«Nadie comprometerá a la socialdemocracia revolucionaria si ella no se compromete a sí misma». Siempre es preciso recordar y tener presente esta máxima cuando tal o cual importante postulado teórico o táctico del marxismo triunfa o al menos se pone a la orden del día y cuando, además de los enemigos directos y serios, se le «lanzan» amigos tales que lo comprometen sin remedio —en ruso: lo deshonran—, convirtiéndolo en una caricatura. Así ha ocurrido en repetidas ocasiones en la historia de la socialdemocracia rusa. La victoria del marxismo en el movimiento revolucionario, a comienzos de la década de 1890, fue acompañada por la aparición de una caricatura del marxismo en la forma del «economismo» o «huelguismo» de entonces, sin una lucha de muchos años contra el cual los «iskristas» no habrían podido defender los fundamentos de la teoría y la política proletarias ni contra el populismo pequeñoburgués ni contra el liberalismo burgués. Así fue con el bolchevismo, que triunfó en el movimiento obrero de masas de 1905, entre otras cosas, gracias a la correcta aplicación de la consigna de «boicot a la Duma zarista»{43} en el período de las batallas más importantes de la revolución rusa, en el otoño de 1905, y que tuvo que sobrevivir —y superar mediante la lucha— a una caricatura del bolchevismo en los años 1908-1910, cuando Alexinski y otros armaban un gran alboroto contra la participación en la III Duma{44}.

Así están las cosas también ahora. El reconocimiento de la guerra actual como imperialista, la indicación de su profunda conexión con la época imperialista del capitalismo, encuentra, junto a adversarios serios, amigos poco serios para quienes la palabreja imperialismo se ha puesto de «moda», quienes, habiendo aprendido de memoria esta palabreja, llevan a los obreros la más desesperada confusión teórica, resucitando toda una serie de viejos errores del viejo «economismo». El capitalismo ha triunfado, por lo tanto no es necesario pensar en las cuestiones políticas, razonaban los viejos «economistas» en 1894-1901, llegando a negar la lucha política en Rusia. El imperialismo ha triunfado, por lo tanto no es necesario pensar en las cuestiones de la democracia política, razonan los «economistas imperialistas» de hoy. Como muestra de tales estados de ánimo, de tal caricatura del marxismo, adquiere importancia el artículo de P. Kíevski que se publica más arriba, que ofrece por primera vez un intento de exposición literaria más o menos integral de las vacilaciones de pensamiento que se han observado en algunos círculos de nuestro Partido en el extranjero desde principios de 1915.

La difusión del «economismo imperialista» en las filas de los marxistas, que se han posicionado decididamente contra el socialchovinismo y del lado del internacionalismo revolucionario en la actual gran crisis del socialismo, sería un golpe gravísimo para nuestra corriente —y para nuestro Partido—, pues la comprometería desde dentro, desde sus propias filas, la convertiría en representante de un marxismo caricaturesco. Por eso es preciso detenerse en una discusión detallada de al menos los principales de los innumerables errores del artículo de P. Kíevski, por muy «poco interesante» que sea en sí mismo, por mucho que esto lleve, una y otra vez, a una masticación excesivamente elemental de verdades excesivamente abecedarías, conocidas y comprendidas desde hace mucho por el lector atento y reflexivo a partir de nuestra literatura de 1914 y 1915.

Comencemos por el punto más «central» de los razonamientos de P. Kíevski, para introducir de inmediato al lector en la «esencia» de la nueva corriente del «economismo imperialista».

1. La actitud marxista ante las guerras y la «defensa de la patria»

P. Kíevski está convencido y quiere convencer a los lectores de que él «no está de acuerdo» únicamente con la autodeterminación de las naciones, con el § 9 de nuestro programa del Partido. Intenta rechazar con gran enojo la acusación de que se desvía fundamentalmente del marxismo en general en la cuestión de la democracia, de que es un «traidor» (comillas venenosas de P. Kíevski) al marxismo en algo fundamental. Pero la esencia del asunto es que, tan pronto como nuestro autor se puso a razonar sobre su supuesto desacuerdo particular y aislado, tan pronto como se puso a presentar argumentos, consideraciones, etc., enseguida resultó que precisamente se desvía del marxismo en toda la línea. Tómese el § b (sección 2) del artículo de P. Kíevski. «Esta reivindicación» (es decir, la autodeterminación de las naciones) «conduce directamente (!!) al socialpatriotismo», proclama nuestro autor y explica que la consigna «traidora» de la defensa de la patria es una conclusión que «se deduce con la más completa (!) legitimidad (!) lógica del derecho de las naciones a la autodeterminación...» La autodeterminación, en su opinión, es «la sanción a la traición de los socialpatriotas franceses y belgas, que defienden esta independencia» (la independencia nacional-estatal de Francia y Bélgica) «con las armas en la mano; ellos hacen lo que los partidarios de la «autodeterminación» solo dicen»... «La defensa de la patria pertenece al arsenal de nuestros peores enemigos»... «Nos negamos rotundamente a comprender cómo se puede estar a la vez contra la defensa de la patria y a favor de la autodeterminación, contra la patria y a favor de ella».

Así escribe P. Kíevski. Es evidente que no ha comprendido nuestras resoluciones contra la consigna de la defensa de la patria en la guerra actual. Es preciso tomar lo que está escrito negro sobre blanco en esas resoluciones y explicar una vez más el sentido de un claro lenguaje ruso.

La resolución de nuestro Partido, adoptada en la Conferencia de Berna en marzo de 1915 y titulada: «Sobre la consigna de la defensa de la patria», comienza con las palabras: «La esencia real de la guerra actual consiste» en tal y cual cosa.

Se trata de la guerra actual. Es imposible decirlo más claramente en ruso. Las palabras «la esencia real» muestran que es necesario distinguir lo aparente de lo real, la apariencia de la esencia, las frases de los hechos. Las frases sobre la defensa de la patria en la guerra actual presentan falsamente la guerra imperialista de 1914-1916, una guerra por el reparto de las colonias, por el saqueo de tierras ajenas, etc., como una guerra nacional. Para no dejar la más mínima posibilidad de tergiversar nuestros puntos de vista, la resolución añade un párrafo especial sobre las «guerras verdaderamente nacionales», que «tuvieron lugar especialmente (nótese: especialmente no significa exclusivamente) en la época de 1789-1871».

La resolución explica que «en la base» de estas guerras «verdaderamente» nacionales «se encontraba un largo proceso de movimientos nacionales de masas, de lucha contra el absolutismo y el feudalismo, de derrocamiento de la opresión nacional...»[22]

Parece que está claro, ¿no? En la actual guerra imperialista, que ha sido engendrada por todas las condiciones de la época imperialista, es decir, que no ha surgido por casualidad, ni como una excepción, ni como una desviación de lo general y típico, las frases sobre la defensa de la patria son un engaño al pueblo, pues no es una guerra nacional. En una guerra verdaderamente nacional, las palabras «defensa de la patria» no son en absoluto un engaño y no estamos en absoluto en contra de ella. Tales guerras (verdaderamente nacionales) tuvieron lugar «especialmente» en 1789-1871, y la resolución, sin negar en absoluto su posibilidad también ahora, explica cómo se debe distinguir una guerra verdaderamente nacional de una guerra imperialista, encubierta con consignas falsamente nacionales. A saber: para distinguirlas, es necesario examinar si «en la base» se encuentra «un largo proceso de movimientos nacionales de masas», el «derrocamiento de la opresión nacional».

En la resolución sobre el «pacifismo» se dice directamente: «los socialdemócratas no pueden negar la significación positiva de las guerras revolucionarias, es decir, no de las guerras imperialistas, sino de aquellas que se libraron, por ejemplo» (nótese esto: «por ejemplo»), «de 1789 a 1871 para el derrocamiento de la opresión nacional...»[23] ¿Podría una resolución de nuestro Partido en 1915 hablar de guerras nacionales, cuyos ejemplos se dieron en 1789-1871, e indicar que no negamos la significación positiva de tales guerras, si tales guerras no se reconocieran como posibles también ahora? Es evidente que no podría.

Un comentario a las resoluciones de nuestro Partido, es decir, una explicación popular de las mismas, es el folleto de Lenin y Zinóviev «El socialismo y la guerra». En este folleto, en la página 5, está escrito negro sobre blanco que «los socialistas reconocían y reconocen ahora la legitimidad, el carácter progresista y la justicia de la defensa de la patria o de una guerra defensiva» solo en el sentido del «derrocamiento de la opresión extranjera». Se cita como ejemplo: Persia contra Rusia «etc.» y se dice: «estas serían guerras justas, defensivas, independientemente de quién atacara primero, y todo socialista simpatizaría con la victoria de los Estados oprimidos, dependientes, sin plenos derechos, contra las «grandes» potencias opresoras, esclavistas y expoliadoras»[24].

El folleto se publicó en agosto de 1915, en alemán y en francés. P. Kíevski lo conoce perfectamente. Ni P. Kíevski ni nadie en general nos ha objetado nunca nada, ni contra la resolución sobre la consigna de la defensa de la patria, ni contra la resolución sobre el pacifismo, ni contra la interpretación de estas resoluciones en el folleto, ¡ni una sola vez! Cabe preguntarse, ¿calumniamos a P. Kíevski al decir que no ha entendido en absoluto el marxismo, si este escritor, que desde marzo de 1915 no ha objetado los puntos de vista de nuestro Partido sobre la guerra, ahora, en agosto de 1916, en un artículo sobre la autodeterminación, es decir, en un artículo supuestamente sobre una cuestión particular, demuestra una asombrosa incomprensión de la cuestión general?

P. Kíevski califica la consigna de la defensa de la patria de «traidora». Podemos asegurarle tranquilamente que toda consigna es y será siempre «traidora» para quienes la repitan mecánicamente, sin comprender su significado, sin reflexionar sobre el asunto, limitándose a memorizar las palabras sin analizar su sentido.

¿Qué es la «defensa de la patria», en general? ¿Es algún concepto científico del campo de la economía o de la política, etc.? No. Es simplemente la expresión más corriente, de uso común, a veces simplemente filistea, que significa la justificación de la guerra. ¡Nada más, absolutamente nada! Lo «traidor» aquí solo puede ser que los filisteos son capaces de justificar cualquier guerra diciendo «defendemos la patria», mientras que el marxismo, que no se rebaja al nivel del filisteísmo, exige un análisis histórico de cada guerra en particular para determinar si se puede considerar que esa guerra es progresista, que sirve a los intereses de la democracia o del proletariado, y en este sentido, legítima, justa, etc.

La consigna de la defensa de la patria es muy a menudo una justificación filistea e inconsciente de la guerra, ante la incapacidad de analizar históricamente el significado y el sentido de cada guerra en particular.

El marxismo proporciona tal análisis y dice: si la «esencia real» de la guerra consiste, por ejemplo, en el derrocamiento de la opresión extranjera (lo que es especialmente típico para Europa entre 1789 y 1871), entonces la guerra es progresista por parte del Estado o de la nación oprimida. Si la «esencia real» de la guerra es el reparto de las colonias, el reparto del botín, el saqueo de tierras ajenas (tal es la guerra de 1914-1916), entonces la frase sobre la defensa de la patria es un «completo engaño al pueblo».

¿Cómo encontrar, pues, la «esencia real» de una guerra, cómo determinarla? La guerra es la continuación de la política. Es necesario estudiar la política anterior a la guerra, la política que conduce y que ha conducido a la guerra. Si la política fue imperialista, es decir, defensora de los intereses del capital financiero, de saqueo y opresión de las colonias y de los países extranjeros, entonces la guerra que se deriva de esa política es una guerra imperialista. Si la política fue de liberación nacional, es decir, expresión de un movimiento de masas contra la opresión nacional, entonces la guerra que se deriva de tal política es una guerra de liberación nacional.

El filisteo no comprende que la guerra es «la continuación de la política», y por eso se limita a decir que «el enemigo ataca», «el enemigo ha invadido mi país», sin analizar por qué se libra la guerra, por qué clases, con qué fin político. P. Kíevski se rebaja completamente al nivel de tal filisteo cuando dice que, ved, Bélgica ha sido ocupada por los alemanes, por lo tanto, desde el punto de vista de la autodeterminación, «los socialpatriotas belgas tienen razón», o: una parte de Francia ha sido ocupada por los alemanes, por lo tanto «Guesde puede estar satisfecho», pues «se trata de un territorio poblado por dicha nación» (y no por una nación extranjera).

Para el filisteo es importante dónde están las tropas, quién está ganando en este momento. Para el marxista es importante por qué se libra esta guerra, durante la cual unas u otras tropas pueden ser vencedoras.

¿Por qué se libra esta guerra? Esto se indica en nuestra resolución (basada en la política que las potencias beligerantes llevaron a cabo durante décadas antes de la guerra). Inglaterra, Francia y Rusia luchan por conservar las colonias saqueadas y por saquear Turquía, etc. Alemania, por arrebatarles las colonias y saquear ella misma Turquía, etc. Supongamos que los alemanes toman incluso París y Petersburgo. ¿Cambiará por ello el carácter de esta guerra? En absoluto. El objetivo de los alemanes y —esto es aún más importante: la política realizable en caso de victoria alemana— será entonces arrebatar colonias, dominar Turquía, anexionarse regiones de nacionalidad extranjera, por ejemplo, Polonia, etc., pero en absoluto establecer una opresión nacional sobre los franceses o los rusos. La esencia real de esta guerra no es nacional, sino imperialista. En otras palabras: la guerra no se libra porque un bando derroque la opresión nacional y el otro la defienda. La guerra se libra entre dos grupos de opresores, entre dos bandidos, sobre cómo repartirse el botín, sobre quién ha de saquear Turquía y las colonias.

