Debemos detenernos ahora en otro aspecto muy importante del imperialismo, que en la mayoría de las consideraciones sobre este tema no suele ser suficientemente valorado. Una de las deficiencias del marxista Hilferding es haber dado aquí un paso atrás en comparación con el no marxista Hobson. Nos referimos al parasitismo, propio del imperialismo.

Como hemos visto, la base económica más profunda del imperialismo es el monopolio. Es un monopolio capitalista, es decir, surgido del capitalismo y que se halla en el ambiente general del capitalismo, de la producción mercantil, de la competencia, en contradicción permanente e insoluble con ese ambiente general. Pero, no obstante, como todo monopolio, engendra inevitablemente una tendencia al estancamiento y a la descomposición. En la medida en que se fijan, aunque sea temporalmente, precios de monopolio, desaparecen hasta cierto punto los motivos que impulsan al progreso técnico y, por consiguiente, a todo otro progreso, a todo avance; surge además la posibilidad económica de frenar artificialmente el progreso técnico. Ejemplo: en América, un tal Owens inventó una máquina para fabricar botellas que revolucionaba la producción de botellas. El cartel alemán de fabricantes de botellas compra las patentes de Owens y las guarda bajo siete llaves, retrasando su aplicación. Por supuesto, el monopolio bajo el capitalismo nunca puede eliminar por completo y por un período muy largo la competencia del mercado mundial (en esto reside, dicho sea de paso, una de las causas del carácter absurdo de la teoría del ultraimperialismo). Por supuesto, la posibilidad de reducir los costes de producción y aumentar la ganancia mediante la introducción de mejoras técnicas actúa en favor de los cambios. Pero la tendencia al estancamiento y a la descomposición, propia del monopolio, sigue actuando a su vez, y en determinadas ramas industriales, en determinados países, durante ciertos períodos, predomina.

El monopolio de la posesión de colonias particularmente extensas, ricas o bien situadas actúa en el mismo sentido.

Además. El imperialismo es una enorme acumulación en unos pocos países de capital monetario que, como hemos visto, alcanza los 100-150 mil millones de francos en títulos de valor. De ahí el extraordinario crecimiento de la clase o, mejor dicho, de la capa de los rentistas, es decir, de personas que viven «del corte de cupones», personas completamente desvinculadas de toda participación en cualquier empresa, personas cuya profesión es la ociosidad. La exportación de capital, una de las bases económicas más esenciales del imperialismo, acentúa aún más ese total desligamiento de la producción de la capa de los rentistas, imprime un sello de parasitismo a todo el país que vive de la explotación del trabajo de unos cuantos países de ultramar y colonias.

«En 1893 —escribe Hobson— el capital británico colocado en el extranjero representaba alrededor del 15 % de toda la riqueza del Reino Unido»[164]. Recordemos que hacia 1915 este capital se había multiplicado aproximadamente por 2,5. «El imperialismo agresivo —leemos más adelante en Hobson—, que tan caro cuesta a los contribuyentes y tan poca importancia tiene para el industrial y el comerciante..., es una fuente de grandes ganancias para el capitalista que busca dónde colocar su capital»... (en inglés este concepto se expresa con una sola palabra: «investor», colocador, rentista)... «Todo el ingreso anual que Gran Bretaña obtiene de todo su comercio exterior y colonial, de importación y exportación, es estimado por el estadístico Giffen en 18 millones de libras esterlinas (unos 170 millones de rublos) para el año 1899, calculando un 2,5% sobre un volumen total de 800 millones de libras esterlinas». Por grande que sea esta suma, no puede explicar el imperialismo agresivo de Gran Bretaña. Lo explica la suma de 90-100 millones de libras esterlinas, que representa el ingreso del capital «colocado», el ingreso de la capa rentista.

¡El ingreso de los rentistas quintuplica el ingreso del comercio exterior en el país más «comercial» del mundo! He ahí la esencia del imperialismo y del parasitismo imperialista.

