Debemos ahora intentar hacer un balance, resumiendo lo dicho anteriormente sobre el imperialismo. El imperialismo surgió como desarrollo y continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo en general. Pero el capitalismo se convirtió en capitalismo imperialista solo en una etapa determinada, muy elevada, de su desarrollo, cuando algunas de las propiedades fundamentales del capitalismo comenzaron a convertirse en su contrario, cuando se formaron y se manifestaron en toda la línea los rasgos de la época de transición del capitalismo a un régimen económico-social superior. Lo fundamental en este proceso, desde el punto de vista económico, es la sustitución de la libre competencia capitalista por los monopolios capitalistas. La libre competencia es la propiedad fundamental del capitalismo y de la producción mercantil en general; el monopolio es el contrario directo de la libre competencia, pero esta última comenzó a convertirse ante nuestros ojos en monopolio, creando la gran producción, desplazando a la pequeña, reemplazando la grande por la grandísima, llevando la concentración de la producción y del capital hasta el punto de que de ella surgió y surge el monopolio: cárteles, sindicatos, trusts, y el capital de una decena de bancos que manejan miles de millones, fusionado con ellos. Y al mismo tiempo, los monopolios, surgiendo de la libre competencia, no la eliminan, sino que existen sobre ella y junto a ella, engendrando así una serie de contradicciones, fricciones y conflictos particularmente agudos y bruscos. El monopolio es la transición del capitalismo a un régimen superior.

Si fuera necesario dar una definición lo más breve posible del imperialismo, habría que decir que el imperialismo es la fase monopolista del capitalismo. Tal definición incluiría lo principal, pues, por un lado, el capital financiero es el capital bancario de unos pocos grandes bancos monopolistas, fusionado con el capital de las asociaciones monopolistas de industriales; y, por otro lado, el reparto del mundo es el tránsito de la política colonial, que se extiende sin obstáculos a las regiones no ocupadas por ninguna potencia capitalista, a la política colonial de posesión monopolista de los territorios del globo, ya completamente repartidos.

Pero las definiciones demasiado breves, aunque sean cómodas, pues resumen lo principal, son sin embargo insuficientes cuando de ellas hay que deducir especialmente los rasgos más esenciales del fenómeno que se quiere definir. Por eso, sin olvidar el carácter convencional y relativo de todas las definiciones en general, que nunca pueden abarcar las conexiones multilaterales de un fenómeno en su pleno desarrollo, conviene dar una definición del imperialismo que incluya sus cinco rasgos fundamentales siguientes: 1) la concentración de la producción y del capital, llegada hasta un grado tan elevado de desarrollo, que ha creado los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este «capital financiero», de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande; 4) se forman asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas que se reparten el mundo, y 5) ha culminado el reparto territorial del globo entre las mayores potencias capitalistas. El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en que se ha establecido la dominación de los monopolios y del capital financiero, la exportación de capital ha adquirido una importancia descollante, ha comenzado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha culminado el reparto de todo el territorio de la tierra entre los países capitalistas más grandes.

Veremos más adelante cómo se puede y se debe definir de otro modo el imperialismo, si se tienen en cuenta no solo los conceptos fundamentales puramente económicos (a los que se limita la definición dada), sino el lugar histórico de la fase dada del capitalismo con respecto al capitalismo en general, o la relación entre el imperialismo y las dos tendencias fundamentales en el movimiento obrero. Ahora bien, hay que señalar que, entendido en el sentido indicado, el imperialismo representa, indudablemente, una fase particular de desarrollo del capitalismo. Para dar al lector una idea lo más fundamentada posible del imperialismo, deliberadamente nos hemos esforzado por citar el mayor número posible de opiniones de economistas burgueses, obligados a reconocer los hechos, particularmente indiscutibles, de la economía más reciente del capitalismo. Con el mismo fin se han presentado datos estadísticos detallados que permiten ver hasta qué grado precisamente creció el capital bancario, etc., en qué se expresó exactamente el tránsito de la cantidad a la calidad, el tránsito del capitalismo desarrollado al imperialismo. Ni que decir tiene, por supuesto, que todos los límites en la naturaleza y en la sociedad son convencionales y móviles, y que sería absurdo discutir, por ejemplo, sobre a qué año o decenio corresponde la instauración «definitiva» del imperialismo.