En resumen: una guerra entre grandes potencias imperialistas (es decir, que oprimen a toda una serie de pueblos extranjeros, que los envuelven en redes de dependencia del capital financiero, etc.) o en alianza con ellas, es una guerra imperialista. Tal es la guerra de 1914-1916. La «defensa de la patria» en esta guerra es un engaño, es su justificación.

Una guerra contra las potencias imperialistas, es decir, opresoras, por parte de los oprimidos (por ejemplo, los pueblos coloniales) es una guerra verdaderamente nacional. Es posible también ahora. La «defensa de la patria» por parte de un país nacionalmente oprimido contra uno nacionalmente opresor no es un engaño, y los socialistas no están en absoluto en contra de la «defensa de la patria» en tal guerra.

La autodeterminación de las naciones es lo mismo que la lucha por la completa liberación nacional, por la completa independencia, contra las anexiones, y los socialistas no pueden renunciar a tal lucha —en cualquiera de sus formas, hasta la insurrección o la guerra— sin dejar de ser socialistas.

P. Kíevski piensa que está luchando contra Plejánov: ¡Plejánov, dice, ha señalado la conexión entre la autodeterminación de las naciones y la defensa de la patria! P. Kíevski le creyó a Plejánov que esta conexión es realmente tal como la presenta Plejánov. Habiéndole creído a Plejánov, P. Kíevski se asustó y decidió que era necesario negar la autodeterminación para salvarse de las conclusiones de Plejánov... La credulidad hacia Plejánov es grande, el susto también es grande, ¡pero de una reflexión sobre en qué consiste el error de Plejánov no hay ni rastro!

Para hacer pasar esta guerra por nacional, los socialchovinistas se remiten a la autodeterminación de las naciones. La única lucha correcta contra ellos es demostrar que no se trata de una lucha por la liberación de las naciones, sino por cuál de los grandes depredadores ha de oprimir a más naciones. Llegar a negar una guerra que se libra verdaderamente por la liberación de las naciones significa ofrecer la peor caricatura del marxismo. Plejánov y los socialchovinistas franceses se remiten a la república en Francia para justificar la «defensa» de la misma contra la monarquía en Alemania. Si se razona como razona P. Kíevski, ¡entonces deberíamos estar en contra de la república o en contra de una guerra que se libra verdaderamente para defender la república! Los socialchovinistas alemanes se remiten al sufragio universal y a la enseñanza obligatoria para todos en Alemania para justificar la «defensa» de Alemania contra el zarismo. Si se razona como razona Kíevski, ¡entonces deberíamos estar o en contra del sufragio universal y la alfabetización de todos o en contra de una guerra que se libra verdaderamente para preservar la libertad política de los intentos de arrebatársela!

Antes de la guerra de 1914-1916, K. Kautsky era marxista, y toda una serie de sus obras y declaraciones más importantes seguirán siendo para siempre un modelo de marxismo. El 26 de agosto de 1910, Kautsky escribía en *Neue Zeit* sobre la guerra que se avecinaba y amenazaba:

«En una guerra entre Alemania e Inglaterra, lo que está en cuestión no es la democracia, sino la dominación mundial, es decir, la explotación del mundo. Esta no es una cuestión en la que los socialdemócratas deban ponerse del lado de los explotadores de su nación» (*Neue Zeit*, año 28, vol. 2, p. 776).

He aquí una excelente formulación marxista, que coincide plenamente con las nuestras, que desenmascara por completo al Kautsky actual, que ha pasado del marxismo a la defensa del socialchovinismo, que aclara con total nitidez los principios de la actitud marxista ante las guerras (volveremos en la prensa a esta formulación). Las guerras son la continuación de la política; por lo tanto, si hay una lucha por la democracia, también es posible una guerra por la democracia; la autodeterminación de las naciones es solo una de las reivindicaciones democráticas, que en nada se diferencia por principio de las demás. La «dominación mundial» es, en pocas palabras, el contenido de la política imperialista, cuya continuación es la guerra imperialista. Negar la «defensa de la patria», es decir, la participación en una guerra democrática, es un absurdo que no tiene nada en común con el marxismo. Embellecer la guerra imperialista aplicándole el concepto de «defensa de la patria», es decir, haciéndola pasar por democrática, significa engañar a los obreros, pasarse al lado de la burguesía reaccionaria.

2. «Nuestra concepción de la nueva época»

P. Kíevski, a quien pertenece la expresión entrecomillada, habla constantemente de una «nueva época». Desgraciadamente, también aquí sus razonamientos son erróneos.

Las resoluciones de nuestro Partido hablan de la guerra actual, engendrada por las condiciones generales de la época imperialista. La correlación entre la «época» y la «guerra actual» está planteada por nosotros de manera marxistamente correcta: para ser marxista, hay que evaluar cada guerra concreta por separado. Para comprender por qué entre las grandes potencias, muchas de las cuales estuvieron a la cabeza de la lucha por la democracia en 1789-1871, pudo y debió surgir una guerra imperialista, es decir, la más reaccionaria y antidemocrática por su significado político, para comprender esto, es necesario comprender las condiciones generales de la época imperialista, es decir, la transformación del capitalismo de los países avanzados en imperialismo.

P. Kíevski ha tergiversado por completo esta correlación entre la «época» y la «guerra actual». ¡Para él resulta que hablar concretamente significa hablar de la «época»! Esto es precisamente incorrecto.

La época de 1789-1871 es una época especial para Europa. Esto es indiscutible. No se puede comprender ni una sola guerra de liberación nacional, que son especialmente típicas de este tiempo, sin comprender las condiciones generales de esa época. ¿Significa esto que todas las guerras de esa época fueron de liberación nacional? Por supuesto que no. Decir esto significaría llegar al absurdo y sustituir el estudio concreto de cada guerra por un ridículo cliché. En 1789-1871 hubo también guerras coloniales y guerras entre imperios reaccionarios que oprimían a toda una serie de naciones extranjeras.

Cabe preguntarse: del hecho de que el capitalismo avanzado europeo (y americano) haya entrado en una nueva época de imperialismo, ¿se deduce que ahora solo son posibles guerras imperialistas? Sería una afirmación absurda, una incapacidad para distinguir un fenómeno concreto dado de toda la suma de diversos fenómenos posibles de una época. Una época se llama época precisamente porque abarca una suma de diversos fenómenos y guerras, tanto típicos como atípicos, tanto grandes como pequeños, tanto propios de los países avanzados como de los países atrasados. Despachar estas cuestiones concretas con frases generales sobre la «época», como hace P. Kíevski, significa abusar del concepto de «época». Ahora citaremos uno de los muchos ejemplos para no ser infundados. Pero primero hay que mencionar que un grupo de izquierdas, concretamente el grupo alemán «Internacional», en sus tesis publicadas en el nº 3 del Boletín de la Comisión Ejecutiva de Berna (29 de febrero de 1916), formuló en el § 5 una afirmación claramente incorrecta: «En la era de este imperialismo desenfrenado ya no puede haber guerras nacionales». Analizamos esta afirmación en la «Recopilación del Social-Demócrata»[25]. Aquí solo señalaremos que, aunque todos los interesados en el movimiento internacionalista conocen desde hace mucho esta tesis teórica (luchamos contra ella ya en la reunión ampliada de la Comisión Ejecutiva de Berna en la primavera de 1916), hasta ahora ningún grupo la ha repetido ni la ha adoptado. Y P. Kíevski, en agosto de 1916, cuando escribió su artículo, no dijo ni una palabra en el espíritu de tal o similar afirmación.

Es necesario señalar esto por lo siguiente: si se hubiera formulado tal o similar afirmación teórica, entonces se podría hablar de una divergencia teórica. Pero cuando no se formula ninguna afirmación similar, nos vemos obligados a decir: no estamos ante una concepción diferente de la «época», no ante una divergencia teórica, sino solo ante una frase lanzada al vuelo, solo ante un abuso de la palabra «época».

Ejemplo: «¿No se parece (la autodeterminación) —escribe P. Kíevski al principio de su artículo— al derecho a recibir gratuitamente 10.000 desiatinas en Marte? A esta pregunta no se puede responder de otra manera que de forma totalmente concreta, teniendo en cuenta toda la época actual; pues una cosa es el derecho de las naciones a la autodeterminación en la época de la formación de los Estados nacionales, como las mejores formas de desarrollo de las fuerzas productivas en su nivel de entonces, y otra cosa es este derecho cuando estas formas, las formas del Estado nacional, se han convertido en cadenas para su desarrollo. Entre la época de la autoafirmación del capitalismo y del Estado nacional y la época de la ruina del Estado nacional y de la víspera de la ruina del propio capitalismo, hay una distancia de enorme magnitud. Hablar «en general», fuera del tiempo y del espacio, no es propio de un marxista».

Este razonamiento es un ejemplo del uso caricaturesco del concepto de «época imperialista». ¡Precisamente porque este concepto es nuevo e importante, hay que luchar contra la caricatura! ¿De qué se trata cuando se dice que las formas del Estado nacional se han convertido en cadenas, etc.? De los países capitalistas avanzados, Alemania, Francia, Inglaterra en primer lugar, cuya participación en la guerra actual la ha convertido primordialmente en una guerra imperialista. En estos países, que hasta ahora han llevado a la humanidad hacia adelante, especialmente en 1789-1871, el proceso de formación del Estado nacional ha concluido; en estos países el movimiento nacional es un pasado irrevocable, resucitar el cual sería una utopía reaccionaria y absurda. El movimiento nacional de los franceses, ingleses, alemanes, hace mucho que ha concluido; aquí, en el orden del día histórico, hay otra cosa: las naciones que se liberaban se han convertido en naciones opresoras, en naciones de saqueo imperialista, que viven la «víspera de la ruina del capitalismo».

¿Y las otras naciones?

P. Kíevski repite, como una regla aprendida de memoria, que los marxistas deben razonar «concretamente», pero no la aplica. Y nosotros, en nuestras tesis, dimos a propósito un ejemplo de respuesta concreta, y P. Kíevski no quiso señalarnos nuestro error, si es que veía un error ahí.

En nuestras tesis (§ 6) se dice que, para ser concretos, es necesario distinguir no menos de tres tipos diferentes de países en lo que respecta a la autodeterminación. (Es evidente que en unas tesis generales no se podría hablar de cada país por separado). El primer tipo son los países avanzados de Europa Occidental (y América), donde el movimiento nacional es cosa del pasado. El segundo tipo es Europa Oriental, donde es el presente. El tercer tipo son las semicolonias y las colonias, donde es, en gran medida, el futuro[26].

¿Es esto correcto o no? P. Kíevski debería haber dirigido su crítica aquí. ¡Pero ni siquiera se da cuenta de en qué consisten las cuestiones teóricas! No ve que, mientras no refute la tesis indicada (en el § 6) de nuestras tesis —y no se puede refutar, porque es correcta—, sus razonamientos sobre la «época» se parecen a los de un hombre que «blande» una espada pero no asesta el golpe.

«En contra de la opinión de V. Ilin —escribe al final del artículo—, consideramos que para la mayoría (!) de los países occidentales (!) la cuestión nacional no está resuelta»...

Entonces, ¿acaso el movimiento nacional de los franceses, españoles, ingleses, holandeses, alemanes, italianos no se completó en los siglos XVII, XVIII, XIX y antes? Al principio del artículo, el concepto de «época del imperialismo» se tergiversa como si el movimiento nacional hubiera concluido en general, y no solo en los países avanzados de Occidente. ¡Al final del mismo artículo, la «cuestión nacional» se declara «no resuelta» precisamente en los países occidentales! ¿No es esto una confusión?

En los países occidentales, el movimiento nacional es un pasado lejano. La «patria» en Inglaterra, Francia, Alemania, etc., ya ha cantado su canción, ha desempeñado su papel histórico, es decir, aquí el movimiento nacional no puede dar nada progresista, que eleve a nuevas masas de gente a una nueva vida económica y política. Aquí, en el orden del día histórico, no está la transición del feudalismo o de la barbarie patriarcal al progreso nacional, a una patria culta y políticamente libre, sino la transición de una «patria» que ha agotado su vitalidad, capitalista y sobremadura, al socialismo.

En el este de Europa, la situación es diferente. Para los ucranianos y los bielorrusos, por ejemplo, solo una persona que en sus sueños viviera en Marte podría negar que aquí aún no ha concluido el movimiento nacional, que el despertar de las masas a la posesión de su lengua materna y su literatura –(y esta es una condición necesaria y un corolario del pleno desarrollo del capitalismo, de la plena penetración del intercambio hasta la última familia campesina)– aún se está produciendo aquí. La «patria» aquí aún no ha cantado toda su canción histórica. La «defensa de la patria» puede ser todavía aquí la defensa de la democracia, de la lengua materna, de la libertad política contra las naciones opresoras, contra el medievo, mientras que los ingleses, franceses, alemanes e italianos mienten ahora al hablar de la defensa de su patria en la guerra actual, pues lo que defienden en realidad no es su lengua materna, ni la libertad de su desarrollo nacional, sino sus derechos de esclavistas, sus colonias, las «esferas de influencia» de su capital financiero en países ajenos, etc.

