Noruega «realizó» en 1905, en la era del imperialismo más desenfrenado, el derecho de autodeterminación, que se consideraba supuestamente irrealizable. Por eso, hablar de su «irrealizabilidad» no sólo es teóricamente absurdo, sino también ridículo.

P. Kievski quiere refutar esto, llamándonos airadamente «racionalistas» (¿a qué viene esto? El racionalista se limita a razonar, y además de un modo abstracto, ¡mientras que nosotros hemos señalado un hecho de lo más concreto! ¿No estará utilizando P. Kievski el vocablo extranjero «racionalista» con el mismo... ¿cómo decirlo suavemente?... con el mismo «acierto» con que al comienzo de su artículo empleó la palabra «extractivo», al presentar sus consideraciones «en forma extractiva»?).

P. Kievski nos reprocha que para nosotros «lo importante es la apariencia de los fenómenos y no su verdadera esencia». Examinemos, pues, la verdadera esencia.

La refutación comienza con un ejemplo: el hecho de promulgar una ley contra los trusts no demuestra que sea irrealizable la prohibición de los trusts. Es justo. Sólo que el ejemplo es desafortunado, porque habla en contra de P. Kievski. La ley es una medida política, es política. Con ninguna medida política se puede prohibir la economía. Con ninguna forma política de Polonia, ya sea parte de la Rusia zarista o de Alemania, o región autónoma, o Estado políticamente independiente, se puede ni prohibir ni suprimir su dependencia del capital financiero de las potencias imperialistas, ni la compra de acciones de sus empresas por ese capital.

La independencia de Noruega «se realizó» en 1905 sólo en el aspecto político. No pretendía ni podía afectar la dependencia económica. Precisamente de eso hablan nuestras tesis. Nosotros señalábamos concretamente que la autodeterminación concierne únicamente a la política, y por eso es erróneo incluso plantear la cuestión de su imposibilidad económica. ¡Y P. Kievski nos «refuta» presentando un ejemplo de la impotencia de las prohibiciones políticas contra la economía! ¡Buena «refutación»!

A continuación.

«Uno, o incluso muchos ejemplos de la victoria de pequeñas empresas sobre las grandes no bastan para refutar la tesis correcta de Marx de que el curso general del desarrollo capitalista va acompañado de la concentración y la centralización de la producción.»

Este argumento consiste de nuevo en un ejemplo desafortunado, que se elige para desviar la atención (del lector y del autor) de la verdadera esencia de la polémica.

Nuestra tesis afirma que es incorrecto hablar de la irrealizabilidad económica de la autodeterminación en el mismo sentido en que son irrealizables los bonos de trabajo bajo el capitalismo. No puede haber ni un solo «ejemplo» de tal realizabilidad. P. Kievski, en silencio, reconoce nuestra razón en este punto, ya que pasa a una interpretación diferente de la «irrealizabilidad».

¿Por qué no lo hace directamente? ¿Por qué no formula abierta y precisamente su tesis: «la autodeterminación, siendo irrealizable en el sentido de su posibilidad económica bajo el capitalismo, contradice el desarrollo y por eso es reaccionaria o no es más que una excepción»?

Porque la formulación abierta de la contra-tesis desenmascararía de inmediato al autor, y él tiene que ocultarse.

La ley de la concentración económica, de la victoria de la gran producción sobre la pequeña, ha sido reconocida tanto por nuestro programa como por el de Erfurt. P. Kievski oculta el hecho de que en ninguna parte se ha reconocido una ley de concentración política o estatal. Si es la misma ley o también una ley, ¿por qué P. Kievski no la expone ni propone completar nuestro programa? ¿Es justo por su parte dejarnos con un programa malo, incompleto, cuando él ha descubierto esta nueva ley de la concentración estatal, una ley que tiene importancia práctica, porque libraría a nuestro programa de conclusiones erróneas?

P. Kievski no da ninguna formulación de la ley, no propone completar nuestro programa, porque percibe confusamente que entonces se convertiría en ridículo. ¡Todos se reirían a carcajadas del curioso «economismo imperialista» si este punto de vista saliera a flote, y en paralelo a la ley de la sustitución de la pequeña producción por la grande se expusiera una «ley» (en conexión con ella o junto a ella) de la sustitución de los pequeños Estados por los grandes!

Para esclarecer esto, nos limitaremos a una pregunta a P. Kievski: ¿por qué los economistas sin comillas no hablan de la «desintegración» de los trusts modernos o de los grandes bancos? ¿de la posibilidad de tal desintegración y de su realizabilidad? ¿por qué incluso el «economista imperialista» con comillas se ve obligado a reconocer la posibilidad y realizabilidad de la desintegración de los grandes Estados, y no sólo de la desintegración en general, sino, por ejemplo, de la separación de las «pequeñas nacionalidades» (¡fíjese en esto!) de Rusia (párrafo d del capítulo 2 del artículo de P. Kievski)?