Pero discutir sobre la definición del imperialismo hay que hacerlo, ante todo, con el principal teórico marxista de la época de la llamada Segunda Internacional, es decir, del cuarto de siglo de 1889-1914, K. Kautsky. Contra las ideas fundamentales expresadas en la definición del imperialismo que hemos dado, Kautsky se pronunció de manera plenamente decidida tanto en 1915 como incluso ya en noviembre de 1914, declarando que por imperialismo hay que entender no una «fase» o un grado de la economía, sino una política, precisamente una política determinada, «preferida» por el capital financiero; que el imperialismo no se puede «identificar» con el «capitalismo moderno»; que si se entiende por imperialismo «todos los fenómenos del capitalismo moderno» —cárteles, proteccionismo, dominación de los financieros, política colonial—, entonces la cuestión de la necesidad del imperialismo para el capitalismo se reducirá a «la más burda tautología», porque entonces, «naturalmente, el imperialismo es una necesidad vital para el capitalismo», etc. Expresaremos la idea de Kautsky con la mayor exactitud si citamos su propia definición del imperialismo, dirigida directamente contra la esencia de las ideas que exponemos (pues las objeciones del campo de los marxistas alemanes que han sostenido ideas semejantes durante toda una serie de años, son conocidas desde hace tiempo por Kautsky como objeciones de una corriente determinada dentro del marxismo).

La definición de Kautsky reza:

«El imperialismo es un producto del capitalismo industrial altamente desarrollado. Consiste en la tendencia de toda nación capitalista industrial a anexionarse o someter todas las regiones agrarias (subrayado de Kautsky) cada vez más extensas, sin tener en cuenta a qué naciones pertenecen»[157].

Esta definición no vale absolutamente para nada, pues es unilateral, es decir, arbitraria, destaca solo la cuestión nacional (aunque importantísima tanto por sí misma como en su relación con el imperialismo), vinculándola de manera arbitraria e incorrecta solo con el capital industrial de los países que anexionan a otras naciones, y destacando con igual arbitrariedad e inexactitud la anexión de regiones agrarias.

El imperialismo es la tendencia a las anexiones: he aquí a lo que se reduce la parte política de la definición de Kautsky. Es correcta, pero extremadamente incompleta, pues políticamente el imperialismo es, en general, la tendencia a la violencia y a la reacción. Pero aquí nos interesa el aspecto económico de la cuestión, que el propio Kautsky introdujo en su definición. Las inexactitudes de la definición de Kautsky saltan a la vista. Para el imperialismo es característico precisamente no el capital industrial, sino el financiero. No es casualidad que en Francia fuera precisamente el desarrollo particularmente rápido del capital financiero, con el debilitamiento del industrial, lo que provocó, a partir de los años 80 del siglo pasado, una agudización extrema de la política anexionista (colonial). Para el imperialismo es característica precisamente la tendencia a anexionarse no solo regiones agrarias, sino incluso las más industriales (apetitos alemanes respecto a Bélgica, franceses respecto a Lorena), pues, en primer lugar, al estar el planeta completamente repartido, el nuevo reparto obliga a extender la mano hacia cualquier territorio; en segundo lugar, para el imperialismo es esencial la rivalidad de varias grandes potencias en la tendencia a la hegemonía, es decir, a la conquista de tierras no tanto directamente para sí, cuanto para debilitar al adversario y socavar su hegemonía (para Alemania, Bélgica es particularmente importante como punto de apoyo contra Inglaterra; para Inglaterra, Bagdad como punto de apoyo contra Alemania, etc.).