En las semicolonias y colonias, el movimiento nacional es históricamente aún más joven que en el este de Europa.

A qué se refieren las palabras sobre los «países altamente desarrollados» y sobre la época imperialista; en qué consiste la situación «particular» de Rusia (título del § d en el capítulo 2 de P. Kievsky) y no solo de Rusia; dónde el movimiento de liberación nacional es una frase falaz y dónde es una realidad viva y progresista, nada de esto lo ha comprendido P. Kievsky en absoluto.

3. ¿Qué es el análisis económico?

El quid de los razonamientos de los adversarios de la autodeterminación es la referencia a su «irrealizabilidad» en el capitalismo en general o en el imperialismo. La palabreja «irrealizabilidad» se emplea a menudo en significados diversos y no definidos con precisión. Por eso, en nuestras tesis, exigimos lo que es necesario en toda discusión teórica: aclarar en qué sentido se habla de «irrealizabilidad». Y sin limitarnos a la pregunta, hemos procedido a tal aclaración. En el sentido de dificultad política para su realización, o de irrealizabilidad sin una serie de revoluciones, todas las reivindicaciones de la democracia son «irrealizables» bajo el imperialismo.

En el sentido de imposibilidad económica, hablar de la irrealizabilidad de la autodeterminación es radicalmente erróneo.

Tal era nuestra posición. Aquí reside el quid de la divergencia teórica, y a esta cuestión, en una discusión medianamente seria, nuestros adversarios deberían haber prestado toda su atención.

Vean, pues, cómo razona P. Kievsky sobre esta cuestión.

Rechaza decididamente la interpretación de la irrealizabilidad en el sentido de «difícil de realizar» por razones políticas. Responde a la pregunta directamente en el sentido de la imposibilidad económica.

«¿Significa esto —escribe— que la autodeterminación bajo el imperialismo es tan irrealizable como el dinero-trabajo en la producción mercantil?». Y P. Kievsky responde: «¡Sí, significa eso! Porque hablamos precisamente de la contradicción lógica entre dos categorías sociales: el «imperialismo» y la «autodeterminación de las naciones», una contradicción lógica igual a la que existe entre otras dos categorías: el dinero-trabajo y la producción mercantil. El imperialismo es la negación de la autodeterminación, y ningún prestidigitador logrará conciliar la autodeterminación con el imperialismo».

Por muy terrible que sea esa airada palabra, «prestidigitadores», que P. Kievsky nos dirige, debemos, no obstante, señalarle que él simplemente no comprende qué significa el análisis económico. La «contradicción lógica» —siempre que, por supuesto, el pensamiento lógico sea correcto— no debe existir ni en el análisis económico ni en el político. Por lo tanto, apelar a la «contradicción lógica» en general, cuando se trata precisamente de ofrecer un análisis económico y no político, no viene en absoluto al caso. A las «categorías sociales» pertenecen tanto lo económico como lo político. Por consiguiente, P. Kievsky, tras responder primero de manera resuelta y directa: «sí, significa eso» (es decir, la autodeterminación es tan irrealizable como el dinero-trabajo en la producción mercantil), en realidad se ha limitado a dar rodeos, sin ofrecer un análisis económico.

¿Con qué se demuestra que el dinero-trabajo es irrealizable en la producción mercantil? Con el análisis económico. Este análisis, que como todo análisis no admite «contradicción lógica», toma las categorías económicas y solo las económicas (y no las «sociales» en general) y de ellas deduce la imposibilidad del dinero-trabajo. En el primer capítulo de *El Capital* no se habla para nada de política, ni de ninguna forma política, ni de «categorías sociales» en general: el análisis toma solo lo económico, el intercambio de mercancías, el desarrollo del intercambio de mercancías. El análisis económico demuestra —mediante razonamientos, por supuesto, «lógicos»— que el dinero-trabajo es irrealizable en la producción mercantil. ¡P. Kievsky ni siquiera intenta iniciar un análisis económico! Confunde la esencia económica del imperialismo con sus tendencias políticas, como se desprende de la primera frase del primer parágrafo de su artículo. He aquí esa frase:

«El capital industrial fue la síntesis de la producción precapitalista y del capital comercial y usurario. El capital usurario se puso al servicio del industrial. Ahora el capitalismo supera los diferentes tipos de capital, surge un tipo superior y unificado, el capital financiero, y por eso toda la época puede llamarse la época del capital financiero, cuyo sistema adecuado de política exterior es el imperialismo».

Económicamente, toda esta definición no vale nada: en lugar de categorías económicas precisas, solo hay frases. Pero no es posible detenerse en esto ahora. Lo importante es que P. Kievsky declara que el imperialismo es un «sistema de política exterior».

Esto es, en primer lugar, una repetición esencialmente incorrecta de una idea incorrecta de Kautsky.

Esto es, en segundo lugar, una definición puramente política, solo política, del imperialismo. Mediante la definición del imperialismo como un «sistema de política», P. Kievsky quiere eludir el análisis económico que prometió dar, al declarar que la autodeterminación es «tan» irrealizable, es decir, económicamente irrealizable, bajo el imperialismo, ¡como el dinero-trabajo en la producción mercantil![27]

Kautsky, en su polémica con los izquierdistas, declaraba que el imperialismo es «solo un sistema de política exterior» (concretamente, de anexiones), que no se puede llamar imperialismo a una determinada fase económica, a un grado de desarrollo del capitalismo.

Kautsky se equivoca. Discutir sobre palabras, por supuesto, no es inteligente. Prohibir el uso de la «palabra» imperialismo de una u otra manera es imposible. Pero es necesario aclarar con precisión los conceptos si se quiere llevar a cabo una discusión.

Económicamente, el imperialismo (o la «época» del capital financiero, la palabra no es lo importante) es la fase superior del desarrollo del capitalismo, precisamente aquella en que la producción ha llegado a ser tan grande y grandísima que la libre competencia es sustituida por el monopolio. En esto reside la esencia económica del imperialismo. El monopolio se manifiesta en los trusts, los sindicatos, etc., en la omnipotencia de los bancos gigantescos, en el acaparamiento de las fuentes de materias primas, etc., y en la concentración del capital bancario, etc. Todo el asunto reside en el monopolio económico.

La superestructura política sobre la nueva economía, sobre el capitalismo monopolista (el imperialismo es capitalismo monopolista), es un viraje de la democracia a la reacción política. A la libre competencia le corresponde la democracia. Al monopolio le corresponde la reacción política. «El capital financiero aspira a la dominación, no a la libertad», dice con razón R. Hilferding en su *El capital financiero*.

Separar la «política exterior» de la política en general, o, más aún, contraponer la política exterior a la interior, es una idea radicalmente incorrecta, no marxista, no científica. Tanto en la política exterior como en la interior, el imperialismo aspira por igual a las violaciones de la democracia, a la reacción. En este sentido, es indiscutible que el imperialismo es la «negación» de la democracia en general, de toda la democracia, y no solo de una de las reivindicaciones de la democracia, a saber: la autodeterminación de las naciones.

Siendo la «negación» de la democracia, el imperialismo también «niega» la democracia en la cuestión nacional (es decir, la autodeterminación de las naciones): «también», es decir, aspira a violarla; su realización es exactamente igual de difícil y en el mismo sentido bajo el imperialismo, que lo que es difícil bajo el imperialismo (en comparación con el capitalismo premonopolista) la realización de la república, la milicia, la elección de los funcionarios por el pueblo, etc. De una «irrealizabilidad» económica no se puede ni hablar.

A P. Kievsky le ha inducido a error aquí, probablemente, además de la incomprensión general de las exigencias del análisis económico, la circunstancia de que, desde el punto de vista del filisteo, la anexión (es decir, la incorporación de un territorio de otra nacionalidad en contra de la voluntad de su población, es decir, la violación de la autodeterminación de la nación) se considera equivalente a la «expansión» del capital financiero a un territorio económico más vasto.

Pero con conceptos de filisteo no se pueden abordar cuestiones teóricas.

El imperialismo es, económicamente, capitalismo monopolista. Para que el monopolio sea completo, es necesario eliminar a los competidores no solo del mercado interior (del mercado del Estado dado), sino también del exterior, de todo el mundo. ¿Existe la posibilidad económica «en la era del capital financiero» de eliminar la competencia incluso en un Estado ajeno? Por supuesto que sí: el medio para ello es la dependencia financiera y el acaparamiento de las fuentes de materias primas, y luego de todas las empresas del competidor.

Los trusts norteamericanos son la expresión suprema de la economía del imperialismo o del capitalismo monopolista. Para eliminar a un competidor, los trusts no se limitan a medios económicos, sino que recurren constantemente a medios políticos e incluso criminales. Pero sería un error profundísimo considerar económicamente irrealizable el monopolio de los trusts con métodos de lucha puramente económicos. Por el contrario, la realidad demuestra a cada paso la «realizabilidad» de esto: los trusts socavan el crédito del competidor por medio de los bancos (los dueños de los trusts son los dueños de los bancos: compra de acciones); los trusts socavan el suministro de materiales a los competidores (los dueños de los trusts son los dueños de los ferrocarriles: compra de acciones); los trusts, durante un cierto tiempo, bajan los precios por debajo del coste de producción, gastando en ello millones, para arruinar al competidor y comprar sus empresas, sus fuentes de materias primas (minas, tierras, etc.).

He aquí un análisis puramente económico de la fuerza de los trusts y de su expansión. He aquí una vía puramente económica hacia la expansión: la compra de empresas, establecimientos, fuentes de materias primas.

El gran capital financiero de un país siempre puede comprar a los competidores de otro país, políticamente independiente, y siempre lo hace. Económicamente, esto es plenamente realizable. La «anexión» económica es plenamente «realizable» sin la política y se encuentra constantemente. En la literatura sobre el imperialismo encontrarán a cada paso indicaciones como, por ejemplo, que Argentina es en realidad una «colonia comercial» de Inglaterra, que Portugal es en realidad un «vasallo» de Inglaterra, etc. Esto es cierto: la dependencia económica de los bancos ingleses, el endeudamiento con Inglaterra, la compra por Inglaterra de los ferrocarriles locales, minas, tierras, etc., todo esto convierte a dichos países en una «anexión» de Inglaterra en el sentido económico, sin violar la independencia política de estos países.

Se llama autodeterminación de las naciones a su independencia política. El imperialismo aspira a violarla, pues con la anexión política la económica es a menudo más cómoda, más barata (es más fácil sobornar a los funcionarios, obtener concesiones, promulgar una ley ventajosa, etc.), más práctica, más tranquila; exactamente igual que el imperialismo aspira a sustituir la democracia en general por la oligarquía. Pero hablar de la «irrealizabilidad» económica de la autodeterminación bajo el imperialismo es simplemente un completo disparate.

P. Kievsky elude las dificultades teóricas mediante un procedimiento extremadamente fácil y superficial, que en alemán se llama expresiones *burschikose*, es decir, expresiones simplonas y burdas, propias de estudiantes, habituales (y naturales) en una juerga estudiantil. He aquí un ejemplo:

«El sufragio universal —escribe—, la jornada laboral de 8 horas e incluso la república son lógicamente compatibles con el imperialismo, aunque al imperialismo no le sonríen en absoluto (!!), y por eso su realización es extremadamente difícil».

No tendríamos absolutamente nada en contra de la expresión *burschikose*: la república no le «sonríe» al imperialismo —¡una palabreja alegre a veces ameniza las materias doctas!— si además de ellas, en el razonamiento sobre una cuestión seria, hubiera también un análisis económico y político de los conceptos. En P. Kievsky, lo *burschikos* sustituye a tal análisis, oculta su ausencia.

¿Qué significa: «la república no le sonríe al imperialismo»? ¿Y por qué es así?

La república es una de las formas posibles de la superestructura política sobre la sociedad capitalista y, además, la más democrática en las condiciones actuales. Decir: la república «no le sonríe» al imperialismo significa decir que existe una contradicción entre el imperialismo y la democracia. Es muy posible que esta conclusión nuestra «no le sonría» e incluso «no le sonría en absoluto» a P. Kievsky, pero es, no obstante, indiscutible.

Además. ¿De qué tipo es esta contradicción entre el imperialismo y la democracia? ¿Lógica o no lógica? P. Kievsky emplea la palabra «lógico» sin pensar, y por eso no se da cuenta de que esta palabra le sirve en este caso para ocultar (a los ojos y a la mente del lector, así como a los ojos y a la mente del autor) precisamente la cuestión sobre la que se ha propuesto razonar. Esta cuestión es la relación de la economía con la política; la relación de las condiciones económicas y el contenido económico del imperialismo con una de las formas políticas. Toda «contradicción» que se señala en los razonamientos humanos es una contradicción lógica; esto es una tautología vacía. Mediante esta tautología, P. Kievsky elude el fondo de la cuestión: ¿es esta una contradicción «lógica» entre dos fenómenos o situaciones económicas (1)? ¿o entre dos políticas (2)? ¿o entre una económica y una política (3)?

¡Pues en esto reside el fondo, una vez que se ha planteado la cuestión de la irrealizabilidad o realizabilidad económica bajo una u otra forma política!