El concepto de «Estado rentista» (Rentnerstaat), o Estado usurero, se vuelve por ello de uso corriente en la literatura económica sobre el imperialismo. El mundo se ha dividido en un puñado de Estados usureros y una gigantesca mayoría de Estados deudores. «Entre las colocaciones de capital en el extranjero —escribe Schulze-Gaevernitz— ocupan el primer lugar las que recaen en países políticamente dependientes o aliados: Inglaterra presta a Egipto, al Japón, a China, a América del Sur. Su flota de guerra desempeña, en caso extremo, el papel de alguacil. La fuerza política de Inglaterra la protege de la rebelión de los deudores»[165]. Sartorius von Waltershausen en su obra «El sistema económico nacional de colocación de capital en el extranjero» presenta como modelo de «Estado rentista» a Holanda y señala que ahora se están convirtiendo en tales Inglaterra y Francia[166]. Schilder considera que cinco Estados industriales son «países acreedores netamente definidos»: Inglaterra, Francia, Alemania, Bélgica y Suiza. No incluye aquí a Holanda sólo porque es «poco industrial»[167]. Los Estados Unidos son acreedores sólo respecto a América.

«Inglaterra —escribe Schulze-Gaevernitz— se va transformando paulatinamente de Estado industrial en Estado acreedor. A pesar del aumento absoluto de la producción industrial y de la exportación industrial, crece la importancia relativa para toda la economía nacional de los ingresos por intereses y dividendos, por emisiones, comisiones y especulación. En mi opinión, es precisamente este hecho el que constituye la base económica del auge imperialista. El acreedor está más sólidamente vinculado al deudor que el vendedor al comprador»[168]. Respecto a Alemania, el editor de la revista berlinesa «Bank», A. Lansburgh, escribía en 1911 en un artículo titulado «Alemania, Estado rentista» lo siguiente: «En Alemania se ríen con gusto de la tendencia a convertirse en rentistas que se observa en Francia. Pero olvidan que, en lo que concierne a la burguesía, las condiciones alemanas se parecen cada vez más a las francesas»[169].

El Estado rentista es el Estado del capitalismo parasitario y en descomposición, y esta circunstancia no puede dejar de reflejarse tanto en todas las condiciones sociopolíticas de dichos países en general, como en las dos corrientes fundamentales del movimiento obrero en particular. Para demostrarlo del modo más gráfico posible, cedamos la palabra a Hobson, que es el testigo más «fidedigno», ya que no se le puede sospechar de parcialidad hacia la «ortodoxia marxista» y, por otra parte, es un inglés que conoce bien la situación del país más rico tanto en colonias como en capital financiero y en experiencia imperialista.

Describiendo, bajo la viva impresión de la guerra anglo-bóer, la vinculación del imperialismo con los intereses de los «financieros», el crecimiento de sus ganancias provenientes de contratos, suministros, etc., Hobson escribía: «los que dirigen esta política decididamente parasitaria son los capitalistas; pero los mismos motivos influyen también sobre categorías especiales de obreros. En muchas ciudades, las ramas más importantes de la industria dependen de los pedidos del gobierno; el imperialismo de los centros de la industria metalúrgica y de construcción naval depende en no pequeña medida de este hecho». Dos tipos de circunstancias debilitaban, según el autor, la fuerza de los viejos imperios: 1) el «parasitismo económico» y 2) la formación del ejército con pueblos dependientes. «El primero es la costumbre del parasitismo económico, en virtud de la cual el Estado dominante utiliza sus provincias, colonias y países dependientes para el enriquecimiento de su clase gobernante y para sobornar a sus clases inferiores a fin de que permanezcan tranquilas». Para la posibilidad económica de tal soborno, cualquiera que sea la forma en que se realice, se necesita —añadamos por nuestra cuenta— una ganancia monopolísticamente elevada.

