El geógrafo A. Supan, en su libro sobre el «desarrollo territorial de las colonias europeas»[146], resume de la siguiente manera este desarrollo a finales del siglo XIX:

Porcentaje de superficie territorial perteneciente a las potencias coloniales europeas (incluidos los Estados Unidos):

«El rasgo característico de este período —concluye— es, por consiguiente, el reparto de África y Polinesia». Dado que en Asia y América no hay tierras vacantes, es decir, que no pertenezcan a ningún Estado, la conclusión de Supan debe ampliarse y decir que el rasgo característico del período examinado es el reparto definitivo de la tierra, definitivo no en el sentido de que no sea posible un *reparto* —por el contrario, los repartos son posibles e inevitables—, sino en el sentido de que la política colonial de los países capitalistas ha *concluido* la conquista de las tierras no ocupadas en nuestro planeta. El mundo, por primera vez, se encontraba ya repartido, de modo que en adelante solo se presentan *repartos*, es decir, el paso de un «propietario» a otro, y no de la falta de dueño a un «dueño».

Vivimos, por consiguiente, una época singular de política colonial mundial, estrechísimamente vinculada a la «nueva etapa en el desarrollo del capitalismo», al capital financiero. Por eso es necesario detenerse más detalladamente, ante todo, en los datos concretos, para aclarar con la mayor exactitud posible tanto la diferencia de esta época con respecto a las anteriores como la situación actual. Surgen aquí en primer lugar dos cuestiones prácticas: ¿se observa una intensificación de la política colonial, un agravamiento de la lucha por las colonias precisamente en la época del capital financiero, y cómo está exactamente repartido el mundo en este sentido en la actualidad?

El escritor norteamericano Morris, en su libro sobre la historia de la colonización[147], intenta resumir los datos sobre la extensión de las posesiones coloniales de Inglaterra, Francia y Alemania en diferentes períodos del siglo XIX{147}. He aquí, en forma resumida, los resultados que obtuvo:

Extensión de las posesiones coloniales

Para Inglaterra, el período de gigantesca intensificación de las conquistas coloniales corresponde a los años 1860-1880, y fue muy considerable en los últimos veinte años del siglo XIX. Para Francia y Alemania, precisamente a esos veinte años. Hemos visto antes que el período de máximo desarrollo del capitalismo premonopolista, del capitalismo con predominio de la libre competencia, corresponde a los años 1860 y 1870. Vemos ahora que justamente después de ese período comienza un enorme «auge» de las conquistas coloniales, se agudiza en grado sumo la lucha por el reparto territorial del mundo. Es indudable, por tanto, el hecho de que el paso del capitalismo a la etapa del capitalismo monopolista, al capital financiero, está *ligado* a la agudización de la lucha por el reparto del mundo.

Hobson, en su obra sobre el imperialismo, destaca la época de 1884-1900 como la época de intensa «expansión» (ampliación del territorio) de los principales Estados europeos. Según su cálculo, Inglaterra adquirió en ese tiempo 3,7 millones de millas cuadradas con una población de 57 millones; Francia, 3,6 millones de millas cuadradas con una población de 36,5 millones; Alemania, 1,0 millones de millas cuadradas con 14,7 millones; Bélgica, 900 mil millas cuadradas con 30 millones; Portugal, 800 mil millas cuadradas con 9 millones. La carrera por las colonias a finales del siglo XIX, especialmente a partir de los años 1880, por parte de todos los Estados capitalistas, representa un hecho archiconocido de la historia de la diplomacia y de la política exterior.

En la época de mayor florecimiento de la libre competencia en Inglaterra, en 1840-1860, sus dirigentes políticos burgueses estaban *contra* la política colonial, consideraban la liberación de las colonias, su separación completa de Inglaterra, como algo inevitable y útil. M. Beer señala en un artículo aparecido en 1898 sobre el «nuevo imperialismo inglés»[148] cómo en 1852 un estadista inglés, en general tan propenso al imperialismo como Disraeli, decía: «Las colonias son piedras de molino atadas a nuestro cuello». ¡Y a fines del siglo XIX los héroes del día en Inglaterra eran Cecil Rhodes y Joseph Chamberlain, que predicaban abiertamente el imperialismo y aplicaban la política imperialista con el mayor cinismo!

