La operación fundamental e inicial de los bancos es la intermediación en los pagos. En relación con esto, los bancos transforman el capital-dinero inactivo en activo, es decir, en capital generador de beneficios, reuniendo toda clase de ingresos pecuniarios y poniéndolos a disposición de la clase capitalista.

A medida que se desarrolla el negocio bancario y se concentra en unas pocas instituciones, los bancos dejan de ser modestos intermediarios para convertirse en monopolistas omnipotentes que disponen de casi todo el capital-dinero del conjunto de los capitalistas y de los pequeños patronos, así como de la mayor parte de los medios de producción y de las fuentes de materias primas de un país o de toda una serie de países. Esta transformación de numerosos y modestos intermediarios en un puñado de monopolistas constituye uno de los procesos fundamentales del desarrollo del capitalismo hacia el imperialismo capitalista; por ello debemos detenernos ante todo en la concentración del negocio bancario.

En 1907/8, los depósitos de todos los bancos por acciones de Alemania que poseían un capital de más de 1 millón de marcos ascendían a 7.000 millones de marcos; en 1912/3, a 9.800 millones. Un aumento del 40 % en cinco años, y de estos 2.800 millones de aumento, 2.750 millones correspondían a 57 bancos con un capital superior a 10 millones de marcos. La distribución de los depósitos entre los bancos grandes y pequeños era la siguiente[89]:

Porcentaje de todos los depósitos

Los bancos pequeños se ven desplazados por los grandes, de los cuales solo nueve concentran casi la mitad de todos los depósitos. Pero aquí no se ha tenido en cuenta muchísimas cosas, por ejemplo, la transformación de toda una serie de pequeños bancos en sucursales de hecho de los grandes, etc., de lo cual hablaremos más adelante.

A fines de 1913, Schulze-Gaevernitz estimaba los depósitos de los nueve grandes bancos berlineses en 5.100 millones de marcos, sobre un total de unos 10.000 millones{133}. Tomando en consideración no solo los depósitos, sino todo el capital bancario, el mismo autor escribía: «A fines de 1909, los nueve grandes bancos berlineses, junto con los bancos vinculados a ellos, administraban 11.300 millones de marcos, es decir, alrededor del 83 % del total del capital bancario alemán. El “Deutsche Bank”, que administra, junto con los bancos vinculados a él, una suma de unos 3.000 millones de marcos, es, al lado de la administración prusiana de los ferrocarriles del Estado, la mayor concentración de capital del viejo mundo, y además en alto grado descentralizada»[90].

Hemos subrayado la indicación sobre los bancos «vinculados», pues se refiere a una de las características distintivas más importantes de la más reciente concentración capitalista. Las grandes empresas, los bancos en particular, no solo absorben directamente a los pequeños, sino que también los «anexionan», los subordinan, los incluyen en «su» grupo, en su «consorcio» —según reza el término técnico— mediante la «participación» en su capital, mediante la compra o el intercambio de acciones, el sistema de relaciones de deuda, etc., etc. El profesor Lifmann ha dedicado todo un enorme «trabajo» de medio millar de páginas a la descripción de las modernas «sociedades de participación y financiación»[91] —lamentablemente, con el añadido de muy mediocres disquisiciones «teóricas» sobre un material a menudo no digerido{134}. El resultado al que conduce, en términos de concentración, este sistema de «participaciones» queda de la mejor manera expuesto en la obra del «hombre de negocios» bancario Riesser sobre los grandes bancos alemanes{135}. Pero antes de pasar a sus datos, presentaremos un ejemplo concreto del sistema de «participaciones».

El «grupo» del «Deutsche Bank» es uno de los más grandes, si no el más grande, de todos los grupos de grandes bancos. Para seguir los hilos principales que unen entre sí a todos los bancos de este grupo, es preciso distinguir las «participaciones» de primer, segundo y tercer grado o, lo que es lo mismo, la dependencia (de los bancos más pequeños respecto al «Deutsche Bank») de primer, segundo y tercer grado. Resulta el siguiente cuadro[92]:

Entre los 8 bancos de «dependencia de primer grado», subordinados al «Deutsche Bank» «de tiempo en tiempo», figuran tres bancos extranjeros: uno austríaco (el «Bankverein» de Viena) y dos rusos (el Banco Siberiano de Comercio y el Banco Ruso para el Comercio Exterior). En total, el grupo del «Deutsche Bank» incluye, directa e indirectamente, total o parcialmente, 87 bancos, y la suma total del capital, propio y ajeno, que el grupo administra se estima en 2.000-3.000 millones de marcos.

