Kautsky es el teórico más autorizado de la II Internacional, el jefe más destacado del llamado «centro marxista» en Alemania, representante de la oposición que creó en el Reichstag una fracción especial: el «Grupo de Trabajo Socialdemócrata» (Haase, Ledebour y otros). En varios periódicos socialdemócratas de Alemania se publican ahora artículos de Kautsky sobre las condiciones de paz, que parafrasean la declaración oficial del «Grupo de Trabajo Socialdemócrata», con la cual éste se pronunció a propósito de la conocida nota del gobierno alemán que propuso negociaciones de paz. Exigiendo que el gobierno proponga condiciones de paz determinadas, esta declaración contiene, entre otras cosas, la siguiente frase característica:

«...Para que esta nota (del gobierno alemán) conduzca a la paz, es necesario que en todos los países sea rechazada sin equívocos la idea de anexiones de territorios ajenos, del sometimiento político, económico o militar de cualquier pueblo a otro poder estatal...».

Parafraseando y concretando este planteamiento, Kautsky en sus artículos «demuestra» minuciosamente que Constantinopla no debe quedar en manos de Rusia y que Turquía no debe ser un estado vasallo de nadie.

Examinemos con mayor atención estas consignas y argumentos políticos de Kautsky y sus correligionarios.

Cuando se trata de Rusia, es decir, de un rival imperialista de Alemania, Kautsky plantea una exigencia no abstracta, no «general», sino completamente concreta, precisa, determinada: Constantinopla no debe quedar en manos de Rusia. Con ello desenmascara los verdaderos designios imperialistas... de Rusia. Cuando se trata de Alemania, es decir, precisamente del país a cuya burguesía y a cuyo gobierno la mayoría del partido que considera a Kautsky miembro suyo (y que nombró a Kautsky redactor de su principal órgano teórico dirigente, «Neue Zeit») ayuda a librar la guerra imperialista, Kautsky no desenmascara los designios imperialistas concretos de su gobierno, sino que se limita a un deseo o planteamiento «general»: ¡¡Turquía no debe ser un estado vasallo de nadie!!

¿En qué se diferencia, por su contenido real, la política de Kautsky de la política de los socialchovinistas militantes, por así decirlo (es decir, socialistas de palabra, chovinistas de hecho), de Francia e Inglaterra, que desenmascaran directamente los pasos imperialistas concretos de Alemania, despachándose con deseos o planteamientos «generales» respecto a los países o pueblos conquistados por Inglaterra y Rusia? ¿que gritan sobre la ocupación de Bélgica, de Serbia, y callan sobre la ocupación de Galitzia, de Armenia, de las colonias en África?

De hecho, la política de Kautsky y de Sembat — Henderson ayuda por igual a su gobierno imperialista, dirigiendo la atención principal sobre la perfidia del rival y del enemigo, cubriendo con un velo de frases generales nebulosas y buenos deseos los pasos igualmente imperialistas de «su» burguesía. Y dejaríamos de ser marxistas, dejaríamos de ser en general socialistas, si nos limitáramos a una contemplación cristiana, por así decirlo, de la bondad de las buenas frases generales, sin desvelar su verdadero significado político. ¿Acaso no vemos constantemente que la diplomacia de todas las potencias imperialistas alardea con las más bondadosas frases «generales» y con declaraciones «democráticas», encubriendo con ellas el saqueo, la violación y el estrangulamiento de las pequeñas naciones?

«Turquía no debe ser un estado vasallo de nadie»... Si digo sólo esto, se crea la apariencia de que soy partidario de la plena libertad de Turquía. Pero, de hecho, no hago más que repetir una frase que también pronuncian habitualmente los diplomáticos alemanes, los cuales mienten a sabiendas e hipócritamente, ¡encubriendo con esa frase el hecho de que Alemania ha convertido ahora a Turquía en su vasallo tanto financiero como militar! Y si soy un socialista alemán, a la diplomacia alemana sólo le benefician mis frases «generales», pues su significado real consiste en embellecer el imperialismo alemán.

«...En todos los países debe ser rechazada la idea de anexiones... del sometimiento económico de cualquier pueblo...».

