El 28 de diciembre llegaron a Berna los periódicos franceses con el informe sobre el congreso de la CGT, y el 30 de diciembre apareció en los periódicos socialistas de Berna y Zúrich un nuevo llamamiento de la I. S. K. de Berna («Internationale Sozialistische Kommission»), Comisión Socialista Internacional, órgano ejecutivo de la agrupación de Zimmerwald. En ese llamamiento, fechado a fines de diciembre de 1916, se habla de la propuesta de paz por parte de Alemania, así como de Wilson y de otros países neutrales, calificando todas esas intervenciones gubernamentales – y, por supuesto, con toda razón – de «juego cómico en torno a la paz», «juego para embaucar a los propios pueblos», «gesticulaciones pacifistas hipócritas de los diplomáticos».

A esta comedia y mentira se contrapone, como «única fuerza» capaz de realizar la paz, etc., la «voluntad firme» del proletariado internacional de «volver las armas de la lucha no contra sus hermanos, sino contra el enemigo en su propio país».

Las citas aducidas nos muestran de manera patente dos políticas radicalmente distintas, que hasta ahora parecían coexistir dentro de la agrupación de Zimmerwald y que ahora se han separado definitivamente.

Por un lado, Turati dice de manera clara, y con toda razón, que la propuesta de Alemania, de Wilson, etc., no fue más que una «paráfrasis» del pacifismo «socialista» italiano; la declaración de los socialchovinistas alemanes y la votación de los franceses muestran que unos y otros valoraron de modo excelente la utilidad del encubrimiento pacifista de su política.

Por otro lado, el llamamiento de la Comisión Socialista Internacional califica el pacifismo de todos los gobiernos beligerantes y neutrales de comedia e hipocresía.

Por un lado, Jouhaux se une con Merrheim, Bourderon, Longuet y Raffin-Dugens se unen con Renaudel, Sembat y Thomas, y los socialchovinistas alemanes Südekum, David, Scheidemann proclaman la inminente «restauración de la unidad socialdemócrata» con Kautsky y el «Grupo de Trabajo Socialdemócrata».

Por otro lado, el llamamiento de la Comisión Socialista Internacional exhorta a las «minorías socialistas» a luchar enérgicamente contra «sus gobiernos» «y contra sus mercenarios socialpatriotas» (Söldlinge).

O lo uno, o lo otro.

¿Desenmascarar la vaciedad, el absurdo, la hipocresía del pacifismo burgués o «parafrasearlo» convirtiéndolo en pacifismo «socialista»? ¿Luchar contra los Jouhaux y los Renaudel, contra los Legien y los David, como contra «mercenarios» de los gobiernos, o unirse con ellos sobre la base de vacuas declamaciones pacifistas al estilo francés o alemán?

Por esta línea pasa ahora la divisoria de aguas entre la derecha de Zimmerwald, que siempre se levantó con todas sus fuerzas contra la escisión con los socialchovinistas, y la izquierda de Zimmerwald, que ya en Zimmerwald, no sin razón, se preocupó por deslindarse públicamente de la derecha y presentar en la conferencia y después de ella en la prensa una plataforma especial. La proximidad de la paz, o al menos la intensificación de la discusión del problema de la paz por algunos elementos burgueses, no es casual, sino que inevitablemente ha provocado una divergencia particularmente clara entre una y otra política. Pues la paz siempre se ha imaginado y se imagina por los pacifistas burgueses y sus imitadores o repetidores «socialistas» como algo esencialmente distinto, en el sentido de que la idea de que «la guerra es la continuación de la política de paz, la paz es la continuación de la política de guerra» siempre ha permanecido incomprendida por los pacifistas de ambos matices. Que la guerra imperialista de 1914-1917 es la continuación de la política imperialista de 1898-1914, si no de un período aún más temprano, es algo que ni los burgueses ni los socialchovinistas han querido ni quieren ver. Que la paz ahora, si no se derriba revolucionariamente a los gobiernos burgueses, puede ser sólo una paz imperialista, continuación de la guerra imperialista, es algo que no ven ni los pacifistas burgueses ni los socialistas.