No deja de ser interesante que la conexión de las raíces puramente, por así decirlo, económicas y sociopolíticas del nuevo imperialismo ya estaba clara entonces para esos dirigentes políticos de la burguesía inglesa. Chamberlain predicaba el imperialismo como una «política auténtica, sabia y económica», señalando en particular la competencia que Inglaterra encontraba ahora en el mercado mundial por parte de Alemania, América y Bélgica. La salvación está en el monopolio —decían los capitalistas al fundar cárteles, sindicatos, trusts—. La salvación está en el monopolio —coreaban los jefes políticos de la burguesía, apresurándose a apoderarse de las partes del mundo aún no repartidas—. Y Cecil Rhodes, según contaba su amigo íntimo, el periodista Stead, le decía a propósito de sus ideas imperialistas en 1895: «Ayer estuve en el East End londinense (barrio obrero) y visité una reunión de desocupados. Cuando escuché allí los discursos salvajes, que no eran más que un grito continuo de: ¡pan, pan!, regresando a casa y reflexionando sobre lo visto, me convencí, más que antes, de la importancia del imperialismo... Mi idea más cara es la solución de la cuestión social, a saber: para salvar a los cuarenta millones de habitantes del Reino Unido de una mortífera guerra civil, nosotros, los políticos coloniales, debemos apoderarnos de nuevas tierras para colocar el excedente de población, para obtener nuevas regiones de venta de los productos fabricados en las fábricas y en las minas. El Imperio, lo he dicho siempre, es una cuestión de estómago. Si no queréis la guerra civil, debéis convertiros en imperialistas»[149].

Así hablaba Cecil Rhodes en 1895, millonario, rey de las finanzas, principal culpable de la guerra anglo-bóer; y es que su defensa del imperialismo solo es un poco tosca, cínica, mas en esencia no se diferencia de la «teoría» de los señores Máslov, Südekum, Potrésov, David, del fundador del marxismo ruso, etc., etc. Cecil Rhodes era un socialchovinista un poco más honesto...

Para dar un cuadro lo más exacto posible del reparto territorial del mundo y de los cambios en este sentido durante los últimos decenios, utilicemos los resúmenes que da Supan en la obra mencionada sobre la cuestión de las posesiones coloniales de todas las potencias del mundo. Supan toma los años 1876 y 1900; nosotros tomaremos 1876 —punto elegido muy acertadamente, pues justamente hacia esa época puede considerarse, en general y en conjunto, concluido el desarrollo del capitalismo de Europa occidental en su fase premonopolista— y 1914, sustituyendo las cifras de Supan por las más recientes de las «Tablas geográfico-estadísticas» de Hübner. Supan toma solo las colonias; nosotros consideramos útil —para presentar un cuadro completo del reparto del mundo— añadir también, brevemente, datos sobre los países no coloniales y sobre las semicolonias, entre las cuales incluimos a Persia, China y Turquía: el primero de estos países se ha convertido ya casi por completo en colonia, el segundo y el tercero están convirtiéndose en tales{148}. Obtenemos los siguientes resultados:

Posesiones coloniales de las grandes potencias (millones de km² y millones de habitantes)

Vemos aquí de manera palpable cómo «estaba concluido» el reparto del mundo en los límites de los siglos XIX y XX. Las posesiones coloniales se expandieron después de 1876 en proporciones gigantescas: en más de una vez y media, de 40 a 65 millones de km² para las seis mayores potencias; el aumento representa 25 millones de km², una vez y media más que la superficie de las metrópolis (16,5 millones). Tres potencias no tenían en 1876 colonia alguna, y la cuarta, Francia, casi no las tenía. Hacia 1914, estas cuatro potencias habían adquirido colonias con una superficie de 14,1 millones de km², es decir, aproximadamente una vez y media la superficie de Europa, con una población de casi 100 millones. La desigualdad en la expansión de la posesión colonial es muy grande. Si se compara, por ejemplo, Francia, Alemania y Japón, que no difieren mucho en cuanto a superficie y cantidad de población, resultará que la primera de estas naciones adquirió casi tres veces más colonias (por superficie) que la segunda y la tercera juntas. Pero por las dimensiones de su capital financiero, Francia, al comenzar el período examinado, era también, quizá, varias veces más rica que Alemania y Japón juntas. Sobre la extensión de las posesiones coloniales, además de las condiciones puramente económicas, y sobre su base, ejercen influencia las condiciones geográficas, etc. Por muy intensa que haya sido en los últimos decenios la nivelación del mundo, el igualamiento de las condiciones económicas y de vida en los distintos países bajo la presión de la gran industria, el intercambio y el capital financiero, la diferencia sigue siendo no pequeña, y entre los seis países mencionados observamos, de un lado, países capitalistas jóvenes, que han progresado con extraordinaria rapidez (América, Alemania, Japón); de otro lado, países de viejo desarrollo capitalista, que han progresado en los últimos tiempos mucho más lentamente que los anteriores (Francia e Inglaterra); de un tercer lado, el país más atrasado económicamente (Rusia), donde el imperialismo capitalista moderno está envuelto, por así decirlo, en una red particularmente espesa de relaciones precapitalistas.