Si P. Kievsky no hubiera eludido este fondo, probablemente habría visto que la contradicción entre el imperialismo y la república es una contradicción entre la economía del capitalismo más reciente (a saber: el capitalismo monopolista) y la democracia política en general. Pues P. Kievsky nunca demostrará que cualquier medida democrática importante y fundamental (elección de funcionarios u oficiales por el pueblo, libertad total de asociación y reunión, etc.) contradice menos al imperialismo (le «sonríe» más, si se quiere) que la república.

Se llega precisamente a la posición en la que insistíamos en las tesis: el imperialismo contradice, «lógicamente» contradice, a toda la democracia política en general. A P. Kievsky «no le sonríe» esta posición nuestra, porque destruye sus construcciones ilógicas, pero ¿qué se le va a hacer? ¿Acaso hay que resignarse de verdad a que, cuando se pretende refutar ciertas posiciones, en realidad se las introduce a hurtadillas mediante la expresión: «la república no le sonríe al imperialismo»?

Además. ¿Por qué la república no le sonríe al imperialismo? ¿Y cómo «concilia» el imperialismo su economía con la república?

P. Kievsky no ha pensado en esto. Le recordaremos las siguientes palabras de Engels. Se trata de la república democrática. La cuestión es la siguiente: ¿puede la riqueza dominar bajo esta forma de gobierno? Es decir, la cuestión es precisamente sobre la «contradicción» entre la economía y la política.

Engels responde: «... La república democrática no reconoce oficialmente ninguna diferencia» (entre los ciudadanos) «de fortuna. En ella, la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero por ello mismo de un modo tanto más seguro. Por una parte, bajo la forma del soborno directo de los funcionarios» («cuyo modelo clásico es Norteamérica»), «y, por otra, bajo la forma de la alianza del gobierno y la Bolsa...»{45}

¡He aquí un ejemplo de análisis económico sobre la cuestión de la «realizabilidad» de la democracia bajo el capitalismo, una pequeña parte de la cual es la cuestión de la «realizabilidad» de la autodeterminación bajo el imperialismo!

La república democrática contradice «lógicamente» al capitalismo, porque «oficialmente» equipara al rico y al pobre. Esto es una contradicción entre el sistema económico y la superestructura política. Con el imperialismo, la república tiene la misma contradicción, profundizada o agravada por el hecho de que la sustitución de la libre competencia por el monopolio «dificulta» aún más la realización de todas las libertades políticas.

¿Cómo se concilia, pues, el capitalismo con la democracia? ¡Mediante la realización indirecta de la omnipotencia del capital! Los medios económicos para ello son dos: 1) el soborno directo; 2) la alianza del gobierno con la Bolsa. (En nuestras tesis esto se expresa con las palabras de que el capital financiero «comprará y sobornará libremente a cualquier gobierno y a los funcionarios» bajo el régimen burgués).

Mientras domine la producción mercantil, la burguesía, el poder del dinero, el soborno (directo y a través de la Bolsa) es «realizable» bajo cualquier forma de gobierno, bajo cualquier democracia.

Cabe preguntar, ¿qué cambia en la relación que nos ocupa con la sustitución del capitalismo por el imperialismo, es decir, del capitalismo premonopolista por el monopolista?

¡Solo que el poder de la Bolsa se fortalece! Porque el capital financiero es el capital industrial más grande, que ha alcanzado el monopolio, fusionado con el capital bancario. Los grandes bancos se fusionan con la Bolsa, absorbiéndola. (En la literatura sobre el imperialismo se habla de la decadencia del papel de la Bolsa, pero solo en el sentido de que todo banco gigantesco es en sí mismo una Bolsa).

Además. Si para la «riqueza» en general resulta plenamente realizable dominar cualquier república democrática mediante el soborno y la Bolsa, ¿cómo puede P. Kievsky afirmar, sin caer en una divertida «contradicción lógica», que la riqueza inmensa de los trusts y los bancos, que manejan miles de millones, no puede «realizar» el poder del capital financiero sobre una república ajena, es decir, políticamente independiente?

¿Y bien? ¿Es «irrealizable» el soborno de funcionarios en un Estado ajeno? ¿O la «alianza del gobierno con la Bolsa» es solo la alianza con el propio gobierno?

El lector ya ve por esto que para desenredar y explicar popularmente se necesitan unas 10 páginas impresas contra diez líneas de confusión. No podemos analizar con tanto detalle cada razonamiento de P. Kievsky —¡no tiene literalmente ni uno solo sin confusión!—, y tampoco es necesario, una vez que lo principal ha sido analizado. El resto lo señalaremos brevemente.

4. El ejemplo de Noruega

Noruega «realizó» el derecho supuestamente irrealizable a la autodeterminación en 1905, en la era del imperialismo más desenfrenado. Hablar de «irrealizabilidad» es, por tanto, no solo teóricamente absurdo, sino también ridículo.

P. Kievsky quiere refutar esto llamándonos airadamente «racionalistas» (¿a qué viene esto? El racionalista se limita al razonamiento, y además abstracto, ¡mientras que nosotros hemos señalado un hecho de lo más concreto! ¿No estará P. Kievsky empleando la palabreja extranjera «racionalista» de un modo tan... ¿cómo decirlo más suavemente?..., tan «acertado» como empleó al principio de su artículo la palabra «extractivo», al proponer sus consideraciones «en forma extractiva»?).

P. Kievsky nos reprocha que para nosotros «importa la apariencia de los fenómenos, y no su verdadera esencia». Echemos, pues, un vistazo a la verdadera esencia.

La refutación comienza con un ejemplo: el hecho de que se promulgue una ley contra los trusts no demuestra la irrealizabilidad de la prohibición de los trusts. Cierto. Solo que el ejemplo es desafortunado, porque habla en contra de P. Kievsky. La ley es una medida política, es política. Con ninguna medida política se puede prohibir la economía. Con ninguna forma política de Polonia, ya sea parte de la Rusia zarista o de Alemania, o una región autónoma o un Estado políticamente independiente, se puede ni prohibir ni anular su dependencia del capital financiero de las potencias imperialistas, la compra de las acciones de sus empresas por este capital.

La independencia de Noruega «realizada» en 1905 es solo política. No pretendía ni podía afectar a la dependencia económica. Precisamente de esto hablan nuestras tesis. Indicábamos precisamente que la autodeterminación concierne solo a la política y que, por tanto, es incorrecto siquiera plantear la cuestión de la irrealizabilidad económica. ¡Y P. Kievsky nos «refuta» aduciendo un ejemplo de la impotencia de las prohibiciones políticas contra la economía! ¡Vaya «refutación»!

Además.

«Uno o incluso muchos ejemplos de la victoria de las pequeñas empresas sobre las grandes no son suficientes para refutar la tesis correcta de Marx de que el curso general del desarrollo del capitalismo va acompañado de la concentración y centralización de la producción».

Este argumento consiste de nuevo en un ejemplo desafortunado, elegido para desviar la atención (del lector y del autor) de la verdadera esencia de la disputa.

Nuestra tesis sostiene que es incorrecto hablar de la irrealizabilidad económica de la autodeterminación en el mismo sentido en que el dinero-trabajo es irrealizable bajo el capitalismo. No puede haber ni un solo «ejemplo» de tal realizabilidad. P. Kievsky, en silencio, reconoce nuestra razón en este punto, pues pasa a otra interpretación de la «irrealizabilidad».

¿Por qué no lo hace directamente? ¿Por qué no formula abierta y precisamente su tesis: «la autodeterminación, siendo irrealizable en el sentido de su posibilidad económica bajo el capitalismo, contradice el desarrollo y, por tanto, es reaccionaria o es solo una excepción»?

Porque una formulación abierta de la contratesis desenmascararía inmediatamente al autor, y este tiene que esconderse.

La ley de la concentración económica, de la victoria de la gran producción sobre la pequeña, es reconocida tanto por nuestro programa como por el de Erfurt. P. Kievsky oculta el hecho de que en ninguna parte se reconoce la ley de la concentración política o estatal. Si es una ley igual o también una ley, ¿por qué P. Kievsky no la expone y propone completar nuestro programa? ¿Es justo por su parte dejarnos con un programa malo e incompleto, cuando él ha descubierto esta nueva ley de la concentración estatal, una ley que tiene importancia práctica, pues libraría a nuestro programa de conclusiones erróneas?

P. Kievsky no da ninguna formulación de la ley, no propone completar nuestro programa, porque siente vagamente que entonces haría el ridículo. Todo el mundo se reiría a carcajadas del curioso «economismo imperialista» si este punto de vista saliera a la luz, y paralelamente a la ley del desplazamiento de la pequeña producción por la grande se postulara la «ley» (en conexión con ella o junto a ella) ¡del desplazamiento de los pequeños Estados por los grandes!

Para aclarar esto, nos limitaremos a una pregunta a P. Kievsky: ¿por qué los economistas sin comillas no hablan de la «desintegración» de los trusts o grandes bancos modernos? ¿de la posibilidad de tal desintegración y de su realizabilidad? ¿por qué incluso el «economista imperialista» entre comillas se ve obligado a reconocer la posibilidad y la realizabilidad de la desintegración de los grandes Estados, y no solo de la desintegración en general, sino, por ejemplo, de la separación de las «pequeñas nacionalidades» (¡nótese esto!) de Rusia (§ d en el capítulo 2 del artículo de P. Kievsky)?

Finalmente, para aclarar aún más hasta dónde llega nuestro autor en sus afirmaciones, y para advertirle, señalemos lo siguiente: todos nosotros exponemos abiertamente la ley del desplazamiento de la pequeña producción por la grande, y nadie teme calificar los «ejemplos» aislados de «victoria de las pequeñas empresas sobre las grandes» de fenómeno reaccionario. Calificar de reaccionaria la separación de Noruega de Suecia, hasta ahora ningún adversario de la autodeterminación se ha atrevido a hacerlo, aunque desde 1914 hemos planteado esta cuestión en la literatura[28].

La gran producción es irrealizable si se conservan, por ejemplo, los telares manuales; es completamente absurda la idea de la «desintegración» de una fábrica mecanizada en talleres manuales. La tendencia imperialista hacia los grandes imperios es plenamente realizable y en la práctica se realiza a menudo en forma de una alianza imperialista de Estados autónomos e independientes, en el sentido político de la palabra. Tal alianza es posible y se observa no solo en forma de fusión económica de los capitales financieros de dos países, sino también en forma de «colaboración» militar en una guerra imperialista. La lucha nacional, la insurrección nacional, la separación nacional son plenamente «realizables» y se observan de hecho bajo el imperialismo, e incluso se intensifican, pues el imperialismo no detiene el desarrollo del capitalismo y el crecimiento de las tendencias democráticas en la masa de la población, sino que agudiza el antagonismo entre estas aspiraciones democráticas y la tendencia antidemocrática de los trusts.

Solo desde el punto de vista del «economismo imperialista», es decir, de un marxismo caricaturesco, se puede ignorar, por ejemplo, el siguiente fenómeno peculiar de la política imperialista: por una parte, la actual guerra imperialista nos muestra ejemplos de cómo se logra arrastrar a un pequeño Estado políticamente independiente, por la fuerza de los lazos financieros y de los intereses económicos, a la lucha entre las grandes potencias (Inglaterra y Portugal). Por otra parte, la violación del democratismo en relación con las naciones pequeñas, mucho más impotentes (tanto económica como políticamente) frente a sus «protectores» imperialistas, provoca o bien una insurrección (Irlanda), o bien el paso de regimientos enteros al lado del enemigo (los checos). En tal estado de cosas, no solo es «realizable» desde el punto de vista del capital financiero, sino que a veces es directamente ventajoso para los trusts, para su política imperialista, para su guerra imperialista, conceder la mayor libertad democrática posible, hasta la independencia estatal, a determinadas naciones pequeñas, para no arriesgarse a malograr «sus» operaciones militares. Olvidar la peculiaridad de las relaciones políticas y estratégicas y repetir, a propósito y a despropósito, una sola palabreja aprendida de memoria: «imperialismo», no es en absoluto marxismo.

Sobre Noruega, P. Kievski nos informa, en primer lugar, que «siempre fue un Estado independiente». Esto es incorrecto, y no se puede explicar tal incorrección más que por la negligencia presuntuosa del autor y su falta de atención a las cuestiones políticas. Noruega no fue un Estado independiente hasta 1905; solo gozaba de una autonomía extraordinariamente amplia. Suecia no reconoció la independencia estatal de Noruega hasta después de que Noruega se separara de ella. Si Noruega «siempre hubiera sido un Estado independiente», el gobierno sueco no podría haber comunicado a las potencias extranjeras el 26 de octubre de 1905 que ahora reconocía a Noruega como un país independiente.

En segundo lugar, P. Kievski cita una serie de extractos para demostrar que Noruega miraba hacia el oeste, y Suecia hacia el este, que en una «operaba» predominantemente el capital financiero inglés, y en la otra, el alemán, etc. De aquí se extrae la solemne conclusión: «este ejemplo» (de Noruega) «encaja por completo en nuestros esquemas».

