El eje de los razonamientos de los adversarios de la autodeterminación es la referencia a su «irrealizabilidad» bajo el capitalismo en general o bajo el imperialismo. La palabrita «irrealizabilidad» se emplea a menudo en acepciones diversas e imprecisas. Por eso en nuestras tesis exigimos lo que es necesario en toda discusión teórica: que se aclare en qué sentido se habla de «irrealizabilidad». Y sin limitarnos a plantear la cuestión, iniciamos dicha aclaración. En el sentido de la difícil realizabilidad o irrealizabilidad políticas sin una serie de revoluciones, todas las reivindicaciones democráticas son «irrealizables» bajo el imperialismo.

En el sentido de la imposibilidad económica, hablar de la irrealizabilidad de la autodeterminación es radicalmente falso.

Tal era nuestro planteamiento. Éste es el quid de la divergencia teórica, y a esta cuestión nuestros adversarios deberían haber prestado toda su atención en una discusión medianamente seria.

Veamos ahora cómo razona sobre esta cuestión P. Kievski.

Él rechaza de plano la interpretación de la irrealizabilidad en el sentido de «difícil realizabilidad» por causas políticas. Responde a la cuestión directamente en el sentido de la imposibilidad económica.

«¿Significa —escribe— que la autodeterminación bajo el imperialismo es tan irrealizable como el dinero obrero bajo la producción mercantil?» Y P. Kievski responde: «¡Sí, significa! Pues hablamos precisamente de la contradicción lógica entre dos categorías sociales: "imperialismo" y "autodeterminación de las naciones", una contradicción lógica igual a la que existe entre otras dos categorías: dinero obrero y producción mercantil. El imperialismo es la negación de la autodeterminación, y ningún prestidigitador logrará conciliar la autodeterminación con el imperialismo».

Por muy terrible que sea esa airada palabra «prestidigitadores» que nos dirige P. Kievski, debemos señalarle que sencillamente no comprende lo que significa el análisis económico. La «contradicción lógica» —siempre que, naturalmente, el pensamiento lógico sea correcto— no debe existir ni en el análisis económico ni en el político. Por consiguiente, no viene a cuento apelar a la «contradicción lógica» en general cuando se trata precisamente de hacer un análisis económico y no político. A las «categorías sociales» pertenecen tanto lo económico como lo político. Por lo tanto, P. Kievski, tras responder al principio de modo tajante y directo: «sí, significa» (es decir, que la autodeterminación es tan irrealizable como el dinero obrero bajo la producción mercantil), en realidad se limitó a dar rodeos, sin ofrecer ningún análisis económico.

¿Cómo se demuestra que el dinero obrero es irrealizable bajo la producción mercantil? Mediante el análisis económico. Este análisis, que como todo análisis no admite «contradicción lógica», toma categorías económicas, y sólo económicas (y no «sociales» en general), y de ellas deduce la imposibilidad del dinero obrero. En el primer capítulo de «El Capital» no se habla para nada de política, ni de formas políticas, ni de «categorías sociales» en general: el análisis toma sólo lo económico, el intercambio de mercancías, el desarrollo del intercambio de mercancías. El análisis económico demuestra —mediante, por supuesto, razonamientos «lógicos»— que el dinero obrero es irrealizable bajo la producción mercantil.

¡P. Kievski ni siquiera intenta emprender el análisis económico! Él confunde la esencia económica del imperialismo con sus tendencias políticas, como se desprende ya de la primera frase del primer párrafo de su artículo. He aquí esa frase:

«El capital industrial fue la síntesis de la producción precapitalista y del capital comercial y de préstamo. El capital de préstamo quedó al servicio del industrial. Ahora el capitalismo supera los distintos tipos de capital, surge un tipo superior y unificado del mismo, el capital financiero, y por eso toda la época puede llamarse la época del capital financiero, cuyo sistema adecuado de política exterior es el imperialismo».

Económicamente, toda esta definición no vale para nada: en lugar de categorías económicas precisas, sólo hay frases. Pero no es posible detenerse ahora en ello. Lo importante es que P. Kievski declara que el imperialismo es un «sistema de política exterior».

Esto es, en primer lugar, una repetición, esencialmente falsa, de la idea errónea de Kautsky.

