Entre Rusia y Alemania se llevan ya a cabo negociaciones sobre una paz separada. Estas negociaciones son oficiales, y en lo principal ambas potencias ya se han puesto de acuerdo.

Tal declaración fue publicada recientemente en un periódico socialista de Berna, basándose en las informaciones de que dispone{82}. Y cuando la embajada rusa en Berna se apresuró a presentar un desmentido oficial, y los chovinistas franceses atribuyeron la difusión de estos rumores al hecho de que «el alemán ensucia», el periódico socialista se negó a conceder importancia alguna al desmentido y, para confirmar su declaración, se remitió además al hecho de que en Suiza se encuentran precisamente ahora tanto «hombres de Estado» alemanes (Bülow) como rusos (Stürmer, Giers y un diplomático llegado de España), y a que en los círculos comerciales de Suiza se poseen análogas informaciones positivas procedentes de los círculos comerciales de Rusia.

Por supuesto, es igualmente posible el engaño, tanto por parte de Rusia, que no puede reconocer que mantiene negociaciones sobre una paz separada, como por parte de Alemania, que no puede dejar de intentar enemistar a Rusia con Inglaterra, independientemente de que las negociaciones se lleven a cabo y del éxito que tengan.

Para orientarnos en la cuestión de la paz separada, debemos partir no de los rumores y noticias sobre lo que ocurre ahora en Suiza, cuyo fondo es imposible verificar, sino de los hechos incontrovertiblemente establecidos de la política de los últimos decenios. Por más que los señores Plejánov, Chjenkeli, Potrésov y Cía., que desempeñan ahora el papel de lacayos o bufones seudomarxistas al lado de Purishkévich y Miliukov, se desvivan por demostrar la «culpa de Alemania» y el «carácter defensivo» de la guerra por parte de Rusia, los obreros conscientes no han escuchado ni escuchan a estos bufones. La guerra ha sido engendrada por las relaciones imperialistas entre las grandes potencias, es decir, por la lucha por el reparto del botín, por quién ha de zamparse tales o cuales colonias y pequeños Estados, y en esta guerra ocupan el primer lugar dos choques. El primero, entre Inglaterra y Alemania. El segundo, entre Alemania y Rusia. Estas tres grandes potencias, estos tres grandes bandoleros del camino real, constituyen las magnitudes principales en la presente guerra; los demás son aliados no independientes.

Ambos choques fueron preparados por toda la política de estas potencias durante varios decenios anteriores a la guerra. Inglaterra lucha para despojar a Alemania de sus colonias y arruinar a su principal competidor, que la golpeaba despiadadamente con su técnica superior, su organización, su energía comercial, la golpeaba y logró batirla de tal modo que sin la guerra Inglaterra no podía defender su dominación mundial. Alemania lucha porque sus capitalistas se consideran —y con plena razón— con el «sagrado» derecho burgués a la primacía mundial en el saqueo de las colonias y de los países dependientes; en particular, lucha para someter a los países balcánicos y a Turquía. Rusia lucha por Galitzia, cuya posesión le es necesaria sobre todo para ahogar al pueblo ucraniano (fuera de Galitzia, este pueblo no tiene ni puede tener un rincón de libertad, comparativa, por supuesto), por Armenia y por Constantinopla, y también por el sometimiento de los países balcánicos.

Junto al choque de los «intereses» bandidescos de Rusia y Alemania, existe un choque no menos —si no es que más— profundo entre Rusia e Inglaterra. La tarea de la política imperialista de Rusia, determinada por la rivalidad secular y por la correlación internacional objetiva de las grandes potencias, puede ser expresada brevemente así: con ayuda de Inglaterra y de Francia, derrotar a Alemania en Europa, para despojar a Austria (arrebatarle Galitzia) y a Turquía (arrebatarle Armenia y, sobretodo, Constantinopla). Y después, con ayuda del Japón y de la misma Alemania, derrotar a Inglaterra en Asia, para arrebatarle toda Persia, llevar a término el reparto de China, etc.

