El ciudadano Souvarine declara que dirige su carta también a mí. Le respondo con tanto mayor placer cuanto que su artículo aborda las cuestiones más importantes del socialismo internacional.

Souvarine considera «apatriótico» el punto de vista de quienes piensan que la «defensa de la patria» es incompatible con el socialismo. Y, a su vez, «defiende» el punto de vista de Turati, Ledebour, Brizon, quienes, votando contra los créditos militares, se declaran partidarios de la «defensa de la patria», es decir, el punto de vista de la tendencia llamada «centro» (yo diría más bien «pantano»), o, —por el nombre del principal representante teórico y literario de esta tendencia, Karl Kautsky—, el kautskismo. Observo de paso que Souvarine se equivoca al afirmar que «ellos (es decir, los camaradas rusos que hablan de la quiebra de la II Internacional) identifican a personas como Kautsky, Longuet, etc.… con nacionalistas del tipo de Scheidemann y Renaudel». Nunca yo, ni el partido al que pertenezco (el Comité Central del POSDR), hemos identificado el punto de vista de los socialchovinistas con el punto de vista del «centro». En las declaraciones oficiales de nuestro partido, en el manifiesto del CC publicado el 1 de noviembre de 1914, y en las resoluciones aprobadas en marzo de 1915[61] (ambos documentos reproducidos in extenso[62] en nuestro folleto «Socialismo y guerra», que Souvarine conoce), siempre hemos distinguido entre socialchovinistas y «centro». Los primeros, según nuestra opinión, han pasado al lado de la burguesía. Con respecto a ellos exigimos no solo lucha, sino también ruptura. Los segundos, en cambio, son indecisos, vacilantes, que causan el mayor daño al proletariado con sus esfuerzos por unir a las masas socialistas con los jefes chovinistas.

Souvarine dice que quiere «examinar los hechos desde el punto de vista marxista».

Pero desde el punto de vista marxista, definiciones tan generales y abstractas como «apatriotismo» no tienen absolutamente ningún valor. La patria, la nación son categorías históricas. Si durante una guerra se trata de la defensa de la democracia o de la lucha contra el yugo que oprime a una nación, no estoy en absoluto en contra de tal guerra y no temo las palabras «defensa de la patria» cuando se refieren a este tipo de guerra o insurrección. Los socialistas siempre se ponen del lado de los oprimidos y, por consiguiente, no pueden ser adversarios de las guerras cuyo objetivo es la lucha democrática o socialista contra la opresión. Así, sería francamente ridícula la negación de la legitimidad de las guerras de 1793, de las guerras de Francia contra las monarquías europeas reaccionarias, o de las guerras garibaldinas, etc. Sería igualmente ridículo no querer reconocer la legitimidad de las guerras de los pueblos oprimidos contra sus opresores, que podrían estallar en la actualidad, por ejemplo, las insurrecciones de los irlandeses contra Inglaterra, o de Marruecos contra Francia, de Ucrania contra Rusia, etc.

Desde el punto de vista marxista es necesario, en cada caso particular, para cada guerra en concreto, determinar su contenido político.

Pero ¿cómo determinar el contenido político de la guerra?

Toda guerra no es más que la continuación de la política. ¿Continuación de qué tipo de política es la guerra actual? ¿Es la continuación de la política del proletariado, que desde 1871 hasta 1914 fue el único representante del socialismo y la democracia en Francia, Inglaterra y Alemania? ¿O es más bien la continuación de la política imperialista, de la política de saqueo colonial y opresión de los pueblos débiles por parte de una burguesía reaccionaria, decadente y moribunda?