Junto a las posesiones coloniales de las grandes potencias, hemos colocado las pequeñas colonias de los pequeños Estados, que son, por así decirlo, el objeto más próximo del posible y probable «reparto» de colonias. En su mayor parte, estos pequeños Estados conservan sus colonias solo gracias a que entre los grandes existen intereses contrapuestos, fricciones, etc., que impiden el acuerdo sobre el reparto del botín. En cuanto a los Estados «semicoloniales», ellos ofrecen un ejemplo de las formas transicionales que se encuentran en todas las esferas de la naturaleza y la sociedad. El capital financiero es una fuerza tan grande, cabe decir decisiva, en todas las relaciones económicas e internacionales, que es capaz de subordinarse, y de hecho subordina, incluso a los Estados que gozan de la más completa independencia política; veremos en seguida ejemplos de ello. Pero, naturalmente, las mayores «comodidades» y las mayores ventajas las proporciona al capital financiero una subordinación tal que va ligada a la pérdida de la independencia política por parte de los países y pueblos subordinados. Los países semicoloniales son típicos como «término medio» en este sentido. Es comprensible que la lucha por estos países semidependientes debía agudizarse particularmente en la época del capital financiero, cuando el resto del mundo ya estaba repartido.

Política colonial e imperialismo existieron también antes de la etapa actual del capitalismo, e incluso antes del capitalismo. Roma, basada en la esclavitud, llevó a cabo una política colonial y ejerció el imperialismo. Pero las disquisiciones «generales» sobre el imperialismo, que olvidan o relegan a segundo plano la diferencia radical de las formaciones económico-sociales, se convierten inevitablemente en trivialidades huecas o en fanfarronadas, como la comparación de «la gran Roma con la Gran Bretaña»[150]. Incluso la política colonial capitalista de las fases *anteriores* del capitalismo se distingue sustancialmente de la política colonial del capital financiero.

La característica fundamental del capitalismo moderno es el dominio de las alianzas monopolistas de los más grandes empresarios. Tales monopolios son más sólidos cuando se acaparan en unas mismas manos *todas* las fuentes de materias primas, y hemos visto con qué celo los consorcios internacionales de capitalistas dirigen sus esfuerzos a arrebatar al adversario toda posibilidad de competencia, a comprar, por ejemplo, las tierras ferruginosas o los yacimientos de petróleo, etc. Solo la posesión de una colonia da la plena garantía del éxito del monopolio contra todas las contingencias de la lucha con el rival, incluso contra la contingencia de que el adversario quiera defenderse mediante una ley sobre el monopolio estatal. Cuanto mayor es el desarrollo del capitalismo, cuanto más se siente la escasez de materias primas, cuanto más aguda es la competencia y la carrera por las fuentes de materias primas en todo el mundo, tanto más encarnizada es la lucha por la adquisición de colonias.

«Puede emitirse la afirmación —escribe Schilder—, que a algunos quizá les parezca paradójica, a saber: que el crecimiento de la población urbana e industrial en un futuro más o menos próximo puede tropezar con el obstáculo de la escasez de materias primas para la industria mucho antes que con la escasez de artículos de alimentación». Así, por ejemplo, se agudiza la escasez de madera, que se encarece cada vez más, de cueros, de materias primas para la industria textil. «Las asociaciones de industriales tratan de crear un equilibrio entre la agricultura y la industria dentro de los límites de toda la economía mundial; como ejemplo puede citarse la asociación internacional de las federaciones de fabricantes de hilados de algodón existente desde 1904 en varios de los Estados industriales más importantes; después, fundada a imagen de esta en 1910, la asociación de las federaciones europeas de hilanderos de lino»[151].