Tanto a la conquista de Constantinopla como a la conquista de una parte cada vez mayor de Asia aspira el zarismo desde hace siglos, llevando a cabo sistemáticamente la política correspondiente y utilizando para ello toda clase de contradicciones y choques entre las grandes potencias. Inglaterra actuó como adversario de estas aspiraciones durante más tiempo, con más tenacidad y con más fuerza que Alemania. Desde 1878, cuando las tropas rusas se acercaron a Constantinopla y la flota inglesa apareció ante los Dardanelos amenazando con cañonear a los rusos tan pronto como aparecieran en «Tsargrad», hasta 1885, en que Rusia estuvo a un paso de la guerra con Inglaterra por el reparto del botín en Asia Central (Afganistán; el avance de las tropas rusas hacia el interior de Asia Central amenazaba la dominación de los ingleses en la India), y hasta 1902, en que Inglaterra concertó la alianza con el Japón, preparando su guerra contra Rusia, durante todo este largo tiempo Inglaterra fue el enemigo más fuerte de la política bandidesca de Rusia, porque Rusia amenazaba con minar la dominación de Inglaterra sobre una serie de pueblos ajenos.

¿Y ahora? Ved lo que ocurre en la presente guerra. Es insoportable escuchar a los «socialistas» que se han pasado del proletariado a la burguesía y que hablan de la «defensa de la patria» por parte de Rusia en esta guerra, o de la «salvación del país» (Chjeídze). Es insoportable escuchar al melifluo Kautsky y Cía., que hablan de la paz democrática como si pudieran concertarla los gobiernos actuales y, en general, los gobiernos burgueses. Pues, en realidad, estos gobiernos están envueltos en una red de tratados secretos entre ellos, con sus aliados y contra sus aliados, y el contenido de estos tratados no es casual, no está determinado tan sólo por la «mala voluntad», sino que depende de todo el curso y desarrollo de la política exterior imperialista. Aquellos «socialistas» que ciegan los ojos y las mentes de los obreros con frases triviales sobre cosas buenas en general (defensa de la patria, paz democrática), sin desenmascarar los tratados secretos de su gobierno sobre el saqueo de países ajenos, tales «socialistas» cometen una completa traición con respecto al socialismo.

A los gobiernos, tanto al alemán como al inglés y al ruso, sólo les conviene que desde los campos de los socialistas resuenen discursos acerca de una paz bonachona, pues con ello, primero, se inspira fe en la posibilidad de tal paz bajo el gobierno actual, y segundo, se desvía la atención de la política bandidesca de esos mismos gobiernos.

La guerra es la continuación de la política. ¡Y la política también «continúa» durante la guerra! Alemania tiene tratados secretos con Bulgaria y Austria sobre el reparto del botín, y continúa manteniendo tales negociaciones. Rusia tiene tratados secretos con Inglaterra, Francia, etc., y todos ellos están consagrados al bandidaje y al saqueo, al saqueo de las colonias de Alemania, al saqueo de Austria, al reparto de Turquía, etc.

Un «socialista» que, en esta situación, dirige a los pueblos y a los gobiernos discursos sobre una paz bonachona, se parece exactamente al pope que ve delante de sí, en la iglesia y en los primeros bancos, a la dueña de una casa pública y al alguacil del distrito, que están en connivencia entre sí, y les «predica» a ellos y al pueblo el amor al prójimo y la observancia de los mandamientos cristianos.

