La exigencia de la autodeterminación de las naciones desempeñaba, contrariamente a la falsa afirmación de los socialdemócratas polacos, un papel no menor en nuestra agitación de partido que, por ejemplo, el armamento del pueblo, la separación de la iglesia del Estado, la elección de los funcionarios por el pueblo y otros puntos llamados «utópicos» por los filisteos. Al contrario, el reavivamiento de los movimientos nacionales después de 1905 provocó, naturalmente, también un reavivamiento de nuestra agitación: una serie de artículos en 1912-1913, la resolución de nuestro partido en 1913, que dio una definición precisa y «anti-kautskiana» (es decir, intransigente frente al «reconocimiento» puramente verbal) de la esencia del asunto[16].

Ya entonces se reveló un hecho que no se puede soslayar: ¡los oportunistas de diversas naciones, el ucraniano Yurkevich, el bundista Liebman, el servidor ruso de Potrésov y Cía. – Semkovski, salieron en defensa de los argumentos de Rosa Luxemburgo contra la autodeterminación! Lo que en la socialdemócrata polaca era solo una generalización teórica incorrecta de las condiciones particulares del movimiento en Polonia, resultó inmediatamente en la práctica, en un contexto más amplio, en condiciones no de un pequeño Estado sino de uno grande, en escala internacional y no estrechamente polaca, un apoyo objetivamente oportunista al imperialismo granruso. La historia de las corrientes del pensamiento político (a diferencia de las opiniones de los individuos) confirmó la justeza de nuestro programa.

Y ahora los socialimperialistas descarados, como Lensch, se alzan directamente también contra la autodeterminación y contra la negación de las anexiones. Y los kautskianos reconocen hipócritamente la autodeterminación: en Rusia, Trotski y Martov siguen este camino. De palabra ambos están a favor de la autodeterminación, al igual que Kautsky. ¿Y en los hechos? Tomemos los artículos de Trotski «La nación y la economía» en «Nash Golos» y vemos su habitual eclecticismo: por un lado, la economía fusiona las naciones; por otro, la opresión nacional las separa. ¿La conclusión? La conclusión es que la hipocresía reinante queda sin desenmascarar, la agitación resulta sin vida, sin tocar lo principal, lo fundamental, lo esencial, lo cercano a la práctica: la actitud hacia la nación oprimida por mi «propia» nación. Martov y otros secretarios del extranjero prefirieron simplemente olvidar – ¡un olvido provechoso! – la lucha de su colega y miembro Semkovski contra la autodeterminación. En la prensa legal de los gvozdevistas («Nash Golos»{31}) Martov escribía a favor de la autodeterminación, demostrando la verdad indiscutible de que en la guerra imperialista aquella aún no obligaba a participar, etc., pero soslayando lo principal – ¡y también lo soslayaba en la prensa ilegal y libre! – a saber, que Rusia, incluso en tiempo de paz, batía el récord mundial de opresión nacional sobre la base del imperialismo, un imperialismo mucho más brutal, medieval, económicamente atrasado, militar-burocrático. El socialdemócrata ruso que «reconoce» la autodeterminación de las naciones aproximadamente como la reconocen los señores Plejánov, Potrésov y Cía., es decir, sin luchar por la libertad de separación de las naciones oprimidas por el zarismo, es de hecho un imperialista y un lacayo del zarismo.

Cualesquiera que sean las intenciones «buenas» subjetivas de Trotski y Martov, objetivamente, con su actitud evasiva, apoyan el socialimperialismo ruso. La época imperialista ha convertido a todas las «grandes» potencias en opresoras de una serie de naciones, y el desarrollo del imperialismo llevará inevitablemente a una división más nítida de las corrientes también en la socialdemocracia internacional en torno a este problema.

Escrito en julio de 1916.
Publicado en octubre de 1916 en la «Recopilación del 'Socialdemócrata'» nº 1. Firmado: N. Lenin.
Editado según el texto de la Recopilación.