Acusándonos de «interpretación dualista de la reivindicación», P. Kievski escribe:

«La acción monista de la Internacional se sustituye por la propaganda dualista».

Esto suena muy marxista, materialista: la acción, que es unitaria, se contrapone a la propaganda, que es «dualista». Lamentablemente, si se mira más de cerca, debemos decir que se trata de un «monismo» verbal similar al «monismo» de Dühring. «Por el hecho de incluir un cepillo de zapatos en la misma categoría que los mamíferos —escribió Engels contra el «monismo» de Dühring—, no le crecerán glándulas mamarias»{46}.

Esto significa que sólo se puede declarar «uno» lo que es uno en la realidad objetiva: cosas, propiedades, fenómenos, acciones. ¡Nuestro autor ha olvidado precisamente esta «pequeñez»!

Él ve nuestro «dualismo», en primer lugar, en el hecho de que a los obreros de las naciones oprimidas no les exigimos, en primera instancia —se trata únicamente de la cuestión nacional— lo mismo que exigimos a los obreros de las naciones opresoras.

Para comprobar si el «monismo» de P. Kievski no es aquí un «monismo» al estilo de Dühring, hay que ver cómo están las cosas en la realidad objetiva.

¿Es acaso idéntica la situación real de los obreros en las naciones opresoras y en las oprimidas desde el punto de vista de la cuestión nacional?

No, no es idéntica.

(1) La diferencia económica consiste en que sectores de la clase obrera de los países opresores gozan de las migajas de la superganancia que obtienen los burgueses de las naciones opresoras, desollando siempre por partida doble a los obreros de las naciones oprimidas. Los datos económicos demuestran, además, que entre los obreros de las naciones opresoras un porcentaje mayor se convierte en «aristocracia obrera» —asciende a la aristocracia de la clase obrera—[30] que entre los obreros de las naciones oprimidas. Es un hecho. Los obreros de la nación opresora participan, hasta cierto punto, con su burguesía en el despojo que ésta realiza contra los obreros (y la masa de la población) de la nación oprimida.

(2) La diferencia política consiste en que los obreros de las naciones opresoras ocupan una posición privilegiada, en toda una serie de esferas de la vida política, en comparación con los obreros de la nación oprimida.

(3) La diferencia ideológica o espiritual consiste en que los obreros de las naciones opresoras son siempre educados, tanto en la escuela como en la vida, en un espíritu de desprecio o menosprecio hacia los obreros de las naciones oprimidas. Por ejemplo, todo gran ruso que se haya educado o vivido entre grandes rusos lo ha experimentado.

Así pues, en la realidad objetiva, la diferencia, es decir, el «dualismo», existe en toda la línea en el mundo objetivo, independientemente de la voluntad y la conciencia de los individuos.

Entonces, ¿cómo calificar las palabras de P. Kievski sobre la «acción monista de la Internacional»?

Esto es una frase hueca y sonora, nada más.

Para que la acción de la Internacional, compuesta en la vida real por obreros escindidos en pertenecientes a naciones opresoras y a naciones oprimidas, sea unitaria, es necesario no realizar una propaganda idéntica en ambos casos: ¡así es como hay que razonar desde el punto de vista del «monismo» real (y no del de Dühring), desde el punto de vista del materialismo de Marx!