Entre Rusia e Inglaterra hay, indudablemente, un tratado secreto, entre otras cosas, sobre Constantinopla. Es sabido que Rusia espera obtenerla y que Inglaterra no quiere dársela, y si se la da, o bien intentará después arrebatársela, o rodeará la «concesión» de condiciones dirigidas contra Rusia. El texto del tratado secreto no se conoce, pero que la lucha entre Inglaterra y Rusia se desarrolla precisamente en torno a esta cuestión, y se desarrolla también ahora, no sólo es sabido, sino que no admite la menor sombra de duda. Al mismo tiempo, se sabe que entre Rusia y el Japón, como complemento a sus anteriores tratados (por ejemplo, al tratado de 1910, que concedía al Japón «zamparse» Corea y a Rusia zamparse Mongolia), se ha concertado ya, durante la guerra actual, un nuevo tratado secreto, dirigido no sólo contra China, sino, hasta cierto punto, también contra Inglaterra. Esto es indudable, aunque el texto del tratado no se conozca. El Japón, con la ayuda de Inglaterra, derrotó a Rusia en 1904-1905, y ahora prepara cautelosamente la posibilidad de, con ayuda de Rusia, derrotar a Inglaterra.

En Rusia, en las «esferas gobernantes» —en la camarilla cortesana de Nicolás el Sanguinario, en la nobleza, en el ejército, etc.— existe un partido germanófilo. En Alemania, en el último tiempo, se observa en toda la línea un viraje de la burguesía (y tras ella de los socialistas-chovinistas) hacia la rusofilia, hacia la paz separada con Rusia, hacia el propósito de congraciarse con Rusia y golpear con todas las fuerzas a Inglaterra. Por parte de Alemania, este plan es claro y no suscita dudas. Por parte de Rusia, la situación es tal que el zarismo preferiría, por supuesto, en primer lugar derrotar por completo a Alemania, para «tomar» todo lo posible, toda Galitzia, toda Polonia, toda Armenia, Constantinopla, y «rematar» a Austria, etc. Entonces sería más cómodo, con ayuda del Japón, volverse contra Inglaterra. Pero, por lo visto, las fuerzas no alcanzan. He ahí el quid.

Si el ex socialista señor Plejánov presenta la cosa como que los reaccionarios en Rusia quieren la paz en general con Alemania, y la «burguesía progresista» la destrucción del «militarismo prusiano» y la amistad con la «democrática» Inglaterra, esto no es más que un cuento infantil, aderezado para el nivel de los infantes en política. En realidad, tanto el zarismo, como todos los reaccionarios en Rusia, como toda la burguesía «progresista» (octubristas y kadetes) quieren una sola cosa: despojar a Alemania, a Austria y a Turquía en Europa, y derrotar a Inglaterra en Asia (arrebatarle toda Persia, toda Mongolia, todo el Tíbet, etc.). La disputa entre estos «queridos amiguitos» versa tan sólo sobre cuándo y cómo virar de la lucha contra Alemania a la lucha contra Inglaterra. ¡Sólo sobre cuándo y cómo!

Y la solución de esta cuestión, la única discutible entre los queridos amiguitos, depende de consideraciones militares y diplomáticas, que son plenamente conocidas tan sólo por el gobierno zarista, mientras que los Miliukov y los Guchkov las conocen sólo a medias.

¡Arrebatar toda Polonia a Alemania y a Austria! El zarismo está por ello, pero ¿bastarán las fuerzas? y ¿lo permitirá Inglaterra?

¡Apoderarse de Constantinopla y de los estrechos! ¡Rematar y desmembrar a Austria! El zarismo está completamente por ello. Pero ¿bastarán las fuerzas? y ¿lo permitirá Inglaterra?

El zarismo sabe exactamente cuántos millones de soldados ha dejado tendidos y cuántos puede aún tomar del pueblo, cuántos proyectiles se gastan y cuántos se pueden aún añadir (¡en caso de una guerra con China, que amenaza y es plenamente posible, el Japón no dará más proyectiles!). El zarismo sabe cómo marcharon y cómo marchan ahora sus negociaciones secretas con Inglaterra sobre Constantinopla, sobre la fuerza de las tropas inglesas en Salónica, en Mesopotamia, etc. El zarismo sabe todo esto, tiene todas las cartas en la mano y calcula con exactitud, en la medida en que es concebible, en general, el conocimiento exacto en semejantes asuntos, donde el papel de lo dudoso, de lo inseguro, el papel de la «suerte militar» es particularmente grande.