Respecto a la segunda circunstancia, Hobson escribe: «Uno de los síntomas más extraños de la ceguera del imperialismo es la despreocupación con que Gran Bretaña, Francia y otras naciones imperialistas emprenden este camino. Gran Bretaña ha ido más lejos que nadie. La mayor parte de las batallas con las que conquistamos nuestro imperio indio fueron libradas por tropas nuestras compuestas de indígenas; en la India, y últimamente en Egipto, grandes ejércitos permanentes están al mando de británicos; casi todas las guerras relacionadas con el sometimiento de África por nosotros, a excepción de su parte meridional, las han realizado para nosotros los indígenas».

La perspectiva del reparto de China suscita en Hobson la siguiente evaluación económica: «La mayor parte de Europa occidental podría entonces adoptar el aspecto y el carácter que hoy tienen partes de esos países: el sur de Inglaterra, la Riviera, los lugares de Italia y Suiza más visitados por los turistas y habitados por ricos, a saber: un pequeño grupo de ricos aristócratas que reciben dividendos y pensiones del lejano Oriente, con un grupo algo más numeroso de empleados profesionales y comerciantes, y con una cantidad mayor de sirvientes domésticos y obreros en la industria del transporte y en la industria dedicada al acabado final de productos. Las ramas principales de la industria desaparecerían, y los productos alimenticios de masas, los productos semielaborados de masas afluirían, como tributo, desde Asia y desde África». «He aquí las posibilidades que nos abre una unión más amplia de los Estados occidentales, una federación europea de las grandes potencias: no sólo no haría avanzar la causa de la civilización mundial, sino que podría significar un gigantesco peligro de parasitismo occidental: separar a un grupo de naciones industriales avanzadas, cuyas clases superiores reciben un enorme tributo de Asia y de África y, con ayuda de este tributo, mantienen grandes masas domesticadas de empleados y sirvientes, ocupados ya no en la producción de artículos agrícolas e industriales de masas, sino en el servicio personal o en labores industriales secundarias bajo el control de una nueva aristocracia financiera. Que aquellos que estén dispuestos a desechar esta teoría» (mejor sería decir: perspectiva) «como indigna de consideración, reflexionen sobre las condiciones económicas y sociales de aquellos distritos del sur de Inglaterra actual que ya han sido reducidos a tal situación. Que piensen en la enorme expansión que tal sistema podría alcanzar si China fuera sometida al control económico de semejantes grupos de financieros, de “colocadores de capital”, de sus empleados políticos, comerciales e industriales, que extraen ganancias del mayor reservorio potencial que el mundo haya conocido jamás, con el fin de consumir esas ganancias en Europa. Por supuesto, la situación es demasiado compleja, el juego de las fuerzas mundiales es demasiado difícil de evaluar para que resulte muy probable ésta o cualquier otra interpretación del futuro en una sola dirección. Pero las influencias que gobiernan el imperialismo de Europa occidental en la actualidad se mueven en esta dirección y, si no encuentran resistencia, si no son desviadas hacia otro lado, trabajan precisamente en el sentido de tal desenlace del proceso»[170].

El autor tiene toda la razón: si las fuerzas del imperialismo no encontraran resistencia, conducirían precisamente a esto. El significado de los «Estados Unidos de Europa» en el actual ambiente imperialista está aquí correctamente valorado. Sólo cabría añadir que también dentro del movimiento obrero los oportunistas, vencedores por el momento en la mayoría de los países, «trabajan» sistemática y consecuentemente precisamente en esa dirección. El imperialismo, que significa el reparto del mundo y la explotación no sólo de China, que significa ganancias monopolísticamente elevadas para un puñado de los países más ricos, crea la posibilidad económica de sobornar a las capas superiores del proletariado y con ello alimenta, configura y fortalece el oportunismo. Pero no hay que olvidar las fuerzas que se oponen al imperialismo en general y al oportunismo en particular, fuerzas que, naturalmente, el socioliberal Hobson no puede ver.