¿Un ejemplo? Ya hemos puesto un ejemplo (en la prensa legal, ¡hace más de dos años!) respecto a Noruega, y nadie ha intentado refutarnos. La acción de los obreros noruegos y suecos fue, en este caso concreto y tomado de la vida real, «monista», unitaria, internacionalista, única y exclusivamente porque los obreros suecos defendieron incondicionalmente la libertad de separación de Noruega, mientras que los noruegos plantearon condicionalmente la cuestión de esta separación. Si los obreros suecos no hubieran defendido incondicionalmente la libertad de separación de los noruegos, habrían sido chovinistas, cómplices del chovinismo de los terratenientes suecos, que querían «retener» a Noruega por la fuerza, mediante la guerra. Si los obreros noruegos no hubieran planteado condicionalmente la cuestión de la separación, es decir, de tal manera que también los miembros del partido socialdemócrata pudieran votar y hacer propaganda contra la separación, los obreros noruegos habrían faltado a su deber de internacionalistas y habrían caído en un estrecho nacionalismo burgués noruego. ¿Por qué? ¡Porque la separación la realizaba la burguesía, y no el proletariado! ¡Porque la burguesía noruega (como cualquier otra) siempre intenta dividir a los obreros de su propio país y del «ajeno»! ¡Porque toda reivindicación democrática (incluida la autodeterminación) está subordinada, para los obreros conscientes, a los intereses superiores del socialismo. Si, por ejemplo, la separación de Noruega de Suecia hubiera significado con certeza o probabilidad una guerra entre Inglaterra y Alemania, los obreros noruegos habrían debido oponerse por esta razón a la separación. Y los obreros suecos habrían tenido el derecho y la posibilidad, sin dejar de ser socialistas, de hacer agitación en tal caso contra la separación, sólo si hubieran luchado sistemática, consecuente y constantemente contra el gobierno sueco por la libertad de separación de Noruega. De lo contrario, los obreros noruegos y el pueblo noruego no habrían creído, ni podido creer, en la sinceridad del consejo de los obreros suecos.

Toda la desgracia de los adversarios de la autodeterminación proviene de que se las arreglan con abstracciones muertas, temiendo analizar a fondo un solo ejemplo concreto de la vida real. Nuestra indicación concreta en las tesis de que un nuevo Estado polaco es plenamente «realizable» ahora, bajo una determinada combinación de condiciones exclusivamente militares y estratégicas[31], no ha sido objetada ni por los polacos ni por P. Kievski. Pero nadie ha querido reflexionar sobre lo que se desprende de este reconocimiento tácito de nuestra razón. Y de aquí se desprende claramente que la propaganda de los internacionalistas no puede ser idéntica entre los rusos y entre los polacos, si quiere educar a unos y otros para la «acción unitaria». El obrero gran ruso (y el alemán) está obligado a defender incondicionalmente la libertad de separación de Polonia, pues de lo contrario sería, de hecho, en la actualidad, un lacayo de Nicolás II o de Hindenburg. El obrero polaco podría defender la separación sólo condicionalmente, porque especular (como los fraques) con la victoria de una u otra burguesía imperialista significa convertirse en su lacayo. No comprender esta diferencia, que es la condición de la «acción monista» de la Internacional, equivale a no comprender por qué, para una «acción monista» contra el ejército zarista, pongamos por caso cerca de Moscú, las tropas revolucionarias de Nizhni tendrían que marchar hacia el oeste, y las de Smolensk hacia el este.

En segundo lugar, nuestro nuevo partidario del monismo dühringiano nos reprocha no preocuparnos por «la más estrecha cohesión organizativa de las diversas secciones nacionales de la Internacional» durante la revolución social.

Bajo el socialismo, la autodeterminación desaparece —escribe P. Kievski—, porque entonces desaparece el Estado. ¡Esto se escribe como si fuera para refutarnos! Pero en nuestras tesis, en tres líneas —las tres últimas líneas del primer párrafo—, se dice con precisión y claridad que «la democracia es también una forma de Estado que debe desaparecer cuando desaparezca el Estado»[32]. ¡Precisamente esta verdad la repite P. Kievski —por supuesto, «para refutarnos»!— a lo largo de varias páginas de su parágrafo c (capítulo I), y además la repite tergiversándola. «Nosotros concebimos —escribe— y siempre hemos concebido el régimen socialista como un sistema económico estrictamente democrático (!!?) centralizado, en el cual el Estado, como aparato de dominación de una parte de la población sobre otra, desaparece». Esto es una confusión, pues la democracia es también dominación de «una parte de la población sobre otra», es también un Estado. En qué consiste la extinción del Estado después de la victoria del socialismo y cuáles son las condiciones de este proceso, el autor claramente no lo ha comprendido.