¡He aquí una muestra de la lógica del «economismo imperialista»! En nuestras tesis se indica que el capital financiero puede dominar en «cualquier» país, «aunque sea independiente», y que, por lo tanto, todos los razonamientos sobre la «irrealizabilidad» de la autodeterminación desde el punto de vista del capital financiero son una completa confusión. Se nos presentan datos que confirman nuestra tesis sobre el papel del capital financiero extranjero en Noruega tanto antes como después de la separación, ¡¡con un aire como si esto nos refutara!!

Hablar del capital financiero y sobre esa base olvidar las cuestiones políticas, ¿acaso significa eso razonar sobre política?

No. Las cuestiones políticas no han desaparecido por los errores lógicos del «economismo». En Noruega «operaba» el capital financiero inglés antes y después de la separación. En Polonia «operaba» el capital financiero alemán antes de su separación de Rusia, y «operará» bajo cualquier situación política de Polonia. Esto es tan elemental que da vergüenza repetirlo, pero ¿qué hacer cuando se olvida el abecé?

¿Desaparece por ello la cuestión política sobre tal o cual situación de Noruega? ¿Sobre su pertenencia a Suecia? ¿Sobre el comportamiento de los obreros cuando se planteó la cuestión de la separación?

P. Kievski ha eludido estas cuestiones, porque golpean duramente a los «economistas». Pero en la vida, estas cuestiones se plantearon y se plantean. En la vida se planteó la cuestión: ¿puede ser socialdemócrata un obrero sueco que no reconozca el derecho de Noruega a la separación? No puede.

Los aristócratas suecos estaban a favor de la guerra contra Noruega, los popes también. Este hecho no desaparece porque P. Kievski se haya «olvidado» de leer sobre él en las historias del pueblo noruego. El obrero sueco podía, sin dejar de ser socialdemócrata, aconsejar a los noruegos que votaran en contra de la separación (la votación popular en Noruega sobre la cuestión de la separación tuvo lugar el 13 de agosto de 1905 y arrojó 368.200 votos a favor de la separación y 184 en contra, con la participación de cerca del 80% de los que tenían derecho a voto). Pero aquel obrero sueco que, al igual que la aristocracia y la burguesía suecas, hubiera negado el derecho de los noruegos a decidir esta cuestión por sí mismos, sin los suecos, independientemente de su voluntad, habría sido un socialchovinista y un canalla intolerable en el partido socialdemócrata.

En esto consiste la aplicación del § 9 de nuestro programa del partido, por encima del cual ha intentado saltar nuestro «economista imperialista». ¡No saltarán, señores, sin caer en los brazos del chovinismo!

¿Y el obrero noruego? ¿Estaba obligado, desde el punto de vista del internacionalismo, a votar por la separación? En absoluto. Podía, sin dejar de ser socialdemócrata, votar en contra. Solo habría incumplido su deber como miembro del partido socialdemócrata si hubiera tendido una mano camaraderil a un obrero sueco centurionegrista que se hubiera pronunciado en contra de la libertad de separación de Noruega.

Algunas personas no quieren ver esta diferencia elemental en la situación del obrero noruego y del sueco. Pero se delatan a sí mismas cuando eluden esta cuestión política, la más concreta de las concretas, que les planteamos a quemarropa. Guardan silencio, se escabullen, y con ello entregan la posición.

Para demostrar que la cuestión «noruega» puede plantearse en Rusia, hemos planteado deliberadamente la tesis: en condiciones de carácter puramente militar y estratégico, es perfectamente realizable incluso ahora un Estado polaco separado. ¡¡P. Kievski desea «discutir» y guarda silencio!!

Añadamos: también Finlandia, por consideraciones puramente militares y estratégicas, con un determinado desenlace de la actual guerra imperialista (por ejemplo, la adhesión de Suecia a los alemanes y una semivictoria de estos), puede perfectamente convertirse en un Estado separado, sin socavar la «posibilidad de realización» de una sola operación del capital financiero, sin hacer «irrealizable» la compra de acciones de los ferrocarriles finlandeses y otras empresas[29].

P. Kievski se refugia de las cuestiones políticas que le resultan desagradables bajo la sombra de una frase magnífica, notablemente característica de todo su «razonamiento»:… «En cualquier momento»… (así está escrito literalmente al final del § c del capítulo I)… «la espada de Damocles puede caer y poner fin a la existencia del taller «independiente»» (una «alusión» a las pequeñas Suecia y Noruega).

He aquí, al parecer, el verdadero marxismo: hace apenas 10 años que existe un Estado noruego separado, cuya separación de Suecia el gobierno sueco calificó de «medida revolucionaria». Pero, ¿vale la pena que analicemos las cuestiones políticas que de ello se derivan, si hemos leído *El capital financiero* de Hilferding y lo hemos «comprendido» de tal manera que «en cualquier momento» —¡a cortar por lo sano!— un pequeño Estado puede desaparecer? ¿Vale la pena prestar atención a que hemos desvirtuado el marxismo convirtiéndolo en «economismo», y hemos convertido nuestra política en una repetición de los discursos de los chovinistas auténticamente rusos?

¡Qué equivocados debían de estar los obreros rusos en 1905 al luchar por la república! ¡Pues el capital financiero ya se había movilizado contra ella en Francia, en Inglaterra, etc., y «en cualquier momento» podría haberla hecho caer con la «espada de Damocles» si hubiera surgido!

«La reivindicación de la autodeterminación nacional no es… utópica en el programa mínimo: no contradice el desarrollo social, en la medida en que su realización no detendría este desarrollo». P. Kievski refuta esta cita de Mártov en el mismo parágrafo de su artículo donde ha presentado los «extractos» sobre Noruega, que demuestran una y otra vez el hecho bien conocido de que ¡ni el desarrollo en general, ni el crecimiento de las operaciones del capital financiero en particular, ni la compra de Noruega por los ingleses fueron detenidos por la «autodeterminación» y la separación de Noruega!

¡Hemos tenido más de una vez bolcheviques, por ejemplo, Alexinski en 1908-1910, que discutían con Mártov precisamente cuando Mártov tenía razón! ¡Dios nos libre de tales «aliados»!

### 5. Sobre el «monismo y el dualismo»

Acusándonos de una «interpretación dualista de la reivindicación», P. Kievski escribe:

«La acción monista de la Internacional es sustituida por una propaganda dualista».

Esto suena muy marxista, materialista: una acción, que es única, se contrapone a una propaganda, que es «dualista». Desgraciadamente, si miramos más de cerca, debemos decir que se trata de un «monismo» verbal, como lo era el «monismo» de Dühring. «El hecho de que incluyamos el cepillo para el calzado en la misma categoría que los mamíferos —escribió Engels contra el «monismo» de Dühring— no hará que le crezcan glándulas mamarias»{46}.

Esto significa que solo se pueden declarar «únicas» aquellas cosas, propiedades, fenómenos, acciones, que son únicas en la realidad objetiva. ¡Nuestro autor ha olvidado precisamente este «pequeño detalle»!

Él ve nuestro «dualismo», en primer lugar, en que a los obreros de las naciones oprimidas les exigimos en primer término algo distinto —se trata solo de la cuestión nacional— de lo que exigimos a los obreros de las naciones opresoras.

Para verificar si el «monismo» de P. Kievski no es aquí el «monismo» de Dühring, hay que ver cómo están las cosas en la realidad objetiva.

¿Es idéntica la situación real de los obreros en las naciones opresoras y en las oprimidas desde el punto de vista de la cuestión nacional?

No, no es idéntica.

(1) Económicamente, la diferencia es que partes de la clase obrera en los países opresores se benefician de las migajas de la superganancia que obtienen los burgueses de las naciones opresoras, desollando siempre dos veces a los obreros de las naciones oprimidas. Los datos económicos indican, además, que de los obreros de las naciones opresoras un porcentaje mayor se convierte en «maestros» que de los obreros de las naciones oprimidas; un porcentaje mayor asciende a la aristocracia de la clase obrera[30]. Esto es un hecho. Los obreros de la nación opresora son, hasta cierto punto, partícipes con su propia burguesía en el saqueo por parte de esta de los obreros (y de la masa de la población) de la nación oprimida.

(2) Políticamente, la diferencia es que los obreros de las naciones opresoras ocupan una posición privilegiada en toda una serie de ámbitos de la vida política en comparación con los obreros de la nación oprimida.

(3) Ideológica o espiritualmente, la diferencia es que los obreros de las naciones opresoras son siempre educados, tanto por la escuela como por la vida, en un espíritu de desprecio o menosprecio hacia los obreros de las naciones oprimidas. Por ejemplo, todo gran ruso que se haya educado o haya vivido entre grandes rusos ha experimentado esto.

Así pues, en la realidad objetiva hay una diferencia en toda la línea, es decir, un «dualismo» en el mundo objetivo, que no depende de la voluntad ni de la conciencia de los individuos.

¿Cómo tratar, después de esto, las palabras de P. Kievski sobre la «acción monista de la Internacional»?

Es una frase hueca y ruidosa, nada más.

Para que la acción de la Internacional, que en la vida está compuesta por obreros divididos entre los que pertenecen a naciones opresoras y los que pertenecen a naciones oprimidas, sea única, es necesario no llevar a cabo la propaganda de la misma manera en ambos casos: ¡así es como hay que razonar desde el punto de vista del «monismo» real (y no dühringiano), desde el punto de vista del materialismo de Marx!

¿Un ejemplo? Ya hemos dado un ejemplo (¡en la prensa legal hace más de 2 años!) sobre Noruega, y nadie ha intentado refutarnos. La acción de los obreros noruegos y suecos fue en este caso concreto y tomado de la vida «monista», única, internacionalista, solo porque y en la medida en que los obreros suecos defendían incondicionalmente la libertad de separación de Noruega, mientras que los noruegos planteaban la cuestión de esta separación condicionalmente. Si los obreros suecos no hubieran defendido incondicionalmente la libertad de separación de los noruegos, habrían sido chovinistas, cómplices del chovinismo de los terratenientes suecos, que querían «retener» Noruega por la fuerza, por la guerra. Si los obreros noruegos no hubieran planteado la cuestión de la separación condicionalmente, es decir, de tal manera que incluso los miembros del partido socialdemócrata pudieran votar y hacer propaganda en contra de la separación, los obreros noruegos habrían incumplido su deber de internacionalistas y habrían caído en un nacionalismo noruego estrecho y burgués. ¿Por qué? ¡Porque la separación la llevaba a cabo la burguesía, no el proletariado! ¡Porque la burguesía noruega (como cualquier otra) siempre trata de dividir a los obreros de su país y de los «extranjeros»! ¡Porque cualquier reivindicación democrática (incluida la autodeterminación) está subordinada para los obreros conscientes a los intereses superiores del socialismo. Si, por ejemplo, la separación de Noruega de Suecia hubiera significado con certeza o probabilidad una guerra de Inglaterra contra Alemania, los obreros noruegos por esta razón deberían haber estado en contra de la separación. Y los suecos habrían tenido el derecho y la posibilidad, sin dejar de ser socialistas, de agitar en tal caso contra la separación solo si hubieran luchado sistemática, consecuente y constantemente contra el gobierno sueco por la libertad de separación de Noruega. De lo contrario, los obreros noruegos y el pueblo noruego no habrían creído ni podrían haber creído en la sinceridad del consejo de los obreros suecos.

Todo el problema de los adversarios de la autodeterminación proviene de que se contentan con abstracciones muertas, temiendo analizar hasta el final un solo ejemplo concreto de la vida real. Nuestra indicación concreta en las tesis de que un nuevo Estado polaco es plenamente «realizable» ahora, bajo una cierta combinación de condiciones exclusivamente militares y estratégicas[31], quedó sin objeciones tanto por parte de los polacos como de P. Kievski. Pero nadie quiso reflexionar sobre lo que se deduce de este reconocimiento tácito de nuestra razón. Y de ello se deduce claramente que la propaganda de los internacionalistas no puede ser la misma entre los rusos y los polacos si quiere educar a ambos para una «acción única». El obrero gran ruso (y alemán) está obligado a defender incondicionalmente la libertad de separación de Polonia, pues de lo contrario es, de hecho, ahora, un lacayo de Nicolás II o de Hindenburg. El obrero polaco podría defender la separación solo condicionalmente, pues especular (como los *fracs*) con la victoria de una u otra burguesía imperialista significa convertirse en su lacayo. No comprender esta diferencia, que es la condición de la «acción monista» de la Internacional, es lo mismo que no comprender por qué para una «acción monista» contra el ejército zarista, digamos, cerca de Moscú, un ejército revolucionario de Nizhni debería marchar hacia el oeste, y uno de Smolensk hacia el este.

En segundo lugar, nuestro nuevo partidario del monismo dühringiano nos reprocha que no nos preocupemos por la «más estrecha cohesión organizativa de las diferentes secciones nacionales de la Internacional» durante la revolución social.

Bajo el socialismo, la autodeterminación desaparece —escribe P. Kievski— porque entonces desaparece el Estado. ¡Esto se escribe supuestamente para refutarnos! Pero nosotros, en tres líneas —las tres últimas líneas del primer parágrafo de nuestras tesis— hemos dicho de forma precisa y clara que «la democracia es también una forma de Estado, que deberá desaparecer cuando desaparezca el Estado»[32]. Es precisamente esta verdad la que repite P. Kievski —¡por supuesto, «para refutarnos»!— en varias páginas de su parágrafo c (capítulo I), y además la repite de forma tergiversada. «Concebimos —escribe— y siempre hemos concebido el régimen socialista como un sistema económico estrictamente democrático (!!?) y centralizado, en el que el Estado, como aparato de dominación de una parte de la población sobre otra, desaparece». Esto es una confusión, pues la democracia es también la dominación «de una parte de la población sobre otra», es también un Estado. El autor evidentemente no ha comprendido en qué consiste la extinción del Estado tras la victoria del socialismo y cuáles son las condiciones de este proceso.