Y los Miliukov y los Guchkov, cuanto menos saben, tanto más parlotean al viento. Y los Plejánov, Chjenkeli, Potrésov, no saben absolutamente nada de los sucios manejos secretos del zarismo, olvidan incluso lo que antes sabían, no estudian lo que se puede saber por la prensa extranjera, no ahondan en el curso de la política exterior del zarismo antes de la guerra, no siguen su curso durante la guerra, y, por ello, hacen simplemente el papel de Ivanushkas socialistas.

Si el zarismo se ha convencido de que, aun con toda la ayuda de la sociedad liberal, con todo el celo de los comités de la industria de guerra, con toda la colaboración a la noble tarea de multiplicar los proyectiles por parte de los señores Plejánov, Gvózdev, Potrésov, Bulkin, Chirkin, Chjeídze (¡no es broma eso de la «salvación del país»!), Kropotkin y demás servidumbre; incluso con todo esto, y en el estado actual de las fuerzas militares (o de la impotencia militar) de todos los aliados posibles y envueltos en la guerra, no se puede obtener más, no se puede vencer más poderosamente a Alemania, o esto cuesta desproporcionadamente caro (por ejemplo, cuesta la pérdida de otros diez millones de soldados rusos, para cuyo reclutamiento, instrucción y dotación se requieren aún tantos miles de millones y tantos años de guerra), entonces el zarismo no puede dejar de buscar la paz separada con Alemania.

Si «nosotros» nos lanzamos en pos de un botín excesivamente grande en Europa, «nosotros» corremos el riesgo de debilitar definitivamente «nuestros» recursos militares, de no obtener casi nada en Europa y de perder la posibilidad de obtener «lo nuestro» en Asia: así razona el zarismo, y razona correctamente desde el punto de vista de los intereses imperialistas. Razona más correctamente que los charlatanes burgueses y oportunistas, los Miliukov, Plejánov, Guchkov, Potrésov.

Si no se puede tomar más en Europa, incluso después de la adhesión de Rumania y de Grecia (a la cual «nosotros» hemos arrebatado todo lo que hemos podido), entonces tomemos lo que se pueda. Inglaterra no puede darnos nada ahora. Alemania, en cambio, nos dará posiblemente Curlandia, y parte de Polonia de vuelta, y, con seguridad, la Galitzia oriental —esto es particularmente importante para «nosotros» para ahogar el movimiento ucraniano, el movimiento de un pueblo de muchos millones, que hasta ahora dormitaba históricamente, hacia la libertad y hacia su lengua materna—, seguramente también la Armenia turca. Tomando esto ahora, podemos salir de la guerra fortalecidos, y entonces, mañana, con ayuda del Japón y de Alemania, podremos obtener, mediante una política inteligente y con la posterior ayuda de los Miliukov, Plejánov, Potrésov en la tarea de la «salvación» de la amada «patria», un buen pedazo de Asia en la guerra contra Inglaterra (toda Persia y el Golfo Pérsico con salida al océano abierto, y no como en Constantinopla, donde la salida da tan sólo al mar Mediterráneo, y aun a través de islas que Inglaterra puede fácilmente tomar y fortificar, privando a «nosotros» de toda salida al mar libre), etc.

Así razona exactamente el zarismo, y, repetimos, razona correctamente no sólo desde el punto de vista estrechamente monárquico, sino también desde el punto de vista imperialista general; sabe más y ve más lejos que los liberales y los Plejánov con los Potrésov.