Es, en segundo lugar, una definición puramente política, sólo política, del imperialismo. Mediante la definición del imperialismo como «sistema de política», P. Kievski quiere eludir el análisis económico que prometió hacer al declarar que la autodeterminación es «tan» irrealizable, es decir, económicamente irrealizable, bajo el imperialismo como el dinero obrero bajo la producción mercantil. [27]

Kautsky, en su polémica con los izquierdistas, afirmaba que el imperialismo es «sólo un sistema de política exterior» (concretamente de anexiones), y que no se puede llamar imperialismo a una determinada etapa económica, a una fase de desarrollo del capitalismo.

Kautsky no tiene razón. Discutir sobre palabras, por supuesto, no es inteligente. Es imposible prohibir, de uno u otro modo, el empleo de la palabra imperialismo. Pero es necesario precisar los conceptos si se quiere sostener una discusión.

Económicamente, el imperialismo (o la «época» del capital financiero, la palabra no importa) es la fase superior de desarrollo del capitalismo, precisamente aquella en que la producción se ha hecho tan grande y tan grandísima que la libre competencia es sustituida por el monopolio. Ésta es la esencia económica del imperialismo. El monopolio se manifiesta tanto en los trusts, sindicatos, etc., como en la omnipotencia de los bancos gigantescos, en el acaparamiento de las fuentes de materias primas, etc., en la concentración del capital bancario, etc. En el monopolio económico reside todo el asunto.

La superestructura política sobre la nueva economía, sobre el capitalismo monopolista (el imperialismo es capitalismo monopolista), es el viraje de la democracia a la reacción política. A la libre competencia corresponde la democracia. Al monopolio corresponde la reacción política. «El capital financiero aspira al dominio, no a la libertad», dice acertadamente R. Hilferding en su «El capital financiero».

Separar la «política exterior» de la política en general, o más aún, contraponer la política exterior a la interior, es una idea radicalmente falsa, no marxista, no científica. Tanto en política exterior como en interior, el imperialismo tiende por igual a violar la democracia, a la reacción. En este sentido, es indiscutible que el imperialismo es la «negación» de la democracia en general, de toda la democracia, y no en absoluto de una sola de las reivindicaciones democráticas, a saber: la autodeterminación de las naciones.

Siendo la «negación» de la democracia, el imperialismo «niega» también la democracia en la cuestión nacional (es decir, la autodeterminación de las naciones): «la niega» en el mismo sentido, es decir, tiende a violarla; su realización es exactamente tan difícil y en el mismo sentido bajo el imperialismo, como lo es bajo el imperialismo (en comparación con el capitalismo premonopolista) la realización de la república, de la milicia popular, de la elección de los funcionarios por el pueblo, etc. No puede hablarse de irrealizabilidad «económica».

A P. Kievski le indujo a error aquí, probablemente, además de su incomprensión general de las exigencias del análisis económico, la circunstancia de que, desde el punto de vista del ciudadano común, la anexión (es decir, la incorporación de un territorio de otra nacionalidad contra la voluntad de su población, o sea, la violación de la autodeterminación de la nación) se considera equivalente a la «expansión» del capital financiero hacia un territorio económico más vasto.

Pero no se pueden abordar las cuestiones teóricas con nociones propias del ciudadano común.

Económicamente, el imperialismo es el capitalismo monopolista. Para que el monopolio sea completo, es necesario eliminar a los competidores no sólo del mercado interior (del mercado de un país dado), sino también del exterior, del mercado mundial. ¿Existe la posibilidad económica, «en la era del capital financiero», de eliminar la competencia incluso en un país extranjero? Por supuesto que sí: el medio es la dependencia financiera y el acaparamiento de las fuentes de materias primas, y luego de todas las empresas del competidor.

Los trusts norteamericanos son la expresión superior de la economía del imperialismo o del capitalismo monopolista. Para eliminar al competidor, los trusts no se limitan a los medios económicos, sino que recurren constantemente a los políticos e incluso a los penales. Pero sería un error profundísimo considerar que el monopolio de los trusts es económicamente irrealizable mediante procedimientos puramente económicos de lucha. Al contrario, la realidad demuestra a cada paso la «realizabilidad» de esto: los trusts minan el crédito del competidor a través de los bancos (los dueños de los trusts son dueños de los bancos: compra de acciones); los trusts minan los suministros de materiales a los competidores (los dueños de los trusts son dueños de los ferrocarriles: compra de acciones); los trusts, durante cierto tiempo, hacen bajar los precios por debajo del coste, gastando en ello millones, para arruinar al competidor y comprar sus empresas, sus fuentes de materias primas (minas, tierras, etc.).