Basta plantear la pregunta de manera clara y correcta para obtener una respuesta completamente nítida: la guerra actual es una guerra imperialista, una guerra de esclavistas que se han peleado por su ganado de trabajo y quieren fortalecer y perpetuar la esclavitud. Esta guerra es ese «capitalismo salteador» del que hablaba Jules Guesde en 1899, condenando así por anticipado su propia traición futura. Guesde decía entonces:

«Hay otras guerras… que surgen a diario, son las guerras por los mercados de venta. Desde este lado, la guerra no solo no desaparece, sino que amenaza con volverse continua. Es la guerra capitalista por excelencia, la guerra entre los capitalistas de todos los países por los beneficios, por la posesión del mercado mundial a costa de nuestra sangre. ¡Y ahora imagínense que en cada uno de los países capitalistas de Europa, al frente de semejante matanza mutua por el saqueo, se encuentra un socialista! Imagínense un Millerand inglés, un Millerand italiano, un Millerand alemán además del Millerand francés, arrastrando a los proletarios unos contra otros en este capitalismo salteador. ¿Qué quedaría, les pregunto, camaradas, de la solidaridad internacional? El día en que el millerandismo se volviera un hecho general, habría que decir “adiós” a todo internacionalismo y volverse nacionalista, cosa que ni ustedes ni yo aceptaríamos jamás ser» (véase «¡En guardia!» («En Garde!») de Jules Guesde, París, 1911, págs. 175–176).

No es cierto que Francia luche en esta guerra de 1914–1917 por la libertad, la independencia nacional, la democracia, etc. Lucha por mantener sus colonias, por mantener las colonias de Inglaterra, sobre las cuales Alemania tendría muchos más derechos —desde luego, desde el punto de vista del derecho burgués—. Lucha para entregar Constantinopla a Rusia, etc. Esta guerra la lleva a cabo, por tanto, no la Francia democrática y revolucionaria, no la Francia de 1792, no la Francia de 1848, ni la Francia de la Comuna. La guerra la lleva a cabo la Francia burguesa, la Francia reaccionaria, aliada y amiga del zarismo, «usurero mundial» (expresión no mía, pertenece al colaborador de *L'Humanité*{108} Lysis), que defiende su botín, su «sagrado derecho» a las colonias, a la «libertad» de explotar al mundo entero mediante sus miles de millones prestados a pueblos débiles o menos ricos.

No digan que es difícil distinguir las guerras revolucionarias de las guerras reaccionarias. ¿Quieren que, además del criterio científico que ya he señalado, indique también un criterio puramente práctico, comprensible para todos?

Helo aquí: toda guerra, medianamente importante, se prepara de antemano. Cuando se prepara una guerra revolucionaria, los demócratas y socialistas no temen declarar de antemano que están a favor de la «defensa de la patria» en dicha guerra. Cuando, por el contrario, se prepara una guerra reaccionaria, ningún socialista se atreve a determinar de antemano, es decir, antes de la declaración de guerra, que estará a favor de la «defensa de la patria» en dicha guerra.

Marx y Engels no temían llamar al pueblo alemán a la guerra contra Rusia en 1848 y 1859.

En cambio, por el contrario, en Basilea, en 1912, los socialistas no se atrevían a hablar de «defensa de la patria» en la guerra, cuyo advenimiento ya preveían y que, efectivamente, llegó en 1914.

Nuestro partido no teme declarar públicamente que verá con simpatía las guerras o insurrecciones que Irlanda pudiera iniciar contra Inglaterra, Marruecos, Argelia, Túnez contra Francia, Trípoli contra Italia, Ucrania, Persia, China contra Rusia, etc.

¿Y los socialchovinistas? ¿Y los «centristas»? ¿Se atreverán a declarar abierta y oficialmente que están o estarán a favor de la «defensa de la patria» en el caso de que, por ejemplo, estalle una guerra entre Japón y los Estados Unidos, una guerra perfectamente imperialista, que amenaza a muchos cientos de millones de personas y se prepara desde hace decenas de años? ¡Que lo intenten! Apuesto a que no lo harán, porque se dan demasiado bien cuenta de que si se decidieran a ello, se convertirían en el hazmerreír de las masas obreras, serían silbadas y expulsadas de los partidos socialistas. Por eso los socialchovinistas y los «centristas» evitarán toda declaración abierta sobre esta cuestión y seguirán esquivando, mintiendo, embrollando la cuestión y saliendo del paso con sofismas como el adoptado por el último congreso del partido francés en 1915: «El país atacado tiene derecho a defenderse».