Así como a la valoración de la guerra actual se ha llegado con frases insensatas, vulgares, filisteas sobre ataque o defensa en general, del mismo modo se aborda la valoración de la paz con los mismos lugares comunes filisteos, olvidando la situación histórica concreta, la realidad concreta de la lucha entre las potencias imperialistas. Y los socialchovinistas, esos agentes de los gobiernos y de la burguesía dentro de los partidos obreros, ha sido natural que se agarraran especialmente a la proximidad de la paz, e incluso a las conversaciones sobre la paz, para encubrir la profundidad de su reformismo, de su oportunismo, revelada por la guerra, para restaurar su influencia, minada, sobre las masas. Por eso los socialchovinistas, como hemos visto, tanto en Alemania como en Francia, hacen intensos intentos de «unirse» con la parte vacilante, sin principios, pacifista de la «oposición».

Y dentro de la agrupación de Zimmerwald, seguramente, se harán intentos de encubrir la divergencia de dos líneas políticas irreconciliables. Se pueden prever dos tipos de intentos de este género. La conciliación «práctica» consistirá simplemente en unir mecánicamente frases revolucionarias estridentes (como, por ejemplo, las frases en el llamamiento de la Comisión Socialista Internacional) con una práctica oportunista y pacifista. Así fue en la Segunda Internacional. Las frases archirrevolucionarias en los llamamientos de Huysmans y Vandervelde y en algunas resoluciones de los congresos sólo encubrían la práctica archioportunista de la mayoría de los partidos europeos, sin transformarla, sin minarla, sin luchar contra ella. Es dudoso que dentro de la agrupación de Zimmerwald pueda tener éxito de nuevo esta táctica.

Los «conciliadores principistas» intentarán presentar una falsificación del marxismo en el espíritu, por ejemplo, de razonamientos como que las reformas no excluyen la revolución, que una paz imperialista con ciertas «mejoras» de las fronteras nacionales, o del derecho internacional, o del presupuesto de gastos en armamentos, etc., es posible junto con el movimiento revolucionario, como «uno de los momentos del desarrollo» de este movimiento, y así sucesivamente.

Esto sería una falsificación del marxismo. Por supuesto, las reformas no excluyen la revolución. Pero la cuestión ahora no es esa, sino que los revolucionarios no se excluyan a sí mismos frente a los reformistas, es decir, que los socialistas no sustituyan su trabajo revolucionario por trabajo reformista. Europa vive una situación revolucionaria. La guerra y la carestía la agudizan. El paso de la guerra a la paz no elimina en absoluto forzosamente esa situación, porque de ninguna parte se desprende que millones de obreros, que ahora tienen en sus manos un armamento magnífico, se dejarán «desarmar pacíficamente» por la burguesía de manera indefectible e incondicional, en vez de cumplir el consejo de K. Liebknecht, es decir, volver las armas contra su propia burguesía.

La cuestión no se plantea como la plantean los pacifistas, los kautskianos: o una campaña política reformista, o la renuncia a las reformas. Este es un planteamiento burgués de la cuestión. En realidad, la cuestión se plantea así: o lucha revolucionaria, de la cual, en caso de éxito incompleto, resultan reformas como producto secundario (así lo ha demostrado toda la historia de las revoluciones en todo el mundo), o bien nada más que conversaciones sobre reformas y promesas de reformas.

El reformismo de Kautsky, Turati, Bourderon, que se presenta ahora en forma de pacifismo, no sólo deja de lado la cuestión de la revolución (esto ya es una traición al socialismo), no sólo rechaza en la práctica todo trabajo revolucionario sistemático y tenaz, sino que llega hasta a declarar que las manifestaciones callejeras son una aventura (Kautsky en «Neue Zeit», 26 de noviembre de 1915), llega hasta a defender y realizar la unidad con los adversarios declarados y resueltos de la lucha revolucionaria, con los Südekum, Legien, Renaudel, Thomas, etc., etc.

Este reformismo es absolutamente irreconciliable con el marxismo revolucionario, que tiene la obligación de aprovechar de manera multilateral la presente situación revolucionaria en Europa para la propaganda directa de la revolución, del derrocamiento de los gobiernos burgueses, de la conquista del poder por el proletariado armado, sin renunciar de ninguna manera a aprovechar las reformas para desarrollar la lucha por la revolución y en el curso de ésta.

El futuro próximo mostrará cómo se desenvolverá el curso de los acontecimientos en Europa en general, la lucha del reformismo-pacifismo contra el marxismo revolucionario en particular, incluyendo también la lucha de las dos partes de la agrupación de Zimmerwald.

Zúrich, 1 de enero de 1917.