En toda una serie de países, predominantemente pequeños y que se mantienen al margen de la guerra actual, por ejemplo, en Suecia, Noruega, Holanda, Suiza, se alzan voces en favor de sustituir el viejo punto del programa mínimo socialdemócrata: «milicia» o «armamento del pueblo» por uno nuevo: «desarme». En el órgano de la organización internacional de la juventud, *Jugend-Internationale* (*Internacional de la Juventud*), en su número 3, se ha insertado un artículo editorial en favor del desarme. En las «tesis» de R. Grimm sobre la cuestión militar, redactadas para el congreso del partido socialdemócrata suizo, encontramos una concesión a la idea del «desarme». En la revista suiza *Neues Leben* (*Vida Nueva*) de 1915, Roland-Holst se pronuncia supuestamente por la «conciliación» de ambas reivindicaciones, pero en realidad por una concesión semejante. En el órgano de la izquierda internacional, *Vorbote* (*El Precursor*), en su número 2, se ha insertado un artículo del marxista holandés Wijnkoop en favor de la vieja reivindicación del armamento del pueblo. Los izquierdistas escandinavos, como se desprende de los artículos que se publican más abajo, aceptan el «desarme», reconociendo a veces que en él hay un elemento de pacifismo{65}.

Examinemos la posición de los defensores del desarme.

I

Una de las premisas fundamentales en favor del desarme es el razonamiento, no siempre expresado directamente: estamos contra la guerra, en general contra toda guerra, y la expresión más definida, clara e inequívoca de este punto de vista nuestro es precisamente la reivindicación del desarme.

Sobre lo incorrecto de este razonamiento nos detuvimos en el artículo sobre el folleto de Junius, al cual remitimos al lector[47]. Los socialistas no pueden estar contra toda guerra sin dejar de ser socialistas. No hay que dejarse cegar por la actual guerra imperialista. Para la época imperialista son típicas precisamente tales guerras entre las «grandes» potencias, pero no son en absoluto imposibles también las guerras democráticas y las insurrecciones, por ejemplo, de las naciones oprimidas contra las que las oprimen, por su liberación de la opresión. Son inevitables las guerras civiles del proletariado contra la burguesía por el socialismo. Son posibles las guerras del socialismo victorioso en un país contra otros países burgueses o reaccionarios.

El desarme es un ideal del socialismo. En la sociedad socialista no habrá guerras, por consiguiente, se realizará el desarme. Pero no es socialista quien espera la realización del socialismo al margen de la revolución social y de la dictadura del proletariado. La dictadura es un poder estatal que se apoya directamente en la violencia. La violencia en la época del siglo XX —como en general en la época de la civilización— no es el puño ni la porra, sino el ejército. Incluir en el programa el «desarme» significa decir en general: estamos contra el empleo de las armas. En esto no hay ni un ápice de marxismo, ¡como si dijéramos: estamos contra el empleo de la violencia!

Observemos que la discusión internacional sobre esta cuestión se ha llevado a cabo principalmente, si no exclusivamente, en alemán. Y en alemán se emplean dos palabras, cuya diferencia no es fácil de transmitir en ruso. Una significa propiamente «desarme» (Abrüstung) y es empleada, por ejemplo, por Kautsky y los kautskianos en el sentido de reducción de armamentos. La otra significa propiamente «desarme» (Entwaffnung) y es empleada predominantemente por los izquierdistas en el sentido de supresión del militarismo, supresión de todo sistema militarista (militar). En este artículo hablamos de la segunda reivindicación, habitual entre algunos socialdemócratas revolucionarios.

La prédica kautskiana del «desarme», dirigida precisamente a los actuales gobiernos de las grandes potencias imperialistas, es el más vulgar oportunismo, un pacifismo burgués, que sirve de hecho —contrariamente a los «buenos deseos» de los dulzones kautskianos— para apartar a los obreros de la lucha revolucionaria. Pues a los obreros se les inculca con semejante prédica la idea de que los actuales gobiernos burgueses de las potencias imperialistas no están enredados por miles de hilos del capital financiero y por decenas o centenares de correspondientes (es decir, de rapiña, de bandidaje, que preparan la guerra imperialista) tratados secretos entre sí.

II

La clase oprimida que no aspira a aprender a manejar las armas, a tener armas, merecería tan solo que se la tratase como a esclavos. No podemos, sin convertirnos en pacifistas burgueses u oportunistas, olvidar que vivimos en una sociedad de clases y que de ella no hay ni puede haber otra salida más que la lucha de clases y el derrocamiento del poder de la clase dominante.