Como si lo esencial fuera quién atacó primero, y no cuáles son las causas de la guerra, los objetivos que se propone y las clases que la libran. ¿Podría admitirse, por ejemplo, que los socialistas, en su sano juicio, reconocieran en 1796 el derecho a la "defensa de la patria" para Inglaterra, cuando las tropas revolucionarias francesas comenzaron a fraternizar con los irlandeses? Y, sin embargo, fueron precisamente los franceses quienes atacaron a Inglaterra en ese momento, y el ejército francés incluso se preparaba para un desembarco en Irlanda. Y ¿se podría reconocer mañana el derecho a la "defensa de la patria" para Rusia e Inglaterra, si después de recibir una lección de Alemania, fueran atacadas por Persia en alianza con la India, China y otros pueblos revolucionarios de Asia, que viven su 1789 y su 1793?

Tal es mi respuesta a la acusación francamente ridícula que se nos ha hecho de que compartimos las ideas de Tolstói. Nuestro partido ha rechazado tanto la doctrina tolstoyana como el pacifismo, declarando que los socialistas deben, en la guerra actual, esforzarse por convertirla en una guerra civil del proletariado contra la burguesía, por el socialismo.

Si me dicen que esto es una utopía, les responderé que la burguesía de Francia, Inglaterra, etc., evidentemente no comparte su opinión, pues no jugaría el papel innoble y ridículo que juega, llegando a encarcelar y movilizar a los "pacifistas", si no presintiera y previera el inevitable e incesante crecimiento de la revolución y su inminente llegada.

Esto me lleva a la cuestión de la escisión, planteada también por Souvarine. ¡La escisión! ¡El espantajo con el que los dirigentes socialistas intentan asustar a otros y del que ellos mismos tanto temen! "¿Qué utilidad reportaría ahora la creación de una nueva Internacional?", dice Souvarine. "Su actividad se vería afectada por la esterilidad, ya que numéricamente sería muy débil".

Pero precisamente la "actividad" de Pressmane y Longuet en Francia, de Kautsky y Ledebour en Alemania, está afectada por la esterilidad, lo que confirman los hechos diarios, precisamente porque ¡temen la escisión! Y precisamente porque K. Liebknecht y O. Rühle en Alemania no temieron la escisión, declararon abiertamente su necesidad (véase la carta de Rühle en el "Vorwärts" del 12 de enero de 1916) y no dudaron en llevarla a cabo, su actividad tiene una importancia tan grande para el proletariado, a pesar de su debilidad numérica. Liebknecht y Rühle son solo 2 contra 108. Pero estos dos representan a millones de personas, a las masas explotadas, a la inmensa mayoría de la población, al futuro de la humanidad, a la revolución que crece y madura cada día. Los 108 representan solo el espíritu de servilismo de un pequeño grupito de lacayos de la burguesía en el seno del proletariado. La actividad de Brizon, cuando comparte las debilidades del centro o del pantano, está afectada por la esterilidad. Y, por el contrario, la actividad de Brizon deja de ser estéril, organiza al proletariado, lo despierta y lo sacude, cuando Brizon destruye de hecho la "unidad" y en el parlamento exclama valientemente "¡abajo la guerra!" o cuando dice públicamente la verdad, declarando que los aliados luchan para entregar Constantinopla a Rusia.