Pero lo principal son sus «objeciones» relativas a la época de la revolución social. Tras insultarnos con la terriblemente espantosa palabra de «talmudistas de la autodeterminación», el autor dice: «Este proceso (la revolución social) lo concebimos como la acción unida de los proletarios de todos (!!) los países, que destruyen las fronteras del Estado burgués (!!), derriban los postes fronterizos» (¿independientemente de la «destrucción de las fronteras»?), «hacen saltar por los aires (!!) la comunidad nacional y establecen la comunidad de clase».

Con el debido respeto al severo juez de los «talmudistas», aquí hay muchas frases y no se ve en absoluto «pensamiento».

La revolución social no puede ser la acción unida de los proletarios de todos los países por la sencilla razón de que la mayoría de los países y la mayoría de la población de la tierra aún no se encuentran ni siquiera en la etapa capitalista o solo en el comienzo de la etapa capitalista de desarrollo. Sobre esto hemos hablado en el § 6 de nuestras tesis[33], y P. Kievski, simplemente por falta de atención o por incapacidad de pensar, «no se ha dado cuenta» de que hemos expuesto este parágrafo no en vano, sino precisamente para refutar las tergiversaciones caricaturescas del marxismo. Solo los países avanzados de Occidente y de América del Norte están maduros para el socialismo, y en la carta de Engels a Kautsky (*Sbornik Sotsial-Demokrata*), P. Kievski puede leer una ilustración concreta de ese «pensamiento» —real, y no solo prometido— de que soñar con la «acción unida de los proletarios de todos los países» significa posponer el socialismo hasta las calendas griegas, es decir, hasta «nunca».

El socialismo será realizado por las acciones unidas de los proletarios no de todos, sino de una minoría de países, que hayan alcanzado la etapa de desarrollo del capitalismo avanzado. Precisamente la incomprensión de esto ha causado el error de P. Kievski. En estos países avanzados (Inglaterra, Francia, Alemania, etc.), la cuestión nacional está resuelta desde hace mucho tiempo, la comunidad nacional se ha agotado hace mucho tiempo, objetivamente no hay «tareas nacionales generales». Por lo tanto, solo en estos países es posible ahora mismo «hacer saltar por los aires» la comunidad nacional, establecer la comunidad de clase.

Otra cosa son los países no desarrollados, aquellos que hemos distinguido (en el § 6 de nuestras tesis) en la segunda y tercera categoría, es decir, en todo el este de Europa y en todas las colonias y semicolonias. Aquí todavía hay, por regla general, naciones oprimidas y capitalísticamente no desarrolladas. En tales naciones todavía hay objetivamente tareas nacionales generales, a saber, tareas democráticas, tareas de derrocamiento de la opresión extranjera.

Precisamente como ejemplo de tales naciones, Engels cita a la India, diciendo que puede hacer una revolución contra el socialismo victorioso, pues Engels estaba lejos de ese ridículo «economismo imperialista» que imagina que el proletariado victorioso en los países avanzados destruirá «por sí mismo», sin medidas democráticas definidas, la opresión nacional en todas partes. El proletariado victorioso reorganizará los países en los que ha vencido. Esto no se puede hacer de golpe, ni se puede «vencer» a la burguesía de golpe. Lo hemos subrayado deliberadamente en nuestras tesis, y P. Kievski, una vez más, no ha pensado por qué lo subrayamos en relación con la cuestión nacional.

Mientras el proletariado de los países avanzados derroca a la burguesía y repele sus intentos contrarrevolucionarios, las naciones no desarrolladas y oprimidas no esperan, no dejan de vivir, no desaparecen. Si aprovechan incluso una crisis tan pequeña de la burguesía imperialista, en comparación con la revolución social, como la guerra de 1915-1916, para insurrecciones (colonias, Irlanda), no cabe duda de que aprovecharán aún más la gran crisis de la guerra civil en los países avanzados para insurrecciones.

La revolución social no puede producirse de otra manera que como una época que combine la guerra civil del proletariado contra la burguesía en los países avanzados y toda una serie de movimientos democráticos y revolucionarios, incluidos los de liberación nacional, en las naciones no desarrolladas, atrasadas y oprimidas.

¿Por qué? Porque el capitalismo se desarrolla de manera desigual, y la realidad objetiva nos muestra, junto a naciones capitalistas altamente desarrolladas, toda una serie de naciones muy débilmente o nada desarrolladas económicamente. P. Kievski no ha reflexionado en absoluto sobre las condiciones objetivas de la revolución social desde el punto de vista de la madurez económica de los diferentes países, y por eso su reproche de que «inventamos» dónde aplicar la autodeterminación va, en verdad, de la cabeza enferma a la sana.

Con un celo digno de mejor causa, P. Kievski repite muchas veces citas de Marx y Engels sobre el tema de que debemos «no inventar desde la cabeza, sino descubrir por medio de la cabeza en las condiciones materiales existentes» los medios para liberar a la humanidad de tales o cuales males sociales. Al leer estas repetidas citas, no puedo evitar recordar a los «economistas» de triste memoria, que masticaban con igual aburrimiento su «nuevo descubrimiento» sobre la victoria del capitalismo en Rusia. P. Kievski quiere «impresionarnos» con estas citas, ¡porque nosotros, según él, inventamos desde la cabeza las condiciones para la aplicación de la autodeterminación de las naciones en la época imperialista! Pero en el mismo P. Kievski leemos la siguiente «confesión imprudente»:

«El solo hecho de que estemos en contra (cursiva del autor) de la defensa de la patria, dice con la mayor claridad que nos opondremos activamente a toda represión de una insurrección nacional, ya que con ello lucharemos contra nuestro enemigo mortal: el imperialismo» (cap. II, § c del artículo de P. Kievski).

No se puede criticar a un autor determinado, no se le puede responder, si no se citan íntegramente al menos las tesis principales de su artículo. Y tan pronto como se cita íntegramente al menos una tesis de P. Kievski, siempre resulta que en cada una de sus frases hay 2 o 3 errores o falta de reflexión que desvirtúan el marxismo.

1) ¡P. Kievski no se ha dado cuenta de que una insurrección nacional es también «defensa de la patria»! Y, sin embargo, un poco de reflexión convencerá a cualquiera de que es precisamente así, pues toda «nación insurrecta» se «defiende» de la nación opresora, defiende su lengua, su tierra, su patria.

Toda opresión nacional provoca la resistencia de las amplias masas del pueblo, y la tendencia de toda resistencia de la población nacionalmente oprimida es la insurrección nacional. Si observamos a menudo (especialmente en Austria y Rusia) que la burguesía de las naciones oprimidas solo parlotea sobre la insurrección nacional, mientras que en la práctica llega a acuerdos reaccionarios con la burguesía de la nación opresora a espaldas y en contra de su propio pueblo, en tales casos la crítica de los marxistas revolucionarios debe dirigirse no contra el movimiento nacional, sino contra su envilecimiento, su vulgarización, su perversión en una riña mezquina. Por cierto, muchos socialdemócratas austriacos y rusos olvidan esto y su legítimo odio a las pequeñas, vulgares y miserables rencillas nacionales, como las disputas y peleas sobre en qué idioma debe estar el nombre de la calle en la parte superior del letrero y en cuál en la inferior, convierten su legítimo odio a esto en una negación del apoyo a la lucha nacional. No «apoyaremos» el juego de comedia de una república en algún principado de Mónaco o las aventuras «republicanas» de los «generales» en los pequeños Estados de América del Sur o en alguna isla del Océano Pacífico, pero de ello no se deduce que sea permisible olvidar la consigna de la república para los movimientos democráticos y socialistas serios. Nos burlamos y debemos burlarnos de las miserables rencillas nacionales y del regateo nacional de las naciones en Rusia y Austria, pero de ello no se deduce que sea permisible negar el apoyo a una insurrección nacional o a cualquier lucha seria y popular contra la opresión nacional.

2) Si las insurrecciones nacionales son imposibles en la «época imperialista», entonces P. Kievski no tiene derecho a hablar de ellas. Si son posibles, entonces todas sus interminables frases sobre el «monismo», sobre que «inventamos» ejemplos de autodeterminación bajo el imperialismo y demás, todo eso se desvanece en el aire. P. Kievski se derrota a sí mismo.

Si «nosotros» «nos oponemos activamente a la represión» de una «insurrección nacional» —un caso tomado como posible por el «propio» P. Kievski—, ¿qué significa esto?

Significa que la acción resulta ser doble, «dualista», si se utiliza un término filosófico tan inoportunamente como lo utiliza nuestro autor: (a) En primer lugar, la «acción» del proletariado y el campesinado nacionalmente oprimidos junto con la burguesía nacionalmente oprimida contra la nación opresora; (b) en segundo lugar, la «acción» del proletariado o de su parte consciente en la nación opresora contra la burguesía y todos los elementos que la siguen de la nación opresora.

La cantidad infinita de frases contra el «bloque nacional», las «ilusiones» nacionales, contra el «veneno» del nacionalismo, contra el «fomento del odio nacional» y cosas por el estilo —frases que ha pronunciado P. Kievski— resultaron ser tonterías, porque, al aconsejar al proletariado de los países opresores (no olvidemos que el autor considera a este proletariado una fuerza seria) que «se oponga activamente a la represión de la insurrección nacional», el autor fomenta con ello el odio nacional, el autor apoya con ello el «bloque con la burguesía» de los obreros de los países oprimidos.

3) Si las insurrecciones nacionales son posibles bajo el imperialismo, también son posibles las guerras nacionales. No hay ninguna diferencia seria entre una y otra en el aspecto político. Los historiadores militares de las guerras tienen toda la razón cuando clasifican también las insurrecciones como guerras. P. Kievski, sin pensarlo, se ha derrotado no solo a sí mismo, sino también a Junius y al grupo «Internacional», que niegan la posibilidad de guerras nacionales bajo el imperialismo. Y esta negación es la única base teórica concebible para la opinión que niega la autodeterminación de las naciones bajo el imperialismo.

4) Pues, ¿qué es una insurrección «nacional»? Una insurrección que aspira a crear la independencia política de una nación oprimida, es decir, un Estado nacional particular.

Si el proletariado de la nación opresora es una fuerza seria (como supone y debe suponer el autor para la época del imperialismo), ¿acaso la resolución de este proletariado de «oponer una resistencia activa a la represión de la insurrección nacional» no es una contribución a la creación de un Estado nacional particular? ¡Claro que sí!

¡Nuestro valiente negador de la «realizabilidad» de la autodeterminación ha llegado a decir que el proletariado consciente de los países avanzados debe contribuir a la realización de esta medida «irrealizable»!

5) ¿Por qué «nosotros» debemos «oponer una resistencia activa» a la represión de una insurrección nacional? P. Kíevski aduce un solo argumento: «porque con ello lucharemos contra nuestro enemigo mortal: el imperialismo». Toda la fuerza de este argumento se reduce a la palabreja: «mortal», así como, en general, en este autor la fuerza de los argumentos es sustituida por la fuerza de frases altisonantes y rimbombantes, como «clavar una estaca en el cuerpo palpitante de la burguesía» y otros adornos estilísticos por el estilo de Alexinski.

Pero este argumento de P. Kíevski es incorrecto. El imperialismo es un enemigo nuestro tan «mortal» como el capitalismo. Así es. Pero ningún marxista olvidará que el capitalismo es progresivo con respecto al feudalismo, y el imperialismo con respecto al capitalismo premonopolista. Por consiguiente, no tenemos derecho a apoyar cualquier lucha contra el imperialismo. No apoyaremos la lucha de las clases reaccionarias contra el imperialismo, no apoyaremos las insurrecciones de las clases reaccionarias contra el imperialismo y el capitalismo.

Por lo tanto, si el autor reconoce la necesidad de ayudar a la insurrección de las naciones oprimidas («oponer una resistencia activa» a la represión significa ayudar a la insurrección), con ello mismo reconoce el carácter progresivo de la insurrección nacional, el carácter progresivo de la formación, en caso de éxito de esta insurrección, de un Estado particular y nuevo, del establecimiento de nuevas fronteras, etc.

¡El autor es literalmente incapaz de atar cabos en ninguno de sus razonamientos políticos!

La insurrección irlandesa de 1916, que tuvo lugar después de la publicación de nuestras tesis en el n.º 2 de «Vorbote», demostró, dicho sea de paso, ¡que no se hablaba en vano de la posibilidad de insurrecciones nacionales incluso en Europa!

6. Las demás cuestiones políticas, abordadas y tergiversadas por P. Kíevski

En nuestras tesis declaramos que la liberación de las colonias no es otra cosa que la autodeterminación de las naciones. Los europeos olvidan a menudo que los pueblos coloniales también son naciones, pero tolerar tal «olvido» significa tolerar el chovinismo.