En toda sociedad de clases —ya esté basada en la esclavitud, en la servidumbre feudal o, como ahora, en el trabajo asalariado— la clase opresora suele estar armada. No solo el actual ejército permanente, sino también la actual milicia —incluso en las repúblicas burguesas más democráticas, por ejemplo, en Suiza— es el armamento de la burguesía contra el proletariado. Esta es una verdad tan elemental que apenas hay necesidad de detenerse especialmente en ella. Basta recordar el empleo del ejército (incluida la milicia democrático-republicana) contra los huelguistas, fenómeno común a todos los países capitalistas sin excepción. El armamento de la burguesía contra el proletariado es uno de los hechos más grandes, fundamentales e importantes de la sociedad capitalista moderna.

¡Y ante semejante hecho se propone a los socialdemócratas revolucionarios que planteen la «reivindicación» del «desarme»! Esto equivale a renunciar por completo al punto de vista de la lucha de clases, a abjurar de toda idea de revolución. Nuestra consigna debe ser: armamento del proletariado para vencer, expropiar y desarmar a la burguesía. Esta es la única táctica posible de la clase revolucionaria, táctica que se deriva de todo el desarrollo objetivo del militarismo capitalista, prescrita por este desarrollo. Solo después de que el proletariado haya desarmado a la burguesía, podrá, sin traicionar su misión histórico-mundial, arrojar a la chatarra toda clase de armas en general, y el proletariado, sin duda, lo hará, pero solo entonces, de ningún modo antes.

Si la guerra actual provoca en los socialistas cristianos reaccionarios, en los pequeñoburgueses lloriqueantes, solo horror y espanto, solo aversión a todo empleo de armas, a la sangre, a la muerte, etc., nosotros debemos decir: la sociedad capitalista fue y es siempre un horror sin fin. Y si ahora a esta sociedad la más reaccionaria de todas las guerras le prepara un fin con horror, no tenemos ningún motivo para caer en la desesperación. Y no otra cosa que una manifestación precisamente de desesperación es, por su significado objetivo, la «reivindicación» del desarme —mejor dicho: el sueño del desarme— en un momento en que, a la vista de todos, las fuerzas de la propia burguesía preparan la única guerra legítima y revolucionaria, a saber: la guerra civil contra la burguesía imperialista.

A quien diga que esto es una teoría divorciada de la vida, le recordaremos dos hechos de importancia histórico-mundial: el papel de los trusts y del trabajo fabril de las mujeres, por un lado, y la Comuna de 1871 y la insurrección de diciembre de 1905 en Rusia, por otro.

Es tarea de la burguesía desarrollar los trusts, meter a los niños y a las mujeres en las fábricas, torturarlos allí, corromperlos, condenarlos a la miseria extrema. Nosotros no «reivindicamos» tal desarrollo, no lo «apoyamos», luchamos contra él. Pero ¿cómo luchamos? Sabemos que los trusts y el trabajo fabril de las mujeres son progresivos. No queremos volver atrás, al artesanado, al capitalismo premonopolista, al trabajo doméstico de las mujeres. ¡Adelante a través de los trusts, etc., y más allá de ellos hacia el socialismo!

Este razonamiento, que tiene en cuenta el curso objetivo del desarrollo, es aplicable, con las modificaciones correspondientes, también a la actual militarización del pueblo. Hoy, la burguesía imperialista militariza no solo a todo el pueblo, sino también a la juventud. Mañana emprenderá, tal vez, la militarización de las mujeres. A este respecto debemos decir: ¡tanto mejor! ¡Más rápido, adelante! Cuanto más rápido, tanto más cerca de la insurrección armada contra el capitalismo. ¿Cómo pueden los socialdemócratas dejarse asustar por la militarización de la juventud, etc., si no olvidan el ejemplo de la Comuna? Esto no es una «teoría divorciada de la vida», no es un sueño, sino un hecho. Y sería realmente ya muy malo que los socialdemócratas, en contra de todos los hechos económicos y políticos, empezaran a dudar de que la época imperialista y las guerras imperialistas deben conducir inevitablemente a la repetición de tales hechos.

Un observador burgués de la Comuna escribía en mayo de 1871 en un periódico inglés: «¡Si la nación francesa estuviera compuesta solo de mujeres, qué nación tan terrible sería!». Las mujeres y los niños desde los 13 años lucharon durante la Comuna a la par que los hombres. No puede ser de otro modo tampoco en las futuras batallas por el derrocamiento de la burguesía. Las mujeres proletarias no contemplarán pasivamente cómo la burguesía bien armada fusila a los obreros mal armados o desarmados. Tomarán las armas, como en 1871, y de las actuales naciones amedrentadas —mejor dicho: del actual movimiento obrero, desorganizado más por los oportunistas que por los gobiernos— surgirá sin duda, tarde o temprano, pero absolutamente sin duda, la unión internacional de las «naciones terribles» del proletariado revolucionario.