¿Los verdaderos revolucionarios internacionalistas son débiles numéricamente? ¡Vamos! Tomemos como ejemplo la Francia de 1780 y la Rusia de 1900. Los revolucionarios conscientes y resueltos, que en el primer caso eran representantes de la burguesía –la clase revolucionaria de aquella época–, y en el segundo caso eran representantes de la clase revolucionaria del tiempo presente –el proletariado–, eran extremadamente débiles numéricamente. Eran solo individuos, que constituían como máximo 1/10.000 o incluso 1/100.000 de su clase. Y unos pocos años después, esos mismos individuos, esa misma minoría, al parecer tan insignificante, llevó tras de sí a las masas, a millones y decenas de millones de personas. ¿Por qué? Porque esa minoría representaba realmente los intereses de esas masas, porque creía en la revolución venidera, porque estaba dispuesta a servirla sin reservas.

¿Debilidad numérica? Pero ¿desde cuándo los revolucionarios supeditan su política al hecho de estar en mayoría o en minoría? Cuando en noviembre de 1914 nuestro partido declaró la necesidad de la escisión con los oportunistas[63], afirmando que esa escisión sería la única respuesta correcta y digna a su traición en agosto de 1914, esa declaración pareció a muchos una simple extravagancia sectaria de gente que se había aislado definitivamente de la vida y de la realidad. Pasaron dos años, y –miren lo que ocurre. En Inglaterra, la escisión es un hecho consumado; el socialchovinista Hyndman tuvo que abandonar el partido. En Alemania, la escisión se desarrolla ante los ojos de todos. Las organizaciones de Berlín, Bremen y Stuttgart tuvieron incluso el honor de ser expulsadas del partido… del partido de los lacayos del káiser, del partido de los señores alemanes Renaudel, Sembat, Thomas, Guesde y Cía. ¿Y en Francia? Por un lado, el partido de estos señores declara que sigue siendo partidario de la "defensa de la patria"; por otro, los zimmerwaldianos declaran en su folleto "Los socialistas de Zimmerwald y la guerra" que la "defensa de la patria" no es socialista. ¿Acaso esto no es una escisión?

¿Y cómo podrían trabajar honradamente codo con codo en un mismo partido personas que, después de dos años de esta grandísima crisis mundial, dan respuestas diametralmente opuestas a la cuestión más importante de la táctica actual del proletariado?

Miren también a América –país, además, neutral. ¿No ha comenzado también allí la escisión? Mientras que, por un lado, Eugen Debs, ese "Bebel americano", declara en la prensa socialista que solo reconoce un tipo de guerra, la guerra civil por la victoria del socialismo, y que preferiría dejarse fusilar antes que votar ni un solo centavo para los gastos militares de América (véase "Appeal to Reason"{109}, n.º 1032, del 11 de septiembre de 1915), al mismo tiempo, por otro lado, los Renaudel y Sembat americanos proclaman la "defensa de la patria" y la "preparación para la guerra". Mientras que los Longuet y Pressmane americanos –¡pobres infelices!– se esfuerzan por reconciliar a los socialchovinistas con los revolucionarios internacionalistas.

Dos Internacionales existen ya. Una, la de Sembat-Südekum-Hyndman-Plejánov y Cía., y la segunda, la de K. Liebknecht, MacLean (maestro escocés, condenado a trabajos forzados por la burguesía inglesa por apoyar la lucha de clases de los obreros), Höglund (diputado sueco, condenado a trabajos forzados por su agitación revolucionaria contra la guerra, que en Zimmerwald fue uno de los fundadores de la "Izquierda de Zimmerwald"), cinco diputados de la Duma de Estado, condenados a destierro perpetuo en Siberia por su agitación contra la guerra, etc. Esta es, por un lado, la Internacional de los que ayudan a sus gobiernos a llevar a cabo la guerra imperialista, y por otro lado, la Internacional de los que libran la lucha revolucionaria contra esa guerra. Y ni la elocuencia de los charlatanes parlamentarios, ni la "diplomacia" de los "hombres de Estado" del socialismo podrán unir a estas dos Internacionales. La Segunda Internacional ha cumplido su ciclo. La Tercera Internacional ya ha nacido. Y si aún no ha sido consagrada por los sumos sacerdotes y papas de la II Internacional, sino que, por el contrario, ha sido maldecida por ellos (véanse los discursos de Vandervelde y Stauning), esto no impide que gane nuevas fuerzas día a día. La Tercera Internacional permitirá al proletariado deshacerse de los oportunistas, y ella misma conducirá a las masas a la victoria en la revolución social, que está madurando y acercándose.