El oportunista alemán Gerhard Hildebrand, que en su día fue expulsado del partido por defender el imperialismo y que hoy podría ser jefe del llamado partido «socialdemócrata» de Alemania, complementa bien a Hobson al predicar los «Estados Unidos de Europa occidental» (sin Rusia) para acciones «conjuntas»... contra los negros africanos, contra el «gran movimiento islamista», para el mantenimiento de un «fuerte ejército y marina», contra la «coalición japo-china»[171], etc.

La descripción del «imperialismo británico» en Schulze-Gaevernitz nos muestra esos mismos rasgos de parasitismo. El ingreso nacional de Inglaterra se duplicó aproximadamente de 1865 a 1898, mientras que el ingreso «del extranjero» se multiplicó por nueve en ese período. Si el «mérito» del imperialismo es «educar al negro para el trabajo» (no se puede prescindir de la coerción...), el «peligro» del imperialismo consiste en que «Europa descargue el trabajo físico —primero el agrícola y minero, y después también el industrial más duro— sobre los hombros de la humanidad de piel oscura, y ella misma descanse en el papel de rentista, preparando tal vez con ello la emancipación económica, y luego política, de las razas de piel roja y oscura».

Una parte cada vez mayor de la tierra en Inglaterra se sustrae a la producción agrícola y se destina al deporte, a la diversión de los ricos. De Escocia —el lugar más aristocrático para la caza y otros deportes— se dice que «vive de su pasado y de míster Carnegie» (el multimillonario americano). Sólo en carreras de caballos y en la caza del zorro gasta Inglaterra anualmente 14 millones de libras esterlinas (unos 130 millones de rublos). El número de rentistas en Inglaterra es de alrededor de 1 millón. El porcentaje de la población productiva disminuye:

Y, al hablar de la clase obrera inglesa, el investigador burgués del «imperialismo británico de comienzos del siglo XX» se ve obligado a trazar sistemáticamente una diferencia entre la «capa superior» de los obreros y la «capa inferior propiamente proletaria». La capa superior suministra la masa de los miembros de las cooperativas y sindicatos, de las sociedades deportivas y de numerosas sectas religiosas. El derecho electoral, que en Inglaterra «es todavía lo bastante restringido para excluir a la capa inferior propiamente proletaria», está adaptado a su nivel. Para embellecer la situación de la clase obrera inglesa, se habla habitualmente sólo de esta capa superior, que constituye la minoría del proletariado: por ejemplo, «la cuestión del paro es fundamentalmente una cuestión que atañe a Londres y a la capa inferior proletaria, con la que los políticos cuentan poco...»[172]. Habría que decir: con la que los politicastros burgueses y los oportunistas «socialistas» cuentan poco.

Entre las particularidades del imperialismo relacionadas con el círculo de fenómenos descrito figura la disminución de la emigración desde los países imperialistas y el aumento de la inmigración (afluencia de obreros y traslado) a esos países procedente de los países más atrasados, con salarios más bajos. La emigración de Inglaterra, como señala Hobson, desciende desde 1884: fue de 242 mil en ese año y de 169 mil en 1900. La emigración de Alemania alcanzó el máximo en el decenio 1881-1890: 1.453 mil, disminuyendo en los dos decenios siguientes a 544 mil y a 341 mil. En cambio, crecía el número de obreros que llegaban a Alemania desde Austria, Italia, Rusia, etc. Según el censo de 1907, en Alemania había 1.342.294 extranjeros, de ellos 440.800 obreros industriales y 257.329 agrícolas[173]. En Francia, los obreros de la industria minera son «en gran parte» extranjeros: polacos, italianos, españoles[174]. En los Estados Unidos, los inmigrantes de Europa oriental y meridional ocupan los puestos peor pagados, mientras que los obreros americanos constituyen el mayor porcentaje de los que ascienden a capataces y obtienen los trabajos mejor remunerados[175]. El imperialismo tiene la tendencia a destacar también entre los obreros categorías privilegiadas y a separarlas de la gran masa del proletariado.

