claridad por la guerra hispano-norteamericana imperialista (es decir, provocada por el reparto del botín entre dos bandidos) de 1898.

Del 88,7 % de población blanca de los Estados Unidos, un 74,3 % son norteamericanos y sólo un 14,4 % son nacidos en el extranjero, es decir, inmigrados de otros países. Como es sabido, las condiciones particularmente favorables para el desarrollo del capitalismo en América y la especial rapidez de este desarrollo hicieron que en ninguna parte del mundo se muelan tan rápido y tan radicalmente como aquí las enormes diferencias nacionales hasta formar una nación «norteamericana» única.

Agregando los Estados Unidos y el Japón a los países de Europa occidental arriba enumerados, obtenemos 14 Estados con una población total de 394 millones de personas, de los cuales alrededor de 26 millones son nacionalmente desiguales en derechos, es decir, el 7 %. Adelantándonos, señalemos que la mayoría justamente de estos 14 Estados avanzados, en el período de fines del siglo XIX y comienzos del XX, es decir, justamente en el período de transformación del capitalismo en imperialismo, se lanzó con particular fuerza hacia adelante por el camino de la política colonial, resultado del cual es que estos Estados «disponen» hoy de más de quinientos millones de habitantes en países dependientes, coloniales.

II

El grupo de Estados de Europa oriental —Rusia, Austria, Turquía (a esta última es más correcto considerarla ahora geográficamente un Estado asiático y económicamente una «semicolonia») y 6 pequeños Estados balcánicos: Rumania, Bulgaria, Grecia, Serbia, Montenegro y Albania— nos muestra de inmediato un cuadro radicalmente distinto del anterior. ¡Ni un solo Estado de composición nacional pura! Sólo a los pequeños Estados de los Balcanes se les puede llamar Estados nacionales, aunque, sin embargo, no se debe olvidar que también en ellos la población de nacionalidad ajena constituye de un 5 a un 10 %, que cantidades enormes (en comparación con el número total de representantes de la nación dada) de rumanos y servios viven fuera de las fronteras de «su» Estado, que, en general, la «construcción estatal» en los Balcanes en la dirección nacional burguesa no ha concluido ni siquiera con las guerras «de ayer», podría decirse, de 1911-1912. No hay ni un solo Estado nacional como España, Suecia, etc., entre los pequeños Estados balcánicos. Y en los grandes Estados de Europa oriental, en los tres, el porcentaje de población de la nacionalidad «propia» y, además, principal, constituye sólo el 43 %. Más de la mitad de la población, el 57 %, en cada uno de estos tres grandes Estados, pertenece a la población «de nacionalidad ajena» (alógena, para expresarlo en genuino lenguaje ruso). Estadísticamente, la diferencia entre el grupo de Estados de Europa occidental y el de Europa oriental se expresa de la siguiente manera:

En el primer grupo tenemos 10 Estados nacionales puros o casi puros, con una población de 231 millones; sólo 2 Estados «abigarrados» en el aspecto nacional, pero sin opresión de las naciones, con igualdad de derechos constitucional y practicada de hecho, con una población de 11 1/2 millones.

En el segundo grupo, 6 Estados casi puros con una población de 23 millones; tres Estados «abigarrados» o «mixtos», sin igualdad de derechos entre las naciones, con una población de 249 millones.

En conjunto, el porcentaje de población de nacionalidad ajena (es decir, no perteneciente a la nación principal[84] de cada Estado considerado) constituye en Europa occidental el 6 %, y si se agregan los Estados Unidos y el Japón, el 7 %. ¡En Europa oriental, en cambio, ese porcentaje es el 53 %![85]

Escrito en enero de 1917. Firmado: P. Piriúchev.

Publicado por primera vez en 1935 en la revista "Bolchevique" núm. 2.

Se publica de acuerdo con el manuscrito.