Kautsky se remite en particular —y repetidamente— a los ingleses, quienes, según él, habrían establecido un sentido puramente político de la palabra imperialismo en su acepción, la de Kautsky. Tomemos al inglés Hobson y leamos en su obra «El imperialismo», publicada en 1902:

«El nuevo imperialismo se diferencia del antiguo, en primer lugar, en que en lugar de las tendencias de un solo imperio en crecimiento, pone la teoría y la práctica de imperios rivales, cada uno de los cuales se guía por iguales apetitos de expansión política y de lucro comercial; en segundo lugar, por la dominación de los intereses financieros o relativos a la colocación de capital sobre los intereses comerciales»[158].

Vemos que Kautsky está absolutamente equivocado de hecho al remitirse a los ingleses en general (podría remitirse acaso a los imperialistas ingleses vulgares o a los apologistas directos del imperialismo). Vemos que Kautsky, pretendiendo seguir defendiendo el marxismo, en realidad da un paso atrás en comparación con el socioliberal Hobson, que toma en cuenta más correctamente dos peculiaridades «histórico-concretas» (¡Kautsky precisamente se burla con su definición de la concreción histórica!) del imperialismo moderno: 1) la competencia entre varios imperialismos y 2) el predominio del financiero sobre el comerciante. Y si se trata principalmente de que el país industrial anexione un país agrario, con ello se pone en primer plano el papel dominante del comerciante.

La definición de Kautsky no solo es incorrecta y no marxista. Sirve de base a todo un sistema de concepciones que rompen en toda la línea tanto con la teoría marxista como con la práctica marxista, de lo cual se hablará más adelante. Es completamente frívola la disputa sobre palabras suscitada por Kautsky: si llamar a la fase más reciente del capitalismo imperialismo o fase del capital financiero. Llámesela como se quiera; es indiferente. La esencia del asunto es que Kautsky desvincula la política del imperialismo de su economía, hablando de las anexiones como de una política «preferida» por el capital financiero, y contraponiéndole otra política burguesa supuestamente posible sobre la misma base del capital financiero. Resulta que los monopolios en la economía son compatibles con un modo de actuar no monopolista, no violento, no anexionista en la política. Resulta que el reparto territorial del planeta, culminado precisamente en la época del capital financiero y que constituye la base de la peculiaridad de las actuales formas de rivalidad entre los mayores Estados capitalistas, es compatible con una política no imperialista. Se obtiene un velamiento, un embotamiento de las contradicciones más fundamentales de la fase más reciente del capitalismo, en lugar del descubrimiento de su profundidad; se obtiene un reformismo burgués en lugar del marxismo.

Kautsky discute con el apologista alemán del imperialismo y de las anexiones, Cunow, que razona de manera tosca y cínica: el imperialismo es el capitalismo moderno; el desarrollo del capitalismo es inevitable y progresivo; por tanto, el imperialismo es progresivo; por tanto, ¡hay que postrarse ante el imperialismo y glorificarlo! Algo parecido a la caricatura que los populistas pintaban contra los marxistas rusos en 1894-1895: que si los marxistas consideraban el capitalismo en Rusia inevitable y progresivo, entonces debían abrir una taberna y dedicarse a implantar el capitalismo. Kautsky objeta a Cunow: no, el imperialismo no es el capitalismo moderno, sino solo una de las formas de la política del capitalismo moderno, y podemos y debemos luchar contra esta política, luchar contra el imperialismo, contra las anexiones, etc.

La objeción parece completamente plausible, pero en realidad equivale a una prédica más sutil, más encubierta (y por tanto más peligrosa) de conciliación con el imperialismo, pues la «lucha» contra la política de los trusts y de los bancos, sin tocar las bases de la economía de los trusts y los bancos, se reduce al reformismo burgués y al pacifismo, a buenos e inocentes buenos deseos. Desentenderse de las contradicciones existentes, olvidar las más importantes de ellas, en lugar de descubrir toda la profundidad de las contradicciones: tal es la teoría de Kautsky, que nada tiene en común con el marxismo. ¡Y es comprensible que semejante «teoría» sirva solo para defender la idea de la unidad con los Cunow!

«Desde un punto de vista puramente económico —escribe Kautsky—, no es imposible que el capitalismo atraviese aún una nueva fase, la extensión de la política de los cárteles a la política exterior, la fase del ultraimperialismo»[159], es decir, del superimperialismo, de la unificación de los imperialismos de todo el mundo y no de su lucha, la fase del cese de las guerras bajo el capitalismo, la fase de «la explotación general del mundo por el capital financiero unido internacionalmente»[160].