P. Kíevski «objeta»:

«No hay proletariado en el sentido estricto de la palabra» en el tipo puro de colonias (final del § c del cap. II). «¿Para quién, pues, plantear la «autodeterminación»? ¿Para la burguesía colonial? ¿Para los fellahs? ¿Para los campesinos? Por supuesto que no. Con respecto a las colonias, es absurdo que los socialistas (cursiva de P. Kíevski) planteen la consigna de la autodeterminación, pues en general es absurdo plantear consignas de un partido obrero para países donde no hay obreros».

Por terrible que sea la ira de P. Kíevski, que declara nuestro punto de vista «absurdo», nos atreveremos, no obstante, a señalarle respetuosamente que sus argumentos son erróneos. Solo los «economistas» de triste memoria pensaban que las «consignas del partido obrero» se plantean únicamente para los obreros[34]. No, estas consignas se plantean para toda la población trabajadora, para todo el pueblo. Con la parte democrática de nuestro programa —sobre cuya significación «en general» P. Kíevski no ha reflexionado— nos dirigimos específicamente a todo el pueblo y por eso en esta parte del programa hablamos del «pueblo»[35].

Hemos incluido a 1.000 millones de personas entre los pueblos coloniales y semicoloniales, y P. Kíevski no se ha molestado en refutar esta afirmación nuestra, tan concreta. De estos 1.000 millones de habitantes, más de 700 millones (China, India, Persia, Egipto) pertenecen a países donde hay obreros. Pero incluso para aquellos países coloniales donde no hay obreros, donde solo hay esclavistas y esclavos, etc., no solo no es absurdo, sino que es obligatorio para todo marxista plantear la «autodeterminación». Reflexionando un poco, P. Kíevski probablemente lo comprenderá, como comprenderá también que la «autodeterminación» se plantea siempre «para» dos naciones: la oprimida y la opresora.

Otra «objeción» de P. Kíevski:

«Por eso, con respecto a las colonias, nos limitamos a una consigna negativa, es decir, a la reivindicación que los socialistas presentan a sus gobiernos: «¡fuera de las colonias!». Esta reivindicación, irrealizable en los marcos del capitalismo, agudiza la lucha contra el imperialismo, pero no contradice el desarrollo, pues la sociedad socialista no poseerá colonias».

¡La incapacidad o la falta de voluntad del autor para reflexionar lo más mínimo sobre el contenido teórico de las consignas políticas es sencillamente asombrosa! ¿Acaso la cosa cambia porque en lugar de un término político teóricamente preciso empleemos una frase de agitación? ¡Decir «fuera de las colonias» significa precisamente esconderse del análisis teórico tras el velo de una frase de agitación! Todo agitador de nuestro partido, al hablar de Ucrania, Polonia, Finlandia, etc., tiene derecho a decir al zarismo («a su gobierno») «¡fuera de Finlandia, etc.!», pero un agitador inteligente comprenderá que no se pueden plantear consignas ni positivas ni negativas solo para «agudizar». Solo gente del tipo de Alexinski podía insistir en que la consigna «negativa» «¡fuera de la Duma negra!» podía justificarse por el afán de «agudizar» la lucha contra un mal determinado.

La agudización de la lucha es una frase vacía de los subjetivistas, que olvidan que el marxismo exige, para justificar cualquier consigna, un análisis preciso tanto de la realidad económica como de la situación política y de la significación política de dicha consigna. Es incómodo tener que explicar esto con peras y manzanas, pero ¿qué hacer cuando nos obligan a ello?

Interrumpir un debate teórico sobre una cuestión teórica con gritos de agitación es una costumbre de Alexinski que ya conocemos, pero es una mala costumbre. El contenido político y económico de la consigna «fuera de las colonias» es uno y solo uno: ¡la libertad de separación para las naciones coloniales, la libertad de formar un Estado separado! Si las leyes generales del imperialismo, como piensa P. Kíevski, impiden la autodeterminación de las naciones, la convierten en una utopía, una ilusión, etc., etc., ¿cómo se puede, sin pensarlo, establecer una excepción a estas leyes generales para la mayoría de las naciones del mundo? Está claro que la «teoría» de P. Kíevski es una caricatura de teoría.

La producción mercantil y el capitalismo, los hilos que vinculan al capital financiero, existen en la inmensa mayoría de los países coloniales. ¿Cómo se puede, pues, llamar a los Estados, a los gobiernos de los países imperialistas, a que se vayan «fuera de las colonias», si desde el punto de vista de la producción mercantil, del capitalismo y del imperialismo, esta es una reivindicación «anticientífica», «refutada» por los propios Lensch, Cunow y otros, una reivindicación «utópica»?

¡No hay ni sombra de pensamiento en los razonamientos del autor!

El autor no ha pensado que la liberación de las colonias es «irrealizable» solo en el sentido de que es «irrealizable sin una serie de revoluciones». No ha pensado que es realizable en conexión con la revolución socialista en Europa. No ha pensado que la «sociedad socialista no poseerá» no solo colonias, sino tampoco naciones oprimidas en general. No ha pensado que, en la cuestión que nos ocupa, no hay diferencia económica ni política entre la «posesión» de Polonia o del Turkestán por parte de Rusia. No ha pensado que la «sociedad socialista» quiere irse «fuera de las colonias» solo en el sentido de concederles el derecho a separarse libremente, y de ningún modo en el sentido de recomendarles que se separen.

Por esta distinción entre la cuestión del derecho a la separación y la cuestión de si recomendamos la separación, P. Kíevski nos ha tildado de «prestidigitadores» y, para «fundamentar científicamente» este juicio ante los obreros, escribe:

«¿Qué pensará el obrero que pregunta a un propagandista cómo debe el proletario enfocar la cuestión de la *samostiinost*» (es decir, de la independencia política de Ucrania), «cuando reciba la respuesta: los socialistas luchan por el derecho a la separación y hacen propaganda contra la separación?».

Creo que puedo dar una respuesta bastante precisa a esta pregunta. A saber: supongo que todo obrero inteligente pensará que P. Kíevski no sabe pensar.

Todo obrero inteligente «pensará»: pues este mismo P. Kíevski nos enseña a los obreros a gritar: «¡fuera de las colonias!». Esto significa que nosotros, los obreros rusos, debemos exigir a nuestro gobierno que se vaya de Mongolia, del Turkestán, de Persia; los obreros ingleses deben exigir que el gobierno inglés se vaya de Egipto, de la India, de Persia, etc. Pero ¿significa esto acaso que nosotros, los proletarios, queremos separarnos de los obreros y fellahs egipcios, de los obreros y campesinos mongoles, turkestanos o indios? ¿Significa esto que aconsejamos a las masas trabajadoras de las colonias que se «separen» del proletariado europeo consciente? Nada de eso. Siempre hemos defendido, defendemos y defenderemos el más estrecho acercamiento y fusión de los obreros conscientes de los países avanzados con los obreros, campesinos y esclavos de todos los países oprimidos. Siempre hemos aconsejado y siempre aconsejaremos a todas las clases oprimidas de todos los países oprimidos, incluidas las colonias, que no se separen de nosotros, sino que se acerquen y se fusionen con nosotros lo más estrechamente posible.

Si exigimos a nuestros gobiernos que se vayan de las colonias —es decir, expresándolo no con un grito de agitación, sino con una expresión política precisa, que concedan a las colonias la plena libertad de separación, el verdadero derecho a la autodeterminación—, si nosotros mismos realizaremos obligatoriamente este derecho, concederemos esta libertad tan pronto como conquistemos el poder, lo exigimos del gobierno actual y lo haremos cuando seamos nosotros el gobierno, no para «recomendar» la separación, sino, por el contrario, para facilitar y acelerar el acercamiento y la fusión democráticos de las naciones. Pondremos todo nuestro empeño en acercarnos y fusionarnos con los mongoles, los persas, los indios, los egipcios; consideramos nuestro deber y nuestro interés hacerlo, pues de lo contrario el socialismo en Europa no será sólido. Trataremos de prestar a estos pueblos, más atrasados y oprimidos que nosotros, una «ayuda cultural desinteresada», según la magnífica expresión de los socialdemócratas polacos, es decir, ayudarles a pasar al uso de máquinas, a la mitigación del trabajo, a la democracia, al socialismo.

Si exigimos la libertad de separación para los mongoles, los persas, los egipcios y todas las naciones oprimidas y sin plenos derechos, sin excepción, no es en absoluto porque estemos a favor de su separación, sino solo porque estamos a favor de un acercamiento y una fusión libres, voluntarios, y no forzados. ¡Solo por eso!

Y a este respecto, la única diferencia que vemos entre el campesino y el obrero mongol o egipcio y el polaco o finlandés es que estos últimos son personas muy desarrolladas, políticamente más experimentadas que los rusos, económicamente mejor preparadas, etc., y por eso, seguramente, convencerán muy pronto a sus pueblos, que odian con razón a los rusos por el papel de verdugo que desempeñan, de que no es razonable extender este odio a los obreros socialistas y a la Rusia socialista, de que el cálculo económico, así como el instinto y la conciencia del internacionalismo y del democratismo, exigen el más rápido acercamiento y fusión de todas las naciones en la sociedad socialista. Como los polacos y los finlandeses son personas muy cultas, lo más probable es que se convenzan muy pronto de la justeza de este razonamiento, y la separación de Polonia y Finlandia tras la victoria del socialismo solo podrá durar muy poco tiempo. Los fellahs, mongoles y persas, inconmensurablemente menos cultos, pueden separarse por un tiempo más prolongado, pero trataremos de acortarlo, como ya se ha dicho, con una ayuda cultural desinteresada.

No hay ni puede haber ninguna otra diferencia en nuestra actitud hacia los polacos y los mongoles. No hay ni puede haber ninguna «contradicción» entre la propaganda de la libertad de separación de las naciones y la firme resolución de realizar esta libertad cuando seamos el gobierno, y la propaganda del acercamiento y la fusión de las naciones. — — — — — — Esto es lo que «pensará», a nuestro juicio, todo obrero inteligente, verdadero socialista, verdadero internacionalista, sobre nuestra disputa con P. Kíevski[36].

A través de todo el artículo de P. Kíevski discurre como un hilo rojo una perplejidad fundamental: ¿para qué predicar y —cuando estemos en el poder— realizar la libertad de separación de las naciones, si todo el desarrollo tiende a la fusión de las naciones? Para lo mismo —responderemos— para lo que predicamos y, cuando estemos en el poder, realizaremos la dictadura del proletariado, aunque todo el desarrollo tiende a la supresión del dominio violento de una parte de la sociedad sobre la otra. La dictadura es el dominio de una parte de la sociedad sobre toda la sociedad y, además, un dominio que se apoya directamente en la violencia. La dictadura del proletariado, como única clase revolucionaria hasta el fin, es necesaria para derrocar a la burguesía y repeler sus intentos contrarrevolucionarios. La cuestión de la dictadura del proletariado tiene tal importancia que quien la niega o solo la reconoce de palabra no puede ser miembro del partido socialdemócrata. Pero no se puede negar que en casos aislados, a modo de excepción, por ejemplo, en un pequeño Estado después de que uno grande vecino ya haya realizado la revolución social, es posible una cesión pacífica del poder por parte de la burguesía, si esta se convence de la inutilidad de la resistencia y prefiere conservar sus cabezas. Es mucho más probable, por supuesto, que tampoco en los pequeños Estados se realice el socialismo sin una guerra civil, y por eso el único programa de la socialdemocracia internacional debe ser el reconocimiento de tal guerra, aunque en nuestro ideal no hay lugar para la violencia contra las personas. Lo mismo —mutatis mutandis (con los cambios correspondientes)— es aplicable a las naciones. Estamos por su fusión, pero de la fusión forzada, de las anexiones de hoy, no puede haber transición a la fusión voluntaria sin libertad de separación. Reconocemos —y con toda razón— la primacía del factor económico, pero interpretarlo à la P. Kíevski significa caer en una caricatura del marxismo. Incluso los trusts, incluso los bancos en el imperialismo moderno, siendo igualmente inevitables bajo el capitalismo desarrollado, no son idénticos en su forma concreta en los distintos países. Tanto más desiguales son, a pesar de su homogeneidad en lo fundamental, las formas políticas en los países imperialistas avanzados: América, Inglaterra, Francia, Alemania. La misma diversidad se manifestará en el camino que la humanidad recorrerá desde el imperialismo de hoy hasta la revolución socialista de mañana. Todas las naciones llegarán al socialismo, esto es inevitable, pero no todas llegarán de manera exactamente igual, cada una aportará su peculiaridad a una u otra forma de democracia, a una u otra variedad de la dictadura del proletariado, a uno u otro ritmo de las transformaciones socialistas de los diferentes aspectos de la vida social. No hay nada teóricamente más indigente y prácticamente más ridículo que pintarse el futuro, «en nombre del materialismo histórico», de un monótono color grisáceo: eso sería un mamarracho de Súzdal, y nada más. E incluso si la realidad demostrara que antes de la primera victoria del proletariado socialista se liberara y se separara solo 1/500 de las naciones hoy oprimidas, que antes de la última victoria del proletariado socialista en la tierra (es decir, durante las peripecias de la ya iniciada revolución socialista) se separara también solo 1/500 de las naciones oprimidas y por un tiempo muy breve, incluso en ese caso, tendríamos razón teórica y políticamente en la práctica al aconsejar a los obreros que no admitan desde ahora en sus partidos socialdemócratas a aquellos socialistas de las naciones opresoras que no reconozcan y no prediquen la libertad de separación de todas las naciones oprimidas. Pues en realidad no sabemos ni podemos saber cuántas naciones oprimidas necesitarán en la práctica la separación para aportar su contribución a la diversidad de formas de democracia y de formas de transición al socialismo. Y que la negación de la libertad de separación es ahora una infinita falsedad teórica y un servicio práctico a los chovinistas de las naciones opresoras, eso lo sabemos, lo vemos y lo palpamos a diario.