Antes de terminar, debo responder unas palabras a la polémica personal de Souvarine. Él pide (a los socialistas residentes en Suiza) que moderen la crítica personal dirigida contra Bernstein, Kautsky, Longuet, etc. Por mi parte, debo decir que no puedo acceder a esta petición. Y ante todo, señalaré a Souvarine que me opongo a los «centristas» no con una crítica personal, sino con una crítica política. La influencia sobre las masas de los señores Südekum, Plejánov, etc., ya no se puede salvar: su autoridad está tan quebrantada que en todas partes la policía tiene que defenderlos. Pero los «centristas», con su propaganda de «unidad» y «defensa de la patria», con su afán de acuerdo, con sus esfuerzos por encubrir con palabras las divergencias más profundas, causan un daño enorme al movimiento obrero, retrasando la bancarrota definitiva de la autoridad moral de los socialchovinistas, manteniendo así su influencia sobre las masas, reanimando el cadáver de los oportunistas de la II Internacional. Por todas estas consideraciones, considero que la lucha contra Kautsky y otros representantes del «centro» es para mí un deber socialista.

Souvarine, junto con otros, «se dirige a Guilbeaux, a Lenin, a todos aquellos que gozan de la ventaja de estar "al margen de la refriega"», ventaja que a menudo permite juzgar con sensatez a las personas y los asuntos del socialismo, pero que también conlleva, quizás, algunos inconvenientes.

La alusión es transparente. En Zimmerwald, Ledebour expresó esta idea sin rodeos, acusándonos a nosotros, los «zimmerwaldianos de izquierda», de lanzar desde el extranjero llamamientos revolucionarios a las masas. Repito al ciudadano Souvarine lo mismo que le dije a Ledebour en Zimmerwald. Han pasado 29 años desde que fui arrestado en Rusia. Durante estos 29 años, no he cesado de lanzar llamamientos revolucionarios a las masas. Lo hice desde mi prisión, desde Siberia, y más tarde desde el extranjero. Y a menudo encontré en la prensa revolucionaria las mismas «alusiones» que en los discursos de los fiscales zaristas, «alusiones» que me acusaban de falta de honestidad por dirigirme, residiendo en el extranjero, con llamamientos revolucionarios a las masas de Rusia. Estas «alusiones» por parte de los fiscales zaristas no sorprenderán a nadie. Pero confieso que esperaba otros argumentos por parte de Ledebour. ¡Ledebour probablemente olvidó que Marx y Engels, cuando escribieron en 1847 su famoso «Manifiesto Comunista», también lanzaban desde el extranjero llamamientos revolucionarios a los obreros alemanes! La lucha revolucionaria es a menudo imposible sin la emigración de los revolucionarios. Francia ha experimentado esto repetidamente. Y el ciudadano Souvarine haría mejor en no seguir el mal ejemplo de Ledebour y… de los fiscales zaristas.

Souvarine dice además que Trotski, «a quien nosotros (la minoría francesa) consideramos uno de los elementos más extremos de la extrema izquierda de la Internacional, es simplemente tildado por Lenin de chovinista. Hay que reconocer que aquí hay cierta exageración».