Es evidente que un banco que está a la cabeza de semejante grupo y que establece acuerdos con media docena de otros bancos solo un poco inferiores a él para operaciones financieras especialmente grandes y ventajosas, como los empréstitos públicos, ha dejado ya de ser un «intermediario» y se ha convertido en una alianza de un puñado de monopolistas.

Con qué rapidez avanzó la concentración del negocio bancario en Alemania precisamente a fines del siglo XIX y principios del XX se desprende de los siguientes datos de Riesser, que reproducimos de forma resumida:

6 grandes bancos berlineses tenían

Vemos cuán rápidamente surge una densa red de canales que abarcan todo el país, centralizan todos los capitales y los ingresos monetarios, transformando miles y miles de economías dispersas en una economía capitalista nacional única, y luego en una economía capitalista mundial. Esa «descentralización» de la que hablaba Schulze-Gaevernitz en la cita arriba mencionada, en nombre de la economía política burguesa de nuestros días, consiste de hecho en la subordinación a un centro único de un número cada vez mayor de unidades económicas que antes eran relativamente «independientes» o, más exactamente, cerradas localmente. En realidad, significa, pues, centralización, reforzamiento del papel, de la importancia, del poder de los gigantes monopolistas.

En los países capitalistas más antiguos esta «red bancaria» es aún más densa. En Inglaterra, incluida Irlanda, en 1910 el número de sucursales de todos los bancos se estimaba en 7.151. Cuatro grandes bancos tenían cada uno más de 400 sucursales (de 447 a 689), otros 4 más de 200 y 11 más de 100.

En Francia, los tres bancos más grandes, «Crédit Lyonnais», «Comptoir National» y «Société Générale»[93], desarrollaban sus operaciones y su red de sucursales de la siguiente manera[94]:

Para caracterizar los «vínculos» del gran banco moderno, Riesser aporta datos sobre el número de cartas enviadas y recibidas por el «Disconto-Gesellschaft», uno de los mayores bancos de Alemania y del mundo entero (su capital en 1914 alcanzó los 300 millones de marcos):

En el gran banco parisino «Crédit Lyonnais», el número de cuentas pasó de 28.535 en 1875 a 633.539 en 1912[95].

Estas simples cifras muestran, tal vez con más claridad que largas disquisiciones, cómo, con la concentración del capital y el crecimiento de las operaciones bancarias, se modifica de raíz el significado de los bancos. De capitalistas aislados se va formando un capitalista colectivo. Al llevar la cuenta corriente de varios capitalistas, el banco ejecuta una operación al parecer puramente técnica, exclusivamente auxiliar. Pero cuando esta operación adquiere proporciones gigantescas, resulta que un puñado de monopolistas somete a sí las operaciones comerciales e industriales de toda la sociedad capitalista, obteniendo la posibilidad —a través de los vínculos bancarios, de las cuentas corrientes y otras operaciones financieras— primero de conocer con exactitud el estado de los negocios de los distintos capitalistas, después de controlarlos, de influir sobre ellos mediante la expansión o la restricción, la facilitación o la dificultación del crédito, y, por último, de determinar enteramente su destino, determinar su rentabilidad, privarlos de capital o darles la posibilidad de aumentar rápida y enormemente su capital, etc.

Acabamos de mencionar el capital de 300 millones de marcos del «Disconto-Gesellschaft» en Berlín. Este aumento de capital del «Disconto-Gesellschaft» fue uno de los episodios de la lucha por la hegemonía entre dos de los más grandes bancos berlineses, el «Deutsche Bank» y el «Disconto-Gesellschaft». En 1870, el primero era todavía un recién llegado y poseía un capital de solo 15 millones, el segundo de 30 millones. En 1908, el primero tenía un capital de 200 millones, el segundo de 170 millones. En 1914, el primero elevó su capital a 250 millones, el segundo, mediante la fusión con otro banco de primera magnitud, el «Schaffhausenscher Bankverein», a 300 millones. Y, por supuesto, esta lucha por la hegemonía va acompañada de «acuerdos» cada vez más frecuentes y sólidos entre ambos bancos. He aquí las conclusiones que este curso del desarrollo impone a los especialistas del negocio bancario que contemplan las cuestiones económicas desde un punto de vista que, de ningún modo, rebasa los límites del más moderado y pulcro reformismo burgués:

«Otros bancos seguirán el mismo camino —escribía la revista alemana “Die Bank” a propósito del aumento de capital del “Disconto-Gesellschaft” a 300 millones—, y de las 300 personas que hoy gobiernan económicamente a Alemania, quedarán con el tiempo 50, 25 o aún menos. No puede esperarse que el reciente movimiento de concentración se limite a un solo negocio bancario. Los estrechos vínculos entre los distintos bancos llevan naturalmente también al acercamiento entre los sindicatos de industriales a quienes esos bancos protegen... Un buen día despertaremos, y ante nuestros ojos asombrados solo habrá trusts; se alzará ante nosotros la necesidad de sustituir los monopolios privados por monopolios estatales. Y, sin embargo, en el fondo, no tenemos nada que reprocharnos sino haber dejado libre curso al desarrollo de las cosas, un poco acelerado por la acción»[96].

He aquí un modelo de la impotencia de la publicística burguesa, de la cual la ciencia burguesa solo se distingue por una menor sinceridad y por el afán de embrollar la esencia del asunto, de ocultar el bosque con árboles. «Asombrarse» ante las consecuencias de la concentración, «reprochar» al gobierno de la Alemania capitalista o a la «sociedad» capitalista («nosotros»), temer la «aceleración» de la concentración por la introducción de las acciones, como un especialista alemán en «cárteles», Tschierschky, teme a los trusts americanos y «prefiere» los cárteles alemanes, porque estos supuestamente son capaces de «no acelerar de manera tan excesiva el progreso técnico y económico como los trusts»[97], ¿no es esto impotencia?

Pero los hechos son los hechos. En Alemania no hay trusts, sino «solo» cárteles, pero la gobiernan no más de 300 magnates del capital. Y su número disminuye sin cesar. En cualquier caso, en todos los países capitalistas, bajo todas las variedades de legislación bancaria, los bancos refuerzan y aceleran en muchos sentidos el proceso de concentración del capital y de formación de monopolios.

«Los bancos crean, a escala social, la forma, pero precisamente solo la forma, de una contabilidad general y de una distribución general de los medios de producción», escribía Marx hace medio siglo en «El Capital» (trad. rusa, t. III, p. II, pág. 144{136}). Los datos que hemos aportado sobre el crecimiento del capital bancario, sobre el aumento del número de oficinas y sucursales de los bancos más grandes, del número de sus cuentas, etc., nos muestran de manera concreta esa «contabilidad general» de toda la clase capitalista, e incluso no solo de los capitalistas, pues los bancos recogen, aunque sea temporalmente, toda clase de ingresos monetarios, tanto de los pequeños patronos como de los empleados y del ínfimo estrato superior de los obreros. «Distribución general de los medios de producción»: he aquí lo que surge, desde el punto de vista formal, de los bancos modernos, que, en número de tres a seis bancos más grandes en Francia, de seis a ocho en Alemania, disponen de miles y miles de millones. Pero por su contenido, esta distribución de los medios de producción no es en absoluto «general», sino privada, es decir, conforme a los intereses del gran capital —y en primer lugar del mayor, del monopolista—, que actúa en condiciones en que la masa de la población vive al borde del hambre, en que todo el desarrollo de la agricultura se retrasa irremediablemente respecto al desarrollo de la industria, y en la industria la «industria pesada» cobra tributo a todas las demás ramas.

En la cuestión de la socialización de la economía capitalista, a los bancos empiezan a hacerles la competencia las cajas de ahorro y las instituciones postales, que están más «descentralizadas», es decir, abarcan en la esfera de su influencia un número mayor de localidades, un mayor número de rincones apartados, círculos más amplios de la población. He aquí los datos recopilados por una comisión americana sobre la cuestión del desarrollo comparativo de los depósitos en los bancos y en las cajas de ahorro[98]:

Pagando un 4 y un 4¼ % por los depósitos, las cajas de ahorro se ven obligadas a buscar colocación «rentable» para sus capitales, a lanzarse a operaciones de descuento, hipotecarias y otras. Las fronteras entre los bancos y las cajas de ahorro «se borran cada vez más». Las cámaras de comercio, por ejemplo, en Bochum, en Erfurt, exigen «prohibir» a las cajas de ahorro realizar operaciones «puramente» bancarias como el descuento de letras, exigen la limitación de la actividad «bancaria» de las instituciones postales[99]. Los magnates bancarios temen, por así decirlo, que el monopolio estatal aceche desde un lado inesperado. Pero, naturalmente, este temor no rebasa los límites de la competencia, por así decirlo, de dos jefes de sección en una misma oficina. Pues, por un lado, los capitales de miles de millones de las cajas de ahorro los administran de hecho, en última instancia, los mismos magnates del capital bancario; y por otro lado, el monopolio estatal en la sociedad capitalista no es más que un medio de aumentar y asegurar los ingresos de los millonarios de una u otra rama industrial que están al borde de la bancarrota.

La sustitución del viejo capitalismo, con el dominio de la libre competencia, por el nuevo capitalismo, con el dominio del monopolio, se expresa, entre otras cosas, en la decadencia de la importancia de la bolsa. «La bolsa ha dejado de ser hace tiempo —escribe la revista “Die Bank”— el intermediario necesario de la circulación, como lo era antes, cuando los bancos no podían aún colocar la mayor parte de los títulos-valores emitidos entre sus clientes»[100].

«“Todo banco es una bolsa”: esta máxima moderna encierra en sí tanta más verdad cuanto más grande es el banco, cuanto mayores son los éxitos de la concentración en el negocio bancario»[101]. «Si antes, en los años 70, la bolsa, con sus excesos juveniles» («fina» alusión al crac bursátil de 1873{137}, a los escándalos de los fundadores{138}, etc.), «iniciaba la época de la industrialización de Alemania, hoy en día los bancos y la industria pueden “apañárselas solos”. El dominio de nuestros grandes bancos sobre la bolsa... no es otra cosa que la expresión del plenamente organizado Estado industrial alemán. Si de este modo se estrecha el campo de acción de las leyes económicas que funcionan automáticamente y se amplía enormemente el campo de la regulación consciente a través de los bancos, en relación con ello crece también de manera gigantesca la responsabilidad económico-nacional de las pocas personas dirigentes», así escribe el profesor alemán Schulze-Gaevernitz[102], apologista del imperialismo alemán, autoridad para los imperialistas de todos los países, que se esfuerza por embrollar una «pequeñez», a saber, que esa «regulación consciente» a través de los bancos consiste en el saqueo del público por un puñado de monopolistas «plenamente organizados». La tarea del profesor burgués no consiste en desentrañar toda la mecánica, en desenmascarar todas las artimañas de los monopolistas bancarios, sino en embellecerlas.

Exactamente lo mismo hace Riesser, economista y «hombre de negocios» bancario aún más autorizado, que se conforma con frases vacías a propósito de hechos imposibles de negar: «la bolsa pierde cada vez más la propiedad, absolutamente necesaria para toda la economía y para la circulación de valores, de ser no solo el más exacto instrumento de medición, sino también el regulador casi automático de los movimientos económicos que confluyen hacia ella»[103].

En otras palabras: el viejo capitalismo, el capitalismo de libre competencia, con su regulador absolutamente necesario, la bolsa, pasa al pasado. En su lugar ha llegado el nuevo capitalismo, que lleva en sí rasgos evidentes de algo transitorio, de una especie de mezcla de libre competencia y monopolio. Surge naturalmente la pregunta de a qué «transita» este capitalismo novísimo, pero los científicos burgueses temen plantearla.

«Hace treinta años, los empresarios que competían libremente realizaban 9/10 de aquella labor económica que no pertenece al ámbito del trabajo físico de los “obreros”. Actualmente, los empleados realizan 9/10 de esa labor económica intelectual. El negocio bancario está a la cabeza de este desarrollo»[104]. Esta confesión de Schulze-Gaevernitz tropieza una y otra vez con la cuestión de hacia qué es la transición el capitalismo novísimo, el capitalismo en su etapa imperialista. — — — —

Entre los pocos bancos que, en virtud del proceso de concentración, quedan a la cabeza de toda la economía capitalista, se perfila y se refuerza cada vez más, de manera natural, la tendencia al acuerdo monopolista, al trust de bancos. En América, no nueve, sino dos bancos enormes, los de los multimillonarios Rockefeller y Morgan{139}, dominan sobre un capital de 11.000 millones de marcos[105]. En Alemania, la absorción, que hemos señalado más arriba, del «Schaffhausenscher Bankverein» por el «Disconto-Gesellschaft» provocó la siguiente valoración por parte del periódico de los intereses bursátiles, el «Frankfurter Zeitung»{140}:

«Con el crecimiento de la concentración de los bancos se estrecha el círculo de instituciones a las que en general es posible acudir en busca de crédito, en virtud de lo cual aumenta la dependencia de la gran industria respecto de unos pocos grupos bancarios. Con el estrecho vínculo entre la industria y el mundo financiero, la libertad de movimiento de las sociedades industriales necesitadas de capital bancario resulta coartada. Por ello la gran industria contempla con sentimientos encontrados la creciente trustificación (asociación o transformación en trusts) de los bancos; en efecto, ya se han podido observar repetidamente los gérmenes de ciertos acuerdos entre los distintos consorcios de los grandes bancos, acuerdos que se reducen a la limitación de la competencia»[106].

Una y otra vez, la última palabra en el desarrollo del negocio bancario es el monopolio.

En cuanto al estrecho vínculo entre los bancos y la industria, es precisamente en este terreno donde se manifiesta quizá de la manera más patente el nuevo papel de los bancos. Si un banco descuenta las letras de un empresario dado, le abre una cuenta corriente, etc., estas operaciones, tomadas por separado, no reducen ni un ápice la independencia de ese empresario, y el banco no sale del modesto papel de intermediario. Pero si estas operaciones se repiten y se consolidan, si el banco «recoge» en sus manos capitales de proporciones enormes, si la llevanza de las cuentas corrientes de una empresa dada permite al banco —y así ocurre— conocer de manera cada vez más detallada y completa la situación económica de su cliente, el resultado es una dependencia cada vez más total del capitalista industrial respecto al banco.

Junto con esto se desarrolla, por así decirlo, la unión personal de los bancos con las mayores empresas industriales y comerciales, la fusión de unos y otros mediante la posesión de acciones, mediante la entrada de los directores de los bancos en los consejos de vigilancia (o directorios) de las empresas comerciales e industriales, y a la inversa. El economista alemán Ejdels ha recopilado detalladísimos datos sobre este tipo de concentración de capitales y empresas. Seis grandes bancos berlineses estaban representados por sus directores en 344 sociedades industriales y por sus miembros de los directorios en otras 407, en total en 751 sociedades. En 289 sociedades tenían o bien dos miembros en los consejos de vigilancia, o bien la presidencia de los mismos. Entre estas sociedades comerciales e industriales encontramos las más diversas ramas de la industria, así como los seguros, las vías de comunicación, los restaurantes, los teatros, la industria artística, etc. Por otro lado, en los consejos de vigilancia de esos mismos seis bancos había (en 1910) 51 grandes industriales, entre ellos el director de la firma Krupp, de la gigantesca sociedad naviera «Hapag» (Hamburg — Amerika), etc., etc. Cada uno de los seis bancos, desde 1895 hasta 1910, participó en la emisión de acciones y obligaciones para muchos centenares de sociedades industriales, concretamente: de 281 a 419[107].

La «unión personal» de los bancos con la industria se complementa con la «unión personal» de unas y otras sociedades con el gobierno. «Los puestos en los consejos de vigilancia —escribe Ejdels— se ofrecen voluntariamente a personas de nombres sonados, así como a antiguos funcionarios del servicio público, que pueden proporcionar no pocas facilidades (!!) en las relaciones con las autoridades»... «En el consejo de vigilancia de un gran banco se encuentra habitualmente a un miembro del parlamento o de la Duma municipal de Berlín».

La gestación y elaboración, por así decirlo, de los monopolios del gran capital avanza, en consecuencia, a todo vapor por todos los caminos «naturales» y «sobrenaturales». Se va configurando sistemáticamente una cierta división del trabajo entre unos pocos centenares de reyes financieros de la moderna sociedad capitalista:

«Junto a esta ampliación del campo de actividad de los grandes industriales particulares» (que entran en los directorios de los bancos, etc.) «y junto a la asignación a los directores provinciales de los bancos de un distrito industrial exclusivamente determinado, se produce un cierto crecimiento de la especialización entre los dirigentes de los grandes bancos. Esta especialización solo es concebible, en general, ante las grandes dimensiones de toda la empresa bancaria y de sus vínculos industriales en particular. Esta división del trabajo avanza en dos direcciones: por un lado, las relaciones con la industria en su conjunto se encomiendan a uno de los directores, como su cometido especial; por otro lado, cada director asume la supervisión de empresas particulares o de grupos de empresas afines por su profesión o por sus intereses»... (El capitalismo ha madurado ya hasta la supervisión organizada de las empresas particulares)... «La especialidad de uno es la industria alemana, a veces incluso solo la de Alemania occidental» (la Alemania occidental es la parte más industrial de Alemania), «de otros, las relaciones con los Estados y la industria del extranjero, los informes sobre la personalidad de los industriales, etc., los asuntos de bolsa, etc. Además, a menudo cada director de banco recibe a su cargo una localidad especial o una rama especial de la industria; uno trabaja principalmente en los consejos de vigilancia de las sociedades eléctricas, otro en las fábricas químicas, cerveceras o azucareras de remolacha, un tercero en unas pocas empresas aisladas y, al mismo tiempo, en el consejo de vigilancia de las sociedades de seguros... En una palabra, es indudable que en los grandes bancos, a medida que crecen las dimensiones y la variedad de sus operaciones, se va conformando una división del trabajo cada vez mayor entre los dirigentes, —con el fin (y con el resultado) de elevarlos un poco, por así decirlo, por encima de los asuntos puramente bancarios, de hacerlos más capaces de juicio, más entendidos en las cuestiones generales de la industria y en las cuestiones especiales de sus distintas ramas, de prepararlos para la actividad en la esfera de influencia industrial del banco. Este sistema de los bancos se complementa con la tendencia a elegir en sus consejos de vigilancia a personas bien conocedoras de la industria, a empresarios, a antiguos funcionarios, especialmente a los que sirvieron en el departamento de ferrocarriles, en el de minas», etc.[108].

Instituciones análogas, solo que bajo una forma ligeramente distinta, encontramos en el negocio bancario francés. Por ejemplo, uno de los tres bancos franceses más grandes, el «Crédit Lyonnais», ha organizado en su seno un «servicio de estudios financieros» (service des études financières). En él trabajan permanentemente más de 50 ingenieros, estadísticos, economistas, juristas, etc. Cuesta de 600 a 700 mil francos al año. Se subdivide a su vez en 8 secciones: una recoge información especialmente sobre las empresas industriales, otra estudia la estadística general, la tercera, las sociedades ferroviarias y navieras, la cuarta, los fondos, la quinta, los informes financieros, etc.[109].

Se produce, por un lado, una fusión cada vez mayor o, como acertadamente lo expresó N. I. Bujarin, una imbricación del capital bancario e industrial, y por otro lado, la transformación de los bancos en instituciones de carácter verdaderamente «universal». Consideramos necesario citar las expresiones exactas de Ejdels sobre este asunto, el autor que mejor ha estudiado la cuestión:

«Como resultado del examen de los vínculos industriales en su conjunto, obtenemos el carácter universal de los institutos financieros que trabajan para la industria. En contraposición a otras formas de bancos, en contraposición a las exigencias, a veces formuladas en la literatura, de que los bancos deben especializarse en una determinada esfera de negocios o rama industrial para no perder el suelo bajo los pies, los grandes bancos se esfuerzan por hacer sus vínculos con las empresas industriales tan variados como sea posible en cuanto al lugar y al tipo de producción, se esfuerzan por eliminar aquellas desigualdades en la distribución del capital entre las distintas localidades o ramas industriales que se explican por la historia de las empresas particulares». «Una tendencia consiste en hacer del vínculo con la industria un fenómeno general; la otra, en hacerlo sólido e intensivo; ambas se han realizado en los seis grandes bancos no por completo, pero ya en proporciones considerables y en igual grado».

Por parte de los círculos comerciales e industriales se oyen con frecuencia quejas sobre el «terrorismo» de los bancos. Y no es de extrañar que semejantes quejas resuenen cuando los grandes bancos «imparten órdenes» como muestra el siguiente ejemplo. El 19 de noviembre de 1901, uno de los llamados bancos berlineses D (los nombres de los cuatro bancos más grandes empiezan por la letra D) se dirigió al directorio del sindicato cementero del Noroeste-Centro-Norte de Alemania con la siguiente carta: «Por la comunicación que ustedes han publicado el 18 del corriente en el periódico tal, vemos que debemos contar con la posibilidad de que en la asamblea general de su sindicato, que tendrá lugar el 30 del corriente, se adopten resoluciones capaces de producir en su empresa cambios que para nosotros son inaceptables. Por ello nos vemos obligados, a nuestro profundo pesar, a suspenderles el crédito del que ustedes gozaban... Pero si en dicha asamblea general no se adoptan resoluciones inaceptables para nosotros y se nos dan las garantías correspondientes al respecto para el futuro, nos declaramos dispuestos a entablar negociaciones para la apertura de un nuevo crédito»[110].