Pero lo principal son sus «objeciones» referentes a la época de la revolución social. Tras insultarnos con la palabra terriblemente horrible de «talmudistas de la autodeterminación», el autor dice: «Este proceso (la revolución social) lo concebimos como la acción unificada de los proletarios de todos (!!) los países, que destruyen las fronteras del Estado burgués (!!), derriban los postes fronterizos» (¿independientemente de la «destrucción de las fronteras»?), «hacen estallar (!!) la comunidad nacional y establecen la comunidad de clase». Dicho sea sin enfado para el severo juez de los «talmudistas»: aquí hay muchas frases y no se ve en absoluto el «pensamiento».

La revolución social no puede ser una acción unificada de los proletarios de todos los países por la sencilla razón de que la mayoría de los países y la mayoría de la población del mundo se hallan todavía, hasta ahora, ni siquiera en la fase capitalista de desarrollo, o apenas en sus comienzos. De esto hablamos en el § 6 de nuestras tesis[33], y P. Kievski, simplemente por falta de atención o por incapacidad de pensar, «no observó» que este párrafo no fue puesto por nosotros en vano, sino precisamente para refutar las caricaturescas tergiversaciones del marxismo. Sólo los países avanzados de Occidente y Norteamérica han madurado para el socialismo, y en la carta de Engels a Kautsky («Sbornik Sotsial-Demokrata») P. Kievski puede leer una ilustración concreta de aquel «pensamiento» —real, y no sólo prometido— de que soñar con «la acción unificada de los proletarios de todos los países» significa aplazar el socialismo hasta las calendas griegas, es decir, hasta «nunca». El socialismo será realizado mediante acciones unificadas por los proletarios no de todos, sino de una minoría de países que han alcanzado la fase de desarrollo del capitalismo avanzado. Precisamente la incomprensión de esto ha provocado el error de P. Kievski. En estos países avanzados (Inglaterra, Francia, Alemania, etc.) la cuestión nacional está resuelta desde hace tiempo, la comunidad nacional ha caducado hace mucho, «las tareas nacionales generales» objetivamente no existen. Por eso, sólo en estos países es posible ahora «hacer estallar» la comunidad nacional y establecer la comunidad de clase.

Cosa distinta ocurre en los países no desarrollados, en aquellos países que nosotros distinguimos (en el § 6 de nuestras tesis) en la 2ª y 3ª rúbrica, es decir, en todo el este de Europa y en todas las colonias y semicolonias. Aquí hay todavía, por regla general, naciones oprimidas y no desarrolladas capitalísticamente. En tales naciones, objetivamente, existen aún tareas nacionales generales, a saber, tareas democráticas, tareas de derrocamiento del yugo nacional ajeno. Precisamente como ejemplo de tales naciones, Engels cita a la India, diciendo que puede hacer la revolución contra el socialismo victorioso, pues Engels estaba lejos de ese ridículo «economismo imperialista» que se imagina que el proletariado vencedor en los países avanzados suprimirá «por sí mismo», sin determinadas medidas democráticas, el yugo nacional en todas y cada una de las partes. El proletariado vencedor reorganizará aquellos países en los que haya vencido. Esto no puede hacerse de golpe, y tampoco se puede «vencer» a la burguesía de golpe. Lo subrayamos a propósito en nuestras tesis, y P. Kievski tampoco ha pensado por qué lo subrayamos en relación con la cuestión nacional.

Mientras el proletariado de los países avanzados derroca a la burguesía y repele sus intentos contrarrevolucionarios, las naciones no desarrolladas y oprimidas no esperan, no dejan de vivir, no desaparecen. Si aprovechan incluso una crisis de la burguesía imperialista tan pequeña, en comparación con la revolución social, como la guerra de 1915-1916, para insurrecciones (colonias, Irlanda), no cabe duda de que se aprovecharán aún más para las insurrecciones de la gran crisis de la guerra civil en los países avanzados.

La revolución social no puede producirse sino como una época que une la guerra civil del proletariado contra la burguesía en los países avanzados y toda una serie de movimientos democráticos y revolucionarios, incluidos los de liberación nacional, en las naciones no desarrolladas, atrasadas y oprimidas. ¿Por qué? Porque el capitalismo se desarrolla desigualmente, y la realidad objetiva nos muestra, junto a naciones capitalistas altamente desarrolladas, toda una serie de naciones muy poco desarrolladas o completamente subdesarrolladas en el aspecto económico. P. Kievski no ha pensado en absoluto las condiciones objetivas de la revolución social desde el punto de vista de la madurez económica de los diferentes países, y por eso su reproche de que «inventamos» dónde aplicar la autodeterminación se dirige, en verdad, contra un sano cargando al enfermo.