Ahora la militarización penetra toda la vida social. El imperialismo es la lucha encarnizada de las grandes potencias por el reparto y el nuevo reparto del mundo; por eso debe conducir inevitablemente a una militarización ulterior en todos los países, tanto en los neutrales como en los pequeños. ¿Qué harán contra esto las mujeres proletarias? ¿Solo maldecir toda guerra y todo lo militar, solo reivindicar el desarme? Jamás las mujeres de la clase oprimida, que es realmente revolucionaria, se resignarán a un papel tan vergonzoso. Ellas dirán a sus hijos:

«Pronto serás grande. Te darán un fusil. Tómalo y aprende bien el arte militar. Esta ciencia es necesaria para los proletarios, no para disparar contra tus hermanos, los obreros de otros países, como se hace en la guerra actual y como te aconsejan hacer los traidores del socialismo, sino para luchar contra la burguesía de tu propio país, para poner fin a la explotación, a la miseria y a las guerras, no mediante buenos deseos, sino mediante la victoria sobre la burguesía y su desarme».

Si se renuncia a llevar a cabo tal propaganda, y precisamente tal propaganda en relación con la guerra actual, entonces mejor es no pronunciar en absoluto grandes palabras sobre la socialdemocracia revolucionaria internacional, sobre la revolución socialista, sobre la guerra contra la guerra.

III

Los partidarios del desarme se pronuncian contra el punto programático «armamento del pueblo», entre otras cosas, porque esta última reivindicación supuestamente conduce más fácilmente a concesiones al oportunismo. Hemos examinado más arriba lo más importante: la relación del desarme con la lucha de clases y con la revolución social. Examinemos ahora la cuestión de la relación de la reivindicación del desarme con el oportunismo. Una de las razones más importantes de lo inaceptable de esta reivindicación es precisamente que ella y las ilusiones que engendra debilitan y extenúan inevitablemente nuestra lucha contra el oportunismo.

No hay duda, esta lucha es la principal cuestión de actualidad de la Internacional. La lucha contra el imperialismo, si no está indisolublemente ligada a la lucha contra el oportunismo, es una frase vacía o un engaño. Una de las principales deficiencias de Zimmerwald y Kienthal, una de las causas fundamentales del posible fiasco (fracaso, quiebra) de estos gérmenes de la III Internacional consiste precisamente en que la cuestión de la lucha contra el oportunismo ni siquiera fue planteada abiertamente, por no hablar ya de resolverla en el sentido de la necesidad de la ruptura con los oportunistas. El oportunismo ha vencido —por un tiempo— dentro del movimiento obrero europeo. En todos los países más grandes se han formado dos matices principales de oportunismo: en primer lugar, el socialimperialismo descarado, cínico y, por lo tanto, menos peligroso de los señores Plejánov, Scheidemann, Legien, Albert Thomas y Sembat, Vandervelde, Hyndman, Henderson y otros. En segundo lugar, el oportunismo encubierto, kautskiano: Kautsky – Haase y el «Grupo de Trabajo Socialdemócrata» en Alemania; Longuet, Presseman, Mayéras y otros en Francia; Ramsay MacDonald y otros dirigentes del «Partido Laborista Independiente» en Inglaterra; Mártov, Chjeídze y otros en Rusia; Treves y otros llamados reformistas de izquierda en Italia.

El oportunismo descarado está abierta y directamente contra la revolución y contra los movimientos y explosiones revolucionarios que comienzan, en alianza directa con los gobiernos, por muy diversas que sean las formas de esta alianza, desde la participación en el ministerio hasta la participación en los comités de industria de guerra. Los oportunistas encubiertos, los kautskianos, son mucho más dañinos y peligrosos para el movimiento obrero, porque encubren su defensa de la alianza con los primeros con la ayuda de palabrejas de sonido respetable, también «marxistas», y de consignas pacifistas. La lucha contra estas dos formas del oportunismo dominante debe ser llevada a cabo en todos los palenques de la política proletaria: parlamentarismo, sindicatos, huelgas, asuntos militares, etc.

¿En qué consiste el rasgo principal que distingue a estas dos formas del oportunismo dominante?