A nuestra afirmación, completamente definida, de que tal «reivindicación» equivale al reconocimiento de la autodeterminación, de que no se puede dar una definición correcta del concepto de «anexión» sin reducirlo a la autodeterminación, ¡el autor no responde ni una palabra! ¡Debe pensar que para la discusión basta con exponer tesis y reivindicaciones, sin demostrarlas!

«…En general, una serie de reivindicaciones —continúa— que agudizan la conciencia del proletariado contra el imperialismo, las aceptamos plenamente en su formulación negativa, siendo imposible encontrar las formulaciones positivas correspondientes permaneciendo en el terreno del régimen existente. Contra la guerra, pero no por una paz democrática…»

Incorrecto, de la primera a la última palabra. El autor ha leído nuestra resolución «El pacifismo y la consigna de la paz» (págs. 44-45 del folleto «El socialismo y la guerra»)[37] e incluso parece que la aprobaba, pero es evidente que no la ha comprendido. Estamos por una paz democrática, advirtiendo únicamente a los obreros contra el engaño de que esta sea posible con los actuales gobiernos burgueses, «sin una serie de revoluciones», como se dice en la resolución. Hemos declarado que es un engaño a los obreros la prédica «abstracta» de la paz, es decir, que no tiene en cuenta la naturaleza de clase real, y más concretamente, la naturaleza imperialista de los gobiernos actuales de los países beligerantes. Declaramos definidamente en las tesis del periódico «Sotsial-Demokrat» (n.º 47) que nuestro partido, si la revolución lo pusiera en el poder durante la guerra actual, propondría inmediatamente una paz democrática a todos los países beligerantes[38].

Y P. Kíevski, asegurándose a sí mismo y a los demás que está «solo» en contra de la autodeterminación, y en absoluto en contra de la democracia en general, ¡ha llegado a decir que «no estamos por una paz democrática»! ¿No es esto curioso?

No hay necesidad de detenerse en cada uno de los ejemplos posteriores de P. Kíevski, pues no vale la pena gastar espacio en refutar errores lógicos tan ingenuos que provocarán la sonrisa de cualquier lector. No hay ni puede haber una sola consigna «negativa» en la socialdemocracia que sirva solo para «agudizar la conciencia del proletariado contra el imperialismo», sin dar al mismo tiempo una respuesta positiva sobre cómo la socialdemocracia resolverá la cuestión correspondiente cuando ella misma esté en el poder. Una consigna «negativa», no vinculada a una solución positiva definida, no «agudiza», sino que embota la conciencia, pues tal consigna es una vacuidad, un mero grito, una declamación sin contenido.

La diferencia entre las consignas que «niegan» o estigmatizan las calamidades políticas y las económicas no ha sido comprendida por P. Kíevski. Esta diferencia consiste en que ciertas calamidades económicas son inherentes al capitalismo en general, bajo cualquier superestructura política, que es económicamente imposible eliminar estas calamidades sin eliminar el capitalismo, y no se puede citar ni un solo ejemplo de tal eliminación. Por el contrario, las calamidades políticas consisten en desviaciones del democratismo, que es económicamente del todo posible «sobre la base del régimen existente», es decir, bajo el capitalismo, y que se realiza bajo él a modo de excepción, en un Estado en una de sus partes, en otro, en otra. ¡Una y otra vez, el autor no ha comprendido precisamente las condiciones generales de la realizabilidad de la democracia en general!

Lo mismo ocurre con la cuestión del divorcio. Recordemos al lector que esta cuestión fue planteada por primera vez en la discusión sobre la cuestión nacional por Rosa Luxemburgo. Ella expresó la justa opinión de que, al defender la autonomía dentro del Estado (de una región o comarca, etc.), nosotros, como socialdemócratas centralistas, debemos defender la resolución por el poder estatal, por el parlamento de todo el Estado, de las cuestiones estatales más importantes, entre las que se encuentra la legislación sobre el divorcio. El ejemplo del divorcio demuestra palmariamente que no se puede ser demócrata y socialista sin exigir ahora mismo la plena libertad de divorcio, pues la ausencia de esta libertad es una opresión adicional para el sexo oprimido, la mujer, aunque no es nada difícil comprender que el reconocimiento de la libertad de abandonar al marido ¡no es una invitación a que todas las esposas lo abandonen!

P. Kíevski «objeta»:

«¿Qué aspecto tendría este derecho» (al divorcio) «si en estos casos» (cuando la mujer quiere abandonar al marido) «la mujer no pudiera realizarlo? ¿O si esta realización dependiera de la voluntad de terceros, o, peor aún, de la voluntad de los pretendientes a la «mano» de dicha mujer? ¿Lucharíamos por la proclamación de tal derecho? ¡Por supuesto que no!».

Esta objeción demuestra la más completa incomprensión de la relación que existe entre la democracia en general y el capitalismo. Bajo el capitalismo son habituales, no como casos aislados, sino como fenómeno típico, condiciones tales que para las clases oprimidas es imposible «realizar» sus derechos democráticos. El derecho al divorcio seguirá siendo irrealizable en la mayoría de los casos bajo el capitalismo, porque el sexo oprimido está aplastado económicamente, porque la mujer, bajo cualquier democracia, sigue siendo una «esclava doméstica» bajo el capitalismo, una esclava encerrada en el dormitorio, el cuarto de los niños, la cocina. El derecho a elegir a «sus» jueces populares, funcionarios, maestros, jurados, etc., es igualmente irrealizable en la mayoría de los casos bajo el capitalismo, precisamente por la opresión económica de los obreros y campesinos. Lo mismo se aplica a la república democrática: nuestro programa la «proclama» como la «soberanía del pueblo», aunque todos los socialdemócratas saben perfectamente que bajo el capitalismo la república más democrática solo conduce al soborno de los funcionarios por la burguesía y a la alianza de la bolsa con el gobierno.

Solo personas completamente incapaces de pensar o completamente desconocedoras del marxismo deducen de aquí: ¡entonces, la república no sirve para nada, la libertad de divorcio no sirve para nada, la democracia no sirve para nada, la autodeterminación de las naciones no sirve para nada! Los marxistas, en cambio, saben que la democracia no elimina la opresión de clase, sino que solo hace la lucha de clases más pura, más amplia, más abierta, más nítida; y eso es lo que necesitamos. Cuanto más completa sea la libertad de divorcio, más claro será para la mujer que la fuente de su «esclavitud doméstica» es el capitalismo, y no la falta de derechos. Cuanto más democrático sea el régimen estatal, más claro será para los obreros que la raíz del mal es el capitalismo, y no la falta de derechos. Cuanto más completa sea la igualdad nacional de derechos (no es completa sin la libertad de separación), más claro será para los obreros de la nación oprimida que el problema está en el capitalismo, y no en la falta de derechos. Y así sucesivamente.

Una y otra vez: es incómodo tener que explicar el abecé del marxismo, pero ¿qué hacer cuando P. Kíevski no lo conoce?

P. Kíevski razona sobre el divorcio de un modo parecido a como razonaba —en el «Golos» de París, si no recuerdo mal— uno de los secretarios en el extranjero del CO, Semkovski{47}. Es cierto, razonaba él, que la libertad de divorcio no es una invitación a que todas las esposas abandonen a sus maridos, pero si uno se pone a demostrarle a una esposa que todos los maridos son mejores que el suyo, ¡señora, la cosa viene a ser lo mismo!

Al razonar así, Semkovski olvidó que la excentricidad no es una violación de los deberes de un socialista y un demócrata. Si Semkovski se pusiera a convencer a cualquier esposa de que todos los maridos son mejores que el suyo, nadie vería en ello una violación de los deberes de un demócrata; a lo sumo, se diría: ¡en un gran partido no pueden faltar grandes excéntricos! Pero si a Semkovski se le ocurriera defender y llamar demócrata a un hombre que negara la libertad de divorcio, por ejemplo, recurriendo a los tribunales, a la policía o a la Iglesia contra la esposa que lo abandona, estamos seguros de que incluso la mayoría de los colegas de Semkovski en la secretaría del extranjero, aunque sean socialistas bastante mediocres, ¡se negarían a solidarizarse con Semkovski!

Tanto Semkovski como P. Kíevski han «hablado» sobre el divorcio, han demostrado su incomprensión de la cuestión y han eludido el fondo del asunto: el derecho al divorcio, como todos los derechos democráticos sin excepción, es difícilmente realizable bajo el capitalismo, es condicional, limitado, formalmente restringido, pero, no obstante, ningún socialdemócrata decente considerará no solo socialistas, sino ni siquiera demócratas, a quienes nieguen este derecho. Y en esto reside toda la esencia. Toda la «democracia» consiste en la proclamación y realización de «derechos» muy poco y muy condicionalmente realizables bajo el capitalismo, pero sin tal proclamación, sin la lucha por los derechos de forma inmediata e instantánea, sin la educación de las masas en el espíritu de tal lucha, el socialismo es imposible.

Al no comprender esto, P. Kíevski ha eludido en su artículo también la cuestión principal relativa a su tema específico, a saber: ¿cómo eliminaremos nosotros, los socialdemócratas, la opresión nacional? P. Kíevski se ha despachado con frases sobre cómo el mundo será «inundado de sangre», etc. (lo que no tiene absolutamente nada que ver con el asunto). En esencia, solo ha quedado una cosa: ¡la revolución socialista lo resolverá todo! O, como dicen a veces los partidarios de las opiniones de P. Kíevski: la autodeterminación es imposible bajo el capitalismo y superflua bajo el socialismo.

Este es un punto de vista teóricamente disparatado y práctico-políticamente chovinista. Este punto de vista es una incomprensión del significado de la democracia. El socialismo es imposible sin la democracia en dos sentidos: (1) el proletariado no puede llevar a cabo la revolución socialista si no se prepara para ella mediante la lucha por la democracia; (2) el socialismo victorioso no puede mantener su victoria y conducir a la humanidad a la extinción del Estado sin la plena realización de la democracia. Por lo tanto, cuando se dice que la autodeterminación es superflua bajo el socialismo, es un disparate tan grande, una confusión tan impotente, como si alguien dijera que la democracia es superflua bajo el socialismo.

La autodeterminación no es más imposible bajo el capitalismo, y es tan superflua bajo el socialismo, como la democracia en general.

La revolución económica crea las premisas necesarias para la destrucción de todas las formas de opresión política. Precisamente por eso es ilógico, es incorrecto, despachar el asunto con una referencia a la revolución económica cuando la cuestión que se plantea es: ¿cómo destruir la opresión nacional? No se la puede destruir sin una revolución económica. Es indiscutible. Pero limitarse a esto significa caer en un ridículo y lamentable «economismo imperialista».

Es preciso implantar la igualdad de derechos de las naciones; proclamar, formular y realizar los «derechos» iguales de todas las naciones. Con esto están todos de acuerdo, excepto, quizá, un tal P. Kíevski. Pero es aquí precisamente donde surge la cuestión que se elude: ¿acaso la negación del derecho a un Estado nacional propio no es la negación de la igualdad de derechos?

Por supuesto que sí. Y la democracia consecuente, es decir, socialista, proclama, formula y realizará este derecho, sin el cual no hay camino hacia el completo y voluntario acercamiento y fusión de las naciones.

7. Conclusión. Los métodos de Alexinski

Estas frases encubren y expresan dos «cosas»; en primer lugar, en su base se encuentra la «idea» del «economismo imperialista», una caricatura del marxismo tan monstruosa, una incomprensión tan completa de la relación entre el socialismo y la democracia, como lo fue el «economismo» de triste memoria de los años 1894-1902.

En segundo lugar, en estas frases vemos claramente la repetición de los métodos de Alexinski, en lo que es preciso detenerse especialmente, pues P. Kíevski ha compuesto todo un parágrafo especial de su artículo (cap. II, § e: «La situación especial de los judíos») exclusivamente con estos métodos.

Sucedía que, ya en el Congreso de Londres de 1907, los bolcheviques se apartaban de Alexinski cuando este, en respuesta a los argumentos teóricos, adoptaba la pose de un agitador y se ponía a gritar, sin venir en absoluto al caso, frases rimbombantes contra cualquier tipo de explotación y opresión. «Bueno, ya empezaron los chillidos» —decían nuestros delegados en tales casos. Y los «chillidos» no le trajeron nada bueno a Alexinski.

Exactamente los mismos «chillidos» vemos en P. Kíevski. Sin saber qué responder a la serie de cuestiones y consideraciones teóricas planteadas en las tesis, adopta la pose de un agitador y se pone a gritar frases sobre la opresión de los judíos, aunque para toda persona capaz de pensar, por poco que sea, está claro que ni la cuestión de los judíos en general, ni todos los «gritos» de P. Kíevski tienen en absoluto la menor relación con el tema.

Los métodos de Alexinski no conducirán a nada bueno.