¡En esencia, estas son las mismas quejas del pequeño capital contra la opresión del grande, solo que esta vez ha ido a parar a la categoría de «pequeño» todo un sindicato! La vieja lucha del pequeño y del gran capital se reanuda en un nuevo peldaño de desarrollo, inconmensurablemente más alto. Se comprende que el progreso técnico las empresas multimillonarias de los grandes bancos pueden impulsarlo con medios que no admiten comparación alguna con los anteriores. Los bancos fundan, por ejemplo, sociedades especiales de investigaciones técnicas, de cuyos resultados se benefician, por supuesto, solo las empresas industriales «amigas». A esto pertenecen la «Sociedad para el estudio de la cuestión de los ferrocarriles eléctricos», el «Buró central para investigaciones científico-técnicas», etc.

Los propios dirigentes de los grandes bancos no pueden dejar de ver que se están configurando de algún modo nuevas condiciones de la economía nacional, pero se muestran impotentes ante ellas:

«Quien haya observado en el curso de los últimos años —escribe Ejdels— el relevo de personas en los cargos de directores y miembros de los consejos de vigilancia de los grandes bancos, no habrá podido dejar de notar cómo el poder pasa gradualmente a manos de personas que consideran necesario y cada vez más imperioso para los grandes bancos la intervención activa en el desarrollo general de la industria, surgiendo de aquí entre estas personas y los antiguos directores de los bancos una divergencia en el terreno de los negocios, y a menudo también en el personal. Se trata, en esencia, de si los bancos, como instituciones de crédito, no salen perjudicados por esta intervención suya en el proceso industrial de producción, de si los principios sólidos y la ganancia segura no se sacrifican a una actividad que nada tiene en común con la intermediación en la provisión de crédito y que arrastra al banco a una esfera donde está sometido al ciego dominio de la coyuntura industrial aún más que antes. Así hablan muchos de los antiguos dirigentes de los bancos, mientras que la mayoría de los jóvenes considera la intervención activa en las cuestiones de la industria una necesidad tan imperiosa como la que dio vida, junto con la moderna gran industria, a los grandes bancos y a la novísima empresa bancaria industrial. Solo en esto están de acuerdo ambas partes: en que no existen principios sólidos ni un objetivo concreto para la nueva actividad de los grandes bancos»[111].

El viejo capitalismo ha caducado. El nuevo representa una transición hacia algo. Encontrar «principios sólidos y un objetivo concreto» para «conciliar» el monopolio con la libre competencia es, por supuesto, una empresa sin esperanza. El reconocimiento de los prácticos suena muy diferente al encomio oficial de las maravillas del capitalismo «organizado» que hacen sus apologistas, como Schulze-Gaevernitz, Lifmann y otros «teóricos» por el estilo{141}.

A qué época precisamente se remonta la implantación definitiva de la «nueva actividad» de los grandes bancos, a esta importante pregunta encontramos una respuesta bastante precisa en Ejdels:

«Los vínculos entre las empresas industriales, con su nuevo contenido, sus nuevas formas, sus nuevos órganos, a saber: los grandes bancos organizados a la vez de manera centralista y descentralista, se conforman como fenómeno característico de la economía nacional apenas antes de los años 1890; en cierto sentido se puede incluso retrotraer este punto inicial hasta 1897, con sus grandes “fusiones” de empresas, que introducen por primera vez la nueva forma de organización descentralizada en aras de consideraciones de política industrial de los bancos. Este punto inicial se puede, quizás, retrotraer aún más tarde, pues la crisis de 1900 fue la que aceleró gigantescamente el proceso de concentración, tanto en la industria como en el negocio bancario, consolidó este proceso, convirtió por primera vez las relaciones con la industria en el verdadero monopolio de los grandes bancos, hizo estas relaciones mucho más estrechas e intensivas»[112].

Así pues, el siglo XX es el punto de viraje del viejo al nuevo capitalismo, del dominio del capital en general al dominio del capital financiero.