Con un celo digno de mejor causa, P. Kievski repite muchas veces citas de Marx y Engels sobre el tema de que «no debemos inventar salidas de la cabeza, sino descubrir por medio de la cabeza, en las condiciones materiales dadas», los medios para liberar a la humanidad de tales o cuales calamidades sociales. Al leer estas citas repetidas, no puedo dejar de recordar a los tristemente célebres «economistas», que con el mismo tedio… rumiaban su «nuevo descubrimiento» sobre la victoria del capitalismo en Rusia. P. Kievski quiere «fulminarnos» con estas citas, porque nosotros, según él, nos inventamos de la cabeza las condiciones de aplicación de la autodeterminación de las naciones en la época imperialista. Pero en el mismo P. Kievski leemos la siguiente «confesión imprudente»:

«El solo hecho de que estemos contra (énfasis del autor) la defensa de la patria, dice más claro que claro que resistiremos activamente toda represión de la insurrección nacional, porque de este modo lucharemos contra nuestro enemigo mortal: el imperialismo» (cap. II, § c del artículo de P. Kievski).

¡No se puede criticar a un autor conocido, no se le puede responder, si no se aduce íntegramente, al menos, las tesis principales de su artículo. Y en cuanto se aduce íntegramente una sola tesis de P. Kievski, siempre resulta que en cada frase suya hay 2 o 3 errores o descuidos que tergiversan el marxismo!

1) ¡P. Kievski no se ha dado cuenta de que la insurrección nacional es también «defensa de la patria»! Y, sin embargo, una pequeña reflexión convencerá a cualquiera de que es precisamente así, porque toda «nación insurgente» se «defiende» de la nación opresora, defiende su lengua, su tierra, su patria. Toda opresión nacional provoca la resistencia de las amplias masas del pueblo, y la tendencia de toda resistencia de la población nacionalmente oprimida es la insurrección nacional. Si observamos con frecuencia (especialmente en Austria y en Rusia) que la burguesía de las naciones oprimidas se limita a charlar sobre la insurrección nacional, pero de hecho entra en pactos reaccionarios con la burguesía de la nación opresora a espaldas de su propio pueblo y contra él, en tales casos la crítica de los marxistas revolucionarios debe dirigirse no contra el movimiento nacional, sino contra su empequeñecimiento, su vulgarización, su tergiversación en una mezquina riña. A propósito, muchísimos socialdemócratas austríacos y rusos olvidan esto y transforman su legítimo odio hacia las pequeñas, vulgares, miserables rencillas nacionales, como las disputas y peleas sobre en qué idioma debe figurar el nombre de la calle en la parte superior del letrero y en cuál en la inferior —su legítimo odio hacia esto— en la negación del apoyo a la lucha nacional. Nosotros no «apoyaremos» el juego de comedia republicana en un principado como Mónaco, ni las aventuras «republicanas» de «generales» en los pequeños Estados de América del Sur o de alguna isla del Pacífico, pero de aquí no se desprende que sea permisible olvidar la consigna de la república para los movimientos democráticos y socialistas serios. Nos burlamos y debemos burlarnos de las miserables rencillas nacionales y del mercantilismo nacional de las naciones en Rusia y Austria, pero de aquí no se desprende que sea permisible negar el apoyo a la insurrección nacional o a toda lucha seria, de todo el pueblo, contra la opresión nacional.