Finalmente, para explicar de un modo aún más patente hasta dónde llega nuestro autor, y para prevenirle, señalemos lo siguiente: la ley de la sustitución de la pequeña producción por la grande la exponemos todos abiertamente y nadie teme calificar algunos «ejemplos» de «victoria de las pequeñas empresas sobre las grandes» como un fenómeno reaccionario. A calificar de reaccionaria la separación de Noruega de Suecia no se ha atrevido hasta ahora ninguno de los adversarios de la autodeterminación, aunque nosotros planteamos este problema en la literatura ya desde 1914[28].

La gran producción es irrealizable si se conservan, por ejemplo, los telares manuales; la idea de la «desintegración» de la fábrica mecánica en talleres manuales es completamente absurda. La tendencia imperialista hacia los grandes imperios es plenamente realizable y en la práctica se realiza con frecuencia bajo la forma de una alianza imperialista de Estados independientes en el sentido político de la palabra. Tal alianza es posible y se observa no sólo en la forma de una fusión económica de los capitales financieros de dos países, sino también bajo la forma de «colaboración» militar en la guerra imperialista. La lucha nacional, la insurrección nacional, la separación nacional son plenamente «realizables» y se observan en la práctica bajo el imperialismo, incluso se intensifican, porque el imperialismo no detiene el desarrollo del capitalismo ni el crecimiento de las tendencias democráticas en la masa de la población, sino que agudiza el antagonismo entre esas aspiraciones democráticas y la tendencia antidemocrática de los trusts.

Sólo desde el punto de vista del «economismo imperialista», es decir, de un marxismo caricaturesco, se puede ignorar, por ejemplo, el siguiente fenómeno peculiar de la política imperialista: por un lado, la actual guerra imperialista nos muestra ejemplos de cómo se logra arrastrar a un pequeño Estado políticamente independiente, mediante la fuerza de los vínculos financieros y los intereses económicos, a la lucha entre las grandes potencias (Inglaterra y Portugal). Por otro lado, la infracción del democratismo respecto a las pequeñas naciones, mucho más impotentes (tanto económica como políticamente) frente a sus «protectores» imperialistas, provoca ya la insurrección (Irlanda), ya el paso de regimientos enteros al lado del enemigo (los checos). En semejante situación no sólo es «realizable» desde el punto de vista del capital financiero, sino que a veces es directamente ventajoso para los trusts, para su política imperialista, para su guerra imperialista, conceder la mayor libertad democrática posible, hasta la independencia estatal, a determinadas pequeñas naciones, para no correr el riesgo de estropear «sus» operaciones militares. Olvidar la peculiaridad de las correlaciones políticas y estratégicas y repetir, venga o no a cuento, únicamente un vocablo aprendido: «imperialismo», eso no es marxismo en absoluto.

Sobre Noruega, P. Kievski nos comunica, en primer lugar, que «siempre fue un Estado independiente». Eso no es cierto, y semejante inexactitud no puede explicarse de otro modo que por la negligencia de tipo bursátil del autor y su falta de atención a los problemas políticos. Noruega no fue un Estado independiente antes de 1905, sólo gozaba de una autonomía extraordinariamente amplia. Suecia reconoció la independencia estatal de Noruega únicamente después de que Noruega se separara de ella. Si Noruega «siempre hubiera sido un Estado independiente», el gobierno sueco no habría podido comunicar a las potencias extranjeras el 26 de octubre de 1905 que ahora reconocía a Noruega como país independiente.

En segundo lugar, P. Kievski aduce una serie de citas para demostrar que Noruega miraba a Occidente y Suecia a Oriente, que en una «operaba» preferentemente el capital financiero inglés, en la otra el alemán, etc. De aquí se extrae la solemne conclusión: «este ejemplo» (de Noruega) «encaja por completo en nuestros esquemas».

¡He aquí una muestra de la lógica del «economismo imperialista»! En nuestras tesis se dice que el capital financiero puede dominar en «cualquier» país, «aunque sea independiente», y que por eso todos los razonamientos sobre la «irrealizabilidad» de la autodeterminación desde el punto de vista del capital financiero son una total confusión. ¡¡Nos presentan datos que confirman nuestra posición sobre el papel del capital financiero extranjero en Noruega tanto antes como después de la separación, y lo hacen como si eso nos refutara!!

Hablar del capital financiero y, sobre esta base, olvidar los problemas políticos, ¿acaso eso significa razonar sobre política?

No. De los errores lógicos del «economismo» no han desaparecido los problemas políticos. En Noruega «operaba» el capital financiero inglés tanto antes como después de la separación. En Polonia «operaba» el capital financiero alemán antes de su separación de Rusia, y seguirá «operando» bajo cualquier situación política de Polonia. Esto es tan elemental que resulta embarazoso repetirlo, pero ¿qué hacer si se olvidan los rudimentos?