He aquí un análisis puramente económico del poder de los trusts y de su expansión. He aquí la vía puramente económica de expansión: la compra de empresas, establecimientos, fuentes de materias primas.

El gran capital financiero de un país siempre puede comprar a los competidores de otro país, políticamente independiente, y siempre lo hace. Económicamente, esto es plenamente realizable. La «anexión» económica es perfectamente «realizable» sin la anexión política y se da constantemente. En la literatura sobre el imperialismo se encuentran a cada paso indicaciones, por ejemplo, de que la Argentina es, de hecho, una «colonia comercial» de Inglaterra, que Portugal es, de hecho, un «vasallo» de Inglaterra, etc. Esto es cierto: la dependencia económica de los bancos ingleses, el endeudamiento con Inglaterra, la compra por parte de Inglaterra de los ferrocarriles locales, minas, tierras, etc., todo esto convierte a dichos países en una «anexión» de Inglaterra en el sentido económico, sin violar su independencia política.

La autodeterminación de las naciones significa su independencia política. El imperialismo tiende a violarla, porque con la anexión política la anexión económica es a menudo más cómoda, más barata (más fácil sobornar a los funcionarios, obtener concesiones, hacer aprobar una ley ventajosa, etc.), más hábil, más tranquila, exactamente lo mismo que el imperialismo tiende a sustituir la democracia en general por la oligarquía. Pero hablar de la «irrealizabilidad» económica de la autodeterminación bajo el imperialismo es sencillamente un disparate.

P. Kievski sortea las dificultades teóricas mediante un procedimiento sumamente fácil y ligero, que en alemán se llama expresiones «burschikosas», es decir, propias de estudiantes, simplonas, toscas, habituales (y naturales) en las francachelas estudiantiles. He aquí un ejemplo:

«El sufragio universal —escribe—, la jornada laboral de 8 horas e incluso la república son lógicamente compatibles con el imperialismo, aunque al imperialismo no le sonrían ni mucho menos (!!), y por eso su realización se dificulta al extremo.»

No tendríamos absolutamente nada en contra de la expresión burschikosa: la república no le «sonríe» al imperialismo —¡una palabra graciosa a veces alegra las materias doctas!—, si además de ellas hubiera en el razonamiento sobre una cuestión seria también un análisis económico y político de los conceptos. En P. Kievski la burschikosidad sustituye a dicho análisis, oculta su ausencia.

¿Qué significa eso de que «la república no le sonríe al imperialismo»? ¿Y por qué es así?

La república es una de las formas posibles de superestructura política sobre la sociedad capitalista, y además la más democrática en las condiciones actuales. Decir que la república «no le sonríe» al imperialismo significa decir que existe una contradicción entre el imperialismo y la democracia. Muy posible es que esta conclusión nuestra «no le sonría» e incluso «esté muy lejos de sonreírle» a P. Kievski, pero no por ello deja de ser indiscutible.

Prosigamos. ¿De qué género es esta contradicción entre el imperialismo y la democracia? ¿Lógica o no lógica? P. Kievski emplea la palabra «lógico» sin haberlo pensado, y por eso no advierte que esa palabra le sirve en el presente caso para ocultar (tanto a los ojos y la mente del lector como a los ojos y la mente del autor) precisamente la cuestión que él se había propuesto examinar. Esa cuestión es la relación entre economía y política; la relación entre las condiciones económicas y el contenido económico del imperialismo y una de las formas políticas. Toda «contradicción» que se señala en los razonamientos humanos es una contradicción lógica; esto es una mera tautología. Mediante esta tautología, P. Kievski elude la esencia de la cuestión: ¿se trata de una contradicción «lógica» entre dos fenómenos o situaciones económicas (1)?, ¿o entre dos políticas (2)?, ¿o entre lo económico y lo político (3)?

¡Pues ésta es la esencia, desde el momento en que se planteó la cuestión de la irrealizabilidad o realizabilidad económicas bajo una u otra forma política!