Naturalmente, los reformistas burgueses, y especialmente entre ellos los actuales kautskyanos, tratan de atenuar la importancia de esta clase de hechos señalando que las materias primas «se podrían» conseguir en el mercado libre sin una política colonial «cara y peligrosa», y que la oferta de materias primas «se podría» aumentar de modo gigantesco con una «simple» mejora de las condiciones de la agricultura en general. Pero semejantes indicaciones se convierten en una apologética del imperialismo, en un embellecimiento del mismo, pues se basan en el olvido de la característica principal del capitalismo moderno: los monopolios. El mercado libre va quedando cada vez más en el pasado, los sindicatos y trusts monopolistas lo restringen día a día, y la «simple» mejora de las condiciones de la agricultura se reduce a la mejora de la situación de las masas, a la elevación de los salarios y a la disminución de la ganancia. ¿Dónde, si no es en la fantasía de los dulzones reformistas, existen trusts capaces de preocuparse por la situación de las masas en vez de por la conquista de colonias?

Para el capital financiero no solo tienen importancia las fuentes de materias primas ya *descubiertas*, sino también las posibles, pues la técnica se desarrolla con increíble rapidez en nuestros días, y tierras hoy no aprovechables pueden ser convertidas mañana en aprovechables si se encuentran nuevos procedimientos (y para eso un gran banco puede organizar una expedición especial de ingenieros, agrónomos, etc.), si se realizan grandes inversiones de capital. Lo mismo se refiere a las prospecciones en busca de riquezas minerales, a los nuevos métodos de elaboración y utilización de una u otra materia prima, etc., etc. De ahí la tendencia inevitable del capital financiero a la expansión del territorio económico, e incluso del territorio en general. Así como los trusts capitalizan su propiedad estimándola al doble o al triple, teniendo en cuenta las ganancias «posibles» en el futuro (y no las presentes), teniendo en cuenta los resultados ulteriores del monopolio, así también el capital financiero tiende en general a apoderarse de la mayor cantidad posible de tierras de cualquier clase, dondequiera que sea, de la manera que sea, tomando en cuenta las posibles fuentes de materias primas, temiendo quedarse rezagado en la lucha furiosa por los últimos pedazos del mundo no repartido o por el reparto de los ya repartidos.

Los capitalistas ingleses se esfuerzan por todos los medios en desarrollar la producción de algodón en su colonia, Egipto (en 1904, de los 2,3 millones de hectáreas de tierra cultivada en Egipto, ya 0,6 millones estaban sembradas de algodón, es decir, más de una cuarta parte); los rusos, en su colonia, Turquestán, porque por este camino pueden batir más fácilmente a sus competidores extranjeros, pueden llegar con más facilidad a la monopolización de las fuentes de materias primas, a la creación de un trust textil más económico y lucrativo con producción «combinada», con la concentración de todas las fases de la producción y la elaboración del algodón en unas mismas manos.

Los intereses de la exportación de capitales empujan igualmente a la conquista de colonias, pues en el mercado colonial es más fácil (y a veces lo único posible) eliminar al competidor por métodos monopolistas, asegurarse las entregas, afianzar las correspondientes «conexiones», etc.

La superestructura extraeconómica que brota sobre la base del capital financiero, su política, su ideología, refuerzan la tendencia a las conquistas coloniales. «El capital financiero no quiere libertad, sino dominación», dice con razón Hilferding. Y un escritor burgués francés, como desarrollando y complementando los pensamientos de Cecil Rhodes antes citados[152], escribe que a las causas económicas de la política colonial moderna hay que añadir causas sociales: «a consecuencia de la creciente complejidad de la vida y de las dificultades que abruman no solo a las masas obreras, sino también a las clases medias, en todos los países de vieja civilización se acumula "impaciencia, irritación, odio que amenazan la tranquilidad pública; es necesario encontrar aplicación a las energías arrancadas de su cauce de clase determinado, darles ocupación fuera del país, a fin de que no se produzca una explosión en el interior"»[153].