2) Si las insurrecciones nacionales son imposibles en la «época imperialista», P. Kievski no tiene derecho a hablar de ellas. Si son posibles, entonces todas sus infinitas frases sobre el «monismo», sobre que nosotros «inventamos» ejemplos de autodeterminación bajo el imperialismo, etc., etc., todo eso se hace añicos. P. Kievski se derrota a sí mismo. Si «nosotros» «resistimos activamente la represión» de la «insurrección nacional» —caso tomado como posible por el «mismo» P. Kievski—, ¿qué significa esto? Esto significa que la acción resulta doble, «dualista», si se emplea este término filosófico tan fuera de lugar como lo emplea nuestro autor: (a) en primer lugar, la «acción» del proletariado y del campesinado nacionalmente oprimidos, junto con la burguesía nacionalmente oprimida, contra la nación opresora; (b) en segundo lugar, la «acción» del proletariado, o de su parte consciente, en la nación opresora, contra la burguesía y todos los elementos de la nación opresora que la siguen. La infinidad de frases contra el «bloque nacional», las «ilusiones» nacionales, contra el «veneno» del nacionalismo, contra el «avivamiento del odio nacional» y demás —frases que ha proferido P. Kievski— han resultado ser pamplinas, porque, al aconsejar al proletariado de los países opresores (no olvidemos que el autor considera a este proletariado como una fuerza seria) «resistir activamente la represión de la insurrección nacional», el autor, con ello mismo, aviva el odio nacional, el autor, con ello mismo, apoya el «bloque con la burguesía» de los obreros de los países oprimidos.

3) Si son posibles las insurrecciones nacionales bajo el imperialismo, también son posibles las guerras nacionales. No hay ninguna diferencia seria, en el aspecto político, entre una y otra cosa. Los historiadores militares tienen toda la razón cuando incluyen también las insurrecciones entre las guerras. P. Kievski, sin pensarlo, se ha derrotado no sólo a sí mismo, sino también a Junius y al grupo «Internacional», que niegan la posibilidad de las guerras nacionales bajo el imperialismo. Y esta negación es la única fundamentación teórica concebible para la opinión que niega la autodeterminación de las naciones bajo el imperialismo.

4) Pues, ¿qué es la insurrección «nacional»? Es una insurrección que aspira a crear la independencia política de la nación oprimida, es decir, un Estado nacional particular. Si el proletariado de la nación opresora es una fuerza seria (como supone y debe suponer el autor para la época del imperialismo), la decisión de este proletariado de «resistir activamente la represión de la insurrección nacional», ¿no es una contribución a la creación de un Estado nacional particular? ¡Por supuesto que lo es! ¡Nuestro valiente negador de la «realizabilidad» de la autodeterminación ha llegado al punto de que el proletariado consciente de los países avanzados debe contribuir a la realización de esta medida «irrealizable»!

5) ¿Por qué «debemos» «resistir activamente» la represión de la insurrección nacional? P. Kievski aduce sólo un argumento: «porque de este modo lucharemos contra nuestro enemigo mortal: el imperialismo». Toda la fuerza de este argumento se reduce a la palabreja fuerte: «mortal», como en general en el autor la fuerza de los argumentos se sustituye por la fuerza de las frases enérgicas y sonoras, el «clavar una estaca en el cuerpo tembloroso de la burguesía» y otros adornos de estilo por el estilo de Alexinski. Pero este argumento de P. Kievski es falso. El imperialismo es nuestro enemigo tan «mortal» como el capitalismo. Es cierto. Pero ningún marxista olvidará que el capitalismo es progresivo en relación con el feudalismo, y el imperialismo en relación con el capitalismo premonopolista. Por consiguiente, no tenemos derecho a apoyar cualquier lucha contra el imperialismo. No apoyaremos la lucha de las clases reaccionarias contra el imperialismo, no apoyaremos las insurrecciones de las clases reaccionarias contra el imperialismo y el capitalismo. Por lo tanto, si el autor reconoce la necesidad de ayudar a la insurrección de las naciones oprimidas («resistir activamente» la represión significa ayudar a la insurrección), el autor, con ello mismo, reconoce el carácter progresivo de la insurrección nacional, el carácter progresivo de la formación, en caso de éxito de esta insurrección, de un Estado nuevo y particular, del establecimiento de nuevas fronteras, etc. ¡El autor, literalmente, no es capaz de atar los cabos en ninguno de sus razonamientos políticos!

La insurrección irlandesa de 1916, ocurrida después de la publicación de nuestras tesis en el núm. 2 del «Vorbote», demostró, dicho sea de paso, que no se hablaba en vano de la posibilidad de insurrecciones nacionales incluso en Europa.