Si P. Kievski no hubiera eludido esta esencia, probablemente habría visto que la contradicción entre el imperialismo y la república es una contradicción entre la economía del capitalismo moderno (a saber: el capitalismo monopolista) y la democracia política en general. Porque nunca demostrará P. Kievski que cualquier medida democrática importante y de fondo (elección de los funcionarios o de los oficiales por el pueblo, la más completa libertad de asociación y de reunión, etc.) contradice menos al imperialismo (le «sonríe» más, si se quiere) que la república.

Resulta exactamente la tesis que nosotros sosteníamos en nuestras tesis: el imperialismo contradice, contradice «lógicamente», a toda la democracia política en general. A P. Kievski «no le sonríe» esta tesis nuestra, pues echa por tierra sus construcciones ilógicas, pero ¿qué le vamos a hacer? ¿Es que realmente hay que resignarse a que, pretendiendo refutar ciertas tesis, de hecho se las introduzca de contrabando por medio de la expresión: «la república no le sonríe al imperialismo»?

Sigamos. ¿Por qué la república no le sonríe al imperialismo? ¿Y cómo «compatibiliza» el imperialismo su economía con la república?

P. Kievski no ha pensado en esto. Le recordaremos las siguientes palabras de Engels. Se trata de la república democrática. La cuestión planteada es: ¿puede la riqueza dominar bajo esta forma de gobierno? Es decir, es precisamente la cuestión de la «contradicción» entre la economía y la política.

Engels responde: «...La república democrática no conoce oficialmente diferencias» (entre los ciudadanos) «de riqueza. Bajo ella, la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero tanto más seguramente. Por un lado, bajo la forma del soborno directo de los funcionarios» («el modelo clásico es América»), «por otro lado, bajo la forma de la alianza del gobierno con la bolsa...»{45}

¡He aquí un modelo de análisis económico sobre la cuestión de la «realizabilidad» de la democracia bajo el capitalismo, de la cual la cuestión de la «realizabilidad» de la autodeterminación bajo el imperialismo es una pequeña parte!

La república democrática contradice «lógicamente» al capitalismo, porque «oficialmente» equipara al rico y al pobre. Esto es una contradicción entre el régimen económico y la superestructura política. Con el imperialismo, la república tiene la misma contradicción, profundizada o agravada por el hecho de que la sustitución de la libre competencia por el monopolio «dificulta» aún más la realización de toda clase de libertades políticas.

¿Cómo se compatibiliza entonces el capitalismo con la democracia? ¡Mediante la realización indirecta de la omnipotencia del capital! Los medios económicos para ello son dos: 1) el soborno directo; 2) la alianza del gobierno con la bolsa. (En nuestras tesis esto se expresa diciendo que el capital financiero «comprará y sobornará libremente a cualquier gobierno y a cualquier funcionario» bajo el régimen burgués.)

Desde el momento en que domina la producción mercantil, la burguesía, el poder del dinero, el soborno (directo y a través de la bolsa) es «realizable» bajo cualquier forma de gobierno, bajo cualquier democracia.

Cabe preguntarse, ¿qué cambia en la relación que examinamos al sustituirse el capitalismo por el imperialismo, es decir, el capitalismo premonopolista por el monopolista?

¡Sólo que el poder de la bolsa se intensifica! Porque el capital financiero es el capital industrial más grande, que ha crecido hasta el monopolio, fusionado con el capital bancario. Los grandes bancos se fusionan con la bolsa, absorbiéndola. (En la literatura sobre el imperialismo se habla de la caída del papel de la bolsa, pero sólo en el sentido de que todo banco gigantesco es en sí mismo una bolsa.)

Además. Si para la «riqueza» en general resulta plenamente realizable el dominio sobre cualquier república democrática mediante el soborno y la bolsa, ¿cómo puede afirmar P. Kievski, sin caer en una divertida «contradicción lógica», que la riqueza inmensa de los trusts y de los bancos, que manejan miles de millones, no puede «realizar» el poder del capital financiero sobre una república extranjera, es decir, políticamente independiente??

¿Acaso el soborno de los funcionarios es «irrealizable» en un país extranjero? ¿O la «alianza del gobierno con la bolsa» es sólo la alianza del propio gobierno?

El lector ya ve por esto que para desentrañar y explicar de manera divulgativa se necesitan unas 10 páginas impresas frente a diez líneas de confusión. No podemos analizar con igual detenimiento cada razonamiento de P. Kievski —¡no tiene literalmente ni uno solo sin confusión!—, ni hace falta, una vez que lo principal está analizado. Lo demás lo señalaremos brevemente.