En que se silencia, se encubre o se trata con cautela ante las prohibiciones policiales la cuestión concreta del vínculo de la guerra actual con la revolución y otras cuestiones concretas de la revolución. Y esto, a pesar de que antes de la guerra, un sinnúmero de veces se había señalado el vínculo precisamente de esta guerra venidera con la revolución proletaria, tanto de manera no oficial como oficialmente en el Manifiesto de Basilea.

Ahora bien, el defecto principal de la reivindicación del desarme consiste precisamente en que aquí se eluden todas las cuestiones concretas de la revolución. ¿O es que los partidarios del desarme están por un tipo completamente nuevo de revolución desarmada?

IV

Además. De ninguna manera estamos contra la lucha por las reformas. No queremos ignorar aquella triste posibilidad de que la humanidad viva —en el peor de los casos— aún una segunda guerra imperialista, si la revolución no surge de la guerra actual, a pesar de las numerosas explosiones de efervescencia y descontento de masas y a pesar de nuestros esfuerzos. Somos partidarios de un programa de reformas tal, que también debe estar dirigido contra los oportunistas. Los oportunistas se alegrarían si les dejáramos a ellos solos la lucha por las reformas, mientras nosotros nos retiráramos a las alturas celestiales de algún «desarme», huyendo de la triste realidad. El «desarme» es precisamente una huida de la pésima realidad, en absoluto una lucha contra ella.

A propósito: una de las grandes deficiencias en el planteamiento de la cuestión, por ejemplo, de la defensa de la patria en algunos izquierdistas, consiste en la insuficiente concreción de la respuesta. Es mucho más correcto teóricamente y muchísimo más importante en la práctica decir que en la actual guerra imperialista la defensa de la patria es un engaño reaccionario burgués, que esgrimir una posición «general» contra «toda» defensa de la patria. Esto es incorrecto y no «golpea» al enemigo inmediato de los obreros dentro de los partidos obreros: los oportunistas.

Sobre la cuestión de la milicia deberíamos decir, elaborando una respuesta concreta y prácticamente necesaria: no estamos por la milicia burguesa, sino solo por la proletaria. Por lo tanto, «ni un céntimo ni un hombre» no solo para el ejército permanente, sino también para la milicia burguesa, incluso en países como los Estados Unidos o Suiza, Noruega, etc. Tanto más cuanto que vemos en los países republicanos más libres (por ejemplo, en Suiza) una prusianización cada vez mayor de la milicia, su prostitución para la movilización del ejército contra los huelguistas. Podemos reivindicar: elección de los oficiales por el pueblo, abolición de toda la justicia militar, igualdad de derechos para los obreros extranjeros y los nativos (punto particularmente importante para aquellos Estados imperialistas que, como Suiza, explotan en número cada vez mayor y con todo descaro a obreros extranjeros, dejándolos sin derechos); además: el derecho a cada, digamos, centenar de habitantes del país dado de formar libres asociaciones para el estudio de todo el arte militar, con libre elección de instructores, con pago de su trabajo a cargo del erario, etc. Solo en tales condiciones podría el proletariado estudiar el arte militar realmente para sí, y no para sus esclavistas, y tal estudio es exigido incondicionalmente por los intereses del proletariado. La revolución rusa ha demostrado que cualquier éxito, aunque sea incluso un éxito parcial del movimiento revolucionario —por ejemplo, la conquista de una ciudad conocida, de un conocido poblado fabril, de una conocida parte del ejército— obligará inevitablemente al proletariado victorioso a realizar precisamente tal programa.

Por último, no se puede luchar contra el oportunismo, naturalmente, mediante solos programas, sino solo mediante la vigilancia inflexible de que estos se apliquen realmente en la vida. El error más grande y fatal de la II Internacional, que ha quebrado, consistió en que la palabra no correspondía a los hechos, en que se educaba el hábito de la frase revolucionaria desvergonzada (véase la actual actitud de Kautsky y Cía. hacia el Manifiesto de Basilea). Abordando desde este ángulo la reivindicación del desarme, debemos plantear ante todo la cuestión de su significado objetivo. El desarme como idea social —es decir, una idea que es engendrada por un determinado medio social y puede actuar sobre un determinado medio social, y no queda en capricho personal o de círculo— está engendrado, evidentemente, por las condiciones de vida especiales, excepcionalmente «tranquilas», de algunos pequeños Estados que se han mantenido al margen durante bastante tiempo del sangriento camino mundial de las guerras y esperan seguir manteniéndose al margen. Para convencerse de ello, basta reflexionar, por ejemplo, sobre la argumentación de los partidarios noruegos del desarme: «nosotros somos un país pequeño, nuestro ejército es pequeño, no podemos hacer nada contra las grandes potencias» (¡y por tanto somos igualmente impotentes contra la incorporación forzosa a una alianza imperialista con uno u otro grupo de grandes potencias!), «queremos permanecer en paz en nuestro rincón apartado y seguir llevando una política provinciana, reivindicar el desarme, los tribunales de arbitraje obligatorios, la neutralidad permanente, etc.» (¿«permanente» debe ser algo así como la belga?).

