No fue una sola reivindicación de autodeterminación de las naciones, sino todos los puntos de nuestro programa mínimo democrático los que ya antes, en los siglos XVII y XVIII, fueron formulados por la pequeña burguesía. Y la pequeña burguesía continúa planteándolos todos de manera utópica hasta hoy, sin ver la lucha de clases ni su agudización bajo la democracia, creyendo en un capitalismo «pacífico». Tal es precisamente la utopía de una unión pacífica de naciones iguales en derechos bajo el imperialismo, utopía que engaña al pueblo y es defendida por los kautskyanos. Frente a esta utopía pequeñoburguesa y oportunista, el programa de la socialdemocracia debe poner en primer plano, como elemento fundamental, esencialísimo e inevitable bajo el imperialismo, la división de las naciones en opresoras y oprimidas.

El proletariado de las naciones opresoras no puede limitarse a las frases generales, estereotipadas, repetidas por cualquier burgués pacifista, contra las anexiones y por la igualdad de derechos de las naciones en general. El proletariado no puede pasar por alto en silencio el problema, particularmente «desagradable» para la burguesía imperialista, de las fronteras del Estado basado en la opresión nacional. El proletariado no puede dejar de luchar contra el mantenimiento forzoso de las naciones oprimidas dentro de las fronteras de dicho Estado, y esto significa precisamente luchar por el derecho a la autodeterminación. El proletariado debe exigir la libertad de separación política para las colonias y las naciones oprimidas por «su» propia nación. De lo contrario, el internacionalismo del proletariado será vacío y verbal; no serán posibles ni la confianza ni la solidaridad de clase entre los obreros de la nación oprimida y los de la nación opresora; quedará sin desenmascarar la hipocresía de los defensores reformistas y kautskyanos de la autodeterminación, que silencian a las naciones oprimidas por «su propia» nación y retenidas por la fuerza en «su propio» Estado.

Por otro lado, los socialistas de las naciones oprimidas deben defender y llevar a la práctica de modo particular la unidad completa e incondicional, incluso en el terreno organizativo, de los obreros de la nación oprimida con los obreros de la nación opresora. Sin ello es imposible mantener la política independiente del proletariado y su solidaridad de clase con el proletariado de otros países, frente a todas y cada una de las intrigas, traiciones y fraudes de la burguesía. Pues la burguesía de las naciones oprimidas convierte constantemente las consignas de liberación nacional en un engaño a los obreros: en política interior, utiliza dichas consignas para acuerdos reaccionarios con la burguesía de las naciones dominantes (por ejemplo, los polacos en Austria y Rusia, pactando con la reacción para oprimir a judíos y ucranianos); en política exterior, procura pactar con una de las potencias imperialistas rivales a fin de alcanzar sus objetivos de rapacidad (la política de los pequeños Estados en los Balcanes, etc.).

La circunstancia de que la lucha por la libertad nacional contra una potencia imperialista pueda ser utilizada, en determinadas condiciones, por otra «gran» potencia con fines igualmente imperialistas, puede tan poco obligar a la socialdemocracia a renunciar al reconocimiento del derecho a la autodeterminación de las naciones, como los numerosos casos de uso de las consignas republicanas por parte de la burguesía, con fines de engaño político y robo financiero —por ejemplo, en los países románicos—, pueden obligar a los socialdemócratas a renunciar a su republicanismo[61].