Ya que se habla de la política colonial de la época del imperialismo capitalista, es necesario señalar que el capital financiero y la correspondiente política internacional, que se reduce a la lucha de las grandes potencias por el reparto económico y político del mundo, crean toda una serie de formas transicionales de dependencia estatal. Son típicos de esta época no solo los dos grupos fundamentales de países: poseedores de colonias y colonias, sino también las formas variadas de países dependientes, políticamente, formalmente independientes, pero de hecho envueltos en las redes de la dependencia financiera y diplomática. Una de estas formas —la semicolonia— la hemos señalado ya antes. Muestra de otra forma es, por ejemplo, Argentina.

«América del Sur, y en especial Argentina —escribe Schulze-Gaevernitz en su obra sobre el imperialismo británico—, se halla en tal dependencia financiera de Londres que se la debe calificar casi de colonia comercial inglesa»[154]. Los capitales invertidos por Inglaterra en Argentina los estimaba Schilder, según informes del cónsul austrohúngaro en Buenos Aires correspondientes a 1909, en 8750 millones de francos. No es difícil imaginarse los sólidos vínculos que, en virtud de ello, obtiene el capital financiero —y su fiel «amigo», la diplomacia— de Inglaterra con la burguesía de Argentina, con los círculos dirigentes de toda su vida económica y política.

Una forma algo diferente de dependencia financiera y diplomática, con independencia política, nos la muestra el ejemplo de Portugal. Portugal es un Estado independiente, soberano, pero de hecho, desde hace más de 200 años, desde la guerra de sucesión española (1701-1714), se halla bajo el protectorado de Inglaterra. Inglaterra lo defendió a él y a sus posesiones coloniales para reforzar sus posiciones en la lucha contra sus adversarios, España y Francia. Inglaterra obtenía a cambio ventajas comerciales, mejores condiciones para la exportación de mercancías y, en particular, para la exportación de capitales a Portugal y sus colonias, la posibilidad de utilizar los puertos e islas de Portugal, sus cables, etc., etc.[155] Relaciones de este tipo entre Estados grandes y pequeños han existido siempre, pero en la época del imperialismo capitalista se convierten en un sistema general, entran a formar parte del conjunto de relaciones del «reparto del mundo», se convierten en eslabones de las operaciones del capital financiero mundial.

Para terminar con la cuestión del reparto del mundo, debemos señalar aún lo siguiente. No solo la literatura norteamericana después de la guerra hispano-norteamericana, y la inglesa después de la guerra anglo-bóer, plantearon esta cuestión de manera plenamente abierta y definida a fines del siglo XIX y comienzos del XX, no solo la literatura alemana, que con más «celos» seguía el «imperialismo británico», valoraba sistemáticamente este hecho. También en la literatura burguesa francesa la cuestión se plantea de manera suficientemente definida y amplia, en cuanto esto es concebible desde el punto de vista burgués. Remitámonos al historiador Driault, quien en su libro «Problemas políticos y sociales a fines del siglo XIX», en el capítulo sobre «Las grandes potencias y el reparto del mundo», escribía lo siguiente: «En el curso de los últimos años, todos los lugares libres de la tierra, a excepción de China, han sido ocupados por las potencias de Europa y de América del Norte. Sobre este terreno se han producido ya varios conflictos y desplazamientos de influencia, que son precursores de explosiones más terribles en un futuro próximo. Pues hay que apresurarse: las naciones que no se han asegurado corren el riesgo de no recibir nunca su parte y de no tomar parte en esa gigantesca explotación de la tierra que será uno de los hechos más esenciales del siglo siguiente (es decir, del XX). Por eso toda Europa y América se vieron presas, en los últimos tiempos, de la fiebre de las expansiones coloniales, del "imperialismo", que es el rasgo característico más notable de fines del siglo XIX». Y el autor añadía: «En este reparto del mundo, en esta frenética persecución de los tesoros y de los grandes mercados de la tierra, la fuerza comparativa de los imperios fundados en este siglo XIX está en completa desproporción con el lugar que ocupan en Europa las naciones que los fundaron. Las potencias que predominan en Europa, las árbitras de sus destinos, no son de igual modo predominantes en todo el mundo. Y como el poderío colonial, la esperanza de poseer riquezas aún no calculadas, ejercerá evidentemente su acción refleja sobre la fuerza comparativa de las potencias europeas, por eso la cuestión colonial —el "imperialismo", si se quiere—, que ya ha modificado las condiciones políticas de la propia Europa, las modificará cada vez más»[156].