El mezquino afán de los pequeños Estados de permanecer al margen, el deseo pequeñoburgués de estar lejos de las grandes batallas de la historia mundial, de aprovechar su posición relativamente monopolista para permanecer en la pasividad enquistada: tal es el medio social objetivo que puede asegurar a la idea del desarme un cierto éxito y una cierta difusión en algunos Estados pequeños. Por supuesto, este afán es reaccionario y se basa por completo en ilusiones, pues el imperialismo, de uno u otro modo, arrastra a los pequeños Estados al torbellino de la economía mundial y de la política mundial.

Ilustremos esto con el ejemplo de Suiza. Su entorno imperialista le prescribe objetivamente dos líneas de movimiento obrero. Los oportunistas aspiran, en alianza con la burguesía, a hacer de Suiza una unión monopolista democrático-republicana para obtener ganancias de los turistas de la burguesía imperialista y a utilizar esta posición monopolista «tranquila» de la manera más ventajosa y más tranquila posible. De hecho, esta política es una política de alianza de una pequeña capa privilegiada de obreros de un pequeño país, colocado en una posición privilegiada, con la burguesía de su país, contra las masas del proletariado. Los verdaderos socialdemócratas de Suiza aspiran a utilizar la libertad relativa de Suiza, su posición «internacional» (la vecindad de los países de más alta cultura, además la circunstancia de que Suiza habla, gracias a dios, no en su «propio idioma independiente», sino en tres idiomas mundiales) para ampliar, consolidar y fortalecer la alianza revolucionaria de los elementos revolucionarios del proletariado de toda Europa. Ayudemos a nuestra burguesía a mantenerse el mayor tiempo posible en la posición monopolista de un comercio architranquilo de las bellezas de los Alpes, a ver si también a nosotros nos cae algún céntimo: tal es el contenido objetivo de la política de los oportunistas suizos. Ayudemos a la alianza del proletariado revolucionario entre los franceses, alemanes, italianos para derrocar a la burguesía: tal es el contenido objetivo de la política de los socialdemócratas revolucionarios suizos. Por desgracia, esta política es llevada a cabo por los «izquierdistas» en Suiza aún de manera insuficiente, y la hermosa resolución del congreso de su partido en Aarau de 1915 (reconocimiento de la lucha revolucionaria de masas) sigue estando por ahora más en el papel. Pero no se trata de esto ahora.

La cuestión que nos interesa ahora se plantea así: ¿corresponde la reivindicación del desarme a la corriente revolucionaria entre los socialdemócratas suizos? Evidentemente, no. Objetivamente, la «reivindicación» del desarme corresponde a la línea oportunista, estrechamente nacional, limitada por el horizonte de un pequeño Estado, del movimiento obrero. Objetivamente, el «desarme» es el programa más nacional, específicamente nacional, de los pequeños Estados, de ninguna manera un programa internacional de la socialdemocracia revolucionaria internacional.

* * *

P. D. En el último número de la revista socialista inglesa *The Socialist Review*{66} (septiembre de 1916), órgano del oportunista «Partido Laborista Independiente», encontramos, en la página 287, una resolución de la conferencia de este partido en Newcastle: negativa a apoyar ninguna guerra por parte de ningún gobierno, aunque «nominalmente» fuera una guerra «defensiva». Y en la página 205 encontramos la siguiente declaración en un artículo editorial: «No aprobamos la insurrección de los sinn feiners» (insurrección irlandesa de 1916). «No aprobamos ninguna insurrección armada, como no aprobamos ninguna otra forma de militarismo y de guerra».

¿Hace falta demostrar que estos «antimilitaristas», semejantes partidarios del desarme, no en un Estado pequeño, sino en una gran potencia, son los peores oportunistas? Y, sin embargo, teóricamente tienen toda la razón cuando consideran la insurrección armada también como «una de las formas» de militarismo y de guerra.

Escrito en octubre de 1916.

Publicado en diciembre de 1916 en la «Recopilación de *El Socialdemócrata*», núm. 2. Firmado: N. Lenin.

Se publica según el texto de la Recopilación.