¡Qué bondad de corazón! Los imperialistas «rechazan» mil veces la «idea» de anexiones y del estrangulamiento financiero de los pueblos débiles, pero ¿no habría que confrontar con ello los hechos que muestran que cualquier gran banco de Alemania, Inglaterra, Francia, los Estados Unidos mantiene «sometidos» a los pueblos pequeños? ¿Puede, en realidad, el actual gobierno burgués de un país rico rechazar las anexiones y el sometimiento económico de pueblos ajenos, cuando miles y miles de millones están invertidos en ferrocarriles y otras empresas de los pueblos débiles?

¿Quién lucha realmente contra las anexiones y cosas semejantes, aquel que lanza al viento frases bondadosas cuyo significado objetivo es completamente equivalente al agua bendita cristiana rociada sobre los bandidos coronados y capitalistas, o aquel que explica a los obreros la imposibilidad de poner fin a las anexiones y al estrangulamiento financiero sin derrocar a la burguesía imperialista y a sus gobiernos?

He aquí otra ilustración italiana de ese pacifismo que predica Kautsky.

En el órgano central del partido socialista italiano «Avanti!» («¡Adelante!») del 25 de diciembre de 1916, el conocido reformista Filippo Turati publicó un artículo titulado «Abracadabra». El 22 de noviembre de 1916 —escribe— el grupo parlamentario socialista de Italia presentó en el parlamento una propuesta de paz. En dicha propuesta «constató la concordancia de los principios proclamados por los representantes de Inglaterra y Alemania, principios que deben servir de base a una paz posible, e invitó al gobierno a iniciar negociaciones de paz con la mediación de los Estados Unidos y otros países neutrales». Así expone el contenido de la propuesta socialista el propio Turati.

El 6 de diciembre de 1916 la cámara «entierra» la propuesta socialista, «aplazando» su discusión. El 12 de diciembre el canciller alemán en el Reichstag propone por su cuenta lo que querían los socialistas de Italia. El 22 de diciembre Wilson se pronuncia con su nota, «parafraseando y repitiendo —según expresión de F. Turati— las ideas y los motivos de la propuesta socialista». El 23 de diciembre otros estados neutrales entran en escena, parafraseando la nota de Wilson.

Nos acusan de habernos vendido a Alemania, exclama Turati. ¿Acaso no se habrán vendido a Alemania también Wilson y los estados neutrales?

El 17 de diciembre Turati pronunció en el parlamento un discurso, uno de cuyos pasajes provocó una sensación extraordinaria —y merecida—. He aquí ese pasaje, según el informe de «Avanti!»:

«...Supongamos que una discusión del tipo que nos propone Alemania sea capaz de resolver en sus líneas principales cuestiones como la evacuación de Bélgica, de Francia, la restauración de Rumanía, de Serbia y, si ustedes quieren, de Montenegro; yo les añadiré la rectificación de las fronteras italianas en lo que se refiere a aquello que es indiscutiblemente italiano y responde a las garantías de carácter estratégico»... En este punto la cámara burguesa y chovinista interrumpe a Turati; de todos lados se alzan exclamaciones: «¡Excelente! ¡Entonces usted también quiere todo eso! ¡Viva Turati! ¡Viva Turati!...»

Turati, habiendo sentido, al parecer, algo inoportuno en ese entusiasmo de la burguesía, intenta «corregirse» o «explicarse»:

«...Señores —dice—, no hay lugar para bromas inoportunas. Una cosa es admitir la pertinencia y el derecho de la unidad nacional, siempre reconocida por nosotros; otra cosa es provocar o justificar la guerra por este objetivo».

Ni esta «explicación» de Turati, ni los artículos de «Avanti!» en su defensa, ni la carta de Turati del 21 de diciembre, ni el artículo de un tal «bb» en el «Volksrecht» de Zúrich «corrigen» en absoluto el asunto ni eliminan el hecho de que Turati ¡quedó atrapado!... O, mejor dicho: no fue Turati quien quedó atrapado, sino que quedó atrapado todo el pacifismo socialista, representado tanto por Kautsky como, según veremos más abajo, por los «kautskianos» franceses. La prensa burguesa de Italia tenía razón al recoger este pasaje del discurso de Turati y regocijarse con él.

El mencionado «bb» intenta defender a Turati diciendo que él sólo hablaba del «derecho de las naciones a la autodeterminación».

¡Mala defensa! ¿Qué tiene que ver aquí el «derecho de las naciones a la autodeterminación», el cual, como todos saben, se refiere en el programa de los marxistas —y se refería siempre en el programa de la democracia internacional— a la defensa de los pueblos oprimidos? ¿En una guerra imperialista, es decir, en una guerra por el reparto de las colonias, por la opresión de países ajenos, en una guerra entre potencias rapaces y opresoras por ver quién oprime a más pueblos ajenos?

