Nosotros afirmábamos que sería una traición al socialismo renunciar a la realización de la autodeterminación de las naciones bajo el socialismo. Se nos responde: «el derecho de autodeterminación no es aplicable a la sociedad socialista». La divergencia es de raíz. ¿Cuál es su origen?

«Sabemos —objetan nuestros oponentes— que el socialismo suprimirá toda opresión nacional, pues suprime los intereses de clase que a ella conducen...». ¡Pero esta reflexión sobre las premisas económicas de la supresión de la opresión nacional, que son conocidas desde hace mucho tiempo y son indiscutibles, se plantea cuando la disputa versa sobre una de las formas de opresión política, a saber: el mantenimiento forzoso de una nación dentro de las fronteras del Estado de otra nación! ¡Esto no es más que un intento de eludir las cuestiones políticas! Y las reflexiones ulteriores nos convencen aún más de esta apreciación:

«No tenemos ningún fundamento para suponer que en la sociedad socialista la nación tendrá el carácter de una unidad económico-política. Con toda probabilidad, tendrá únicamente el carácter de una unidad cultural y lingüística, ya que la división territorial del ámbito cultural socialista, en la medida en que exista, sólo podrá hacerse según las necesidades de la producción; y la decisión sobre esta división, naturalmente, no deberá corresponder a cada nación por separado, poseyendo ésta la plenitud del poder propio (como lo exige el “derecho de autodeterminación”), sino que deberá ser determinada conjuntamente por todos los ciudadanos interesados...»

Este último argumento, el de la determinación conjunta en lugar de la autodeterminación, gusta tanto a los camaradas polacos que ¡lo repiten tres veces en sus tesis! Pero la frecuencia de la repetición no convierte este argumento octubrista y reaccionario en socialdemócrata. Pues todos los reaccionarios y burgueses conceden a las naciones mantenidas por la fuerza dentro de las fronteras de un Estado dado el derecho de «determinar conjuntamente» sus destinos en el parlamento común. Guillermo II también concede a los belgas el derecho de «determinar conjuntamente» en el parlamento común alemán los destinos del imperio alemán.

Precisamente aquello que es objeto de controversia —es decir, lo que exclusivamente se ha puesto a discusión, el derecho de separación— es lo que nuestros oponentes se esfuerzan en eludir. ¡Sería risible si no fuera tan triste!

En nuestra primera tesis decimos que la liberación de las naciones oprimidas presupone, en el terreno político, una doble transformación: 1) la plena igualdad de derechos de las naciones. Sobre esto no hay discusión, y se refiere únicamente a lo que ocurre dentro del Estado; 2) la libertad de separación política[4]. Esto se refiere a la determinación de las fronteras del Estado. Sólo esto es objeto de controversia. Y precisamente sobre esto callan nuestros oponentes. Ni sobre las fronteras del Estado, ni siquiera sobre el Estado en general, desean pensar. Es una especie de «economismo imperialista», semejante al viejo «economismo» de 1894-1902, que razonaba: el capitalismo ha triunfado, por tanto las cuestiones políticas no sirven para nada{16}. ¡El imperialismo ha triunfado, por tanto las cuestiones políticas no sirven para nada! Semejante teoría apolítica es enemiga de raíz del marxismo.

Marx escribía en la crítica del Programa de Gotha: «Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado»{17}. Hasta ahora esta verdad era indiscutible para los socialistas, y en ella se encierra el reconocimiento del Estado hasta la transformación del socialismo triunfante en comunismo pleno. Es conocida la sentencia de Engels sobre la extinción del Estado. Hemos subrayado adrede en la primera tesis que la democracia es una forma de Estado que también se extinguirá cuando se extinga el Estado. Y mientras nuestros oponentes no hayan sustituido el marxismo por un nuevo punto de vista «aestatal», sus razonamientos son un error de cabo a rabo.