Sí, por supuesto, «aquí hay cierta exageración», pero no de mi parte, sino de la de Souvarine. Pues yo nunca he tildado la posición de Trotski de chovinista. Lo que le reprochaba era que con demasiada frecuencia representaba en Rusia la política del «centro». He aquí los hechos. Desde enero de 1912, la escisión en el POSDR existe formalmente{110}. Nuestro partido (agrupado en torno al Comité Central) acusa de oportunismo al otro grupo, el OK, cuyos dirigentes más conocidos son Mártov y Axelrod. Trotski pertenecía al partido de Mártov y lo abandonó solo en 1914. En ese momento estalló la guerra. La fracción de la Duma de nuestra corriente, compuesta por cinco miembros (Muránov, Petrovski, Shágov, Badáyev, Samóilov), fue desterrada a Siberia. Nuestros obreros en Petrogrado votan contra la participación en los comités de industria de guerra (la cuestión práctica más importante para nosotros; para Rusia es tan importante como en Francia la cuestión de la participación en el gobierno). Por otro lado, los literatos más conocidos e influyentes del OK –Potrésov, Zasúlich, Levitski y otros– se pronuncian a favor de la «defensa de la patria» y de la participación en los comités de industria de guerra. Mártov y Axelrod protestan y se pronuncian contra la participación en estos comités, pero no rompen con su partido, una fracción del cual, convertida en chovinista, acepta la participación. Por eso le reprochábamos a Mártov en Kienthal que quisiera ser representante del OK en su conjunto, mientras que en realidad solo puede ser representante de una fracción de esa corriente. La representación de este partido en la Duma (Chjeidze, Skóbelev y otros) se dividió. Una parte de estos diputados está a favor de la «defensa de la patria», la otra en contra. Todos ellos están a favor de la participación en los comités de industria de guerra, y emplean la fórmula ambigua de la necesidad de «salvar a la patria», que es, en esencia, la consigna de «defensa de la patria» de Südekum y Renaudel expresada con otras palabras. Además, no protestan en absoluto contra la posición de Potrésov (en realidad, es análoga a la posición de Plejánov; Mártov protestó públicamente contra Potrésov y se negó a colaborar en su revista, porque este invitó a Plejánov a colaborar en ella).

¿Y Trotski? Tras romper con el partido de Mártov, continúa reprochándonos que somos escisionistas. Poco a poco se mueve hacia la izquierda y propone incluso romper con los dirigentes de los socialchovinistas rusos, pero no nos dice definitivamente si desea la unidad o la escisión respecto a la fracción de Chjeidze. Y esta es precisamente una de las cuestiones más importantes. En realidad, si mañana llega la paz, pasado mañana tendremos nuevas elecciones a la Duma. E inmediatamente se nos plantea la cuestión de si vamos junto con Chjeidze o contra él. Nosotros estamos en contra de esa alianza. Mártov, a favor. ¿Y Trotski? Se desconoce. En los 500 números del periódico ruso «Nashe Slovo» que se publica en París y del que Trotski es uno de los redactores, no se ha dicho una palabra decisiva. He aquí por qué no estamos de acuerdo con Trotski.

Pero no se trata solo de nosotros. En Zimmerwald, Trotski no quiso unirse a la «Izquierda de Zimmerwald». Trotski, junto con la camarada H. Roland-Holst, representaban el «centro». Y he aquí lo que escribe hoy la camarada Roland-Holst en el periódico socialista holandés «De Tribune»{111} (n.º 159, 23 de agosto de 1916): «Aquellos que, como Trotski y su grupo, quieren llevar a cabo una lucha revolucionaria contra el imperialismo, deben superar las consecuencias de las divergencias de emigrados, que en su mayor parte tienen un carácter suficientemente personal y dividen a la extrema izquierda, y deben unirse a los leninistas. El "centro revolucionario" es imposible».

Me disculpo por haber hablado tanto de nuestras relaciones con Trotski y Mártov, pero la prensa socialista francesa habla de esto con bastante frecuencia, y la información que da a los lectores es a menudo muy inexacta. Es necesario que los camaradas franceses estén mejor informados sobre los hechos concernientes al movimiento socialdemócrata en Rusia.

Escrito en la segunda mitad de diciembre de 1916.

Publicado por primera vez con abreviaturas el 27 de enero de 1918 en el periódico «La Vérité» n.º 48

En ruso se publicó por primera vez completo en 1929 en la revista «Revolución Proletaria» n.º 7

Se imprime según la prueba de imprenta del periódico. Traducción del francés.