Invoca la autodeterminación de las naciones para justificar una guerra imperialista y no nacional, ¿en qué se diferencia esto de los discursos de Alexinski, Hervé, Hyndman, que invocan la república en Francia que se contrapone a la monarquía en Alemania, aunque todos saben que la guerra actual no se libra en absoluto por el choque del republicanismo con el principio monárquico, sino por el reparto de las colonias, etc., entre dos coaliciones imperialistas?

Turati se explicaba y se justificaba diciendo que él no «justificaba» en absoluto la guerra.

Creámosle al reformista Turati, a Turati el partidario de Kautsky, que su intención no era justificar la guerra. Pero ¿quién no sabe que en política no se toman en cuenta las intenciones, sino los actos? ¿no los buenos deseos, sino los hechos? ¿no lo imaginario, sino lo real?

Supongamos que Turati no quería justificar la guerra, supongamos que Kautsky no quería justificar el establecimiento por Alemania de relaciones de vasallaje de Turquía respecto al imperialismo alemán. Pero, ¡de hecho, de ambos buenos pacifistas resultó precisamente una justificación de la guerra! He aquí la esencia. Si Kautsky, no en una revista tan aburrida que nadie la lee, sino desde la tribuna del parlamento, ante un público burgués vivo, impresionable, de temperamento meridional, hubiera pronunciado una frase semejante: «Constantinopla no debe quedar en manos de Rusia», «Turquía no debe ser un estado vasallo de nadie», no habría nada de sorprendente en las exclamaciones de los ingeniosos burgueses: «¡Excelente! ¡Correcto! ¡Viva Kautsky!».

Turati se situaba de hecho —independientemente de si él lo quería, de si él lo comprendía— en el punto de vista de un corredor burgués que propone un trato amistoso entre los depredadores imperialistas. La «liberación» de las tierras italianas pertenecientes a Austria sería, de hecho, el encubrimiento de la compensación a la burguesía italiana por su participación en la guerra imperialista de una gigantesca coalición imperialista, sería un apéndice no esencial al reparto de las colonias en África, de las esferas de influencia en Dalmacia y Albania. Para el reformista Turati, tal vez sea natural situarse en el punto de vista burgués, pero Kautsky de hecho no se distinguía en lo más mínimo de Turati.

Para no embellecer la guerra imperialista, para no ayudar a la burguesía a hacer pasar engañosamente semejante guerra por nacional, por liberadora de los pueblos, para no aparecer en la posición del reformismo burgués, habría que hablar no como hablan Kautsky y Turati, sino como hablaba Karl Liebknecht, habría que declarar a su burguesía que ella es hipócrita cuando habla de liberación nacional, que la paz democrática es imposible en relación con la guerra actual si el proletariado no «vuelve las armas» contra sus gobiernos.

Tal y sólo tal podría ser la posición de un verdadero marxista, de un verdadero socialista, y no de un reformista burgués. No trabaja realmente en favor de la paz democrática quien repite los deseos generales, que nada dicen, que a nada obligan, los buenos deseos del pacifismo, sino quien desenmascara el carácter imperialista tanto de la guerra actual como de la paz imperialista preparada por ella, quien llama a los pueblos a la revolución contra los gobiernos criminales.

Algunos intentan a veces defender a Kautsky y a Turati diciendo que legalmente no se podía ir más allá de una «alusión» contra el gobierno, y que tal «alusión» existe en los pacifistas de este género. Pero a esto hay que responder, en primer lugar, que la imposibilidad de decir la verdad legalmente no es un argumento en favor de ocultar la verdad, sino en favor de la necesidad de una organización y una prensa ilegales, es decir, libres de la policía y la censura; en segundo lugar, que hay momentos históricos en que del socialista se exige la ruptura con toda legalidad; en tercer lugar, que incluso en la Rusia feudal Dobroliúbov y Chernyshevski supieron decir la verdad, ya fuera callando sobre el manifiesto del 19 de febrero de 1861, ya fuera ridiculizando y denigrando a los liberales de entonces que pronunciaban discursos exactamente iguales a los de Turati y Kautsky.

En el siguiente artículo pasaremos al pacifismo francés, que ha encontrado su expresión en las resoluciones de dos congresos de las organizaciones obreras y socialistas de Francia recién celebrados.