Sobre esta «teoría del ultraimperialismo» tendremos que detenernos más abajo, para mostrar detalladamente hasta qué punto rompe de manera decidida e irrevocable con el marxismo. Por ahora debemos, conforme al plan general del presente esbozo, examinar los datos económicos exactos relativos a esta cuestión. «Desde un punto de vista puramente económico», ¿es posible el «ultraimperialismo» o es esto un ultradisparate?

Si se entiende por punto de vista puramente económico una abstracción «pura», entonces todo lo que se puede decir se reduce a la proposición: el desarrollo avanza hacia los monopolios, por consiguiente, hacia un monopolio mundial único, hacia un trust mundial único. Esto es indiscutible, pero también es completamente vacuo, algo así como señalar que «el desarrollo avanza» hacia la producción de alimentos en los laboratorios. En este sentido, la «teoría» del ultraimperialismo es un disparate semejante a lo que sería una «teoría de la ultraagricultura».

Pero si se habla de las condiciones «puramente económicas» de la época del capital financiero como de una época histórico-concreta, que se refiere a comienzos del siglo XX, entonces la mejor respuesta a las muertas abstracciones del «ultraimperialismo» (que sirven exclusivamente a un fin reaccionario: distraer la atención de la profundidad de las contradicciones existentes) es oponerles la realidad económico-concreta de la economía mundial contemporánea. Las charlas huecas de Kautsky sobre el ultraimperialismo alientan, entre otras cosas, la idea, profundamente errónea y que lleva agua al molino de los apologistas del imperialismo, de que la dominación del capital financiero debilita la desigualdad y las contradicciones dentro de la economía mundial, cuando en realidad las agudiza{149}.

R. Calwer, en su pequeño libro «Introducción a la economía mundial»[161], intentó resumir los principales datos puramente económicos que permiten representar concretamente las interrelaciones dentro de la economía mundial en el límite entre los siglos XIX y XX. Divide el mundo entero en 5 «grandes regiones económicas»: 1) centroeuropea (toda Europa excepto Rusia e Inglaterra); 2) británica; 3) rusa; 4) de Asia oriental y 5) americana, incluyendo las colonias en las «regiones» de los Estados a que pertenecen, y «dejando a un lado» los pocos países no distribuidos por regiones, por ejemplo, Persia, Afganistán, Arabia en Asia, Marruecos y Abisinia en África, etc.

He aquí, en forma resumida, los datos económicos que él presenta sobre estas regiones:

*Entre paréntesis, superficie y población de las colonias.

Vemos tres regiones con capitalismo altamente desarrollado (fuerte desarrollo tanto de las vías de comunicación como del comercio y de la industria): la centroeuropea, la británica y la americana. Entre ellas, tres Estados que dominan el mundo: Alemania, Inglaterra, los Estados Unidos. La rivalidad imperialista entre ellos y la lucha están agudizadas en extremo por el hecho de que Alemania tiene un área insignificante y pocas colonias; la creación de «Europa Central» está todavía en el futuro, y nace en una lucha desesperada. Por ahora, el signo de toda Europa es la fragmentación política. En las regiones británica y americana hay, por el contrario, una concentración política muy elevada, pero una desproporción enorme entre las innumerables colonias de la primera y las insignificantes de la segunda. Y en las colonias el capitalismo apenas comienza a desarrollarse. La lucha por América del Sur se agudiza cada vez más.

Dos regiones, la rusa y la de Asia oriental, son de débil desarrollo del capitalismo. En la primera, la densidad de población es sumamente débil; en la segunda, sumamente alta; en la primera, la concentración política es grande; en la segunda, está ausente. China apenas acaba de empezar a ser repartida, y la lucha por ella entre Japón, los Estados Unidos, etc., se agudiza cada vez más.