Por eso, es perfectamente posible que mañana o pasado mañana nos despertemos y recibamos un manifiesto de los tres monarcas: «atendiendo a la voz de nuestros amados pueblos, hemos decidido hacerles felices con los bienes de la paz, establecer un armisticio y convocar un congreso de paz paneuropeo». Los tres monarcas pueden, incluso, al hacerlo, no dejar de hacer un decente chiste repitiendo algunos fragmentos de frases de Vandervelde, Plejánov, Kautsky: nosotros «prometemos» —las promesas son la única cosa barata incluso en la época de la furiosa carestía— examinar la cuestión de la reducción de armamentos y de la paz «permanente», etc., etc. Vandervelde, Plejánov y Kautsky echarán a correr como gallos a organizar su congreso de «socialistas» en la misma ciudad donde sesione el congreso de la paz; no se cansarán de pronunciar en todos los idiomas buenos deseos, frases melifluas, seguridades sobre la necesidad de «defender la patria». El decoradito no estará mal, ¡para encubrir el paso de la alianza imperialista anglo-rusa contra Alemania a una alianza análoga germano-rusa contra Inglaterra!

Sea que la presente guerra termine de este modo en un futuro muy cercano, o que Rusia «aguante» en su empeño de vencer a Alemania y de despojar lo más posible a Austria algún tiempo más, sea que las negociaciones sobre la paz separada desempeñen el papel de una maniobra de hábil chantajista (el zarismo mostrará a Inglaterra el proyecto de tratado con Alemania ya listo y dirá: tantos miles de millones de rublitos y tales concesioncitas o garantías, si no, firmo mañana mismo este tratado), en todo caso la guerra imperialista no puede terminar con otra paz que no sea una paz imperialista, si esta guerra no se transforma en guerra civil del proletariado contra la burguesía por el socialismo. En todo caso, a excepción de este último desenlace, la guerra imperialista conducirá al fortalecimiento de una u otra de las tres más fuertes potencias imperialistas, Inglaterra, Alemania, Rusia, a expensas de las débiles (Serbia, Turquía, Bélgica, etc.), y es plenamente posible que estos tres bandoleros se fortalezcan después de la guerra, repartiéndose lo saqueado (colonias, Bélgica, Serbia, Armenia), y toda la disputa versará tan sólo acerca de en qué proporciones dividir ese botín.

En todo caso, es inminente, inevitable e indudable que serán embaucados y puestos en ridículo tanto los socialchovinistas integrales y abiertos, es decir, los sujetos que reconocen directamente la «defensa de la patria» en esta guerra, como los socialchovinistas encubiertos, a medias, es decir, los kautskianos que predican la «paz» en general, «sin vencedores ni vencidos», etc. Cualquier paz concertada por los mismos gobiernos burgueses que iniciaron esta guerra, o por gobiernos igualmente burgueses, mostrará con evidencia a todos los pueblos el papel de lacayos del imperialismo que han desempeñado unos y otros socialistas.

Cualquiera que sea el desenlace de esta guerra, tendrán razón quienes decían que la única salida socialista de ella es posible en forma de guerra civil del proletariado por el socialismo. Tendrán razón los socialdemócratas rusos que decían que la derrota del zarismo, su completo aniquilamiento militar, es el mal menor «en todo caso». Pues la historia nunca se detiene, avanza también durante la guerra actual; y si el proletariado de Europa no puede ahora pasar adelante, hacia el socialismo, no puede ahora quitarse de encima el yugo de los socialchovinistas y de los kautskianos durante la primera gran guerra imperialista, entonces Europa Oriental y Asia avanzarían hacia adelante, hacia la democracia, a pasos de gigante, únicamente en el caso de la derrota militar completa del zarismo y de que se le arrebatara toda posibilidad de practicar la política imperialista de tipo semifeudal.

La guerra matará y rematará todo lo débil, incluidos el socialchovinismo y el kautskianismo. La paz imperialista hará estas debilidades aún más evidentes, más vergonzosas, más repugnantes.

*«Sotsial-Demokrat» núm. 56, 6 de noviembre de 1916.*  
*Se publica según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat».*