¿Desaparece por ello el problema político del estatus de Noruega? ¿de su pertenencia a Suecia? ¿de la conducta de los obreros cuando se planteó la cuestión de la separación?

P. Kievski ha esquivado estos problemas, porque golpean dolorosamente a los «economistas». Pero en la vida esos problemas se plantearon y se plantean. En la vida se planteó el problema: ¿puede ser socialdemócrata un obrero sueco que no reconoce el derecho de Noruega a la separación? No puede.

Los aristócratas suecos estaban a favor de la guerra contra Noruega, y también los curas. Este hecho no ha desaparecido porque P. Kievski «se haya olvidado» de leer sobre él en las historias del pueblo noruego. El obrero sueco podía, siendo socialdemócrata, aconsejar a los noruegos que votaran contra la separación (el referéndum popular en Noruega sobre la separación se celebró el 13 de agosto de 1905 y dio 368.200 votos a favor de la separación y 184 en contra, participando en la votación alrededor del 80% de los que tenían derecho a voto). Pero el obrero sueco que, al igual que la aristocracia y la burguesía suecas, negara el derecho de los noruegos a decidir ese asunto por sí mismos, sin los suecos, independientemente de su voluntad, sería un socialchovinista y un canalla intolerable en el partido socialdemócrata.

He aquí en qué consiste la aplicación del parágrafo 9 de nuestro programa del partido, por encima del cual ha intentado saltar nuestro «economista imperialista». ¡No saltarán, señores, sin caer en brazos del chovinismo!

¿Y el obrero noruego? ¿Estaba obligado, desde el punto de vista del internacionalismo, a votar por la separación? En absoluto. Podía, siendo socialdemócrata, votar en contra. Sólo hubiera faltado a su deber como miembro del partido socialdemócrata si hubiera tendido la mano fraternal a un obrero sueco de la banda negra que se hubiera pronunciado contra la libertad de separación de Noruega.

Esta diferencia elemental en la situación del obrero noruego y del sueco es lo que ciertas personas no quieren ver. Pero se desenmascaran a sí mismas cuando eluden este problema político, el más concreto de los concretos, que les planteamos directamente. Callan, dan evasivas y con ello ceden la posición.

Para demostrar que la cuestión «noruega» puede plantearse en Rusia, hemos formulado adrede la tesis: bajo condiciones de carácter puramente militar y estratégico es perfectamente realizable también ahora un Estado polaco independiente. P. Kievski quiere «disputar», ¡y calla!

Añadamos: también Finlandia, por consideraciones puramente militares y estratégicas, en cierto desenlace de la actual guerra imperialista (por ejemplo, si Suecia se une a los alemanes y éstos obtienen una media victoria) puede perfectamente convertirse en un Estado separado, sin menoscabar la «realizabilidad» de ninguna operación del capital financiero, sin hacer «irrealizable» la compra de acciones de los ferrocarriles finlandeses y de otras empresas[29].

P. Kievski se salva de los problemas políticos que le son desagradables al amparo de una magnífica frase, notablemente característica de todo su «razonamiento»: ... «Cada minuto»... (literalmente así está al final del parágrafo en el capítulo I) ... «la espada de Damocles puede caer y poner fin a la existencia del taller 'independiente'» (una «alusión» a las pequeñas Suecia y Noruega).

He aquí, al parecer, el auténtico marxismo: apenas unos 10 años existe el Estado noruego separado, la separación del cual respecto a Suecia fue calificada por el gobierno sueco de «medida revolucionaria». Pero ¿vale la pena que analicemos los problemas políticos que de ello se derivan, si hemos leído «El capital financiero» de Hilferding y lo hemos «comprendido» de tal modo que «cada minuto» — ¡si se corta, que sea a fondo!— el pequeño Estado puede desaparecer? ¿Vale la pena prestar atención a que hemos tergiversado el marxismo en «economismo» y convertido nuestra política en un refrito de los discursos de los auténticos chovinistas rusos?

¡Cuán equivocados estaban, sin duda, los obreros rusos en 1905 al luchar por la república: pues el capital financiero ya se había movilizado contra ella tanto en Francia como en Inglaterra, etc., y «cada minuto» podría haberla segado con la «espada de Damocles» si hubiera surgido!

«La exigencia de la autodeterminación nacional no es... utópica en el programa mínimo: no contradice el desarrollo social, en la medida en que su realización no detendría ese desarrollo.» Esta cita de Mártox es refutada por P. Kievski en el mismo parágrafo de su artículo donde ha presentado las «citas» sobre Noruega, que demuestran una y otra vez el hecho archisabido de que ni el desarrollo en general, ni el crecimiento de las operaciones del capital financiero en particular, ni la compra de Noruega por los ingleses, fueron detenidos por la «autodeterminación» y la separación de Noruega.

Entre nosotros ha habido más de una vez bolcheviques, por ejemplo Alexinski en 1908-1910, que discutían con Mártox justamente cuando Mártox tenía razón. ¡Dios nos libre de semejantes «aliados»!