Comparad con esta realidad —con la gigantesca diversidad de condiciones económicas y políticas, con la desproporción extrema en la rapidez de crecimiento de los distintos países, etc., con la lucha furibunda entre los Estados imperialistas— la tontorrona fábula de Kautsky acerca del «pacífico» ultraimperialismo. ¿No es esto un intento reaccionario del pequeño burgués atemorizado por ocultarse de la amenazante realidad? ¿Acaso los cárteles internacionales, que a Kautsky le parecen embriones del «ultraimperialismo» (del mismo modo que la producción de pastillas en un laboratorio «se puede» declarar embrión de la ultraagricultura), no nos muestran un ejemplo de reparto y nuevo reparto del mundo, de tránsito del reparto pacífico al no pacífico y viceversa? ¿Acaso el capital financiero norteamericano y el de otros países, que se habían repartido pacíficamente todo el mundo, con la participación de Alemania, digamos, en el sindicato internacional de raíles o en el trust internacional de la navegación mercante, no proceden ahora a un nuevo reparto del mundo sobre la base de nuevas relaciones de fuerza, que cambian por un camino completamente no pacífico?

El capital financiero y los trusts no debilitan, sino que refuerzan las diferencias entre la rapidez de crecimiento de las distintas partes de la economía mundial. Y una vez que las relaciones de fuerza han cambiado, ¿en qué puede consistir, bajo el capitalismo, la resolución de la contradicción, sino en la fuerza? Disponemos de datos extraordinariamente exactos sobre la diferente rapidez de crecimiento del capitalismo y del capital financiero en toda la economía mundial en las estadísticas de los ferrocarriles[162]. En los últimos decenios del desarrollo imperialista, la longitud de las líneas férreas ha variado así:

El desarrollo más rápido de los ferrocarriles, por consiguiente, tuvo lugar en las colonias y en los Estados independientes (y semiindependientes) de Asia y América. Es sabido que el capital financiero de 4-5 grandísimos Estados capitalistas impera y gobierna aquí por completo. Doscientos mil kilómetros de nuevos ferrocarriles en las colonias y en otros países de Asia y América significan más de 40 mil millones de marcos de nueva colocación de capital en condiciones particularmente ventajosas, con garantías especiales de rentabilidad, con lucrativos pedidos para las acerías, etc., etc.

Con la mayor rapidez crece el capitalismo en las colonias y en los países de ultramar. Entre ellos aparecen nuevas potencias imperialistas (Japón). La lucha de los imperialismos mundiales se agudiza. Crece el tributo que el capital financiero cobra de las empresas coloniales y de ultramar particularmente rentables. En el reparto de este «botín», una parte excepcionalmente alta va a parar a manos de países que no siempre ocupan el primer lugar por la rapidez de desarrollo de las fuerzas productivas. En las potencias más grandes, tomadas junto con sus colonias, la longitud de los ferrocarriles era:

Así, pues, cerca del 80% de toda la cantidad de ferrocarriles se concentra en las 5 potencias más grandes. Pero la concentración de la propiedad sobre estos ferrocarriles, la concentración del capital financiero es aún inconmensurablemente más considerable, pues a los millonarios ingleses y franceses, por ejemplo, pertenece una masa gigantesca de acciones y obligaciones de los ferrocarriles americanos, rusos y de otros países.

Gracias a sus colonias, Inglaterra aumentó «su» red ferroviaria en 100 mil kilómetros, cuatro veces más que Alemania. Mientras tanto, es notorio que el desarrollo de las fuerzas productivas de Alemania durante este tiempo, y particularmente el desarrollo de la producción carbonífera y siderúrgica, avanzó incomparablemente más rápido que en Inglaterra, sin hablar ya de Francia y Rusia. En 1892, Alemania producía 4,9 millones de toneladas de hierro, frente a 6,8 en Inglaterra; ¡y en 1912, ya 17,6 frente a 9,0, es decir, una ventaja gigantesca sobre Inglaterra![163] Preguntémonos: sobre la base del capitalismo, ¿qué otro medio podría haber, fuera de la guerra, para eliminar la desproporción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la acumulación de capital, por un lado, y el reparto de las colonias y de las «esferas de influencia» para el capital financiero, por el otro?