¡En lugar de hablar del Estado (y por tanto, de la determinación de sus fronteras!), hablan del «ámbito cultural socialista», es decir, eligen adrede una expresión indeterminada a este respecto, con lo que ¡todas las cuestiones estatales quedan borradas! Resulta una tautología ridícula: por supuesto, si no hay Estado, tampoco hay cuestión sobre sus fronteras. Entonces tampoco hace falta todo el programa democrático-político. Tampoco habrá república cuando el Estado «se extinga».

Los viejos «economistas», al convertir el marxismo en una caricatura, enseñaban a los obreros que para los marxistas sólo lo «económico» es «importante». Los nuevos «economistas» piensan, o bien que el Estado democrático del socialismo triunfante existirá sin fronteras (algo así como un «complejo de sensaciones» sin materia), o bien que las fronteras se determinarán «sólo» según las necesidades de la producción. En realidad, estas fronteras se determinarán democráticamente, es decir, de acuerdo con la voluntad y las «simpatías» de la población. El capitalismo violenta estas simpatías y con ello añade nuevas dificultades a la causa del acercamiento de las naciones. El socialismo, al organizar la producción sin opresión de clase, al asegurar el bienestar a todos los miembros del Estado, da con ello plena libertad a las «simpatías» de la población y precisamente por eso facilita y acelera gigantescamente el acercamiento y la fusión de las naciones.

Para que el lector descanse un poco del pesado y torpe «economismo», citemos la reflexión de un escritor socialista ajeno a nuestra disputa. Este escritor es Otto Bauer, que tiene también su «idea fija», la «autonomía cultural-nacional»{19}, pero que razona muy acertadamente sobre toda una serie de cuestiones importantísimas. Por ejemplo, en el § 29 de su libro «La cuestión nacional y la socialdemocracia» señaló de manera sumamente acertada el encubrimiento de la política imperialista mediante la ideología nacional. En el § 30 «Socialismo y principio de nacionalidad» dice:

«Nunca la comunidad socialista estará en condiciones de incluir por la fuerza en su seno a naciones enteras. Imagínense ustedes masas populares que poseen todos los bienes de la cultura nacional, que participan plena y activamente en la legislación y en la administración, y que, finalmente, están provistas de armas: ¿sería posible someter por la fuerza a semejantes naciones al dominio de un organismo social extraño? Todo poder estatal descansa en la fuerza de las armas. El actual ejército popular, gracias a un artificioso mecanismo, sigue siendo un instrumento en manos de una persona determinada, de una familia, de una clase, exactamente igual que las huestes de caballeros y mercenarios de tiempos pasados. En cambio, el ejército de la comunidad democrática de la sociedad socialista no es otra cosa que el pueblo armado, ya que se compone de hombres de elevada cultura, que trabajan sin coacción en los talleres colectivos y que participan plenamente en todas las esferas de la vida estatal. En tales condiciones, desaparece toda posibilidad de dominación de una nación extraña.»

Esto es acertado. Bajo el capitalismo es imposible suprimir la opresión nacional (y política en general). Para ello es necesario suprimir las clases, es decir, implantar el socialismo. Pero, basándose en la economía, el socialismo no se reduce en modo alguno a ella. Para eliminar la opresión nacional es necesario un fundamento —la producción socialista—, pero sobre este fundamento se necesita además una organización democrática del Estado, un ejército democrático, etc. Al transformar el capitalismo en socialismo, el proletariado crea la posibilidad de la supresión completa de la opresión nacional; esta posibilidad se convertirá en realidad «sólo» —¡«sólo»!— con la realización plena de la democracia en todas las esferas, hasta la determinación de las fronteras del Estado de acuerdo con las «simpatías» de la población, hasta la plena libertad de separación. Sobre esta base, a su vez, se desarrollará prácticamente la eliminación absoluta de los más mínimos roces nacionales, de la más mínima desconfianza nacional, se creará un acelerado acercamiento y fusión de las naciones, que culminará con la extinción del Estado. He aquí la teoría del marxismo, de la cual se han apartado erróneamente nuestros colegas polacos.