Es necesario señalar que en Inglaterra la tendencia del imperialismo a escindir a los obreros y a intensificar el oportunismo entre ellos, a engendrar una descomposición temporal del movimiento obrero, se manifestó mucho antes del final del siglo XIX y comienzos del XX. Pues dos grandes rasgos distintivos del imperialismo se daban en Inglaterra desde mediados del siglo XIX: inmensas posesiones coloniales y una situación de monopolio en el mercado mundial. Marx y Engels siguieron sistemáticamente, durante una serie de decenios, este vínculo del oportunismo en el movimiento obrero con las particularidades imperialistas del capitalismo inglés. Engels escribía, por ejemplo, a Marx el 7 de octubre de 1858: «El proletariado inglés se va aburguesando cada vez más de hecho, de modo que esta nación, la más burguesa de todas, quiere, al parecer, llevar las cosas al extremo de tener una aristocracia burguesa y un proletariado burgués al lado de la burguesía. Por supuesto, de parte de una nación que explota al mundo entero, esto es hasta cierto punto legítimo»{150}. Casi un cuarto de siglo más tarde, en una carta del 11 de agosto de 1881, habla de los «peores trade unions ingleses, que se dejan dirigir por hombres comprados por la burguesía o por lo menos pagados por ella»{151}. Y en una carta a Kautsky del 12 de septiembre de 1882, Engels escribía: «Usted me pregunta qué piensan los obreros ingleses sobre la política colonial. Lo mismo que piensan sobre la política en general. Aquí no hay partido obrero, sólo hay conservadores y liberal-radicales, y los obreros disfrutan tan tranquilamente, junto con ellos, del monopolio colonial de Inglaterra y de su monopolio en el mercado mundial»[176]. (Lo mismo fue expuesto por Engels para la prensa en el prefacio a la 2ª edición de «La situación de la clase obrera en Inglaterra», 1892.)

Aquí están claramente indicadas las causas y las consecuencias. Causas: 1) explotación de todo el mundo por dicho país; 2) su situación de monopolio en el mercado mundial; 3) su monopolio colonial. Consecuencias: 1) aburguesamiento de una parte del proletariado inglés; 2) una parte de él permite ser dirigida por hombres comprados por la burguesía o por lo menos pagados por ella. El imperialismo de comienzos del siglo XX llevó a término el reparto del mundo entre un puñado de Estados, cada uno de los cuales explota hoy (en el sentido de extracción de superganancia) una parte del «mundo entero» no mucho menor que la que explotaba Inglaterra en 1858; cada uno ocupa una situación de monopolio en el mercado mundial gracias a los trusts, cárteles, capital financiero, relaciones de acreedor a deudor; cada uno tiene, en cierta medida, un monopolio colonial (hemos visto que de los 75 millones de kilómetros cuadrados de todas las colonias del mundo, 65 millones, es decir, el 86%, están concentrados en manos de seis potencias; 61 millones, o sea el 81%, están concentrados en manos de tres potencias).

La diferencia de la situación actual consiste en condiciones económicas y políticas que no podían sino agudizar la incompatibilidad del oportunismo con los intereses generales y fundamentales del movimiento obrero: el imperialismo, de gérmenes, se ha convertido en un sistema dominante; los monopolios capitalistas han ocupado el primer lugar en la economía nacional y en la política; el reparto del mundo está llevado a término; y, por otra parte, en lugar del monopolio indiviso de Inglaterra, vemos la lucha por la participación en el monopolio entre un pequeño número de potencias imperialistas, lucha que caracteriza todo el comienzo del siglo XX. El oportunismo ya no puede ahora resultar completamente vencedor en el movimiento obrero de uno de los países por un largo período de decenios, como venció el oportunismo en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XIX, pero ha madurado definitivamente, ha pasado de maduro y se ha podrido en varios países, fundiéndose por completo con la política burguesa, como socialchovinismo[177].